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CAPÍTULO XX Casamiento en el Sur 1669-1671 Después de esta reunión en Gloucestershire, viajamos hasta que llegamos a Bristol, donde me reuní con Margarita Fell, quien había venido a visitar a su hija Isabel Yeomens. Hacía ya bastante tiempo que comprendiera que era voluntad del Señor que tomase por esposa a Margarita Fell; y cuando por vez primera lo dije a Margarita, sintió ella la respuesta de vida viniendo del Señor. Pero si bien el Señor me había revelado esto, no me había entonces dado mandato de llevarlo a cabo, a pesar de que la gente mucho había hablado de ello y algunos andaban en gran confusión sobre el asunto. En consecuencia había yo dejado la cosa de lado, pero ahora, estando en Bristol, y encontrándome allí con Margarita Fell, me reveló el Señor que el matrimonio debía de llevarse a cabo. Luego que lo hubimos discutido, le dije que de estar ella también conforme, en que la cosa se efectuase, tenía primero que llamar a sus hijos. Le h izo así y cuando vinieron, les pregunté, a las hijas y a los yernos, si estaban de acuerdo con nuestro proyecto; y todos expresaron varias veces su satisfacción porque se realizara. Pregunté entonces a Margarita si había cumplido y ejecutado el testamento de su marido, con respecto a sus hijos; y me replicó que eso los hijos ya lo sabían. Por donde pregunté a los hijos si, en el caso de que su madre contrajese matrimonio, tenían ellos algo que perder; y a Margarita si tenía que responder a sus hijos de haber hecho algo diferente a lo que se decía en el testamento. Dijeron los hijos que su madre les había doblado la herencia y que desearían que no se hablase más de ello; a lo cual les respondí que como yo era muy sencillo quería que todas las cosas se hiciesen con sencillez, ya que no estaba buscando ninguna ventaja material para mí. Después de haberlo comunicado a los hijos de Margarita, anunciamos a los Amigos, en privado y en público, nuestra intención de contraer matrimonio; lo cual les causó gran satisfacción y muchos hubo que dieron testimonio de que era cosa de Dios. Y habiéndose después fijado fecha para una reunión, en la casa donde se celebraban las reuniones públicas en Broadmead, en Bristol, para llevar a cabo nuestro proyecto, nos tomamos uno a otro, uniéndonos el Señor en honorable matrimonio, en el pacto infinito y en la semilla de vida inmortal. Se leyó públicamente un certificado en que constaban las cláusulas del matrimonio, firmado por los parientes y por la mayoría de los antiguos Amigos de aquella ciudad y de diferentes lugares de la nación. Nos quedamos en Bristol cerca de una semana y, separándonos después, en el Señor, volvimos a entregarnos al cumplimiento de nuestra misión. Margarita volvió a su casa, hacia el Norte, y yo como antes seguí mi camino en la obra del Señor. Luego que en Londres hube visitado a los Amigos, viendo que todo allí estaba en calma y bien, el poder del Señor sobre todos, decidí ir a Leicestershire y, con esta intención, escribí a mi mujer comunicándole mi proyecto y diciéndole que de serle conveniente podría encontrarse allí conmigo. Pero en lugar de encontrarme con ella, me enteré de que la habían sacado de su casa y llevado otra vez a la prisión de Lancaster, en virtud de una orden, que se habían procurado del rey y de su consejo, que la mandaba a prisión por el veredicto anteriormente pronunciado en contra de ella; a pesar de que el año anterior, los mismos, la habían librado de cumplir esta condena. En vista de esto, así que hube visitado a los Amigos hasta llegar a Leicestershire, regresé a Londres. Así que llegué a Londres di gran prisa a María Lower y a Sara Fell (hijas las dos de mi mujer) para que fuesen a ver al rey, le hiciesen saber de que manera trataban a su madre y viesen de conseguir que la absolvieran definitivamente, para que así pudiese disfrutar de su nuevo estado y vivir libre sin que nadie la molestase. Conseguir esto era bastante difícil, pero, insistiendo con diligencia, por último lo alcanzaron; dando el rey orden a uno llamado Sir Juan Otway de que en una carta, dirigida al alguacil y a demás personas de la región a quienes pudiera concernir, les diera cuenta de cual era su voluntad; y Sara Fell, que con sus hermanos los Rous se dirigía a Lancaster; llevó la carta dándole yo también una carta mía para mi mujer, que decía de esta manera.
Después de haber estado por el campo, volví a Londres y, yendo por la calle, oí el redoblar de los tambores para que cada familia enviase un soldado a las bandas disciplinadas, para que en ellas estuviera dispuesto, por haberse puesto en vigor el Acta del conventículo. Habiéndome propuesto ablandar a los magistrados, y evitar toda aspereza en la ejecución del acta antes mencionada, escribí unas líneas a los Amigos dándoles fuerza y valor para que se mantuvieran firmes en su testimonio, y soportaran con resignación cristiana y alegría los sufrimientos de que iban a ser víctimas. De modo que así les dije en la siguiente epístola:
El Primer día de la semana los Amigos se reunieron, como era su costumbre, en el lugar donde cada ministro declaraba a qué reuniones pensaba ir, según se sintiera dirigido a ello. Me preguntaron que a qué reunión pensaba yo ir y les dije, "A la reunión de Gracious Street," porque suponía que sería allí donde primero estallaría la tempestad. Cuando llegué, encontré la calle llena de gente y los guardias en la puerta para impedir que los Amigos entrasen en la casa donde se reunían. Fui entonces a entrar por la puerta que da a Lombard Street y allí también me encontré con los guardias. Pero el patio estaba lleno de gente y un Amigo estaba hablando. No habló por mucho tiempo, y cuando hubo concluido, yo me puse en pie y me sentí dirigido a decir, "Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? dura cosa te es dar coces contra el aguijón." Y luego les demostré que era el espíritu de Saulo el que todavía perseguía, y que aquellos que perseguían a Cristo, en sus miembros, en los cuales El se había manifestado, daban coces contra el aguijón. Luego que hube hablado un rato en este sentido, vino un oficial, con una fila de mosqueteros y, mientras me hacían bajar a empellones, dije, "Benditos sean los pacificadores," El comandante me puso entre los soldados y, los encomendó a que me tuviesen en seguridad, mientras me decía, "Vos sois el que estaba buscando." Mientras íbamos por las calles, la gente les gritó, "Cuidad bien de él, que es como un príncipe." Cuando llegamos a casa del alcalde, nos hicieron pasar a la habitación donde éste estaba y me llevaron ante su mesa; y, quitándome los oficiales el sombrero, el alcalde me dijo en tono afable, "Sr. Fox, vos que sois un hombre eminente, entre los que profesan vuestras ideas, ¿Querríais por favor intervenir para disuadirlos de que celebren tan numerosas reuniones? Porque si Cristo prometió que donde se reunieran dos o tres en Su nombre, allí estaría Él en medio de ellos, puesto que el rey y el parlamento tienen a bien permitir que se reúnan hasta cuatro para adorar a Dios, ¿Por qué no participáis de la promesa de Dios, a dos o tres que se reunieren, y de la indulgencia del rey que permite que sean hasta cuatro?" Le pedí que considerase si esta Acta no se hubiera referido a Cristo, con sus doce apóstoles y setenta discípulos, de haber estado en vigor en su época, los cuales acostumbraban a reunirse muchas veces y en grandes números. Sin embargo, le dije que esta Acta no nos concernía; porque se refería a las reuniones sediciosas de los que bajo la capa de la religión tramaban insurrecciones, como (según decía el Acta) últimamente se había comprobado; pero que nosotros habíamos sido ya lo bastante juzgados y puestos a prueba, demostrándose siempre que éramos gente de paz, por donde hacía él bien en establecer la justa diferencia que hay del culpable al inocente. De modo que, siendo nosotros inocentes y no aquellos a quienes el acta se refería, continuaríamos celebrando nuestras reuniones como era nuestra costumbre; y le añadí que estaba convencido de que en conciencia bien sabía él que éramos inocentes. Después de algunas otras razones, tomó nuestros nombres y domicilios y finalmente nos puso en libertad. Cuando estuvimos libres, los Amigos que estaban conmigo me preguntaron que a donde quería ir, y les dije, "A la reunión de Gracious Street, si no se ha terminado ya." Cuando llegamos, casi todo el mundo se había marchado y sólo quedaban algunas personas ante la verja. Fuimos entonces a casa de Gerardo Robert, y mandé a buscar noticias de lo que había pasado en las otras reuniones de la ciudad, y, según me dijeron, en unas, habían echado a los Amigos fuera del lugar donde se reunían, y en otras, los habían llevado presos, aunque los pusieron en libertad a los pocos días. Fueron aquellos días gloriosos, en que el poder del Señor descendió sobre todos y Su verdad infinita alcanzó gran renombre; porque así como iban llevándose a los que hablaban en las reuniones, así eran otros dirigidos por el Señor a subirse y tomar la palabra, ante la admiración de la gente; y además, muchos Bautistas y otros sectarios, que habían abandonado sus reuniones públicas, vinieron a ver como los Cuáqueros se mantenían firmes. Al cabo de algún tiempo, empezó a disminuir en Londres el furor de la persecución, celebrándose las reuniones con más tranquilidad, y cuando hube terminado en la ciudad, me fui al campo a visitar a los Amigos. En Reading la mayor parte estaban en la cárcel y allá fui a visitarlos. Hacía ya un rato que estaba con ellos, cuando se reunieron todos los Amigos que estaban presos, viniendo también varias otras personas; de modo que tuve una buena oportunidad para declararles la palabra de vida, dándoles valor para que permaneciesen en la Verdad; y se reconfortaron sintiendo entre ellos la presencia y el poder del Señor. Cuando se hubo terminado la reunión, como el carcelero sabía que estaba yo allí, los Amigos comenzaron a preocuparse, pensando en la manera como podría volver a salir libre de la prisión. Mas luego que hube pasado un rato con ellos, cenando en su compañía, bajé las escaleras y, viendo al carcelero en la puerta, metí la mano en el bolsillo, lo cual él bien observó, y con la esperanza de obtener unas piezas de plata, se olvidó de interrogarme. Le di el dinero y le pedí que fuese bueno y afable con mis Amigos, que estaban en la prisión, a quienes había yo venido a visitar; y después de esto salí de la prisión. Seguimos camino de Rochester y, deteniéndome en la jornada, iba paseando por la ladera de una montaña cuando sentí que un gran peso oprimía mi espíritu. Volví a montar a caballo, mas el peso continuó de tal manera que apenas si podía cabalgar, Finalmente, llegamos a Rochester, pero estaba yo muy falto de fuerzas, tan cargado iba bajo el peso de los espíritus del mundo, que de tal modo oprimían mi vida. Con dificultad llegué a Gravesend y entré a descansar en una posada, pero apenas si pude comer y dormir. Seguí cabalgando, lleno de desasosiego, hasta Stratford, para ir a casa de un Amigo, que se llamaba Guillermo y que había sido capitán. Allí me acosté sumamente débil y por último perdí la vista y el oído. Varios Amigos dé Londres vinieron a verme y les dije que tenía yo que ser la señal, para aquellos que no querían ver y los que no querían oír la Verdad, En tal estado estuve por bastante tiempo, viniendo a verme mucha gente, y, a pesar de que no podía ver sus personas, sentía y distinguía sus espíritus, si eran de honesto corazón o no lo eran. Vinieron a verme varios Amigos que eran doctores y querían tratarme con purgantes; mas yo no quise tomar ninguno, pues sabía de antemano que tenía que pasar por muchos padecimientos. La joven Margarita Rous continuó a mi lado y mucho me conmovió su ternura y amor, como también el de la mujer de Eduardo Mann. Dije a los Amigos que sólo a mujeres que fuesen honestas las dejasen acercarse a mí. Pasé en el lecho varias semanas, bajo grandes sufrimientos, gimiendo con grandes dolores, lleno de pena y opresión. Por todo lo cual mi cuerpo se adelgazó y debilitó de manera que pocos eran los que creían que viviera, marchándose algunos de los que estaban conmigo porque decían que no querían verme morir; y por Londres y por los pueblos se decía ya que había muerto. Mas yo sentí que el poder del Señor me sostenía interiormente. Cuando los que me asistían no dudaban ya de que me moría, les dije que se procurasen un coche y que me llevasen a casa de Gerardo Robert, que estaba como a unas doce millas; porque sentía que allá era adonde tenía que ir. Pedí luego mis ropas, lo cual aun les causó mas temor y perplejidad, en cuanto a mi estado, porque parece ser que es costumbre en todo el mundo pedir que les cambien de ropa poco antes de irse para siempre. Y entonces dijeron que tenía ya todos los síntomas de la muerte, perdiendo todos las esperanzas, con la excepción de dos o tres. Trataron de engañarme en lo de la ropa, con diversas excusas, pero dándome cuenta de ello, les dije que decían mentira; hasta que al fin me trajeron mis ropas y todas mis cosas y me las pusieron. Hablé a los dueños de la casa y vislumbré rápidamente a la mujer de Eduardo Mann sacando mis ropas y le dije que hacía bien; y sentí que el poder del Señor era sobre todos. Bajé un par de peldaños para ir hasta el coche y cuando llegué pareció como si fuese a desplomarme, de tan débil y exhausto como estaba. Subí al coche con algunos Amigos y mientras rodaba podía distinguir la gente y los campos, siendo eso todo lo que podía ver. Después de haber pasado cerca de tres semanas en casa de Gerardo Robert, sentí que tenía que ir a Enfield. Los Amigos temían que me trasladase de lugar, mas les dije que podía hacerlo con toda seguridad. Fui a casa de la viuda Dry y allí pasé todo el invierno, guerreando con los malos espíritus del mundo, sin poder soportar el olor de la carne cruda. En aquel entonces se incitaba a la persecución y se puso en acción a malvados delatores, de modo que un Amigo no podía decir unas palabras, en la intimidad de una familia, antes de que se sentaran a comer, sin que alguien no lo delatase. Fueron días de persecución cruel y sanguinaria; mas así como iba calmándose la persecución me iba yo librando de mis sufrimientos. Muchos Amigos de gran valía vinieron de cerca y de lejos a verme y a cuidarme, y hacia la primavera empecé a ponerme bien, andando de un lado para otro, ante el asombro de los Amigos y de otros. Cuando me hube repuesto, de Enfield fui otra vez a casa de Gerardo Robert y de aquí a Londres, donde, con todo y estar aun muy débil, el Señor me sostuvo y dio fuerzas para que declarase Su palabra eterna de vida. Por esta época me sentí dirigido a rogar al Señor de esta manera:
Y mientras estaba pasando dolores y sufrimientos, tuve una visión de que iba paseando por el campo en compañía de muchos Amigos. Y les pedí que hiciesen un agujero en la tierra. Y lo hicieron; y yo descendí. Y había allí, bajo tierra, rocas y piedras, una gran bóveda llena de gente. Entonces les pedí que abriesen la tierra para que todos pudiesen salir; y así lo hicieron. Y todos salieron a gozar de la libertad, y era un sitio muy grande. Y cuando terminaron, salí y les pedí que volviesen a ahondar en la tierra. Lo hicieron y había otra gran bóveda llena de gente. Y les pedí que abriesen un agujero para que la gente saliese y así lo hicieron. Los que puedan leer estas cosas, no tienen que poseer una naturaleza terrestre y pedregosa, viendo como las piedras y la tierra caen sobre el hombre desde el principio: Desde que el hombre cayó, dejando de ser a semejanza de Dios, de la rectitud y de la santidad. Mucho podría hablar de todo esto, mas dejo que el ojo del lector certero, vea y lea. Antes hice mención de que, al recibir la noticia de que mi mujer volvía a estar en la cárcel, había enviado a dos de sus hijas a ver al rey y que estas habían conseguido de él una orden para el alguacil de Lancaster poniéndola en libertad. Mas a pesar de que yo esperaba que así lo harían, al estallar de repente esta violenta tempestad de persecución, los perseguidores encontraron la manera de seguir teniéndola en la prisión. Pero viendo ahora que la persecución había cesada un tanto, me sentí dirigido a decir a Marta Fisher y a Ana Stringer que fueran a ver al rey para que la pusiera en libertad. Fueron llenas de Fe y en el poder del Señor, que les dio gracia ante el rey; el cual autorizó la absolución de Margarita bajo el sello real, quedando libres, ella y sus bienes, después de haber estado diez años presa y sus bienes confiscados; todo lo cual no se oía muy comúnmente en Inglaterra. En seguida mandé a Juan Stubbs, con mi caballo, para que le llevase a mi mujer la absolución del rey y una carta mía en que le decía como tenía que hacerla llegar a los magistrados, y le hacía saber que sentía que era voluntad del Señor que tenía que irme mas allá del mar, a las plantaciones de América; y por consiguiente quería que se diera prisa en venir a Londres, tan pronto como le fuera conveniente, después de conseguir su libertad, pues estaba ya el buque disponiéndose para emprender viaje. Entre tanto fui a Kingston y allí estuve en casa de Juan Rous hasta que vino mi mujer. Pero como iba a celebrarse la junta anual, me detuve hasta que se hubo celebrado. Fue una gran y bellísima reunión, a la que vinieron muchos Amigos, de todas partes del país, porque el poder del Señor fue sobre todos y Su siempre alabada Semilla de vida, gloriosa e infinita, fue elevada sobre todos. |
