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CAPÍTULO XXI Viaje a América 1671-1673 Cuando se hubo terminado la junta anual y hube cumplido mis servicios en Inglaterra, para gloria del Señor; como tanto el navio, como los Amigos determinados a irse conmigo estaban dispuestos, el día doce del Sexto mes de 1671, fui a Gravesend, con mi mujer y varios Amigos que me acompañaban hasta los Downs. De Wapping fuimos en una barcaza hasta el navio, que estaba algo más abajo de Gravesend y allí encontramos a los Amigos que iban a acompañarme en el viaje; los cuales habían llegado al buque la noche antes. Eran estos Tomás Briggs, Guillermo Edmonson, Juan Rous, Juan Stubbs, Salomón Eccles, Jaime Lancaster, Juan Cartwright, Roberto Widders, Jorge Pattison, Juan Hull, Isabel Hooton e Isabel Miers. Era el navio un pequeño velero llamado "Industria"; el nombre del capitán Tomás Forster y cincuenta el número de pasajeros. Aquella noche la pasé a bordo y la mayoría de mis Amigos la pasaron en Gravesend. Temprano, a la mañana siguiente, cuando los pasajeros y los Amigos, que habían decidido acompañarnos hasta los Downs, estuvieron a bordo, nos despedimos con gran emoción de los que se quedaron en Gravesend, y, a eso de las seis de la mañana, zarpamos con rumbo a los Downs. Con viento favorable, pronto se hincharon nuestras velas y avanzamos a los otros buques, llegando al anochecer. Algunos Amigos, y yo también, desembarcaron aquella noche, pernoctando en Deal, donde supimos que un oficial tenía órdenes del gobernador de tomar nuestros nombres por escrito; lo que hizo a la mañana siguiente, a pesar de que le dijimos que ya nos los habían tomado en Gravesend. Por la tarde, siendo el viento favorable, me despedí de mi mujer y otros Amigos, yéndome abordo. Pero antes de que zarpásemos, aconteciendo que dos fragatas reales surcaban los Downs, el capitán de una de ellas nos mandó abordo a su contramaestre, que se llevó tres hombres de nuestra tripulación. Con toda seguridad, este percance hubiera retrasado el viaje, o incluso nos lo hubiera hecho imposible, a no ser por el capitán de la otra fragata, que al enterarse de la duración de nuestro viaje y de que nuestro buque hacía agua, nos tuvo compasión y con gran caballerosidad nos cedió dos de sus hombres. En esto un oficial de aduanas subió abordo, para registrar los equipajes e imponer multas; de modo que entre unas y otras cosas nos demoramos tanto que no zarpamos hasta la puesta de sol; y mientras así estuvimos detenidos, un número considerable de buques mercantes, con rumbo a alta mar, nos adelantaron de varias leguas. Libres al fin, por la noche, desplegamos las velas y adelantamos parte de la flota cerca de los acantilados de Dover. Pronto alcanzamos el resto y, al cabo de poco, la dejamos atrás, ya que nuestro buque era reconocido como un velero muy rápido. Sin embargo, hacía mucha agua, por lo que, tanto la tripulación como la mayor parte de los pasajeros, tenían que manejar las bombas noche y día, lo que fue muy saludable para unos y otros. Un día, observaron que en dos horas habían entrado dieciséis pulgadas de agua en la sentina, y había en la quilla un gran agujero, por el que pasaba la mano, y cuando lo taparon encontraron pececillos dentro del barco. Después de unas tres semanas de viaje, una tarde, vimos a popa, un navio, a cosa de unas cuatro leguas de distancia; y dijo nuestro capitán que era un buque de guerra que parecía darnos caza; y luego añadió, "Ea, vamos a cenar y cuando oscurezca nos habrá perdido de vista." Así dijo, para satisfacción y tranquilidad de los pasajeros, debido a que algunos empezaron a dar muestras de gran temor ante el peligro. Pero los Amigos estaban completamente tranquilos, como tenían fe en Dios, sin que el temor se apoderase de sus espíritus. Cuando el sol se hubo puesto, desde mi cabina vi al navio que venía hacia nosotros. Cuando hubo oscurecido, cambiamos nuestro curso para evitarlo, pero también el otro navio cambió el suyo, ganándonos ventaja. Por la noche, el capitán, junto con otros, vino a mi cabina para preguntarme que era lo que debían de hacer; a lo cual les respondí que no era marinero y les pregunté que es lo que ellos creían que era más conveniente. Me dijeron que solo había dos soluciones, que eran, o bien aumentar la velocidad de nuestra marcha, o bien virar y seguir el mismo rumbo que seguíamos antes. Les dije entonces que si el otro navio era pirata, podían tener por seguro que viraría también, y que, en cuanto a aventajarlo en la marcha, era inútil hablar de ello pues bien veían que era el otro mejor velero que el nuestro. Volvieron a preguntarme que tenían que hacer porque, dijeron, si los marineros hubieran seguido el consejo de Pablo no hubieran sufrido las malas consecuencias que sufrieron; y les respondí que era ello un caso para poner la fe a prueba y que, por consiguiente, tenían que aguardar el consejo de Dios. De modo que, recogiéndome en espíritu, el Señor me mostró que Su vida y poder estaban entre nuestro barco y el que nos perseguía. Así lo hice saber, al capitán y a los demás, diciéndoles que la mejor solución era virar y seguir nuestro rumbo primero. Les dije también que desearía que apagasen todas las luces, excepto la que iluminaba al timonel, y que rogasen a los pasajeros que se mantuviesen quietos guardando silencio. A eso de las once de la noche el vigía nos llamó y nos dijo que los otros se nos echaban encima. Inquietó esto a los pasajeros y, entonces, incorporándome en la litera, miré por el tragaluz y, como la luna no se había ocultado del todo, vi al otro navio que estaba muy cerca de nosotros. Iba ya a levantarme para salir de la cabina cuando, acordándome de la palabra del Señor, de que Su vida y poder estaban entre ellos y nosotros, volví a acostarme de nuevo. El capitán y algunos marineros vinieron otra vez a preguntarme que pasaría de no poder avanzar de proa; y les respondí que hiciesen lo que quisieren. En aquel momento la luna estaba muy baja y, levantándose una fresca brisa, el Señor nos ocultó y apretando la marcha perdimos de vista al otro navio. Al día siguiente, siendo el Primer día de la semana, celebramos una reunión pública en el barco, manteniendo esta costumbre durante todo el viaje y la presencia del Señor se mostró en gran manera entre nosotros. Quería yo que les gentes se diesen cuenta de las mercedes del Señor, que los había librado, ya que, de no haberlos salvado el Señor, por aquel entonces estarían ya todos en manos de los turcos. Una semana después, el capitán y algunos marineros, trataban de persuadir a los pasajeros de que no era un barco pirata turco el que nos había dado caza, sino un navio mercante que se dirigía a las Canarias; y cuando oí tal cosa les pregunté, por qué, entonces, me hablaron como lo hicieron, por qué alarmaron a los pasajeros y por qué viraron a bordo, para evitarlo, cambiando de rumbo. Les dije también que deberían de tener más cuidado en quitar importancia a las mercedes del Señor. Salomón Eccles, ayunó durante siete días, sin comer ni beber durante todo este tiempo, no haciendo más que lavarse algunas veces la boca con vinagre; y tampoco se acostó en los siente días, a menos de adormecerse un poco por las noches cuando se sentaba. Más tarde, cuando estábamos en las Barbados, llegó allá un mercader inglés de Sallee, y contó a las gentes que una fragata de guerra de Sallee había apercibido un bergantín monstruoso en alta mar, el mayor del mundo, y que, después de darle caza por tres días, cuando estaba ya a punto de alcanzarlo no pudo apresarlo porque había un espíritu en el bergantín. Esto confirmó nuestra creencia de que había sido una fragata de guerra de Sallee la que nos había dado caza y que fue el Señor quien nos libró de ella. Una mañana, la pasamos, yo y varios Amigos, tratando de descifrar el significado de los cuatro ríos del Edén, según los hebreos, así como su simbolismo místico. En todo el viajé no me mareé, al contrario de lo que sucedió a muchos Amigos y a otros viajeros, pero los muchos golpes y magulladuras, que había recibido anteriormente, y los achaques que contraje en Inglaterra, durante tantos y amargos encarcelamientos, se reprodujeron en el mar, debido al frío extremo y otras influencias, por lo que me sentí muy mal del estómago y lleno de dolores violentos en huesos y extremidades. Es to me sucedió después de un mes de estar en el navio, pues a las tres semanas de estar en alta mar, sudé abundantemente, por primera vez, sobre todo en la cabeza, mi cuerpo se cubrió de una erupción de granos y los pies y las piernas se me hincharon en extremo, de tal modo, que no podía ponerme las medias y los calzones sino con grandes trabajos. Después, súbitamente, dejé de sudar, y de tal manera, que, cuando llegamos a climas cálidos, no podía transpirar en absoluto mientras todo el mundo sudaba a mares. Estaba mi carne seca y caliente que abrasaba y, lo que antes se resolvió en granos, me atacó esta vez al corazón y al estómago, con tal fuerza, que hubiera matado a muchos otros. Así continué el resto del viaje, o sea, un mes aproximadamente, pues pasamos siete semanas y unos días en el mar. El día tres del Octavo mes, temprano por la mañana, divisamos las islas Barbados; pero no pudimos anclar en la bahía de Carlisle hasta las nueve o diez de la noche. Descendimos a tierra, así que pudimos, y, junto con otros, anduvimos hasta la casa de un Amigo, un mercader llamado Ricardo Forstall, a poco más de un cuarto de milla de Bridgetown; pero como estaba tan débil y enfermo me cansé tanto de andar tan poco trecho que llegué exhausto. Muy enfermo permanecí allí varios días, y aunque varias veces me administraron medicinas para hacerme sudar, no hubo modo de conseguirlo. Al contrario, lo que me dieron, antes secó y angostó mi cuerpo, por lo que empeoré más de lo que hubiera sido de otro modo. Así continué, durante unas tres semanas, después de desembarcar, sintiendo tales dolores en los huesos, articulaciones y el cuerpo todo, que apenas si podía conseguir algún descanso; sin embargo, estaba alegre y mi espíritu se mantuvo fuerte por encima de todo ello. Tampoco consiguió la enfermedad que dejase el servicio de la Verdad, puesto que, tanto en el mar como después de llegar a Barbados, antes de estar en estado de recorrer el país, escribí varios artículos (un Amigo me los escribía), algunos de los cuales, a la primera oportunidad que tuve, los mandé a Inglaterra para que los imprimiesen. Luego que hube descansado tres o cuatro días, en casa de Ricardo Forstall, donde muchos Amigos vinieron a verme, Juan Rous, que había pedido prestado un coche al coronel Chamberlain, vino para llevarme a casa de su padre, Tomás Rous. Pero se hizo tarde antes de que llegásemos, por lo que poco pude descansar aquella noche. Al cabo de pocos días, el coronel Chamberlain, que tan amablemente nos había prestado su coche, vino a visitarme y estuvo muy cortés conmigo. Poco después de llegar a la isla, me informaron de un acontecimiento notable, en el que la justicia de Dios se había revelado eminentemente. El hecho fue el siguiente. Había en Barbados un joven, de nombre Juan Drakes (persona de cierta consideración en el mundo, pero blasfemador vulgar y mala persona) que, estando en Londres, pensó en casarse con una joven doncella, hija de un Amigo. Esta muchacha, siendo muy joven y con dote considerable, había sido confiada por su madre a la tutoría y cuidados de varios Amigos, de los cuales era yo uno. Me solicitó el joven consentimiento para casarse con la doncella y le dije que, siendo uno de los tutores nombrados por su madre, que era viuda, para cuidar de la muchacha, creía que, de tener su madre la intención de que se uniera a un hombre del mundo, hubiera dispuesto de su hija de acuerdo con tal deseo, mientras que si nos la había confiado era para que fuese educada en el temor de Dios; por consiguiente traicionaría la confianza de que era depositario si consintiera en que él, un hombre del mundo sin temor de Dios, se casase con la muchacha, lo cual no estaba dispuesto a permitir. Cuando el joven vio que no podía conseguir su intento regresó a Barbados, altamente ofendido conmigo, aunque sin justo motivo. Más tarde, así que oyó que iba yo a llegar a Barbados, juró desesperadamente y amenazó que por poco que pudiera me haría quemar vivo en cuanto llegase. Cuando esto oyó un Amigo, le preguntó que era lo que yo le había hecho, que tan furioso estaba contra mí, y sin responderle repitió otra vez, "Lo haré quemar vivo"; ante lo cual el Amigo replicó, "No andes con tanto furor, no sea que llegues demasiado pronto al fin de tus días." A los diez días le atacó una fiebre violenta y abrasadora de la que murió, y, estaba su cuerpo tan abrasado, que la gente se dio cuenta de ello y dijeron que se había puesto negro como el carbón. Tres días antes de que yo desembarcase dieron tierra a su cuerpo y lo señalaron como un triste ejemplo. En esto, continuaba yo tan débil que no podía viajar para asistir a las reuniones, dándose los otros Amigos que vinieron conmigo buena prisa en trabajar para el Señor. Había sólo transcurrido un día, después de nuestra llegada a tierra, y ya celebraron una gran reunión, en la ciudad de Bridgtown; y después de esta, otras varias, aquí, allá, de un lado a otro de la isla, siempre en servicios, trillando, cortando, tajando, siendo muy numerosas sus reuniones, que fueron muchas, as í en el tiempo como lugar, y tanto más grandes y numerosas por razón de que muchas personas del mundo, algunas de alto rango, acudieron a ellas. Y era la causa de todo ello que, conociéndome de nombre y sabiendo que estaba en la isla, esperaban verme en tales reuniones, ignorando que no me hallaba en estado de ir de un lado para otro. Y, en realidad, mi estado de debilidad duró tanto, por razón de sentirse mi espíritu al principio muy oprimido por la inmundicia, porquería e injusticias de la gente, todo lo cual era pesada y dura, carga sobre mí. Sin embargo, después de pasar algo más de un mes en la isla, se aligeró un tanto mi espíritu y comencé a recobrar en cierta medida mi salud y mis fuerzas, empezando entonces a asistir a las reuniones de Amigos. A causa de no hallarme todavía en estado de viajar, los Amigos de la isla decidieron celebrar sus reuniones, de hombres y mujeres, para el servicio de la iglesia, en casa de Tomás Rous, donde estaba yo guardando cama; y esto me permitió estar presente, en cada una de tales reuniones, haciendo así muy buen servicio para el Señor, ya que necesitaban informarse mejor de muchas cosas, por haberse deslizado entre ellos ciertos errores a causa de la falta de cuidado y vigilancia. Los exhorté, especialmente en las reuniones de hombres, a ser cuidadosos y atentos en cuanto al matrimonio, evitando que Amigos se casasen con parientes próximos, y también demasiadas prisas con respecto a un segundo matrimonio, después de la muerte de marido o mujer, aconsejándoles que en tales casos guardasen el conveniente miramiento a la memoria del difunto, esposo o esposa. En cuanto a que los hijos de los Amigos se casaran demasiado jóvenes, como a los trece o catorce años de edad, les hice ver lo perjudicial de tal costumbre y los inconvenientes y sinsabores que acompañan a estos matrimonios infantiles. Los amonesté a que limpiasen bien el suelo, barriendo sus casas, para que. estuvieran muy limpias y así nada quedara en ellas que fuese corruptible; y que no hablasen de nada, de lo que se había tratado en las reuniones, que diera lugar a críticas y difamación de unos con otros. Igualmente, en lo concerniente al registro de matrimonios, nacimientos y entierros, les notifiqué que debían inscribirlos con exactitud, en cada caso, en libros distintos, sólo para este objeto; y también anotar en otro libro especial la repudiación de aquellos que apartándose de la Verdad caían en prácticas deshonestas, así como el arrepentimiento y redención de los que retornaban de nuevo al bien. También recomendé a su cuidado el proveer, para los Amigos, cementerios convenientes que, en algunos lugares, todavía faltaban. Así mismo les di algunas instrucciones concernientes a como tenían que tratar y ordenar legados dejados por Amigos, para uso público, y otras cosas relacionadas con los asuntos de la iglesia. Después, en cuanto a los negros o mulatos, los expuse mi deseo de que procurasen criarlos en el temor del Señor, tanto a los que habían comprado con su dinero como a los que habían nacido en sus casas, para que todos pudieran llegar al conocimiento del Señor, y que como Josué, cada cabeza de familia pudiera decir, "que yo y mi casa serviremos al Señor." Les dije también que quisiera que procurasen que los capataces tratasen a sus negros suave y afablemente, sin usar de crueldad, como algunos habían hecho y hacían, y que después de algunos años de esclavitud les dieran libertad. Muchas cosas dulces y preciosas fueron reveladas en estas reuniones, por el espíritu y el poder del Señor, para edificación, confirmación y formación de Amigos, tanto en la fe como en el orden sagrado del evangelio. Cuando me sentí ya en estado de salir, luego que hube estado un poco con los Amigos, fui a visitar al gobernador; acompañándome Luís Morris, Tomás Rous y algunos otros Amigos. Nos recibió con gran deferencia y estuvo muy amable con nosotros, invitándonos a comer con él y haciéndonos pasar en su compañía la mayor parte del día, sin consentir que nos marchásemos. Aquella misma semana fui a Bridgtown. Tenía que celebrarse en aquellos días una junta general de Amigos, y, como oficiales militares y empleados civiles sabían de la visita que había hecho al gobernador y de su amable acogida, muchos, y no de los menos importantes, como jueces, magistrados, coroneles y capitanes, vinieron de casi toda la isla para asistir a la reunión; que fue una gran reunión así de Amigos como de los que no eran. El bendito poder del Señor se mostró plenamente entre nosotros y aunque, cuando llegó mi turno de hablar, después de haberlo hecho tres Amigos, estaba bastante fatigado, el Señor, hizo por mi boca revelaciones, para satisfacción de todos los presentes. El coronel Luís Morris, acudió a esta reunión, y con él un vecino suyo, juez en el interior, que sintió gran satisfacción, recibiendo la Verdad. Pablo Gwin y los suyos, gritaron y rabiaron hasta que se cansaron. Me preguntaron como deletreaba la palabra Caín y si poseía el mismo espíritu que los apóstoles; a lo cual respondí que sí lo poseía y entonces se marcharon. Aquella noche volví a casa, que estaba a unas nueve o diez millas, con Luís Morris; haciendo parte del camino en barco y parte a caballo. Me pareció que en el lugar donde tenía su plantación era el aire más puro que en todo el resto de la región. Al día siguiente, Tomás Briggs y Guillermo Edmonson, vinieron a verme con la intención de salir de la isla al otro día para ir a Antigua y Nevis, en cumplimiento del servicio del Señor. Luís Morris fue con ellos y en Antigua celebraron varias y buenas reuniones, a las que acudió gran gentío, convenciéndose muchos. Pero cuando llegaron a Nevis, el gobernador, antiguo perseguidor, no los dejó desembarcar y mandó soldados a bordo para que lo impidieran. En vista de esto, subieron a bordo los Amigos del lugar, y se reconfortaron sintiendo el poder y presencia del Señor entre ellos; y regresando después a Antigua, donde permanecieron algún tiempo volvieron a Barbados, sintiéndose Tomás Briggs muy débil y enfermo. De los otros Amigos que me acompañaron desde Inglaterra, Jaime Lancaster, Juan Cartwright y Jorge Pattison, se habían ido a Jamaica, hacía algún tiempo, y otros, a diferentes lugares, de modo que sólo muy pocos quedaban conmigo en Barbados. Con todo celebramos muchas grandes y preciosas reuniones, tanto con fines de devoción como para tratar de asuntos de la iglesia, asistiendo a ellas mucha gente del mundo. En una de estas reuniones, el coronel Lyne, persona austera, quedó tan satisfecho de lo que yo declaré, que dijo, "Ahora si podré contradecir a los que he oído hablar mal de vos, diciendo que ni creéis en Cristo ni en Su muerte, mientras que según he podido oír, vos eleváis a Cristo en todas Sus manifestaciones, mucho más de lo que jamás haya oído." Este hombre, observando que una persona había tomado por escrito los tópicos principales de lo que había yo perorado, quiso una copia de ello y permaneció otro día entre nosotros; tan grande se levantó en él, el amor a la Verdad. Muchas fueron en verdad las conversiones, en muchos lugares de la isla, lo cual enfureció a hizo rabiar a los sacerdotes y también a algunos eclesiásticos. Eran nuestras reuniones muy numerosas y libres de toda persecución, por parte del gobierno, aunque sacerdotes y eclesiásticos procuraban incitar a los magistrados en contra nuestra. Cuando vieron que de este modo nada conseguían, algunos Bautistas vinieron a la reunión de la ciudad, llena de gente de diferente rango y calidad. Vinieron en gran grupo y trajeron un libelo infamante, escrito por Juan Pennyman, con el que estaban armando gran ruido. Pero el Señor me dio discernimiento y don de palabra para responder a sus frívolas objeciones, por lo que el auditorio, en general, quedó satisfecho, perdiendo terreno aquellos eclesiásticos pendencieros. Cuando se cansaron de chillar, se marcharon, pero, quedándose la gente, sin moverse, se continuó la reunión; aquello, sobre que habían inventado sus patrañas, fue todavía comentado y aclarado y la vida y poder de Dios descendieron sobre todos. Sin embargo, no cesaron el furor y envidia de nuestros adversarios, que se dedicaron a difamar a los Amigos con historias falsas y escandalosas, difundiéndolas por toda la isla. En vista de esto, yo, junto con algunos Amigos, redactamos un documento, en nombre de la Verdad, para poner a los Amigos a salvo de aquellas falsas acusaciones. Decía así:
Zarpé de Barbados para Jamaica, el día ocho del Undécimo mes de 1671, acompañándome Roberto Widders, Guillermo Edmonson, Salomón Eccles e Isabel Hooton; mientras que, Tomás Briggs y Juan Stubbs, se quedaron en Barbados junto con Juan Rous y Guillermo Bailey. Hicimos una rápida y fácil travesía hasta Jamaica, donde nos encontramos con nuestros Amigos, Jaime Lancaster, Juan Cartwright y Jorge Pattison, que allí habían estado trabajando al servicio de la Verdad; en cuya lid, a partir de aquel momento, entramos con ellos, viajando de un lado a otro de la isla, que es grande. Tierra generosa es aquella, aunque sus habitantes, en su mayoría, son depravados y malvados. Hicimos una gran obra. Hubo muchas conversiones y muchas personas, algunas de alto rango en el mundo, recibieron la Verdad. La gente fue muy cortés con nosotros, no abriéndose una sola boca en contra nuestra. Estuve dos veces con el gobernador y otros magistrados, portándose todos muy afablemente con nosotros. Una semana, poco más o menos, después de desembarcar en Jamaica, Isabel Hooton, mujer de edad muy avanzada, que había viajado mucho, al servicio de la Verdad, por la que había pasado grandes sufrimientos, falleció. Se encontraba bien el día antes de morir y partió en paz, como un cordero, dando testimonio con su partida de adhesión a la Verdad. Después de pasar siete semanas y un día en Jamaica, organizando a los Amigos e instituyendo varias juntas; como hubo grandes conversiones en el Piste, Oeste, Norte y Sur del país, allí dejamos a Salomón Eccles. El resto embarcamos para Maryland, dejando a los Amigos y a la Verdad, prósperos en Jamaica; el poder del Señor sobre todos, reinando Su bendita semilla. Antes de salir de Jamaica, mandé otra carta a mi mujer, que decía como sigue:
Embarcamos el día ocho del Primer mes de 1671-2, pero, siéndonos los vientos contrarios, pasamos, avanzando y retrocediendo, una semana entera de navegación, antes de perder Jamaica de vista. Fue viaje peligroso, especialmente al pasar el golfo de Florida, donde vientos y tormentas nos pusieron a prueba. Pero Dios omnipotente, Señor de mares y tierras, cabalgando en alas del viento, nos guardó, por Su poder, de muchos y grandes peligros, cuando, por causa de la gran violencia de la tempestad, nuestro buque, con parte de su velamen destrozado, estuvo varias veces a punto de zozobrar. Y en verdad, grande fue nuestro reconocimiento porque el Señor fuese un Dios asequible, con el oído atento a las súplicas de Su pueblo. Porque ello fue que, cuando los vientos eran tan fuertes y huracanes, tormentas y tempestades tan grandes que los marineros sin saber que hacer estaban tentados de dejar el buque a su suerte, nosotros, rogamos al Señor que, escuchándonos graciosamente, calmó los vientos y los mares y nos dio viento favorable para que nos regocijásemos en la salvación que de El nos vino. ¡ Alabado y bendito sea el sagrado Nombre del Señor, cuyo poder tuvo dominio sobre todo y a quien obedecen los vientos y los mares! En esta travesía, de Jamaica a Maryland, estuvimos de seis a siete semanas en el mar. Algunos días antes de llegar a tierra, después de haber entrado en la bahía del río Patuxent, se levantó una gran tempestad que nos echó encima un barco, buscando refugio, en el que viajaban diversas gentes de alto rango en el mundo. Tomamos la gente a bordo, pero el barco se perdió con su carga que, según dijeron, valía quinientas libras esterlinas. Imposibilitados de dejar el barco, los nuevos pasajeros, continuaron abordo varios días y celebramos con ellos una buena reunión. Mas las provisiones comenzaron a escasear, por no haber traído ellos ningunas y las nuestras, por razón de lo largo del viaje, estar casi agotadas, cuando los encontramos, por lo que, viviendo ahora en común, apenas si quedaba nada que comer. En vista de esto, Jorge Pattison, embarcó en un bote arriesgando su vida para llegar a la costa, siendo el peligro tan grande que todo el mundo, excepto los Amigos, estaba convencido de que se perdería. Y, con todo, plugo al Señor que llegase salvo a la costa, y que, al cabo de muy poco tiempo, los Amigos del lugar, vinieran a llevarnos a tierra; con gran oportunidad, pues las provisiones estaban ya casi agotadas del todo. En este viaje, la buena providencia del Señor, nos salvó de otro gran peligro que no supimos hasta después y que fue el siguiente: Cuando nos decidimos a salir de Jamaica, pudiendo elegir entre dos navios, con destino a la misma costa, uno, una fragata, y el otro un pequeño velero, cerramos trato con el capitán de este, que nos hizo un precio diez chelines más barato por persona que el capitán de la fragata, que a nuestro parecer nos había pedido demasiado por los pasajes. Embarcamos en el velero, zarpando la fragata juntamente con nosotros, pues se había decidido que se escoltarían mutuamente durante el viaje; y así navegamos juntos varios días. Pero calma y vientos contrarios nos separaron al cabo de un tiempo, después de lo cual, la fragata, perdido el rumbo, cayó en manos de los españoles que la apresaron y la robaron, haciendo prisioneros al capitán y al primer oficial. Más tarde, apresada de nuevo por los ingleses, la mandaron a sus propietarios que eran de Virginia, Cuando supimos todo esto, vimos y admiramos la providencia de Dios que nos guardó de nuestros enemigos; mas el codicioso cayó en manos de los codiciosos. Algunos Amigos de Jamaica querían que fuésemos en la fragata que fue apresada, mas el Señor en Su sabiduría ordenó lo contrario. Encontramos en Maryland a Juan Burnyeat, que tenía la intención de salir en breve para Inglaterra, pero con nuestra llegada alteró su propósito y se juntó a nosotros para el servicio del Señor. Había convocado en junta general a todos los Amigos de la provincia de Maryland, para que así pudiese despedirse de todos ellos antes de abandonar aquel país; y la divina providencia dispuso que desembarcáramos justamente a tiempo para alcanzar la junta, teniendo así una magnífica oportunidad de conocer a todos los Amigos de la provincia. Fue esta una gran reunión, que duró cuatro días, asistiendo a ella, además de los Amigos, mucha otra gente, alguna de alto rango; como cinco o seis jueces de paz, uno de los secretarios de su parlamento o asamblea, uno del consejo, y otras gentes de significación, que, quedaron muy satisfechas de la reunión. Después de que se concluyeron las reuniones públicas, comenzaron las de hombres y de mujeres, en las que manifesté a los Amigos su utilidad, con gran satisfacción por su parte. Después de esto fui a un lugar llamado los Cliffs, donde se había convocado otra junta general. Parte del camino lo hicimos por tierra y el resto por mar, y, levantándose una tormenta, nuestra embarcación embarrancó, con peligro de hacerse a trizas, entrando el agua que nos caía encima. Estaba yo empapado de sudor, pues me había acalorado mucho en una reunión que acabábamos de celebrar, y, luego con el agua que cayó sobre mí, quedé completamente calado. Sin embargo, teniendo fe en el poder divino, me libré de todo mal, bendito sea el Señor. También a esta reunión acudió mucha gente del mundo, que recibió la Verdad con reverencia. Celebramos después una junta para hombres y otra para mujeres, a las que acudieron muchos de los que habían renegado su fe; instituyéndose varias de estas reuniones para cuidar de los asuntos de la iglesia. Celebradas estas dos reuniones generales, nos separamos, dividiéndonos en grupos, para ir a varios lugares del litoral, en el servicio de la Verdad. Jaime Lancaster y Juan Cartwright, se fueron por mar a Nueva Inglaterra; Guillermo Edmonson y otros tres Amigos zarparon para Virginia, donde andaba todo muy desordenado; y Juan Burnyeat, Roberto Widders, Jorge Pattison y yo, con varios Amigos de la provincia, pasamos en barco a la costa Este de la bahía de Chesapeake, donde, el Primer día celebramos una reunión, recibiendo mucha gente la Verdad con gran satisfacción, y los Amigos se reconfortaron en gran manera. Fue aquella una reunión grande y divina, a la que acudieron varias personas de calidad del país, dos de las cuales eran magistrados de la paz. Sentí que era voluntad del Señor que invitase al Emperador indio y a sus reyes a venir a la reunión. Vino el Emperador, asistiendo a ella, pero los reyes, que vivían más lejos, no llegaron a tiempo; aunque vinieron más tarde con todos sus jefes. Aquella noche, tuve dos buenas oportunidades de hablar con ellos que escucharon de buen grado la palabra del Señor convirtiéndose a ella. Les pedí que repitiesen a sus gentes lo que yo les había dicho, para que así supieran que Dios elevaba el testimonio de su Tabernáculo y clavaba Su estandarte e insignia gloriosa de justicia en su suelo salvaje. Se comportaron muy atenta y afablemente, preguntando que donde iba a celebrarse la próxima reunión, pues querían asistir a ella; a pesar de que, según me dijeron, antes de venir aquel día, habían tenido un gran debate con su consejo, sobre si debían o no acudir a mi llamamiento. Al día siguiente, con dos indios por guías, emprendimos viaje, por tierra, hacia Nueva Inglaterra; viaje pesado a través de un país salvaje, cruzando bosques, pantanos y grandes ríos. En una ocasión nos encontramos con un indio que, al cabo de un rato, comenzó a palparme y a manosearme diciendo que era yo de buena sangre, y sentí curiosidad de saber que es lo que quería hacer, pues, a pesar de estar solo con él, no abrigaba el menor temor. Finalmente, levanté mi mano hacia el cielo y después la bajé hacia la tierra diciéndole que el gran Dios lo quemaría; en esto, se le acercó otro indio y, después de cuchichear unas palabras, se marcharon. Montamos a caballo donde nace el arroyo Tredhaven y seguimos, a través de montañas, hasta llegar al río Miles,3 que cruzamos un poco más arriba de donde nace, cabalgando hasta donde nace el río Wye, y después, el río Chester, donde, después de encender fuego, pernoctamos en el bosque. A la mañana siguiente, nos pusimos de nuevo en marcha y, cruzando bosques llegamos al río Sasafrás, que atravesamos en canoa, mientras nuestros caballos lo atravesaban a nado; y cabalgamos después hasta el río Bohemia, que atravesamos igualmente en canoa, nadando los caballos. Descansamos en una plantación, que se hallaba en nuestro camino, mas por poco tiempo, debido a que teníamos que cabalgar treinta millas aquella tarde si queríamos, como era nuestro deseo, llegar a una ciudad. Yo, y otros, que montaban caballos fuertes, llegamos aquella noche a la ciudad, día nueve del Tercer mes, cansadísimos y por añadidura calados hasta los huesos; mientras que, Jorge Pattison y Roberto Widders, que cabalgaban en monturas flojas, tuvieron todavía que pasar aquella noche en el bosque. La ciudad, a la que llegamos, era una población holandesa, llamada Newcastle, adonde, Roberto Widders y Jorge Pattison, vinieron a encontrarnos a la mañana siguiente. Salimos de allí y cruzamos el río Delaware, no sin correr gran peligro las vidas de algunos de nosotros. Una vez cruzado el río, tuvimos dificultades en procurarnos nuevos guías, que eran difíciles de encontrar y muy caros, teniendo que atravesar aquel país salvaje, lleno de selvas desiertas que, según decían, nunca nadie las había atravesado a caballo; país que más tarde, fue llamado West Jersey, no estando entonces habitado por los ingleses. Cabalgamos todo el día, sin ver hombre o mujer, casas o viviendas; durmiendo unas veces en el bosque, a la vera de un fuego, y otras en las cabañas de los indios. Un día, llegamos ya de noche a un poblado indio, donde dormimos en casa del rey, que era hombre de bien. Así él como su mujer nos recibieron muy afablemente y sus servidores, (ron todo y su condición, fueron muy respetuosos. Nos dieron mantas para que nos tendiéramos, pero las provisiones anduvieron escasas porque aquel día no habían tenido caza abundante. En otro poblado indio, donde nos detuvimos, el rey vino a vernos y como hablaba algo de inglés, conversé largamente con él y con sus súbditos, que fueron muy afables. Había en Nueva Inglaterra, un rey indio, que contaba que había observado que muchos de sus súbditos, al ser convertidos por los eclesiásticos de Nueva Inglaterra, se volvían peor de lo que eran, antes de abandonar su religión; y añadía, que, de todas las religiones que él había visto, la de los Cuáqueros era la mejor. Pero, si sus súbditos se acogían a los eclesiásticos de Nueva Inglaterra, lo que hacía a la gente peor de lo que era, él no podía acogerse a la religión de los Cuáqueros, que era la mejor, porque, entonces, los eclesiásticos lo condenarían a muerte y lo ahorcarían, y pondrían a sus súbditos fuera de la ley, como habían hecho con los Cuáqueros. En vista de todo lo cual, decidió que era mejor continuar siendo lo que era. Haciendo camino, llegamos a Middletown, una plantación inglesa, en Jersey del Este, donde había algunos Amigos; mas no pudimos por entonces deteneros a celebrar una reunión, por desear nuestros espíritus ardientemente alcanzar la junta semestral de los Amigos de Oyster Bay, en Long Island, que estaba cerca. Bajamos con un Amigo, Ricardo Hartsborn (hermano de Hugo Hartsborn, el tapicero de Houndsditch, en Londres), que nos recibió en su casa de mil amores y allí tomamos algún descanso (pues estábamos realmente cansados) y después nos condujo, como también a nuestros caballos, en su propio barco, a través de un brazo de agua, en lo que pasamos la mayor parte del día, y nos desembarcó en Long Island. De este modo llegamos a Gravesend al anochecer, con cuyos Amigos nos detuvimos aquella noche y al día siguiente llegamos a Flushing; a casa de un tal Juan Bowne (desterrado a Inglaterra por los holandeses), y había allí varios centenares de personas del mundo, que me dijeron que si quería ir a su pueblo, podría disponer de la casa en donde se reunían. Al día siguiente, llegamos a Oyster Bay, con varios Amigos de Gravesend y de Flushing que nos acompañaban. Empezó la junta semestral, el día diecisiete del Tercer mes, Primer día de la semana, y duró cuatro días. El Primer y Segundo día celebramos reuniones públicas, para rendir culto a Dios, a las que asistieron gentes del mundo. El tercer día se celebraron las reuniones de hombres y de mujeres, en las que se trató de los asuntos de la iglesia. En tal ocasión, dimos con algunos malos espíritus que se habían apartado de la Verdad, para caer en el prejuicio, disputas y oposición al orden de la Verdad y de los Amigos. Habían ya, esas gentes, importunado mucho a los Amigos en las reuniones previamente celebradas, tanto allí como en los alrededores, y así hubiera sido también esta vez. Mas como yo no estaba dispuesto a permitir que los servicios de nuestros hombres y mujeres en las reuniones fuesen interrumpidos y retrasados por causa de sus maquinaciones, les di a entender que si tenían alguna objeción en contra del orden de la Verdad, que nosotros seguíamos, otro día, organizaríamos una junta a propósito, para tratar de ello. Y, en verdad, si había trabajado tanto y había forzado mi viaje, como lo hice, para asistir a esta reunión, donde esperaba encontrar a esta gente pendenciera, era porque había sabido que me habían censurado mucho cuando estaba lejos. Habiéndose terminado el Cuarto día las reuniones de hombres y de mujeres, celebramos otra reunión, con aquellos descontentos, a la que asistieron tantos de ellos como quisieron y todos los Amigos que lo desearon; y el poder del Señor, irrumpió gloriosamente para confusión de nuestros contendientes. Entonces, algunos de los que habían tenido mayor parte en la malévola tarea de discutir y oponerse a la Verdad, comenzaron a adularme servilmente, echando la culpa sobre otros; pero tal espíritu engañador fue sojuzgado y condenado, y la gloriosa Verdad de Dios fue exaltada y elevada por encima de todos; y los hundimos y humillamos, siendo ello gran servicio para la Verdad, y gran satisfacción y consuelo para los Amigos. ¡Glorificado sea el Señor eternamente! Después de que los Amigos se marcharon a sus viviendas, estuvimos algunos días en la isla, celebrando reuniones en varios lugares, para servicio del Señor. Cuando concluimos nuestra labor en la isla, volvimos a Oyster Bay, esperando que viento favorable nos llevase a Rhode Island que, se calculaba, estaba a unas doscientas millas de allí. Tan pronto como sopló viento propicio, zarpamos, llegando el día treinta del Tercer mes, y los Amigos nos recibieron con alegría. Fuimos a casa de Nicolás Easton, en aquel entonces gobernador de la isla, en donde pasamos la noche, muy cansados de viajar por tierra y por mar. El Primer día siguiente, celebramos una gran reunión, a la que acudieron, el gobernador y varios jueces, que quedaron altamente impresionados por la Verdad. La semana siguiente, se celebró en esta isla la Junta Anual de todos los Amigos de Nueva Inglaterra y colonias adyacentes, a la que, además de muchísimos Amigos, asistió Juan Stubbs, que vino de Barbados, y Jaime Lancaster y Juan Cartwright, que vinieron de otro lugar. Esta reunión duró seis días, dedicándose los cuatro primeros días a celebrar reuniones públicas, con objeto de rendir culto a Dios, a las que asistió abundancia de gentes del mundo, que vinieron en balandros desde otras colonias y jurisdicciones; debido a que, no habiendo sacerdote en la isla, y, por consiguiente, ninguna restricción a cualquier forma de culto, como el gobernador y el diputado gobernador, junto con varios jueces de paz, acudieron a las reuniones a diario, tanto alentó esto a la gente que acudieron en muchedumbre, de todas partes de la isla. Gran servicio hicimos en ellos; siendo la Verdad muy bien recibida. Raramente he observado a gentes que, de pie como estaban, escuchasen con más atención, diligencia y afección, que aquellas, durante los cuatro días, y la misma observación hicieron otros Amigos. Luego que los Amigos se hubieron despedido unos de otros, nosotros, los que estábamos de paso, nos dispusimos a acudir a nuestros correspondientes servicios, como el Señor nos lo había ordenado. Juan Burnyeat, Juan Cartwright, y Jorge Pattison se fueron hacia los lugares al Este de Nueva Inglaterra, en compañía de los Amigos que de allí provenían, para visitar las reuniones especiales; teniendo Juan Stubbs y Jaime Lancaster, la intención de seguirlos, al poco tiempo, con el mismo fin, pues aún sus tareas en la isla no se habían terminado. Roberto Widders y yo, permanecimos algún tiempo en la isla, hallando todavía algo que hacer, en servicio del Señor, debido a la gran receptividad del pueblo y la llegada diaria de nuevas gentes, durante algún tiempo, después de celebrada la junta general, que en barcos venían de otras colonias; por lo que aún celebramos grandes y útiles reuniones, por espacio de varios días. Por aquel entonces, se celebró una boda entre los Amigos de la isla, a la que asistimos. Se efectuó en casa de un Amigo, que había sido gobernador de la isla, asistiendo tres jueces de paz y mucha otra gente; y, tanto ellos como los Amigos, dijeron que nunca habían visto, en tal ocasión, una asamblea tan solemne, un enlace tan sólido y un orden tan justo. Así, la Verdad fue elevada por encima de todos; y bien pudo esto servir de ejemplo, pues había allí gentes de muchos otros lugares. Después de esto, pasé por un gran conflicto espiritual, por culpa de los Ranters, ya que había muchos por aquellos lugares; los cuales habían estado muy groseros en una reunión a la que yo no asistí. En vista de ello, los convoqué a otra reunión, convencido de que el Señor me daría poder sobre ellos, como así sucedió, para loor y gloria Suya; bendito sea Su nombre para siempre. Había en esta reunión muchos Amigos, y diversas gentes del mundo, algunas de las cuales eran jueces de paz y otros funcionarios; y todos quedaron, en general, muy conmovidos. Un juez, que ocupaba su cargo desde hacía veinte años, se convenció y habló en tonos encomiásticos de la Verdad, diciendo que no creía que pudiese existir hombre igual en el mundo. Entonces, el día treinta del Cuarto mes, celebramos una reunión en Providencie, que fue muy numerosa, asistiendo gentes de diversas clases y sectas. En esto se decidió, con gran fuerza en mi espíritu, que debía de conservarse la calma, para poner a la Verdad por encima de aquella gente, y pudiera así entrar y afianzarse en ella; pues sus ideas elevadas los ponían por encima de los eclesiásticos y algunos habían venido con ánimos de disputar. Pero el Señor, a quien habíamos estado aguardando, estaba con nosotros, y Su poder se cernió sobre todos. Callaron los que gustaban de disputas y la reunión se celebró tranquilamente, terminando en bien. ¡Alabado sea el Señor! Salieron todos muy satisfechos, deseando otra reunión; y se celebró esta en un lugar, a unas treinta millas de Rhode Island, a donde fuimos por mar. El gobernador de Rhode Island y muchos otros fueron conmigo, y celebramos la reunión en un gran pajar que se llenó de gente a rebosar, por lo que, a causa del gran calor que hacía, empecé a sudar de tal manera que parecía que me hubiesen metido en el agua. Mas todo fue bien, brillando el poder del Señor sobre todos. ¡Gloria sea dada a Dios omnipotente! Después de esto fuimos a Narrangaset, como a unas treinta millas de Rhode Island, viniendo el gobernador con nosotros. Y el día trece celebramos una reunión en casa de un juez, en cuya casa los Amigos nunca se habían reunido. Fue muy numerosa viniendo las gentes del campo, en su mayoría, y también gentes de Connecticut y otros lugares de por allí, de las que cuatro eran jueces de paz. Mucha de esta gente no había nunca oído a los Amigos y mucho les emocionó la reunión, quedando con gran deseo de seguir la senda de la Verdad, por lo que nuestra reunión fue muy buena obra. ¡Bendito sea el Señor eternamente! El juez, en cuya casa se celebró la reunión, y otros magistrados del país, me invitaron a que volviera, pero mi misión por aquellos lugares estaba ya terminada y yo dispuesto a marcharme a la isla de Shelter. Mas como antes de marcharme, llegaron, Juan Burnyeat y Juan Cartwright, que venían a Rhode Island desde Nueva Inglaterra, al mostrarles aquel lugar se sintieron inclinados a quedarse. En otro lugar, supe que algunos magistrados, hablando entre ellos, habían dicho que me ofrecerían un salario para que fuese su ministro, si tuvieren dinero suficiente para ello. Demostraron con esto que no nos habían comprendido, ni tampoco a nuestros principios, y, cuando lo supe dije, "Es ya tiempo de que me marche, porque si tanto se fijan en mí, o cualquiera de nosotros, no hallarán a su verdadero Maestro." Porque tal cosa (lo de asalariar ministros) había perjudicado a más de uno, impidiéndole que mejorase su talento natural, mientras que nuestra labor consiste en que cada hombre encuentre en sí mismo, su propio Maestro. De allí me fui a la isla de Shelter, llevando conmigo a Roberto Widders, a Jaime Lancaster, a Jorge Pattison y a Juan Jay, un colono de Barbados. Fuimos en balandro, y, pasando por la punta de Judith y la isla de Bloch, llegamos a la isla de Fisher, donde desembarcamos por la noche; pero no pudimos detenernos a causa de los mosquitos, muy abundantes en aquellos parajes y muy molestos, por lo que volviendo al balandro, nos alejamos de la costa y echando el ancla pasamos aquella noche en el balandro. Al día siguiente, fuimos al Sound, pero como resultó que nuestro barco no era apropiado para surcar aquellas aguas, regresamos y anclamos de nuevo delante de la isla de Fisher, donde, todavía aquella noche permanecimos en el balandro. Llovió a torrentes y como nuestro balandro no estaba cubierto, nos mojamos muchísimo. Al día siguiente, pasamos por las aguas llamadas, "Las carreras de los dos caballos," y, después, a lo largo de la isla de Gardner, pasando luego ante la isla de Gull, hasta que, finalmente, llegamos a la isla de Shelter, que, si bien distante solamente veintisiete leguas de Rhode Island, por dificultades en la navegación tardamos tres días en llegar a ella. Al día siguiente, que era el Primer día de la semana, celebramos una reunión, y, aquella misma semana, celebramos otra con los indios, a la que asistieron, el rey, su consejo, y un centenar de indios. Se sentaron como si fuesen Amigos, y cuando les hablé, por medio de un intérprete, un indio que hablaba bien el inglés, me escucharon con mucha atención. Después de la reunión, parecían estar muy conmovidos, y confesaron que era cierto cuanto les había dicho. El siguiente Primer día, celebramos una gran reunión en la isla, a la que acudió mucha gente del mundo, que hasta entonces no habían oído hablar a los Amigos. Quedaron muy satisfechos y, cuando se terminó, no quisieron marcharse hasta que hablaran conmigo; ante lo cual me mezclé con ellos y noté que la Verdad los había conmovido en gran manera, llenándose sus espíritus de buenos deseos y mucho amor. Establecí para ellos una re unión quincenal, y un Amigo, José Silvester, les leía las Escrituras. Bendito sea el Señor; Su nombre se difunde y será enaltecido por las naciones y temido por los descreídos. Mientras estábamos en la isla de Shelter, llegó Guillermo Edmonson, que había estado trabajando para la obra del Señor en Virginia, de donde, pasando a través de desiertos, con muchas dificultades que lo pusieron a prueba, llegó a Roanoke, donde encontró gente piadosa. Después de siete semanas de labor en aquellas tierras, navegando hasta Maryland y de allí a Nueva York, llegó a Long Island, pasando después a la isla de Shelter, donde nos lo encontramos, alegrándonos mucho al oír de sus labios el relato de las buenas obras que había llevado a cabo, para el Señor, en los diferentes lugares y tierras que había visitado desde que se había separado de nosotros. No nos demoramos mucho en la isla de Shelter, sino que volviendo a nuestro balandro nos hicimos a la mar hacia Long Island. Tuvimos muy mala travesía debido a que la marea fue tan fuerte, durante varias horas, que nunca viera nada parecido, y, estando en contra nuestra, apenas si podíamos movernos como si nos hallásemos ante una tempestad. Estuvimos en el mar todo aquel día y toda la noche, y al día siguiente nos encontramos con que, a la deriva, habíamos vuelto cerca de la isla de Fisher, a causa de que amaneció muy oscuro, haciendo una niebla tan espesa que no veíamos el camino que seguíamos; además, como llovió mucho durante la noche, nosotros, en nuestro balandro descubierto, quedamos calados. Al día siguiente se desencadenó una gran tempestad, por lo que, de muy buena gana, nos dirigimos al Sound, a donde llegamos después de muchas penalidades. Cuando dejamos la isla de Fisher, pasamos delante de la isla de Falkner, llegando al continente, donde estuvimos anclados hasta que pasó la tormenta. Después atravesamos el Sound, todos empapados, llegando a tierra con gran dificultad, por sernos el viento contrario. Mas, bendito sea el Señor, Dios de cielos y tierra, de mares y aguas, todo salió bien, llegando sanos y salvos a Oyster Bay, en Long Island, a unas doscientas millas de Rhode Island, el día siete del Sexto mes, muy temprano por la mañana; y en Oyster Bay celebramos una gran reunión. El mismo día, Jaime Lancaster y Cristóbal Holder fueron a Rye, en el continente, en tierras de la jurisdicción del gobernador Winthrop, y allí celebraron una reunión. De Oyster Bay, fuimos a Flushing, a unas treinta millas, donde celebramos una gran reunión, a la que asistieron muchos centenares de personas del mundo, viniendo algunos de lugares distantes hasta treinta millas. Fue aquella una reunión gloriosa y celestial. ¡Alabado sea el Señor Dios! quedando todos muy satisfechos. Mientras tanto, Cristóbal Holder y otros Amigos fueron a Jamaica 6 y celebraron allí otra reunión. Pasando por Jamaica fuimos a Gravesend, a unas veinte millas, donde celebramos tres magníficas reuniones, a las que hubieran venido muchos, desde Nueva York, de no habérselo impedido el mal tiempo. Concluida nuestra labor en aquel lugar, alquilamos un balandro y, con viento favorable, fuimos rumbo al Nuevo País, ahora llamado Nueva Jersey. Bajando a lo largo de la bahía, por Coney Island, Natton Island y Staten Island, llegamos a casa de Ricardo Hartshorn, en el puerto natural de Middletown, al despuntar el día veintisiete del Sexto mes. Al día siguiente, cabalgamos treinta millas, atravesando bosques y pantanos peligrosos. Uno de los pantanos era peor que todos los otros, siendo el descenso tan abrupto que, de buena gana, dejamos a nuestros caballos que se deslizaran, dejándolos después que se tendieran y respirasen a su gusto. Este lugar, las gentes del campo lo llaman el Purgatorio. Camino adelante, llegamos a Shrewsbury, al Este de Jersey, y, el Primer día, celebramos una reunión preciosa a la que vinieron, de bastante lejos, Amigos y otras gentes, y la bendita presencia del Señor fue con nosotros. Aquella semana celebramos sendas reuniones, de hombres y de mujeres, en la mayor parte de este nuevo país, llamado Jersey. Se construyó una casa para celebrar las reuniones, en medio del país, celebrándose juntas generales y mensuales; lo que fue de gran utilidad, en aquellos parajes, para guardar el orden evangélico y el gobierno de Jesucristo (cuyo aumento no tiene fin), para que los fieles vean que todos los que profesan la Verdad santa, viven en la religión pura y andan como manda el evangelio. Cuando estábamos en Porback, cerca de Shrewsbury, nos ocurrió un incidente que, en aquel momento, nos fue muy aleccionador. Juan Jay, un Amigo, colono rico de Barbados, que venía con nosotros desde Rhode Island y había decidido acompañarnos por los montes hasta Maryland, montó un caballo, para probarlo, cayó la bestia corriendo y despidiendo al jinete dio este de cabeza contra el suelo, desnucándose, según dijeron. Los que estaban a su lado lo dieron por muerto y acarreándolo por un buen trecho lo recostaron bajo un árbol. Me acerqué a él, así que pude, y, después de tocarlo, vi que estaba muerto. Estando de pié a su lado, sentí mucha lástima de él y de su numerosa familia y, cogiéndolo por el cabello comprobé que su cabeza giraba en todas direcciones, tan laxo estaba su cuello. Entonces, tirando mi bastón y mis guantes, le cogí la cabeza con las dos manos y, apoyando mis rodillas contra el árbol, le levanté la cabeza viendo así que no había nada dislocado o roto. Le puse entonces una mano bajo el mentón y la otra detrás de la cabeza y tiré de ella, dos o tres veces, con todo mi fuerza, hasta volverla a su posición normal. Pronto noté que su cuello volvía a ponerse derecho y, entonces, comenzó a carraspear y punto seguido a respirar. Quedaron las gentes admiradas; mas yo les rogué que tuvieran buen corazón y lo llevaran a la casa. Lo que así hicieron, aposentándolo cerca del fuego, y luego les pedí que le dieran de beber algo caliente y lo metieran en la cama. Al cabo de un rato de estar en la casa, empezó a hablar, sin comprender que le había sucedido. Al día siguiente, adelantamos (Juan Jay tan campante con nosotros) unas dieciséis millas para asistir a una reunión en Middletown, pasando por bosques y pantanos y cruzando un río, a nado los caballos y nosotros sobre un árbol. Acudió a esta reunión en Middletown, la mayor parte de los habitantes de la ciudad; siendo una gloriosa reunión en que la Verdad se cernió sobre todos; bendito sea el Señor para siempre. Después del accidente que le acaeció, Juan Jay siguió acompañándonos por muchas millas. Fuimos después al puerto de Middletown, a unas cinco millas, a fin de emprender a la mañana siguiente nuestro largo viaje, a través de los bosques hacia Maryland; habiendo alquilado con este objeto unos indios como guías. Determiné pasar por los bosques, al otro lado de la bahía Delaware, para evitar en lo posible, ríos y arroyos. El día nueve del Sexto mes. nos pusimos en marcha y, pasando por muchos poblados indios, atravesamos bosques y pantanos; y haciendo fuego, después de haber avanzado unas cuarenta millas, pasamos la noche a su vera. Donde quiera que nos encontrábamos con indios, les declarábamos la Verdad del Señor. Al día siguiente, cabal - gamos unas cincuenta millas, como habíamos calculado, y, llegada la noche, encontrando una casa vieja, cuyos moradores habían tenido que abandonarla a causa de los indios, encendimos fuego, pasando allí la noche, en la embocadura de la bahía Delaware. Al día siguiente, cruzamos un río , de una milla de ancho, en dos etapas; primero hasta una isla, llamada Dinidock de arriba, y de allí a tierra firme; habiendo alquilado a unos indios para que nos transportaran en sus canoas y los caballos a nado. Aquel día, sólo pudimos avanzar unas treinta millas, llegando por la noche a casa de un sueco donde nos dieron un poco de paja y allí dormimos. Al día siguiente, habiendo alquilado otro guía, cabalgamos unas cuarenta millas, a través de los bosques, y, por la noche, encendimos un fuego cerca del cual nos tendimos y nos secamos, ya que a menudo nos mojábamos. Al día siguiente, cruzamos un río turbulento, lleno de rocas y piedras grandes, muy peligroso, para nosotros y nuestras monturas, llegando después al río Christiana, que nuestros caballos pasaron a nado, atravesándolo nosotros en canoa, y cuyas orillas eran tan malas y cenagosas que poco faltó para que algunos de los caballos no pudieran subir a tierra firme. De allí fuimos a Newcastle, antes New Amsterdam, y, como estábamos muy cansados, íbamos indagando por la ciudad, donde podríamos comprar maíz para nuestros caballos, cuando llegó el gobernador y me invitó a su casa, pidiéndome después que me alojase en ella, pues me dijo que había cama para mí y que era yo el bienvenido a su casa. De modo que me alojé allí, siendo los otros Amigos también bien atendidos. Fue esto el día Séptimo de la semana, y, habiendo ofrecido el gobernador su casa, al día siguiente, celebramos en ella una gran reunión, a la que asistió la mayor parte de la ciudad, incluyendo su jefe. Nunca se había celebrado una reunión en aquella ciudad, ni en muchas millas a la redonda; mas fue esta una preciosa reunión en la que casi todos, así hombres como mujeres, se conmovieron y confesaron en la Verdad, recibiéndola algunos. ¡Bendito sea el Señor eternamente! El día dieciséis del Séptimo mes, seguimos nuestra marcha y, aquel día, según pudimos calcular, avanzamos unas cincuenta millas, a través de bosques y por encima de pantanos, en dirección de los ríos Bohemia y Sasafrás. Por la noche, encendimos fuego en el bosque y allí nos tendimos, mas, poniéndose a llover, buscamos refugio bajo una tupida arboleda, secándonos al fuego. Al día siguiente, vadeamos el río Chester, de aguas muy anchas, y, después de atravesar unos malos terrenos pantanosos, nos tendimos aquella noche en el bosque, a la vera del fuego, no habiendo avanzado aquel día más de treinta millas. Al día siguiente forzamos la marcha y, a pesar de que encontramos en nuestro camino algunos pantanos que la entorpecieron, cabalgamos unas cincuenta millas, llegando aquella noche, sanos y salvos aunque muy cansados, a casa de un Amigo, un tal Roberto Harwood, en el río Miles, en Maryland. Fue esto el día dieciocho y, aunque muy cansados y sucios, a causa de las ciénagas que habíamos atravesado en la jornada, al saber que al día siguiente se celebraba una reunión asistimos a ella; yendo luego a casa de Juan Edmundson, de donde, marchando tres o cuatro millas por el río, fuimos a otra reunión al siguiente Primer día. Estaba en ella la mujer de un juez, que nunca había asistido a ninguna de nuestras reuniones, la cual, conmovida, dijo después, "De mejor gana escucharía a este hombre una sola vez, que mil a los sacerdotes." Muchos otros quedaron también muy satisfechos, ya que el poder del Señor fue eminentemente con nosotros, ¡Bendito sea para siempre Su sagrado nombre! Desde allí, avanzando como unas veintidós millas, celebramos una reunión en Kentish Shore, a la que un juez, que un Amigo había invitado, acudió y luego dijo que, "Iría a oír al Señor Fox, con el mismo interés que cualquiera de ellos," los que le habían invitado, "porque era hombre de sólida base." Luego, el día veintiséis del Séptimo mes, después de otra reunión, en casa de Enrique Wilcock, que vivía allí cerca, habiendo hecho una buena labor para el Señor, nos fuimos, por el río, como unas veinte millas, a una gran reunión a la que acudieron varios centenares de personas del mundo, cuatro jueces de paz, el alguacil mayor de Delaware, un emperador o gobernador indio y dos jefes. La noche antes tuve una buena oportunidad de hablar con estos indios, que escucharon la Verdad con atención mostrándose llenos de amor. Fue aquella una reunión magnífica y de gran eficacia, tanto para convencer como para afianzar en la Verdad a los ya convencidos. El emperador dijo que estaba firmemente convencido de que era yo un hombre sumamente honesto. ¡Bendito sea el Señor que hace que se difunda Su bendita Verdad! Después de la reunión, una mujer, cuyo marido era juez en aquella parte del país, y miembro de la asamblea, se me acercó y me dijo que su marido estaba enfermo, con muy pocas esperanzas de salvarse, y que querría que fuese con ella a verlo. Estaba su casa a tres millas de distancia y, recién salido de la reunión, muy acalorado, me era muy penoso ir hasta allí; sin embargo, en vista del buen servicio que podía prestar, fui con ella a visitar a su marido, a quien hablé de lo que el Señor me inspiró. El hombre quedó muy reconfortado y finalmente sanó, por el poder del Señor, acudiendo más tarde a nuestras reuniones. Aquella noche, regresé junto a los Amigos, y, al día siguiente, partimos de allí volviendo a casa de Juan Edmundson, en Tredhaven Creek, a unas diecinueve o veinte millas, de donde, el día tres del Octavo mes, fuimos a la junta general de todos los Amigos de Maryland. Duró esta cinco días; en los tres primeros días, celebramos reuniones generales dedicadas al culto, a las que acudieron gentes de todas clases; los otros dos días se pasaron en las reuniones de hombres y de mujeres. Acudieron a las reuniones públicas muchos protestantes, de diversas sectas, y algunos papistas, entre los que había varios magistrados con sus mujeres y otras personas de alta categoría en el país. Acudieron tantas personas, además de los Amigos, que algunos eran de opinión de que asistieron hasta mil personas a una de estas reuniones; por lo que, si bien poco antes habían agrandado la casa donde se celebraban las reuniones, volviéndola a sus primitivas proporciones, a pesar de ello, no podía contener el gentío. Cada día, iba yo a las reuniones en un bote, navegando de cuatro a cinco millas por el río, y, eran tantas las embarcaciones que a aquella hora iban por el río, que casi parecía el Támesis. Dijeron las gentes que nunca se habían visto tantas embarcaciones, y un juez dijo que jamás viera tanta gente reunida en aquellos parajes. Fue aquella una reunión divina, en la que la presencia del Señor se manifestó gloriosamente, quedando los Amigos dulcemente reconfortados, y todos en general satisfechos, convenciéndose muchos. Dijeron que nunca les habían revelado las Escrituras de manera tan clara, porque, añadían, "las sabe al dedillo, como un hombre las leería de un libro abierto ante él." Después de que se concluyó la junta general, comenzaron las reuniones de hombres y de mujeres, que duraron los otros dos días, ya que tenía algo que decirles referente a la gloria de Dios, el orden del evangelio y el gobierno de Cristo. Cuando se terminaron las reuniones, nos despedimos de los Amigos, de por aquellos lugares, a los que dejamos bien afianzados en la Verdad. El día diez del Octavo mes, partimos de allí y, yendo unas treinta millas por el río, pasamos las islas Crane y Swan, con tiempo pésimo y mucha lluvia, por lo que, no solamente nos mojamos muchísimo sino que también corrimos peligro de naufragrar; tanto así que mucha gente estuvo convencida de que por fuerza estábamos perdidos, hasta que, a la mañana siguiente, nos vieron llegar a la costa. Mas, bendito sea el Señor, todos estábamos muy bien. Llegamos a una casita, donde secamos nuestras ropas junto al fuego y reposamos un poco; y, volviendo después al bote, nos alejamos de tierra, unas veces a vela y otras remando, mas, haciendo también aquel día muy mal tiempo, no pudimos avanzar más de doce millas. Por la noche, bajamos a tierra y encendimos un fuego, cerca del cual se tendieron algunos, mientras que otros lo hicieron al lado de otro fuego, en una casa que estaba algo más lejos. A la mañana siguiente, día doce, atravesamos la bahía de Chesapeake, navegando aquel día unas cuarenta millas y, desembarcando por la noche, allí la pasamos, unos en el bote y los otros en una taberna. Al día siguiente, que era un Primer día, navegamos como cosa de unas seis a siete millas, hasta la casa de un Amigo, que era magistrado de paz, donde celebramos una reunión. Fue esto un poco más arriba de la embocadura de la gran Bahía. Hacía cuatro días que estábamos en el agua, cansados de tanto remar, mas, a pesar de ello, todo salió muy bien, ¡Bendito y alabado sea el Señor! Al día siguiente, fuimos a casa de otro Amigo, cerca de la punta de la isla de Hatton, donde hicimos buena labor, con Amigos y otras gentes, como también, al día siguiente, en casa de Jorge Wilson, un Amigo, que vivía cinco millas más lejos, donde celebramos una preciosa reunión de gente muy piadosa. Era este el lugar donde el sacerdote acostumbraba a predicar. Después de esta reunión, navegamos unas diez millas, hasta la casa del juez de paz, Jaime Frizby, en la que, el día dieciséis, celebramos otra reunión, asistiendo, según se supuso, algunos centenares de personas, además de los Amigos, entre ellas varios jueces de paz, capitanes y el alguacil, junto con otras personas de significación en el mundo. Fue aquella una bendita y divina reunión, en la que, con fuerza atronadora se proclamó el testimonio de la Verdad; y la gente, llena de sentimientos piadosos, dio pruebas de gran emoción. Esperamos, después de la reunión, hasta las once de la noche, a que la marea fuese a nuestro favor, después de lo cual, volviendo al bote, recorrimos, aquella noche y el día siguiente, como unas cincuenta millas, hasta llegar a la casa de otro Amigo. En los dos días siguientes emprendimos cortos viajes, visitando a los Amigos, y, el día veinte, celebramos una gran reunión en un lugar llamado Severn; y aunque había allí una casa donde celebrar las reuniones, no era lo suficientemente grande para dar cabida a tanta gente. Asistieron a la reunión, diversos magistrados importantes y otras muchas gentes de consideración, que quedaron altamente satisfechas. Dos días después, celebramos otra reunión con algunos que andaban desencaminados e hicimos una buena labor. Luego, después de pasar un día o dos visitando a los Amigos, pasamos a la costa oeste de la bahía de Chesapeake: y, el día veinticinco, celebramos una reunión, grande y magnífica, en casa de Guillermo Coale, a la que asistieron, el presidente de la asamblea y su mujer, un juez y varias otras personas de calidad. Al día siguiente, celebramos otra reunión, a unas seis o siete millas más lejos, donde vivía Abraham Birkead, en una casa de venta de tabacos, y allá acudieron muchos magistrados y gentes de clase elevada, convirtiéndose el presidente de la asamblea de aquel país. Bendita reunión fue aquella, ¡Alabado sea el Señor! Seguimos viajando todo el siguiente día, y, al otro, que fue el día veintiocho, celebramos una larga y preciosa reunión, en casa de Pedro Shorp, en los Cliffs, a unas cuarenta o cincuenta millas del lugar donde celebramos la reunión anterior. Asistieron a esta reunión, que fue divina, muchos magistrados y gente de alto rango. Se convenció la mujer de un consejero del gobernador y su marido demostró gran simpatía por los Amigos, convenciéndose también un juez de Virginia, celebrándose desde entonces, reuniones en su casa. Asistieron también a la reunión algunos papistas, uno de los cuales, amenazó, antes de venir, que discutiría conmigo; pero cuando estuvo allí se conmovió y no hizo oposición alguna. ¡Bendito sea el Señor, la Verdad penetró en el corazón de las gentes, más de lo que puedan expresar las palabras, despidiendo en ellos dulce fragancia! Después de la reunión, fuimos, como a unas dieciocho millas de allí, a casa de Jaime Preston, un Amigo que vivía a orillas del río Patuxent y allá vino a vernos un rey indio, con su hermano, a quienes hablé, comprobando que comprendían de que les hablaba. Acabada nuestra labor en Maryland y habiendo decidido ir a Virginia, celebramos una reunión en Patuxent, el día cuatro del Noveno mes, para despedirnos de los Amigos. Fue aquella una poderosa reunión a la que acudieron gentes de todas clases. El día cinco, zarpamos para Virginia, llegando en tres días a un lugar llamado Nancemond, a unas doscientas millas de Maryland. No ocurrió en este viaje sino aquello a que ya estábamos acostumbrados, o sea, mal tiempo, lluvia y tempestades y tener que pasar la noche en el bosque, cerca del fuego. En Nancemond, donde vivía una Amiga, la viuda Wright, celebramos, al día siguiente una reunión de Amigos y otras gentes. Acudió a ella el coronel Dewes, con varios otros magistrados y oficiales, a quienes mucho impresionó la Verdad declarada. Después, nos dimos prisa para llegar a Carolina; sin embargo, celebramos varias reuniones por el camino, en las que hicimos buena labor, para servicio del Señor. Una, celebrada a unas cuatro millas de Nancemond, fue preciosa, estableciéndose juntas de hombres y de mujeres, para cuidar de los asuntos de la iglesia; y otra, también muy buena, la celebramos en Pagan Creek, en casa de Guillermo Yarrow; y acudieron tantas personas, que debiera de haberse celebrado al aire libre, ya que la casa no era lo bastante grande para dar cabida a aquel gentío. Grandes revelaciones se hicieron, y esparciéndose el sonido de la Verdad por todas partes, despedía dulce fragancia en los corazones de las gentes. ¡El Señor sea glorificado eternamente! Después de esto, nuestra marcha hacia Carolina se hizo más difícil, por ser el camino cenagoso y lleno de hondos pantanos y lodazales, por lo que íbamos casi siempre mojados hasta la rodillas y teníamos que pasar la noche en el bosque, cerca del fuego, excepto en una ocasión en que la pasamos en una casa pobre donde descansamos cerca del fuego. La mujer de esta casa, poseía el sentimiento del Señor. La nueva de nuestro viaje había llegado hasta allá, atrayendo a esta casa a algunos que vivían más allá de Sommertown, en espera de vernos y oírnos (así resonaba el sonido de la Verdad en aquel desolado país), pero no nos encontraron. Al día siguiente, día veintiuno del Noveno mes, habiendo forzado nuestra marcha, a través de bosques y pantanos, llegamos a Bonner's Creek, donde pasamos la noche cerca del fuego, sobre una estera que aquella mujer nos prestó. Fue esta la primera casa que encontramos en Carolina; y allí dejamos nuestros caballos agotados por el viaje. Seguimos río abajo, en una canoa, hasta el río Macocomocock, llegando a casa de Hugo Smith, donde gentes del mundo vinieron a vernos (en aquella región no había Amigos) acogiéndonos muchos con alegría. Entre otros, vino Nataniel Batts, que había sido gobernador de Roanoke, siendo conocido por el nombre de capitán Batts, el cual era antes hombre cruel y sin escrúpulos. Me preguntó por una mujer en Cumberland, de quien le habían dicho, según dijo, que habiendo estado largo tiempo enferma y desahuciada de los médicos, se había curado con nuestras oraciones y cuidados; y quería que le cerciorase de si ello había sido verdad. Le respondí que no nos envanecíamos de hacer tales cosas, pero que, muchas como esa, habían sido hechas por el poder de Cristo. No lejos de allí, celebramos una reunión y las gentes que a ella asistieron se conmovieron ante la Verdad. ¡Bendito sea el Señor! Después, siguiendo el curso del río Maratick, en una canoa, descendimos hasta la bahía de Coney-oak, llegando a la casa de un capitán, que fue muy amable, prestándonos su embarcación, ya que salpicados por el agua nos habíamos mojado mucho en la canoa. Fuimos en esta embarcación a casa del gobernador, pero en algunos lugares el agua era tan poco profunda que, cargado como estaba, el bote no podía navegar, por lo que no tuvimos otro remedio que sacarnos los zapatos y las medias y vadear el río por un buen trecho. El gobernador y su mujer nos recibieron afablemente; mas estaba en su casa un doctor que quiso discutir con nosotros. Y, realmente, fue esto de gran utilidad, pues sus objeciones dieron lugar a que se aclarasen ante las gentes muchas cosas referentes a la luz y espíritu de Dios, que el doctor negaba que estuvieran en toda persona, afirmando que no lo estaban en los indios. Llamé entonces a un indio y le pregunté si era o no cierto que cuando mentía o agraviaba a alguien, no había algo en él que se lo reprobaba. Respondió que sí lo había, reprobándolo y haciendo que se avergonzase de sí mismo, cuando había hablado u obraba mal. De este modo también avergonzamos al doctor, delante del gobernador y de los demás, de tal modo, que el pobre hombre se despistó tanto que a lo último ya no reconocía las Escrituras. Nos quedamos aquella noche en casa del gobernador y, al día siguiente, muy cortésmente, él mismo nos acompañó, a través de los bosques, como a unas dos millas de camino, hasta un lugar donde había él enviado nuestra embarcación. Después de. despedirnos, entramos en la barca y navegamos aquel día como unas treinta millas, hasta la casa de un tal José Scott, diputado por aquel país. Celebramos allí una reunión preciosa y eficaz; pues era aquella gente muy piadosa, sintiendo grandes deseos de asistir a las reuniones, por lo que, celebramos otra reunión, en una casa cuatro millas más lejos, a la que asistió el secretario del gobernador, que era el primer secretario de la provincia; el cual se había ya convertido anteriormente. Habiendo visitado el Norte de Carolina y preparado allí el terreno para que la Verdad penetrase en las gentes, emprendimos nuestro viaje de regreso a Virginia, celebrando de camino varias reuniones, en las que hicimos buena labor para el Señor, mostrándose las gentes, en general, sensibles y comprensivas. ¡Bendito sea el Señor! Retrocedí después como unas dos millas, en barca y por tierra, para volver a la casa de donde había salido; y, el día primero del Décimo mes, descendimos cinco millas por el río, viéndome obligado, igual que los demás, a sacarme los zapatos y las medias para vadear el río, pues era el agua tan poco profunda que la embarcación no podía seguir. Y allí celebramos una grande y bendita reunión, después de la cual, en barca y por tierra, fui como unas cinco o seis millas, hasta casa de José Scott, donde pasamos un día dedicado a la limpieza y desembarazo de aquellos que se habían vuelto impuros. El día dos del Décimo mes, avanzamos como unas cinco millas en barca, y pasé toda la noche sobre una estera cerca del fuego. Pasamos una noche en casa del secretario, a la que tuvimos gran dificultad en llegar, porque, siendo el agua muy poco profunda, no podíamos llevar la barca a tierra; pero la mujer del secretario, viendo nuestro trance, vino, ella misma, en una canoa, pues su marido no estaba en casa en aquel momento, y nos condujo a tierra. A la mañana siguiente encontramos nuestra barca hundida, mas la pusimos a flote, la reparamos y, con agua revuelta y viento alto, navegamos unas veinticuatro millas; manifestándose el gran poder del Señor, en llevarnos sanos y salvos en aquella embarcación destrozada. Dejamos la embarcación donde la habíamos tomado prestada y, tomando nuestra canoa, llegamos a casa del capitán Batts, pasando allí, los más de nosotros, la noche cerca del fuego. A nuestra vuelta, celebramos una reunión muy eficaz en casa de Hugo Smith. ¡Alabado sea el Señor eternamente! Era la gente muy piadosa e hicimos buena labor. Asistió a esta reunión un capitán indio, que dio pruebas de ser muy sensible y admitió que lo que se hablaba era la Verdad. Estuvo también presente un sacerdote indio, a quien ellos llaman Pawaw, que escuchó sentado con mucha compostura entre la gente. El día nueve del Décimo mes, volvimos a Bonner's Creek, donde habíamos dejado los caballos; después de haber pasado dieciocho días en el Norte de Carolina. Con los caballos descansados, partimos de nuevo para Virginia, atravesando bosques y pantanos; adelantando tanto camino como podíamos, durante el día, y descansando por la noche cerca del fuego. Al día siguiente, hicimos una jornada fastidiosa, a través de bosques y pantanos, todo el día mojados y sucios, secándonos por la noche cerca del fuego. Aquella noche llegamos a Sommertown y, cuando estuvimos cerca de la casa, la mujer al vernos, dijo a su hijo que sujetase a los perros (tanto en Virginia como en Carolina tienen grandes perros para guardar las casas, viviendo como viven en bosques solitarios), mas el hijo le respondió que no necesitaba hacerlo, ya que sus perros nunca se metían con gentes como nosotros. Y entonces, cuando estuvimos dentro de la casa, nos dijo la mujer (delante de otras gentes) que éramos nosotros como los hijos de Israel, contra quienes los perros no movían sus lenguas. Nos echamos allí, cerca del fuego, con los vestidos puestos, como ya lo habíamos hecho antes más de una noche. Al día siguiente, antes de marcharnos, celebramos una reunión; ya que las gentes aquellas, habiendo oído hablar de nosotros, tenían grandes deseos de oírnos; y fue una excelente reunión, en aquel lugar, donde nunca se había celebrado ninguna hasta entonces. ¡Alabado sea el Señor eternamente! Después de la reunión, nos dimos prisa en marcharnos. Cuando habíamos cabalgado como unas veinte millas, al pararnos en una casa para preguntar el camino, la gente que allí vivía quiso que pasáramos allí la noche, lo cual hicimos. Al día siguiente, llegamos a junta de los Amigos, después de haber recorrido como unas cien millas, desde Carolina a Virginia, habiendo observado gran variedad de climas y pasando en pocos días de un país muy frío a otro de clima tibio y primaveral. Mas el poder del Señor es el mismo en todos los climas, estando por encima de todos ellos y haciendo llegar lo bueno a todos ellos, ¡Alabado sea el Señor eternamente! Pasamos unas tres semanas recorriendo Virginia, unas veces viendo solo a gente del mundo, aunque generalmente, viendo a Amigos y celebrando muchas y preciosas reuniones en varias partes del país; como por ejemplo, en casa de la viuda Wright, a donde acudieron muchos magistrados, oficiales y otras gentes de alto rango. Celebramos una, reunión la más grande y divina, en la que el poder del Señor fue tan grande, que infundió pavor en todas los asistentes, postergándolos y llenándose de unción la mente de todos. Entre los oficiales había un comandante, pariente del sacerdote, que me dijo que este había anunciado que vendría para combatirnos. Pero el poder del Señor era demasiado fuerte para él y lo contuvo, de modo que todo transcurrió tranquila y apaciblemente, quedando las gentes maravillosamente afectadas por el testimonio de la Verdad. ¡Bendito sea el Señor eternamente! En Crickatrough, celebramos otra buena reunión, a la que acudieron muchas gentes de consideración, muchas de las cuales nunca habían oído hablar a ningún Amigo. Hubieran venido muchas otras personas, incluyendo varios jueces con sus mujeres, mas lo impidió la lluvia. Con todo, la casa se llenó, estando allí presente la esposa de un juez, mujer muy piadosa. Después de esta reunión seguimos nuestro camino de regreso. El día dieciocho recorrimos unas veinte millas en barca, remando parte del día, contra viento y marea. Pasamos por Kiketon y por la noche llegamos al río Elizabeth, donde desembarcamos y llamamos en una casa donde nos alojamos aquella noche, unos cerca del fuego y otros en cama sin desvestirnos, y, hacia tanto frío, en aquella casa, que no pude entrar en calor. El día diecinueve cruzamos una rama, del río Elizabeth y, por la noche, celebramos una reunión buena y útil, en casa de Juan Porter, integrada, en su mayor parte, por gentes del mundo, que vieron y sintieron gloriosamente el poder del Señor, elevando la Verdad por encima de todos los desencaminados y maldicientes. ¡Bendito sea el Señor! El día veintitrés, llegamos a casa de un Amigo, la última en Virginia, yendo dos Amigos a casa del juez para visitarlo; el cual se comportó muy piadosa y afablemente con los Amigos. Después de esto, continuamos nuestro regreso, por dos millas más, y, el día veinticuatro, remontamos el río Elizabeth unas doce millas, hasta la casa de un Amigo; y el día veinticinco navegamos seis millas, hasta la casa de otro, llamado Tomás Goade, donde cumplimos nuestro servicio; y el día veintiocho, recorrimos unas cuatro millas, celebrando una gran reunión. Dijeron que, en este condado, el alguacil principal, tenía orden de prenderme pero, encontrándome con él por casualidad, me tendió la mano, estando muy cortés y afable. Fuimos unas seis millas, por tierra y en barco, recogiendo a los Amigos para ir a Maryland. Habiendo concluido en Virginia la labor que nos estaba destinada, el día treinta del Décimo mes, desplegamos velas en dirección a Maryland, en un balandro descubierto; mas desencadenándose una gran tormenta y estando muy mojados, bien contentos estuvimos de poder desembarcar antes de la noche dirigiéndonos a una casa, en la punta de Willoughby, donde encontramos alojamiento por aquella noche. La mujer de la casa era viuda y persona muy piadosa, que nunca había recibido Amigos en su casa, mas esta vez lo hizo con gran afabilidad y lágrimas en los ojos. Por la mañana volvimos a nuestra embarcación, y, desplegando velas, seguimos adelante, yendo tan deprisa y tan lejos como pudimos; mas, al anochecer, desencadenándose otra vez una tempestad, mucho nos costó desembarcar y, siendo la nuestra una embarcación descubierta, entraba el agua a borbotones, quedando todos calados. Luego que hubimos desembarcado, encendimos una hoguera en el bosque para calentarnos y secarnos, pasando allí aquella noche; oyendo como los lobos aullaban en torno nuestro. El día primero del undécimo mes, zarpamos de nuevo, mas, encontrando viento contrario, poco avanzamos, teniendo que desembarcar en Point Comfort, donde hallamos tan poco descanso, a causa del mucho frío, que, aunque encendimos un gran fuego en el bosque, para acostarnos a su vera, el agua que teníamos para nuestro uso, continuaba helada incluso cerca de la lumbre. Al día siguiente, nos hicimos de nuevo a la mar, pero tan violento era el viento y nos era de tal manera contrario, que navegamos muy poco, encontrando un balandro que venía de Barbados, con cartas para mí del juez Fretwell; y estando el balandro en igual trance que nosotros, siendo el viento contrario, estuvimos muy contentos de poder desembarcar otra vez; y anduvimos por las cercanías buscando alguna casa donde poder procurarnos provisiones, pues nuestra despensa estaba agotada. Aquella noche, también la pasamos en el bosque; mas, el viento soplando alto y la nieve y la escarcha, hacía un frío tan intenso, que algunos apenas si podían resistirlo. El día tres, haciendo viento favorable y más calmado, lo aprovechamos, navegando con la vela desplegada y también remando, hasta llegar aquella noche al puerto natural de Milford, donde pernoctamos en casa de Ricardo Long, cerca de la isla de Quince. Como hacía mucho frío me acosté vestido. Al día siguiente, pasamos por el río Rappahannock, donde vive mucha gente, celebrando los Amigos una reunión, en casa de un juez, que había anteriormente asistido a una reunión en la que también yo me encontraba. Atravesamos el río Potomac, en nuestro balandro descubierto, con viento fuerte, aguas muy turbulentas y frío muy intenso, y celebrando también por allí otra reunión, se convencieron varias personas del mundo, y, cuando nos marchamos, algunos de nuestros compañeros se quedaron con ellos. Fuimos con rumbo al río Patuxent, pasando yo la mayor parte del día y parte de la noche sentado en el timón. A eso de la una de la madrugada, llegamos a casa de Jaime Preston, en el río Patuxent, a unas dos cientas millas de Nancemond, en Virginia. A pesar de que estábamos muy cansados, siendo el siguiente el Primer día de la semana, fuimos a una reunión, no lejos de allí; y aquella misma semana, fuimos a la cabaña de un rey indio, donde estaban varios otros indios, teniendo una buena ocasión de razonar con ellos, que fueron muy afables. Fuimos también, la misma semana, a una reunión general y, después, a casa de Juan Geary, unas dieciocho millas más lejos, donde celebramos una preciosa reunión. ¡Alabado sea el Señor Dios eternamente! En esto, más tarde, empezó a hacer un frío tan intenso, con tanta nieve y hielo, mucho más de lo que acostumbraba a hacer en aquel país, que apenas si podíamos resistir seguir allí por más tiempo. Por otro lado, tampoco era tarea fácil ni desprovista de peligros, andar por los montes, mas, con todo y ello, avanzamos, aunque con dificultad, seis millas por la nieve, hasta llegar a la casa de Juan Mayor, donde nos encontramos con algunos Amigos, llegados de Nueva Inglaterra, que dejamos allí cuando nos marchamos, y todos sentimos gran alegría de volvernos a ver después de tan largos y pesados viajes. Por estos Amigos supimos que, Guillermo Edmondson, después de haber estado en Rhode Island y Nueva Inglaterra, había regresado a Irlanda; que Salomón Eccles, había desembarcado en Boston, en Nueva Inglaterra, proveniente de Jamaica, y que allí lo habían detenido en una reunión, expulsándolo a Barbados; que Juan Stubbs y otro Amigo se habían ido a Nueva Jersey, y que varios otros Amigos habían ido a Barbados, Jamaica y a las islas de Leeword. Fue para nosotros, motivo de regocijo saber que el trabajo del Señor seguía su curso, prosperando, y que los Amigos eran diligentes e incansables en el cumplimiento de su labor. El día veintisiete, celebramos una eficaz reunión, en una casa para venta de tabaco, volviendo al día siguiente a casa de Jaime Preston, distante unas dieciocho millas. Cuando llegamos, nos encontramos con que su casa, por descuido de una muchacha de servicio, se había quemado hasta los cimientos, la noche anterior; por lo que, por tres noches, tuvimos que dormir en el suelo, cerca del fuego, con todo y que el tiempo era muy frío. Habíamos dejado, en esta casa, nuestros baúles, ropas y otros utensilios, todo lo cual se había quemado, incluyendo mi gran baúl y el de Jaime Lancaster. Hicimos entonces una observación que, aunque parezca extraña, es absolutamente cierta, y fue que, un día, que hacía un frío intenso, cambió el viento, soplando del Sur, y tanto calor hizo que apenas si podíamos resistirlo, mientras que al día y la noche siguientes, volviendo el viento a soplar del Norte, apenas si podíamos resistir el frío. El día dos del Duodécimo mes, celebramos una magnífica reunión en Patuxent y después volvimos a casa de Juan Geary, donde esperamos barco que nos llevase a la junta mensual de los Cliffs, la cual fue una reunión llena de vida. ¡Alabado sea el Señor! Se celebró esta el día seis, teniendo el día nueve otra reunión, en que la gloria de Dios brilló sobre todos. ¡Bendito y ensalzado sea Su santo nombre eternamente! Pensábamos ir a Anamessicks, para lo cual, el día doce, nos hicimos a la mar, en nuestra embarcación; mas, navegando de noche, como solíamos hacer, embarrancamos en un riachuelo cerca del río Manoke. No tuvimos más remedio que permanecer allí hasta la mañana en que, llegando la marea, desembarrancó la embarcación; pero, mientras tanto, sentados como estábamos en el barco descubierto y haciendo un frío muy intenso, se les pusieron a algunos las manos tan frías e insensibles que parecía como si hubieran perdido el uso de ellas. Por la mañana, cuando la marea nos puso otra vez a flote, desembarcarnos y encendimos un buen fuego cerca del cual nos calentamos. Después, volviendo a nuestra barca, avanzamos como unas diez millas hasta llegar a la casa de un Amigo, donde, al día siguiente, celebramos una magnífica reunión, a la que asistió la gente más importante del lugar. Me fui, después de esto, a la casa de otro Amigo, distante unas cuatro millas, donde nace el río Anamessicks, y allá llegaron, al día siguiente, el juez del lugar, y un magistrado, los cuales fueron muy afables, demostrando gran satisfacción por el orden que guardaban los Amigos. Al día siguiente, celebramos una gran reunión, en el pajar del juez, ya que la casa no podía alojar al gentío. Estaban allí varias de las personas más notables del país, y, entre los demás, uno que era contrario a nosotros; sin embargo, todo transcurrió apaciblemente, resultando una reunión muy eficaz y conmoviéndose las gentes en gran manera con la Verdad. ¡Bendito sea el Señor! Fuimos, al día siguiente, a ver al capitán Colburn, también juez, e hicimos allá buena labor; y después, volviéndonos otra vez, celebramos otra gloriosa reunión, en casa del mismo juez, donde antes nos habíamos reunido, a la que acudieron muchas personas de calidad en el mundo, magistrados, oficiales y otros. Fue la reunión muy numerosa, quedando todos, en general, muy satisfechos y conmovidos por la Verdad, y, estando allí varios mercaderes y capitanes de barco, de Nueva Inglaterra, mucho se difundió la Verdad. ¡Bendito sea el Señor! Uno o dos días después recorrimos unas dieciséis millas a través de bosques y pantanos, dirigiéndonos hacía los ríos Anamessicks y Amoroca, recorriendo en canoa una parte de este último, hasta llegar a Manoke, a casa de una mujer simpatizante, celebrando el día veinticuatro una gran reunión en un pajar. La presencia viviente del Señor fue con nosotros y con las gentes, ¡Bendito sea Su santo nombre eternamente! Los amigos de por aquellos lugares no habían celebrado antes reunión alguna. Después de esto, pasando por muchos caminos cenagosos y pantanos encharcados, atravesamos el río Wicomico, llegando a casa de Jaime Jones, Amigo y magistrado de la paz, donde celebramos una grande y gloriosa reunión. ¡ Alabado sea el Señor Dios! Después, cruzando el río en un bote, montamos a caballo, cabalgando como unas veinticuatro millas, a través de bosques y de molestos pantanos, hasta llegar a casa de otro juez, donde celebramos otra gran reunión a la que acudió mucha gente del mundo, alguna de alto rango; y la presencia viviente del Señor fue con nosotros. ¡ Alabado sea eternamente Su santo nombre! Fue esto el día tres del Primer mes de 1672-3, celebrando el día cinco otra reunión viviente y gloriosa, a la que asistieron varios jueces con sus mujeres, y mucha otra gente del mundo, de modo que hicimos muy buena labor para el Señor. ¡Bendito sea Su sagrado nombre! Asistió a esta reunión una mujer, que vivía en Anamessicks, que, durante muchos años, había padecido trastornos mentales, llegando a pasar, hasta dos meses seguidos, sentada dormitando, sin apenas hablar a nadie ni pensar en nada. Cuando lo supe, me impelió el Señor a ir a verla para decirle que la salvación había llegado a su casa. Después que le hube hablado la palabra de Vida y hube intercedido con el Señor para conseguir su salud, se curó, yendo con nosotros a las reuniones, de un lado para otro; estando bien desde entonces. ¡ Bendito sea el Señor! Acabada nuestra misión, por aquellos lugares, el día siete nos fuimos de Anamessicks, y, recorriendo unas cincuenta millas en barco, llegamos a la casa de una mujer simpatizante, en el río Honga. Tuvimos muy mal tiempo durante el viaje, corriendo grandes peligros, pues poco faltó para que el bote no naufragase, perdiendo yo mi capa y mi sombrara, que después recuperamos con gran esfuerzo; si bien que, por la buena providencia de Dios, salimos de todo sanos y salvos. ¡Loado sea Su nombre! Celebramos en aquel lugar una reunión, estando, entre la concurrencia, dos papistas, un hombre y una mujer; él dio pruebas de ser muy piadoso y ella se convenció de la Verdad. No fue esta reunión tan numerosa como lo hubiera sido, de haber venido muchos que tenían intención de hacerlo; pero tan malo fue el tiempo y tan revuelto estaba el mar, a causa del fuerte viento, que no era prudente aventurarse. El único Amigo que, por entonces, estaba conmigo, era Roberto Widders, habiéndose dispersado los demás por varias partes del país, al servicio de la Verdad. Así que el viento lo permitió, partimos de allí, y, remando la mayor parte del tiempo, recorrimos por mar unas cuarenta millas, hasta llegar a la embocadura del río Little Choptank, a casa del Dr. Winsmore, que era un juez convencido últimamente. Allí conocimos a varios Amigos con los que nos detuvimos un rato y, después, proseguimos, por mar y tierra, nuestro viaje, celebrando una gran reunión al aire libre, debido a que la casa donde estábamos no podía contener a tanta gente. Estuvieron presentas varios magistrados con sus mujeres, siendo aquella una excelente reunión. ¡Bendito sea el Señor que dio a conocer Su nombre por aquel país desolado! Volvimos de allí a casa de un Amigo, llamado Guillermo Stephens, donde encontramos a los Amigos que habían estado viajando por otros lugares, y, todos reunidos, nos sentimos muy reconfortados en el Señor, contándonos mutuamente el buen éxito que habíamos tenido, trabajando para el Señor; y como la Verdad se esparcía y prosperaba en los lugares que habíamos recorrido, Juan Cartwright y Juan Jay, habían estado en Virginia, donde la gente sentía grandes deseos de conocer la Verdad; y, estando ahora de regreso, se detuvieron un poco de tiempo con nosotros, siguiendo después su camino hacia Barbados. Antes de irnos de aquel lugar, celebramos una gloriosa reunión, a la que asistieron muchas personas del mundo, entre ellas, el juez de aquel país , tres magistrados y el alguacil principal, todos con sus mujeres. En cuanto a los indios, vino uno a quien llamaban su emperador y un rey indio con su primer jefe, permaneciendo todos sentados, prestando mucha atención, a lo que se decía, y comportándose con gran afabilidad. Fue aquella una reunión constructiva y edificante. Se celebró el día veintitrés del Primer mes. El día veinticuatro, hicimos diez millas, por mar, llegando hasta el poblado indio, donde moraba el emperador, a quien había previamente anunciado mi llegada, pidiéndole que reuniera a sus reyes y consejeros en consejo. Por la mañana, vino el emperador en persona y me acompañó al poblado, adonde todos habían acudido, estando allí el primer jefe y otros personajes, así como también la vieja emperatriz, que se sentó con ellos; y tengo que decir en su favor que, sentados todos muy graves y compuestos, me prestaron mucha más atención de lo que harían muchos llamados cristianos. Había ido yo con alguien que pudo traducirles lo que yo decía, celebrando una excelente reunión, que fue de gran utilidad, ya que a causa de ello, tuvieron a la Verdad y a los Amigos en gran estima. ¡Bendito sea el Señor! Después de esto, celebramos varias reuniones en varios sitios de aquel país; una en casa de Guillermo Stephens, donde se celebraba una junta general todos los meses; otras en Tredhaven Creek, Wye, Reconow Creek y en casa de Tomás Taylor, en la isla de Kent. Muchas de estas reuniones fueron muy numerosas, asistiendo muchas personas, algunas de ellas de alta posición en el mundo. El poder del Señor y Su presencia viva, fueron con nosotros, manifestándose plenamente en las gentes, por lo que sus corazones se enternecieron, abriéndose para recibir la Verdad que despedía dulce fragancia; ¡Bendito sea el señor Dios eternamente! Muchos más hubiesen asistido a la reunión, pero la lluvia lo impidió. El día siete del Segundo mes, navegamos en bote, por un riachuelo, como cosa de una milla, hasta la casa de un Amigo; y el día ocho, atravesamos la bahía, pasando a la costa Oeste, hasta la casa de otro Amigo, a unas catorce millas, encontrándonos allí con varios Amigos. Mandé a buscar a Tomás Thurston para elevar la Verdad por encima de sus malas acciones y celebramos una reunión con él. El día nueve recorrimos unas siete millas, para ver al presidente de la asamblea, que era juez de aquel país, y tenía vivos deseos de verme, estando, tanto él como su mujer muy afables. El día diez celebramos una reunión, llena de vida, en una escuela, a la que acudieron varias personas de importancia, entre ellas la mujer de un juez y la de uno de los miembros de la asamblea, las cuales estuvieron muy afables. El día once navegamos como unas treinta millas, descendiendo por la bahía hasta la casa de un Amigo en los Cliffs, y el día veinte celebramos una reunión en la sala de reuniones de Patuxent, a cosa de una milla de la casa de nuestro Amigo, en Creek, donde nos alojábamos. Estuvimos esta semana muy ocupados escribiendo y contestando cartas; yendo el día veintisiete a una milla de allí, para asistir a la reunión, sintiendo entre nosotros la divina presencia. El día veintiocho, atravesamos el riachuelo en una canoa, yendo luego a Leonard's Creek, a unas tres millas, para ver si encontraría un navio. El día veintinueve descendimos por unas dos millas un riachuelo llamado Hopper y el día treinta tuve una muy útil conversación con un indio, que hablaba ingles, en presencia de su rey. El día primero del Tercer mes, anduve una milla para ir a una cabaña india donde estaban reunidos el rey y su séquito, permaneciendo un rato con ellos. El día seis anduvimos diez millas, celebrando, por la noche una preciosa reunión en casa de Pedro Sharp, y el ocho vino un individuo del consejo del gobernador a la casa donde me alojaba y departí con él. Era un gran papista; muy cortés pero en tinieblas. El día quince, llegó un juez de Potomak, en Virginia, que, siendo un hombre excelente, había sido amenazado y perseguido por un sacerdote y por otros; habiendo recorrido él y su criado cuarenta, millas a pié. Profesaba un gran amor por la Verdad. El día diecisiete del Tercer mes, comenzó la junta general de la provincia, que duró cuatro días; El Primer día celebraron hombres y mujeres sus reuniones, en las que se habló de los asuntos económicos de la iglesia, revelándosele, para su edificación y seguridad, muchas cosas relacionadas con ello. Los otros tres días se pasaron en reuniones públicas para rendir culto a Dios, asistiendo a ellas diversas gentes de importancia considerable en el gobierno, así como muchas otras gentes del mundo, las cuales quedaron, en general, satisfechas; y muchas de ellas muy afectadas por la Verdad. Fue aquella una reunión admirable y gloriosa en la que la poderosa presencia del Señor se vio y sintió por encima de todos; ¡Bendito y alabado para siempre sea Su sagrado nombre, que da dominio sobre todos! Habiendo así recorrido la mayor parte de este país, visitando la mayoría de plantaciones y hecho muy buena labor para el Señor, en América, despertando a las gentes donde quiera que fuimos, y proclamándoles el día de la Salvación en Dios, nos pareció que nuestros espíritus habían ya cumplido su misión en aquella parte del mundo, sintiéndonos arrastrados hacia la vieja Inglaterra. Con todo, sentimos que el Señor nos permitía quedarnos para asistir a la junta general de la provincia de Maryland, para que así pudiésemos ver a todos los Amigos reunidos, antes de marcharnos. Después de esta reunión, nos despedimos de los Amigos, separándonos con gran emoción, en cuanto a la vida celestial y el virtuoso poder del Señor, que se hizo sentir vivamente entre nosotros. Fuimos, por mar, al lugar donde teníamos que embarcar, junto con muchos Amigos que nos acompañaron hasta allí, quedándose aquella noche con nosotros. Era el navio el "Society" de Bristol. El veintiuno del Tercer mes, zarpamos para Inglaterra; y el mismo día, Ricardo Covell, a quien los holandeses habían privado de sus bienes, llegó abordo. Tuvimos mal tiempo y vientos contrarios, lo cual nos obligó a menudo a echar el ancla, de modo que no fue hasta el treinta y uno cuando pasamos los cabos de Virginia, y entramos en alta mar; pero después de esto navegamos con gran rapidez echando ancla el veintiocho del Cuarto mes en King's Road, que es el puerto de Bristol. Durante la travesía tuvimos tiempo tempestuoso y vientos muy fuertes que agitaban tanto el mar, que se levantaban olas como montañas, lo que admiró a pilotos y marineros, que decían no haber visto hasta entonces, nada semejante. Sin embargo, aunque el viento era fuerte, estaba generalmente a favor nuestro, por lo que corrimos prestos, empujados por él, y el gran Dios que gobierna los vientos, siendo Señor de cielos, tierra y mares; y cuyas maravillas se ven en lo profundo, aceleró nuestra travesía, guardándonos de muchos peligros inminentes. El gran Señor Dios de cielo y tierra, Creador de todos nosotros, nos llevó de Su fuerte mano, gran poder y sabiduría por entre muchos peligros y riesgos, por tierra y por mar; así como por entre los peligros de eclesiásticos engañosos y sin base que, aunque silenciosos, eran como las bravas olas del mar; y de peligros de lobos, osos, tigres y leones; y de peligros de serpientes de cascabel y otras criaturas venenosas de semejante naturaleza ponzoñosa; y de peligros en los grandes lodazales y pantanos y tierras desoladas, donde descansamos de noche cerca del fuego, y en las que sólo viven semejantes criaturas; y de los grandes peligros de los caníbales, en los bosques y desiertos del país de los indios; y de los grandes peligros que pasamos en los bosques de naturaleza salvaje, durante muchas noches, con frío, lluvias, hielo y nieve, sin peor consecuencia que a algunos de nuestros compañeros se les pusieron las manos y los dedos insensibles, mientras que, en circunstancias semejantes, a muchas personas se les helaron y agangrenaron las narices y dedos de manos y pies. Yo, con mis propios ojos, he visto tales cosas. La misma buena mano de la Providencia, que nos protegió y acompañó a nuestra ida, veló también por nosotros, trayéndonos de vuelta sanos y salvos. ¡Gracias y alabanzas sean dadas a Su santo nombre eternamente! Muchas y eficaces reuniones celebramos abordo durante este viaje (generalmente dos cada semana) en las que la bendita presencia del Señor nos reconfortó en gran manera e, irrumpiendo a menudo en nuestros corazones, mucho conmovió a los asistentes. Cuando llegamos al puerto de Bristol, estaba allí anclado un navio de gu |
