La Cruz Perdida de la Pureza



 

APÉNDICE

Por el editor

El Diario de Jorge Fox, propiamente dicho, termina con su llegada a Swarthmoor Hall, el día veinticinco del Cuarto mes (Junio) de 1675, cuatro meses después de ser puesto en libertad de la cárcel de Worcester. Es probable que, durante su encarcelamiento, concentrara toda su atención en el relato de cincuenta y un años de su vida; y que, en su hogar, en Swarthmoor, pudo reunir todos los incidentes, recopilados en libros de notas y varios escritos, dictando los resultados a su yerno, Tomás Lower, en la forma en que nos ha llegado y que ha sido editada in extenso por la universidad de Cambridge en 1911.

Para completar el Diario de la vida de Jorge Fox, sus editores, Tomás Ellwood y otros, reunieron, poco después de su muerte, datos procedentes de varios orígenes, formando un relato continuo que trascribieron en forma autobiográfica. Esta parte añadida es menos pintoresca que el relato original, habiendo insertado en ella cartas y escritos de poco valor hoy día.

En este capítulo se presenta, en forma concisa, la historia de esos últimos años de la vida de Jorge Fox, con algunos datos que amplifican la narración de su primer viaje al continente.

El día veintiséis del primer mes (Mayo) de 1677, después de pasar cerca de un año y medio, en su casa, en el Norte, descansando en el seno de su familia y escribiendo muchas cartas y epístolas, se puso de nuevo a viajar, "mas, sintiéndose débil y sin poder avanzar mucho en un día," en cortas etapas fue a Londres, adonde llegó el día veintitrés del Tercer mes. Fue un viaje fatigoso, porque, "no podía por la noche hallar el bastante descanso para reponer la naturaleza," y porque, "a menudo se sentaba, hasta tarde, con Amigos, para informarlos y aconsejarlos sobre cosas que deseaban saber; y luego en la cama no podía conciliar el sueño a causa de unos grandes dolores, en la cabeza y en las muelas, ocasionados por el frío sufrido cabalgando bajo la lluvia."

Por el camino, escribió la siguiente carta a su mujer:

Corazón querido:

Para quien es mi amor y para tus hijas y para todos los Amigos que pregunten por mí. Es mi deseo que os mantengáis todos en la semilla eterna del Señor, en la que todos encontraréis vida y paz, poder y estabilidad, en el eterno hogar o morada, en la vivienda construida sobre los cimientos de Dios.

He llegado a York, llevado por el poder del Señor, habiendo celebrado muchas reuniones por el camino. El camino era, a menudo, malo, a causa de la espesa nieve que lo cubría, de modo que nuestros caballos se hundieron en ella varias veces, y tuvimos grandes lluvias y tempestades; mas, el poder del Señor, nos ayudó a salir de todo ello. En Scarhouse, celebramos una gran reunión y otra en Burrowby, a la que asistieron Amigos de Cleveland y Bishoprick, celebrando, además, muchas otras reuniones. Ayer, en York, celebramos otra reunión extraordinariamente concurrida, acudiendo a ella Amigos, procedentes de muchos lugares, que estuvieron todos atentos saliendo muy satisfechos; ¡Oh! la gloria del Señor brilló sobre todos. Hoy hemos celebrado una gran reunión de hombres y mujeres, a la que asistieron muchos Amigos, así hombres como mujeres, procedentes del campo, transcurriendo todo en orden; y esta noche, vamos a celebrar la reunión de hombres y mujeres de los Amigos de la ciudad. Juan Whitehead está aquí, junto con Roberto Lodge y otros. Los Amigos están desmesuradamente contentos. De modo que estoy en mi sagrado elemento y sagrada labor en el Señor. ¡Gloria a Su nombre eternamente! Mañana, tengo la intención de salir de la ciudad para ir hacia Tadcaster, aunque no pueda cabalgar como en tiempos pasados; sin embargo, alabado sea el Señor que me permite viajar como lo hago.

Así pues, con mi amor en la fuente de vida, de la que, como vosotros, todos bebemos; y en la que, os sentiréis reconfortados en la vida y por ella creceréis acrecentándose vuestras fuerzas eternas para servir al Señor y estar satisfechos. Así pues, os confío, a todos vosotros, a los mandatos de Dios todopoderoso, suficiente en todo para guardaros.

Jorge Fox

York, el día dieciséis del Segundo mes de 1677

Después de pasar tres semanas con Guillermo Penn, en la casa de éste, en Sussex, empezó Jorge Fox a hacer los preparativos de un viaje al continente; y con varios Amigos, entre ellos Guillermo Penn, Roberto Barclay y la hija de su mujer, Isabel Yeamans, embarcó para Holanda el día veinticinco del Quinto mes.

Lo que trascribimos a continuación, ha sido tomado, con adiciones, del texto de Ellwood:

Me sentí dirigido por el Señor, a ir a Holanda, para visitar a los Amigos y predicar allí el evangelio; así como también en algunos lugares de Alemania. De modo que, disponiéndolo todo para mi viaje, así que me despedí de mis Amigos de Londres, junto con varios Amigos, fui a Colchester. Al día siguiente, fuimos a Harwich, donde se nos unieron algunas personas de Londres, que deseaban acompañarnos; mas como la embarcación, que debíamos de tomar, no estaba lista todavía, fuimos a una reunión, en la ciudad, teniendo todos una preciosa oportunidad; porque el Señor, de acuerdo con Su acostumbrada bondad y por Su poder reconfortante e irresistible, abrió muchas bocas para que declarasen Su eterna verdad, alabándolo y glorificándolo.

Después de la reunión en Harwich, volvimos a casa de Juan Vandewall, donde me alojaba, y cuando la embarcación estuvo dispuesta, después de despedirnos de los Amigos, fuimos abordo los que debíamos de partir para Holanda, a eso de la novena hora, en la noche del Cuarto día de la semana, que era el día veinticinco del Quinto mes de 1677. Los Amigos que iban conmigo eran, Guillermo Penn, Roberto Barclay, Jorge Keith y su mujer, Juan Furly, Guillermo Tailcot, Jorge Watts e Isabel Yeamans, hija de mi mujer.

Levamos el ancla a eso de la primera hora de la madrugada, aprovechando una brisa favorable que, a la mañana siguiente, nos puso Holanda a la vista. Sin embargo, aquel día, siendo el tiempo claro y apacible, avanzamos poco, hasta eso de la cuarta hora de la tarde, en la que se levantó el viento de nuevo, llevándonos a una legua de tierra. Después, calmándose otra vez, entre la novena y décima hora de la noche, echamos ancla por aquella noche; pero Guillermo Penn y Roberto Barclay, al saber que Benjamín Furly, había venido de Rótterdam a Briel, para recibirnos, consiguieron que dos hombres de la tripulación echaran al agua un pequeño bote de la embarcación y que a remo los llevaran hasta la costa, mas, antes de que pudieran desembarcar, se cerraron las puertas de la ciudad y, no habiendo casa alguna fuera de las puertas, se vieron obligados a pasar la noche en la barca de un pescador. A la mañana siguiente, en cuanto se abrieron las puertas de la ciudad, entraron en ella y hallaron a Benjamín Furly que, junto con otros Amigos de Rótterdam, estaban allí para recibirnos; y mandaron un bote, conducido por tres muchachos, que vivían con Benjamín Furly, los cuales nos llevaron a tierra, donde los Amigos nos recibieron con gran regocijo.

Nos detuvimos unas dos horas, para reponernos, embarcando después con los Amigos holandeses para Rótterdam; adonde llegamos aquel mismo día a eso de la undécima hora, el día veintiocho de aquel mes.

Al día siguiente, Primer día de la semana, celebramos dos reuniones en casa de Benjamín Furly, adonde acudieron muchas personas de la ciudad, algunas de considerable importancia, comportándose todas con gran cortesía. Benjamín Furly, o Juan Claus, un Amigo de Ámsterdam, hacían de intérpretes, cuando algún Amigo tenía algo que declarar. Al día siguiente, Guillermo Penn, y yo, y otros Amigos, nos dirigimos hacia Ámsterdam, con unos Amigos de esta ciudad, que habían venido buscarnos a Rótterdam para acompañarnos.

Se celebró la junta trimestral, a la que asistieron Amigos de Haarlem y Rótterdam, que vinieron con aquellos de nuestro grupo que habíamos dejado en Rótterdam, como Roberto Barclay, Jorge Keith y su mujer, etc. . . . Se celebró la junta en casa de Gertrudis Dirick Nieson, resultando muy concurrida y eficaz, sintiéndonos, Guillermo Penn y yo, dirigidos a revelar muchas cosas referentes al orden evangélico y a mostrarles lo beneficioso y útil que era celebrar juntas anuales, trimestrales y mensuales, de hombres y de mujeres. Al día siguiente, celebramos otra reunión en casa de Gertrudis, más popular y concurrida, asistiendo a ella eclesiásticos de varias sectas, a los que amplia y vivamente se les reveló el camino de vida y salvación, escuchando ellos con gran atención sin hacer objeción alguna a lo que se les declaraba. Por la tarde, celebramos otra reunión, en el mismo sitio, pero con menos gente y de carácter más íntimo; y al día siguiente, una reunión sólo para los Amigos, en la que, de mutuo acuerdo, establecimos varias juntas mensuales, trimestrales y anuales, que debían de celebrarse en Ámsterdam, para todos los Amigos de las Provincias Unidas de Holanda, y en Embden, el Palatinado, Hamburgo, Frederickstadt, Danzig y otros lugares de Alemania o sus alrededores; de lo cual mucho se alegraron los Amigos, habiendo resultado de gran utilidad para la Verdad.

Siendo el siguiente día, el Primer día de la semana, celebramos de nuevo otra gran reunión, a la que asistió gran cantidad de gente, de opiniones diferentes, tales como Bautistas, Buscadores, Socinianos y Brownistas, así como también algunos letrados. Roberto Barclay, Jorge Keith, Guillermo Penn y yo, les declaramos la eterna Verdad, revelándoles el estado del hombre en la caída y demostrándoles por qué medio hombres y mujeres pueden rehabilitarse por Jesucristo. En verdad, les fue claramente explicado el misterio de la iniquidad así como el misterio de la divinidad, acabando la reunión apaciblemente.

Al día siguiente, Jorge Keith, Roberto Barclaym y Guillermo Penn, dejándome a mí y a otros Amigos en Ámsterdam, se fueron a Alemania, de la que recorrieron muchos centenares de millas, haciendo buena labor para el Señor, en compañía de Benjamín Furly que les hacía de intérprete.

Este día y el siguiente, permanecí en Ámsterdam, visitando Amigos y ayudándoles en algunos asuntos relativos a sus reuniones. Vinieron tres Bautistas a departir conmigo y les hice revelaciones a su satisfacción, separándonos después afablemente. Escribí también una carta a la princesa Isabel1 que le fue entregada por Isabel Yeamans, cuando ésta y la mujer de Jorge Keith fueron a visitarla.

Princesa Isabel:

He sabido de tu devoción por el Señor y Su sagrada Verdad, por medio de unos Amigos que te han visitado, así como por algunas de tus cartas que he leído. Es, realmente, gran cosa, que una persona de tu calidad posea un alma tan piadosa, para el Señor y Su preciosa Verdad, siendo así que tantos son sepultados bajo voluptuosidades y placeres mundanos; con todo y hacer externamente, de modo u otro, profesión de fe en Dios y en Cristo, pero sin ningún profundo sentido interno ni verdadero sentimiento de El. No son muchos los poderosos, o sabios de este mundo, los que pueden volverse tontos por amor a Cristo, o que, de su poderoso estado, descienden a ser simples, en la humildad de Jesucristo, pudiendo así conseguir un estado más alto y un reino más poderoso, por el Santo Espíritu interno, la luz divina y poder de Dios, y una mayor sabiduría, viniendo de lo alto, pura y apacible. Esta sabiduría está por encima de la otra, que está debajo, o sea, la que es terrenal, sensual y diabólica, por la cual los hombres se destruyen mutuamente, a causa de sus religiones, prácticas, cultos e iglesias, todo lo cual, ciertamente, no han aprendido, de Dios ni de Cristo. Pero la sabiduría que viene de lo alto, por la cual todas las cosas fueron hechas y creadas, la que tiene por principio el santo temor de Dios en el corazón, conserva los corazones limpios; y con y por esta sabiduría deben de ordenarse todas las criaturas de Dios, ordenando con ella todas las cosas para gloria de Dios. Esta es la sabiduría que justifica a sus hijos, y es mi deseo que, en este temor de Dios y en esta sabiduría, te conserves para la gloria de Dios. Porque, el Señor ha venido, El mismo, a enseñar a Su pueblo, y a clavar Su insignia para que las naciones afluyan, acogiéndose bajo su amparo.

Por consiguiente, siente la gracia y la verdad en tu corazón, que a él han llegado por Jesucristo; lo cual te enseñará como debes de vivir y que es lo que debes de negar. Asentará tu corazón, sazonará tus palabras y te traerá la salvación; y será un maestro para ti, en todo tiempo, por ello, podrás recibir a Cristo, venga de donde venga, y, a tantos como lo reciben les da El poder, no sólo para luchar contra el pecado y el mal, sino para que puedan ser hijos de Dios; y siendo hijos, herederos de una vida, un mundo, un reino sin fin, y de las riquezas y tesoros eternos en él contenidos.

Así pues, con premura, con mi amor en el Señor Jesucristo, que sufrió la muerte por todos los hombres y aplasta la cabeza de la serpiente, siendo el intermediario entre el hombre y Dios, pudiendo así el hombre, por medio de Jesucristo, volver a Dios de nuevo, y alabarlo por medio de Jesucristo, Amén; que es la roca espiritual y celestial y los cimientos sobre que todo el pueblo de Dios tiene que construir, para alabanza y gloria de Dios, que está sobre todos, bendito para siempre jamás.

Jorge Fox

Ámsterdam, el día siete del Sexto mes de 1677

Postdata. Te entregará esta carta, mi hijastra, que va, junto con Gertrudis Dirick Nieson y la mujer de Jorge Keith, a visitarte.

Jorge Fox

 

Respuesta de la Princesa Isabel:

Querido Amigo: No puedo menos de sentir un gran amor por todos los que aman al Señor Jesucristo y que gozan del privilegio, no sólo de creer en El, sino también de sufrir por El; por consiguiente, vuestra carta y la visita de vuestros amigos me ha sido muy grata. Seguiré su consejo y el vuestro, en tanto Dios me de luz y unción; permaneciendo vuestra amiga que mucho os ama.

Isabel
Herfort, el día treinta de Agosto de 1677.

Al día siguiente, Juan Claus y yo, nos embarcamos y luego, en silla de postas, fuimos a Alkmaar, a unas treinta millas de Ámsterdam. Visité a algunos Amigos, tomando luego un barco para Friesland y, después de desembarcar, fuimos a Harlingen, el puerto principal de Friesland. Pasamos, en silla de postas, por Oldenburg, poco antes lugar grande y famoso, mas destruido entonces por el fuego, y, al día siguiente, por Bremen, ciudad capital en Alemania, donde después de un doble interrogatorio, tomamos otra vez la silla de postas, recorriendo el país del obispo de Munster. Deseando viajar toda la noche, nos procuramos caballos de refresco; mas oscureció tan rápidamente y llovió tanto que creímos prudente volvernos, pues siendo descubierto nuestro carruaje no podíamos guardarnos de la lluvia y nuestras ropas estaban ya mojadas, por la lluvia de los últimos días. De modo que nos fuimos a una posada, donde nos procuramos un poco de paja fresca sobre la que nos tendimos hasta la madrugada.

Así que pudimos, nos fuimos a Hamburgo, haciendo el camino, parte en carruaje, parte en barco, y llegamos a la ciudad a tiempo para asistir, aquella misma noche, a una reunión. Había en Hamburgo una mujer que, en tiempos de Juan Perrot, hablara en contra mía, aunque nunca me había visto hasta aquel día. Esto fue causa de que, des de entonces, sintiera remordimientos, estando muy contenta de que se le presentara una ocasión en que pudiera reconocer su culpa; lo cual hizo con igual sinceridad y presteza con que yo la perdoné. Es éste un lugar de tinieblas, donde la gente está muy cer rada a la Verdad.

Surcando el mar, a grandes trechos, llegamos a Embden, donde vivía el padre de la mujer de Juan Claus, cuyo nombre era Cines Juan Foeldrieke, y en cuya casa habíamos dejado enfermo, al irnos hacia Alemania, a un joven - que viajaba conmigo y me servía de amanuense; al cual encontramos completamente restablecido.

Al día siguiente, nos marchamos de Embden y, después de largo viaje, llegamos a Ámsterdam, yendo a casa de Gertrudis Dirick Nieson, dónde, muchos Amigos que vinieron a vernos, mucho se regocijaron de nuestro feliz regreso.

El Primer día de la semana fui a una reunión de Amigos, a la que acudió mucha gente, comportándose todos muy cortés y atentamente, escuchando la Verdad durante varias horas. Juan Roeloffs, actuó de intérprete, traduciendo mis palabras. Antes de esto, varios de los Amigos que me acompañaron, tales como Roberto Barclay y la mujer de Jorge Keith, habían regresado a Inglaterra, y lo mismo hizo entonces mi hija Yeamans, quedándome solo en Ámsterdam.

Mientras estuve allí, excepto cuando asistía a las reuniones de Amigos, o cuando venía la gente a hablar conmigo, ocupé la mayor parte de mi tiempo escribiendo libros, artículos, o epístolas, por la causa de la Verdad. Escribí varias epístolas, en varias ocasiones, a los Amigos de Inglaterra o de otros países, conforme me sentía dirigido a ello por el Señor, por medio de Su espíritu. Escribí también, "Advertencia o aviso a los habitantes de la ciudad de Oldenburg, últimamente destruida por el fuego," así como, "Advertencia a los habitantes de la ciudad de Hamburgo."

Después de algún tiempo, Jorge Keith y Guillermo Penn, llegaron a Ámsterdam de regreso de Alemania y sostuvieron una discusión con un tal Galeno Abrahams (uno de los Bautistas más notorios en Holanda) en la que estuvieron presentes muchos eclesiásticos, pero no disponiendo de tiempo suficiente para acabar la polémica en un día, se reunieron de nuevo, dos días más tarde, siendo el Bautista confundido y ganando terreno la Verdad. Entre estas dos polémicas, celebramos una gran reunión, en la casa de reuniones de los Amigos, a la que acudieron varios centenares de personas, algunas de alto rango en el mundo. Estuvieron presentes, un conde, un Lord, y varias otras personas eminentes, comportándose todos con gran cortesía. Sin embargo, cuando se terminó la reunión, unos sacerdotes, comenzaron a oponérsenos y, oyéndolo Guillermo Penn, se levantó de nuevo y allanó las objeciones, con gran satisfacción de las gentes que quedaron muy afectadas cuando oyeron declarar tantos testimonios en favor de la Verdad. Acabada la reunión, varios de los eclesiásticos fueron a casa de Gertrudis, donde nosotros estábamos, y Jorge Keith tuvo con ellos muchas razones en latín.

Y aquel día asistió a la reunión una mujer que, durante catorce años, había andado arrastrándose a gatas, y, por obra del admirable brazo y mano del Señor, le fueron devueltas las fuerzas, pudiendo andar perfectamente. Después de la reunión se me acercó. Y con tanta gente como fue a verla, después de curada, no manteniéndose humilde su espíritu ni en el temor de Dios, se dejó llevar por las palabras. Entonces le hablé largamente, exhortándola, en el amor del Señor, y diciéndole que si no se mantenía sencilla y humilde ante el Señor, caería en peor mal que el que antes tenía. Y la mujer quedó muy confundida convenciéndose de la Verdad. Habiendo, por entonces, concluido nuestra labor en Ámsterdam, nos despedimos de los Amigos, y fuimos a Leyden, a unas veinticinco millas, en carruaje, permaneciendo allí uno o dos días, buscando y visitando a algunas personas piadosas que sabíamos vivían en la ciudad. Nos encontramos con un alemán que estaba, en parte, convencido; el cual nos informó de la existencia de un hombre eminente que andaba persiguiendo la Verdad. Se le buscó y se le visitó, comprobándose que era un hombre formal. Yo también le hablé, reconociendo él la Verdad.

Muchas veces, por las mañanas, tardes y noches, en las posadas y caminos, por donde pasaba, hablé a la gente, predicándole la Verdad y advirtiéndole de la llegada del día del Señor; y exhortándola a que se volviese de cara a la luz y espíritu de Dios, en sí mismos, por el que podrían guardarse del mal.

De Leyden fuimos a La Haya, considerada como la mayor población del mundo, donde el príncipe de Orange tiene su corte y allí visitamos a uno de los jueces de Holanda, con quien departimos largamente. Era un hombre prudente y piadoso que nos hizo muchas objeciones y preguntas y mucho le satisficieron las respuestas que le dimos, despidiéndonos después con gran afección. De La Haya fuimos a Rótterdam, donde permanecimos algunos días y celebramos varias reuniones. Estando allí publiqué un libro para los judíos, con los que, mientras estuve en Ámsterdam, tuve muchos deseos de hablar, rehusándolo ellos. Aquí también revisé varios otros libros y artículos que había antes publicado y que fueron entonces trascritos.

Viendo que nuestros espíritus habían ya cumplido en Holanda la misión que el Señor nos encomendara, nos despedimos de los Amigos de Rótterdam y fuimos en barco hasta el Briel, a fin de tomar pasaje, aquel mismo día, para Inglaterra; acompañándonos varios Amigos de Rótterdam y algunos de Ámsterdam, que deseaban vernos otra vez, antes de que nos fuéramos de Holanda. Sin embargo, no llegando la embarcación hasta la noche, tuvimos que alojarnos en el Briel y, al día siguiente, día veintiuno del Octavo mes y Primer día de la semana, embarcamos, Guillermo Penn, Jorge Keith y yo, además de Gertrudis Dirick Nieson con sus hijos, y zarpamos a eso de la décima hora. Éramos en todo como unos sesenta pasajeros; y fue un viaje largo y aventurado, debido a que el viento nos era contrario y el tiempo tempestuoso, además de que el barco hacía tant a agua, que teníamos que maniobrar continuamente dos bombas, noche y día; y parece ser que expulsamos el doble de agua de la que el barco hubiera resistido. Mas el Señor, que puede calmar los vientos tempestuosos y apaciguar las olas del mar embravecidas, elevándolas y parándolas a Su volun tad, El, solo, nos guardó; ¡Alabado sea Su nombre eternamente! Aunque la travesía fue dura, pasamos, con todo, muy buenos ratos, haciendo buena labor para la Verdad, con los pasajeros; algunos de los cuales eran personas eminentes, muy afables y cariñosas. Llegamos a Harwich el día veintitrés, por la noche, después de haber pasado dos noches y casi tres días en el mar. En Harwich, celebré una reunión, y, no habiendo allí coche para Colchester, como la mujer del jefe de correos pidió un precio exagerado por alquilarnos un coche, tratando de estafarnos, todavía, después de haberlo alquilado, nos fuimos a casa de un Amigo, a cosa de una milla y media, en el campo, y le alquilamos su carro, en el que a modo de colchón pusimos paja, y así nos fuimos a Colchester.

Permanecí en Colchester hasta el Primer día de la semana, pues deseaba asistir, en tal día, a una reunión de Amigos; que resultó ser muy concurrida y de peso, debido a que, sabiendo los Amigos que estaba de vuelta de Holanda, acudieron de varias partes del país, asistiendo también muchas gentes de la ciudad, con lo que se calculó que se reunieron cerca de mil personas, transcurriendo todo en paz y tranquilidad. Después de pasar uno o dos días en Colchester, viajé por Essex, visitando a Amigos y celebrando reuniones con ellos. En Chelmsford, celebré, por la noche, una reunión, y, estando muchos Amigos en la cárcel, les dieron libertad y vinieron a la reunión, quedando todos muy reconfortados en el Señor. Al día siguiente, el día nueve del Noveno mes, llegué a Londres, donde los Amigos nos recibieron con gran júbilo.

Al cabo de un cierto tiempo de estar Fox en Londres le escribió a su mujer la carta siguiente :

Corazón querido: Para quien es mi amor así como para tus hijas y para los otros Amigos, en la verdad, poder y semilla del Señor, que está por encima de todos, gloria al Señor y bendito sea Su nombre eternamente, más de lo que las palabras pueden expresar, al cual me ha llevado y guiado a través de muchas pruebas y peligros, en Su eterno poder. He asistido dos veces a la reunión de la calle de Gracious, y, a pesar de que espíritus de contradicción estaban presentes, todo transcurrió apaciblemente. El rocío del cielo cayó sobre la gente y la gloria de Dios brilló sobre todos. Tengo que asistir todos los días a juntas, para tratar de asuntos y tribulaciones, que son muy grandes en todos lados, y ahora muchos Amigos andan preocupados por la suerte de muchas personas a causa de ello.

Así pues, con prisa, pero con todo mi amor para todos vosotros.

Jorge Fox
Londres el día veinticuatro del Noveno mes de 1677.

El día veinticuatro del Undécimo mes, llegó Fox a Bristol y, después de una serie de visitas, volvió a la ciudad el día ocho del Tercer mes de 1678. El día veintiséis, cuando se terminó la Junta Anual, escribió a su mujer.

Corazón querido:

Para quien es mi amor en la eterna Semilla de vida, que reina sobre todo. Grandes reuniones se han celebrado aquí, conmoviéndose el poder del Señor en todas ellas, como nunca se había visto nada parecido. El Señor, en Su poder, ha enlazado a los Amigos, entre ellos, de un modo admirable, mostrándose Su gloriosa presencia, entre los Amigos. Ahora, las reuniones se han ya concluido en paz y tranquilidad, ¡Bendito sea el Señor!

He sabido que en Holanda todo anda bien, habiéndose trasladado allá algunos Amigos para asistir a la Junta Anual, en Ámsterdam. En Embden, los Amigos que habían sido desterrados han vuelto de nuevo a la ciudad. En Danzig, han encarcelado a Amigos, amenazándolos, los magistrados, con penas de reclusión más severas, pero, al día siguiente, los Luteranos se sublevaron y tiraron abajo el monasterio papista; de modo que bastante tienen que hacer con ellos mismos. El rey de Polonia, recibió mi carta, que leyó él mismo, habiéndola traducido los Amigos al alto holandés. Por cartas, versando sobre la junta semestral en Irlanda, me entero de que por allí todo el mundo siente gran unción. En Barbados, los Amigos, viven apaciblemente, estableciendo sus juntas con tranquilidad. En Antigua, y, también en Nevis, prospera la Verdad, celebrando los Amigos sus reuniones en buen orden. De igual modo que, en Nueva Inglaterra, y en otros lugares, todo lo que concierne a la Verdad y a los Amigos marcha bien, habiéndose establecido, por esos lugares, las reuniones de hombres y de mujeres, ¡Bendito sea el Señor! Así pues, guárdate en el poder y semilla del Señor, que está por encima de todos, y en lo que todos vosotros hallaréis vida y salvación, ya que el Señor gobierna sobre todos, en Su gloria y en Su reino; gloria a Su nombre eternamente, Amén. . . . Con prisa pero con mi amor para todos vosotros y todos los Amigos.

Jorge Fox
Londres, el día veintiséis del Tercer mes de 1678.

El Séptimo mes, estaba Fox de nuevo en Swarthmoor, donde permaneció hasta el Primer mes de 1679-80, cuando se terminó su última visita. Desde entonces, distribuyó su tiempo entre Londres y sus alrededores, exceptuando una breve visita que hizo a Holanda, en 1684. Su salud declinó gradualmente, teniendo que reposar en el campo, en los alrededores de Londres; siempre muy ocupado con los asuntos de la iglesia y por los sufrimientos de sus compañeros de fe. En 1688-89 cuando se presentó al parlamento el acta de indulgencia, acudió, "aunque débil de cuerpo y sin poder hacer mucho movimiento, muchos días al parlamente, laborando con los miembros para que la cosa se hiciera de un modo completo y efectivo." La pluma de Fox estuvo ocupada, hasta el último momento, en ayudar y aconsejar. El Noveno mes de 1690, escribió desde la casa de su amigo, Eduardo Mann:

Epístola a los Amigos en el Ministerio

Todos vosotros, Amigos, que en el ministerio, andáis por todas partes, favorecidos por Dios con el don de vuestra misión, en la cual recorréis el mundo, de acá para allá; donde quiera que estéis, no escondáis vuestro talento ni ocultéis vuestras luces, ni os preocupéis de los asuntos mundanos ni os mezcléis en ellos; porque, si los soldados terrenales no se mezclan en asuntos de este mundo, mucho menos lo harán los soldados de Cristo, que no pertenecen a este mundo sino que deben de atender solamente a las riquezas y glorias del mundo que es imperecedero. Por consiguiente, expoliad el don de Dios en vosotros y mejoradlo si no queréis convertiros en idólatras, y no os sentéis al igual que los demás, ni abracéis este mundo presente que tendrá un fin. Sed valientes, por la causa de la verdad de Dios, sobre la tierra, y difundidla por el mundo en la luz de Cristo, vosotros que habéis buscado el reino de Dios y su rectitud y lo habéis recibido y predicado; este reino que emerge en rectitud, en paz y en gozo del Espíritu Santo.

Como aptos ministros del Espíritu, sembrad en el Espíritu, aquello del Espíritu, que pueda sazonar eterna vida. Avanzad en el Espíritu, labrando con el Espíritu, en la esperanza purificadora, y trillando, con el poder y espíritu de Dios, el trigo de la paja de corrupción, en la misma esperanza. Porque, aquel que se vuelve del arado espiritual y mira al mundo no es elegible para el espiritual y eterno reino de Dios; y poco podrá penetrar en él, como lo puede el justo. Por consiguiente, vosotros que os habéis despertado a la rectitud y al conocimiento de la Verdad, manteneos despiertos en ello, y así, no podrá el enemigo sembrar sus taras en vuestro campo, ya que la Verdad y la justicia están por encima de él, mientras que antes él lo estaba. Así pues, son mis deseos, el que todos puedan desempeñar el ministerio, que el Señor Jesucristo os ha confiado, para que entonces por la sangre (o vida) y testimonio de Jesús, dominéis, al enemigo que se le opone, interna y externamente.

Y todos vosotros, que predicáis la Verdad, hacedlo como ella es en Jesús, esto es, en amor; y a todos los que crean en Jesús y lo reciben les da El poder para que sean hijos de Dios y coherederos con Cristo; el cual los llamó hermanos; y El les da el agua de vida, que en ellos formará pozos, manando como río hacia la Verdad eterna, pudiendo así regar las plantas espirituales del Dios vivo, de modo que así, puedan ser todos sembradores espirituales y aguadores espirituales y puedan ver, con los ojos del espíritu, al imperecedero y eterno Dios, acrecentando, el cual es la fuente infinita. Son, por lo tanto, mis deseos, de que os mantengáis todos apartados de los pordioseros elementos del mundo, que están por debajo de la región espiritual, y junto a Cristo, la cabeza, asiéndose a El, que aplasta la cabeza del enemigo y que era antes de que el enemigo fuese, para que así podáis estar todos unidos, en amor, en vuestra cabeza, Cristo, y podáis ser guiados por Su divina, suave y apacible sabiduría, para gloria de Dios. Porque todos los que son en Cristo están en paz, amor y unidad. En El, son fuertes y en plena persuasión, y, en El, que es el primero y el último, están en una celestial resolución y confianza, para eterno amor y gloria de Dios. Amén.

De parte de El, que ha sido transpuesto al reinado de Su Hijo amado, con todos Sus santos, os mando un saludo celestial. Saludaos mutuamente con un santo beso de candad, que nunca.

Jorge Fox
Ford-Green, el día veinticinco del Noveno mes de 1690

Dedicó otra carta a los "Amigos en el ministerio, que se habían ido a América," y su última, fechada en Londres, el día diez del Undécimo mes de 1690-91, la escribió para los Amigos en Irlanda.

Las escenas póstumas del peregrinaje de Jorge Fox en esta tierra, están escritas, de un modo inmejorable, en las cartas siguientes; una escrita el día trece del mes undécimo (Enero) de 1690-91, el día de su muerte; y la otra, el día diez y seis, el día de su entierro en el cementerio de los Amigos cerca de Bunhill Fields.

Querida Sra. Fox:

Con el amado recuerdo de mi genuino amor en Jesucristo, soy yo el que tengo que hacerte saber nuevas, que en cierto modo podrían llamarse dolorosas, y son ellas, que tu querido esposo y mi muy querido y amado amigo, Jorge Fox, ha concluido su gloriosa misión, esta noche, a eso de una media hora después de las nueve, conservando todos sus sentidos hasta el último suspiro.

¡Ay! Se ha marchado dejándonos bajo la tormenta que se cierne sobre nuestras cabezas, llenos, sí, de reconocimiento hacia él, mas sintiendo como un aviso de las penas que nos esperan. Hace una semana, el último Cuarto día, estaba en la calle de Gracious, vivo y fuerte; mas anteayer, el último Primer día, se quejó, después de la reunión, de un ataque interno, y permaneció acostado, desde entonces, en casa de Enrique Goldney, donde nos dejó.

Mi alma está profundamente afligida, por esta grande e inesperada pérdida. Con toda seguridad, es anuncio de grandes males en lo porvenir. Verdaderamente, un príncipe ha caído hoy en Israel.

No puedo extenderme más porque tengo, esta noche, que escribir a varias personas y es ya tarde. El Señor sea contigo, con los tuyos y con todos nosotros. Amén.

Tu amigo devoto y afectísimo.

William Penn 

Murió como vivió, como un cordero, ocupado, hasta lo último, con las cosas de Dios y de Su iglesia, en un espíritu universal. Londres, el día trece del Undécimo mes de 1690.

Queridos Amigos:

Antes de que ésta llegue a vuestras manos, sabréis ya de la muerte de nuestro antiguo amigo y honorable Señor, en la iglesia de Dios, a quien hoy han enterrado, en presencia de una asamblea grande y viviente de gentes escogidas por Dios; que lo acompañaron a su última morada, calculándose que había más de cuatro mil Amigos. La casa de reuniones de la calle de Gracious no podía contenerlos, como tampoco podía el patio, delante de la puerta, contener a tantos que no alcanzaron a oír las revelaciones divinas; siendo muchos los testimonios, vivientes, claros y potentes que se enunciaron en la casa de reuniones y también en el cementerio, entre corazones conmovidos, ojos llorosos y espíritus contritos.

Los Amigos de Londres estuvieron atinadísimos en dirigir las rutas y asuntos relativos al entierro, revelando muy buen juicio en cada caso; y celebrándose cinco juntas mensuales en la ciudad, se nombraron a seis Amigos, escogidos por cada junta mensual, los cuales, y solo ellos, tenían que llevar el ataúd; yendo los parientes del finado inmediatamente detrás del ataúd y después todos los Amigos, por un lado de la calle, en filas de tres, tan apretados como pudieron, para que así quedase libre el otro lado de la calle, para los coches y los ciudadanos que iban a sus tareas cotidianas. Y, aunque el cementerio es una ancha faja de tierra, estaba lleno a rebosar, faltando solamente algunas gentes del mundo.

La última semana asistió a tres reuniones, o sea, a una reunión trimestral, una del Segundo día y a una reunión en la que se trató de los Sufrimientos; y a dos reuniones más de devoción, además de las reuniones del Primer día, que se celebraron en la calle de Gracious. El Séptimo día fue a alojarse a casa de Enrique Gouldney, para estar cerca de donde se celebraba la reunión el Primer día, y dijo que hacía mucho tiempo que no se había encontrado tan bien como en aquella reunión. Sin embargo, comenzó a sentirse mal, a eso de las cinco de la tarde del Primer día, falleciendo antes de la décima hora de la noche del Tercer día.

Estuve a su lado, la mayor parte del tiempo, durante el que habló muchas y poderosas sentencias a la piadosa compañía allí presente. No manifestó signo alguno de que padeciera grandes sufrimientos y nunca se quejó. Cerró el mismo los ojos y la boca, y no le cayó la mandíbula que no hubo necesidad de vendar; yaciendo como si se hubiese quedado dormido. Se hubiera podido creer que había sonreído, siendo el cadáver más placentero que nunca se ha visto. Y muchos centenares de Amigos vinieron a ver su rostro, pasándose casi tres días enteros antes de clavar el ataúd, para que pudieran verlo. Llevaron los Amigos el ataúd sobre sus hombros, sin ninguna cubierta ni tela ni pintura, sino el color natural de la madera y, con todo, era bonito y pulido.

Bien, Amigos, como unas dos horas o quizás menos, antes de morir, me cogió la mano y me rogó que, cuando viajase, lo recordase en amor a los Amigos que encontrara.

Estoy contento de haber visto un fin, tan celestial y armonioso, como el del querido Jorge Fox y el sentimiento y dulzura de su muerte nunca me abandonarán. En la divina verdad, en la que deseo reposar y permanecer vuestro hermano.

Roberto Barrow
Londres el día dieciséis del Undécimo mes de 1690.

 

 

 

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