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2 Corintios 3:6

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 6 Él mismo nos capacitó como ministros del nuevo pacto, no de la letra [la Biblia], sino del Espíritu. Porque la letra mata, pero el Espíritu vivifica.1 [La letra es las escrituras. Poco a poco cada palabra hablada de Él que usted oye está implantada en su corazón y le imparte la vida de Dios haciéndolo un poco más puro.]

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1 Nos capacitó como ministros del nuevo pacto, no de la letra [la Biblia], sino del Espíritu.

Pablo no era un ministro de la letra [la Biblia], sino del Espíritu. Los ministros de la letra leen y citan las escrituras, expresando sus opiniones en cuanto a lo que todo eso significa. Ellos hablan con su mentes carnales, la naturaleza de la muerte, y predican sus opiniones que vienen de las imaginaciones vanas de sus corazones impíos. Pero un ministro del Espíritu habla palabras que ha aprendido del Espíritu. La letra mata, pero el Espíritu da vida. Aún Jesús no juzgó, ni habló, ni actuó sin la dirección específica del Espíritu:


Yo no puedo hacer nada de mí mismo. Como oigo, juzgo, Juan 5:30
lo que yo hablo, lo hablo tal y como el Padre me dice que hablar. Juan 12:49-50
De cierto, de cierto os digo que el Hijo no puede hacer nada de sí mismo,
sino lo que ve hacer al Padre, Juan 5:19

El que habla de sí mismo busca su propia gloria;
pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero,
y en él no hay injusticia. Juan 7:18
.

Jesús dijo que el hombre que predica de su propia mente busca su propia gloria. Un ministro de la letra busca el dinero de usted, la admiración de usted, y la sujeción de usted a su autoridad. Los predicadores del cristianismo son condenados por buscar su propia gloria y después aceptar pago por sus palabras sin valor; cuando aún cobrar por las verdaderas palabras de la vida como Balaam, pronunciadas por el espíritu de Dios, está expresamente prohibido por Pedro y por Jesús. Buscando su propia gloria, los predicadores del cristianismo hablan con sus mentes carnales, la naturaleza de la muerte, y predican sus propias opiniones con las imaginacines vanas de sus corazones impíos.

Su predicador puede haber memorizado la Biblia entera, pero no puede le pueda dar vida o crecimiento espiritual a usted. Sólo las palabras oídas, como son pronunciadas por el Espíritu, darán vida.

Cuando el Espíritu se comunica con el hombre, el Espíritu tiene acceso a cada experiencia, cada escena, cada sonido, cada palabra, cada pensamiento, cada sentimiento que el hombre ha tenido en su vida; y el Espíritu utiliza esas experiencias para ilustrar sus enseñanzas. Además el Espíritu es consciente del lenguaje, dialecto, y la comprensión de vocabulario de cada hombre; por lo que el Espíritu le habla al hombre, precisamente en un lenguaje comprensible, adaptado exactamente a ese hombre. Y el Espíritu habla con inflexiones de amor, bondad, firmeza, etc. No hay comparación entre leer la Biblia, no importa cuán maravillosa sea, y el oír la sabiduría infinita que Dios le expresa a usted en el lenguaje, a menudo acompañados de visiones, que se comunica con precisión y al instante un mensaje, enseñanza, o mandato.

El Espíritu de Dios nos enseña a vivir sobria, justa y piadosamente en este siglo. Dése cuenta de que el mundo cambia, y cambia rápidamente. La Biblia no se mantiene al día con esos cambios, pero el Espíritu de Dios sí, reconociendo todos los cambios en el entorno del hombre y enseñándole lo que tiene que negar y cómo vivir.

Porque la letra mata, pero el Espíritu vivifica.

La letra mata.

La letra es la ley. La ley es lo que clama nuestras fallas. La ley es lo que nos condena a medida que caminamos en nuestra carne egoísta. Nos dice que no debemos desear cosas; no envidiar; no cometer adulterio; no mentir; a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; a amar a Dios con todo nuestro corazón, mente, alma, y fuerza; honrar a nuestros padres, etc. Y, mientras estamos caminando en la carne, es imposible obedecer complamente la ley. La ley restringe nuestra carne; la ley no nos imparte la vida de Dios, sólo nos recuerda nuestras debilidades y nos motiva a buscar un cambio.

Y entonces Cristo vino y fortaleció la ley, haciéndola aún más difícil de obedecer. Él cambió el "ojo por ojo", a "dar la otra mejilla; amar a sus enemigos, bendecir aquellos que los maldicen, hacer bien a los que los odian, y orar por aquellos que los ultrajan y los persiguen." Él hizo el adulterio no sólo el acto, sino el pensamiento en el corazón. Él hizo el asesinato no sólo el acto, sino el enojo y el odio en su corazón. Él nos dijo que no devolviéramos el daño o el insulto. Nos dijo que seríamos juzgados por toda palabra ociosa [inefectiva] que alguna vez hayamos dicho, Mat 12:36. Él nos dijo que si alguien nos pide nuestro abrigo, que le demos la camisa también. Él nos dijo que seamos perfectos como nuestro Padre es perfecto. Él nos dijo que seamos misericordiosos como el Padre es misericordioso.

Pero leer todos esos requisitos no nos hace capaces de cumplirlos; más bien nos muestra lo seriamente diferentes que somos de lo que hemos sido llamados a ser. La ley mata nuestra confianza propia, al identificar y señalarnos nuestro comportamiento egoísta e impío, efectuado por hombres muertos a la vida de Dios. La ley no le puede impartir el Espíritu o la vida de Dios. No puedo hacerlo capaz de amar a Dios con todo su corazón, o amar a su prójimo como a sí mismo, o ser perfecto; sólo el Espíritu puede hacer eso.

pero el Espíritu da vida.

Si buscamos a Dios, primero debemos sufrir la humillación de nuestra incapacidad de acatar con el centro de la ley moral, y demostrar nuestro mejor esfuerzo para minimizar más fallas con actos de arrepentimiento. A medida que buscamos a Dios: esperándolo, velando, y escuchando, comenzamos a oír la Voz del Señor. Lo primero que oímos son palabras de confirmación de que él va a trabajar en nosotros y ayudarnos. Entonces él nos muestra los pecados secretos de nuestro corazón, de la mayoría de los cuales ni siquiera tenemos conciencia, hasta que él "ha puesto nuestras maldades delante de él; nuestros secretos están ante la luz de su rostro." Este es el Espíritu de gracia que nos enseña a negar la impiedad y los deseos mundanos, y cómo vivir sobria, justa y piadosamente, en este mundo presente. Las palabras que él nos habla que debemos oír y guardar están implantadas en nuestro corazón y nos imparten la vida de Dios. Mientras más palabras oímos y guardamos u obedecemos, más vida de Dios recibimos — hasta que finalmente llegamos a ser como Él, puros, cuando él nos ha redimido de toda iniquidad y nos ha purificado para que seamos un pueblo especial con celo de buenas obras.

La carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y dan vida. Juan 6:63.

De la Palabra del Señor: "El Espíritu de Gracia tanto cambia como quita, así como Jesús dijo 'arrepiéntanse,' y también sanó."

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