La Cruz Perdida de la Pureza



 

CAPÍTULO XVII

Las Prisiones de Lancaster y de Scarborough
1663-1666

Cuando llegué a Swarthmoor, me dijeron que el coronel Kirkby había enviado a su teniente para que me prendiera y que no hubo rincón que éste no registrara en busca mía. Aquella misma noche, estando en la cama, sentí que era voluntad del Señor que al día siguiente fuese a casa del coronel Kirkby, que vivía a unas cinco millas de Swarthmoor, para hablarle; y así lo hice. Cuando llegué a su casa, estaban allí varios caballeros de la región para despedirse del coronel que se disponía a ir a Londres al parlamento; y me introdujeron a un salón donde éstos estaban; pero el coronel estaba ausente, en aquel momento, aunque no muy lejos de allí. No me dijeron gran cosa ni tampoco yo a ellos. En esto, volvió el coronel y le dije que, habiéndome enterado de que quería verme, había venido a visitarlo para saber qué tenía que decirme y si tenía algo en contra mía. Me respondió, ante todos aquellos caballeros, que, siendo él un caballero, nada tenía en contra mía. "Pero," añadió, "la señora Fell, no debe de celebrar grandes reuniones en su casa, pues ello es contrario al Acta." Le dije que el acta no se refería a nosotros sino a los que se reunían para conspirar y tramar levantamientos, incitando a la insurrección en contra del rey, y que nosotros no éramos de éstos, pues él ya sabía que los que se reunían en casa de Margarita Fell eran gentes pacíficas a quienes él conocía por ser sus vecinos. Después de muchas razones, me dio la mano y volvió a repetir que nada tenía en contra mía; y otros de los que allí estaban dijeron que era yo un hombre de mérito. Así nos separamos y yo regresé a Swarthmoor.

Poco después, cuando ya el coronel Kirkby se había marchado a Londres, los magistrados y los tenientes diputados celebraron una reunión privada en Holker Hall, donde vivía el magistrado Preston, y allí dieron un decreto para que me prendieran. Por la noche, supe de la reunión y del decreto y, de haberlo querido, pude haberme escapado; porque en aquellos días no tenía ya reunión alguna que celebrar por haber ya terminado mi misión en el Norte; y el poder del Señor estaba sobre todos. Pero considerando que corría el rumor de que en el Norte se estaba tramando una conspiración, supuse que de marcharme caerían sobre los Amigos pobres, mientras que si me entregaba, esto les bastaría y sería mejor para los Amigos. De modo que me quedé, esperando que viniesen a prenderme y me preparé a recibirlos.

Al día siguiente, un oficial, armado de espada y pistola, vino a prenderme. Le dije que, desde la noche antes, sabía ya del mensaje que traía y que me dejaba prender, porque de haber querido librarme de su encarcelamiento, podría estar ya a cuarenta millas, antes de que él llegase; mas, como era inocente, poco me importaba lo que pudieran hacer conmigo. Me preguntó que cómo lo había sabido, siendo que la orden había sido dada en privado, dentro de un salón; y le respondí que ello no tenía importancia pues lo esencial era que lo sabía. Le pedí entonces que me dejase ver la orden que traía y, llevando la mano a la espada, su respuesta fue que tenía que ir con él a presencia de los tenientes para responder a todas las preguntas que me hiciesen. Insistí en que lo cortés y razonable, por parte suya, sería que me dejase ver la orden; pero no quiso. Entonces le dije que estaba dispuesto y me fui con él a Holker Hall. Margarita Fell también fue conmigo.

Cuando llegamos, estaba allí un tal Rawlison, a quien llamaban el magistrado, y otro, llamado, Sir Jorge Middleton, junto con muchos otros que no conocía, a excepción del viejo Tomás Preston, que vivía en aquella casa. Trajeron, como testigo en contra mía a Tomás Atkinson, un Amigo de Cartmel, el cual había dicho algo a un tal Knipe, que los había informado; y este algo era que había yo escrito en contra de los conspiradores y los había hundido. No pudieron sacar mucho partido de estas palabras porque les dije que habiendo oído de una conspiración había escrito en contra de ella.

Me preguntó el viejo Preston si había yo escrito algo en aquel libro. Le pregunté que a qué libro se refería y dijo, "Al Battledore." Le respondí que sí. Entonces me preguntó si entendía yo lenguas extranjeras; y le respondí, "Lo bastante para mí;" y que no sabía que por ello transgrediera ley alguna. Les dije también que, como en eso de conocer lenguas extranjeras no había nada que diera la salvación, aunque yo era algo entendido en ellas, no le daba valor alguno y las despreciaba porque no por saberlas se ganaba la salvación. Al oír esto, Preston, volviéndose hacia los demás, dijo, "Jorge Fox desprecia las lenguas extranjeras." Y añadió, "Acércate, que vamos te vamos a interrogar sobre cuestiones de mayor importancia."

Entonces, Jorge Middleton, dijo, "Usted niega a Dios, a la iglesia y a la fe." "No," le repliqué, "yo creo en Dios, en la verdadera iglesia y en la verdadera fe. ¿Mas, qué iglesia es la tuya?" le pregunté (habiendo comprendido que era un papista). Y volvió a insistir, diciendo, "Usted es un rebelde y un traidor." Le pregunté que a quién hablaba y a quién llamaba rebelde; y estaba tan lleno de envidia que por un momento no pudo decir palabra, hasta que, finalmente, dijo que era a mí a quien hablaba. Ante esto, di un golpe sobre la mesa y le dije que había yo sufrido como veinte como él, o como cualquiera de los que allí estaban; porque a mí me habían metido en el calabozo de Derby, donde había estado seis meses, y había pasado grandes sufrimientos por negarme a tomar las armas en contra del rey, antes de la batalla de Worcester; y que en el año de 1654, el coronel Hacker, me había hecho salir de mi ciudad natal y, acusado de conspirar en favor de la venida del rey Carlos, me había llevado preso a Oliver Cromwell; y que en mí no había más que amor y buena voluntad para el rey y que no deseaba más que su bien eterno y su prosperidad y la de todos sus súbditos. "¿Has oído jamás algo semejante?" preguntó Middleton. "No," le respondí, "y lo puedes volver a oír, si quieres. Porque, mucho hablan del rey, todos ustedes, pero, ¿Dónde estaban en los días de Oliverio? ¿Y qué han hecho ustedes por el rey? Sin embargo yo tengo más amor por rey, para su eterno bien y prosperidad, que ninguno de ustedes."

Me preguntaron si había oído de la conspiración; y les dije que sí había oído. Me preguntaron también que cómo lo había sabido y si conocía a los conspiradores. Les dije que lo había sabido por el Dr. Hodgson a quien el primer alguacil de Yorkshire le había dicho que se estaba preparando una conspiración en el Norte, que así lo supe, pero que nada oyera de ello, en el Sur, ni tampoco antes de llegar al Norte. Y en cuanto a saber quienes eran los que conspiraban, sabía tanto como un recién nacido, porque no conocía a ninguno de ellos. "¿Por qué entonces has escrito en contra de la conspiración si no conocías a ninguno de los que conspiraban?" me preguntaron, "Por la razón de que ustedes están siempre tan dispuestos a confundir al culpable con el inocente, que quise poner en claro que la Verdad nada tenía que ver con tales cosas, y también para ver si lograba contener a los espíritus alocados, evitando así que se lanzaran a semejante empresa." Mandé copias de mi escrito a Westmorland, a Cumberland, a Bishoprick, a Yorkshire y también a ustedes; mandé también una copia al rey y a su consejo, y ahora es posible que el tal escrito esté ya en la imprenta. Al oír esto, uno exclamó, "¡Oh, gran poder tiene este hombre!" Y le dije, "Sí, poder bastante para escribir en contra de las conspiraciones." Entonces me dijo otro, "Tú estás en contra de las leyes del país." Y le respondí, "No, porque yo y mis Amigos, encaminamos a todos al espíritu de Dios, que está en ellos mismos, para que así mortifiquen las acciones de la carne. Esto los lleva a hacer el bien y los aparta de aquello contra lo cual se alza la espada de los magistrados; y así damos reposo a los magistrados que están para castigo de los que hacen el mal. Volviendo la gente al Espíritu de Dios, que los conduce a mortificar los deseos de la carne, se apartan de la ocasión de caer bajo la espada del magistrado; y esto hace que sean uno con la magistratura y uno con la ley, que se creó por razón de la trasgresión y para alabanza de los que hacen el bien. Sobre esta base, nosotros fundamos la ley, damos reposo a los magistrados y no estamos en contra sino a favor de todo buen gobierno."

En esto, Jorge Middleton, se puso a gritar, "Traigan el libro y que preste los juramentos de lealtad y supremacía." Siendo él un papista, le pregunté si había prestado el juramento de supremacía, habiendo así jurado en falso; y, en cuanto a nosotros, le dije que no podíamos jurar, bajo ningún concepto, porque Cristo y los apóstoles lo habían prohibido. Había allí algunos que no querían que me hiciesen jurar y hubieran querido ponerme en libertad; pero los demás no estaban de acuerdo con ello, porque ésta, era su última trampa, no teniendo otra manera de meterme en la prisión, ya que todo lo demás de que me acusaban lo había puesto en claro. Era esto, como el sacramento del altar de los papistas, con el cual cogían a los mártires en la trampa. De modo que, habiéndome exigido que prestara un juramento que yo no podía prestar, estaban ya a punto de redactar el decreto para enviarme a la prisión de Lancaster. Mas luego reflexionaron y sólo exigieron de mí que compareciese en la sesión del tribunal; y después de esto me dieron licencia para que me retirase.

Volví entonces a Swarthmoor, con Margarita Fell; y poco después, vino a verme el coronel West, que era entonces magistrado de la paz. Nos dijo que había participado a los otros magistrados que iba a venir a vernos, a mí y a Margarita Fell, "pero podría ser," les dijo, "que algunos de ustedes tomen ofensa de ello." Le pregunté que era lo que él creía que me iban a hacer en la sesión del tribunal; y dijo que volverían a decirme que tenía que prestar el juramento.

Estando yo en Swarthmoor, William Kirby se presentó en la reunión acompañado de los guardias. Estaba yo sentado con los Amigos, y me dijo, "¿Cómo es esto, señor Fox? Tiene aquí reunida una gran sociedad." "Sí," le respondí, "estamos aquí reunidos esperando al Señor." Entonces empezó a tomar los nombres de los Amigos, y a los que no se lo decían al momento los entregaba a los guardias y los mandaba a la prisión. Pero como los guardias no parecían muy dispuestos a llevárselos, sin un decreto, los amenazó con colgarlos por los pies; y un guardia le dijo que solo podía prender a los Amigos mientras él estuviera allí, pero que luego que él se marchase no lo podría hacer sin un decreto.

Llegado el tiempo en que se celebraban las sesiones del tribunal, fui a Lancaster y me presenté al tribunal cumpliendo así mi promesa. Estaba allí aquel magistrado Fleming, que, en Westmorland, había prometido cinco libras a quien me prendiese; debido a que era magistrado en Westmorland y en Lancashire. Estaban también el magistrado Spencer, el coronel West y el viejo magistrado Rawlinson, el abogado, que era el acusador; y que habló con tal violencia, en contra de la Verdad y de los Amigos, que una vez creí que se iba a ahogar; mas el poder del Señor lo contuvo. Las sesiones eran largas y grande la concurrencia. Abriéndome paso, fui hasta la barra y allí estuve, con el sombrero puesto, por bastante rato; los magistrados me miraron severamente y también yo a ellos. Se hizo entonces advertencia de que se guardara silencio, bajo pena de encarcelamiento, y, cuando todos estuvieron callados, dije por dos veces. "La paz sea con ustedes." El presidente, me preguntó si sabía en donde estaba; y le dije, "Sí lo sé; pero pudiera ser," continué, "que mi sombrero los ofenda, y ello es bien insignificante porque no es éste el honor que yo doy a los magistrados. El verdadero honor viene de arriba, y éste, yo lo he recibido, y espero que ustedes no buscan el honor que proviene de que yo me quite el sombrero." Dijo el presidente, que también tenían en cuenta el que me descubriera ante ellos; y me preguntó de qué modo daba yo prueba de respeto a los magistrados si no me quitaba el sombrero. Acudiendo cuando me llaman, le repliqué. Le pidieron entonces a uno, que me quitase el sombrero; después de lo cual pasó algún tiempo antes de que me hablasen, y sentí que el poder del Señor se elevaba entre nosotros.

Después de una pausa, el viejo magistrado Rawlinson, que era el presidente del tribunal, me preguntó si sabía yo algo de la conspiración; y le respondí que había oído de ella en Yorkshire, por un Amigo que lo sabía del primer alguacil. Entonces me preguntaron si lo había declarado a los magistrados. "Yo mandé escritos a todas partes, en contra de conspiraciones y conspiradores, y también a ustedes, así que llegué a esta región, para sacar de sus mentes cualquier mal pensamiento que pudiera referirse a mí o a los Amigos; ya que está en nuestros principios el declararnos siempre en contra de tales cosas," les respondí. Me preguntaron luego si no sabía de un Acta en contra de las reuniones; y les dije que sabía de un Acta, que se refería a los que se reunían para causar el terror en los súbitos del rey, siendo sus enemigos, y sosteniendo principios peligrosos; mas que yo esperaba que ellos no nos tenían por tales, ya que nuestras reuniones no tenían por objeto el causar el terror en los súbitos del rey, ni éramos tampoco enemigos suyos ni de nadie. Entonces me presentaron los juramentos de lealtad y de supremacía. Les dije que no podía prestar juramento alguno, porque Cristo y Sus apóstoles lo habían prohibido, y que ellos ya tenían experiencia bastante de la lealtad de los que juraban, primero por los unos y después por los otros; pero que yo no había prestado juramento alguno en toda mi vida. En esto, Rawlinson, el abogado, me preguntó qué razón tenía yo para decir que no era lícito jurar. Esta pregunta, me la hizo con la intención de ponerme una trampa; pues por un edicto que se había publicado estaban sujetos a destierro, o a pagar una gran multa, los que dijeran que jurar era contra la ley. Mas, viendo yo la trampa, la evité; y le dije que en los tiempos de la ley, entre los judíos, antes de la venida de Jesucristo, la ley mandaba jurar; pero que Cristo, que cumplió la ley, en tiempos de Su evangelio, mandó que no se prestase juramento alguno; y el apóstol Santiago, prohibió jurar, incluso a los judíos, que tienen la ley de Dios. Mas, después de muchas otras razones, llamaron al carcelero y me condenaron a prisión.

Tenía conmigo aquel papel, que había escrito como testimonio en contra de las conspiraciones, el cual, hubiera yo querido que leyesen, o que permitieran que se leyera en la sesión pública; mas no lo permitieron. De modo que, condenado por haberme negado a jurar, los advertí, igual que a toda la gente allí reunida, a que se dieran cuenta de que iban a castigarme por seguir la doctrina de Cristo y obedecer Sus mandamientos. Después supe que los magistrados habían dicho que tenían instrucciones privadas del coronel Kirby, para procesarme; a pesar de su aparente nobleza y bondad para conmigo, antes, cuando dijo delante de muchos de ellos que nada tenía en contra mía.

Varios Amigos fueron también condenados a prisión. Unos por reunirse a rendir culto a Dios y otros por negarse a prestar juramento; de modo que la prisión estaba llena. Muchos, eran pobres que no tenían para mantener a sus familias, más que su trabajo que tenían que abandonar; y sus mujeres fueron a los magistrados, que habían condenado a sus maridos, para decirles que si solamente los tenían en la cárcel por la Verdad de Cristo y por razón de su buena conciencia, les traerían a sus hijos para que ellos los mantuvieran. También se elevó en los Amigos un fuerte poder del Señor, que les dio gran valor, y muchos fueron a hablar a los magistrados. Los Amigos, que estaban presos, les escribieron, echando sobre ellos el peso de sus sufrimientos, poniéndoles de manifiesto que justicia era la suya y su poca compasión por sus pobres vecinos, que ellos sabían honestos, de buena conciencia y pacíficos; que por su mucha piedad y conciencia no podían prestar juramento, y, a pesar de ello, los enviaban a la prisión por negarse a prestar el juramento de lealtad. Varios de los que estaban presos por esta causa, eran conocidos por haber servido al rey el sus guerras; exponiendo sus vidas en el campo de batalla, pasando grandes sufrimientos, dando su sangre por el rey y manteniéndose fieles a él, desde el principio hasta el fin, sin recibir paga alguna por sus servicios. Y que después de todo esto, que los que pretendían ser amigos del rey recompensaran así toda su fidelidad, servicios y sufrimientos, era prueba de gran dureza de corazón y desagradecimiento. Finalmente, los jueces, siempre importunados con quejas, dieron libertad a algunos Amigos pero aun dejaron a varios en la prisión.

Había cuatro Amigos en la cárcel por no pagar diezmos, (enviados a la cárcel por una demanda de la condesa de Derby), quienes habían estado allí por casi dos años y medio. Uno de estos era Oliverio Atherton, quien tenía una contextura débil a causa del encarcelamiento largo y duro en un lugar frío, austero y desagradable. Él estaba tan débil de cuerpo, que no parecía haber ninguna esperanza de que pudiera vivir a menos que fuera puesto en libertad. Por lo tanto, una carta fue escrita a nombre de él a la condesa, y enviada por su hijo Godfrey Atherton, en la cual él le dió las razones por la cual él y el resto no podían pagar diezmos: ‘porque si lo hacían, ellos negarían a Cristo venido en la carne, quien por medio de su venida le puso fin a los diezmos, y al sacerdocio al cual eran dados, y al mandamiento por el cual eran pagados bajo la ley.' Él también le dijo acerca de su débil condición, y la posibilidad de su muerte, si ella continuaba teniéndolo allí; y esperaba que ella fuera movida a la piedad y la compasión. Él también le advirtió a que no echara sangre inocente sobre sí misma.' Pero cuando el hijo fue hacia ella con la carta de su padre, uno de los siervos lo abusó, le arrancó su sombrero y lo tiró, y lo echó hacia afuera. Sin embargo, la carta fue entregada en su propia mano, pero dejó fuera toda piedad y ternura, y lo dejó en la cárcel hasta su muerte. Cuando el hijo volvió a su padre que estaba en la cárcel, y le dijo mientras yacía en el lecho de muerte que la condesa le había negado la libertad, él sólo dijo: ‘Ella ha sido la causa del derramamiento de mucha sangre, pero esta será la sangre más pesada que ella haya derramado,' y poco tiempo después él murió. Cuando los Amigos hicieron que les entregaran el cuerpo para enterrarlo, lo llevaron desde la prisión a Ormskirk, la parroquia donde él vivía. Ellos pegaron papeles en los cruces de mercado (que eran lugares para poner anuncios públicos), en Garstang, Preston, y otras ciudades por las cuales pasaron, con esta inscripción:

'Este es Oliverio Atherton, de la parroquia de Ormskirk, perseguido hasta la muerte por la condesa de Derby por causa de la buena conciencia hacia Dios y Cristo, porque él no podía pagarle los diezmos.'

Estos papeles explicaban las razones por las cuales él no podía pagar el diezmo, el tiempo que había estado encarcelado, las privaciones por las cuales él pasó, la dureza del corazón de ella hacia él, y la manera como murió.

Después de su muerte, Ricardo Cubban, otro de los prisioneros por causa de los diezmos, escribíó una carta larga a nombre de sus compañeros de prisión, presentándole a ella la inocencia de estas personas. Le dijo que no era por obstinación, tenacidad o codicia que ellos rehusaban pagarle los diezmos, sino sólamente por causa de su buena conciencia hacia Dios y hacia Cristo; y le dejó saber que si ella los dejara allí hasta que cada uno de ellos muriera, como lo había hecho con su compañero Oliverio Atherton, ellos aún así no cederían a pagarle. Y por lo tanto le pidió a ella que considerara su caso en un espíritu cristiano, y que no dejara que también la sangre de ellos fuera echada sobre ella. Sin embargo ella no mostraba ninguna piedad ni compasión hacia ellos, que para este tiempo habían sufrido este duro encarcelamiento por alrededor de dos años y medio. En cambio ella mandó a llamar a algunos de la ciudad de Garstang, y amenazó con quejarse con el rey y el concilio, y meterlos en problemas, por haber permitido que el documento con respecto a la muerte de Oliverio Atherton fuera puesto en el cruce del mercado. La furia que ella expresó hizo que la gente lo notara aún más, y algunos de ellos dijeron que los cuáqueros le habían dado razón para ajustar cuentas con alguien. Pero ella, que no consideraba la vida de los que sufrían de manera inocente por Cristo, no vivió por mucho tiempo. Tres semanas después que el cuerpo de Oliverio Atherton fue llevado por Ormskirk para ser enterrado, ella murió; y su cuerpo fue llevado por la misma ciudad hasta su lugar de entierro. Así el Señor persiguió a la perseguidora de duro corazón.

A mí me dejaron hasta que se volvió a reunir el tribunal; y siendo el juez Turner y el juez Twisden los que tenían que pasar por allí para presidirlo, me llevaron ante el juez Twisden, el día 14 del primer mes, llamado de Marzo, hacia finales del año de 1663. Cuando estuve en la barra, dije, "La paz sea con ustedes." El juez, me miró y me dijo, "¡Cómo! ¿Usded entra en la sala con el sombrero puesto?" Y, al quitarme el carcelero el sombrero, dije, "Quitarse el sombrero no es honor que viene de Dios." Entonces el juez me preguntó, "Jorge Fox ¿Quiere prestar el juramento de lealtad?" Y le respondí, "Jamás presté en mi vida juramento alguno, ni me comprometí a nada, ni hice ningún convenio." "Bien," prosiguió, "¿Quiere jurar o no?" "Yo soy un cristiano; Cristo me manda que no jure, y también el apóstol Santiago, de modo que juzga tú si debo de obedecer a Dios o a los hombres." "Le vuelvo a preguntar," dijo, "si quiere jurar o no." Le respondí otra vez, ‘no soy ni turco, ni judío, ni pagano, sino un cristiano, y debo mostrar un comportamiento cristiano. Y le pregunté si él no sabía que los cristianos en los tiempos antigus, bajo las diez persecuciones, y también algunos de los mártires en los días de la reina María, rehusaron jurar, porque Cristo y los apóstoles habían prohibido. Entonces le dije que ya tenían experiencia bastante de los que primero habían jurado por el rey y después en contra del rey, mientras que yo jamás había prestado un juramento en toda mi vida; pues mi lealtad no se basaba en juramentos sino en la verdad y la sinceridad, porque yo honraba a todo hombre y mucho más al rey. Pero Cristo, quien es el gran profeta, el Rey de reyes, el Salvador y juez del mundo entero, dijo que yo no debía jurar. Ahora, ¿debo obedecer a Dios o a usted? Porque es por la sensibilidad de mi conciencia, y en obediencia al mandato de Cristo, que no yo juro; y nosotros tenemos la palabra de un rey para las conciencias sensibles. Y después le pregunté al juez si él obedecía al rey. "Sí," me respondió, "yo obedezco al rey." "¿Por qué entonces," le pregunté, "no observas su declaración de Breda y las promesas que ha hecho, desde que está en Inglaterra, de que ningún hombre será llamado a juicio por cuestiones de religión, siempre que viva en paz? Si tu obedeces al rey, ¿Por qué me llamas a juicio y me quieres obligar a que preste un juramento, lo cual es contrario a mi religión, siendo que tú ni nadie puede acusarme de no vivir en paz?"

Al oír esto se conmovió y, mirándome enfadado, dijo, "¡Perro! ¿Quieres jurar?" Le respondí que no era ningún perro, sino un cristiano; y que no era propio de él, un hombre viejo y un juez, el estar allí sentado insultando a los presos; lo cual no convenía ni a sus cabellos grises ni a su cargo. "Está bien," me dijo, "también yo soy cristiano." "Entonces compórtate como un cristiano," le repliqué. "¡Perro!" exclamó, "¿Crees que me asustas con tus palabras?" Y viéndose cogido dijo, mirando de lado, "¡Vaya! Volví a repetir la palabra;" y él mismo se reprendió. "Yo te hablo con amor," le dije, "y el lenguaje que usas no es propio de ti, un juez. Tú debes de enseñar la ley a tus presos, si no la saben y si están fuera del camino debido." "También yo te hablo con amor," me respondió; y entonces le repliqué. "El amor no insulta." En esto, poniéndose en pié, gritó. "No te tendré miedo, Jorge Fox; tú hablas tan alto, que dominas mi voz y la de todo el tribunal, y tendré que llamar a tres o cuatro voceros para que dominen tu voz. Bien se ve que tienes buenos pulmones." "Yo no soy aquí más que un preso," le dije, "preso por la causa de Jesucristo. Por Su causa sufro y por El estoy aquí en este día; y si mi voz fuese cinco veces más alta, aun la levantaría más y la haría resonar con más fuerza por la causa de Cristo; por cuya causa estoy ante ustedes para ser juzgado, en obediencia a Cristo que manda que no se jure; y ante cuyo juicio ustedes serán llevados para que den cuenta de su proceder." "Muy bien," dijo el juez, "Jorge Fox, di si vas a jurar, sí o no." "Te repito lo que antes dije," le respondí, "juzga tú si es a Dios o a los hombres, a quienes tengo que obedecer. De poder yo prestar algún juramento, éste sería el que prestaría; mas al decir yo que no se puede jurar, no me refiero a ciertos juramentos ni en ciertas ocasiones, sino a todos los juramentos y en todo momento, de acuerdo con la doctrina de Cristo, que ha mandado a los que le siguen que nunca juren. Ahora si usted o cualquiera de ustedes o de sus ministros o sacerdotes que están aquí puede probar que Cristo o sus apóstoles, después que habían prohibido a todos que juraran, le mandó alguna vez a los cristianos a jurar, entonces juraré.' Ví a varios sacerdotes allí; pero ninguno de ellos ofreció hablar. Entonces dijo el juez: 'Soy un siervo del rey, y el rey me envió a no discutir con usted, sino a ejecutar las leyes; por lo tanto preséntele un voto de lealtad.' 'Si usted ama al rey,' le dije, '¿por qué quebranta su palabra, y no guarda sus declaraciones y discursos, en los cuales él prometió libertad a las conciencias sensibles? Yo soy un hombre de conciencia sensible, y en obediencia al mandamiento de Cristo no puedo jurar.'

"Entonces, no quiere jurar," dijo el juez, "Lléveselo, carcelero," añadió. "Yo no puedo jurar, por la causa de Cristo," le dije, "y sufriré por obedecer sus mandamientos; mas que el Señor los perdone a todos." El carcelero me llevó; mas yo sentí que el fuerte poder del Señor era sobre todos ellos.

El día dieciséis del mismo mes, me llevaron ante el juez Twisden. Algo se ofendió al verme con el sombrero puesto, pero no le dio mayor importancia porque era ya el último día que se reunía el tribunal, antes de que él se marchase de la ciudad, y no había mucha gente. Me preguntó si quería apelar, guardar silencio o someterme; pero hablaba tan deprisa que apenas se podía entender lo que decía. No obstante, le respondí que quisiera tener libertad de apelar en contra de la acusación para probarla. Y entonces, él gritó, "Llévense a este hombre, no quiero nada con él; llévenselo." "Está bien," dije yo, "vive en el temor de Dios y haz justicia." "¿Por qué dice eso?" me preguntó, "¿Acaso no le he hecho justicia?" "Lo que tú has hecho es contrario al mandamiento de Cristo," le respondí. Me volvieron a llevar a la cárcel y allí quedé preso hasta que el tribunal volviera a reunirse.

Poco antes de este último juicio, los magistrados Fleming, Kirkby y Preston, metieron a Margarita Fell en la cárcel de Lancaster. En el juicio, la exijieron a que jurase y como se negó también, la volvieron a mandar a la cárcel hasta la siguiente reunión del tribunal.

De Valiante por la Verdad: Mientras Jorge Fox sufría así por causa de la conciencia, su amable protectora, la viuda del juez Fell, tenía que sufrir arresto y prisión. Un día durante el culto en su casa, el coronel Kirby vino y tomó los nombres de todos los hombres que se hallaban presentes. Pocos días después vino un oficial para llevar a Margarita Fell a comparecer ante los magistrados en Ulverstone. Le interrogaron acerca de las reuniones que se verificaban en su casa, y le dijeron que si no prometía suspenderlas, le exigían el juramento de lealtad y supremacía. Ella contestó que mientras tuviera casa, se esforzaría a dar culto allí a Dios en espíritu y verdad. Le pidieron el juramento, y como por causa de su conciencia no podía jurar, fue llevada a prisión para esperar la próxima sesión de la Corte, que se reunía cada tres meses. Cuando llegó la sesión de la corte, volvieron a exigirle el juramento con el mismo resultado y fue vuelta a la cárcel por otros tres meses. Al fin de este período el Juez pasó sentencia, poniéndola fuera de la protección de las leyes, y fue ondenada a prisión de vida y confiscación de bienes, a favor de la corona. Su fe y valor le sostuvieron, y en respuesta a tan cruel sentencia dijo: "Aunque estoy fuera de la protección del rey, no estoy fuera de la protección del Todopoderoso." El Señor le sostuvo y, separándose de sus hijos volvió a la lóbrega prisión, sin saber si volvería a verlos otra vez en esta vida. Probó en verdad que, "Paraedes de piedra no constituyen una cárcel, ni varas de fierro una jaula," porque la luz de Dios le iluminó el corazón, y su paz le llenó el alma.

Encerrada en el castillo de Lancaster, Margarita Fell fue privada de activa cooperación con sus hermanos en la fe, mas podía usar la pluma en defensa de la verdad, y en el servicio de su maestro. Escribió cartas de amonestación y consejo a las diversas reuniones de los Amigos, y tratados sobre varios temas salían de los muros de esa prisión, como semillas de verdad, que muchas veces daban fruto abundante, al bien de las almas y a la gloria de Dios. Después de tres años de prisión escribió una enérgica protesta al rey, recordándole la Declaración de Breda y su promesa a ella, que mientras ella y sus amigos viviesen en paz no habían de ser molestados sino protegidos. Llamó la atención del rey a la entrevista que tenían entonces, y le aconsejó a no tomar consejo de los que oprimían a aquellos cuyo solo crimen era el de adorar y obedecer al Señor Jesús. Describía ella entonces su prisión como un lugar "en donde las borrascas, lluvias y vientos hallaban fácil entrada, y que a veces se llenaba de humo."

Esta apelación no produjo resultado, y permaneció en aquella triste prisión cerca de dos años más, cuando los esfuerzos de los hermanos lograron su libertad. En 1668 fue puesta en libertad y se le permitió volver a su hogar y familia después de cerca de cinco años de prisión.

Era el juez Fleming, uno de los magistrados más feroces y violentos, en perseguir a los Amigos y mandar a la prisión a sus vecinos más honestos por cuestiones de religión. Y como en aquellos días había muchos Amigos en la prisión de Lancaster, condenados por él, y que algunos murieron en la prisión, nosotros, que entonces también estábamos presos, nos sentimos dirigidos a escribirle, como sigue:

¡Oh Juez Fleming!-

Misericordia, compasión, amor y bondad adornan y honran a los hombres y los magistrados. ¡Oh! ¿acaso no oyen los llantos de las viudas, y los llantos de los huérfanos, quienes fueron dejados así por causa de la persecución? ¿Acaso no fueron llevados como ovejas, de guardia en guardia, como si fueran los transgresores o criminales más grandes en la tierra? Lo cual afligió los corazones de mucha gente sobria, el ver cómo sus prójimos y compatriotas inocentes, quienes eran personas pacíficas, y honestas en sus vidas y conversaciones entre los hombres, eran usados y tratados. Uno más está muerto, a quien usted envió a la cárcel, dejando a cinco hijos huérfanos de padre y madre. ¿Cómo pueden hacer otra cosa más que cuidar a los bebés huérfanos, y también la familia y la esposa del otro? ¿No es acaso su responsabilidad? Considere Job Cap. 29, cómo él era como un padre para los pobres, libraba a los pobres que clamaban, y los huérfanos que no tenían a nadie que los ayudara. Rompió las mandíbulas de los impios, y le arrancó el botín de sus dientes. Pero ¡oh!, compare su vida y la de él, y tome en cuenta el día del juicio de Dios, el cual vendrá, y la sentencia y el decreto de Cristo, cuando cada hombre tendrá que dar cuenta y recibir el galardón de acuerdo a sus obras. Entonces se dirá: "¡Oh! ¿Dónde están los meses que han pasado?" Nuevamente, Juez Fleming, considere cuando Juan Stubbs fue llevado ante usted. Él tenía una esposa y cuatro hijos pequeños, y tenía poco con qué vivir, aparte de lo que ganaban honestamente por medio de su diligencia. Tan pronto como llegó, usted gritó: "Ofrézcanle el juramento a ese hombre." Y cuando él confesó que no era más que un hombre pobre, a usted no le importó, sino que echó a un lado la piedad, no queriendo oír lo que él quería decir. Y ahora él está encarcelado, porque no pudo jurar, y romper el mandamiento de Cristo y del apóstol Santiago. Se podría esperar que usted cuidara a su familia, para que sus hijos no se murieran de hambre; y que usted se encargara de que ellos no tengan necesidad de pan. ¿Acaso esto se puede considerar como lealtad al rey, hacer lo que Cristo y su apóstol dicen que es impío, y que lleva a la condenación? Si Cristo y el apóstol Santiago, que mandaron a no jurar, hubieran vivido en nuestros días, ¿acaso ustedes no los hubieran echado en la cárcel? Considere también a sus pobre prójimo, William Wilson, quien era conocido por toda la parroquia y los vecinos como un hombre trabajador, que era diligente en mantener a su esposa y a sus hijos; sin embargo el tenía poco aparte de lo que obtenía con sus manos con su diligencia y sus viajes, con los que se abastecía a sí mismo. ¿Cómo podrá su esposa mantener a sus hijos, cuando usted ha echado a su esposo en la cárcel, y así lo dejó incapaz de trabajar para ellos? Por lo tanto se puede esperar que usted cuide a su esposa y a sus hijos, y se asegure de que no tengan necesidades; porque si no ¿cómo podrán vivir, no teniendo ninguna otra forma de ser sustentados sino por lo poco que él ganaba? Seguro los rumores acerca de esto están ya en el mercado mismo, y la muerte de sus dos prójimos, y se oye el llanto de las viudas y los huérfanos. Todos esos huérfanos y viudas fueron hechos así por causa de la justicia. Porque ¿acaso Juan Stubbs y William Wilson tendrían su libertad si ellos hubieran jurado, aún si hubieran sido como aquellos que son patrocinadores de charlatanes y actores, o aquellos que andan buscando problemas? ¡Oh! ¡Considere! Porque la mente del Señor no es así. Porque “Él es sensible,” y el rey ha declarado que así es su mente, y que no se cometa crueldad en contra de sus súbditos pacíficos. Además, varias personas honestas fueron multadas que necesitaban que se les diera algo; y hubiera sido más honorable que se les hubiera dado algo, que multarlos y enviarlos a la cárcel, algunos de los cuales viven de la caridad de otros. ¿Qué honor o gracia puede ser echar a sus prójimos pobres a la cárcel, quienes son pacíficos? Usted sabe que esta gente no puede hacer lo que usted les pide, aunque esto salve sus vidas o todo lo que ellos tienen. Porque por su sensibilidad ellos no pueden tomar un juramento, y usted hace que esto sea una trampa para ellos. ¿Qué piensa usted que la gente dice acerca de esto? “Nosotros sabemos (dicen ellos) que el principio de los cuáqueros es guardar el sí y el no; pero vemos que otros juran y abjuran." Porque muchos de ustedes han jurado primero de una manera y después de otra. De modo que lo dejamos al espíritu de Dios en su conciencia, Juez Fleming, que estaba tan ansioso de llevarse a Jorge Fox, y tan ofendido con aquellos que no se lo habían llevado, y ahora han caído sobre sus prójimos pobres. Pero, ¡oh! ¿Dónde está su piedad hacia sus pobres hijos huérfanos, y bebés huérfanos? ¡Oh! ¡Tenga en cuenta la dureza de corazón Herodes y cómo echó fuera toda la piedad! Esaú lo hizo, no Jacob. También considere a Tomás Walters, de Bolton, que fue echado en la cárcel, y el juramento que fue puesto sobre él por usted; y porque se negó absolutamente a jurar, en obediencia al mandamiento de Cristo, él ha continuado en la cárcel, aunque tiene cinco hijos pequeños y su esposa a punto de dar a luz. Por seguro, usted debería cuidarlos a ellos también, y asegurarse que su esposa y sus hijos pequeños no pasen necesidad, ya que ellos son huérfanos y ella es viuda por causa de usted. ¿Acaso no oye en sus oídos el llanto de los huérfanos, el llanto de las viudas y la sangre de los inocentes que habla, quienes por causa suya han sido perseguidos hasta la prisión, y ahora están muertos? ¡Oh! ¡Sentencia pesada en el día del jucio! ¿Cómo responderá cuando usted y sus obras sean juzgadas, cuando usted sea llevado ante el tribunal del Todopoderoso, quien en su prosperidad ha creado viudas y huérfanos por causa de la justicia, y por causa de la sensibilidad de la conciencia hacia Dios? ¡El Señor lo conoce y lo ve! ¡Oh hombre! ¡Considere en su vida cómo usted se ha manchado con la sangre de los inocentes! Cuando usted tenía el poder y pudiera haber hecho bien entre sus prójimos pacíficos, y no lo hizo; sino que en cambio usó su poder pero no con buenas intenciones, sino de manera contraria a la mente del Señor y la del rey. El favor, la misericordia y la clemencia del rey hacia el pueblo que es sobrio y de conciencias sensibles han sido manifestadas por sus declaraciones y proclamaciones, las cuales usted ha abusado y desairado por medio de su persecución de los súbditos pacíficos. En Londres y en otros palacios las reuniones de los cuáqueros eran pacíficas; y si usted sólo mira en Yorkshire, donde ha estado el complot, la inocencia de los Amigos se ha declarado en los corazones de los jueces sobrios. Porque que usted caiga sobre sus vecinos pacíficos y sobre la gente, no es un honor para usted el ser rigoroso y violento en contra de aquellos que son sensibles, piadosos, y justos. ¿Cuántos borrachos, maldicientes, peleadores y otros que son sujetos a los vicios usted ha causado que sean llevados ante usted en sus cortes? Es como si fuera más honroso para usted cuidar a los tales; como si la ley no fuera hecha para los justos, sino para los pecadores y los transgresores. Por lo tanto considere y sea humillado por estas cosas; porque el Señor puede hacer con usted lo que usted ha hecho con otros; y usted no sabe qué tan pronto puede haber llanto en su propia familia, como el llanto entre sus prójimos, de los huérfanos y las viudas que han sido dejados así por usted. Pero los cuáqueros pueden decir y dicen: "Que el Señor te perdone y no ponga estas cosas sobre tí, si es su voluntad."

Además de este escrito, que le mandamos en nombre de todos, le mandé yo unas líneas escritas solamente por mí, como sigue:

A Daniel Fleming.

AMIGO,-Usted a encarcelado a los siervos del Señor, quienes no han quebrantado ninguna ley, por lo tanto tenga cuidado con lo que usted hace por temor del Señor para que la mano del Señor no se vaya en contra suya. Porque en la luz del Señor Dios, usted es visto por él.

Jorge Fox

Al poco tiempo, la mujer de Fleming, murió, dejándole trece o catorce niños sin madre.

Cuando era prisionero en Lancaster, también había allí un prisionero llamado mayor Wiggan, un predicador bautista. Él se había venido jactando por mucho tiempo antes de lo que él diría en las sesiones del tribunal, si es que se le llamaba a dar juramento; y que él se rehusaría a jurar. Pero cuando comenzó la sesión, y el juramento le fue presentado, el pidió tiempo para considerarlo; y habíendosele dado tiempo hasta la próxima sesión de tribunal, él se fue a Londres antes que ésta comenzara, y se quedó en Londres hasta que comenzó la peste, y allí tanto él como su esposa murieron. Él era un hombre muy maligno, y los juicios de Dios fueron derramados sobre él; porque él había publicado un libro muy maligno en contra de los Amigos, lleno de mentiras y blasfemias; la esencia del cual era los siguiente. Mientras él estaba en el castillo de Lancaster, él desafió a los Amigos a disputar, y durante ese tiempo recibí el permiso del carcelero para ir con ellos. Habiendo entrado en discurso con él, afirmó 'que algunos hombres nunca tuvieron el espíritu de Dios, y esa luz verdadera, la cual ilumina a todos aquellos que vienen al mundo, es natural.' Como prueba de su primera afirmación, él mencionó a Balaam, afirmando ‘que Balaam no tenía el espíritu de Dios,' y yo le declaré y le probé que Balaam tenía el espíritu de Dios, y que los hombres malignos tenían el espíritu de Dios, de otra manera ¿cómo es que podían apagar, contrariar, afligir, y resistir al Espíritu Santo, como lo hicieron los judíos de dura cerviz?' A su segunda afirmación, yo le contesté: 'Que la “luz verdadera”, que ilumina a cada hombre que viene al mundo, era la “vida” en el mundo, y que ella es divina y eterna, y no es natural. Y que él bien podría decir que la palabra era natural, como para decir que la vida en la palabra era natural. Los hombres malignos fueron iluminados con esta luz, de otra manera ¿cómo podían odiarla? Se ha dicho expresamente que ellos la odiaron; y la razón dada de el por qué era que sus obras eran malas; y ellos no venían a ella porque ésta los reprendía; entonces debía estar en ellos si es que los reprendía. Además, esa luz no podía ser las escrituras del Nuevo Testamento; porque fue testificada desde antes que cualquier parte del Nuevo Testamento fuera escrita; de manera que debe ser la luz divina, la cual es la luz en Cristo, la palabra, antes que existieran las escrituras. Y la gracia de Dios, la cual trajo la salvación, había aparecido a todos los hombres, y enseñó a los santos; pero aquellos que se habían alejado de ella hacia la disipación, y que caminaron en maldad en contra del espíritu de gracia, eran impíos. Nuevamente, este espíritu de verdad, el Espíritu Santo, el Consolador, el cual guía a los discípulos de Cristo hacia toda la verdad, el mismo reprende al mundo de pecado, de justicia, de juicio y de su incredulidad. De manera que el mundo impío tenía la luz que los reprendía. Y los verdaderos discípulos y estudiantes de Cristo, que creían en la luz como Cristo lo manda, la tenían para guiarlos. Pero el mundo no creyó en la luz, aunque fueron iluminados por ella, sino que odiaron la luz en la cual ellos debían creer, y amaron las tinieblas en vez de la luz, este mundo tenía una justicia y un juicio, por los cuales los reprendió el Espíritu Santo, como también por su incredulidad.' Habiendo probado que los buenos y los malos fueron iluminados, que la gracia de Dios había aparecido a todos, y que todos tenían el espíritu de Dios, de otra manera cómo podían afligirlo o contrarialo, le dije al mayor Wiggan, que el bebé más pequeño allí lo podía percibír; y en esos momentos Ricardo Cubham se puso de pie y probó que este hombre era un anticristo y un hombre que engañaba por medio de las escrituras. Entonces el carcelero me llevó a mi celda otra vez. Después de esto Wiggan escribió un libro acerca de esta disputa, y puso allí una abundancia de mentiras abominables; pero el libro pronto fue respondido por otros escritos, y él fue cortado no mucho tiempo después, como fue mencionado anteriormente.

Este Wiggan era pobre y mientras era prisionero en Lancaster, él mandó gente al campo y solicitó que se colectara dinero para ayudar a la gente pobre de Dios en la cárcel; y mucha gente dio generosamente, pensando que era para nosotros, cuando en realidad era para sí mismo. Pero cuando nosotros lo oímos, se lo presentamos ante él y le escribimos a los que estaban en el campo, que los Amigos le podían decir a la gente la verdad acerca de este asunto; que no era nuestra costumbre pedir colectas para nosotros, y que esas colectas eran sólo para Wiggan y otro hombre, un predicador borracho de su sociedad, que se emborrachaba tanto que una vez perdió sus pantalones.

Después de esto fui inspirado a escribirle a los jueces y a los otros magistrados con respecto a que ellos 'usaban malas palabras y sobrenombres con los que eran llevados ante ellos.' Lo cual fue como sigue:

A todos los jueces y otros oficiales que estén en el mundo, quienes profesan ser cristianos.

Amigos,-En esta carta y por la lectura de las escrituras, ustedes pueden ver tanto sus palabras como su comportamiento, y las palabras y la práctica de tanto los judíos como los paganos, y las del Rey de reyes, el gran dador de la ley y juez de todo el mundo. Primero, con respecto a las palabras y el comportamiento de los judíos, cuando los que eran dignos eran llevados ante los gobernante entre ellos. Cuando Acán tomó un manto babilónico, los docientos siclos de plata, y el lingote de oro de peso de cincuenta siclos, y Josué, quien era el juez de Israel, lo descubrió al echar suertes, y no lo llamó "perro" ni "granuja," “truhán," "pícaro,'" como algunos, llamados magistrados cristianos, son muy aptos para hacer. Sino que Josué le dijo a Acán: “Hijo mío." Tomen nota de su lenguaje limpio, expresión agradable, y palabras llenas de gracia. "Hijo mío," dijo él, “da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras." Entonces Acán confesó que él había pecado en contra del Señor Dios de Israel, y lo que él había hecho. Y Josué, el juez, dijo: "¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día," y ellos "los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos." Pero no hubo ninguna palabra desagradable que nostros podamos leer, aunque él era digno de muerte. Josué 7:20-26.

Así fue cuando el hombre que estaba recogiendo leña el día de reposo fue llevado ante Moisés, el juez de Israel, y puesto bajo custodia hasta que se supo lo que el Señor quería con respecto a él, y no leemos que se haya usado ningún lenguaje injurioso con él; pero el Señor le dijo a Moisés, y Moisés al pueblo: "Irremisiblemente muera aquel hombre." Num 15:35.

De la misma manera en la rebelión de Coré, Datán y Abiram, cuando Moisés los llamó a jucio, él no los llamó "perros," ni les puso sobrenombre; sino que le dijo a Coré y al resto: “Oíd ahora, hijos de Leví." Num 16:8. Y cuando se dió la sentencia en contra de ellos, él dijo: "Si como mueren todos los hombres murieren éstos." Él no dijo "si estos granujas o truhanes," como lo hacen ahora muchos de los que se profesan a sí mismos como cristianos.

Cuando Eliú le habló a Job, quien era un juez, y a sus amigos, les dijo, "Y no haré ahora distinción de personas ni usaré con nadie de títulos lisonjeros. Porque no sé decir lisonjas, y si lo hiciera, pronto mi Hacedor me consumiría." Job 32:21. Job no le dijo: "perro, cierra tu boca;" ni le dió ninguna expresión desagradable. Entonces por las palabras de David, Salomón, y otros reyes y oficiales, vean el los libros de Reyes y Crónicas, el lenguaje apropiado que usaron con los que eran llevados ante ellos. Aunque Simei maldijo a David el rey, aún así David ni en ese entonces ni después, ni Salomón, cuando hizo que fuera muerto, usó ningún lenguaje reprochable con él, ni lo llamó "perro." 2 Sam 16:10-13, y 1 Reyes 2.

Lean las profecías de Isaías, Miqueas, Jeremías, Ezequiel, y el resto de los profetas, quienes profetizaron a diferentes personas, y en contra de los gobernantes, reyes y magistrados; sin embargo ¿dónde se puede leer que usaron algún lenguaje malo con ellos, como "perro," o algo por el estilo, por algún gobernante, ya fuera judío o pagano? No, aunque Jeremías fue echado en la cárcel, y en el calabozo, aún así no hay ninguna palabra como "perro" o "truhán" usada con él. Jer 37:13-21.

Con respecto a las palabras y el comportamiento de los paganos. Cuando Abraham fue ante Abimelec (que era un rey), éste no usó ninguna expresión desagradable con Abraham. Gen 22. Cuando Isaac fue ante Abimelec, él no usó ningún lenguaje burlesco. Gen 26. Cuando José fue echado en la cárcel en Egipto, no leemos que se usó ningún lenguaje recriminatorio con él. Gen 39. Ni el Faraón, cuando Moisés y Aarón comparecieron ante él, usó malas palabras, como “perro," "truhán," u otras por el estilo.

Cuando Nabucodonosor sentenció a los tres jóvenes al horno ardiente, no usó ningún lenguaje como "perro," "truhán" ni "granuja" con ellos; sino que ellos fueron llamados con el nombre con el cual eran conocidos. Dan 3. Y cuando Daniel fue llevado ante el rey Darío, y sentenciado a ser echado en la fosa de los leones, no se le dieron nombres negativos, como muchos lo hacen ahora, que dicen que esos gobernadores eran paganos, pero se llaman a sí mismos cristianos.

Si ustedes leen en el Nuevo Testamento, en la parábola de la fiesta de bodas, el rey que vino a ver a sus invitados no le dijo a aquel que fue hallado sin el vestido de bodas: "perro, ¿por qué estas aquí?" sino, "amigo, ¿cómo entraste aquí?" aunque él era una persona que merecía ser atado de pies y manos, y echado en las tinieblas de afuera. Mat 22:11-13. No, aún cuando Judas había traicionado a su maestro Jesucristo, el Señor de la vida, y lo vendió a los sacerdotes, Cristo no lo llamó "perro" cuando éste vino con la multitud a detenerlo, sino "amigo." Mat 26:50. Esteban, durante su interrogación, sentencia y muerte, no recibió ninguna palabra de reproche, como "perro" o "truhán." Hechos 6 y Hechos 7. Cuando los apóstoles Pedro y Juan fueron llevados ante el sumo sacerdote y los principales de los judíos, y obligados a no predicar en el nombre de Jesús, Hechos 4, ellos no fueron llamados "perros" o "truhanes," ni se les dieron nombres tales. Cuando Pablo y Silas fueron echados en la cárcel por los magistrados, Hechos 16, ellos los llamaron "hombres," no "granujas," "perros"ni "truhanes." Y cuando los magistrados habían hecho algo contrario a la ley, tuvieron miedo. De modo que ustedes pueden ver lo diferente a este ejemplo que muchos son (que se llaman a sí mismos gobernantes cristianos), que no tienen temor de echar a la gente inocente en la cárcel, ni ponerles sobrenombres, y así están más abajo que los judíos y los paganos.

Cuando hubo un gran alboroto en Efeso con respecto al santuario de Diana, Demetrio, quien era muy respetado por los artífices, no llamó a Pablo "perro," sino Pablo. Hechos 19. Y cuando Pablo fue llevado como prisionero ante el sumo sacerdote Ananías y el concilio de los judíos, y les dijo que él había vivido en toda buena conciencia ante Dios hasta ese día; aunque ellos, que profesaban las escrituras pero vivían fuera de la vida de ellas, no podían soportar el escuchar acerca de vivir en la buena conciencia, como profesantes que ahora son de las escrituras, que no viven en la vida, y no pueden soportar oír acerca de vivir en la buena conciencia en estos días; pero Ananías hizo que le "golpeasen en la boca" a Pablo; sin embargo no lo llamó "truhán," ni ''perro." Hechos 23. Los judíos apóstatas (quienes, aunque profesaban las escrituras, estaban fuera de la vida de ellas, y habían rechazado a Cristo), al acusar a Pablo ante los magistrados romanos, no lo llamaron ni siquiera una vez "una plaga," Hechos 24, como los profesantes acusadores, que viven fuera de la vida, a veces nos llaman ahora. Pero ni Felix, ni Festo, ni el rey Agripa, en todos sus interrogatorios, usaron palabras como "perro," "granuja," "truhán" o cosas por el estilo con Pablo, sino que lo oyeron pacientemente. De modo que los cristianos pueden buscar en todas las escrituras, cuando las personas eran llevadas ante los gobernantes, los reyes, o los magistrados, fueran judíos o paganos, no los llamaron con nombres malos como "perro," "granuja," "truhán" ni cosas por el estilo. Ellos no usaban ese tipo de languaje grosero en sus cortes. Ni les decian a ellos: "perro, quítate tu sombrero." Ahora, ustedes que profesan cristiandad, y dicen que las "escrituras son su regla," pueden ver que palabras más corruptan sales de sus bocas que de las de los judíos o las de los paganos, si ustedes tratan de practicar lo que dicen las escrituras; y ¿no les dice el apóstol que ninguna palabra corrupta debería salir de sus bocas, y que sus palabras deben ser llenas de gracia? Ahora, les pregunto, ¿de dónde han sacado ustedes estas palabras malas y sobrenombres, ya que ni Dios ni Cristo, ni los profetas, ni los jueces, los reyes, ni los gobernantes jamás usaron tales nombres, como muestran las escrituras, ya sea entre los paganos, los judíos, o los cristianos?

Jorge Fox

Antes de las siguientes sesiones de tribunal huba una sesión trimestral llevada a cabo por los jueces en Lancaster. Aunque nosotros no fuimos llevados ante esta corte, yo le pedí a los Amigos que escribieran un registro de sus sufrimientos, y que lo presentaran ante los jueces en sus sesiones abiertas. Porque los Amigos habían sufrido profundamente con multas y angustias; los alguaciles y los oficiales habían estado haciendo una gran caos y tomando sus propiedades; pero no había reparación disponible.

Y debido a que algunos magistrados malignos a veces nos decían acerca del reciente complot en el norte, nosotros escribimos el siguiente documento para callar sus bocas y para aclarar la verdad y los Amigos, el cual es como sigue:

Un testimonio de nosotros, el pueblo de Dios, a quien el mundo llama los cuáqueros,
a todos los magistrados y oficiales de cualquier tipo, del más alto al más bajo.

Somos personas pacíficas, y buscamos la paz, el bien, y el bienestar de todos, como nuestras vidas y nuestro comportamiento pacífico revela; y nosotros deseamos el bienestar eterno de todos y la paz eterna de sus almas. Nosotros nos hemos convertido en herederos de la bendición antes que existiera la maldición, y el poder de Dios antes que existiera el diablo, y antes de la caída del hombre. Nosotros somos herederos del evangelio de paz, el cual es el poder de Dios; y nosotros somos herederos de Cristo, habiéndolo heredado a él y su reino eterno y poseyendo el poder de una vida eterna. Ustedes conocen nuestra porción y nuestra herencia; el propósito de este documento es quitar todos los celos de sus mentes y echarlo fuera de las mentes de todas las personas con respecto a nosotros. Nosotros siempre hemos negado y ahora negamos completamente cualquier y todo complot y conspiración, a los conspiradores en contra del rey, y toda la ayuda y asistencia hacia ellos; cualquier cosa así no es de nosotros, ni tiene comunión con el evangelio, ni con el reino de Cristo, o sus siervos. Porque Cristo dijo que su reino no era de este mundo; si lo fuera, sus siervos pelearían por él. Por lo tanto le dijo a Pedro, “mete tu espada; porque," él dijo, "el que toma la espada perecerá por la espada." Aquí está la fe y la paciencia de los santos, para aguantar y soportar todas las cosas, sabiendo como sabemos que la venganza es del Señor. Y él compensará a aquellos que hieren a su pueblo y ofenden a los inocentes; por lo tanto no podemos vengarnos sino debemos sufrir por causa de su nombre. Nosotros sabemos que el Señor juzgará el mundo en justicia de acuedo a sus obras, y todos darán cuenta a él de las "obras hechas en el cuerpo." Entonces el Señor le dará a cada hombre de acuerdo con sus obras, sean buenas o malas. Cristo dijo que él no vino a "destruir la vida de los hombres;" y cuando sus discípulos querían hacer que “bajara fuego del cielo" para consumir a aquellos que no le recibieron, él les dijo que ellos no sabían de qué espíritu eran, porque querían destruir las vidas de los hombres; por lo tanto él los reprendió, y les dijo que él no había venido a destruir la vida de los hombres, sino a salvarlas. Ahora tenemos la mente de Cristo, quien es el gran profeta, a quien todos deben oír en todas las cosas, quien nos manda: "cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;" y a que no paguemos a otro mal por mal. Nosotros hemos aprendido esta doctrina de él, y no sólo la confesamos en palabras, sino que seguimos su doctrina; y por lo tanto hemos sufrido, y sufrimos todo tipo de reproches, escándalos, calumnias, toma de bienes, bofetadas, azotes, llagas y encarcelamientos por muchos años, y podemos decir: "el Señor perdone a los que nos han tratado así, y no los culpe por esta cosas." Conocemos la espada externa de los judíos, con la cual cortaron al pagano exteriormente, era un símbolo de la espada interior del espíritu, la cual corta al pagano interior, la naturaleza feroz en la gente. Y la sangre de los toros, los corderos, los carneros, y otras ofrendas, y que los sacerdotes ofrecieron, junto con las otras cosas en la ley, las cuales eran símbolos de Cristo, la única ofrenda, y de su sangre. Él es el sacerdote eterno y el pacto, nuestra vida, y el camino a Dios, el gran profeta, y pastor, la cabeza de su iglesia, y el gran obispo de nuestras almas, de quien testificamos que ha venido; quien cuida y vigila a su rebaño. Porque en Adán, en la caída, conocemos las luchas, las peleas, los espíritus que están en la enemistad los unos con los otros, y no en la paz; pero en Cristo Jesús, el segundo Adán, que nunca cayó, hay paz, reposo y vida. La doctrina de Cristo, quien nunca pecó, es “amarse los unos a los otros;" y aquellos que están en esta doctrina no le hacen daño a ningún hombre, en la cual estamos en Cristo, quien es nuestra vida. Por lo tanto es bueno que ustedes distingan lo precioso de lo vil; entre aquellos que temen a Dios y los que le sirven, y aquellos que no lo hacen, y hacen diferencia entre el inocente y el culpable, y entre lo que es santo y puro y lo impío y profano; porque los que no lo hacen, traen problemas, cargas y dolores sobre sí mismos. Les escribimos esto con amor hacia sus almas, para que ustedes puedan considerar estas cosas; porque aquellos que odian a los enemigos, y los unos a los otros, no podemos decir que son de Dios, ni de la doctrina de Cristo, sino que se oponen a ella. Y los que luchan con carne y sangre, con armas carnales, se han ido hacia la carne y fuera del espíritu. No están en nuestra comunión en el espíritu, el cual es el vínculo de paz, ni son de nosotros, ni nosotros tenemos unidad con ellos en su estado carnal, ni con sus armas carnales. Porque nuestra unidad y comunión están en el poder de Dios, antes que existiera el diablo, el mentiroso, el asesino, el homicida, y el envidioso. Ahora, siendo que la mente de Cristo y su doctrina es salvar la vida de los hombres, nosotros que estamos en la mente de Cristo estamos fuera y por encima de estas cosas. Nuestro deseo es que ustedes puedan vivir en temor del Señor, y puedan recibir la sabiduría de Dios, por medio de la cual todas las cosas fueron creadas, para que por ella todo sea ordenado para su gloria.

Esto está escrito por aquellos que aman sus almas, y buscan su bien eterno.

Siendo ahora prisionero en el castillo de Lancaster, vino sobre mí un profundo sentido del día de gran juicio y ejecución que se aproximaba y venía sobre todos aquellos que habían tenido una alta profesión de la religión; y fui inspirado a escribir el siguiente documento como una advertencia para los tales:

Hoy es el día cuando la fe y el amor de Dios y de Cristo serán probados; aquellos que son redimidos de la tierra, y aquellos que están en la tierra serán manifestados; y quién es el maestro a quien sierven, y si ellos correrán hacia las montañas para que los cubran. Ahora se verá quienes están en el suelo pedregoso, quienes están en el suelo espinoso, y quienes están en la carretera, a quienes las aves de los cielos les quitan la semilla, y las espinas y los cuidados del mundo la ahogan, y el calor de la persecución quema sus hojas verdes; porque el día prueba todas las cosas. Por lo tanto, que ninguno de los que abandonan la verdad para salvar la vida terrenal digan que sólo lo sacerdotes "no sirven al Señor Jesucristo sino a sus propios vientres, y piensan en las cosas terrenales;" porque ellos hacen lo mismo, y abrazan al yo y no al Señor. Ahora se hará manifiesto quien es el Dios de cada persona; y Cristo, el Salvador, y su amor serán manifiestos, si es que es del mundo o del amor de Dios. Porque si es el amor del mundo, es enemistad, y la enemistad manifestará en sí misma lo que es; y el día probará a cada espíritu y sus frutos. Por lo tanto, mis queridos amigos, vivan todos en la semilla eterna de Dios, que está sobre toda la casa de Adán y sus obras de la caída; morando en la semilla, que es Cristo, que nunca cayó, ustedes tendrán virtud, vida, y paz, y por medio de él ustedes vencerán todo lo que está en la caída.

Jorge Fox

También escribí otra epístola corta a los Amigos, para advertirles a que se mantengan fuera de ese espíritu que obró en Juan Perrot y en su grupo en contra de la verdad.

Estimados Amigos,

Moren en el amor de Dios, y en su justicia, que los guardará por encima de todo los espíritus impuros que cambian, que no moran en la verdad sino que moran en las disputas. Eviten esos espíritus y mantengan sus moradas en la verdad. Moren en la verdad, y en la palabra de Dios, por la cual ustedes están reconciliados con él. Mantengan sus reuniones en el nombre de Jesucristo, quien nunca cayó; entonces ustedes verán sobre todas las reuniones de los hijos y las hijas de Adán. Ustedes moran en la vida sobre todos ellos, en la cual está la unidad, la paz, y la comunión con Dios, y los unos con los otros, en la vida, donde ustedes pueden disfrutar de la presencia de Dios entre ustedes. De modo que acuérdense de mí con todos los Amigos en la semilla eterna de Dios. Todos los que están en la comunión con las cosas externas, su comunión corromperá, y se pudrirá, y se marchitará. Por lo tanto, vivan en el evangelio, el poder de Dios, ya que este poder de Dios que es el evangelio, existía antes que existiera el diablo. Y esta comunión en el evangelio, el poder de Dios, es un misterio para todas las comuniones en el mundo. De manera que vean por encima de todos los sufrimientos externos, y vean al Señor y el Cordero, quien es el Primero y el Último, el Amén; en quien me despido.

Jorge Fox

En el sexto mes de 1664, volvieron a empezar las reuniones del tribunal, y los mismos jueces, Twisden y Turner, volvieron a venir a presidirlas; pero como el juez Turner, presidía entonces el tribunal de la corona, ante él me llevaron. Antes de que me llamaran a la barra, me tuvieron entre los asesinos y delincuentes, por cerca de dos horas, bajo las miradas de la gente, los magistrados y del mismo juez. Después de que juzgaron a varios otros, dieron orden de que me llevaran a la barra y de que se llamase al jurado. Entonces el juez preguntó a los magistrados, si, en las otras sesiones del tribunal, me habían presentado la fórmula del juramento para que lo prestara. Respondieron que sí; y entonces el juez pidió que les presentasen el libro para que jurasen sobre él que me habían presentado el juramento, de acuerdo con lo que decía la acusación. Algunos magistrados se negaban a jurar; mas el juez dijo que quería que lo hiciesen para evitar todo motivo de excepción (negación de los cargos). Cuando el jurado hubo prestado juramento, y también los magistrados, de que, de acuerdo con lo que decía la acusación, me habían presentado la fórmula del juramento, el juez, me preguntó si no me había negado a jurar en el último juicio. Le respondí que nunca prestara un juramento en mi vida y que Cristo, Salvador y Juez del mundo, había dicho, "No jurad." Pareció no darse por enterado de mi respuesta y volvió a preguntarme si había o no rehusado prestar juramento, en el último juicio. Entonces le dije, "Las palabras que dije, fueron, que si ellos, ya fueran jueces, magistrados, sacerdotes o maestros en religión, podían probarme que Cristo y los apóstoles habían mandado a los cristianos que jurasen, después de haberlo prohibido, yo juraría." Dijo el juez, que, en aquel momento, no estaba dispuesto a discutir si el prestar juramento era o no lícito, sino que quería saber si me había yo negado a prestarlo. Y dije yo, "Todo lo que se menciona en la fórmula del juramento, referente a conspirar en contra del rey, o a prestar obediencia al Papa, o a cualquier otro poder extranjero; lo niego en absoluto." "Bien," asintió el juez, "bien dices en eso; pero, ¿Te negaste a prestar el juramento? ¿Qué dices a esto?" "¿Qué quieres tú que diga ahora?" le respondí, "Después de lo que antes he dicho." Me preguntó entonces si quería yo que aquellos hombres jurasen que había yo prestado el juramento. Y yo le pregunté, a mi vez, si quería él que aquellos hombres jurasen que me había negado a prestarlo; al oír lo cual, el tribunal soltó la carcajada. Mucho me hirió ver tanta ligereza en un tribunal donde se discutían cuestiones de tal solemnidad; por donde les pregunté, si aquella sala del tribunal era una casa de juego. "¿Dónde están la sobriedad y la gravedad? Porque tal proceder es impropio de ustedes."

Entonces el secretario leyó la acusación; y dije al juez que tenía algo que alegar, porque me había enterado bien de los errores que contenía. Me respondió que más tarde oiría todas las razones que yo pudiese alegar, porque no era él quien tenía que emitir el juicio. Entonces me dirigí al jurado y le dije que no podía declararme culpable, de acuerdo con aquella acusación, porque estaba mal redactada y contenía muchos errores graves. El juez me dijo que nada tenía yo que decir al jurado, pues era él quien tenía que hablarle; y le dijo que me había yo negado a prestar juramento en el último juicio; y añadió, "Ahora mismo, puedo presentar la fórmula del juramento a quien yo quiera, y confiscarle sus bienes si se niega a prestarlo;" y (dijo él) tenían que declararme culpable por haberme negado. Al oír esto, pregunté, "¿Qué haces pues con la forma? Bien pueden tirar la forma de una vez." Le dije al jurado que su decisión caería sobre sus conciencias y que de ella tendrían que responder, ante el juicio de Dios. Volvió el juez a hablar al jurado y yo le grité "Hazme justicia." El jurado, me declaró culpable. Y les dije, que, tanto ellos como los magistrados habían perjurado y que por consiguiente no tenían mucho de que reír, como antes lo habían hecho. ¡Oh! La envidia, la ira y la malicia que apareció en contra mía, y la ligereza; pero el Señor los confundió, y ellos fueron maravillosamente impedidos. Me pusieron a un lado y llamaron a Margarita Fell, que les había prestado muy buenos servicios; y se levantó la sesión cerca de la hora de las dos.

Por la tarde, me volvieron a llevar para que oyese mi sentencia; cuya lectura, Margarita Fell quería que se dejase para la mañana siguiente. Yo sólo quería que se cumpliese la ley y se hiciese justicia; pues ya que hasta para los delincuentes había misericordia. Únicamente quería que el juez mandase a alguien a ver mi celda, que era tan mala, que de seguro no querrían meter en ella a ningún ser humano; y le dije que el coronel Kirkby, que en aquel momento estaba sentado en el tribunal, había dado orden de que me tuviesen encerrado sin dejar que ningún ser viviente se me acercase. El juez se encogió de hombros y dijo que, cuando se hubiera pronunciado la sentencia, me dejaría a la merced del carcelero. Estaban allí la mayoría de los caballeros de la región, que habían ido para oír la sentencia; y corría el rumor de que sería transportado. Mas aquella vez, quedaron chasqueados, porque, difiriéndose la lectura de la sentencia para la mañana siguiente, me volvieron a llevar a la prisión. En vista de las quejas que había dado, del estado en que se hallaba mi celda, fueron a verla unos magistrados con el coronel Kirkby; pero cuando llegaron apenas si se atrevieron a entrar, de tan mal como estaba el piso, que hasta era peligroso, y de tan expuesta como estaba a la lluvia y al viento. Uno, de los que fueron a verla, dijo, "Ciertamente, es esta una casa para animales," y cuando el coronel Kirkby la vio y oyó lo que dijeron los demás, excusó lo sucedido, lo mejor que pudo, diciendo que me sacarían de allí lo antes posible para llevarme a otro lugar conveniente.

Al día siguiente, hacia la hora de las once, me volvieron a llamar para que fuese a oír la sentencia. Margarita Fell, que había sido antes llamada a la barra, tuvo abogado que la defendiera, el cual encontró muchos errores importantes en la acusación; por donde, luego que el juez los vio, le dijeron que se retirase a un lado. Después el juez les preguntó que cual era la acusación en contra mía. No estaba yo dispuesto a dejar que otro hombre abogase por mí, sino a hablar yo mismo en mi defensa; y también Margarita, aunque la defendió su abogado, ella habló tanto como quiso. Mas, antes de ir a la barra, sentí mi espíritu dirigido a rogar al Señor para que confundiese su envidia y maldad, pusiere Su Verdad por encima de todos, y elevara Su semilla; y me dijo la Voz de trueno, "Yo te he glorificado y te volveré a glorificar." Y estaba yo tan lleno de gloria, y mi cabeza y mis oídos estaban tan llenos de gloria, que cuando los jueces volvieron a entrar precedidos de las trompetas, parecían todos hombres muertos ante la Vida que había en mí. Y el Señor oyó, respondió y los confundió en sus procedimientos en contra mía; y, a pesar de todo el mal que querían hacerme, se encontraron los más grandes errores en la acusación.

Habiéndome negado a que nadie abogase por mí, el juez, me preguntó qué tenía que alegar en mi defensa; y le respondí que yo no era abogado, pero mucho tenía que decir si quería él tener paciencia de escucharme. Al oír esto, él, y otros, se rieron, y después dijo, "Veamos; a ver que tienes que decir, creo que nada." "Sí," dije yo, "mucho tengo que decir; ten tan solo paciencia de oírme." Entonces le pregunté si, el juramento de Lealtad, lo tenían que prestar los súbditos del rey de Inglaterra, o los súbditos de príncipes extranjeros; y me respondió, "Solamente los súbditos de este reino." "Pues bien," dije, "mire la acusación y podrá ver como no ha puesto la palabra súbdito; de modo que, no habiéndome nombrado en la acusación como súbdito, no podéis castigarme por haberme negado a prestar el juramento." Compararon entonces el estatuto con la acusación y vieron que era como ya había dicho. El juez confesó que era un error.

Dije que aun tenía algo más que decir, para suspender el juicio, y le pedí que mirase en qué día decía la acusación que me habían presentado la fórmula del juramento, en la sesión del tribunal allí celebrada. Miraron y dijeron que en el día once de Enero. "¿En qué día de la semana se celebraron las sesiones?" pregunté, "En Martes," me respondieron; y entonces les dije, "Miren en sus almanaques y vean cuando se ha celebrado en Lancaster sesión alguna del tribunal, el día once de Enero." Miraron y vieron que el día once era el día llamado Lunes y que las sesiones se habían celebrado el día llamado Martes, que era el día doce de Enero. "He aquí," proseguí, "me acusan de haberme negado a prestar juramento, en la sesión del tribunal, celebrada en Lancaster el día once del último mes de Enero; los magistrados han jurado que me habían presentado el juramento, en la sesión pública, celebrada aquí dicho día, y el jurado en consecuencia me ha declarado culpable; y ahora ven como aquel día no se celebró sesión alguna del tribunal en Lancaster." Entonces el juez, para tapar el asnto, preguntó si las sesiones no empezaron el día once; y alguien del tribunal le respondió, "No, no se celebraron sesiones más que un solo día, y este fue el día doce." Dijo el juez que era esta una grave equivocación; y los magistrados estaban tan furiosos, que se disponían ya a marcharse del tribunal; y, dando con el pié en el suelo, preguntaron, "¿Quién ha escrito esta acusación? Alguien que lo ha hecho intencionalmente." Entonces yo pregunté, "¿Es que los magistrados, que han jurado esta acusación, no han jurado en falso, ante los ojos de toda la región? Mas esto no es todo," proseguí, "aun tengo más que decir para que sentencia no sea emitida en contra mía."

Pregunté en qué año del rey se había celebrado la última sesión del tribunal, el último mes llamado de Marzo; y el juez me respondió, "En el año décimosexto del rey." "Pero," le dije, "la acusación dice que fue en el año décimoquinto del rey." Lo miraron, vieron que así era, y también reconocieron que era otro error. Otra vez se inquietaron sin saber qué decir; ya que el juez había recibido el juramento de los oficiales del tribunal, de que me habían presentado la fórmula del juramento de Lealtad, en el día mencionado en la acusación. "Ahora bien," continué, "¿No ha jurado también en falso el tribunal, habiendo afirmado que la fórmula me había sido presentada en el juicio aquí celebrado en el año decimoquinto del rey, cuando fue en el décimosexto, jurando así el año en falso?" El juez pidió que se viera si la acusación de Margarita Fell estaba redactada de la misma manera. Lo miraron y no lo estaba.

Dije al juez que aun tenía más que decir para evitar que se pronunciara sentencia: y le pregunté si en la acusación se tenía que poner toda la fórmula del juramento. "Sí," me respondió, "tiene que ponerse." "Entonces," le dije, "compara la acusación con la fórmula del juramento donde podrás ver estas palabras, que dicen, o derivado de alguna autoridad, o pretendido que de él se derive o de la autoridad del papa, las cuales no están en la acusación y son parte principal de la fórmula del juramento, y en otro lugar, las palabras, herederos o sucesores, que tampoco están." Reconoció que también esto era un grave error. "Pero," le dije, "aun tengo más que alegar, todavía no he terminado." Y replicó el juez, "No, es ya suficiente, no necesita decir nada más." "Sí," le dije, "ya sé que es suficiente, y sólo deseo que hagas justicia, cumpliendo la ley, porque yo no pido clemencia." "Tendrá justicia," me respondió, "y tendrá la ley." "En ese caso," le pregunté. " ¿Estoy en libertad y libre de todos los cargos que aquí se me han hecho, con respecto a esta cuestión?" "Sí," dijo el juez, "está libre de todos los cargos que se le han hecho; pero, ahora," añadió, levantándose iracundo, "yo puedo aquí exigir a quien yo quiera, que preste el juramento, y se lo volveré a exigir." Le dije que el día antes había ya él tenido bastantes ejemplos, de juramentos prestados en falso, en los magistrados y en el jurado; porque yo había visto, con mis propios ojos, como tanto los unos como los otros, habían jurado en falso. Sin responderme, me preguntó si quería prestar el juramento. Le pedí que me hiciese justicia, por haber estado preso todo aquel tiempo: ¿Por qué razón había estado preso tanto tiempo, injustamente? e insistí en que debía de ponerme en libertad. "Ya está en libertad," me dijo, "pero yo le vuelvo a presentar la fórmula del juramento, para que usted lo preste." Entonces, volviéndome hacia la gente, dije, "Sepan todos los que aquí están, que esto es una trampa; porque ahora mismo yo tendría que estar libre, del carcelero y de este tribunal." En esto el juez se puso a gritar, "Denle el libro;" y el alguacil y los magistrados también gritaron, "Denle el libro." El poder de las tinieblas se levantó en ellos, como una montaña; y un escribano me alargó un libro. Me estuve quedo, y luego dije, "Si es una Biblia, dénmela, pónganla en mis manos." "Sí, sí," gritaron el juez y los magistrados, "Dénsela, dénsela." Tomé el libro, lo miré y dije, "Veo que es una Biblia y ello me causa gran alegría."

En esto, el jurado, estaba esperando; porque después de haber dado el veredicto anterior, el juez, no los dejó marchar, a pesar de que ellos lo querían, y les dijo que no les daba licencia de que se fueran porque los necesitaría y, por consiguiente, tenían que quedarse, dispuestos para cuando los llamara. Cuando yo vi esto, comprendí la intención del juez de que, si me ponían en libertad, él volvería a insistir para que me condenasen; y, mirándole a la cara, se levantó en él, el testigo de Dios, que lo hizo enrojecer cuando el también me miró, porque vio que había yo comprendido. A pesar de ello, endureciendo su corazón, hizo que, en presencia del jurado, me leyesen el juramento; y cuando lo hubieron leído me preguntó si quería o no prestarlo. Entonces yo respondí, "Me ha dado un libro, para que lo bese y jure sobre él; y este libro, que me ha dado para que besara, dice, "Besen al hijo"; y el Hijo dice, "No juren," como también lo dice el apóstol Santiago. Y ahora sucede que, por decir yo como dice el libro, me encarcelan; ¿Cómo es que no encarcelan también al libro por decir lo que dice? ¿Cómo es que tienen al libro en libertad, el cual me advierte a no jurar, y me encarcelan a mí por hacer como el libro me manda? ¿Por qué no encarcelan al libro? Mientras así les hablaba, levantando en mi mano el libro abierto, por el lugar donde está escrito que Cristo prohíbe jurar, me lo arrebataron de la mano; y dijo el juez, "Al libro no, pero vamos a encarcelar a Jorge Fox." Esto corrió por todo el país y se repetía, como refrán, que me habían dado, para que jurase sobre él, un libro en el cual se prohíbe jurar; y que mientras la Biblia estaba en libertad, estaba yo encarcelado por hacer como la Biblia dice. En esto, como el juez insistiera en hacerme jurar, le dije que jamás había prestado juramento alguno, en mi vida, ni hice convenios ni me comprometiera a nada, pero que mi sí y mi no me ligaban más que a muchos otros un juramento; que ya tenían experiencia bastante de lo que significaba para los hombres, un juramento, jurando primero por los unos y después por los otros, y como en aquel mismo momento el tribunal y los magistrados habían jurado en falso. Añadí que era yo un hombre de conciencia piadosa, y que si ellos tenían alguna idea de que era una conciencia piadosa, tendrían que considerar que, en obediencia a Cristo, yo no podía jurar. "Pero," continué, "si alguno de ustedes puede convencerme de que Cristo y los apóstoles mandaron a los cristianos que jurasen, después de haberlo prohibido, entonces, yo juraré." Y, como estaban allí muchos sacerdotes, añadí, "Si ustedes no pueden hacerlo, dejen que se levanten sus ministros y lo hagan." Ninguno de ellos respondió. "¡Oh!" exclamó el juez, "el mundo entero no lo podría convencer a usted." "No," le respondí, "¿Porqué debería convencerme el mundo? Si el mundo yace en la maldad. Pero a sus hombres espirituales, como ustedes los llaman, para ver si ellos me convencen." Entonces el alguacil y el juez dijeron, "El ángel juró en el Apocalipsis." Y yo respondí, "Cuando Dios trajo al mundo a Su Hijo unigénito, dijo: "Que todos los ángeles de Dios lo adoren." Y El dijo, "No juren." "Basta," gritó el juez, "No quiero discutir." Me dirigí entonces al jurado diciéndole que yo no podía jurar por la causa de Cristo, y que, por consiguiente, les advertía de que no hicieran nada en contra de lo que de Dios había en sus conciencias, porque todos ellos comparecerían ante Su tribunal. Y luego les dije, "En cuanto a conspiraciones y persecuciones, por cuestiones de religión y de papismo, lo repruebo de todo corazón, porque soy cristiano, y en este día os daré prueba de lo que es ser cristiano soportándolo todo por la causa de Cristo; porque así fue dicho, "Lotish shabiun becoll daber." Y todos me miraban, reinando gran calma. Y tuve aun más razones con el juez y con el jurado, antes de que el carcelero me llevase.

Por la tarde, me volvieron a llamar y me tuvieron entre los ladrones por bastante rato; y estuve con el sombrero puesto hasta que el carcelero vino y me lo quitó. Estando en poder del jurado, la nueva acusación en contra mía de haberme negado a prestar juramento, me llamaron a la barra y el juez me preguntó si tenía algo que decir en mi defensa. Les dije que me leyeran la acusación porque no quería contestar a lo que no había oído. La leyó el escribano, y, mientras leía, le dijo el juez, "Tenga cuidado de que no vuelva a haber errores." Leía de tal manera que apenas entendí lo que decía; y cuando hubo terminado, el juez, me preguntó que tenía que alegar con respecto a la acusación. Le respondí que, oyendo de una vez escrito tan largo, y a tal distancia que no podía oír distintamente todas sus partes, no podía decir nada; pero que si podían darme una copia, y tiempo para estudiarla, daría la contestación. Esto los hizo reflexionar unos momentos, mas al cabo de un rato el juez me preguntó que cuanto tiempo necesitaba. Y le respondí, "Hasta la próxima reunión del tribunal." "Pero," replicó él, "¿Cómo se declara usted ahora? ¿Es culpables o no es culpable?" Y le respondí, "No soy culpable en absoluto, por negarme a jurar obstinadamente y convencido de que así tengo que hacerlo; y en cuanto a todo eso que se menciona en el juramento, de conspiraciones jesuitas y poderes extranjeros, lo niego de corazón; y de poder yo prestar algún juramento, éste sería el que prestaría, pero jamás presté juramento alguno en toda mi vida," El juez dijo que decía bien, "Pero," añadió, "El rey juró, el parlamento ha jurado, yo juré y los magistrados han jurado, y la ley se guarda por los juramentos." A esto le dije que ya tenía él experiencia bastante del valor de los juramentos de los hombres y que ya había visto, el otro día, como los magistrados y el jurado habían jurado en falso; y que si había leído el Libro de los mártires, que dice de cuantos mártires se negaron a prestar juramento, en la época de las diez persecuciones y en los días del obispo Bonner, ya habría visto que el negarse a jurar, en obediencia al mandamiento de Cristo, no era una cosa nueva. Me dijo entonces que desearía que las leyes fuesen de otra manera. Y yo le dije, "Nuestro Sí es sí y nuestro No es no; y si nosotros no cumplimos nuestro sí o nuestro no, que seamos castigados como lo son, o lo deben de ser, los que juran falsamente." Le dije también que esto se lo habíamos dicho al rey que lo había juzgado razonable.

Después de discutir aun algo más, me condenaron otra vez a que estuviera en la prisión hasta que el tribunal volviera a reunirse; y el coronel Kirby, dio orden al carcelero de que me tuviera encerrado sin dejar que ningún ser viviente se me acercase, porque, según dijo, yo no apto para estar en conversación con los hombres. Entonces me metieron en una torre, adonde venía a parar el humo de las otras habitaciones, de tal manera, que se condensaba en las paredes como si fuese rocío, y algunas veces era tan espeso que apenas si podía ver la vela que estaba encendida; y, a pesar de estar encerrado bajo tres cerrojos, me costaba gran trabajo convencer al carcelero subalterno, cuando había mucho humo, de que subiera a abrir una de las puertas de arriba, de tanto como él mismo le temía al humo; de modo que poco faltaba para que no me asfixiara. Además, llovía sobre mi cama y, más de una vez, cuando en los días más fríos del invierno trataba de hacer algo para impedir que la lluvia cayese sobre mí, mi camisón de dormir se ponía como el cieno a causa del agua que caía, y, como la celda estaba tan alta y expuesta al viento, apenas lo había arreglado que ya el viento se lo llevaba. De esta manera pasé todo aquel invierno, largo y frío, hasta que llegó el día de la reunión del tribunal. Estaba muy débil a causa de la humedad y del frío, mi cuerpo estaba hinchado y mis dedos casi paralizados.

Las sesiones del tribunal empezaron el día 16 del mes llamado de Marzo del año de 1664-1665. Vinieron los mismos jueces, Twisden y Turner, y me llevaron ante el juez Twisden, que esta vez presidía el tribunal de la corona. Me había ya enterado de los errores que también había en esta otra acusación, porque a pesar de que, en el otro juicio, el juez Turner había dicho a los oficiales del tribunal, "De favor, miren bien de que toda la fórmula del juramento esté en la acusación, que no se omita la palabra súbdito y que el día del mes y el año del rey estén correctamente; porque es vergonzoso que toda la región sepa que ustedes cometen tantos errores"; sin embargo había muchos errores y grandes, en esta acusación como en la anterior. Era seguro que la mano del Señor estaba en todo ello, para confundir su maldad en lo que hacían en contra mía, y los cegaba para que se equivocasen; tanto más que, cuando se celebró el otro juicio, el juez había examinado la acusación por sí mismo, y la había revisado junto con los escribanos y, con todo y ello, el día del mes estaba equivocado y varias palabras importantes de la fórmula del juramento habían sido olvidadas. Sin embargo, confiados, siguieron adelante contra mí seguros de que todo estaba bien y en orden.

Cuando estuve en la barra y hubieron llamado al jurado, para que prestase juramento, el escribano me preguntó si tenía yo alguna objeción que hacer en contra de los que formaban parte del jurado. Le dije que no los conocía. Entonces, luego que el jurado hubo prestado juramento, tres oficiales del tribunal juraron que en el último juicio me había sido presentada la fórmula del juramento para que lo prestara; como así constaba en la acusación. "Bien, bien," dijo el juez, "bueno es que no se hizo a hurtadillas"; y me preguntó que había dicho a ello o si había prestado el juramento. "Le repetí, lo que había ya dicho, o sea, que en el libro que me dieron para que sobre él prestase juramento, dice, "No juren"; y también todo cuanto pude recordarme de lo que había ya dicho. El juez entonces me dijo, "No pienso discutir con usted más que de lo concerniente a la ley." En ese caso," le respondí, "Tengo algo que decir al jurado referente a la acusación." Me dijo que nada tenía que decir al jurado sino a él; y entonces le pregunté si el juramento lo prestaban solamente los súbditos del rey o también los súbditos de príncipes extranjeros. Me respondió, "Los súbditos de este reino, y no le diré nada," prosiguió, "aparte de lo concerniente a la ley." "Entonces," le dije, "mira la acusación y podrás ver como la palabra súbdito tampoco está en esta; de modo que siendo que el juramento no lo prestan más que los súbditos de este reino, y no me designan como súbdito, el tribunal no tiene por qué darse por enterado de esta acusación." Apenas había pronunciado estas palabras el juez se puso a gritar. "Lléveselo, carcelero, lléveselo." Y a toda prisa me sacaron de la sala. El carcelero y toda la gente esperaban que me volverían a llamar; mas no fue así, y no volví a comparecer ante el tribunal, a pesar de aun había muchos más errores graves en la acusación que no había podido decir.

Luego que hube salido, el juez, preguntó al jurado si estaba de acuerdo. El jurado respondió afirmativamente y, según me dijeron, me declararon culpable en nombre del rey. Nunca me llamaron a oír la sentencia ni que yo sepa se pronunció sentencia alguna. Más tarde supe que, cuando leyeron la acusación con más detenimiento, vieron que no estaba bien escrita; y habiendo recibido el juez el juramento prestado por los oficiales del tribunal, de que en el último juicio se me había exigido a jurar, en el día tal, que constaba en la acusación; como la fecha estaba equivocada, de haberme permitido el juez que hablase en mi defensa hubiese probado que los oficiales del tribunal habían jurado en falso; y esto fue, según parece, la razón por la cual me hizo salir con tanta prisa. El juez había dado una sentencia en contra de Margarita Fell antes que yo fuera traído; y parece ser que, cuando me hacían salir tan precipitadamente, me inscribieron en el registro como confiscado en mis bienes, a pesar de que ni fui a oír la sentencia ni nunca me la hicieron saber; lo cual era absolutamente ilegal. Porque, no solamente tenía yo que estar presente cuando se leyera la sentencia, sino que antes también tenían que preguntarme si tenía algo que alegar en mi defensa. Mas, como ellos ya sabían que era mucho lo que tenía para decir, no hubieran podido sentenciarme de haberme dejado hablar.

Mientras estaba preso en Lancaster, se hablaba mucho, debido a grandes rumores que corrían, de que el turco estaba invadiendo la cristiandad; y muchos hubo que fueron presa de grandes temores. Mas, un día, mientras me paseaba por mi celda, vi que el poder del Señor se volvía contra el turco y que tenía que retirarse. Dije a unos cuantos lo que el Señor me había hecho ver, cuando había tan gran temor de que invadiese toda la cristiandad; y, al mes siguiente, llegaron nuevas que daban cuenta de como había sido derrotado. (Nota: El ejército turco había rodeado Viena, amenazando a toda la Europa cristiana. Un llamado urgente para pedir ayuda fue enviado a los Cossacks de Ukrania, famosos por su abilidad de pelear en contra de los turcos y los tártaros. Varios miles respondieron, y junto con los ejércitos austriacos y polacos, lanzaron un ataque coordinado que derrotó a los turcos. Los Cossacks entonces trataron de hacer que el ejército turco se retirara, para destruirlo cerca de Budapest.)

De Valiante por la Verdad:

Mientras Jorge Fox se hallaba en la cárcel los sufrimientos de los Amigos fueron aumentados, debido a una Acta del Parlamento llamada la infame "Acta contra Conventículos." Declaraba esta acta que cualquiera persona desde la edad de dieciseis años, que fuese hallada en una reunión o conventículo con el pretexto de ejercer culto o religión en una manera conraria a la liturgia de la Iglesia Anglicana, en cuya reunión hubiese cinco o más personas que no fuesen de la misma familia, debía sufrir multa de 5 libras ($25) por la primera ofensa, diez libras y prisión de seis meses por la segunda ofensa y transportación por siete años por la tercera ofensa. Esta ley empezó a regir desde el primero de julio de 1664, y excitó el justo odio de los pensadores de Inglaterra. La intervención en la vida doméstica, el aliento que daba a familiares y delatores, el probable resultado de destierro de útiles ciudadanos cuya industria contribuía al aumento de la hacienda pública, todo esto fue expuesto a las autoridades, como también el hecho que semejante maldad atraería sobre la nación, tarde o temprano, los justos juicios de Dios. Tenía la mira esta ley de poner trabas a todos los disidentes, mas raras veces se llevó a cabo sino en contra de los Amigos, y bien pronto las cárceles se llenaron de ellos porque no querían ceder su libertad de conciencia.

Uno de ellos, Jorge Whitehead, dice en un folleto que se publicó en aquel tiempo:-"Desde entonces hemos guardado nuestras reuniones en obediencia al Señor Dios, según la libertad que Él nos ha dado, no podemos abandonar este testimonio a la verdad de Dios, mas debemos serle fieles, sea cual fuese nuestro sufrimiento por esta causa." Tomando ventaja de su fidelidad en el cumplimiento de este deber, los magistrados apresuraron sus arrestos para librar la nación de este pueblo peligroso, como decían, cuya presencia les fue tan odiada. Después de dispersar una reunión, los presentes fueron encarcelados por algunos días y entonces puestos en libertad, al hallarse otra vez reunidos volvían a la cárcel, y antes del 12 de agosto, o seis semanas después del decreto había ya ocho arrestados por la tercera ofensa. Su acusación fue presentada ante el Gran Jurado, pero los miembros del jurado no podían convenir en un fallo, e ignoraban el Acta. El Juez les obligó a considerar de nuevo su acción, y entonces rindieron el fallo de culpable. El juez entonces dijo a los presos que si prometían no volver a las reuniones les pondría en libertad. Como no pudieron prometerlo fueron sentenciados a ser transportados allende el mar, algunos a Barbados, y otros a Jamaica.

Se levantó una nueva dificultad, pues no hallaban capitanes de buques que se prestaban a llevarlos. Por fuerza obligaron a uno a tomarlos abordo de su buque, que fue llevado de acá para allá de por vientos contrarios, de modo que no podía seguir su camino. Después de dos meses de fatigas, el capitán y marineros se llenaban de miedo, y desembarcaron los inofensivos Amigos en el puerto de Deal, dándoles certificado que no eran desertores, sino habían sido libremente desembarcados por el capitán, porque, añade él:-"No me atrevía a llevar estos presos, porque hallé que eran hombres honrados que no merecían destierro."

Los Amigos volvían a sus casas, y por carta dieron a conocer todo lo acontecido al Rey y al Concejo y fueron devueltos a prisión hasta que hallasen quien les llevara al destierro. Quedaron en la cárcel siete años, hasta que el Rey dio orden que fuesen puestos en libertad.

Doscientos fueron sentenciados a destierro durante este y el siguiente año, mas debido a la dificultad antedicha solamente diecisiete fueron llevados al destierro. Los demás permanecieron encarcelados en donde varios murieron por su fidelidad a sus creencias religiosas. Sin embargo el poder del Señor les sostuvo, como se ve por la siguiente carta de uno que fue sentenciado a destierro en Jamaica:-"No hay Dios como nuestro Dios, que está siempre listo para socorrer a los suyos, y su presencia da vigor a nuestros corazones." Su constancia se deja ver en la siguiente respuesta de una mujer cuando le preguntaron que podía oponer a la evidencia que tenían en su contra:-"Si tuviera tantos cuerpos como cabellos, daría todos en defensa de la verdad de Dios."

Al concluírse el año 1664 la persecución continuó aumentando, y el nuevo año empezó con un aspecto lúgrube. El Rey decía que no quería ver ni oír más a los Amigos porque nada podía hacer en su favor; y así cuando se reunían los domingos para el culto no sabían si volverían a sus hogares o serían llevados a las cárceles o al destierro. Mientras se cumplían estas leyes rigurosas para conseguir uniformidad en el culto externo, quedó olvidada la verdadera religón. Era una época de corrupción e inmoralidad. La lujuria de la Corte se repetía entre el vulgo, y borracheras, blasfemia y prostitución reinaron en todas partes de la nación.

Varios de los Amigos enviaron amonestaciones al Rey y al Parlamento, como anunciándoles en cumplimiento de su deber los justos castigos de Dios sobre su impiedad.

Una de estas fue escrita por Jorge Fox el Menor, como fue llamado para distinguirlo del venerable preso del castillo de Scarborough. Era a principios de 1661 que escribió, y lamenta los castigos que el Señor le había enseñado que habían de venir sobre Inglaterra, "Un azote desterrador, sí, un azote grande, aún, un juicio grande y terrible vendrá sobre la tierra, y muchos caerán y serán llevados."

Otro de los Amigos escribió la siguiente brevísima epístola, dirigida al Rey y a las dos cámaras de Parlamento:-

"No estorbéis a mi pueblo, por causa de su conciencia, no los desterréis porque obedecen a su conciencia, porque si lo hacéis, enviaré mis plagas sobre ustedes, y sabrán que yo soy el Señor.

Escrita en obediencia a Dios por su siervo,

JORGE BISHOP."

A principios de 1665 dos grandes males cayeron sobre el pueblo inglés, en que no es de sorprenderse que los Amigos viesen la mano del Señor, castigando un pueblo impío y perseguidor. La guerra contra Holanda, emprendida sin justa causa por la Corte, y promovida por el egoísmo de Francia, trajo sobre el pueblo los resultados inevitables de corazones quebrantados, vidas sacrificadas y el dinero de la nación gastado inútilmente.

Otra vez, paseándome por mi celda, con los ojos puestos en el Señor, vi al ángel del Señor que, en dirección hacia el Sur, blandía desenvainada una espada reluciente, y parecía como si la corte estuviera en llamas. Poco después, estallaron las guerras con Holanda, apareció la epidemia y al poco tiempo el incendio de Londres; de modo que la espada del Señor estaba en verdad desenvainada.

De Valiantes por la Verdad:

Cuando pasaron los primeros meses del año, de ciudad y villa se levantó el grito de terror: "La peste ha llegado." Entre las festividades de la Corte andaba un huésped no invitado, llevando temor y espanto a todos los corazones. Agarrando igualmente a pobres y ricos, jóvenes y ancianos, nobles y plebeyos, sembró de víctimas sus temibles huellas, y en cinco meses murieron cien mil de los habitantes.

Los negocios en Londres fueron olvidados, el comerciante abandonó su tienda e iba a su casa a morir, el artesano dejó su taller, y el Rey sus cortesanos huyeron a Oxford, y la mitad de las casas en la ciudad llevaban en sus paredes el significante rótulo "Dios tenga misericorida de nosotros." El zacate empezó a crecer en todas las calles, excepto las que conducían a los cementerios, y en lugar del ruido de los talleresy el comercio, se oyó lamentos y llanto fúnebre. Al principio los entierros eran de noche solamente, pero más tarde se oyó a todas horas el grito: "Saquen a sus muertos," cuando pasaba el carro fúnebre en su triste misión, llenando de espanto los corazones más valientes, y haciendo que los enfermos al oír el clamor voltearan sus caras a la pared para morirse más presto, o sin que sus amigos les viesen morir.

No obstante esta visitación, la persecución contra los disidentes siguió en aumento, y desde Oxford fue promulgada "el Acta de las cinco millas." En el prólogo decían que los ministros disidentes "enseñaban división y rebelión entre el pueblo." La ley declaraba ser ofensa penal que un ministro de los disidentes enseñase en escuela, o anduviese [si no fuese de paso] dentro de cinco millas de una ciudad o villa, o pueblo incorporado, en que había predicado o enseñado desde la promulgación del
"Acta de Uniformidad," antes de haber suscrito al juramento ante dicho en presencia de un magistrado, so pena de multa de 40 libras esterlinas [$200]. La tercera parte de ésta tocaba al denunciante. Aunque esta ley fue dirigida contra los ministros presbiterianos, bautistas e independientes, fue principalmente usada para perseguir a los Amigos.

Seguían enviando los presos a Newgate hasta que la peste empezó en la cárcel, y los médicos aconsejaron al Rey a no enviarles más presos. Padecieron mucho los Amigos dentro de aquellos muros, mas con verdadera resignación cristiana. Jorge Whitehad permaneció en Londres durante la epidemia y hablando de los que sufrían entonces en prisión nos ha dejado el siguiente testimonio:-"Cuánto dolor y tristeza oprimen mi corazón en vista de sus sufrimientos, me ha refrescado el pensamiento que Cristo, su salvación y redención, fue manifestado a ellos. A los tales el vivir era Cristo y el morir ganancia, porque por la muerte Dios les había ordenado su final libramiento de la crueldad de sus opresores."

El Rey una vez preguntó si alguno de los Amigos había muerto de la peste, y cuando le dijeron que sí, contestó:-"Entonces no pueden decir que es ua plaga o castigo a sus enemigos por haberlos perseguido, puesto que ellos mismos padecen igualmente." Mas la idea general de castigos nacionales por pecados nacionales que habían enseñado los puritanos prevalecía, y muchos además de los Amigos, que lamentaban el pecado y maldad de aquel siglo, veían en aquella calamidad una visitación de Dios ofendido sobre un pueblo rebelde y pecador.

Las viudas y los huérfanos que dejaba en su tren la peste, reclamaban la atención de la Sociedad de los Amigos, tan pronta siempre para simpatizar con los afligidos y menesterosos. Muchos de ellos, tanto mujeres como hombres, formaban asociaciones, reuniéndose cada semana, para formar planes para levantar socorros y suplir sus necesidades. Los que vivían fuera de la ciudad mandaban recursos y a veces prestaban su servicio personal para ayudar a los afligidos.

En esto, debido a tan largo encarcelamiento, siempre encerrado en un sitio tan malsano, mi cuerpo se fue debilitando; mas el poder del Señor, que está sobre todo, me sostuvo en todo y me dio así la posibilidad de que le sirviera, para la causa de Su verdad y de Su pueblo, según lo permitiera el lugar donde me hallase. Y mientras estuve en la prisión de Lancaster respondí a varios libros, como la Misa, la Oración Común, el Directorio y la Fe de la Iglesia; las cuales son las cuatro religiones principales que se han levantado desde los días de los apóstoles. Y debido a que habían varios Amigos en la cárcel en Lancaster y otras cárceles por no pagar los diezmos, fui inspirado a escribir las siguientes líneas con respecto a los diezmos:

En el tiempo de la ley, aquellos no trajeron sus diezmos al alfolí le robaron a Dios; entonces no había alimento en sus hogares. Por lo tanto el Señor mandó a traerlos a su casa, para que haya alimentos en el alfolí, los cuales debían alimentar al extraño huérfano, y la viuda." Pero estos sacerdotes que son falsos, que toman los diezmos de la gente por medio de la ley, son de la bestia; y si alguno no les paga, los echan en la cárcel, o les hacen pagar el triple. Éstos le roban al pobre, le roban a los huérfanos, y no alimentan al forastero o a la viuda; y así el llanto de los que han sido robados sube hasta el cielo en contra de estos sacerdotes falsos. Muchos han sido hechos casi como mendigos por estos sacerdotes opresivos, su ganado y su grano les ha sido quitado; y han sido echados en la cárcel. Otros han sido demandados por los sacerdotes, y se les ha hecho pagar el triple; sin embargo se suponía que estos sacerdotes eran ministros del evangelio. Aunque desde que llegó el sacerdote que no cambia (Cristo), el sacerdocio que cambia lo ha estado negando, como nosotros ahora negamos a estos sacerdotes. Pero si alguno ahora es inspirado a clamar en contra de ellos, es puesto en el cepo, golpeado, o encarcelado. Muchos ahora están en la cárcel de Lancaster y otros lugares por una ley nacional, la cual no está de acuerdo con la ley de Dios entregada por Moisés. No leemos en la Biblia que bajo la ley de Moisés alguna persona sufrió de encarcelamiento, o la toma de sus bienes por no pagar los diezmos, o que se exigiera que pagara el triple. De cierto, de cierto, el llanto de venganza será oído, el cual se levanta de las almas oprimidas que están bajo el altar. Hay muchos prisioneros en Kendal, porque no pueden pagar los diezmos, como el capitán Ward, Tomás Robertson, y la viuda Garland, quienes tienen muchos hijos pequeños; éstos sufren porque no ueden pagar los diezmos. Otros están en la prisión de Kendal, quienes fueron inspirados por el Señor para hablar a los sacerdotes; una fue inspirada a vestirse de cilicio, y después con cenizas sobre su cabeza. Otros han sino inspirados a vestirse de cilicio, como lamentación por el estado miserable de esta nación, debido a que tantos están predicando el evangelio, y sin embargo hay tantas disputas, debates, juramentos, y disensiones entre la gente. Pero donde el evangelio es recibido de verdad, las disputas y las contiendas se acaban, y la opresión es levantada. ¡Oh! La tierra llora por la opresión de aquellos que se llaman 'ministros.' Y aunque el llanto de los oprimidos no ha entrado en los oídos de los magistrados, sin embargo el llanto de los pobres oprimidos de Dios ha entrado en los oídos del Señor del sábado, quien ahora será vengado en todos sus adversarios. Ustedes que son legisladores injustos y jueces injustos, le hablo a todo esto en sus conciencias; para saber si ustedes oirán o rehusarán oír, cuando sean juzgados por el Juez del cielo y la tierra, cuyo terror ha salido en contra de todos los impíos, y todos los opresores del pueblo de Dios.

Jorge Fox

Después del juicio, el coronel Kirby y otros magistrados, a quienes molestaba mi presencia en Lancaster, a causa de la triste manera como había tenido que arrancarles el pellejo cuando me juzgaron, estaban maquinando que me trasladaran a algún lugar remoto; y el coronel Kirby amenazó con que me enviarían lo bastante lejos, más allá del mar. Cerca de seis semanas después de