La Cruz Perdida de la Pureza



CAPITULO XIV

Lancaster y Londres 1660

Después de esta reunión, visité reuniones de los Amigos hasta que llegué a Lancaster; de allí me fui a la casa de Roberto Withers, y así a Arnside, donde llevé a cabo una reunión general para todos los Amigos en los condados de Westmoreland, Cumberland, y Lancashire. Esta reunión estuvo tranquila y pacífica, y la presencia viviente del Señor estaba entre nosotros. Fui otra vez con Roberto Withers, y algunos Amigos pasaron a mejor vida, cuando estaban fuertes en la vida y el poder de Cristo, en lo cual tenían dominio, estando establecidos sobre él que es la roca celestial y el fundamento. Varios tipos groseros, siervos de un juez de allí cerca llamado Sir Jorge Middleton, vinieron a provocar algunos disturbios, como se pensó; pero la reunión se había acabado, y ellos no hicieron nada allí: pero interceptaron a tres mujeres Amigas que iban a sus casas, burlándose de manera muy insolente, y uno de ellos se comportó de manera muy abusiva e inmodesta con ellas. El mismo hombre había abusado también a otros Amigos, y era tan escandaloso que trató de cortar a algunos con un hacha, pero fue impedido por algunos de sus compañeros. En otra ocasión el mismo hombre se fue encima de seis Amigos que iban a una reunión en Yelland, y los golpeó y los abusó de tal manera que 'hirió sus rostros y derramó mucha de su sangre,' lesionándolos gravemente, uno de ellos en varias partes de su cuerpo; sin embargo ellos no levantaron ni un dedo en contra de él, sino que le dieron sus espaldas y sus mejillas para que las golpeara.

De la casa de Roberto Withers al día siguiente me fui a Swarthmore con Francis Howgill y Tomás Curtis acompañándome. No hacía mucho que estaba allí, cuando, Enrique Porter, un magistrado, mandó al jefe de los guardias y a tres guardias de menor rango con una orden para prenderme; y en casa, ya sentí las tinieblas antes de que llegaran. Estaba en el salón, con Ricardo Richardson y Margarita Fell, cuando una de sus sirvientas vino a decirle que alguien estaba allí para registrar la casa, para ver si había armas; y con este pretexto entraron en las habitaciones. Sentí el deseo de salir y, acercándome a uno de ellos, le hablé y me preguntó cómo me llamaba. En el acto se lo dije, y, apoderándose de mí, diciendo que yo era el hombre que buscaban, me llevaron a Ulverston. Me dejaron toda la noche en casa del guardia, custodiado por quince o dieciséis hombres, algunos de los cuales se sentaron en la chimenea por temor de que me subiera por ella; tan aterrados los tenía el poder del Señor. Eran muy rudos e inciviles y no permitían que hablase con los Amigos ni que estos me trajeran nada, sino que, echándolos violentamente, ejercían sobre mí una terrible vigilancia. Ellos eran muy impíos y groseros, y se jactaron grandemente acerca de mí. Uno de los guardias que se llamaba Ashburnbam dijo que él no pensaba que ni siquiera mil hombres me pudieran haber llevado. Otro de los guardias era un hombre muy impío llamado Mount; él dijo que él hubiera tratado al juez Fell así, si es que estuviera vivo, y si él tuviera una orden para él.'

Pasé toda la noche sentado, y, por la mañana, a eso de las seis, me puse mis botas y espuelas para ir con ellos a ver a algún magistrado; mas quitándome las espuelas, me quitaron también el cuchillo y a toda prisa me mandaron por la ciudad, con un grupo de a caballo y abundancia de gente, no permitiendo que esperase por mi caballo. Había andado como un cuarto de milla, cuando algunos Amigos, junto con Margarita Fell y con los hijos de ésta, se me acercaron; y entonces un grupo de a caballo, me rodeó, gritando enfurecidos e iracundos, "¿Acaso lo quieres libertar? ¿Acaso lo quieres libertar?" Al ver esto les dije, "Aquí tienen mi cabello, aquí tienen mi espalda, aquí tienen mis mejillas; péguenme"; y con estas palabras se mitigó un poco su furor. Trajeron entonces un caballo pequeño y, cogiendo dos de ellos, una de mis piernas me pusieron el pie en el estribo, y levantando mi otra pierna, dos otros más, me montaron detrás de la silla y, sin tener yo nada en que agarrarme, llevaron así el caballo por la correa. Cuando estuvimos bastante lejos de la ciudad, pegaron al caballito que se puso a patear y galopar; por lo cual yo resbalé y les dije que no debían de maltratar así al pobre animal. Estaban enfurecidos de que yo me hubiera bajado del caballo y, cogiéndome por las piernas, me volvieron a subir, poniéndome otra vez detrás de la silla. En esto, mi caballo llegó a donde estábamos, y algunos de los suyos los persuadieron de que me dejaran montar en él. Cuando llegamos a los arenales, les dije que había oído que yo tenía libertad de elegir el juez a quien tenían que llevarme; pero los guardias empezaron a gritar que no había tal cosa; y entonces me llevaron a Lancaster, a unas catorce millas, creyendo así conseguir gran triunfo. Pero mientras íbamos de camino, me sentí dirigido a cantar alabanzas al Señor, por ser Su poder el que triunfaba sobre todos.

Cuando llegamos a Lancaster, estando muy elevado el espíritu del pueblo, me puse a mirarlos severamente y se pusieron a gritar, "¡Miren sus ojos!" Al cabo de un rato, les hablé, y entonces se aquietaron. En esto, vino un joven que me llevó a su casa; y al poco rato los oficiales me llevaron al mayor Porter, el magistrado que había mandado el decreto en virtud del cual me prendieron; el cual estaba en compañía de otras personas. Cuando entré les dije, "La paz sea con ustedes"; y Porter me preguntó para qué había ido a aquella región en tiempos tan poco oportunos; a lo cual respondí, "A visitar a mis hermanos." "Pero," replicó, "tú andas de un lado para otro celebrando reuniones;" y le dije que, a pesar de ello, en toda la nación era sabido que nuestras reuniones eran pacíficas y que éramos nosotros gentes de paz. Dijo él entonces, que nosotros veíamos al diablo en el rostro de las personas; y le respondí, "Cuando yo veo a un borracho, o a uno que presta juramentos, o a un pendenciero, o a un temerario, no diré que en estos vea el Espíritu de Dios"; y le pregunté si podía él ver el Espíritu de Dios. Dijo también que nosotros protestábamos en contra de sus ministros. Y yo le repliqué, que mientras, como Saúl, estábamos bajo la autoridad de los sacerdotes e íbamos de un lado a otro con sus paquetes de cartas, no nos llamaron seres pestilentes ni organizadores de sectas; pero cuando fuimos a ejercitar nuestras conciencias, con Dios y con los hombres, nos llamaron seres pestilentes como a Saúl. Dijo entonces Porter que nosotros sabíamos expresarnos muy bien, y que, por esta razón, no iba a discutir conmigo; pero sí iba a detenerme. Quise saber el porqué y de quién recibió la orden de mandarme a buscar con un decreto de prisión; y me quejé a él de los malos tratos que me dieron los oficiales y los guardias, y también de que me hubieran llevado allí. No se dio por enterado de esto, y me respondió que él tenía una orden, que no me dejaría ver porque no quería revelar los secretos del rey; "Además, que un prisionero," añadió, "no tiene que saber porqué lo condenan." Le repliqué que esto no era justo, porque entonces no podría defenderse; y proseguí, "Yo tengo que tener una copia de esa orden;" pero él me dijo, "Una vez hubo un juez que hizo pagar una multa a un hombre, por dejar que un prisionero tuviera una copia de su auto de prisión y," añadió, "aunque yo soy un magistrado joven, tengo conmigo un viejo escribano;" y llamando entonces al viejo escribano, le preguntó, "¿Todavía no está listo? Tráigalo," refiriéndose al auto de prisión. Pero como aún no estaba terminado, me dijo que era yo un causante de disturbios en la nación; a lo cual le respondí que era yo una bendición para la nación, en y por el poder del Señor y Su verdad, y que así respondería el espíritu de Dios en todas las conciencias.

Entonces me acusó de que yo era un enemigo del rey, de que intentaba provocar una nueva guerra y quería volver a inundar de sangre la nación. Le dije que nada sabía de la manera de hacer la guerra, siendo puro e inocente como un niño, en cuanto a tal cosa se refería, y por consiguiente osado. En esto, llegó el escribano con el auto de prisión y mandaron a llamar al carcelero para que me llevara, y me metiera en la celda oscura, sin dejar que nadie viniera a verme, y me tuviera allí preso e incomunicado hasta que el parlamento o el rey me pusieran en libertad. Entonces el magistrado preguntó a los guardias que donde estaba mi caballo: "Porque, según he oído," añadió, "tiene él un buen caballo ¿Lo trajeron?" Le dije en donde estaba mi caballo, pero no lo cogió. Cuando me llevaban a la prisión, el guardia me dio mi cuchillo, y luego me pidió que se lo diera, pero le dije que no, porque no había sido lo bastante civil conmigo. Me metieron en la cárcel, y el carcelero subalterno, un tal llamado Hardy, hombre malo, fue muy brutal y cruel, no dejando muchas veces que me dieran más comida que la que podía coger por debajo de la puerta. Muchos vinieron a verme, algunos llenos de ira, que se comportaron de un modo incivil y brutal. En una ocasión dos sacerdotes jóvenes vinieron y fueron muy abusivos. La gente más mala no podría haber sido peor. Entre aquellos que vinieron de esta manera estaba la esposa del viejo Preston, de Howke. Ella usó muchas palabras abusivas conmigo, diciéndome que mi 'lengua debería ser cortada,' y que 'yo debería ser ahoracado;' mostrándome la horca. Pero el Señor la derribó, y ella murió en una condición miserable.

Estando preso y vigilado, en la cárcel común de Lancaster, quise que Tomás Cummins y Tomás Green fueran a pedirle al carcelero una copia del auto de prisión, para que así pudiera saber porque me habían condenado; y el carcelero les dijo que no podía dársela porque otro había sido multado por haberlo hecho; pero les permitió que lo leyeran; y según pudieron recordar, las acusaciones eran las siguientes. Que era yo una persona de quien todos sospechaban que era un provocador de disturbios en contra de la paz del país, enemigo del rey y el principal sustentador de la secta de los Cuáqueros; y que, unido con otros como yo, fanáticos de nuestras creencias, intentaba llevar a cabo la insurrección, por aquellos lugares, y anegar todo el reino en sangre. Por todo lo cual, el carcelero había recibido orden de tenerme en seguridad, bajo custodia, hasta que fuera puesto en libertad por el rey o por el parlamento. Cuando así me hube enterado de las acusaciones capitales contenidas en el auto de prisión, escribí una respuesta completa, contestando a cada una de las acusaciones en particular, para revindicar mi conciencia, de la siguiente manera:

Soy un prisionero en Lancaster, condenado por el juez Porter. No puedo obtener una copia de la orden de arresto; pero me han dicho que ciertas cosas que están en ella no son ciertas. Como por ejempo que "todos sospechan que soy un provocador de disturbios en contra de la paz de la nación, un enemigo del rey, y que yo, junto con otros, intento llevar a cabo la insurrección, para anegar la nación en sangre." Todo lo cual es completamente falso; y yo niego cada parte de esto. Porque no soy una persona que todos sospechen como un perturbador de la paz de la nación, ni tampoco he dado ninguna causa para tal sospecha; porque anteriormente por toda la nación yo he sido llevado a juicio por estas cosas. En los días de Oliverio yo fui tomado bajo la acusación de que yo estaba levantando armas en contra de él, lo cual también era falso; porque yo no tenía nada que ver con levantar armas. Sin embargo yo fui llevado como prisionero a Londres, y presentado ante él; y allí me defendí y negué que yo haya levantado armas carnales en contra de él, o en contra de algún otro hombre sobre la tierra; porque mis armas son espirituales, las cuales quitan la oportunidad de hacer guerra, y llevan hacia la paz. Al haber declarado esto a Oliverio, fui puesto en libartad por él. Después de esto fui tomado y enviado a la cárcel por el mayor Ceely, en Cornwall; cuando fui llevado ante el juez, Ceely informó en contra de mí que yo lo llevé a un lado y le dije que yo podía levantar cuarenta mil hombres en el espacio de una hora, para llenar la nación de sangre, y traer al rey Carlos. Esto también era completamente falso, una mentira inventada por él, como entonces fue probado en frente de él; porque yo nunca le dije tales palabras. Yo nunca estuve envuelto en ningún complot. Yo nunca tomé ningún juramento ni compromiso, y nunca aprendí ninguna postura de guerra. Así como esas eran acusaciones falsas en contra mía, también son estas que provienen del mayor Porter, quien después fue nombrado juez, pero que quería poder antes para ejecutar su crueldad en contra de nosotros; lo cual no es nada más que la impiedad del antiguo enemigo. Porque yo no soy un perturbador de la paz de la nación, ni nunca lo fui; sino que busco la paz de la nación, y la de todos los hombres, y defiendo la paz de todas las naciones, y la paz de los hombres sobre la tierra, y deseo que todas las naciones y los hombres conozcan mi inocencia con respecto a estas cosas.

Y a pesar que el Mayor Porter dijo que yo era un "enemigo del rey," esto es falso; porque mi amor es para "él y para todos los hombres," aunque ellos sean enemigos de Dios, de sí mismos, y de mí. Y yo puedo decir que es algo del Señor que él haya sido puesto en este lugar, para quitar a muchos que habían sido puestos injustamente en posiciones de poder; de lo cual yo profeticé tres años antes que él viniera. Es un gran error que él diga que yo soy un enemigo del rey; porque yo no tengo ninguna razón para serlo, ya que él no hizo nada en contra mía. Pero yo frecuentemente he sido encarcelado y perseguido durante estos once o doce años por aquellos que han estado en contra del rey y de su padre, incluso el partido que hizo a Porter un mayor y por el cual él lleva las armas; pero no por aquellos que estaban de parte del rey. Yo nunca fui un enemigo del rey, ni de ninguna persona sobre la tierra. Yo estoy en el amor que cumple la ley, que no piensa ningún mal, sino que ama aún a sus enemigos; y quisiera que el rey se salvara, y que llegara al conocimiento de la verdad, y que fuera llevado al temor del Señor, para recibir la sabiduría de arriba, por la cual todas las cosas fueron hechas y creadas; para que en esta sabiduría él pueda ordenar todas las cosas para la gloria del Dios.

En cuanto a su acusación de que soy "el principal sustentador de la secta de los cuáqueros," yo le respondo: los cuáqueros no son una secta, sino que están en el poder de Dios, el cual existía antes que existieran las sectas, y testifica de las elecciones antes de la fundación del mundo, y han ido a vivir en la vida en la que vivían los profetas y los apóstoles que nos dieron las escrituras; por lo tanto nosotros somos odiados por los hombres envidiosos, airados, malignos, y perseguidores. Pero Dios es el sostenedor de todos nosotros por medio de su gran poder, y nos guarda de la ira de los malignos que quisieran tragarnos.

Y en cuanto a su acusación en la que él dijo que "yo, junto con otros que tienen la misma opinión fanática," como él la llama, "últimamente nos hemos esforzado por levantar una insurrección, para anegar el reino completo con sangre." Esto es completamente falso; para estas cosas yo soy como un niño, y no sé nada de ellas. Nunca aprendí las posturas de guerra; mis armas son espirtuales, y no carnales, porque yo no peleo con armas carnales. Soy un seguidor de aquel que dijo: "Mi reino no es de este mundo." Y aunque se digan estas mentiras y calumnias en contra mía, yo niego haber usado cualquier arma carnal en contra del rey o del parlamento, o en contra de cualquier hombre sobre la tierra; porque yo he llegado hasta el fin de la ley, que es “amar a los enemigos, y no luchar contra carne ni sangre;" pero yo estoy en aquello que salva las vidas de los hombres. Soy un testigo en contra de todos los asesinos, conspiradores, y cualquiera que haga tales cosas para "imbuir a la nación en sangre;" porque no está en mi corazón destruir la vida de ningún hombre. Y con respecto a la palabra fanático, que significa furioso, necio, loco, etc., él debería haberse considerado a sí mismmo antes de usar esa palabra, y haber aprendido acerca de la humildad que va antes del honor. Nosotros no somos furiosos, ni necios, ni locos; sino que por medio de la paciencia y la mansedurmbre hemos soportado mentiras, calumnias, y persecuciones por muchos años, y hemos pasado por grandes sufrimientos. El hombre espiritual, que no lucha contra carne ni sangre, y el espíritu que reprende el pecado en la puerta, el cual es el espíritu de verdad, sabiduría, y de juicio sano, no está loco, ni es necio, ni está furioso, lo cual es el significado de fanático; pero los que luchan contra carne y sangre son todos de un espíritu loco, furioso, y necio, los cuales luchan en su furia, su necedad y su ira. Éste no es el espíritu de Dios, sino del error, que persigue en un celo loco y ciego, como Nabucodonosor y Saúl.

Debido a que se ha ordenado que siga siendo prisionero hasta que sea liberado por orden del rey o del parlamento, he escrito estas cosas para que sean puestas antes ustedes, el rey y el parlamento, para que ustedes las consideren antes que actúen con respecto a cualquier cosa. Para que ustedes puedan considerar, en la sabiduría de Dios, la intención y el fin del espíritu de los hombres, por temor de que ustedes hagan aquello que traerá la mano del Señor sobre ustedes y en contra de ustedes, como muchos han hecho antes de ustedes, quienes tenían posiciones de autoridad, a quien Dios ha derrocado. Nosotros confiamos en aquel a quien tememos y a quien clamamos de día y de noche, quien nos ha oído, nos oye, y nos oirá, y vengará nuestra causa. Mucha sangre inocente ha sido derramada. Muchos han sido perseguidos hasta la muerte por aquellos que tenían la autoridad antes de ustedes, a quien Dios vomitó de su boca porque ellos se volvieron en contra del justo. Por lo tanto consideren dónde están ustedes, ahora que tienen el día, y reciban esta advertencia de amor hacia ustedes.

De un sufridor en cadenas, y prisionero cercano en el castillo de Lancaster, llamado

Jorge Fox

Después que fui tomado y sacado a la fuerza de la casa de Margarita Fell, y acusado con cosas de naturaleza tan alta, que ella estaba preocupada, considerándolo como un daño hecho a ella. Después de lo cual ella escribió las siguientes lineas, y las envió al extranjero, de la esta manera:

A todos los magistrados con respecto a la toma y el encarcelamiento injusto de Jorge Fox en Lancaster.

Les informo a los gobernadores de esta nación, que Henry Porter, alcalde de Lancaster, envió una orden con cuatro guardias a mi casa, para lo cual él no tenía ninguna autoridad ni derecho. Ellos registraron mi casa, y detuvieron a Jorge Fox en ella, quien no era culpable de romper ninguna ley, ni de ninguna ofensa en contra de ninguna nación. Después que se lo habían llevado y lo habían presentado ante el llamado Henry Porter, ofrecimos pagar la fianza cuando él demandaba que compareciera para responder acerca de su acusación; pero el oficial (en contra de la ley, si lo hubiera tomado legalmente) negó aceptar cualquier fianza, y lo encerró en la cárcel. Después que estaba en la cárcel se demandó una copia de su orden de arresto, lo cual no se le debería negar a ningún prisionero, para que él pueda ver de lo que se le acusa; pero se le negó; una copia que él no podía tener, sólo se les permitió leerla. Y todas las acusaciones en contra de él eran completamente falsas; él no era culpable de ningún cargo, como será probado y manifestado a la nación. Que el gobernador lo considere. Yo estoy preocupada acerca de este asunto, puesto que él fue detenido en mi casa, y si él es culpable, yo también lo soy. Yo deseo que se investigue esto.

Margarita Fell

Después de esto Margarita Fell decidió ir a Londres para hablar con el rey acerca de mi detención, de como se habían comportado los que habían ido a buscarme y de los malos e injustos tratos de los que había yo sido víctima. Cuando el magistrado Porter se enteró de esto, dijo enseguida que también iría y que se encontraría con Margarita. Pero cuando llegó a presencia del rey, los cortesanos le hablaron de cuando les hizo quemar sus casas, cuando era él un celoso partidario del parlamento en contra del rey; de modo que acabando pronto con la corte, enseguida regresó a su región. Mientras tanto el carcelero parecía estar muy preocupado, y dijo que temía que el mayor Porter lo ahorcaría porque él no me había puesto en la casa oscura. Pero cuando el carcelero fue a esperarlo, después que él había venido de Londres, él estaba muy vacío y desanimado, y preguntó '¿cómo lo hice?', finginendo que él encontraría una manera de ponerme en libertad. Pero habiéndose pasado en su orden, al ordenar que me 'tuvieran prisionero hasta que fuera liberado por el rey o el parlamento,' él había hecho que no le fuera posible ponerme en libertad aunque lo quisiera. Él se desanimó más aún después de leer la carta que yo le había enviado; porque cuando estaba en su punto máximo de ira y amenazas en contra mía, y pensaba congraciarse con el rey al encarcelarme a mí, fui inspirado a escribirle, y lo puse a pensar 'lo violento que él había sido en contra del rey y su partido, aunque ahora se pensaba que estaba muy a favor del rey.' Entre otros pasajes de mi carta, le hice recordar que cuando él estuvo detenido en el castillo de Lancasater por causa del parlamento en contra del rey, él fue tan duro y violento en contra de aquellos que estaban a favor del rey, que él dijo que él no les dejaría ni perro ni gato si ellos no le llevaban suministros a su castillo. Yo también le pregunté: '¿De quién son esos grandes cuernos que están en su casa? Y ¿dónde los había obtenido como también la madera de roble que él usó para construir su casa? ¿Acaso no los había sacado del castillo de Hornby?'

En esto, Ana Curtis, de Reading, vino a verme; y al saber porqué me habían condenado, quiso también ir a ver al rey para hablarle de ello. Su padre, que había sido alguacil de Bristol, había sido ahorcado cerca de la puerta de su casa, por haber intentado traer al rey; y por esta razón esperaba que el rey la oiría en cuanto a lo que se refería a mi caso. De modo que con esta idea, así que regresó a Londres, ella, y Margarita Fell, fueron juntas a ver al rey, quien la recibió muy afablemente cuando supo de quien era hija. Cuando le pidió que me mandara a buscar y que él mismo me juzgara, le prometió que así lo haría, y mandó a su secretario que enviara una orden para que me llevasen a Londres; pero cuando fueron a buscar la orden al secretario, como éste no sentía simpatía por nosotros, dijo que no le incumbía darla, que la ley tenía que cumplirse y que, por lo tanto, tenía que ser llevado a presencia de los jueces de Londres por un habeas corpus. De acuerdo con esto, se envió el escrito que se entregó al alguacil, pero, como iba dirigido al canciller de Lancaster, el alguacil se desentendió de él; y, por otro lado, el canciller no quiso dar la autorización, diciendo que al alguacil incumbía el hacerlo. Finalmente, el canciller y el alguacil se pusieron de acuerdo; pero, como los dos eran enemigos de la Verdad, buscaron pretextos para ir difiriendo el cumplimiento de la orden recibida, diciendo que habían encontrado un error en el escrito, que, siendo dirigido al canciller, decía de "Jorge Fox en prisión bajo la custodia de ustedes," siendo que la prisión en que yo me hallaba preso, no estaba, según ellos, bajo la custodia del canciller sino del alguacil. De modo que la palabra ustedes debía de haber sido usted; por donde devolvieron el escrito a Londres, solamente para que se cambiara esta palabra; y cuando lo volvieron a mandar, con la palabra cambiada, el alguacil se negó a mandarme a Londres, a menos de que me ratificara en un escrito dirigido a él, comprometiéndome, y le pagase la ratificación y los gastos de mandarme. negué a todo esto, y le dije que nada le ratificaría ni a nada me comprometería; de modo que todo quedó en suspenso y yo continué en la prisión. Mientras tanto comenzaron las sesiones de tribunal; pero como había un orden judicial para quitarme, no fui llevado ante el juez. Durante las sesiones de tribunal muchos vinieron a verme. Fui inspirado a hablar desde la ventana de la cárcel, y mostrarles 'lo dudosa que era su religión, y que cada clase, cuando estaban en el lugar más alto, había perseguido al resto. Cuando el papado estaba en el lugar más alto, la gente había sido perseguida por no seguir la misa. Y aquellos que lo sostuvieron clamaron que era el poder de lo alto, y la gente debe estar sujeta al poder de lo alto. Después aquellos que sotuvieron la Oración Común persiguieron a otros por no seguir aquello, diciendo que era el poder de lo alto, y debemos estar sujetos a ello. Desde entonces, los presbiterianos y los independientes clamaron: "Debemos estar sujetos al poder de lo alto, y someternos a la dirección de uno y de la fe de la iglesia del otro." De modo que todos, como los judíos apóstatas, han clamado, "Ayuden, hombres de Israel," en contra de los verdaderos cristianos. De manera que la gente puede ver lo inseguros que ellos están acerca de su religión. Pero yo los dirigí hacia Cristo para que ellos puedan ser edificados sobre la roca y el fundamento que no cambia. Yo les declaré mucha de esta sabiduría, y ellos estuvieron tranquilos y muy atentos. Después escribí un pequeño documento con respecto a la religión verdadera, como sigue a continuación;

La religión verdadera es la verdadera auténtica y la manera correcta de servir a Dios. Y la religión es una corriente pura de justicia que fluye de la imagen de Dios, y es la vida y el poder de Dios plantado en el corazón y en la mente por la ley de la vida. Esto lleva al alma, la mente, el espíritu y el cuerpo a conformarse a Dios, el Padre de los espíritus, y a Cristo; de modo que ellos llegan a tener comunión con el Padre y el hijo, y con todos sus santos ángeles y sus santos. Esta religión es pura y es de lo alto, no contaminada ante Dios, que lleva a visitar al huérfano, las viudas, y a los forasteros, y nos guarda de las manchas del mundo. Esta religión está por encima de todas las religiones contaminadas y manchadas, pero deja a sus profesantes impuros, rebajados, y manchados; cuyos huérfanos, viudas, y forasteros, mendigan de acá para allá por las calles.

Jorge Fox

Poco tiempo después escribí un documento en contra de la persecución, como sigue:

Los papistas, los hombres de la oración común, los presbiterianos, independientes, y bautistas se persiguen los unos a los otros con respecto a sus propios inventos, sus misas, sus oraciones comunes, su directorio, la fe de su iglesia, la cual ellos han creado y formulado, y no por la verdad; porque ellos no saben de qué espíritu son, que persiguen, y quisieran destruir las vidas de los hombres por causa de la adoración de su iglesia y la religión, como dijo Cristo, quien también dijo que él no había venido a destruir la vida de los hombres, sino a salvarlas. Aquellos que no saben de qué espíritu son, sino que persiguen y destruyen las vidas de los hombres, y no los salvan, no podemos confiar nuestros cuerpos, nuestras almas, ni nuestros espíritus en sus manos; ellos mismos no saben de qué espíritu son, por lo tanto no son aptos para ser confiados con otros. Ellos prefieren destruir por medio de una ley, como los discípulos una vez lo hubieran hecho por medio de la oración, quienes hubieran mandado a que "cayera fuego del cielo" para destruir a aquellos que no querían recibir a Cristo. Pero Cristo los reprendió, y les dijo que ellos no sabían de qué espíritu eran. Si ellos no sabían de qué espíritu eran, ¿saben éstos (que han perseguido por causa de la religión desde los días de los apóstoles), quienes quieren forzar los cuerpos, los bienes, las vidas, las almas, y las pertenencias de los hombres hacia sus propias manos por medio de la ley, o hacerlos sufrir? Aquellos que destruyen las vidas de los hombres no son ministros de Cristo, el salvador; y ya que ellos no saben de qué espíritu son, no se debe confiar las vidas, los cuerpos, y las almas de los hombres en sus manos. Y ustedes que persiguen no tendrán la resurrección de la vida con Dios, a menos que se arrepientan. Pero aquellos que saben de qué espíritu son están en el celo irreprochable, y por el espíritu de Dios ellos ofrecen sus espíritus, almas, y cuerpos al Señor, que son de él, para que él los guarde.

Jorge Fox

Mientras estaba en la cárcel de Lancaster, fui inspirado a escribir el siguiente documento, 'Para calmar las mentes de cualquiera que esté apurado y angustiado acerca del cambio de gobierno.'

Amigos Todos,

¡Que el temor y la majestad de Dios los llene! Con respecto al cambio en los tiempos y los gobiernos, no dejen que esto los preocupe; porque Dios tiene una obra poderosa y tiene su mano sobre esto. Él cambiará otra vez, hasta que se levante aquello que debe reinar, y en vano se levantarán los poderes y los ejércitos en contra del Señor; porque su obra determinada se llevará a cabo. Pero lo que ahora se ha levantado, es justo con el Señor que sea así, y él será servido por ello. Por lo tanto no dejen que ninguno murmure, ni desconfíe de Dios; porque él provocará que muchos tengan un celo en contra de la injusticia, y por la justicia, por medio de las cosas que se sufren ahora para obrar por un tiempo. Sí, muchos, cuyo celo ha estado muerto, revivirán otra vez, y verán sus caídas y las lamentarán amargamente. Porque “Dios enviará truenos del cielo, y acometerá con un gran estruendo, sus enemigos se asombrarán, los obreros de iniquidad serán confundidos, y todos los que no tengan las ropas de justicia serán sorprendidos con la poderosa y extraña obra del Señor, la cual ciertamente se llevará a cabo." Pero, mis criaturas, no miren hacia afuera, sino que estén quietos en la luz del Cordero, y él peleará por ustedes. La mano Omnipotente, que debe quebrantar y dividir a sus enemigos, y quitarles la paz, los guarde y los preserve completos, en unidad y paz con él, y los unos con los otros. Amén.

Jorge Fox

También fui inspirado a escribirle al rey, tanto para exhortarlo a tener misericordia y perdón con sus enemigos, como para advertirle a restringir la profanidad y el libertinaje que existía en la nación a su regreso.

Al rey

Rey Carlos,

Usted no vino a esta nación por la espada, ni la victoria de la guerra, sino por el poder del Señor. Ahora, si usted no vive en este poder, no prosperará. Si el Señor le ha mostrado misericordia y lo ha perdonado, y usted no muestra misericordia ni perdona, el Señor Dios no oirá sus oraciones, ni las de aquellos que oran por usted. Si usted no detiene la persecución y los perseguidores, y si quita toda las leyes que contienen las persecuciones con respecto a la religión; si usted persisite en estas cosas, y sostiene la la persecución, ésto lo hará tan ciego como aquellos que han estado antes de usted; porque la persecución siempre ha cegado aquellos que han entrado en ella. Este Dios, por medio de su poder, derriba, lleva a cabo sus actos valientes, y trae salvación a sus oprimidos. Si usted lleva la espada en vano, y deja que las borracheras, juramentos, juegos y festividades de mayo, y si todas estas otras abominaciones y vanidades son promovidas y no son castigadas, como el establecimiento de los palos de mayo, con la imagen de la corona encima de ellos, etc., las naciones rápidamente se harán como Sodoma y Gomorra, y serán tan malas como el mundo antiguo, que lloraron por el Señor hasta que él los derribó; y así Él hará con usted, si estas cosas no son suprimidas. Casi nunca hubo tanta maldad abierta como la hay en este día; como si no hubiera temor o poder del gobierno; lo cual no le trae honor a un gobierno, ni es la alabanza de los que hacen el bien. Nuestras oraciones son para aquellos que están en la autoridad, para que bajo ellos nosotros podamos vivir una vida piadosa, en la cual tengamos paz, y que no seamos llevados hacia la impiedad por ellos. Oiga y considere, y haga el bien en su tiempo, mientras tenga el poder; sea misericordioso y perdone; esta es la manera para vencer y obtener el reino de Cristo.

Jorge Fox

Pasó mucho tiempo antes de que el alguacil se decidiese a trasladarme a Londres, a menos de que le ratificara un depósito y le pagase los gastos, a lo cual seguí negándome. Entonces ellos consultaron acerca de cómo llevarme y primero decidieron que me acompañara un grupo de a caballo; y les dije que si yo era el hombre que ellos decían, tendrían que mandarme con un regimiento o dos de caballería que me guardasen. Luego que consideraron lo que les costaría mandar un grupo de hombres a caballo, cambiaron de idea y decidieron mandarme custodiado solamente por el carcelero y algunos alguaciles; pero considerando más tarde que esto también sería mucho gasto para ellos, me mandaron a la casa del carcelero y me dijeron que si les daba una fianza, de que estaría en Londres tal día del plazo fijado, me darían licencia de ir con alguno de mis amigos. Les respondí que ni daría fianza alguna ni al carcelero le daría una sola pieza de plata; porque era yo inocente, habiéndome encarcelado injustamente por acusaciones que no eran ciertas. Sin embargo, les dije que si me dejaban ir con uno o dos de mis amigos, que quisieran acompañarme, iría y estaría en Londres el día fijado, si era voluntad del Señor; y que si querían, yo, o alguno de los amigos que fueran conmigo, llevaría el auto de prisión donde estaban las acusaciones que ellos me habían hecho. Finalmente, viendo que conmigo no podía ser de otra manera, el alguacil cedió, consintiendo en que, con algún amigo mío, fuera a Londres, sin más fianza que mi palabra, a presentarme a los jueces en el día señalado, si era voluntad del Señor; y si ellos lo deseaban, ni yo ni ninguno de mis Amigos llevaría cargos en contra de mí. Cuando ellos vieron que no podían hacer nada más conmigo, el alguacil consintió a que yo viniera con algunos de mis Amigos, sin ningún otro compromiso que mi palabra, para comparecer ante los jueces en Londres en el día acordado, si el Señor lo permitía. Por lo tanto fui liberado de la prisión, y me fui a Swarthmore, donde me quedé por dos o tres días; de allí me fui a Lancaster, y así a Preston, teniendo reuniones entre los Amigos hasta que llegué a Cheshire, a la casa de William Gandy, donde hubo una gran reunión al aire libre, ya que la casa no era suficientemente grande para contenerla. Ese día la semilla eterna del Señor fue puesta sobre todos, y los Amigos se acercaron a ella, quien es heredera de la promesa. De allí me fui a Staffordshire y Warwickshire, a la casa de Antonio Bickliff, y en Non-eaton, en la casa de la viuda de un sacerdote, tuvimos una reunión muy bendecida, donde la palabra eterna de la vida fue declarada poderosamente, y muchos se establecieron en ella. Entonces, al continuar viajando, visitando las reuniones de los Amigos, después de tres semanas de haber salido de la cárcel, llegué a Londres, estando Ricardo Hubberthorn y Roberto Withers conmigo.

Cuando llegué a Charing-Cross, había allí reunida gran muchedumbre para ver quemar las entrañas de un juez del rey, que había sido ahorcado, arrastrado y descuartizado.

A la mañana siguiente fui a la cámara del juez Mallat, que se estaba poniendo la toga roja, para sentarse en el tribunal a juzgar a más jueces del rey; y como era muy impertinente e insolente me dijo que podía volver en otro momento. Volví otra vez a su cámara, estando allí el juez Foster, que era llamado el magistrado mayor de Inglaterra, e iba conmigo un tal Esquire Marsh, que era del dormitorio del rey. Cuando les hubimos entregado las acusaciones de que era yo víctima, y cuando hubieron leído que yo y mis amigos íbamos a anegar la nación en sangre etc etc . . . dieron un puñetazo sobre la mesa; por donde les dije, que era yo el hombre contra quien iban dirigidas tales acusaciones, pero que era yo tan inocente de ello, como un recién nacido, pues yo mismo se las había traído, en compañía de un amigo mío, sin custodia alguna. De momento no se habían fijado en mi sombrero, mas viendo que lo llevaba puesto, me dijeron, "¡Cómo! ¿Tienes el sombrero puesto?" y les expliqué que no lo hacía por menosprecio. Me mandaron que me lo quitara; y, llamando al mariscal del tribunal del rey, le dijeron, "Tienes que llevarte a este hombre y ponerlo en lugar seguro; pero dénle una cámara, no lo pongan con los presos." "Mi señor," respondió el mariscal, "No tengo cámara en donde meterlo, pues de tan llena como está mi casa, no se cómo podría hallar una cámara para él, de no ser junto con los otros presos." "No," dijo el juez, "no lo pongan con los presos;" pero al insistir el mariscal en que no tenía lugar donde pudiera yo estar, el juez Foster me dijo, "¿Quieres comparecer mañana, a eso de las diez, en la barra del tribunal del rey, en Westminster?" y le respondí, "Sí, si el Señor me da fuerzas para ello." Entonces el juez Foster dijo al otro juez, "Si dice que sí, y lo promete, pueden aceptar su palabra;" y me dieron licencia de que me retirase.

Al día siguiente y a la hora señalada, comparecí en la barra del tribunal del rey, acompañado de Ricardo Hubberthorn, Roberto Withers y Esquire Marsh. Me llevaron al medio de la sala, y así que entré, dirigido a mirar a mi alrededor, me volví a la gente y dije, "La paz sea con vosotros;" y el poder del Señor se difundió por la sala. Se leyó pública mente la acusación en contra mía; y la gente se mantuvo moderada, los jueces serenos y afables; y las mercedes del Señor fueron para ellos. Mas cuando se llegó al párrafo en que se decía que yo y mis amigos queríamos anegar en sangre la nación, provocar una nueva guerra y que yo era enemigo del rey etc etc . . . elevaron las manos; y extendiendo yo entonces mis brazos, les dije, "Yo soy el hombre contra quien se dirige esta acusación; mas yo soy inocente, como un niño, en cuanto a esto se refiere, sin que jamás haya sabido de la manera de hacer la guerra, y," continué, "¿Creéis vosotros que de ser yo el hombre que esta acusación demuestra, hubiera venido yo mismo, en contra de mi conveniencia, o me hubieran permitido que viniera, sólo con uno o dos amigos míos? De ser yo el hombre que dice ese escrito, hubiera tenido que ser guardado por un regimiento o dos de caballería; mas al contrario, el alguacil y los magistrados de Lancashire, creyeron oportuno dejarme venir con mis amigos, por cerca de doscientas millas, sin guarda alguna; y podéis estar seguros de que no lo hubiesen hecho de creer que era yo tal clase de hombre." Entonces el juez me preguntó si es que había que continuar o que pensaba yo hacer, en cuanto a las acusaciones que eran sobre mí; y yo respondí, "Vosotros sois jueces y espero que capaces de juzgar, este caso; en consecuencia, haced lo que queráis, que yo lo dejo a vuestro criterio." En esto, como el juez Twinsden, colérico, empezase a hablar, apelé al juez Foster y al juez Mallet, que me habían oído la noche antes; y dijeron que ellos no me acusaban, pues nada tenían en contra mía; y entonces, Esquire Marsh, levantándose, dijo a los jueces que le placía al rey que me pusieran en libertad, no habiendo acusador que se presentase en contra mía. Me preguntaron si, en tal caso, quería dejar la cuestión al rey y a su consejo; y les respondí, "Sí, con la mejor voluntad;" y enviaron al rey la respuesta del alguacil, al hábeas corpus, en que constaba la acusación, para que así viesen porque me habían condenado. El regreso del alguacil de Lancaster fue así:

En virtud de la orden de su majestad dirigida a mí, y anexada aquí, yo certifico que antes de haber recibido la dicha orden, Jorge Fox, en la orden mencionada, fue condenado a la cárcel de su majestad en el castillo de Lancasater, bajo mi custodia, por orden de Henry Porter, Esquire, uno de los jueces de su majestad dentro del condado real mencionado anteriormente, llevando la fecha del cinco de junio pasado; porque él, el mencionado Jorge Fox, era sospechado por todos como un perturbador de la paz en esta nación, un enemigo de nuestro señor soberano el rey, y un principal sustentador de la secta de los cuáqueros; y que él, junto con otros de su opinión fanática, han últimamente intentado hacer insurrecciones en esas partes del país, y anegar al reino entero en sangre. Y ésta es la causa por la cual ha sido detenido y llevado. No obstante, el cuerpo del dicho Jorge Fox está listo ante Tomás Mallet, caballero, uno de los jueces de su majestad, asignado a hacer peticiones ante su majestad, en su cámara en la posada de Sergeant, en la calle Fleet, para hacer y recibir aquellas cosas que el mencionado juez de su majestad determinará con respecto a él en este asunto, como es requerido por la orden ya mencionada.

Jorge Chetham, Esq. alguacil.

* Este es el mismo juez que sentenció a muchos cuáqueros, incluyendo a Francis Howgill, a encarcelamiento de por vida, donde él murió.

Considerando el todo de la cuestión, el rey, satisfecho de mi inocencia, mandó a su secretario que enviara una orden, al juez Mallet, para que me pusiera en libertad, lo cual el secretario hizo de esta manera:

'Es del agrado de su majestad, que usted de la orden de soltar y poner en completa libertad la persona de Jorge Fox, que ha sido recientemente un prisionero en la cárcel de Lancaster, y condenado a estar allí por mandato de un hábeas corpus. Y esta relación del agrado de su majestad será orden suficiente para usted. Firmado en Whitehall, el 24 de octubre, de 1660.

Eduardo Nicolás

‘Para Sir Tomás Mallet, caballero,
uno de los jueces del tribunal del rey.'

Cuando esta orden fue entregada al juez Mallet, él envió su orden judicial al mariscal del tribunal del rey para mi puesta en libertad; y esta orden decía lo siguiente:

Por virtud de la orden que esta mañana he recibido del honorable sir Eduardo Nicolás, caballero, uno de los principales secretarios de su majestad, para soltar y poner en libertad a Jorge Fox, quien recientemente ha sido prisionero en la cárcel de Lancaster, y de allí fue traído a este lugar por un hábeas corpus, y ayer fue encargado a la custodia de usted; por lo tanto yo le solicito que usted, por consiguiente, suelte y ponga en libertad al mencionado prisionero llamado Jorge Fox; para lo cual la presente será su orden y liberación. Dado por mi mano en día 25 de octubre, en el año de nuestro Señor Dios de 1660.

Tomás Mallet

‘Para Sir Juan Lenthal, cabellero, mariscal del
tribunal del rey, o su ayudante.'

De manera que después de estar preso por más de veinte semanas, fui gratuitamente puesto en libertad, por orden del rey; habiéndose manifestado claramente el poder del Señor, para demostrar mi inocencia, y Porter, quien me condenó, no se atrevió a aparecer para defender la acusación que él había sugerido falsamente en contra mía. Pero después que se supo que yo había sido puesto en libertad, un grupo de espíritus envidiosos y malignos se preocuparon, y el terror se apoderó del juez Porter; porque él tenía temor de que yo me aprovecharía de la ley que lo condenaba por mi encarcelamiento injusto, y por causa de esto hacerle daño a él, a su esposa, y sus hijos. Y por cierto yo fui presionado por algunos que estaban el lugares de autoridad para hacerlo a él y al resto como ejemplos; pero yo les dije que los dejaría en manos del Señor; si el Señor los perdonaba yo no debería preocuparme de ellos.

{Aunque el juez Porter era un mayor de Lancaster y un juez de paz, y aunque él recibía en su casa a jueces, después de esto el Señor lo quitó; y su esposa fue echada en la cárcel de Lancaster por causa de deudas, donde su esposo me había echado a mí. El juez Mallet era un hombre cruel, y un poco tiempo después, él murió. El juez Foster se convirtió en un hombre muy amargado y cruel, persiguiendo y dando órdenes en contra de los Amigos; de modo que el Señor lo quitó a él también. Llegó otro señor juez principal, que era aún peor que Foster en su persecución de los Amigos; y el Señor lo quitó a él también. Y el Señor quitó a ese hombre impío, el guardia Mounts, el guardia principal, y a la esposa del otro guardia.

CAPÍTULO XV

Cuando entró el Rey 1660-1662

En esto, vi que mis dolores, a causa de los penosos ejercicios por que pasé en Reading, llegaban a su fin. El infinito poder del Señor era sobre todo y Su bendita verdad, vida y luz brillaban por toda la nación; celebramos gloriosas reuniones, en paz y tranquilidad, y muchos fueron los que llegaron a la Verdad. Ricardo Hubberthorne, había estado con el rey, el cual le había dicho que nadie nos molestaría, siempre que viviésemos pacíficamente, y, habiéndoselo prometido, bajo palabra de rey, le dijo que podía hacer uso de tal promesa. También algunos Amigos fueron admitidos en la casa de los Lores, con libertad de declarar las razones por las cuales no podían pagar los diezmos, jurar, asistir a las ceremonias religiosas, que se celebraban en los templos, o unirse con otros para rendir culto alguno; y se les escuchó con moderación, lo cual, jamás hubiésemos conseguido bajo los gobiernos anteriores, que nunca nos hubieran concedido tanto favor. Y aunque en el poder de otro día las mujeres presentaron el testimonio de siete mil firmas de mujeres en una petición en contra de los diezmos, incluyendo las razones por la cuales ellos no podían apoyar a los jueces que tomaban los diezmos y como Cristo había terminado con el sacerdocio que tomaba diezmos, y envió a sus mensajeros, ministros, y apóstoles libremente, y los mandó a que como ellos habían recibido gratuitamente, ellos deberían dar gratuitamente, y por lo tanto, que ellos podían apoyar a estos sacerdotes y diezmos que Dios nunca había mandado. Esto sucedió antes que viniera el rey, y estos poderes anteriores no habían hecho nada; y aunque Cromwell había prometido antes de la batalla de Dunbar que si él obtenía la victoria sobre sus enemigos, que aboliría los diezmos, y que si no lo hacía, que se lo dejera rodar a la tumba con infamia. Pero después que el Señor le dio la victoria, y él se convirtió en el principal de la tierra, confirmó las leyes anteriores que decían que si la gente no pagaba los diezmos, serían forzados a pagar el triple, lo cual sería ejecutado por dos jueces de paz con dos testigos. Pero cuando vino el rey, ellos desenterraron a Cromwell de su tumba, lo colgaron, [le cortaron la cabeza, y después la expusieron sobre una lanza en Westminster Hall],* volviéndolo a enterrar en Tyburn, donde rodó en su tumba con infamia. Cuando lo ví colgado, ví que sus palabras habían recaído justamente sobre él.

*detalle adicional suministrado por Sewel

Habían alrededor de setecientos Amigos en la cárcel, que habían sido condenados bajo el gobierno de Oliverio y Ricardo con desacato (así llamado); cuando vino el rey, él los puso a todos en libertad. Parecía como que, en aquellos días, tenía el gobierno la intención de garantizar la libertad de los Amigos, porque se habían dado cuenta de que nosotros habíamos sufrido tanto como ellos bajo poderes anteriores; mas a pesar de ello, siempre que algo favorecía la realización del proyecto, no faltaba algún espíritu inmundo que, simulando estar a nuestro lado, no pusiera algún obstáculo de por medio. Se dijo que estaba ya escrito el decreto, no faltando más que firmarlo, cuando, de repente, estalló el impío intento de la quinta monarquía que sublevó la ciudad de Londres y toda la nación. Un Primer día, por la noche, habiéndose celebrado aquel día una muy gloriosa reunión, en la que la Verdad del Señor brilló sobre todos y Su poder fue exaltado sobre todo, a eso de las doce, o un poco después, al redoblar de los tambores se oyó el grito de "¡A las armas! ¡A las armas!" Me levanté y embarcándome de mañana bajé a tierra en las escaleras de Whitehall, por donde pasé, mirándome la gente con extrañeza; mas yo cruzando por en medio de ella me fui a Pall Mall y allá vinieron varios Amigos, a pesar de que era peligroso andar por las calles por razón de que la ciudad y los suburbios estaban en armas y la gente y los soldados se comportaban muy brutalmente; tanto así que Henry Fell, llendo a la casa de un Amigo, fue derribado por unos soldados, y él hubiera sido asesinado si el duque de York no hubiera pasado por allí. Grandes males se cometieron en la ciudad, aquella semana, y cuando llegó el Primer día, muchos Amigos fueron hechos prisioneros cuando se dirigían a sus reuniones.

Me quedé en Pall Mall, con la intención de asistir a la reunión, pero el Séptimo día por la noche, vino un grupo de soldados que llamaron a mi puerta. La sirvienta los dejó entrar y, abalanzándose dentro de la casa, se apoderaron de mí; y uno, que había servido al parlamento, metió la mano en mi bolsillo preguntándome si no llevaba armas. Le dijo que ya sabía él que no llevaba arma alguna, y que no había razón para hacerme tal pregunta sabiendo que era yo un hombre de paz. Otros soldados entraron por las habitaciones y, en el lecho, encontraron a Esquire Marsh, que, a pesar de que pertenecía al dormitorio del rey, por su amor hacia mí vivía conmigo. Cuando bajaron, preguntaron, "¿Por qué tenemos que llevarnos este hombre? Nosotros queremos dejarlo en paz." "¡Oh!" dijo entonces el del parlamento, "es uno de los jefes y cabeza del partido." Ante esto, los soldados se disponían a llevarme, pero al oírlo, Ricardo Marsh, mandó a buscar al que mandaba el grupo y le pidió que me dejasen porque quería que compareciese a la mañana siguiente.

Por la mañana, antes de que pudiesen cogerme y antes de que se empezase la reunión, vino a la casa un grupo de soldados de a pie y sacando uno su espada la suspendió sobre mi cabeza. Le pregunté porque sacaba su espada contra un hombre indefenso; ante lo cual sus compañeros lo advirtieron a que la retirase. Estos soldados me llevaron a Whitehall, antes de que los otros viniesen por mi; y mientras iba con ellos me encontré con varios Amigos que venían a la reunión, a los cuales recomendé valor y resignación, y les di ánimos para que perseverasen en la Verdad. Cuando llegamos a Whitehall, los soldados y la gente se comportaron brutalmente, pero no obstante les declaré la Verdad; mas algunas personas de significación que estaban llenas de envidia, se acercaron y les dijeron, "Cómo! ¿Lo dejan predicar? Métanlo en algún sitio donde no pueda incitar a la gente." Me encerraron bajo la vigilancia de los soldados, y les dije que aunque confinaran mi cuerpo y lo encerrasen no podrían detener la palabra de vida. Entonces vinieron unos que me preguntaron quién era; a los cual respondí, "Un predicador de lo que es justo;" y después de estar allí por dos o tres horas, Ricardo Marsh habló a Lord Gerardo que vino y los amonestó a que me pusieran en libertad. Cuando me soltaron, el mariscal me pidió feudos. Le dije que no le daría nada, por no ser nuestra costumbre, y le pregunté como era que me pedía feudos siendo yo inocente; sin embargo, le añadí que, dentro de mis medios, le daría dos centavos para que él y los soldados fuesen a beber; pero protestaron de ello tomándolos con desdén y les dije que si no los querían aceptar, que eligiesen, porque no les pagaría feudo alguno.

Entonces me dirigí a los guardias, estando sobre ellos el poder del Señor; y luego que hube declarado la Verdad a los soldados, me fui calle arriba, encaminándome a una posada, con dos coroneles irlandeses que venían de Whitehall; en cuya posada estaban presos muchos Amigos bajo custodia. Quise que los coroneles hablasen a los guardias para que me dejasen entrar a ver a los Amigos allí presos, pero no quisieron; y dirigiéndome, entonces, al centinela le pedí que me dejase subir, a lo que accedió. Mientras estaba allí, los soldados habían vuelto a buscarme a Pall Mall; pero no encontrándome vinieron a la posada y dijeron que saliesen todos los que no estaban presos, los cuales salieron, mas yo pregunté a los soldados, que estaban dentro, si no podría quedarme todavía un rato con mis Amigos y, como me respondieron afirmativamente, me quedé y así escape otra vez a los soldados. Hacia la noche, fui a Pall Mall para ver como estaban los Amigos y después de pasar allí un rato me fui a la ciudad. Había en ese tiempo un gran número de casas que eran saqueadas para buscar gente. Fui a la casa de un amigo privado y Ricardo Hubberthorn estaba conmigo. Allí escribimos una declaración en contra de las tramas y las peleas, para ser presentada ante el rey y el concilio; pero cuando la habíamos terminado, y la habíamos enviado a la imprenta, fue confiscada y la perdimos.

De Valiente por la Verdad: Este hecho fue el alzamiento de los hombres de la Quinta Monarquía, una secta que se levantó en tiempo de Cromwell, diciendo que el Señor Jesús venía prestamente para establecer su trono en la tierra. El Sr. Enrique Vane fue uno de los caudillos de este partido y se hallaba en la cárcel junto con los jueces que habían condenado a Carlos I, y se creía que esta revuelta tenía la mira de ponerlo en libertad.

La noche del 6 de enero de 1661, un tonelero llamado Venner, cuya razón estaba extraviada, inflamó por su vehemente predicación a unos cincuenta o sesenta visionarios, y estos se lanzaron de su Conventículo en Londres, proclamando al rey Jesús. La ciudad estaba dormida, mas en pocos momentos se llenó de alboroto. Los soldados salieron de sus cuarteles y los insurrectos huyeron a los bosques por dos días a esconderse. El día 9 volvieron en pleno día bajo la fanática creencia que balas y lanzas no pudieron herirlos, rompieron las puertas de la ciudad, huyeron en desorden las compañías de soldados que hallaron en su tránsito, y aun fueron derrotados por la guardia del rey. Por fin fueron vencidos los amotinados y cayeron presos, con las armas en las manos, gritando que Cristo venía prestamente a reinar en la tierra. A pesar del carácter insignificante de este alzamiento, un temor general se apoderó de toda la Nación. Se sabía que muchos nobles pertenecían a la secta de la Quinta Monarquía, y el Duque de Clarendon, deseoso de establecer un ejército permanente, aumentó los temores del pueblo anunciando el peligro de una insurrección general.

Todos los disidentes se veían como sospechosos, y los Amigos, aunque inocentes de todo participio en los plantes revolucionarios, tenían que aguantar la furia de la persecución. Sus reuniones fueron dispersadas por fuerzas armadas.

Al llevarse a cabo esta insurrección de los hombres de la quinta monarquía, se hizo un gran caos tanto en la ciudad como en el campo, de tal manera que era peligroso para las personas sobrias moverse en el exterior por varias semanas después; los hombres y las mujeres apenas podían caminar por las calles para comprar víveres para sus familias sin ser abusados. En el campo ellos arrastraron a los hombres y las mujeres fuera de sus casas y algunos hombres enfermos los sacaron de sus camas por las piernas. Los soldados arrastraron a uno que tenía fiebre fuera de su cama hacia la prisión; y cuando él fue llevado allí, murió. Su nombre era Tomás Patching.

Margarita Fell, fue a ver al rey y le habló de cuan tristemente iban las cosas en la nación; haciéndole ver que éramos nosotros inocentes y gentes de paz, que continuaríamos celebrando nuestras reuniones por mucho que sufriésemos; mas que a él concernía hacer que se guardase la paz y que la sangre inocente no se derramase. En todas partes, las prisiones estaban llenas de Amigos y de otros presos, así en las ciudades como en los pueblos, y eran tantos los postes de vigilancia para impedir el paso de las cartas, que nadie pasaba sin ser registrado. Habiendo oído de varios miles de Amigos que estaban presos, en diferentes lugares del país, Margarita Fell, hizo llegar una relación de cuantos eran, al rey y a su concilio. A la mañana siguiente, recibimos noticia de varios miles más que habían sido encarcelados y Margarita también lo comunicó al rey y al concilio, que estaban maravillados de que pudiésemos saberlo, habiendo órdenes estrictas de que se interceptasen todas las cartas; pero el Señor lo ordenó de esta manera para que tuviésemos un registro correcto, a pesar de todos sus obstáculos y búsquedas. En el sentido profundo que yo tenía de los penosos sufrimientos que pasaron los Amigos, y de su inocencia hacia Dios y al hombre, fui inspirado a enviarles la siguiente epístola, como una palabra de consolación, y para instarlos a enviar un registro de sus sufrimientos.

Mis estimados Amigos,

En la semilla inmortal de Dios, la cual declarará su propia inocencia, que es heredera de un reino eterno, el cual es incorruptible, y de un mundo y riquezas que no se desvanecen, paz y misericordia sean multiplicadas entre ustedes en todos sus sufrimientos. Ustedes, cuyas espaldas no están listas, pero su pelo y sus mejillas están preparadas; que nunca temieron los sufrimientos, como sabiendo que eran su porción en el mundo, de la fundacón de la cual el Cordero fue inmolado, quien reina en su gloria, la cual él tenía con su Padre antes de la fundación del mundo. Él es su roca en todos las inundaciones y las olas sobre las cuales ustedes pueden estar seguros, con un semblante feliz, contemplando al Señor Dios de toda la tierra a un lado de ustedes. De modo que en la semilla de Dios, la cual existía antes que el mundo injusto en el cual están los sufrimientos, donde viven y se alimentan, donde se siente el pan de vida, y ninguna causa de queja de hambre o frío. Amigos, yo quisiera que ustedes me enviaran un registro de sus sufrimientos, y cómo están las cosas entre ustedes, de los que están o han estado recientemente en la cárcel; para que pueda ser entregada al rey y a su concilio; porque las cosas aquí están bien después de la tormenta.

Jorge Fox
Londres, el día 28 del undécimo mes, de 1660.

Habiendo perdido una declaración anterior en la prensa, enseguida escribimos otra, en contra de conspiraciones y luchas, que imprimimos; y mandamos copias al rey y al consejo, y otras se vendieron por las calles y en la bolsa. Y esta declaración se imprimió algunos años más tarde, y es como sigue:

Una declaración de la gente inocente de Dios, llamados los cuáqueros, en contra de toda la sedición, los conspiradores, y los luchadores en el mundo; para quitar el fundamento de los celos y las sospechas de los magistrados y la gente del reino con respecto a las guerras y las luchas.

Presentado al rey el día 21 del undécimo mes, de 1660.
Nuestro principio es, y nuestras prácticas siempre han sido hablar la paz y seguirla;
para seguir tras la justicia y el conocimiento de Dios;
buscando el bien y el bienestar, y haciendo aquello que tiende a la paz para todos.
Nosotros sabemos que las guerras y las luchas proceden de los deseos de los hombres, (como dice Santiago capítulo 4:1-3),
y el Señor nos ha redimido de estos deseos,
y así de la ocasión de la guerra.
La ocasión de la guerra y la guerra misma surgen de los deseos,
(en la cual los hombres envidiosos, que son amantes de sí mismos más que de Dios,
codician, matan, y desean tener las vidas o las propiedades de los hombres).
Nosotros negamos completamente todos los principios sangrientos y prácticas, como a nuestras propias cosas básicas,
con todas las guerras externas, las contiendas, y las luchas con armas externas para cualquier fin,
o bajo cualquier pretexto: éste es nuestro testimonio para todo el mundo.

Y si alguno pone objeciones y dice:
"Pero ahora ustedes dicen que no pueden pelear ni tomar ningún arma;
sin embargo si el espíritu los inspira, entonces ustedes cambiarán sus principios,
ustedes venderán su capa y comprarán una espada, y pelearán por el reino de Cristo."
A esto respondemos que
Cristo le dijo a Pedro: "Vuelve esa espada a su funda;"
aunque él había dicho antes que aquel que no tuviera espada podía vender su capa y comprarse una,
(para el cumplimiento de la ley y las escrituras), sin embargo después,
cuando le había pedido que la guardara, le dijo,
"los que tomen espada, a espada perecerán."
Y Cristo le dijo a Pilato: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre,
y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?"
Y esto pudo satisfacer a Pedro, después que él había guardado su espada,
cuando le dijo a él: "Aquel que la tomó, debe perecer por ella;"
lo cual nos satisface. Mateo 26:52-53.
En el Apocalipsis se dice: "Aquel que mata con la espada, debe morir con la espada;
y aquí está la fe y la paciencia de los santos."
De modo que el reino de Cristo no es de este mundo,
por lo tanto sus siervos no pelean, como él le dijo a Pilato, el magistrado que lo crucificó.
¿Y acaso no consideraron a Cristo como un sedicioso?
¿Y acaso no le oró a Dios para que los perdonara?"
Pero así es que estamos contados entre los transgresores,
y entre los luchadores, para que las escrituras sean cumplidas.
Porque el espíritu de Cristo, por el cual somos guiados, no cambia,
como para que unas veces nos mande a alejarnos de alguna cosa, como del mal, y otra para ir hacia él.
Ciertamente conocemos y testificamos al mundo,
que el espíritu de Cristo, que nos lleva hacia toda la verdad,
nunca nos llevará a luchar y hacer guerra en contra de ningún hombre con armas externas,
ni para el reino de Cristo ni para el reino de este mundo.
Primero, porque el reino de Cristo será exaltado por Dios, de acuerdo con su promesa,
y hará que crezca y florezca en la justicia,
"No con ejército, ni con fuerza (de la espada externa), sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos." Zacarías 4:6.
De modo que aquellos que usan cualquier arma para pelear por Cristo,
o para el establecimiento de su reino o gobierno,
su espíritu, principio, y práctica es lo que nosotros negamos.
Segundo,
Nosotros seriamente deseamos y esperamos,
que (por la palabra del poder de Dios, y su operación efectiva en los corazones de los hombres),
los reinos de este mundo se pueden convertir en los reinos del Señor, y de su Cristo;
y que él pueda gobernar y reinar en los hombres por su espíritu y verdad;
para que así todas las personas, de todas los diferentes juicios y profesiones,
puedan ser llevados al amor y la unidad con Dios, y los unos con los otros;
y que todos puedan llegar a testificar del cumplimiento de las palabras del profeta,
quien dijo: "No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra." Isaías 2:4. Miqueas 4:3.
De modo que nosotros, a quienes el Señor ha llamado a la obediencia de su verdad,
hemos negado las guerras y las luchas, y no podemos aprenderlas ya más.
Este es un testimonio seguro para todo el mundo de la verdad de nuestros corazones acerca de este asunto en particular,
que como Dios persuade el corazón de cada hombre para que crea, así lo puedan recibír.
Porque no hemos, como algunos otros, andado astutamente con fábulas inventadas,
ni jamás hemos negado en práctica aquello que hemos profesado en principio;
sino en sinceridad y verdad, y por la palabra de Dios,
hemos trabajado para ser manifestados a todos los hombres,
para que tanto nosotros como nuestros caminos sean testificados en los corazones de todos.
Y mientras que toda clase de males se han dicho falsamente de nosotros,
nosotros hablamos la simple verdad de nuestros corazones,
para quitar la ocasión de esa ofensa,
de modo que nosotros, siendo inocentes, no suframos por las ofensas de otros hombres,
ni seamos saqueados por la voluntad de los hombres por causa de aquello de lo cual nunca fuimos culpables;
pero en la rectitud de nuestros corazones nosotros podemos,
bajo el poder ordenado de Dios para el castigo de los que hacen el mal,
y para la alabanza de aquellos que hacen el bien,
vivir una vida pacífica en toda la bondad y la honestidad.
Porque aunque siempre hemos sufrido, y ahora sufrimos más abundamentemente,
sin embargo sabemos que es por causa de la justicia:
"Porque nuestra gloria es ésta: el testimonio de nuestra conciencia,
que con sencillez y sinceridad de Dios,
no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios,
nos hemos conducido en el mundo." 2 Corintios 1:2.
que para nosotros es un testimonio para convencer a nuestros enemigos.
Porque esto podemos decirle a todo el mundo, que no le hemos hecho mal a ningún hombre,
no hemos usado fuerza ni violencia en contra de ningún hombre,
no hemos sido hallados en ningún complot, ni somos culpables de sedición.
Cuando nos han ofendido no hemos buscado venganza por nosotros mismos;
no hemos puesto resistencia en contra de la autoridad;
sino que cuando no podíamos obedecer por causa de la conciencia,
hemos sufrido más que ningún otro pueblo en la nación.
Hemos sido contados como ovejas para el matadero,
perseguidos y despreciados, golpeados, apedreados, heridos,
puestos en el cepo, azotados, encarcelados, arrastrados fuera de las sinagogas,
echados en los calabozos y las ruidosas prisiones,
donde muchos han muerto encadenados, alejados de nuestros amigos,
negados del necesario sustento por muchos días,
junto con otras crueldades similares.
Y la causa de todos nuestros sufrimientos no es ningún mal,
sino por cosas relacionadas con la adoración de nuestro Dios, y en la obediencia a sus requerimientos.
Y por esta causa nosotros entregaremos libremente nuestros cuerpos como un sacrificio,
en vez de desobedecer al Señor;
sabiendo, así como el Señor nos ha mantenido en la inocencia,
él defenderá nuestra causa cuando no haya nadie en la tierra para defenderla.
De modo que nosotros, en obediencia a la verdad, no amamos nuestras vidas hasta la muerte,
para que nosotros podamos hacer su voluntad, y no ofendamos a nadie en nuestra generación,
sino buscamos el bien y la paz de todos los hombres.
Aquel que nos mandó a que "No juráramos en ninguna manera;" Mateo 5:34.
también nos mandó: "No matarás." Mateo 5:21.
De modo que no podemos matar a los hombres, ni jurar por o en contra de ellos.
Ésto es tanto nuestro principio y nuestra práctica, y lo ha sido desde el comienzo;
de modo que si sufrimos, si somos sospechosos de tomar armas o hacer guerra en contra de alguien,
no tiene ningún fundamento en nosotros;
porque ni está, ni nunca ha estado en nuestros corazones, desde que poseímos la verdad de Dios;
ni nunca lo haremos,
porque es contrario al espíritu de Cristo, su doctrina, y la práctica de sus apóstoles;
aún contrario a aquel por quien sufrimos y soportamos todas las cosas.
Y aunque los hombres vieneren en contra de nosotros con palos, tablas,
espadas desenvainadas, pistolas montadas, y nos golpean, nos cortan y nos abusan;
nosotros nunca los resistimos, sino que les ofrecemos nuestro cabello, nuestras espaladas y nuestras mejillas.
No es un honor para la masculinidad ni la nobleza el correr detrás de la gente inofensiva,
que no levantan las manos con armas en contra de ellos.
Por lo tanto, consideren estas cosas, ustedes hombres de entendimiento;
porque los conspiradores, los que levantan insurrecciones, los tumultuosos, y los luchadores,
corriendo con espadas, palos, tablas y pistolas, unos en contra de otros;
nosotros decimos, estos son del mundo, y tienen su fundamento en este mundo injusto,
alejados del fundamento en el cual el Cordero ha sido inmolado;
y este Cordero nos ha redimido de este mundo injusto;
nosotros no somos de este mundo, sino que somos herederos del mundo que no tiene fin,
un reino donde no entra nada corruptible.
Nuestras armas son espirituales, no carnales,
sin embargo son poderosas por medio de Dios para derribar las fortalezas del pecado y Satanás,
quien es el autor de las guerras, las luchas, los asesinatos, y las conspiraciones.
Nuestras espadas son martilladas para hacer azadones,
y las lanzas las convierten en hoces, como fue profetizado en Miqueas 4:3.
Por lo tanto ya no podemos aprender a hacer guerra,
ni nos podemos levantar en contra de ninguna nación o reino con armas externas,
aunque ustedes nos han contado junto con los transgresores y conspiradores.
El Señor conoce nuestra inocencia en este asunto,
y defenderá nuestra causa con toda la gente sobre la tierra en el día de su juicio,
cuando todos los hombres recibirán un galardón de acuerdo con sus obras.
Por lo tanto les advertimos en amor para el bien de sus almas,
que no ofendan al inocente, ni a las criaturas en Cristo,
los cuales él tiene en su mano, y los cuida como la niña de sus ojos;
ni destruyan la herencia de Dios,
ni apunten sus espadas en contra de aquellos para los cuales la ley no fue hecha, es decir, los justos;
sino a los pecadores y transgresores, para mantenerlos abajo.

Porque ellos no son pacificadores ni aman a sus enemigos,
ni pueden vencer el mal con el bien,
quienes ofenden a aquellos que son amigos de ustedes y de todos los hombres,
y desean el bien para ustedes y para toda la gente sobre la tierra.
Si ustedes nos oprimen como ellos oprimieron a los hijos de Israel en Egipto,
si ustedes nos oprimen como ellos lo hicieron con Cristo cuando nació,
y como ellos lo hicieron con los cristianos en los tiempos antiguos,
nosotros podemos decir: "Que el Señor los perdone;"
y dejamos que el Señor se encargue de ustedes, y no nos vengamos.
Si ustedes dicen como el concilio le dijo a Pedro y Juan,
"Ustedes no deben hablar ya más en ese nombre,"
y si ustedes nos tratan como ellos trataron a los tres muchachos de los que se habla en Daniel,
Dios es el mismo que siempre ha sido, que vive por siempre y para siempre,
quien tiene a los inocentes en sus brazos.
¡Oh amigos! No ofendan al Señor ni a sus pequeños, ni aflijan a su pueblo;
sino consideren y sean moderados.
No corran apresuradamente hacia las cosas, sino que tengan en mente y consideren la misericordia, la justicia y el jucio;
éste es el camino para que ustedes prosperen y obtengan el favor del Señor.
Nuetras reuniones fueron clausuradas y dispersadas en los días de Oliverio,
bajo el pretexto de que nosotros conspirábamos en contra de él;
en los días del Comité de Seguridad,
éramos considerados como conspiradores para traer al rey Carlos;
y ahora nuestras pacíficas reuniones son consideradas sediciosas.
¡Oh! que los hombres perdieran la razón, y fueran en contra de sus propias conciencias;
sabiendo que nosotros hemos sufrido todas las cosas, y hemos sido considerados como conspiradores todo este tiempo,
aunque siempre hemos declarado en contra de ellos tanto por palabra como por escrito,
y estamos libres de tales acusaciones.
Aunque hemos sufrido todo este tiempo,
porque no queríamos tomar las armas carnales para luchar contra nadie,
y así somos atacados porque somos corderos inocentes de Cristo,
y no podemos vengarnos.
Estas cosas son puestas en sus corazones para que las consideren;
porque nosotros estamos fuera de todas esas cosas en la paciencia de los santos,
y sabemos que Cristo dijo: "Aquel que toma la espada, debe perecer por ella."
Mateo 26:52 y Apocalipsis 13:10.
Esto es declarado por el pueblo que se llaman los cuáqueros,
para satisfacer al rey y su concilio,
y todos los que tengan celos en contra de nosotros,
para que toda ocasión de sospecha pueda ser quitada, y nuestra inocencia sea probada.

Post data - Aunque somos contados entre los transgresores,
y hemos sido entregados a los hombres groseros y despiadados,
quienes dispersan nuestras reuniones,
en las cuales nos edificábamos los unos a los otros en la santa fe,
y orábamos juntos al Señor que vive para siempre,
sin embargo él es nuestro defensor en este día.
El Señor dijo: "Aquellos que temieron su nombre hablaban juntos frecuentemente,"
como en Malaquías; quienes eran sus joyas.
Por esta causa, y no por hacer ningún mal, somos echados en hoyos, calabozos,
correccionales, prisiones, (no perdonando a viejos ni a jóvenes, ni hombres ni mujeres),
y acechados ante la vista de todas las naciones, bajo el pretexto de que éramos sediciosos,
para que toda la gente grosera corra sobre nosotros para tomar posesión;
por lo cual decimos, que el Señor perdone a los que nos han tratado así;
quien permite y permitirá que suframos;
y nunca levantaremos las manos en contra de ningún hombre que nos use de esta manera;
pero que el Señor tenga misericordia de ellos, para que ellos puedan considerar lo que han hecho.
Porque ¿cómo es posible que ellos nos compensen por el daño que nos han hecho?
Quienes ante todas las naciones nos han hecho ver como sediciosos y conspiradores,
quienes nunca fuimos conspiradores en contra de ningún poder u hombre sobre la tierra,
ya que conocíamos la vida y el poder de Jesucristo manifestado en nosotros,
quien nos ha redimido del mundo y las obras de la oscuridad, y los conspiradores que están en él,
por lo cual sabemos cual es la elección antes que el mundo comenzara.
De modo que decimos, el Señor tenga misericordia de nuestros enemigos,
y los perdone por lo que ellos nos han hecho.
¡Oh! hagan como quisieran que se hiciera con ustedes; traten a todos los hombres como ustedes quisieran que ellos los trataran a ustedes;
porque esto es la ley y los profetas.
Todas las conspiraciones, insurrecciones, y reuniones desordenadas, nosotros negamos,
porque sabemos que son del diablo, el asesino;
sobre quien en Cristo, quien existía antes que ellos, hemos triunfado.
Y negamos todas las guerras y las luchas con armas carnales, porque tenemos la espada del espíritu;
y todos los que nos ofenden, los dejamos al Señor.
Esto es para probar nuestra inocencia de esa acusación hecha a nosotros, "de que somos sediciosos o conspiradores."

Añadido en la reimpresión.

Cortés lector, éste era nuestro testimonio más de veinte años atrás, y desde entonces no hemos sido hallados actuando contrario a él, y nunca lo seremos; porque la verdad que es nuestra guía no cambia. Ahora esto es reimpreso para los hombres de estea generación, muchos de los cuales eran niños en ese entonces, y es el testimonio seguro en contra de todas las conspiraciones y las luchas con armas carnales. Y si alguno, al separarse de la verdad, hace esto, éste es nuestro testimonio en la verdad en contra de ellos, y estará sobre ellos, y la verdad estará lejos de ellos.

[Para aquellos que han distorsionado el testimonio recién presentado para justificar sus acciones carnales, éste es la denuncia de ellos hecha por los primeros cuáqueros.]

Esta declaración despejó un tanto el aire cargado que pesaba sobre la ciudad y sobre el campo; y poco después, el rey hizo pública una proclama de que los soldados no podrían registrar casa alguna de no ir acompañados de un guardia. Pero las prisiones continuaban llenas, contándose por miles los Amigos encarcelados; cuya desgracia fue ocasionada por la infortunada sublevación de los de la quinta monarquía. Pero cuando los presos fueron ejecutados, nos hicieron la justicia de decir abiertamente que nosotros no habíamos tomado parte alguna en la sublevación y que no teníamos el menor conocimiento de ella. Después de esto, el rey, a quien continuamente estaban importunando para que lo hiciese, publicó una declaración de que los Amigos fuesen puestos en libertad sin pagar feudo alguno. Pero gran trabajo, penas y dolores costó el conseguirlo; pues Margarita Fell y Tomás Moore tuvieron que ir muchas veces a ver al rey, y el rey los recibió amablemente.

Mucha sangre fue derramada ese año, muchos de los jueces del rey anterior fueron ahorcados, arrastrados o encuartelados. Entre aquellos que sufrieron estaba el coronel Hacker, el que me envió a la cárcel desde Leicester a London durante el tiempo de Oliverio. Fue un día triste y una paga de sangre por sangre. Porque en el tiempo de Oliverio Cromwell, cuando muchos fueron ahorcados, arrastrados, y encuartelados por supuesta traición, el Señor me hizo sentir que la sangre de ellos no sería ignorada, sino sería requerida, y yo le dije esto a varios en ese entonces. Y ahora, tras el regreso del rey, hubo un tiempo cuando varios que habían estado en contra del rey fueron ejecutados, así como los otros que habían estado de parte del rey antes habían sido ejecutados por Oliverio; ésta era una obra triste, destruir a la gente que son contrarios a la naturaleza de los cristianos, quienes tienen la naturaleza de los corderos y las ovejas. Pero había una mano secreta que traía este día sobre la generación hipócrita de creyentes, quienes al haber obtenido el poder, se hicieron orgullosos, altivos, y crueles más que otros, y persiguieron al pueblo de Dios sin piedad. Por lo tanto, cuando los Amigos estaban bajo crueles persecuciones y sufrimientos durante el tiempo de la Commonwealth, fui inspirado por el Señor a escribirles, para redactar sus sufrimientos, y presentarlos ante los jueces durante sus sesiones. Y si ellos no les hacían justicia, entonces para presentarlos ante los jueces del tribunal. Y si ellos se negaban a hacerles justicia, para presentarlos ante el parlamento, y ante el protector y su concilio, para que todos puedan ver lo que fue hecho bajo su gobierno. Y si ellos no hacían jusicia, entonces para presentarlo ante el Señor, que oye los clamores de los oprimidos, las viudas, y los huérfanos, a quien ellos habían hecho así. Porque aquello por lo cual nosotros sufrimos, y por lo cual nuestros bienes fueron saqueados, [propiedades tomadas por las cortes por no jurar], fue nuestra obediencia al Señor en su poder y su espíritu, quien es capaz de socorrer y ayudar, y nosotros no teníamos otra ayuda sobre la tierra aparte de él. Y el Señor oyó los clamores de su pueblo, y trajo un azote muy grande sobre las cabezas de todos nuestros perseguidores, lo cual provocó un estrecimiento, un miedo, y un temor entre y sobre todos ellos; de modo que aquellos que nos habían llamado por sobrenombre los "hijos de la luz," y con desdén nos llamaron cuáqueros, el Señor los hizo temblar de miedo y temor, y muchos de ellos hubieran estado felices he haberse escondido entre nosotros; y algunos de ellos, a través de la angustia que vino sobre ellos, finalmente confesaron la verdad. ¡Oh! ¡Los diarios reproches, injurios, y palizas que soportamos entre ellos, aún en los caminos, porque no podíamos quitarnos nuestros sombreros por ellos, y por tratarlos de tú! ¡Oh! ¡El caos y el botín que los sacerdotes hicieron con nuestros bienes, porque no podíamos alimentar sus bocas ni darles nuestros diezmos!

{Cuando los calvinistas puritanos independientes, los bautistas, y los presbiterianos primero alcanzaron el poder, ellos eran sensibles y clamaron que los diezmos eran anticristianos, y llamaban a los diezmos amos de casa [haciendo referencia a los fariseos, quienes devoraron las casas de las viudas con su insistencia acerca de los diezmos]; pero cuando estas sectas habían sido establecidas y tenían muchos miembros en sus iglesias, comenzaron a hacer leyes y órdenes, diciendo que la gente tenía que ir a las iglesias, y cuando ellos se separaron más hacia el poder externo, todos ellos se fueron hacia las igleisas y los diezmos. Ellos dijeron que los diezmos y las iglesias eran una Ley Divina entre ellos, Dios, y la iglesia; como si Dios y la iglesia de Cristo tuvieran necesidad de diezmos terrenales. Si ellos mejor hubieran dicho que los diezmos y las iglesias eran leyes humanas, nosotros lo hubiéramos creado más fácilmente. Y entonces ellos comenzaron a encarcelar y perseguir a los Amigos porque ellos no les daban los diezmos. Muchos miles de nuestros Amigos en aquellos días sufrieron encarcelamientos, y muchos miles de libras les fueron quitados. De modo que ellos hicieron a muchos de ellos viudas y huérfanos porque muchos de los que habían sido encarcelados por ellos murieron en la cárcel.}

{Pero cuando vino el rey, la mayoría de ellos perdieron sus trabajos, tanto magistrados como sacerdotes. Perdieron sus trabajos por la misma razón por la cual ellos nos persiguieron; por no conformarse a la fe y la dirección de su iglesia, la cual ahora ellos no tenían el valor de defender. Algunos se conformaron a la Oración Común (episcopales); y algunos de sus oidores (miembros) dijeron (irrespetuosamente) que ellos debían estar contentos con el pan hecho de guisantes si no podían obtener trigo.}

Además nos echaron en la cárcel, y además de esto nos dieron grandes multas porque no podíamos jurar. Pero por todas estas cosas el Señor Dios contendió con ellos. Sin embargo algunos de ellos estaban tan endurecidos por causa de su maldad, que cuando fueron sacados de sus lugares y sus oficios, ellos dijeron que si tuvieran la posibilidad, harían lo mismo otra vez. {Pero la vieja espada de Caín y las armas les fueron quitadas de sus manos, y Judas perdió su bolsa}. Y cuando este día de destrucción hubo venido sobre ellos, dijeron que era nuestra culpa. Por esta causa yo fui inspirado a escribirles, y para preguntarles si alguna vez los habíamos resistido cuando nos quitaron nuestros arados y nuestras herramientas, nuestras carretas y nuestros caballos, nuestro grano y nuestro ganado, nuestras ollas y nuestros platos, y nos azotaron, y nos pusieron en el cepo, y nos echaron en la cárcel, y todo ésto sólo por servir y adorar a Dios en espíritu y en verdad, porque no nos podíamos conformar a sus religiones, modales, costumbres y modas. ¿Alguna vez los resistimos? ¿Acaso no les dimos nuestras espaldas para que las golpearan, nuestras mejillas para que nos arrancaran las barbas, y nuestros rostros para que los escupieran? ¿Acaso sus sacerdotes, que los provocaron a hacer esta obra, no los arrancaron consigo mismos hacia el hoyo? ¿Por qué entonces decían que todo era nuestra culpa? Cuando era debido a sí mismos y a sus sacerdotes, sus profetas ciegos, que siguieron su propio espíritu hacia el hoyo, y no pudieron prever nada de estos tiempos y estas cosas que vendrían sobre ellos, de lo cual nosotros les habíamos advertido con mucha anticipación; como Jeremías y Cristo le habían advertido a Jerusalén. Ellos trataron de cansarnos y deshacernos; pero ellos se deshicieron a sí mismos. Mientras que nosotros podíamos adorar a Dios; porque a pesar de cuánto nos habían saqueado, todavía teníamos una olla, un plato, un caballo, y un arado.

De muchas formas estos profesantes fueron advertidos, por palabras, por escrito, y por señales; pero ellos no creyeron ninguna de estas cosas, hasta que era muy tarde. William Simpson fue inspirado por el Señor a ir varias veces por tres años ante ellos, desnudo y descalzo, como señal para ellos, en los mercados, las cortes, los pueblos, las ciudades, las casas de los sacerdotes, y las casas de grandes hombres; diciéndoles que así ellos debían desnudarse como él se había desnudado. Y a veces él era inspirado a ponerse cilicio en la cabeza, y a ensuciar su cara, y a decirles que así el Señor ensuciaría todas sus religiones como él estaba sucio. Ese pobre hombre pasó por grandes sufrimientos, azotes dolorosos con látigos para caballos y látigos para carruajes sobre su cuerpo descubierto, terribles apedreamientos y encarcelamientos en tres años, (antes que viniera el rey), para que ellos pudieran tomar esta advertencia; pero ellos no lo hicieron, sino que recompensaron su amor con un trato cruel. Sólo el alcalde de Cambridge lo trató noblemente, porque le puso su capa encima, y se lo llevó a su casa.

Otro Amigo, Robert Huntingdon, fue inspirado por el Señor para ir a la iglesia de Carlisle, envuelto en una sábana blanca, entre los grandes presbiterianos y los independientes que estaban allí, para mostrarles que las ropas blancas (los sacerdotes de la iglesia del rey) volverían otra vez; y él se puso una soga alrededor del cuello para mostrarles lo que les estaba por venir; lo cual se cumplió con algunos de nuestros perseguidores no mucho tiempo después.

Otro hombre, llamado Ricardo Sale, que vivía cerca de Westchester, que era un guardia del lugar donde él vivía, mandó a que le trajeran un Amigo con un pase, (a quien esos profesantes habían considerado un vagabundo, porque él viajaba por todos lados en la obra del ministerio), y este guardia, habiendo sido convencido por el amigo que trajo, le dio el pase y la libertad, y después él mismo fue echado en la cárcel. Después de esto, en un día de sermón, Ricardo Sale fue inspirado a ir a la iglesia durante el tiempo de adoración, para llevarle a esos sacerdotes y pueblo perseguidor un farol y una vela, como un símbolo de su oscuridad; pero ellos lo abusaron cruelmente, y como los profesantes oscuros que eran, lo pusieron en la cárcel llamada Little Ease, y así apretaron su cuerpo en ese lugar de modo que él murió un poco tiempo después. El Señor inspiró a los Amigos a dar muchas advertencias de varias clases a esa generación; las cuales ellos no sólo rechazaron, sino que abusaron a los Amigos, llamándonos cuáqueros de cabezas mareadas; pero Dios trajo sus juicios sobre esos sacerdotes y magistrados perseguidores. Porque cuando vino el rey, la mayoría de ellos fueron quitados de sus lugares y beneficios (cargos en la iglesia), y los que saqueaban fueron saqueados; y entonces nosotros les podíamos preguntar quienes eran los de cabezas mareadas ahora. Entonces muchos confesaron que nosotros habíamos sido verdaderos profetas en la nación, y dijeron que si nosotros hubiéramos clamado en contra de los sacerdotes solamente, ellos hubieran aceptado entonces; pero nosotros clamamos en contra de todo eso y por eso no nos querían. Pero ahora ellos dicen que esos sacerdotes que buscaban ser los mejores, eran tan malos como el resto. Porque de verdad aquellos que eran considerados los sacerdotes más eminentes eran los más amargados y los que más incitaban a los magistrados a perseguir. Y fue un juicio para ellos el ser negados la libertad de consciencia cuando vino el rey, porque cuando estaban en los puestos más elevados ellos no querían darle la libertad de consciencia a otros. Un tal Hewes, de Plymouth, sacerdote de gran notoriedad en los días de Oliverio, cuando algunas libertades fueron concedidas, oró para que Dios pusiera en los corazones de los magistrados principales de la nación quitar esta tolerancia maldita. Otros oraron en contra de esto, llamándole tolerancia intolerable. Pero un tiempo despúes, cuando el rey había venido, el sacerdote Hewes fue sacado de su gran beneficio por no conformarse a la oración común, un Amigo de Plymouth se encontró con él y le preguntó si él consideraba la tolerancia como maldita ahora. Y si él no estaría feliz si hubiera tolerancia. A lo cual el sacerdote no dio una respuesta, aparte de sacudir su cabeza. Pero a pesar de lo rígidos que este tipo de hombres eran en contra de la tolerancia, es bien sabido que muchos de ellos le pidieron al rey que tuviera tolerancia y le pidieron por los lugares de reunión, y también pagaron por sus permisos. Pero para regresar al tiempo presente, era la última parte del año 1660 y el comienzo del 1661.

A pesar de que los Amigos, encarcelados a causa del levantamiento de los de la quinta monarquía, fueron puestos en libertad, no por eso dejaron de molestarlos, en gran manera, en sus reuniones; y pasaron por grandes sufrimientos, porque, aparte de lo que hacían los soldados y oficiales, también venían a las reuniones muchos individuos feroces y brutales. En una ocasión, vino a la reunión de Pall Mall, estando yo allí, un embajador, en compañía de unos irlandeses y de otros individuos brutales; y como la reunión se había terminado, antes de que ellos llegasen, subía a la habitación cuando oí que uno de estos decía que mataría a todos los Cuáqueros. Bajé a donde estaba y, sintiéndome dirigido a hablarle en el poder del Señor, le dije así, "Dice la ley, ojo por ojo, diente por diente; pero tú amenazas con matar a todos los Cuáqueros sin que te hayan hecho daño alguno. Mas,' continué, "he aquí palabras del evangelio para ti, aquí tienes mi cabeza, aquí tienes mis mejillas, aquí tienes mi espalda;" y al mismo tiempo se la volví. Esto los sorprendió de tal manera, que, tanto él como sus compañeros, quedaron atónitos, y dijeron; que si éstos eran nuestros principios y éramos nosotros como decíamos ser, jamás vieran cosa igual en toda su vida; y entonces les dije que era yo en mis hechos igual como en mis palabras. En esto, entró el embajador, que se había quedado fuera porque dijo que el coronel irlandés estaba tan furioso, que no se había atrevido a entrar con él por temor de que nos hiciera algo; mas, descendiendo la Verdad sobre él, se comportó afablemente con nosotros, como también el embajador; ya que el poder del Señor estaba sobre todos.

En Mile-end los Amigos fueron mantenidos fuera de sus lugares de reunión por los soldados; pero los Amigos permanecieron noblemente en la verdad, valientes en el nombre del Señor, y al fin la verdad les dio dominio.

Alrededor de este tiempo recibimos un informe que Juan Love, un Amigo que había sido inspirado a ir y dar testimonio en contra de la idolatría de los papistas, estaba muerto en la cárcel de Roma; y fue reportado por las monjas en Francia que él había sido ahorcado bajo las sombras de la noche. {Ellos dijeron que no tenían nada en contra de él excepto que era una amenaza para su religión; y para cubrir la vergüenza de su acto, ellos reportaron que él había ayunado hasta la muerte}. Juan Perrot también era un prisionero allí, y al ser dejado en libertad vino otra vez; pero después de su llegada aquí, él con Carlos Baily y algunos otros se alejaron de la unidad de los Amigos y la verdad. Y en esos momentos yo fui insirado a emitir un documento, declarando cómo el Señor arremetería en contra de él y sus seguidores, si ellos no se arrepentían y volvían, y que ellos se marchitarían como la paja sobre los techos de las casas; lo cual sucedió con muchos de ellos,* pero otros se arrepintieron y regresaron.

*Tomás Ellwood, en su autobiografía, describe a Perrot como uno que se designó a sí mismo como ministro antes que estuviera listo, y era tan vanidoso que decidió ir a Roma para convertir al Papa en cuáquero. Primero se manifestó en contra de quitarse el sombrero durante la oración, diciendo que era una violación de la conciencia individual; muchos se fueron con él, incluyendo a Naylor y Ellwood, y después ambos regresaron. Juan Perrot después se manifestó supuestamente en contra de las reuniones de las mujeres, pero realmente se oponía a cualquier censura de su conducta; él nunca regresó a la sociedad. Tratando de desacreditar a los cuáqueros, fue sorprendido falsificando un documento engañador usando el nombre de Eduardo Burrough. Después se fue a las colonias americanas, donde se convirtió en un feroz persegidor de los cuáqeros por causa de su negativa a jurar. Cuando se convenció a la verdad y se unió con los cuáqueros, ésto no resultó en un renacimiento automático, mucho menos en alcanzar la madurez. La cruz todavía era necesaria para sufrir, para poder dar muerte al viejo hombre, antes del nacimiento; y aún así la madurez todavía era necesaria. Aquellos, que nunca maduraron en Cristo, estaban obviamente sujetos a toda clase de errores, particularmente cuando ellos no cedían a la corrección paciente y tierna de aquellos que eran maduros en Cristo.

Antes de esto, habíamos recibido noticias de Nueva Inglaterra; en las que nos hacían una relación de como el gobernador había hecho una ley por la que desterraba a todos los Cuáqueros de sus colonias, bajo pena de muerte si volvían; y que algunos Amigos así desterrados, volvieron, y fueron ahorcados, y que muchos más estaban en las cárceles en peligro de ser llevados al suplicio. Cuando los primeros fueron sentenciados a muerte, estaba yo en la prisión de Lancaster, y, a pesar de que entonces nada sabíamos de esto, sentí sus sufrimientos como si se tratase de mí mismo y como si la soga rodease mi propio cuello, aunque en esos momentos no habíamos oído de esto.

Cuando lo supimos, Eduardo Burrough fue a ver al rey y le dijo que en sus dominios se había abierto una vena de sangre inocente que de no cerrarse amenazaba con inundarlo todo; a lo cual el rey replicó, "Pero yo la cerraré;" y entonces Eduardo Burrough le dijo, "En ese caso, hágalo enseguida, porque no sabemos cuantos serán, muy pronto, condenados a muerte." "Tan deprisa como usted quiera. Llamen," dijo a alguien que estaba presente, "al secretario y ahora mismo lo haré." Y llamando al secretario un mandamus fue autorizado inmediatamente. Uno o dos días después, Eduardo Burrough volvió a ver al rey para que el asunto se arreglase enseguida; y le dijo el rey que, de momento, no se le presentaba ocasión de mandar allí ningún barco, pero que si nosotros queríamos, podíamos hacerlo tan pronto como quisiéramos. Eduardo Burrough preguntó entonces al rey, si querría mandar, como diputado suyo, a uno de los llamados Cuáqueros; para que llevase el mandamus a Nueva Inglaterra; y el rey le respondió, "Sí, a quien ustedes quieran;" a consecuencia de lo cual, E. B., llamado Samuel Shattock, a lo que me acuerdo, que había vivido en Nueva Inglaterra, siendo desterrado por la ley en contra de los Cuáqueros, bajo pena de muerte si volvía, recibió la autorización de ir como diputado del rey. Entonces, mandamos a buscar a Rodolfo Goldsmith, un Amigo honesto, que poseía un buen barco, y convenimos con él en que, por trescientas libras, se haría a la mar en diez días, con o sin mercancías; y, disponiéndose a salir, inmediatamente, con viento favorable llegaron, en cosa de seis semanas, a la ciudad de Boston, en Nueva Inglaterra, el Primer día por la mañana, llamado Domingo. Muchos pasajeros se embarcaron, de la vieja y nueva Inglaterra, Amigos, a quienes el Señor había dirigido a ir, para dar testimonio en contra de aquellos perseguidores sanguinarios que, en aquellos días, excedieran a todos los demás, en sus persecuciones.

Los habitantes de Boston, al ver que entraba en la bahía un barco con los colores ingleses, enseguida subieron a bordo preguntando por el capitán; y Rodolfo Goldsmith les dijo que él era el comandante. Le preguntaron si traía cartas y al responderles afirmativamente le preguntaron entonces si quería entregarlas; y les respondió, "Hoy no." Después de esto, bajaron a tierra y fueron diciendo que había llegado un barco lleno de Cuáqueros, y que con ellos estaba Samuel Shattock, que sabían que sería condenado a muerte por su ley, de volver después de haber sido desterrado; mas ellos no sabían del mensaje que traía ni de la autoridad con que venía investido.

Aquel día, nadie desembarcó, prohibiéndose que bajase a tierra ningún pasajero; y a la mañana siguiente, desembarcaron, Samuel Shattock, diputado del rey, y Rodolfo Goldsmith, comandante del barco; y, dando orden de que volviesen al barco los que los habían llevado a tierra, solos fueron por la ciudad, hasta la puerta del gobernador, Juan Endicott, y llamaron. El gobernador, mandó a un hombre para que los oyese y le mandaron a decir que lo que allí los llevaba era asunto del rey de Inglaterra; y que a nadie darían su mensaje más que al mismo gobernador. Fueron entonces admitidos, y el gobernador vino a su encuentro; y, luego que hubo recibido la diputación y el mandamus, se quitó el sombrero y se los quedó mirando. Entonces se dispuso a salir y, pidiendo a los Amigos que lo acompañasen, fue a ver al diputado gobernador; y después de una breve consulta, salió y dirigiéndose a los Amigos, dijo, "Nosotros tenemos que obedecer los mandatos de Su Majestad." Después de esto, el comandante dio libertad a los pasajeros de que bajasen a tierra; y, como en el momento había corrido por la ciudad lo sucedido, los Amigos de la ciudad y los del barco se reunieron para ofrecer alabanzas y gracias al Señor, que de tan maravillosa manera los había librado de las fauces del que iba a devorarlos. Mientras así estaban juntos llegó un pobre Amigo que, sentenciado a muerte, por tan sanguinaria ley, había estado algún tiempo preso con grillos, esperando ser ejecutado; y esto se añadió a su alegría, haciendo que elevasen sus corazones en alabanzas al Señor, que eternamente merece gloria, alabanza y honor; ya que solo El puede salvar a todos los que sinceramente confían en El. A continuación una copia del mandamus.

Carlos R.

Fieles y bien amados, los saludamos a todos. Habiendo sido informados que varios de nuestros súbditos entre ustedes, llamados cuáqueros, han sido y son encarcelados por ustedes, y aún más, varios han sido ejecutados, y otros, (de acuerdo con lo que ha sido relatado a nosotros), están en peligro de pasar por lo mismo. Nosotros hemos pensado que era apto para manifestar nuestro agrado en cuanto a este asunto para el futuro; y por la presente exigimos, que si se encuentra alguno de los llamados cuáqueros entre ustedes, que ahora esté condenado a sufrir la muerte u otro castigo corporal, o que esté encarcelado y que proteste por dicha condenación, ustedes no han de proceder más en este asunto; sino que deben inmediatamente enviar a estas personas, (ya sea que estén condenadas o encarceladas), a nuestro reino en Inglaterra, junto con sus respectivos crímenes u ofensas presentadas con sus cargos, con el fin de que se tome tal curso con ellos como esté de acuerdo con nuestras leyes y sus sanciones. Y para este fin, esta presente carta será suficiente como orden y autorización. Emitida en nuestra corte en Whitehall, el día 9 de septiembre, de 1661, en el decimotercer año de nuestro reinado.'

‘Suscrito: A nuestro fiel y bien amado Sr. Juan Endicott, y a todos y cada uno de los gobernadores de nuestras plantaciones en Nueva Inglaterra, y de todas las colonias en ese lugar, que ahora son y por siempre serán. Y a todos los ministros y oficiales de nuestras plantaciones y colonias dentro del continente de Nueva Inglaterra.

'Por el mandato de su majestad, William Morris’

Algún tiempo después vinieron varios de estos magistrados de Nueva Inglaterra, con uno de sus sacerdotes. Tuvimos varios discursos con ellos con respecto a la muerte de nuestros amigos a manos de ellos, quienes habían sido siervos del Señor; pero ellos estaban avergonzados de respaldar sus acciones sanguinarias. En una de esas reuniones le pregunté a Simón Broadstreet, uno de los magistrados de Nueva Inglaterra, si es que él había tenido parte en la muerte de esos cuatro siervos de Dios, a quienes ellos ahorcaron sólo por ser cuáqueros, como ellos le habían puesto por sobrenombre. El confesó que sí había tenido parte, y entonces yo le pregunté, y al resto de sus asociados que estaban presentes, si es que ellos reconocían que estaban sujetos a las leyes de Inglaterra. Y si lo eran, entonces por cuál ley ellos le habían dado muerte a nuestros amigos. Ellos dijeron que estaban sujetos a las leyes de Inglaterra, y que les habían dado muerte a nuestrso amigos por la misma ley por la cual los jesuitas fueron ejecutados en Inglaterra. Entonces les pregunté si ellos creían que nuestros amigos, a los cuales ellos habían dado muerte, eran jesuitas, o si creían que habían sido afectados por los jesuitas. Ellos dijeron que no. Entonces yo les dije que ellos los habían asesinado si les habían dado muerte por la misma ley que era usada para ejecutar a los jesuitas aquí en Inglaterra, y sin embargo confesaban que no eran jesuitas. Por esto parecía claro que ellos les habían dado muerte por su propia voluntad, sin ninguna ley. Entonces Simón Broadstreet, cuando se dio cuenta que él y su grupo habían sido atrapados por sus propias palabras, preguntó si habíamos venido a tenderles una trampa. Yo le dije que ellos se habían atrapado a sí mismos, y que podían ser justamente interrogados por sus vidas; y si el padre de William Robinson, (que era uno de los que habían muerto), estuviera en la ciudad, era probable que él los interrogara, y pusiera sus vidas en peligro. En esos momentos ellos comenzaron a excusarse a sí mismos, diciendo que no había persecución ahora entre ellos; pero a la mañana siguiente nosotros teníamos cartas de Nueva Inglaterra, que nos daban un registro de que nuestros amigos habían sido perseguidos allí recientemente. Por lo tanto nosotros fuimos con ellos otra vez, y les mostramos nuestras cartas, lo cual los silenció y los avergonzó. Ellos parecían estar muy atemorizados, en caso que alguien los llamara a rendir cuentas, y los procesaran judicialmente por sus vidas, (especialmente Simón Broadstreet); porque él había confesado ante tantos testigos que él había tenido parte en la muerte de nuestros amigos, que no podía negarlo; aunque él después atemorizado arrastró sus pies, y no lo hubiera dicho otra vez. Después de esto él y el resto pronto se fueron de la ciudad, y se fueron a Nueva Inglaterra otra vez. Yo también fui con el gobernador Winthrop, y discutí con él acerca de estos asuntos; pero él me aseguró que no había tenido parte en la muerte de nuestros amigos, o de perseguirlos en ninguna manera, sino que había sido uno de los que protestaron en contra de ello. Estos miserables perseguidores de Nueva Inglaterra eran personas que habían huído de la vieja Inglaterra por las persecuciones de los obispos; pero cuando ellos tuvieron el poder en sus manos, excedieron de tal manera a los obispos en severidad y crueldad, que mientras que los obispos les habían hecho pagar doce peniques cada (así llamado) Domingo, por no ir al servicio de adoracón en ese lugar, ellos impusieron una multa de cinco chelines al día sobre los que no estaban de acuerdo con la adoración en ese lugar, y saquearon las propiedades de los Amigos que no podían pagar. Además, muchos fueron encarcelados, y muchos fueron azotados de la manera más cruel; ellos cortaron las orejas de algunos, y ahorcaron a otros; como bien se enseña en los libros de los sufrimientos de los Amigos en Nueva Inglaterra, particularmetne el que fue escrito por Jorge Bishop de Bristol, titulado: 'Nueva Inglaterra Juzgada:' (en dos partes.) Algunos de los viejos monarquistas fueron serios en procesar judicialmente a los Amigos; pero nosotros les dijimos que los dejábamos al Señor, a quien pertenece la venganza, y él los recompensaría. Y los jucios de Dios desde entonces han caído pesadamente sobre ellos; porque los indios se han levantado en contra de ellos, y eliminado a muchos.

Nota de Valiante por la Verdad: En el mes de julio del año 1656, dos mujeres Amigas desembarcaron en Boston, Massachusetts, procedentes de Inglaterra. Fueron cruelmente tratadas y encerradas en prisión por cinco semanas. Nicolás Upsal, viejo residente de Boston, y ardiente cristiano, lamentaba la condición atribulada de estas mujeres desamparadas. No les daban alimento en la cárcel y el indujo al carcelero a darles alimento, pagándole cinco chelines por semana. Fueron soltadas de la cárcel solamente para ser devueltas a Inglaterra.

Un mes más tarde un buque cargado de Amigos llegó a Boston, y aunque no había ley contra ellos, fueron considerados como demasiado peligrosos para estar en libertad y después de una breve prisión fueron devueltos a Inglaerra. El gobernador Endicott hizo entonces una ley prohibiendo a los capitanes de buques de traer cuáqueros a la colonia, y amenazando con prisión a los que se atreviesen a venir.

El honrado Nicolás Upsal sentía sobremanera esta ley injusta, según su parecer y prostestó contra tales edictos, amontestando a cuidar de no estar peleando contar Dios. Los gobnernantes resentidos de tal intervención, impusieron al venerable anciano una multa de veinte libras y le desterraron de la Colonia. La colonia vecina de Rhode Island ofrecía un asilo a los perseguidos por sus creencias religiosas. Roger Williams su fundador había sido desterrado de la provincia de Massachusetts por sus ideas liberales, y al formar el gobierno de su nuevo hogar declaró: "La doctrina de la persecución por causa de conciencia es evidente y lamentablemente contraria a las doctrinas de Jesucristo." Allí en la profundidad del invierno, Nicolás Upsal cambió su rumbo, y fue cobijado amablemente durante su viaje por un jefe indio, cuando pasaba por su campamento.

Los indios no pidían entender como este anciano decrépito intentase semejante viaje en un clima tan riguroso. Cuando supieron la causa ofrecieron partir con él a su choza, y decían: "¡Qué clase de Dios tienen los ingleses cuando unos a otros se tratan tan cruelmente acerca de la religión!"

La temida herejía se extendió no obstante los esfuerzos de los gobernantes de Massachusetts para impedirlo, y las leyes que dictaron, aún más severas que las anteriores. Impusieron una multa a todos los que se ausentasen del culto público. Ninguno podía ofrecer hospedaje o alimentos a los odiados Amigos sin ser multados; todos los que profesaban sus doctrinas debían ser flagelados públicamente, perder sus orejas; sus lenguas tenían que ser traspasadas por un fierro candente, y si estas medidas no los hacían retractarse, debían ser desterrados de la colonia. Aún los niños no se escapaban. En algunos casos fueron condenados a ser vendidos como esclavos a las Islas Bermudas para pagar la multa impuesta a sus padres. Pero no pudieron hallar ni un solo capitán de buque que pudieran inducir a ejercutar esta injusta sentencia, la cual nunca fue llevada a cabo. Uno de nuestros poe