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Salmos 22

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 1 [Este salmo es la visión de David y la profecía de la crucificción de Jesús, más de 1000 años antes que ocurriera. El texto en verde puede ser presionado para ver el cumplimientos de la profecía de David]

    ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?

 2 Dios mío, clamo de día, y no respondes; clamo de noche, y no hay sosiego para mí.

 3 Pero tú eres santo. ¡Tú, que habitas entre las alabanzas de Israel!

 4 Nuestros padres esperaron en ti: Esperaron, y tú los libraste.

 5 Clamaron a ti y fueron librados; confiaron en ti y no fueron defraudados.

 6 Pero yo soy un gusano y no un hombre, objeto de la afrenta de los hombres y despreciado del pueblo.1

 7 Todos los que me ven se burlan de mí. Estiran los labios [hacen muecas] y mueven [sacuden] la cabeza diciendo:

 8 "En Jehovah confió; que él lo rescate. Que lo libre, ya que de él se agradó."

 9 Pero tú eres el que me sacó del vientre; me has hecho estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.

 10 Sobre ti fui echado desde la matriz; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.

 11 No te alejes de mí, porque la angustia está cerca, y no hay quien ayude.

 12 Muchos toros me han rodeado; fuertes toros de Basán me han cercado.

 13 Contra mí abrieron sus bocas, como león voraz y rugiente.

 14 Soy derramado como el agua; todos mis huesos se han desarticulado. Mi corazón está como cera y se ha derretido en medio de mis entrañas.

 15 Mi vigor se ha secado como un tiesto, y mi lengua se ha pegado a mi paladar. Me has puesto en el polvo de la muerte.

 16 Los perros me han rodeado; me ha cercado una pandilla de malhechores, y horadaron mis manos y mis pies.

 17 Puedo contar todos mis huesos; ellos me miran y me observan.

 18 Reparten entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echan suertes.

 19 Pero tú, oh Jehovah, no te alejes. Fortaleza mía, apresúrate para ayudarme.

 20 Libra mi alma de la espada; libra mi única vida de las garras de los perros.

 21 Sálvame de la boca del león y de los cuernos de los toros salvajes. ¡Me has respondido!

 22 Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré.

 23 Los que teméis a Jehovah, alabadle; glorificadle, todos los descendientes de Jacob. Temedle vosotros, todos los descendientes de Israel.

 24 Porque no despreció ni desdeñó la aflicción del afligido, ni de él escondió el rostro. Más bien, le oyó cuando clamó a él.

 25 Tuya es mi alabanza en la gran congregación. Mis votos pagaré delante de los que le temen.

 26 Los pobres comerán y serán saciados. Alabarán a Jehovah los que le buscan. ¡Que viva vuestro corazón para siempre!

 27 Ellos se acordarán y volverán a Jehovah de todos los confines de la tierra. Delante de ti se postrarán todas las familias de las naciones.

 28 Porque de Jehovah es el reino, y él se enseñoreará de las naciones.

 29 Ciertamente ante él se postrarán todos los ricos de la tierra. Se doblegarán ante él todos los que descienden al polvo, los que no pueden conservar la vida a su propia alma.

 30 La posteridad le servirá; esto le será referido al Señor por generaciones.

 31 Vendrán y anunciarán su justicia a un pueblo que ha de nacer: "¡Él hizo esto!"


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1 Yo soy un gusano y no un hombre, objeto de la afrenta de los hombres y despreciado del pueblo. Toda la gente le dijo a Pilato: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" Respondió todo el pueblo y dijo: --¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" Así como los sacerdotes incitaron a sus seguidores a matar a los cuáqueros, los sacerdotes judíos, sus ingresos fueron amenazados, incitaron a toda la multitud de gente judía para matara a Jesús. Pero después, qué increíble la maldición que los judíos pidieron para sí mismos, cuando le gritaron a Pilato: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!" Y así, treinta y siete años más tarde, sucedió:

El fin del reino judío fue en el año 70 d.C. En la primera de varias rebeliones en contra de Roma, la mayoría de los judíos fueron masacrados y el templo en Jerusalén fue totalmente destruído por el príncipe romano Tito, en el año 70 d.C. Tito, quien después se convirtió en emperador de Roma, era el hijo del emperador Vespasiano. Josefo, un historiador del primer siglo, escribió que 1.1 millones de judíos murieron y cientos de miles fueron forzados a salir de su país hacia el exilio y la esclavitud.

En una rebelión judía posterior en contra de Roma, en el año 135 d.C., el emperador romano Adriano destruyó Jerusalén e Israel aún más. Dion Casio, un historiador del siglo dos, contó 580,000 judíos muertos, 50 ciudades fortificadas y 985 aldeas destruídas, y todos los judíos que quedaron fueron exiliados a otros países por todo el imperio romano y eventualmete fueron esparcidos y re-esparcidos por todo el mundo.

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