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CAPÍTULO II Iba hacia Nottingham en compañía de varios Amigos, un Primer día por la mañana, para celebrar allí una reunión; cuando desde la cima de una montaña que dominaba la ciudad me detuve a observar el campanario de la iglesia; y me dijo el Señor, "Tú tienes que ir ahí a clamar contra el gran ídolo y contra los adoradores que ahí están." Mas sin decir nada de esto a los Amigos que conmigo estaban, seguí con ellos hasta el lugar de la reunión, donde el poder del Señor fue entre nosotros, y en Él los dejé, marchándome a la iglesia. Cuando llegué la gente allí reunida parecía un campo árido y el sacerdote sobresalía en el púlpito como un promontorio de tierra. Había tomado como texto para su sermón aquellas palabras de Pedro que dicen, "Tenemos también la Palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones." Y explicaba al pueblo que esta Palabra era las Escrituras, a las que debían sujetar todas sus doctrinas, religiones y opiniones. Al oír esto, tan poderoso fue sobre mí el poder del Señor y tan fuerte en mí que no me fue posible contenerme y gritando dije, "Oh, no, esto no es las Escrituras" y les expliqué lo que era, o sea, el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras a los hombres santos de Dios, y al cual tienen que supeditarse opiniones, religiones y juicios, porque ello guía a la verdad absoluta dando así el conocimiento de toda verdad. Los judíos también tienen las Escrituras y, sin embargo, se resisten al Espíritu Santo y rechazan a Cristo, la estrella resplandeciente de la mañana, y persiguiendo a Cristo y a sus Apóstoles tomaron sobre sí el ajustar sus doctrinas a las Escrituras, pero erraron en su juicio y no las ajustaron bien porque lo hicieron sin el Espíritu Santo. En esto estaba, cuando se presentaron los guardias y sacándome de allí me llevaron a una cárcel sucia y hedionda de tal manera, que el hedor de su letrina llagaba hasta mi celda llevado por el viento, y este hedor penetrando por mi nariz y garganta, poco faltó para que me asfixiara.
Pero esto no impidió que aquel día el poder del Señor sonara en los oídos de la gente de modo tal, que sorprendidos de su voz continuaron oyéndola por mucho tiempo, tan a lo profundo les llegó el poder del Señor en la iglesia. Llegada la noche, me llevaron ante el alcalde, regidores y alguacil de la ciudad y, aunque cuando me introdujeron a su presencia, el alcalde estaba colérico e impertinente en extremo, el poder del Señor lo apaciguó. Me interrogaron largamente, explicándoles yo como fue que el Señor me había impulsado a venir; y después de cruzarse entre nosotros algunas razones, me mandaron otra vez a la prisión: mas poco después, el alguacil principal, John Reckless, me mandó a buscar para que me llevasen a su casa, y cuando entré en ella, su mujer, que me esperaba en el vestíbulo, dijo, "La Salvación viene a nuestra casa", y tomándome de la mano, se la veía embellecida por el poder del Señor Dios; y su marido y los niños y los sirvientes también estaban todos muy cambiados, porque el poder del Señor era en ellos. Viví entonces en casa del alguacil y celebramos en ella grandes reuniones a las que asistieron algunas personas de elevada condición social en el mundo, y se apareció eminentemente entre ellos el poder del Señor. Un día, este alguacil mandó por el otro alguacil y por una mujer con la que ambos habían tenido tratos, en cuestiones de negocios, y delante del otro alguacil dijo a la mujer que habiéndola engañado en sus tratos con ella (ya que él y el otro alguacil eran socios) estaban obligados a restituirle lo que en justicia le debieran; esto dijo, alegre en gran manera, mas el otro lo desmintió y la mujer aseguró que no sabía de que le estaba hablando; sin embargo, el alguacil honesto insistió en que así era y que bien lo sabía el otro, y, habiendo descubierto el asunto, reconoció el mal que ambos habían cometido y devolviendo a la mujer cuanto él por su lado le debía, exhortó al otro alguacil a que hiciese lo mismo.El poder del Señor que moraba en este alguacil honesto, operó en él un fuerte cambio, y tuvo grandes revelaciones. Un día, que era de mercado, se paseaba conmigo por la habitación, en zapatillas, cuando de repente me dijo, "Yo tengo que ir al mercado a predicar al pueblo el arrepentimiento", y así como lo dijo se fue, tal como estaba en zapatillas, al mercado y por las calles predicando el arrepentimiento; y como otras varias personas de la ciudad, se habían también sentido inspiradas de ir a hablar al alcalde y a los magistrados y a la gente, exhortándolos a todos al arrepentimiento, resultó que a consecuencia de todo ello los magistrados indignados, dieron orden de que me fuesen a buscar a casa del alguacil y de que me metiesen en la cárcel común. Cuando llegó la vista, uno hubo que se ofreció por mí, cuerpo por cuerpo y la vida incluso; mas cuando fue que tenía yo que ser llevado a presencia del juez, su cedió que el hombre mandado por el alguacil se retrasó algo en conducirme a la casa de sesiones, y cuando llegamos, el juez se había ya marchado; pero por lo que pude comprender, el juez, que estaba molesto conmigo, había dicho que bien hubiera amonestado a ese joven si se lo hubiesen puesto delante, llamándome así porque entonces estaba yo detenido bajo el nombre de "el joven." En resumen que me volvieron a llevar preso, y me metieron otra vez en la cárcel común. Sin embargo, el poder del Señor era grande entre los Amigos; pero el pueblo se amotinó y el gobernador del castillo tuvo que mandar soldados para que lo dispersara, después de lo cual se tranquilizó; pero así sacerdotes como seglares estaban atónitos de como se manifestaba el poder del Señor, volviéndose piadosos varios de los sacerdotes y confesando algunos el poder del Señor. Después que hube salido de la prisión de Nottingham, en donde pasé algún tiempo, seguí viajando como antes al servicio del Señor. Estando en Mansfield, fui un día al asilo de aquella localidad, y vi allí a una mujer perturbada, con el pelo todo desgreñado, a la que el médico intentaba sangrar inútilmente, pues a pesar de que estaba atada y de que varias personas la sujetaban violentamente, no conseguía sacarle sangre. Entonces yo pedí que la soltasen y que la dejasen sola, pues comprendí que ninguna de aquellas personas podía llegar al espíritu que tenía dentro y que la estaba atormentando. La soltaron, y sintiéndome inspirado le pedí en nombre del Señor que se tranquilizase, a lo cual obedeció, y después que le hube hablado, el poder del Señor serenó su mente, se curó, y mas tarde recibió la Verdad en la que perseveró hasta su muerte; siendo así honrado el nombre del Señor, al que pertenece la gloria de todas sus obras. Muchas cosas grandes y maravillosas fueron llevadas a cabo, en aquellos días, por el divino poder; porque desnudando el Señor su brazo omnipotente, manifestó su poder, para asombro de muchos, que vieron como por su virtud curativa muchos fueron librados de grandes enfermedades y los malos espíritus fueron sujetos por su nombre, de lo cual pueden citarse ejemplos particulares, que fueron más de lo que este siglo descreído merece. Mas bendito sea eternamente el nombre del Señor, e infinitamente honrado, y sobre todo ensalzado y magnificado sea el brazo de su glorioso poder, por el cual tantos hechos gloriosos El ha llevado a cabo; y dejemos que el honor y renombre de todas sus obras, a El solo sean adscritos. Estaba en el asilo de Mansfield, un Primer día, cuando me sentí impulsado a ir a la iglesia a declarar la Verdad al sacerdote y a la gente; pero cuando llegué la gente cayó sobre mí con tal rabia, que tirándome por el suelo poco faltó para que sofocándome no me ahogaran, y pegándome cruelmente con las manos, las Biblias y bastones me levantaron luego, a pesar de lo difícil que me era el tenerme en pie, y me pusieron en un cepo donde me dejaron por varias horas, y trayendo después los látigos que usan para los perros y para los caballos, me amenazaron con darme de latigazos, y me tiraron piedras mientras estaba sentado en el cepo. Pasadas unas horas, me llevaron a presencia del magistrado, que estaba en casa de un caballero de alta condición social, donde había también muchas personas importantes, los cuales al ver los malos tratos de que había sido víctima, me pusieron en libertad después de amonestarme mucho. Pero la gente ruda me echó del pueblo apedreándome y amenazándome con pistolas, por haberles predicado la Palabra de Vida. Mucho me costó después andar o sostenerme en pie a causa de lo magullado que estaba, y con gran esfuerzo conseguí andar cerca de una milla, encontrándome entonces con una gente que me dio ayuda y consuelo, pues también internamente estaba magullado, mas el poder del Señor vino a mí y me curó de todos mis males, sintiéndome muy feliz porque aquel día algunos se convencieron de la Verdad del Señor, volviendo a sus enseñanzas. Entonces me fui de Nottinghamshire a Leicestershire, con varios Amigos que me acompañaban. Habían algunos bautistas en ese lugar, a los cuales yo deseaba ver y hablar con ellos porque ellos se habían separado de la adoración pública. Por lo tanto Oats, uno de los maestros principales, y otros de los directores de ellos, con varios de su compañía, vinieron a encontrarse con nosotros en Barrow, donde nosotros disertamos con ellos. Uno de ellos dijo, 'lo que no era de la fe, era pecado.' Después de lo cual yo les pregunté, ¿qué es la fe? Y ¿cómo fue creada en el hombre? Pero ellos perdieron el interés en ello, y hablaron acerca de su bautismo en agua. Entonces yo les pregunté si su montaña de pecado había sido derribada, y rebajada en ellos. Y si sus caminos ásperos y torcidos habían sido hechos lisos y derechos en ellos. Ellos vieron las escrituras como que significaban montañas y caminos externos; pero yo les dije que ellos los tenían que encontrar en sus propios corazones; a lo cual ellos parecieron maravillarse. Nosotros les preguntamos, ¿quién bautizó a Juan el Bautista? ¿quién bautizó a Pedro, Juan y el resto de los apóstoles? Y les probamos con las escrituras que ellos fueron bautizados en agua: pero ellos estaban en silencio.
Entonces les pregunté, considerando a Judas, quien negó a Cristo, y fue llamado el hijo de la perdición, se había ahoracado, ¿cuál era el hijo de perdición del cual habló Pablo, quien estaba en el templo de Dios, exaltado sobre todo lo que se llama Dios? ¿Y qué templo de Dios era, en el cual se sentó el hijo de perdición? Y si el que traiciona a Cristo dentro de sí mismo, no es de la misma naturaleza de Judas quien traicionó a Cristo en Jerusalén. Pero ellos no sabían qué pensar de esto, ni qué decir. Así que después de discutir nos separamos; y alguno de ellos eran amables con nosotros. En el siguiente Primer día de la semana nosotros vinimos a Bagworth, y fuimos a una iglesia adonde habían ido algunos Amigos; y las personas los encerraron, y a sí mismos también con los sacerdotes. Pero después que el sacerdote había terminado de hablar, ellos abrieron la puerta, y entraron tambíen, y tuvieron un servicio para el Señor entre ellos. Después de esto nosotros tuvimos una reunión en la ciudad entre varios de los que tenían una opinión alta de su espiritualidad. Continuaba viajando cuando oí de una gente que estaba en la cárcel, en Coventry, por cuestiones religiosas, y mientras iba de camino para la prisión la palabra del Señor vino a mí, y me dijo. "Mi amor fue siempre para ti, y tú estás en mi amor", y me sentí maravillado con el sentimiento del amor de Dios y muy fortalecido interiormente; pero así que llegué a la cárcel en donde aquellos presos estaban, me sentí como paralizado por un gran poder de tinieblas, y me quedé sentado, con el espíritu recogido en el amor de Dios. Al fin los presos empezaron a blasfemar y a disparatar, lo que ofendía mucho a mi alma, diciendo que eran Dios y otro por su cuenta gritaba "No podemos resistir tales cosas"; cuando estuvieron calmados me puse en pie y les pregunté, si tales ideas eran suyas o si las habían sacado de las Escrituras, a lo que me contestaron que de las Escrituras; había allí una Biblia y les pedí que me mostraran de que pasaje, y me mostraron aquél de como a Pedro le fue bajad o del cielo un lienzo atado por los cuatro cabos lleno de animales que le eran ofrecidos para que los comiera, a lo cual se negó diciendo que eran inmundos, y entonces una voz le dijo "Lo que Dios limpió no lo llames tú inmundo," y cuando les demostré que esto no apoyaba en nada sus ideas, me mostraron otro pasaje que dice de que Dios reconcilia todas las cosas en Sí mismo, cosas en el cielo y cosas en la tierra, y también les dije que conocía este pasaje y que tampoco apoyaba sus ideas. Entonces viendo que decían que eran Dios, les pregunté si sabían si llovería al día siguiente y contestaron que no lo podían decir; volví a preguntarles si creían que siempre estarían en el mismo estado o si cambiarían, y me volvieron a responder que tampoco lo podían decir, y entonces yo les dije, que Dios podía decirlo y que Dios no cambia, "mientras que vosotros decís que sois Dios y, no obstante, no podéis decir si cambiaréis o no." Y ante esto, se quedaron confundidos y en paz por algún tiempo. Después que los hube reprendido por sus expresiones blasfemas, me marché porque me había dado cuenta de que eran Ranters. Nunca me había encontrado con ninguno, y admiré la bondad del Señor por habérseme aparecido antes de que estuviera entre ellos. No mucho más tarde, uno de estos Ranters, cuyo nombre era Joseph Salmon, escribió un papel o libro retractándose, por lo cual los pusieron en libertad. En otra ocasión, estaba a dos millas de Atherstone, en Warwickshire, cuando oí tocar la campana del mercado anunciando que había sermón, y esto me irritó, y sentí el impulso de ir a la iglesia; cuando llegué encontré que estaba allí hablando un hombre, y mientras yo estaba entre el gentío, la gloria y la vida brillaban sobre todo y me coronaban. Terminado que hubo el sacerdote, hablé, a él y a la gente, la Verdad y la luz que les dejó ver todo cuanto habían hecho; y hablé de su Maestro que está dentro de ellos y de como el Señor vendría a enseñarles, Él mismo; y todo esto los llenó de confusión y de rabia y dijeron a mis parientes que estaba loco y que me debían de atar, lo que a estos los puso furiosos, pero la Verdad fue sobre todo. Entonces me fui a Market-Bosworth donde también había sermón. El que predicaba ese día era Nathaniel Stephens, sacerdote del pueblo donde yo nací, el cual se puso furioso cuando yo hablé, a él y a la gente, y les dijo que yo estaba loco (a pesar de que antes había dicho a un tal coronel Purfoy que nunca había brotado planta semejante en Inglaterra) y les pidió que no me escuchasen; y entonces el pueblo instigado por este sacerdote impostor cayó sobre nosotros y nos echó del pueblo a pedradas, si bien que no nos hicieron mucho daño y que, a pesar de esto, algunas personas se volvieron misericordiosas aquel día y otras se confirmaron en la fe al ver la furia de sacerdotes y eclesiásticos; y las hubo incluso que gritaron al sacerdote que no era capaz de probar su ministerio. A medida que viajaba por mercados, ferias y diversos lugares, veía muerte y tinieblas en todos aquellos que no habían temblado por el poder del Señor. Pasando por Leicestershire, llegué a Twy-Cross donde encontré a dos aduaneros y el Señor me hizo ir a ellos para advertirles de que no oprimiesen a los pobres, y el pueblo se conmovió por esto. Había en esta ciudad un hombre muy importante que sufría una larga enfermedad, habiendo sido ya desahuciado por los médicos; algunos Amigos de allí quisieron que fuese a verlo, a lo que accedí, y subí a su cuarto y le hablé la palabra de vida, y sintiéndome inspirado rogué por él al Señor que oyendo mi ruego le devolvió la salud; mas cuando bajaba las escaleras para ir al cuarto de abajo y estaba hablando con los criados y con algunas personas de fuera que allí estaban, uno de sus sirvientes salió iracundo de un cuarto inmediato con un espadín desnudo en la mano, y lanzándose contra mí, que estaba desprevenido, lo puso contra mi costado. Me quedé mirándolo fijamente y le dije, "Desgraciado de ti, pobre criatura; ¿qué quieres hacerme con tu arma carnal? que para mí no es más que una paja." Los presentes estaban alarmadísimos y él se escurrió lleno de ira y confusión, y cuando su amo se enteró de lo ocurrido, le despidió de su servicio. De este modo el poder del Señor me guardó y elevó al hombre que de acuerdo con mi creencia y fe, había yo antes visto tan débil, el cual después sintió mucho amor por los Amigos, y cuando de nuevo volví a aquella ciudad, vinieron a verme él y su mujer. Después de esto, sentí la inspiración de ir a Derbyshire, donde el fuerte poder de Dios estaba entre los Amigos. Y me fui a Chesterfield, donde un tal Britland estaba de sacerdote, el cual veía más allá que los sacerdotes en general, por haber sido en parte convencido y haber hablado mucho en favor de la Verdad antes de que fuera a Chesterfield de sacerdote; pero cuando el sacerdote de esta ciudad murió, tomó el beneficio eclesiástico vacante ahogándose su espíritu con ello. Yo sentí la inspiración de hablarle, así como a la gente, en el gran amor de Dios, de que ellos podían evadirse de las enseñanzas de los hombres para ir a las enseñanzas de Dios, y a él le fue imposible contradecirme, lo cual no fue obstáculo para que me llevaran a la casa de corrección; pero no pasó mucho tiempo sin que el juicio del Señor fuera sobre este sacerd ote, que destrozado murió; llegada la noche, los oficiales junto con el guarda nos sacaron de la ciudad dejándonos que nos las ingeniáramos como pudiésemos. Estaba en Derby viviendo en casa de un Doctor, cuya mujer se había convencido al igual que otros varios de la ciudad, cuando, paseándome, un día por mi habitación, oí tocar la campana, que de oírla solo se me destrozaba la vida; pregunté a la señora de la casa por que tocaba y me dijo que había gran sermón ese día, al que asistían varios oficiales del ejército, sacerdotes, predicadores y un coronel que también era predicador. Entonces, por voluntad del Señor, me fui al sermón en compañía de dos más, y cuando el sacerdote hubo terminado, les hablé de lo que el Señor me mandó que les hablara, escuchándome todos en gran silencio; pero en esto vino un oficial y cogiéndome de la mano me dijo, que así yo como los otros dos que estaban conmigo teníamos que ser llevados ante los magistrados. Y era cerca de la primera hora después del mediodía cuando nos introdujeron a su presencia. Me preguntaron por qué razón habíamos ido a la iglesia, y yo les contesté que Dios nos había ordenado que así lo hiciésemos, añadiendo después que "Dios no habita en templos hechos de mano" y que todas sus predicaciones, bautismos y sacrificios no los santificarían nunca, y les pedí que buscaran a Cristo en sí mismos y que no buscaran a los hombres porque Cristo es el que santifica. Y como entonces se pusiesen a hablar todos a una, les dije que no eran ellos para discutir a Dios o Cristo sino para obedecerle. Ante el poder del Señor que tronaba sobre ellos, volaron cual paja en el viento; me sacaron de la habitación, me volvieron a meter, me atropellaron de un lado a otro, y duró el interrogatorio desde la hora primera hasta la novena en la noche, y más de una vez me dieron arrebatos de ira porque intentaron mofarse de mí. Me preguntaron al final si es que yo estaba santificado. "¡Santificado!" respondí, "Sí, santificado por estar en el paraíso de Dios." Entonces me preguntaron si es que en mí no había pecado, y dije yo, "¡Pecado! Cristo mi Salvador ha quitado mi pecado, y en El no hay pecado." Preguntaron luego como sabíamos que Cristo moraba en nosotros, y yo respondí, "Por Su Espíritu, que El nos ha dado." Entonces ellos poniéndonos en tentación, nos preguntaron si alguno de nosotros era Cristo, y yo dije "No; nosotros no somos nada, Cristo lo es todo." Y añadieron "Si un hombre roba, ¿no es ello pecado?" y yo afirmé "Todo lo que es inicuo, es pecado." Cuando al fin se cansaron de interrogarme, decidieron mandarnos por seis meses, a mí junto con otro, a la casa de corrección de Derby, por blasfemos, como puede verse por el decreto de prisión que sigue a continuación. Como los sacerdotes se entregaron con todo entusiasmo a predicar desde sus púlpitos el pecado como término de la vida; y mucho de su obra consistía en abogar por él; resultó que la gente decía de mí "Nunca oímos otro igual." Pasado algún tiempo, el otro que estaba preso conmigo, no manteniéndose fiel a lo que había declarado, se procuró la amistad del carcelero y por medio de él hizo llegar al juez, que deberían de dejarlo salir para ir a ver a su madre; y así consiguió su libertad, corriendo el rumor de que había tenido que decir que yo lo había sugestionado y engañado; pero mi espíritu se fortaleció cuando este hombre se hubo marchado. Eclesiásticos, sacerdotes, jueces y el carcelero, estaban todos furiosos contra mí. El carcelero vigilaba mis acciones y también mis palabras, haciéndome algunas veces preguntas con la intención de cogerme en falso, y más de una vez me hizo preguntas tan tontas como, por ejemplo, si la puerta tenía puesto o no el seguro, creyendo que así me podría sacar de repente alguna respuesta irreflexiva de la que pudiera sacar partido para acusarme de pecado; pero yo me mantenía atento y puro de manera que no pudiesen sacar ventaja alguna de nada de lo que hiciese, de lo cual mucho se admiraban. Poco tiempo después de mi encarcelamiento, sentí la inspiración de escribir a los sacerdotes y a los magistrados de Derby.
Le escribí a los magistrados que me encerraron, de esta manera.
Y cuando hube así esclarecido mi conciencia ante ellos, esperé en santa paciencia dejando los acontecimientos en manos del Señor, a cuya voluntad estaba yo entregado. Poco tiempo después, volví a sentir la inspiración de escribir a los jueces que me habían condenado, exponiéndoles su maldad para que pudieran arrepentirse. Uno de los que firmó el decreto de prisión, Nathaniel Barton, era coronel, juez y predicador.
Después que hube escrito a todos a la vez, tomé algún respiro y luego escribí a cada uno por separado. Al Juez Bennet en esta manera:
La del juez Barton era de esta manera:
Y de la misma manera que sentí en mí el escribir a los jueces y a los sacerdotes, sentí también el escribir al alcalde de Derby, que si bien no había firmado el decreto de mi encarcelamiento, no dejaba por eso de tener también su parte de culpa junto con los otros, en mandarme a la cárcel. A él le escribí de esta manera:
Y también escribí al tribunal de justicia de Derby en la siguiente forma:
Igualmente escribí a los campaneros de la iglesia llamada de San Pedro, en Derby. Les envié estas pocas líneas:
Mientras estaba en la prisión, mucha gente vino de cerca y de lejos a ver el hombre que no tenía pecado; eclesiásticos diversos venían a disertar conmigo, y siempre tenía yo la sensación, antes ya de que hablaran, de que venían a abogar por el pecado y la imperfección. Les pregunté si eran creyentes y si tenían fe, y ellos me contestaron que sí; ¿En quién? volví a preguntar, y respondieron, en Cristo. Entonces yo afirmé, "Si ustedes son verdaderos creyentes en Cristo, han pasado de muerte a vida; y si han pasado de la muerte; entonces del pecado que los lleva a la muerte; y si la fe de ustedes es verdadera, ella les dará victoria sobre el pecado y el diablo purificando vuestros corazones y conciencias (porque la verdadera fe se sostiene en la conciencia pura) y por ella deleitarán a Dios y les volverá a dar acceso a Él." Pero por más que yo dijera, les era imposible oír hablar de pureza, y de victoria sobre el pecado y el diablo, porque decían que no podían aceptar que se pudiera ser libre de pecado a este lado de la sepultura. Y en vista de esto les pedí que se dejasen de charlar sobre las Escrituras, que eran las palabras de los hombres santos, mientras estaban abogando por lo que no era santo. Otra vez, vinieron unos sacerdotes que también empezaron a abogar por el pecado, y yo les pregunté si tenían Esperanza, a lo que me contestaron "Si; pero que Dios nos libre de perder la Esperanza." Entonces volví a preguntar, "¿Qué esperanza es esa que ustedes tienen? ¿Es Cristo en ustedes la esperanza de su gloria? ¿Los purifica ello como El es puro?" Pero no quisieron ceder en lo de volver a ser puros en la tierra, y entonces les dije "Absténganse de hablar de las Escrituras, que son las palabras de los hombres santos, los cuales abogaron por la santidad en el corazón, en la vida y en la convivencia, aquí; pero ustedes al abogar por la impureza y el pecado, que es del diablo, ¿qué tienen ustedes que ver con las palabras de los hombres santos? Entonces sucedió, que el que cuidaba de la prisión, estaba furioso contra mí y hablaba siempre muy mal de mí, por razón de ser él un alto profesante [un profesante era un creyente de las escrituras y de Cristo]; pero un día el Señor se plació en sacudirlo y fue en tan gran desasosiego y bajo tales terrores mentales, que estando yo paseándome por mi habitación oí como un murmullo doloroso, y parándome oí que decía a su mujer; "mujer yo he visto el día del juicio, y allí he visto a Jorge; y yo tenía gran temor de él a causa del mucho daño que le he hecho y de lo mal que de él he hablado a los sacerdotes y profesantes, a los jueces, y por tabernas y cervecerías." Y después de esto, hacia la tarde, vino a mi celda y me dijo "Yo fui cual león contra ti, pero ahora vengo cual cordero, como aquel carcelero que temblando fue a Pablo y a Silas," y añadió que quería vivir conmigo, a lo cual repliqué que estando yo en su poder, podía hacer como se le antojase; mas él dijo que no, que lo que él quería era que siendo yo libre, pudiera él estar siempre conmigo, pero que no quería tenerme como prisionero. Y entonces me explicó como él estaba plagado y como también su casa estaba plagada por mi causa; y en vista de ello, permití que se quedara conmigo; y se puso a decirme todo cuanto tenía en el corazón, y que él creía que cuanto yo había dicho de la verdadera fe y esperanza, era lo cierto, y se maravillaba de que el otro que había sido encarcelado conmigo no se hubiera mantenido en ello, y afirmó que aquel hombre era un bribón mientras que yo era un hombre honrado. También me confesó que, cuando en días pasados le había pedido que me dejara salir a proclamar al pueblo la palabra del Señor, lo cual me rehusó, y entonces dejé que fuera sobre él el peso de su acción, se sentía casi siempre en grandes ansias y temores, y estuvo como loco hasta pasada algún tiempo, y en un estado tal, que cualquiera lo hubiera matado con una manzana (como él decía). Llegada la mañana se levantó y poco después se fue a ver a los jueces para decirles, que así él como su casa habían sido infectados por mi causa, y uno de los jueces dijo (según él me repitió) que las plagas también caían sobre ellos por tenerme preso. Era este el Juez Bennet, de Derby, que fue el primero en llamarnos cuáqueros, ("To quake" quiere decir "temblar," en inglés, y "quaker,"quiere decir "el que tiembla.") por amonestarle nosotros a que temblara de la palabra del Señor. Esto fue en el año de 1650. Después de esto, los jueces me dieron licencia de andar una milla; mas comprendiendo su idea dije al carcelero que si me mostraban hasta donde era una milla, entonces yo podría tomarme la libertad de pasearme algunas veces. Porque yo tuve la sensación de que los jueces pensaban que yo me escaparía, y el carcelero me confesó más tarde que lo habían hecho con esta intención, para que escapándome yo quedaran ellos libres de las plagas; mas yo le aseguré que no tenía tal idea. Este carcelero tenía una hermana, mujer joven y enfermiza, que vino a verme a mi celda; y después de pasar un rato en mi compañía hablándole yo las palabras de la Verdad, fuese abajo y dijo a los demás que nosotros éramos inocentes, que no habíamos hecho daño a nadie, sino que al contrario hacíamos bien a todos, incluso a nuestros enemigos; y les pidió que fueran buenos con nosotros. Como en aquellos días debido a mi reclusión no podía viajar por los pueblos, declarando y difundiendo la Verdad, se me ocurrió escribir una especie de carta y mandarla para que fuera leída así entre los Amigos como por otras personas piadosas, para que abriendo su comprensión a la percepción de la Verdad, los dirigiera al verdadero Maestro que está en ellos. Fue de esta manera:
Escribí también otro artículo, casi de lo mismo, y lo envié a los que están entre las personas convencidas, y es como sigue:
Pero muchos, que han sido convencidos de la verdad, se salieron hacia un lado, por la persecución que surgió; por lo cual yo les escribí unas pocas líneas para el consuelo y aliento de los fieles, de esta manera:
Mientras estaba en la casa de corrección mis parientes vinieron a verme, y como estaban muy disgustados de mi encarcelamiento, fueron a los jueces que me condenaron y, como deseaban tenerme en casa con ellos, ofrecieron que se comprometían a pagar cien libras, y junto con ellos otras personas de Derby se comprometieron en 50 libras cada una en el caso de que yo volviera allí a protestar contra los sacerdotes. En consecuencia me llevaron ante los jueces, y porque no consentí que ellos ni nadie se comprometiesen a nada por mí (pues yo había hablado la palabra de vida y de verdad y por consiguiente era inocente), el juez Bennet se puso en pie furioso y, mientras yo me arrodillaba para pedir al Señor que le perdonara, se lanzó sobre mí y sacudiéndome con las dos manos, se puso a gritar, "Fuera con él, carcelero; llévatelo fuera, carcelero"; y sucedió muchas veces que intentaron ponerme en libertad y como entonces les escribía, por voluntad del Señor, su rabia se exasperaba otra vez y volvían a dejarme en la cárcel, de manera que allí me tuvieron hasta que expiraron los seis meses de mi condena. Pero entre tanto podía andar en libertad una milla, y haciendo uso de ello como si me sintiera libre iba algunas veces al mercado y por las calles advirtiendo al pueblo que se arrepintiera de su maldad, y después me volvía a la cárcel. Como había en la cárcel personas de diferentes religiones, algunas veces iba también a visitarlas en sus reuniones de los "Primeros días." Después que había sido llevado ante los jueces, y ellos habían exigido una fianza por mi buen comportamiento, (la cual yo no puedo consentir que deba darse, ya que mancha mi inocencia), vino sobre mí el deseo de escribirles a los jueces otra vez, lo cual hice de la siguiente manera:
Después de un corto tiempo, les escribí otra vez:
Después de algún tiempo, al no estar mi espíritu libre de ellos, les escribí otra vez:
Habiendo aclarado así mi conciencia a los sacerdotes, no pasó mucho tiempo antes que me sobreviniera una preocupación de escribir otra vez a los jueces, lo cual hice como sigue:
Aparte de esto, escribí lo siguiente al coronel Barton, quien era tanto juez como predicador, como fui limitado antes:
Estaba todavía en la casa de corrección cuando un día vino a verme un soldado de tropa y me dijo, que estando en la iglesia escuchando al sacerdote, se sintió presa de una gran inquietud y oyó la voz del Señor que vino a él diciendo "¿Es que tú no sabes que mi siervo está en la prisión? Ve a él para que te dirija." Y entonces, hablándole yo como convenía a su estado, abrí su comprensión, y le dije que el que le había mostrado sus pecados, turbándole por esta causa, le enseñaría también su salvación; porque el que le muestra al hombre sus pecados es el mismo que le puede librar de ellos. Y mientras yo le hablaba, el poder del Señor abrió su mente de manera que empezó a comprender bien la Verdad del Señor y a ser sensible a las mercedes de Dios, y después empezó a hablar ardientemente, en su cuartel entre los soldados y entre otra gente, de la Verdad (porque las Escrituras se le revelaban muy claramente) llegando incluso a decir que su coronel estaba tan ciego como Nabucodonosor por tener al siervo de Dios en la prisión. Y fue esta razón por la cual su coronel le tenía rencor; y en la batalla de Worcester, al año siguiente, en una ocasión en que los dos ejércitos estaban acampados uno al lado del otro, se destacaron dos del ejército del rey y retaron a otros dos del ejército del parlamento a que salieran a luchar con ellos, y entonces su coronel eligió a él y a otro para que respondieran al reto; y cuando en el encuentro su compañero murió, él embistió a sus dos enemigos hasta dentro del fuego de mosquetería de la ciudad sin tener que disparar su pistola, todo lo cual me contó él mismo con su propia boca cuando volvió; pero, después del encuentro, vio el engaño e hipocresía de los oficiales, y conmovido por la maravillosa manera como el Señor lo había guardado del peligro y sintiéndose harto de batallar, dejó las armas. El tiempo de mi encarcelamiento en la casa de corrección llegaba a su fin, y como en aquel momento nuevos soldados eran llamados a filas, los delegados quisieron hacerme su capitán, pues los soldados gritaban que no querían otro que no fuera yo, y entonces el que cuidaba de la casa de corrección recibió la orden de llevarme a la plaza del mercado para que allí delegados y soldados me ofrecieran tal distinción (como ellos decían) preguntándome si no querría tomar las armas por el Commonwealth contra Carlos Estuardo, a lo que repliqué que ya conocía de donde provenían las guerras, incluso de la codicia según las doctrinas de Santiago, y que yo vivía en la virtud de aquella vida y poder que quita toda ocasión de guerras. Entonces me cortejaron pensando que no aceptaba por cumplir, mas yo insistí en que había venido en el pacto de paz que fue antes de que las guerras y luchas fueran; pero ellos con palabras afectuosas tales como que me lo ofrecían en amor y por lo mucho que admiraban mi virtud, insistieron de nuevo. Y entonces les dije que si éste era el amor y admiración que sentían por mí, lo pisoteaba con mis pies; y entonces ellos enfurecidos, dijeron "Llévatelo carcelero y mételo en el calabozo entre los malvados y los delincuentes" y así fue que me llevaron a un subterráneo miserable y maloliente, sin cama, y allí me dejaron entre treinta delincuentes casi medio año, con excepción de algunos momentos en que me dejaban pasear por el jardín, pues estaban seguros de que no me escaparía. Una vez me tuvieron en el calabozo de Derby, la gente creía y decía que no volvería a salir; mas yo tenía fe en Dios y estaba seguro de que sería libertado a Su tiempo, porque el Señor me había ya dicho que no saldría todavía, pues tenía que estar allí para cumplir un servicio que El me había destinado. Cuando corrió la voz de que estaba en el calabozo de Derby, mis parientes vinieron otra vez a verme, y estaban muy disgustados de que estuviera en la prisión; y todo porque creían que era gran vergüenza para ellos que yo estuviera preso por cuestiones religiosas; llegando algunos de ellos a pensar que estaba loco porque abogaba por la pureza, rectitud y perfección. Entre otros que vinieron a verme y a discutir conmigo, había un tal Rice Jones de Nottingham, soldado, que había sido bautista (según pude comprender), junto con varios otros que iban a Worcester a la guerra. Discutiendo una vez me dijo, "Tu fe se funda en un hombre que murió en Jerusalén, y allí nunca sucedió tal cosa." Sentí me ofendidísimo de oírle hablar así y le dije, "¡Cómo! ¿Es qué Cristo no sufrió fuera de las puertas de Jerusalén por culpa de los judíos practicantes, y de los pontífices y de Pilatos?" Y él me negó que Cristo hubiese jamás sufrido allí, físicamente. Entonces le pregunté si es que no existieron en Jerusalén pontífices, judíos y el propio Pilatos, en carne y hueso; y como esto no lo pudo negar, le dije que así como era cierto que pontífices judíos y Pilatos existieron, lo era también que Cristo fue perseguido por ellos y que sufrió, físicamente, bajo su poder, en Jerusalén. Y a pesar de haberle hablado en esta forma, fue de este hombre y de los que le acompañaban que salió la calumnia contra nosotros, de que los cuáqueros negábamos que Cristo hubiera sufrido y muerto en Jerusalén, lo cual era evidentemente falso pues nunca entró en nuestros corazones el menor pensamiento de tal cosa, que no fue más que una calumnia que nos achacaron a causa de las palabras de aquella gente. Esta misma persona dijo también que nunca ninguno de los profetas o apóstoles o de los hombres santos de Dios, hubiera sufrido físicamente, sino que todos sus sufrimientos fueron internos. Mas yo le probé como fue que sufrieron muchos de ellos y por culpa de quien sufrieron; y así fue elevado el poder del Señor sobre sus imaginaciones y fantasías, siguiendo él su camino. También vino a verme otro grupo que pretendían tener tratos con los espíritus; les pregunte cuál era el primer paso para la paz y qué era aquello por lo cual el hombre puede ver su salvación. Y ellos que estaban completamente en las nubes dijeron que yo estaba loco, empezando entonces a llamar a espíritus que no se conocían a sí mismos ni tampoco a los espíritus de ellos. En esta época de mi encarcelamiento estaba yo muy versado en los procedimientos de los jueces y magistrados en sus tribunales y judicaturas y, por inspiración, escribí a los jueces sobre eso de condenar a un hombre a muerte por haber robado ganado, o dinero, o cosas sin importancia, demostrándoles cuan contrario era a la antigua ley de Dios; ya que por causa de esto andaba yo en grandes sufrimientos espirituales y la sola idea de la muerte me obsesionaba, pero como continué firme en la voluntad de Dios, una brisa celestial se levantó en mi alma para el Señor, y entonces vi los cielos abiertos, y me regocijé, y di gloria al Señor. De manera que le escribí a los jueces de la siguiente manera:
Y dos hombres había que fueron al suplicio por causa de pequeñas cosas; y yo sentí el impulso de amonestarles por su hurto, para darles fuerzas en su sufrimiento que era contrario a la ley de Dios. Y poco después de que hubieron ido al suplicio, sus espíritus se me aparecieron mientras iba yo andando, y vi que estos hombres estaban bien. Además expuse a los jueces que cosa tan penosa era el que los presos tuvieran que estar tanto tiempo en la cárcel; y les demostré como aprendían maldades uno de otro, contándose mutuamente sus malas acciones; así es que, en consecuencia, la justicia debía de ser diligente. Y como era yo un joven piadoso, que vivía en el temor del Señor, más de una vez me había sentido ofendido de oír sus malas palabras y por ello les había reprendido muchas veces y también por su mala conducta entre ellos. Y se admiraba la gente de que estuviera yo tan bien guardado que, durante todo el tiempo que allí estuve, nunca les fue posible cogerme una palabra o en una acción de la que pudieran acusarme; y esto fue porque el infinito poder de Dios me sostuvo y guardó en todo aquel tiempo: A Él sean dadas gloria y alabanzas eternamente.Mientras yo estaba en la cárcel, estuvo también una mujer joven por causa de haber robado a su amo algún dinero. Cuando iba a ser juzgada con pena de su vida, escribí, al juez y al jurado, demostrándoles cuan contrario era a la antigua ley de Dios el matar a la gente por robar, y pidiéndoles que mostrasen gracia. Mas con todo y esto fue condenada a morir, y le hicieron la sepultura, y cuando llegó el tiempo fijado la llevaron para ser ejecutada. Entonces escribí unas palabras para que fuesen leídas en la horca, en las que advertía a todos que se guardasen de ser voraces o ambiciosos porque esto aparta de Dios, y que todos debían de temer al Señor y escapar de los deseos terrestres, y apreciar su tiempo mientras lo tenían; y sucedió que a pesar de que ya la tenían en la escalera con la cara envuelta en un paño preparada para el suplicio, no la mataron sino que la volvieron a traer a la prisión, donde más tarde se convenció de la infinita verdad de Dios. Estaba también en la prisión, al mismo tiempo que yo, un preso, hombre muy malo y perverso que tenía fama de hechicero, el cual siempre se jactaba de lo que me iba a decir y de lo que me iba a hacer, pero nunca tuvo el valor de abrir su boca delante de mí. Y una vez que se peleó con el carcelero, lo amenazó con que haría surgir el diablo y con que le des - trozaría la casa, todo lo cual asustó al carcelero; mas, por voluntad del Señor, en Su poder fui y lo reprendí, diciéndole, "Ven, haznos ver que es lo que eres capaz de hacer; haz lo peor que puedas," Y le añadí, que bastante estaba el diablo en él; mas el poder del Señor lo encadenó de manera tal que huyó de mí. Al acercarse el tiempo de la batalla de Worcester, el juez Bennet envió guardias a presionarme a convertirme en soldado, ya que yo no aceptaba voluntariamente este mandato. Y les dije que había sido sacado del las guerras externas. Ellos vinieron otra vez para darme dinero adelantado para enlistarme; pero yo no quise nada de dinero. Después fui llevado delante del sargento Holes, mantenido allí por un tiempo, y llevado otra vez. Después los guardias me llevaron por segunda vez, y después fui llevado ante los comisarios, quienes dijeron que yo debía ser soldado; pero yo les dije que yo estaba muerto a eso. Ellos dijeron que yo estaba vivo. Yo les dije que donde estaba la envidia y el odio, allí había confusión. Ellos me ofrecieron dinero dos veces, pero yo lo rechacé. Ellos estaban decepcionados y enojados, y me metieron en la cárcel, sin fianza ni garantía. A lo cual yo les escribí otra vez, dirigiendo mi carta al coronel Barton, un predicador, y el resto de los que estaban preocupados por mi encierro. Le escribí lo siguiente:
Durante este tiempo fui inspirado a escribir las siguientes líneas, para que fueran leídas entre la gente convencida y delicada, para manifestar los engaños del mundo, y cómo los sacerdotes han engañado a la gente. A todos ustedes que aman al Señor Jesucristo con un corazón puro y desnudo,
Una vez más me sobrevino una preocupación de escribir a los magistrados de Derby.
Grandes eran las operaciones y las tribulaciones en el espíritu que experimenté durante mi encarcelamiento aquí, por causa de la maldad que había en esta ciudad; porque aunque algunos fueron convencidos allí, la mayoría eran personas endurecidas. Yo ví la visitación del amor de Dios que se fue de ellos. Yo me lamenté por ellos; y me sobrevino la necesidad de escribir las siguientes líneas, como una lamentacion por ellos: Como aguas que se escapan cuando se abren las compuertas, así pasa y se aleja de ustedes la visitación del amor de Dios, ¡Oh Derby! Por lo tanto, miren dónde están, y cómo ustedes están cimentados; y consideren esto, antes que sean completamente abandonados. El Señor me inspiró dos veces antes de llegar a clamar en contra de los engaños y las vanidades que están en ustedes, y a advertirles a todos a que miren al Señor, y no al hombre. La aflicción será en contra de la corona de orgullo, en contra de las borracheras y placeres vanos, y en contra de aquellos que hacen una profesión de religión con sus palabras, pero que son arrogantes y altaneros en su mente, y viven en opresión y envidia. ¡Oh Derby! La profesión y la predicación de ustedes apestan delante del Señor. Ustedes profesan un día de reposo en palabras, y se reúnen, visitiéndose con ropas finas, y sostienen el orgullo. Sus mujeres caminan con cuellos erguidos y ojos desvergonzados, etc. contra lo cual clamó el profeta en el tiempo antiguo. Sus asambleas son detestables, y una abominación al Señor: el orgullo es establecido y se inclinan ante él, la codicia abunda, y el que actúa impíamente es honrado. Así el engaño tolera el engaño, pero ellos profesan a Cristo en sus palabras. ¡Oh! ¡El engaño que está dentro de ustedes! Mi corazón se quebranta al ver cómo Dios es deshonrado en ustedes, ¡Oh Derby!Cuando vi que había llegado a su fin la visitación del amor de Dios, en aquel sitio, supe que mi encarcelamiento allí no duraría ya mucho tiempo; mas vi también que cuando el Señor me libertara sería como el soltar a un león de una caverna y lanzarlo entre las fieras de la selva. Porque todas las profesiones estaban poseídas de un espíritu y una naturaleza bestial, abogando por el pecado, y por el cuerpo del pecado y de la imperfección, lo que duraría tanto como viviesen. Y todas coceaban y aullaban, y rugían y rabiaban, y se arrojaban contra la vida y espíritu que produjo las Escrituras, el cual profesaban en palabras. Gran juicio fue sobre la ciudad, y yo vi que el poder de Dios huyó de ellos, como fluyen las aguas de la presa de la ciudad cuando las compuertas se levantan; y aunque los magistrados se sentían inquietos con mi presencia, no por eso llegaban a ponerse de acuerdo en lo que iban a hacer conmigo. Uno, que si me mandarían al parlamento; otro, que si me harían desaparecer enviándome a Irlanda; al principio, me llamaron impostor, seductor, blasfemo; después, cuando el Señor les hubo mandado sus plagas, dijeron que era yo un hombre honesto y virtuoso. Pero la buena o mala fama que me dieran, lo bien o mal que de mí hablaran, poco me importaba, porque ni me ensalzó lo uno ni me humilló lo otro, ¡Alabado sea el Señor! Al fin, decidieron sacarme de la cárcel, a principios del invierno de 1651, después de haber estado preso en Derby casi un año; seis meses en la casa de corrección, y el resto en la cárcel común y en el calabozo. Cuando estuve en libertad otra vez, continué mis andanzas como antes, en la obra del Señor; y andaba un día por un cercado en compañía de varios Amigos, cuando levantando la cabeza percibí las agujas de las tres torres de tres iglesias, y su vista me exasperó. Pregunté qué sitio era aquél y al decirme que Lichfield, inmediatamente vino a mí la palabra del Señor de que allí tenía que ir; y cuando llegamos a la casa adonde íbamos, pedí a los Amigos que estaban conmigo, que entraran sin mí y que no dijeran nada de a donde yo iba. Tan pronto como se marcharon me eché a andar, guiándome con la vista, por setos y zanjas hasta llegar a una milla de Lichfield, donde en un gran campo había pastores guardando sus ovejas y, de repente, me mandó el Señor que desatando mis zapatos me los quitara; me quedé en suspenso porque siendo invierno la palabra del Señor era cual fuego en mí, y quitándome los zapatos recibí el mandato de que los diera a los pastores encargándoles de que no los diesen a nadie, más que en el caso de que pagara por ellos. Los pobres pastores temblaban y estaban atónitos.Entonces anduve como una milla hasta llegar a la ciudad, y así que entré en ella, la palabra del Señor vino a mí otra vez, para que gritara, "¡Pobre de la sangrienta ciudad de Lichfield!" y echándome por las calles de un lado a otro me puse a clamar, "¡Pobre de la sangrienta ciudad de Lichfield!" y como era día de mercado me fui a la plaza y, ya corriendo ya parándome, grité como antes, "¡Pobre de la sangrienta ciudad de Lichfield!" y nadie osó poner sus manos sobre mí; y cuando iba gritando así por las calles, me pareció como si un río de sangre corriese por ellas y como si la plaza del mercado fuese un charco de sangre. Y, al fin, algunos Amigos y personas buenas vinieron a mí y me dijeron "¡Ay ! Jorge, ¿en dónde están tus zapatos?" y yo les respondí que ello no tenía importancia. Una vez hube declarado le que tenía dentro de mí y me hube así desahogado, me salí de la ciudad en paz; y volviendo a los pastores les di algún dinero y cogí otra vez mis zapatos. Pero el fuego del Señor ardía de tal manera en mis pies y en toda mi persona que no me importaba el no volver a ponerme los zapatos vacilando si debía o no ponérmelos hasta que el Señor me diera libertad de hacerlo, y continué andando hasta que al llegar a una zanja me lavé los pies y me puse los zapatos. Hecho esto, me puse a considerar detenidamente por qué causa o razón había sido enviado a clamar contra aquella ciudad llamándola la ciudad sangrienta; porque si bien el parlamento había tomado la catedral una vez, y luego otra vez la tomó el rey, y mucha sangre fue derramada en la ciudad por causa de la guerra entre el parlamento y el rey, de esto no podía acusarse a la ciudad. Mas luego llegué a comprender que en el tiempo del emperador Diocleciano mil cristianos fueron martirizados en Lichfield, y que por esta razón yo tuve que ir sin zapatos por el río de su sangre y por el charco de su sangre, para que levantara así el recuerdo de la sangre de aquellos mártires, que había sido derramada mil años antes y que yacía fría por las calles. Así que sintiendo en mí esta sangre obedecí a la palabra del Señor. Viejos archivos dan testimonio de cuantos cristianos británicos allí sufrieron, y mucho pudiera haber escrito de lo que yo sentía en mí por la sangre de los mártires que murieron en esta nación por el nombre de Cristo, cuando las diez persecuciones y después; mas esta tarea la dejé al Señor y a Su libro, por el cual todos han de ser juzgados; porque Su libro es el archivo más verídico y Su Espíritu el archivero más exacto. El propósito de este sitio es enseñar cómo vivir |
