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APÉNDICE Por el editor El Diario de Jorge Fox, propiamente dicho, termina con su llegada a Swarthmoor Hall, el día veinticinco del Cuarto mes (Junio) de 1675, cuatro meses después de ser puesto en libertad de la cárcel de Worcester. Es probable que, durante su encarcelamiento, concentrara toda su atención en el relato de cincuenta y un años de su vida; y que, en su hogar, en Swarthmoor, pudo reunir todos los incidentes, recopilados en libros de notas y varios escritos, dictando los resultados a su yerno, Tomás Lower, en la forma en que nos ha llegado y que ha sido editada in extenso por la universidad de Cambridge en 1911. Para completar el Diario de la vida de Jorge Fox, sus editores, Tomás Ellwood y otros, reunieron, poco después de su muerte, datos procedentes de varios orígenes, formando un relato continuo que trascribieron en forma autobiográfica. Esta parte añadida es menos pintoresca que el relato original, habiendo insertado en ella cartas y escritos de poco valor hoy día. En este capítulo se presenta, en forma concisa, la historia de esos últimos años de la vida de Jorge Fox, con algunos datos que amplifican la narración de su primer viaje al continente. El día veintiséis del primer mes (Mayo) de 1677, después de pasar cerca de un año y medio, en su casa, en el Norte, descansando en el seno de su familia y escribiendo muchas cartas y epístolas, se puso de nuevo a viajar, "mas, sintiéndose débil y sin poder avanzar mucho en un día," en cortas etapas fue a Londres, adonde llegó el día veintitrés del Tercer mes. Fue un viaje fatigoso, porque, "no podía por la noche hallar el bastante descanso para reponer la naturaleza," y porque, "a menudo se sentaba, hasta tarde, con Amigos, para informarlos y aconsejarlos sobre cosas que deseaban saber; y luego en la cama no podía conciliar el sueño a causa de unos grandes dolores, en la cabeza y en las muelas, ocasionados por el frío sufrido cabalgando bajo la lluvia." Por el camino, escribió la siguiente carta a su mujer:
Después de pasar tres semanas con Guillermo Penn, en la casa de éste, en Sussex, empezó Jorge Fox a hacer los preparativos de un viaje al continente; y con varios Amigos, entre ellos Guillermo Penn, Roberto Barclay y la hija de su mujer, Isabel Yeamans, embarcó para Holanda el día veinticinco del Quinto mes. Lo que trascribimos a continuación, ha sido tomado, con adiciones, del texto de Ellwood: Me sentí dirigido por el Señor, a ir a Holanda, para visitar a los Amigos y predicar allí el evangelio; así como también en algunos lugares de Alemania. De modo que, disponiéndolo todo para mi viaje, así que me despedí de mis Amigos de Londres, junto con varios Amigos, fui a Colchester. Al día siguiente, fuimos a Harwich, donde se nos unieron algunas personas de Londres, que deseaban acompañarnos; mas como la embarcación, que debíamos de tomar, no estaba lista todavía, fuimos a una reunión, en la ciudad, teniendo todos una preciosa oportunidad; porque el Señor, de acuerdo con Su acostumbrada bondad y por Su poder reconfortante e irresistible, abrió muchas bocas para que declarasen Su eterna verdad, alabándolo y glorificándolo. Después de la reunión en Harwich, volvimos a casa de Juan Vandewall, donde me alojaba, y cuando la embarcación estuvo dispuesta, después de despedirnos de los Amigos, fuimos abordo los que debíamos de partir para Holanda, a eso de la novena hora, en la noche del Cuarto día de la semana, que era el día veinticinco del Quinto mes de 1677. Los Amigos que iban conmigo eran, Guillermo Penn, Roberto Barclay, Jorge Keith y su mujer, Juan Furly, Guillermo Tailcot, Jorge Watts e Isabel Yeamans, hija de mi mujer. Levamos el ancla a eso de la primera hora de la madrugada, aprovechando una brisa favorable que, a la mañana siguiente, nos puso Holanda a la vista. Sin embargo, aquel día, siendo el tiempo claro y apacible, avanzamos poco, hasta eso de la cuarta hora de la tarde, en la que se levantó el viento de nuevo, llevándonos a una legua de tierra. Después, calmándose otra vez, entre la novena y décima hora de la noche, echamos ancla por aquella noche; pero Guillermo Penn y Roberto Barclay, al saber que Benjamín Furly, había venido de Rótterdam a Briel, para recibirnos, consiguieron que dos hombres de la tripulación echaran al agua un pequeño bote de la embarcación y que a remo los llevaran hasta la costa, mas, antes de que pudieran desembarcar, se cerraron las puertas de la ciudad y, no habiendo casa alguna fuera de las puertas, se vieron obligados a pasar la noche en la barca de un pescador. A la mañana siguiente, en cuanto se abrieron las puertas de la ciudad, entraron en ella y hallaron a Benjamín Furly que, junto con otros Amigos de Rótterdam, estaban allí para recibirnos; y mandaron un bote, conducido por tres muchachos, que vivían con Benjamín Furly, los cuales nos llevaron a tierra, donde los Amigos nos recibieron con gran regocijo. Nos detuvimos unas dos horas, para reponernos, embarcando después con los Amigos holandeses para Rótterdam; adonde llegamos aquel mismo día a eso de la undécima hora, el día veintiocho de aquel mes. Al día siguiente, Primer día de la semana, celebramos dos reuniones en casa de Benjamín Furly, adonde acudieron muchas personas de la ciudad, algunas de considerable importancia, comportándose todas con gran cortesía. Benjamín Furly, o Juan Claus, un Amigo de Ámsterdam, hacían de intérpretes, cuando algún Amigo tenía algo que declarar. Al día siguiente, Guillermo Penn, y yo, y otros Amigos, nos dirigimos hacia Ámsterdam, con unos Amigos de esta ciudad, que habían venido buscarnos a Rótterdam para acompañarnos. Se celebró la junta trimestral, a la que asistieron Amigos de Haarlem y Rótterdam, que vinieron con aquellos de nuestro grupo que habíamos dejado en Rótterdam, como Roberto Barclay, Jorge Keith y su mujer, etc. . . . Se celebró la junta en casa de Gertrudis Dirick Nieson, resultando muy concurrida y eficaz, sintiéndonos, Guillermo Penn y yo, dirigidos a revelar muchas cosas referentes al orden evangélico y a mostrarles lo beneficioso y útil que era celebrar juntas anuales, trimestrales y mensuales, de hombres y de mujeres. Al día siguiente, celebramos otra reunión en casa de Gertrudis, más popular y concurrida, asistiendo a ella eclesiásticos de varias sectas, a los que amplia y vivamente se les reveló el camino de vida y salvación, escuchando ellos con gran atención sin hacer objeción alguna a lo que se les declaraba. Por la tarde, celebramos otra reunión, en el mismo sitio, pero con menos gente y de carácter más íntimo; y al día siguiente, una reunión sólo para los Amigos, en la que, de mutuo acuerdo, establecimos varias juntas mensuales, trimestrales y anuales, que debían de celebrarse en Ámsterdam, para todos los Amigos de las Provincias Unidas de Holanda, y en Embden, el Palatinado, Hamburgo, Frederickstadt, Danzig y otros lugares de Alemania o sus alrededores; de lo cual mucho se alegraron los Amigos, habiendo resultado de gran utilidad para la Verdad. Siendo el siguiente día, el Primer día de la semana, celebramos de nuevo otra gran reunión, a la que asistió gran cantidad de gente, de opiniones diferentes, tales como Bautistas, Buscadores, Socinianos y Brownistas, así como también algunos letrados. Roberto Barclay, Jorge Keith, Guillermo Penn y yo, les declaramos la eterna Verdad, revelándoles el estado del hombre en la caída y demostrándoles por qué medio hombres y mujeres pueden rehabilitarse por Jesucristo. En verdad, les fue claramente explicado el misterio de la iniquidad así como el misterio de la divinidad, acabando la reunión apaciblemente. Al día siguiente, Jorge Keith, Roberto Barclaym y Guillermo Penn, dejándome a mí y a otros Amigos en Ámsterdam, se fueron a Alemania, de la que recorrieron muchos centenares de millas, haciendo buena labor para el Señor, en compañía de Benjamín Furly que les hacía de intérprete. Este día y el siguiente, permanecí en Ámsterdam, visitando Amigos y ayudándoles en algunos asuntos relativos a sus reuniones. Vinieron tres Bautistas a departir conmigo y les hice revelaciones a su satisfacción, separándonos después afablemente. Escribí también una carta a la princesa Isabel1 que le fue entregada por Isabel Yeamans, cuando ésta y la mujer de Jorge Keith fueron a visitarla.
Al día siguiente, Juan Claus y yo, nos embarcamos y luego, en silla de postas, fuimos a Alkmaar, a unas treinta millas de Ámsterdam. Visité a algunos Amigos, tomando luego un barco para Friesland y, después de desembarcar, fuimos a Harlingen, el puerto principal de Friesland. Pasamos, en silla de postas, por Oldenburg, poco antes lugar grande y famoso, mas destruido entonces por el fuego, y, al día siguiente, por Bremen, ciudad capital en Alemania, donde después de un doble interrogatorio, tomamos otra vez la silla de postas, recorriendo el país del obispo de Munster. Deseando viajar toda la noche, nos procuramos caballos de refresco; mas oscureció tan rápidamente y llovió tanto que creímos prudente volvernos, pues siendo descubierto nuestro carruaje no podíamos guardarnos de la lluvia y nuestras ropas estaban ya mojadas, por la lluvia de los últimos días. De modo que nos fuimos a una posada, donde nos procuramos un poco de paja fresca sobre la que nos tendimos hasta la madrugada. Así que pudimos, nos fuimos a Hamburgo, haciendo el camino, parte en carruaje, parte en barco, y llegamos a la ciudad a tiempo para asistir, aquella misma noche, a una reunión. Había en Hamburgo una mujer que, en tiempos de Juan Perrot, hablara en contra mía, aunque nunca me había visto hasta aquel día. Esto fue causa de que, des de entonces, sintiera remordimientos, estando muy contenta de que se le presentara una ocasión en que pudiera reconocer su culpa; lo cual hizo con igual sinceridad y presteza con que yo la perdoné. Es éste un lugar de tinieblas, donde la gente está muy cer rada a la Verdad. Surcando el mar, a grandes trechos, llegamos a Embden, donde vivía el padre de la mujer de Juan Claus, cuyo nombre era Cines Juan Foeldrieke, y en cuya casa habíamos dejado enfermo, al irnos hacia Alemania, a un joven - que viajaba conmigo y me servía de amanuense; al cual encontramos completamente restablecido. Al día siguiente, nos marchamos de Embden y, después de largo viaje, llegamos a Ámsterdam, yendo a casa de Gertrudis Dirick Nieson, dónde, muchos Amigos que vinieron a vernos, mucho se regocijaron de nuestro feliz regreso. El Primer día de la semana fui a una reunión de Amigos, a la que acudió mucha gente, comportándose todos muy cortés y atentamente, escuchando la Verdad durante varias horas. Juan Roeloffs, actuó de intérprete, traduciendo mis palabras. Antes de esto, varios de los Amigos que me acompañaron, tales como Roberto Barclay y la mujer de Jorge Keith, habían regresado a Inglaterra, y lo mismo hizo entonces mi hija Yeamans, quedándome solo en Ámsterdam. Mientras estuve allí, excepto cuando asistía a las reuniones de Amigos, o cuando venía la gente a hablar conmigo, ocupé la mayor parte de mi tiempo escribiendo libros, artículos, o epístolas, por la causa de la Verdad. Escribí varias epístolas, en varias ocasiones, a los Amigos de Inglaterra o de otros países, conforme me sentía dirigido a ello por el Señor, por medio de Su espíritu. Escribí también, "Advertencia o aviso a los habitantes de la ciudad de Oldenburg, últimamente destruida por el fuego," así como, "Advertencia a los habitantes de la ciudad de Hamburgo." Después de algún tiempo, Jorge Keith y Guillermo Penn, llegaron a Ámsterdam de regreso de Alemania y sostuvieron una discusión con un tal Galeno Abrahams (uno de los Bautistas más notorios en Holanda) en la que estuvieron presentes muchos eclesiásticos, pero no disponiendo de tiempo suficiente para acabar la polémica en un día, se reunieron de nuevo, dos días más tarde, siendo el Bautista confundido y ganando terreno la Verdad. Entre estas dos polémicas, celebramos una gran reunión, en la casa de reuniones de los Amigos, a la que acudieron varios centenares de personas, algunas de alto rango en el mundo. Estuvieron presentes, un conde, un Lord, y varias otras personas eminentes, comportándose todos con gran cortesía. Sin embargo, cuando se terminó la reunión, unos sacerdotes, comenzaron a oponérsenos y, oyéndolo Guillermo Penn, se levantó de nuevo y allanó las objeciones, con gran satisfacción de las gentes que quedaron muy afectadas cuando oyeron declarar tantos testimonios en favor de la Verdad. Acabada la reunión, varios de los eclesiásticos fueron a casa de Gertrudis, donde nosotros estábamos, y Jorge Keith tuvo con ellos muchas razones en latín. Y aquel día asistió a la reunión una mujer que, durante catorce años, había andado arrastrándose a gatas, y, por obra del admirable brazo y mano del Señor, le fueron devueltas las fuerzas, pudiendo andar perfectamente. Después de la reunión se me acercó. Y con tanta gente como fue a verla, después de curada, no manteniéndose humilde su espíritu ni en el temor de Dios, se dejó llevar por las palabras. Entonces le hablé largamente, exhortándola, en el amor del Señor, y diciéndole que si no se mantenía sencilla y humilde ante el Señor, caería en peor mal que el que antes tenía. Y la mujer quedó muy confundida convenciéndose de la Verdad. Habiendo, por entonces, concluido nuestra labor en Ámsterdam, nos despedimos de los Amigos, y fuimos a Leyden, a unas veinticinco millas, en carruaje, permaneciendo allí uno o dos días, buscando y visitando a algunas personas piadosas que sabíamos vivían en la ciudad. Nos encontramos con un alemán que estaba, en parte, convencido; el cual nos informó de la existencia de un hombre eminente que andaba persiguiendo la Verdad. Se le buscó y se le visitó, comprobándose que era un hombre formal. Yo también le hablé, reconociendo él la Verdad. Muchas veces, por las mañanas, tardes y noches, en las posadas y caminos, por donde pasaba, hablé a la gente, predicándole la Verdad y advirtiéndole de la llegada del día del Señor; y exhortándola a que se volviese de cara a la luz y espíritu de Dios, en sí mismos, por el que podrían guardarse del mal. De Leyden fuimos a La Haya, considerada como la mayor población del mundo, donde el príncipe de Orange tiene su corte y allí visitamos a uno de los jueces de Holanda, con quien departimos largamente. Era un hombre prudente y piadoso que nos hizo muchas objeciones y preguntas y mucho le satisficieron las respuestas que le dimos, despidiéndonos después con gran afección. De La Haya fuimos a Rótterdam, donde permanecimos algunos días y celebramos varias reuniones. Estando allí publiqué un libro para los judíos, con los que, mientras estuve en Ámsterdam, tuve muchos deseos de hablar, rehusándolo ellos. Aquí también revisé varios otros libros y artículos que había antes publicado y que fueron entonces trascritos. Viendo que nuestros espíritus habían ya cumplido en Holanda la misión que el Señor nos encomendara, nos despedimos de los Amigos de Rótterdam y fuimos en barco hasta el Briel, a fin de tomar pasaje, aquel mismo día, para Inglaterra; acompañándonos varios Amigos de Rótterdam y algunos de Ámsterdam, que deseaban vernos otra vez, antes de que nos fuéramos de Holanda. Sin embargo, no llegando la embarcación hasta la noche, tuvimos que alojarnos en el Briel y, al día siguiente, día veintiuno del Octavo mes y Primer día de la semana, embarcamos, Guillermo Penn, Jorge Keith y yo, además de Gertrudis Dirick Nieson con sus hijos, y zarpamos a eso de la décima hora. Éramos en todo como unos sesenta pasajeros; y fue un viaje largo y aventurado, debido a que el viento nos era contrario y el tiempo tempestuoso, además de que el barco hacía tant a agua, que teníamos que maniobrar continuamente dos bombas, noche y día; y parece ser que expulsamos el doble de agua de la que el barco hubiera resistido. Mas el Señor, que puede calmar los vientos tempestuosos y apaciguar las olas del mar embravecidas, elevándolas y parándolas a Su volun tad, El, solo, nos guardó; ¡Alabado sea Su nombre eternamente! Aunque la travesía fue dura, pasamos, con todo, muy buenos ratos, haciendo buena labor para la Verdad, con los pasajeros; algunos de los cuales eran personas eminentes, muy afables y cariñosas. Llegamos a Harwich el día veintitrés, por la noche, después de haber pasado dos noches y casi tres días en el mar. En Harwich, celebré una reunión, y, no habiendo allí coche para Colchester, como la mujer del jefe de correos pidió un precio exagerado por alquilarnos un coche, tratando de estafarnos, todavía, después de haberlo alquilado, nos fuimos a casa de un Amigo, a cosa de una milla y media, en el campo, y le alquilamos su carro, en el que a modo de colchón pusimos paja, y así nos fuimos a Colchester. Permanecí en Colchester hasta el Primer día de la semana, pues deseaba asistir, en tal día, a una reunión de Amigos; que resultó ser muy concurrida y de peso, debido a que, sabiendo los Amigos que estaba de vuelta de Holanda, acudieron de varias partes del país, asistiendo también muchas gentes de la ciudad, con lo que se calculó que se reunieron cerca de mil personas, transcurriendo todo en paz y tranquilidad. Después de pasar uno o dos días en Colchester, viajé por Essex, visitando a Amigos y celebrando reuniones con ellos. En Chelmsford, celebré, por la noche, una reunión, y, estando muchos Amigos en la cárcel, les dieron libertad y vinieron a la reunión, quedando todos muy reconfortados en el Señor. Al día siguiente, el día nueve del Noveno mes, llegué a Londres, donde los Amigos nos recibieron con gran júbilo. Al cabo de un cierto tiempo de estar Fox en Londres le escribió a su mujer la carta siguiente :
El día veinticuatro del Undécimo mes, llegó Fox a Bristol y, después de una serie de visitas, volvió a la ciudad el día ocho del Tercer mes de 1678. El día veintiséis, cuando se terminó la Junta Anual, escribió a su mujer.
El Séptimo mes, estaba Fox de nuevo en Swarthmoor, donde permaneció hasta el Primer mes de 1679-80, cuando se terminó su última visita. Desde entonces, distribuyó su tiempo entre Londres y sus alrededores, exceptuando una breve visita que hizo a Holanda, en 1684. Su salud declinó gradualmente, teniendo que reposar en el campo, en los alrededores de Londres; siempre muy ocupado con los asuntos de la iglesia y por los sufrimientos de sus compañeros de fe. En 1688-89 cuando se presentó al parlamento el acta de indulgencia, acudió, "aunque débil de cuerpo y sin poder hacer mucho movimiento, muchos días al parlamente, laborando con los miembros para que la cosa se hiciera de un modo completo y efectivo." La pluma de Fox estuvo ocupada, hasta el último momento, en ayudar y aconsejar. El Noveno mes de 1690, escribió desde la casa de su amigo, Eduardo Mann:
Dedicó otra carta a los "Amigos en el ministerio, que se habían ido a América," y su última, fechada en Londres, el día diez del Undécimo mes de 1690-91, la escribió para los Amigos en Irlanda. Las escenas póstumas del peregrinaje de Jorge Fox en esta tierra, están escritas, de un modo inmejorable, en las cartas siguientes; una escrita el día trece del mes undécimo (Enero) de 1690-91, el día de su muerte; y la otra, el día diez y seis, el día de su entierro en el cementerio de los Amigos cerca de Bunhill Fields.
Murió como vivió, como un cordero, ocupado, hasta lo último, con las cosas de Dios y de Su iglesia, en un espíritu universal. Londres, el día trece del Undécimo mes de 1690.
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