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CAPÍTULO VIII
Launceston y Doomsdale
1655-1656
Al separarnos de él nos fuimos a Honiton, y en la posada preguntamos quiénes eran las personas en esa ciudad que temían a Dios, y mandamos a traerlas. Algunos de los bautistas en particular respondieron y vinieron con nosotros, con los cuales razonamos bastante. Yo les dije que ellos sostenían la doctrina de su elección en la naturaleza de Esaú, de Caín y de Ismael; no la de Jacob, quien había sido el segundo en nacer: pero ellos necesitaban nacer otra vez antes de poder entrar en el reino de los cielos. Y que la promesa de Dios estaba en la semilla, no como muchos, sino como uno, el cual era Cristo; de manera que la elección y la opción permanece en Cristo; y que ellos deberían ser de los que permanecen en su luz, su gracia y su verdad. Y hablamos muchas otras cosas con ellos.
De allí nos fuimos a Topsham, y nos quedamos allí el Primer día; pero el mesonero y su gente eran personas groseras. Durante la mañana siguiente enviamos algunas preguntas a los sacerdotes y profesantes; entonces algunas personas groseras vinieron a nuestra posada, y no nos hubieran dejado irnos si no nos hubieramos ido cuando lo hicimos. Yo usaba una faja, la cual por causa de olvido dejé en la posada y después la mandé a pedir al mesonero; pero él no me la quería entregar. Después, al sentirse él mal en su mente por causa de esto, la quemó para no estar "hechizado por ella", como lo dijo él; sin embargo después de haberla quemado, se sintió peor que antes. A pesar del comportamiento grosero de la gente del lugar algunos fueron convencidos; y se estableció una reunión en esa ciudad, la cual ha continuado desde entonces.
De allí nos fuimos a Totness, ciudad tenebrosa. Nos alojamos en una posada, y por la noche Eduardo Pyot se puso enfermo; mas el poder del Señor lo curó, de manera que al día siguiente fuimos a Kingsbridge y en la posada nos informamos de las personas sobrias de la ciudad. Nos dirigieron a Nicolás Tripe y su mujer, y nos fuimos a su casa. Mandaron a buscar al sacerdote con el que tuvimos algunas razones; mas confundido enseguida nos dejó. Tripe y su mujer se convencieron y desde entonces se celebra en aquel lugar una buena reunión de Amigos. Por la noche, volvimos a nuestra posada donde estaba bebiendo mucha gente, y el Señor me impelió a que me acercara para encaminarlos a la luz con que Cristo, el Hombre celestial, los había iluminado; en cuya luz podrían ver todas sus malas palabras y acciones y que por la misma luz pudieran ver también a Jesucristo, su Salvador. Viendo el posadero que sus huéspedes habían dejado de beber para escucharme, encendió una vela y me dijo, "Vengan, aquí tienen una luz para que se vayan a su habitación." A la mañana siguiente le hablé de cuan descortés había sido haciendo tal cosa y, advirtiéndole luego del día del Señor, nos dispusimos a marcharnos. Al día siguiente llegamos a Plymouth y, después de haber descansado en la posada, fuimos a casa de Roberto Cary donde celebramos una bellísima reunión. Estaba en ella una tal Elizabeth Trelawney, hija de un baronet y, como tenía un poco de dificultad para oír, se acercó a mí y aplicó su oreja hacia mí, mientras yo hablaba; y se convenció. Después de la reunión entraron algunos bautistas en actitud provocadora; mas el poder del Señor fue sobre ellos, y esta Elizabeth Trelawney, acercándose, dijo en alta voz, "Jorge está por encima de todos." Se celebran allí, en el poder del Señor, bellas reuniones que continúan desde entonces, y donde se han convencido muchos Amigos fieles.
De allí nos fuimos a Cornwall, y llegamos a una posada en el distrito de Menhenniot. En la noche tuvimos una reunión en la casa de Eduardo Hancock, a la cual vinieron Tomás Mounce y un sacerdote con un gran número de personas. Llevamos al ministro a confesar que era un ministro hecho por el estado y mantenido por el estado; y él fue avergonzado y silenciado, de manera que se fue por su camino; pero mucha gente se quedó. Los dirigí a la 'luz de Cristo, por la cual ellos podían ver sus pecados, y su salvador Cristo Jesús, el camino a Dios, su mediador para hacer paz entre Dios y ellos; su pastor para alimentarlos, y su profeta para enseñarles.' Los dirigí al espíritu de Dios en sí mismos, por el cual pueden conocer las escrituras, y ser guiados a la verdad; y por el espíritu ellos pueden conocer a Dios, y tener unidad los unos con los otros. Muchos fueron convencidos durante ese tiempo, y llegaron a estar bajo las enseñanzas de Cristo; y ahora hay hermosas reuniones en el nombre de Jesús en esas partes.
De allí viajamos por Penryn, y llegamos a Helston, pero no pude saber de ninguna persona sobria a causa de la mala voluntad de los posaderos. Finalmente, llegamos a un pueblo donde había algunos bautistas y personas religiosas, con las que tuvimos bastantes razones, llegando algunas a confesar que habían tropezado con la luz de Cristo. Querían que nos quedásemos con ellos algunos días, mas de allí fuimos a Market-Jew, y, albergándonos en una posada, llegada la noche, mandamos a averiguar por los que temían al Señor. A la mañana siguiente, el alcalde y el regidor, unidos con el alguacil principal del condado, nos mandaron a los guardias a que nos obligaran a presentarnos ante ellos. Les preguntamos si traían una orden escrita, y, al respondernos que no, les dijimos que sin ella no los seguiríamos. Al ver que los guardias regresaban sin nosotros, mandaron a sus sargentos; les preguntamos por la orden escrita, y nos respondieron que no la tenían, pero que el alcalde y el regidor nos estaban esperando. Entonces les dijimos que, el alcalde y los que con él estaban, hacían mal en molestarnos en nuestra posada; y que no iríamos con ellos sin una orden escrita. Se marcharon y volvieron otra vez, y, al volver a preguntarles por el decreto, uno sacó un mazo, símbolo de autoridad, de debajo de su capa; y ante esto les preguntamos si era esta su costumbre de molestar e importunar a los forasteros en sus posadas y albergues: y unos momentos después dije a Eduardo Pyot, "Ve, Eduardo, y mira a ver qué es lo que aflige al alcalde y a los que están en su compañía," y Eduardo Pyot fue a ver al alcalde y al regidor y tuvo con ellos muchas razones; mas el poder del Señor le dio dominio sobre todos ellos. Cuando ya de vuelta estaba con nosotros, vinieron a vernos varios oficiales y les pusimos de manifiesto lo descortés e indigno de la conducta del alcalde y sus compañeros, con nosotros, que éramos los siervos del Señor Dios, deteniéndonos y molestándonos en nuestra posada, y lo poco cristiana que era tal acción. Antes de que dejásemos la ciudad, escribí a las siete parroquias de Land's End, una copia de la cual sigue a continuación:
El día poderoso del Señor ha llegado y está llegando, cuando todos los corazones serán hechos manifiestos, y los secretos de cada corazón serán revelados por la luz de Jesús, quien ilumina a cada hombre que viene al mundo, para que todos los hombres puedan creer por medio de él, y para que el mundo pueda tener luz por medio de él, quien dijo, "Aprendan de mí;" y de quien Dios dijo, "Este es mi hijo amado, a él oíd". Cristo ha venido a enseñar a su pueblo él mismo; y cada persona que no escuche a este profeta que Dios ha levantado, y del cual habló Moisés, cuando dijo, "El Señor levantará un profeta como a mí, a él oiréis:" todo aquel, digo yo, que no escuche a este profeta, debe ser desarraigado. Aquellos que odiaron la ley de Moisés, murieron bajo la mano de dos o tres testigos; pero cuánto más grande será el casigo de aquellos que desatienden esta gran salvación, Cristo Jesús, quien dijo: "Aprendan de mí, yo soy el camino, la verdad y la vida;" quien ilumina a cada hombre que viene a este mundo; y con esta luz les deja ver los caminos y las obras malas de ustedes. Pero si odian la luz, y se van al mal, esta luz será la que los condene. Por lo tanto, ahora que tienen tiempo, aprécienla: porque éste es el día de su visitación, y la salvación es ofrecida a ustedes. Cada uno de ustedes tiene una luz de Cristo; la cual les deja ver que no deben mentir, ni hacer mal a nadie, ni jurar, ni maldecir, ni tomar el nombre de Dios en vano, ni robar. Es la luz la que les enseña estas obras malas: la cual si ustedes la aman, y van a ella, y la siguen, los guiará a Cristo, quien es el camino al Padre, de quien viene; donde no entra ninguna injusticia, ni impiedad. Si ustedes odian esta luz, ésta será su condenación; pero si la aman, y vienen a ella, vendrán a Cristo; y ésta los sacará de los maestros y los caminos del mundo para aprender de Cristo, y los guardará de los males del mundo, y de todos los engañadores que están en él.
Jorge Fox
Este escrito lo llevaba Guillermo Salt, que viajaba conmigo y, cuando estábamos a unas tres o cuatro millas de Market—Jew, hacia el Oeste, le dio una copia a un hombre que encontramos en el camino; y, apenas se la diera, sentí como si nos prendieran, pues debió habérmela dado antes de darla a un desconocido. Mas luego vi que todo iría bien. Este hombre resultó ser un siervo de un tal Pedro Ceely, mayor en el ejército y juez de paz en aquel condado. Y adelantándosenos a caballo hasta un lugar llamado St. Ives, le enseñó el papel a su amo, el mayor Ceely. Cuando llegamos a St. Ives sucedió que, habiéndole caído una herradura al caballo de Eduardo Pyot, nos tuvimos que detener allí hasta que se la volvieran a poner; y mientras el hacía herrar su caballo, yo me fui paseando hasta la orilla del mar. Cuando volví me encontré con el gran tumulto en la ciudad, y que llevaban a Eduardo Pyot y a Guillermo Salt a presencia del mayor Cely, a quienes seguí a casa del juez, a pesar de que no habían puesto sus manos sobre mí. Cuando entramos, la casa estaba llena de gente grosera, por donde pregunté si no había allí un oficial que les obligara a comportarse civilmente; el mayor Ceely dijo que era él un magistrado, y yo le repliqué que, en tal caso, debía de dar pruebas de gravedad y sobriedad y hacer uso de su autoridad para obligar a la gente a comportarse civilmente, pues nunca había visto personas tan groseras, siendo los indios más cristianos que ellos. Al cabo de un rato, sacaron el papel, antes mencionado, me preguntaron si era mío y respondí, "Sí". Entonces nos indicaron el juramento de Abjuración, ante lo que metí la mano en el bolsillo respondiendo a ellos como se le había respondido al Protector, y luego que le hube dado tal respuesta, el juez nos interrogó uno por uno separadamente. Estaba con él un sacerdote joven y tonto, que nos hizo muchas preguntas frívolas; y pidió a los demás que me cortaran el cabello, que entonces llevaba muy largo, mas yo no estaba dispuesto a cortármelo a pesar de que más de una vez hubo muchos que se molestaban al vérmelo; por lo que les dije que no me preciaba de ello y que no le daba mayor importancia. Finalmente, el juez nos puso bajo la custodia de unos soldados crueles y feroces, como el mismo juez. No obstante, advertimos a la gente del día del Señor y les declaramos la verdad. Al día siguiente nos mandaron a Redroth, custodiados por un grupo de a caballo armados de sables y pistolas.
El Primer día, los soldados querían sacarnos de allí, mas les dijimos que era su día del Señor, y que no era costumbre viajar en tal día. Algunos de la ciudad se reunieron a nuestro alrededor y mientras yo contenía a los soldados, razonando con ellos, Eduardo Pyot hablaba a la gente; y después él contuvo a los soldados discutiendo, mientras ya hablaba a la gente; y entre tanto Guillermo Salt, volviendo por donde habíamos venido, se fue a la iglesia y allí habló al sacerdote y al pueblo; estaba éste sumamente furioso y, lleno de ira contra él, lo maltrató. También los soldados, notándolo a faltar, estaban iracundos, y dispuestos a matarnos, mas yo declaré el día del Señor y la palabra de vida eterna, a la gente que se reunió a nuestro alrededor. Por la tarde, los soldados quisieron que necesariamente emprendiéramos la marcha, de modo que tomamos nuestros caballos. Habíamos llegado al extremo de la ciudad, cuando el Señor me impelió a que diera vuelta para ir a hablar al viejo de la casa, y los soldados sacando sus pistolas juraron que yo no volvería atrás. Yo les advertí de que no lo hicieran sino de que dieran vuelta. Siguieron tras de mí, cumplí mi misión con el viejo y con el resto de la gente, luego volví con ellos, y los reprendí por ser tan rudos y violentos.
Por la noche, nos llevaron a una posada, en Smethick; y por ser la noche del Primer día, el jefe de la guardia junto con muchas personas sobrias vino a nuestra posada, y algunos empezaron a hacer preguntas concernientes a nosotros. Les dijimos que estábamos presos, bajo custodia, por la causa de la verdad, y tuvimos con ellos muchas razones concernientes a las cosas de Dios. Eran gente muy religiosa y fueron muy afables con nosotros. Algunos se convencieron y así continúan el día de hoy. Luego que se marcharon los guardias y la demás gente, vinieron otros, que también eran muy corteses y que se fueron llenos de afección por nosotros. Cuando todos se marcharon, nos retiramos a nuestras habitaciones para acostarnos, y allá por las once, dijo Eduardo Pyot, "Voy a cerrar la puerta, no fuera que alguien entrara y nos hiciera algo malo," y, según luego pudimos comprender, esto hizo fallar los designios del capitán Keate, jefe de la guardia, que aquella noche tenía el propósito de hacernos alguna mala acción. A la mañana siguiente, este capitán, trajo a un hermano o pariente suyo, hombre malvado y violento, y metiéndolo en la habitación se quedó fuera esperando. Este hombre endemoniado se puso a pasear de un lado a otro de la habitación, dando bufidos, y lo amonesté a que temiera al Señor, por lo que, echándose sobre mí, me golpeó con las dos manos y, aplicando su rodilla a mi espalda, quería hacerme caer por la fuerza, pero no lo consiguió porque me sostuve tieso y aguanté dejándolo que me golpeara. En esto, miré hacia fuera de la habitación y vi al capitán Keate, que estaba mirando como su hermano o pariente me estaba pegando y maltratando, y al verlo le dije, "¿Keate, consientes tú esto?" y me respondió que sí lo consentía. "¿Es esto varonil o noble," le pregunté," el que teniéndonos bajo tú custodia hagas que un hombre nos pegue y nos ultraje? ¿Es esto varonil, es noble, es cristiano?" Y entonces hice que uno de nuestros amigos fuera a buscar a los guardias, que vinieron enseguida, e hice que el capitán hiciera ver a los guardias la orden o decreto en virtud del cual nos conducía; lo que hizo, y la orden era de conducirnos sanos y salvos al capitán Fox, gobernador del castillo de Pendennis, y en el caso de que el gobernador no estuviera allí, teníamos que ser trasladados a la cárcel de Launceston. Ante esto le dije que había faltado a las ordenes que recibiera, concernientes a nosotros, ya que nosotros, que éramos sus prisioneros, teníamos que ser conducidos sanos y salvos, y él había traído a un hombre que nos pegara y ultrajara; de manera que habiendo él faltado a las ordenes recibidas, quise que el guarida se hiciera cargo del decreto, lo cual hizo; y dijo a los soldados que podían seguir su camino, ya que él tomaba a los prisioneros bajo su custodia y que, aunque costara veinte chelines el trasladarnos, no les devolvería el decreto. Hice yo ver a los soldados la bajeza de su comportamiento con nosotros, y se pusieron a andar por la casa, de un lado a otro, muy tristes, lastimosamente pálidos y abatidos. Los guardias fueron al castillo y dijeron a los oficiales lo que los otros habían hecho, y los oficiales mostraron mucho desagrado por la bajeza que el capitán Keate había demostrado con respecto a nosotros; y dijeron a los guardias que el general mayor Desborough, venía a Bodmin, que nosotros deberíamos verlo y que era probable que nos pusiera en libertad. Mientras tanto, nuestra antigua guardia de soldados vino como suplicándonos, y prometieron que se portarían bien con nosotros si queríamos ir con ellos. En esto había transcurrido la mañana, siendo ya las once del día, y ante los ruegos de los soldados y sus promesas de mejor comportamiento, los guardias les devolvieron el decreto y nos fuimos con ellos. Grandes fueron la urbanidad y cortesía con que nos trataron los guardias y los habitantes de aquella ciudad, que por ello fueron recompensados por el Señor con Su verdad, de la que muchos allí se convencieron, y desde entonces hasta este día, reunidos en el nombre de Jesús, se recogen bajo Cristo, su Maestro y Salvador.
Sabiendo el capitán Keate, jefe de nuestra guardia, que el capitán Fox, gobernador del castillo de Pendennis, no estaba en él, pues había ido a encontrarse con el general mayor Desborough, nos llevó a Bodmin directamente; y por el camino encontramos al general mayor Desborough. El capitán de su tropa, que iba a la cabeza de ella, me conocía y al verme, dijo, "¡Oh! señor Fox, ¿Por qué está usted aquí?" y le respondí, "Soy un prisionero," ¡Ay!" exclamó, "¿Y por qué?" y yo le expliqué como me habían detenido yendo de viaje. "Entonces," dijo, "hablaré a mi jefe, y él le pondrá en libertad," y dejando la cabeza de sus tropas, se acercó al coche y habló al general mayor. También nosotros le explicamos como habíamos sido detenidos; y el empezó a hablar en contra de la luz de Cristo, por lo cual lo reprendí; y entonces dijo a los soldados que podían llevarnos a Launceston, pues no podía detenerse más a hablar con nosotros, por temor de que se resfriasen los caballos.
Aquella noche llegamos a Bodmin, y, cuando estuvimos en la posada, el capitán Keate, que había entrado antes de nosotros, me llevó a una habitación, y se marchó. Cuando entré vi que estaba allí un hombre, con un espadín desnudo en la mano, ante lo cual, dándome vuelta, llamé al capitán Keate, y le dije, "¿Qué es esto ahora, Keate, que superchería estás ahora fingiendo, metiéndome en esta habitación, donde hay un hombre con su espadín desenvainado? ¿A dónde quieres ir a parar con esto?" "¡Oh!" me dijo, "por favor detenga su lengua, porque si habla a este hombre, todos juntos no seremos bastantes para sujetarlo, de tan endemoniado que es." "Entonces," le dije, "tú me metes en una habitación donde está un hombre semejante, con un espadín desenvainado, del que tú mismo afirmas que todos ustedes juntos no podrían sujetarlo. ¿Qué astucia tan vil y tan baja es ésta de meterme solo en esta habitación, separado de mis amigos que son mis compañeros de prisión?" Y así se descubrió su trama y fracasaron en sus designios. Luego conseguimos otra habitación donde pasamos la noche juntos; y al atardecer declaramos la verdad al pueblo, pero estaba endurecido y en tinieblas. También los soldados, a pesar de sus promesas, se comportaron de manera grosera y perversa, pasando toda la noche bebiendo y aullando.
Al día siguiente nos llevaron a Launceston y el capitán Keate nos entregó al carcelero. No había allí, cerca de nosotros, ni Amigos, ni simpatizantes, y los habitantes de la ciudad estaban endurecidos y en tinieblas. El carcelero nos requirió a que le pagásemos siete chelines a la semana por darle de comer a nuestros caballos y siete más por la comida de cada uno de nosotros; mas al poco tiempo, vinieron a vernos varias personas sobrias, y otras, de aquella ciudad, se convencieron, y también vinieron a visitarnos, de diferentes lugares de aquella región, muchos simpatizantes que se convencieron. Entonces se levantó contra nosotros la ira de los eclesiásticos y sacerdotes, que decían, "Esos que andan tuteando a todo el mundo sin el menor respeto; que nunca se quitan el sombrero, ni doblan la rodilla ante nadie," esto los hacía saltar de ira. "Mas," añadían, "ya veremos si cuando llegue el juicio se atreven a hablarle de tú al juez y a tener el sombrero puesto delante de él." Esperaban que el tribunal nos condenaría a muerte; mas todo eso era insignificante para nosotros, que veíamos como Dios despreciaba los honores y las glorias mundanas. A nosotros nos era mandado no desear tales honores ni darlos, ya que sabíamos del honor que solamente viene de Dios, y lo buscábamos.
Fueron nueve semanas las que transcurrieron desde nuestro encarcelamiento hasta el día del juicio, y vino abundancia de gente, de cerca y de lejos, para asistir al juicio de los cuáqueros. Estaba allí un tal capitán Bradden con sus tropas de caballería; y estos soldados, junto con los hombres a las ordenas del alguacil, nos custodiaron hasta el tribunal, a través de la multitud que llenaba las calles, teniendo gran dificultad para hacernos pasar por en medio del gentío; y también las puertas y las ventanas estaban atestadas de gente que nos miraba pasar. Cuando llegamos a la sala del tribunal, estuvimos bastante rato con los sombreros puestos, y todo estuvo en calma; y yo me sentí dirigido a decir, "La paz sea con vosotros." El juez Glynne, del país de Gales, entonces el juez mayor de Inglaterra, dijo al carcelero, "¿Quiénes son estos que han traído aquí, a presencia del tribunal?" "Prisioneros, mi señor," y en esto, el juez, dirigiéndose a nosotros, dijo, "¿Por qué no se quitan los sombreros?" No respondimos. "Quítense los sombreros," nos ordenó entonces. Continuamos sin decir nada; ante esto volvió a insistir, "El tribunal les manda que se quiten los sombreros," y entonces yo hablé y dije, "¿Cuándo magistrado, rey o juez alguno, desde Moisés hasta Daniel, mandó jamás a nadie que se quitara el sombrero, al presentarse ante ellos, en sus tribunales; ya fuera entre judíos, gentes de Dios o paganos? Y si la ley en Inglaterra manda tal cosa, muéstrenme tal ley, ya sea escrita o impresa." Y el juez, enfureciéndose, dijo, "Yo no ando con mis libros de leyes en la espalda," "Pero," insistí, "Dígame donde está impreso, en el libro de estatutos que sea, que pueda yo leerlo," y como respuesta dijo, "Llévenselo de aquí, prevaricador, que lo he de castigar." Y sacándonos de allí nos llevaron a donde estaban los ladrones. En esto, el juez, llamó al carcelero y le dijo, "Vúelvalos a traer." "Venga," me dijo, "¿Dónde está eso de que desde Moisés hasta Daniel no se quitaban el sombrero? Venga, respóndame, que ahora lo he puesto en un aprieto," añadió. A esto le respondí, "Tú puedes leer, en el capítulo tercero del libro de Daniel, como los tres jóvenes, que fueron echados al horno de fuego ardiendo, por mandato de Nabucodonosor, lo fueron con sus mantos, sus calzas y sus turbantes." Este sencillo ejemplo fue suficiente, y, no teniendo más que decir sobre este punto, volvió a gritar, "Carcelero, lléveselos de aquí," y cumpliendo esta orden nos sacaron de la sala y nos echaron entre los ladrones, donde nos tuvieron por mucho rato; y luego, sin que nos volvieran a llamar, los subordinados del alguacil y los soldados de caballería nos abrieron paso (casi quedamos sin fuerzas de lo que nos costó pasar por entre la multitud), y nos custodiaron otra vez hasta la cárcel, seguidos de una muchedumbre con la que allí tuvimos muchas razones y controversias. Llevábamos con nosotros algunos libros muy buenos con que probar nuestros principios y dar a conocer la verdad, y, sabiéndolo los jueces y magistrados, mandaron al capitán Bradden por ellos, el cual, entrando en la cárcel hasta donde estábamos, nos los quitó violentamente, algunos sacándoselos de las manos a Eduardo Pyot; y se los llevó no volviendo nosotros a recuperarlos jamás.
Por la tarde, nos llevaron otra vez a presencia del tribunal, custodiados por los subordinados del carcelero, del alguacil, y por las tropas, que tuvieron gran dificultad en hacernos pasar por entre la turba. Mientras estábamos en la sala del tribunal, esperando que nos llamasen, vi yo que el jurado y también muchos otros, estaban prestando juramento, e hiriéndome, en gran manera, que personas cristianas abiertamente desobedecieron y rompieran el mandamiento de Cristo y de Sus apóstoles, saqué un escrito, que llevaba conmigo, en contra de la práctica de jurar, y lo mandé al jurado grande y pequeño.
Con respecto a los juramentos
Tengan cuidado de dar a la gente juramentos para que juren, porque Cristo nuestro Señor y maestro dijo: "No juréis de ninguna manera, pero sea vuestro hablar "Sí, sí" o "No, no", porque lo que es más de esto, de mal procede." Si alguno sufre muerte, debe ser por mano de dos o tres testigos; y las manos de los testigos han de ser primero sobre aquel que le da la muerte. El apóstol Santiago dijo: "Sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo ni por la tierra ni por ningún otro juramento, para que no caigáis en condenación." Así ustedes pueden ver que aquellos que juran caen en la condenación, y están fuera de la doctrina de Cristo y los apóstoles. Cada uno de ustedes tiene una luz de Cristo, quien dijo: "Yo soy la luz del mundo," y él ilumina a cada hombre que viene al mundo. Él dijo: "Aprendan de mí," y la doctrina de él y la de los apóstoles es no jurar; sino que "sea vuestro 'Sí, sí' y vuestro 'No, no', en todas sus comunicaciones, porque lo que es más de esto, de mal procede:" aquellos que hablan más del sí y del no y van al mal, están fuera de la doctrina de Cristo. Si ustedes dicen que "el juramento fue el fin de la controversia y de la contienda": aquellos que están en contienda están fuera de la doctrina de Cristo; porque él es el pacto de paz, y los que están en él, están en el pacto de paz. El apóstol trae esto pero como un ejemplo: como hombres jurando por lo más grande, y el juramento era el fin de la controversia y la contienda entre los hombres; diciendo, verdaderamente los hombres juran por lo más grande; pero Dios, no teniendo nada más grande, jura por sí mismo con respecto a Cristo; quien ha venido y ha enseñado que no juremos por nada. De manera que los que están en él, y lo siguen, no pueden sino permanecer en su doctrina. Si ustedes dicen, "Ellos juraron bajo la ley, y bajo los profetas": Cristo es el fin de la ley y de los profetas, para todos aquellos que creen por causa de la justicia. Ahora tomen nota, "si ustedes creen, yo soy la luz del mundo, la cual ilumina a cada hombre que viene al mundo," dijo Cristo, por medio de quien fue éste fue creado; ahora cada uno de ustedes que ha venido al mundo es iluminado con una luz que viene de Cristo, por la cual fue creado el mundo, para que todos ustedes puedan creer por medio de él; ésta es la razón por la cual él los ilumina. Ahora, si ustedes creen en la luz como Cristo manda: "Creed en la luz, para que seáis hijos de luz;" ustedes creen en Cristo, y llegan a aprender de él, quien es el camino al Padre. Ésta es la luz que les muestra sus acciones malas, las obras impías que han cometido, los discursos impíos que han pronunciado; y todos sus juramentos, maldiciones y acciones impías. Si ustedes hacen caso a esta luz, ésta les dejará ver todo lo que ustedes han hecho contrario a ella; y amándola, ésta los hará alejarse de sus obras malas, caminos malos, y palabras malas, para ir a Cristo, quien no es de este mundo; sino que es la luz, la cual ilumina a cada hombre que viene al mundo, y testifica en contra del mundo, que las obras de éste son malas. Así la luz en cada hombre, recibida de él, testifica en contra de todas las obras malas, que son contrarias a la luz: y cada uno dará cuenta, en el día del jucio, por cada palabra ociosa que haya pronunciado. Esta luz llevará a cada lengua a confesar, sí, y cada rodilla a doblarse, en el nombre de Jesús: en esta luz, si ustedes creen, no estarán bajo condenación, sino en Cristo, quien no es de este mundo, en aquel por el cual éste fue creado; pero si no creen en la luz, ésta será su condenación, la luz, dijo Cristo.
Jorge Fox
Este papel pasó por las manos del jurado hasta las de los magistrados, que se lo presentaron al juez; y cuando fuimos llamados a su presencia, pidió al escribano que me entregara el papel y luego me preguntó si era yo el autor de aquel escrito sedicioso. Respondí que si quería leerlo en la sesión pública, que así pudiera yo oírlo, le diría si era mío, y en ese caso como tal lo aceptaría y en ello me mantendría. Mas el juez quería que lo tomara en mis manos y viera si me pertenecía; pero yo volví a insistir en que se leyera para que así todos pudieran oírlo y juzgar si era o no sedicioso, y que de serlo estaba dispuesto a sufrir la pena que ello mereciese. Finalmente, el escribano del tribunal, lo leyó en alta voz, para que todos pudieran oírlo, y así que hubo terminado les dije que aquel escrito era mío y que quería que así fuera, y que también ellos podrían aceptarlo como suyo de no querer negar las Escrituras. "¿Pues no eran estas palabras de las Escrituras y los mandamientos de Cristo y de los apóstoles lo que todos los verdaderos cristianos tenían que obedecer?" Entonces dejaron aparte este sujeto y el juez cayó otra vez sobre nosotros a propósito de nuestros sombreros, y dio orden al carcelero de que nos los quitara, lo cual hizo, y que nos los diera; y nosotros nos los volvimos a poner. Entonces preguntamos al juez y a los magistrados porque razón habíamos estado en la cárcel nueve semanas; y viendo que no nos hacían otros cargos más que los referentes a los sombreros, les dije, que era éste un honor que Dios tiraba al polvo a pesar de toda la importancia que ellos le daban; honor humano que los hombres exigen unos de otros, y que es la prueba de la descreencia. Porque, "¿Cómo podéis creer?" dijo Cristo, "Vosotros los que recibís honores de hombre y no buscáis el honor que solamente viene de Dios?" y Cristo también dijo, "No quiero honores que vienen de los hombres," y todos los que son verdaderos cristianos deben de pensar así.
En esto el juez empezó a hacer un gran discurso, diciendo como él representaba la persona del Protector, que lo había hechon el juez principal de Inglaterra, mandándolo de un lugar a otro para presidir los tribunales de justicia; y al decir esto le pedimos que nos hiciera justicia por el encarcelamiento que sin razón habíamos sufrido por nueve semanas. Mas en lugar de hacerlo así, presentaron una acusación en contra nuestra, que ellos mismos habían fabricado: acusación tan extraña y tan llena de mentiras, que creí era en contra de los ladrones. Que nosotros habíamos, "entrado en la sala del tribunal de una manera hostil y por la fuerza de las armas," siendo los otros los que así entraron. Les dije que era falso y continuamos protestando de la injusticia de nuestro encarcelamiento, y de que, sin motivo alguno, el mayor Ceely nos hubiera detenido cuando íbamos de viaje. Entonces Pedro Ceely habló al juez y le dijo, "Con su licencia, mi señor, sepa que este hombre (señalándome) yendo conmigo, me habló de cuan útil podría yo serle para sus designios; que en una hora podía levantar cuarenta mil hombres que, inundando la nación de sangre, traerían al rey Carlos; y quise yo ayudarle a salir de la nación, mas él no quiso irse: Y si quiere, mi señor, tengo testigos que jurarán cuanto he dicho," por donde llamó a sus testigos. Mas viendo yo que el juez no se disponía a interrogarlos, quise que tuviera a bien dejar que se leyera, en la sala del tribunal, para que todos lo oyeran, mi orden de arresto, en la que se ponía de manifiesto el crimen por el cual me mandaban a la cárcel. Dijo el juez que no sería leído; dije yo que debía de serlo, ya que me concernía en cuanto a mi libertad y a mi vida: mas el juez volvió a decir, "No se leerá," y yo insistí "Se tiene que leer porque de haber yo cometido algo que merezca la muerte o la prisión, quiero que todos lo sepan." Entonces viendo que no estaban dispuestos a leerlo, dije a uno de mis compañeros, también preso, "Tú tienes una copia, léela en alta voz," y el juez dijo, "No se leerá," y añadió, "Carcelero, lléveselo, que veremos si él o yo es aquí el que manda." Me llevaron, y al cabo de un rato me llamaron otra vez; y volviendo a clamar por que se leyera la orden de arresto, en virtud de la cual me condenaban, exigí a Guillermo Salt, a que lo leyera. Lo leyó, y el juez, magistrados y todo el tribunal estuvieron silenciosos, porque la gente estaba ansiosa de oírlo. Era como sigue.
Pedro Ceely, uno de los magistrados de la paz de este condado.
Al gobernador de la prisión de Su Alteza, en Launceston,
o a su delegado legítimo en cuanto a esto se refiere.
Saludos:
Les envío por los portadores de este escrito y junto con ello, las personas de Eduardo Pyot, de Bristol, Jorge Fox, de Drayton y Clea, en Leicestershire, y Guillermo Salt de Londres, los cuales ellos pretenden ser los lugares donde residen, quienes están bajo la denominación de cuáqueros, habiendo ellos mismos confesado serlo; los cuales han difundido escritos tendiendo al disturbio de la paz pública, y no pueden alegar causa legal por haber venido a estos lugares, siendo personas todas desconocidas, y, no teniendo pase para su continuo viajar de un lado a otro de la nación, han rehusado dar garantías de su buena conducta, de acuerdo con lo que previene la ley en este sentido; y han rehusado prestar el juramento de Abjuración etc. ... En consecuencia, esto es lo que, en nombre de Su Alteza el Protector, les mando y ordeno, que cuando las personas de los dichos Eduardo Pyot, Jorge Fox, y Guillermo Salt, les sean llevadas, las reciban y las guarden en la prisión de Su Alteza, antes mencionada, hasta que sean libertados por el curso debido de la ley. En lo cual no habrán de faltar, como responderán de lo contrario a riesgo de ustedes. Dado en St. Ives, por mi mano y sello, el día diez y ocho de Enero de 1655.
P. CEELY
Cuando esto se hubo leído, hablé, de esta manera, a los jueces y magistrados. "Tú, que dices ser el juez principal de Inglaterra, y ustedes ser magistrados, sepan que si hubiese dado garantías hubiera podido ir a donde bien me pareciera; y haber llevado a cabo el designio (si lo tuviera) de que me acusa el mayor Ceely: y de haberle dicho las palabras que aquí él ha declarado, juzguen qué fianza o fiador tenía que exigirse en tal caso," entonces, dirigiéndome al mayor Ceely, le dije, "¿Dónde o cuándo te llevé a mi lado? ¿No estaba tu casa llena de gente grosera y tú, tan grosero como cualquiera de ellos, no nos interrogaste de tal modo que tuve que preguntar por un guardia o cualquier otro oficial que obligara a la gente a comportarse civilmente? ¿Y si tú eres mi acusador, por qué te sientas con el tribunal? Ese no es lugar para ti; ya que los acusadores no acostumbran a sentarse con los jueces; tú tenías que estar aquí abajo, a mi lado, mirándome a la cara. Igualmente quisiera preguntar al juez y a los magistrados si no es el mayor Ceely culpable de la traición de que me acusa, habiéndola ocultado por tanto tiempo como ha hecho. ¿Es que él comprende bien su posición ya sea como soldado o como juez de paz? Porque aquí os ha dicho que, yendo yo con él, le hablé de los designios que tenía, y de cuan servicial podría serme para llevarlos a cabo; que yo podía levantar cuarenta mil hombres en una hora, traer al rey Carlos e inundar de sangre la nación. A esto añado que me quería ayudar a salir de la nación, y que yo me negué a irme; y después de todo esto me condena a prisión por falta de garantías de buena conducta, como el decreto lo declara; y ahora les pregunto, ¿No ven claramente que el mayor Ceely es culpable de toda esta trama y traición, haciéndose cómplice de ella al querer que yo saliera de la nación, al pedir fianza por mí, y no acusándome hasta este momento, de esta presunta traición, y no descubriéndola antes? Mas yo niego y aborrezco sus palabras; yo soy inocente de esos designios diabólicos." Y así se terminó este asunto, pues el juez vio lo bastante claro que, en vez de meterme en la trampa, se había metido él.
Entonces el mayor Ceely volvió a ponerse en pié y dijo, "Si se sirve oírme señor, sepa que este hombre me pegó y me dio tal golpe, como jamás lo recibí en mi vida." Ante esto, no pude menos de reírme interior mente, y le dije, "¡Mayor Ceely! ¿Eres tú juez de paz y mayor de caballería, y dices al juez, aquí, ante el tribunal, que yo te he pegado y que te di un golpe como jamás lo recibiste? ¡Pero, cómo! ¿No te avergüenzas? Por favor, mayor Ceely, ¿Dónde te he pegado?" le pregunté, " ¿Quiénes son tus testigos para probarlo? ¿Quién estaba presente?" Y entonces dijo que había sido en el castillo Green y que el capitán Bradden estaba presente cuando le pegué. Ante esto quise que el juez le dejara presentar sus testigos para probarlo; y volví a decirle que bajara del tribunal, advirtiéndole que no era propio que el acusador se sentara como juez, en posición de superioridad sobre el acusado. Volví a llamar por sus testigos; y dijo él que su testigo era el capitán Bradden, y yo dije, "Habla, capitán Bradden, ¿Me viste tú darle semejante golpe, pegándole como dice?" El capitán no respondió, mas inclinó la cabeza hacia mí. Yo quería que dijera en alta voz si sabía tal cosa, pero él solamente volvió a inclinar la cabeza. "No," le dije, "dilo en voz alta, que el tribunal y el pueblo lo oigan, y no dejes que valga una inclinación de cabeza. Si he hecho eso, que la ley me castigue; pues no temo a los sufrimientos ni a la misma muerte, porque soy un hombre inocente en lo que concierne a esta acusación." Mas el capitán Bradden no testificó en cuanto a ello y, viendo el juez que estas trampas no valdrían, gritó, "Llévenselos, carcelero," y cuando se nos hubieron llevado, nos puso una multa de veinte marcos a cada uno por no habernos quitado el sombrero; teniendo que estar en la prisión hasta que la pagásemos.
De modo que nos mandó otra vez a la cárcel. Por la noche nos vino a ver el capitán Bradden, junto con siete u ocho magistrados, que, muy corteses, nos dijeron que ni el juez ni nadie del tribunal había dado crédito a las acusaciones que el mayor Ceely presentara al tribunal en contra mía, y el capitán dijo que el mayor Ceely intentaba quitarme la vida, de haber conseguido otro testigo. "Pero," entonces le dije, "capitán Bradden, ¿Por qué no diste testimonio a favor mío, o en contra mía, viendo que el mayor Ceely te citaba como testigo de que viste como yo le pegaba? Y cuando yo te pedí que hablaras, ya fuera en contra mía, o a mi favor, de acuerdo con lo que tú habías visto o sabías, tú no quisiste hablar." Y me respondió que ello había sido porque, "cuando el mayor Ceely y yo nos acercamos a usted, cuando estaba paseando por el castillo Green, el se quitó el sombrero ante usted y dijo, ¿Cómo está señor Fox? su servidor, señor. Y entonces usted le respondió: Mayor Ceely, déjese de hipocresías y de seguir los dictados de su corazón corrompido. ¿Porque, de cuando acá soy yo su amo y usted mi servidor? ¿O acaso los servidores meten a sus amos en la prisión?" Y éste era el gran golpe, a que él se refería, que yo le había dado; y entonces recordé que se pasearan con nosotros, y que fue así como él me habló y yo a él. ¡Cuánta hipocresía y qué corazón tan corrompido había demostrado cuando se quejó de esto al juez, en la sesión pública del tribunal, ante toda la región! queriendo hacerles creer que le había pegado de hecho, con mi mano.
En esto continuábamos en la prisión, y de cerca y de lejos venían muchos a vernos; algunos, gentes de significación en el mundo, debido a que la historia de nuestro juicio había corrido y se comentaba, en la ciudad y en el campo, la valentía e inocencia de que dimos prueba en nuestras respuestas al juez y al tribunal. Entre otros, vino a visitarnos Homphry Lower, anciano sobrio y grave que había sido juez de paz. Tenía mucha pena de que tuviéramos que estar en la cárcel, y nos hablaba de cuan serviciales podríamos ser de estar fuera de la prisión; pero tuvimos un poco de discusión en cuanto a lo de prestar juramento; y explicándole como nos tendían la trampa del juramento de Abjuración, sabiendo que no podíamos jurar, le demostramos que nadie podía ser bueno para Dios si desobedecía el mandamiento de Cristo; y que los que nos encarcelaban por lo de no quitarnos el sombrero, honor humano, que sólo al hombre importa, encarcelaban a los buenos y vejaban y ofendían al espíritu de Dios, en sí mismos, el cual hubiera debido volver sus mentes a Dios; y así lo volvimos al Espíritu de Dios, en su corazón, y a la luz de Jesucristo. Continuó hasta su muerte, siempre convencido, y fue muy servicial para nosotros.
También vino, junto con otros muchos, un coronel, juez de paz, llamado Rouse. Estaba tan lleno de palabras, que jamás en mi vida oyera a ningún hombre hablar tanto como él; de tal modo, que no había manera de que los demás le hablaran. Finalmente, para que se callara, le pregunté si es que había ido al colegio, y si sabía lo que eran preguntas y respuestas. "¡Al colegio!" exclamó, "Sí." "Al colegio," y dijeron los soldados, "¿Acaso cuestiona a nuestro coronel siendo que él es un estudiante?" Entonces le dije, "Si es así, te está callado y escucha mis respuestas a lo que tú dices," e inspirado por el temible poder de Dios, le hablé la palabra de vida, que le impresionó de tal forma, que, sin poder abrir la boca, se le hinchó la cara y se puso colorado como un pavo, sus labios se movieron, balbuceó alguna cosa y la gente creyó que iba a desplomarse. Me acerqué a él y me dijo, "Jamás me sentí así, en toda mi vida," porque el poder del Señor oprimió en él, el aire y el poder del mal, de manera que casi se ahogó. Desde entonces, este hombre fue siempre muy cariñoso con los Amigos, y nunca más se nos mostró tan lleno de palabras sin sentido; a pesar de que siempre estuvo lleno de vanidad: El poder del Señor descendió sobre él y también sobre los que con él estaban.
En otra ocasión un oficial del ejército nos vino a visitar; él era un profesante muy malévolo y amargado, a quien yo había conocido en Londres. Él estaba lleno de palabras vacías, y hablaba ligeramente de la luz de Cristo, y en contra de la verdad, como el coronel Rouse había hecho, y en contra del espíritu de Dios en el hombre, como lo era en los días de los apóstoles, hasta que el poder de Dios que había atado el mal en él casi lo había ahogado, como lo había hecho con el coronel Rouse. Porque él estaba lleno de un aire maligno, de manera que no podía hablar; sino que balbuceaba y tartamudeaba. Desde que el poder del Señor lo tocó y vino sobre él, él había sido más cariñoso con nosotros.
Terminadas las sesiones del tribunal, y nosotros en la cárcel, en virtud de tal condena que no cabía esperar que nos soltaran en mucho tiempo; dejamos de dar al carcelero los siete chelines semanales, cada uno, por nuestros caballos, a más de los siete por cada uno de nosotros, y mandamos los caballos al campo. El carcelero ante esto, se volvió más malo y endiablado, y nos metió en un sitio llamado Doomsdale, lugar sucio y pestilente, donde metían a brujas y asesinos luego de condenados a muerte; el cual era tan malsano, que se decía que muy pocos de los que allí entraban volvían a salir con vida. No había letrina, y, según nos dijeron, hacía muchos años que no se habían sacado los excrementos de los presos que de año en año habían metido allí. De manera que el piso era fango y, por algunos sitios, el agua nos llegaba al borde de las botas. No nos permitían limpiarlo ni tener camas o un montón de paja sobre que dormir. Llegada la noche, algunas personas de la ciudad, nos trajeron una vela y un poco de paja, y quemamos un poco de esta paja para quitar el hedor. Los delincuentes dormían en una habitación encima de nosotros, y el carcelero jefe también en otra a su lado; y sucedió que, entrando el humo en la habitación del carcelero, este se enfureció de tal manera, que cogiendo los vasos de los excrementos de los ladrones, por un agujero, los volcó sobre nuestras cabezas; y quedamos tan llenos de inmundicias, que nosotros mismos no podíamos tocarnos, ni tampoco uno al otro; y, entre la pestilencia y el humo, poco faltó para que no nos ahogáramos y asfixiáramos. Antes, teníamos la porquería en los pies, pero luego en la cabeza y también por la espalda; y habiéndose apagado la paja a causa de la inmundicia que le cayó encima se hizo entonces una gran humareda, y el carcelero se mofaba de nosotros, de la manera más odiosa, llamándonos, "perros de cara aguzada" y tales nombres como jamás los oyéramos en nuestra vida.
Estábamos obligados a pasar la noche de esta manera, sin poder sentarnos, de tan lleno como estaba el suelo de excrementos inmundos. Mucho tiempo nos tuvo así, antes de que nos dejara limpiarnos o permitiera que nos trajeran otros alimentos que las que nos daban por la reja; y una vez que una moza nos trajo unas pocas viandas, la arrestó por haber allanado su casa y la llevó al tribunal de justicia de la ciudad, acusándola de haber allanado la prisión; y ante los muchos trastornos que le causó a esta muchacha, se descorazonaron todos los demás y nos costó mucho conseguir un poco de agua para beber, o algún alimento. Entonces, mandamos a buscar una joven de Londres llamada Ana Downer (que escribía y tomaba muy bien notas en abreviatura), para que nos consiguiera y nos preparase nuestra comida; lo cual hizo de muy buena voluntad, pues también se sentía ella impelida espiritualmente a venir cerca de nosotros, en el amor de Dios; y fue muy servicial para nosotros.
Nos informaron de que el carcelero principal había sido un ladrón, estando marcado en el brazo y en la espalda con la marca infamante de fuego, y también su mujer estaba marcada en la mano por alguna maldad; también el carcelero subalterno estaba marcado en el brazo y en la espalda, y su mujer en la mano. A este carcelero principal, lo había puesto allí el coronel Bennet, profesor bautista, que había comprado la prisión y las tierras que pertenecían al castillo. Los presos y algunas personas salvajes, creyendo aterrorizarnos, nos hablaban de espíritus, que rondaban por Doomsdale, y de cuantos habían muerto allí; mas yo les dije, que si todos los espíritus y diablos del infierno estuvieran allí, estaba yo por encima de ellos, en el poder de Dios, y que yo no sentía temor de semejantes cosas.
Por esta época, se trasladó cerca de allá el tribunal superior de justicia; y como el carcelero se comportaba con nosotros de la manera más baja y más infame; redactamos un escrito, relatando nuestros sufrimientos, que mandamos al tribunal de Bodmin, y habiéndolo leído, los magistrados, dieron orden de que se abrieran las puertas de Doomsdale para que tuviéramos libertad de limpiarlo y de comprar nuestras viandas en la ciudad. También mandamos una copia de este escrito al Protector, explicándole como habíamos sido detenidos y condenados por el mayor Ceely, y como nos había maltratado el capitán Keate, y todo lo demás; y el Protector mandó una orden al capitán Fox, gobernador del castillo de Pendennis, de que se enterase de todo lo referente a que los soldados nos habían maltratado y de que me habían pegado. Había muchos de los de la nobleza de la comarca en el castillo; y el pariente del capitán Keate que me había golpeado fue enviado ante ellos, y fue muy amenazado. Ellos le dijeron que si yo cambiaba mis principios, que yo podía pedir la penalidad máxima que la ley permitía en contra de él, y que podría recuperar daños en contra de él. El capitán Keate tambíen fue amonestado por permitir que los prisioneros bajo su cargo fueran abusados. Esto fue de gran servicio para la comarca; porque después de esto los Amigos pudieran haber hablado en cualquer mercado o iglesia en el área, y nadie hubiera interferido con ellos.
Hugo Peters, uno de los capellanes del Protector, le dijo que no podían hacerle mejor servicio a Jorge Fox, para la difusión de sus principios en Cornwall, que el tenerlo allí preso; y verdaderamente, se podía decir que fue el Señor quien me hizo prender allí, para Su mejor servicio en aquellos lugares; porque cuando se terminó el juicio, y se supo que continuábamos presos, vinieron a visitarnos, de diferent es partes de la nación, varios Amigos. Por aquella parte del Oeste, había en aquella época regiones muy tenebrosas; mas la verdad y la luz del Señor irrumpieron, brillando sobre todo, y muchos volvieron de la oscuridad a la luz y del poder de Satanás a Dios. Muchos Amigos se sintieron dirigidos a ir por las iglesias, y a más de uno lo encarcelaron con nosotros; el convencimiento empezaba a extenderse por aquella región, porque ahora teníamos libertad de caminar en el patio del castillo, y mucha gente vino a nosotros en el Primer Día, a quienes declaramos la palabra de vida. Tuvimos grandes servicios, muchos fueron llevados a Dios de un lado a otro de la comarca; pero se levantó una gran furia entre los sacerdotes y profesantes en contra de la verdad y de nosotros. Uno de los profesantes envidiosos había recopilado muchas escrituras para probar que nosotros debíamos quitarnos los sombreros ante la gente, y él invitó a la ciudad de Lanceston a venir al patio del castillo para escucharlo a él leerlas. Entre algunos de los ejemplos que él citó estaba el que Saúl se había inclinado ante la adivina de Endor. Cuando él había acabado tuvimos un poco de libertad de hablar, y le mostramos tanto a él como al pueblo que Saúl se había salido del favor de Dios y le había desobedecido, como ellos, cuando él fue a visitar a la adivina de Endor; que ni los profetas, ni Cristo ni los apóstoles habían jamás enseñado a inclinarse ante una adivina. El hombre se fue con su gente ruda; pero algunos se quedaron con nosotros, y nosotros les mostramos que no era la instrucción del evangelio enseñar a la gente a inclinarse ante una adivina. Porque ahora la gente comenzó a ser afectada por la verdad, y la ira del diablo aumentó, de manera que nosotros estabamos a menudo en gran peligro.
Una vez vino a vernos un soldado, y mientras uno de los nuestros estaba amonestándolo y exhortándolo a la sobriedad, yo vi que estaba desenvainando su espada. Al ver esto, corrí hacia él y le dije cuan vergonzoso era intentar desenvainar la espada en contra de un hombre indefenso y preso, y cuan impropio e indigno era llevar un arma semejante; y que de haber intentado tal cosa con cualquier otro hombre, le hubieran quitado su espada y se la hubieran roto a pedazos; el poder del Señor nos guardó.
En otra ocasión, serían las once de la noche cuando el carcelero, medio borracho, vino y me dijo que sabía de un hombre que quería discutir conmigo (era esto cuando teníamos licencia de ir un poco por la ciudad). Apenas dijera estas palabras, sentí que había una amenaza de daño para mi cuerpo. Toda la noche aquella, y el siguiente día, estuve echado sobre el césped, dormitando, y sentí que había algo por mi cuerpo; me puse en pié y le pegué, en el poder del Señor, y, sin embargo, algo continuó por mi cuerpo. Entonces me levanté y me fui al patio del castillo, y, al entrar, me dijo el carcelero subalterno que en la prisión estaba una muchacha que quería hablar conmigo. También presentí una trampa tras sus palabras, por lo que, en vez de ir a la prisión, fui a la reja, y mirando a través de ella vi que estaba allí, con un cuchillo desenvainado en la mano, un hombre, que últimamente habían traído preso, por hechicero. Le hablé, y me amenazó con que me cortaría las costillas (así mismo dijo); mas como estaba dentro de la celda no pudo acercarse a mí.
Este era el gran contendiente que me tenía el carcelero. Poco después, fui un día a las casa del carcelero, que estaba desayunando, y en compañía de su hechicero, que había sacado de la celda. Le dije que su trama se había descubierto, y, levantándose de la mesa, tiró su servilleta enfurecido: lo dejé y me fui a mi habitación, pues entonces estábamos fuera de Doomsdale. Llegada la hora que el carcelero fijara para que tuviera lugar la discusión, bajé al patio (el sitio señalado) y estuve paseándome hasta las once, pero nadie apareció. Entonces volví a subir a mi habitación y, al cabo de un rato, oí que alguien me llamaba; salí a la escalera y en ella encontré a la mujer del carcelero, y, al pié de la escalera, al hechicero, que muy enfurecido, escondía una de sus manos tras la espalda. Le pregunté, "¿Hombre, qué tienes en la mano que escondes detrás de la espalda? Saca tu mano," dije, "que la veamos, y también lo que en ella tienes." Entonces, iracundo, saco la mano que empuñaba un cuchillo desenvainado. Hice ver a la mujer del carcelero, la perversidad de sus designios, que eran también los de su marido; ya que éste era el hombre que me habían traído para discutir de las cosas de Dios. Mas el Señor descubrió su trama y evitó la ejecución de sus proyectos. Los dos se enfurecieron y él me amenazó; entonces me sentí dirigido a hablar severamente a aquel hombre, en el temible poder del Señor, que lo aprisionó de tal manera, que ya no se atrevió a comparecer jamás ante mí para hablarme. Bien vi que solamente el Señor me había salvado de sus manos sanguinarias, pues el diablo, que me odiaba, instigaba a todos sus instrumentos para ver si conseguiría herirme. Pero el Señor lo evitó; y mi corazón estaba lleno de gratitud y de alabanzas al Señor. El Señor, que vio la integridad de nuestros corazones y sabía la inocencia de nuestra causa, estaba con nosotros en nuestros sufrimientos, que nos hacía llevaderos elevando nuestros espíritus. El nos dio oportunidad de publicar a las gentes Su Nombre y verdad; de manera que muchos de aquella ciudad se convencieron, y muchos nos amaron. Vinieron a visitarnos Amigos de varios lugares.
Y ahora, mientras yo visitaba muchas clases de personas, y algunos que habían venido de buena voluntad a visitarnos, algunos por causa de una mente envidiosa y criticona para debatir y disputar con nosotros, y algunos por curiosidad para vernos; Eduardo Pyot, quien antes de ser convencido había sido un capitán del ejercito, y tenía un buen entendimiento de las leyes y los derechos de la gente, siendo sensible a la injusticia y la envidia del juez Glyn contra nosotros en nuestro juicio, decidió que trataría de hacer a Glyn sensible a sus injusticias y le escribió una epístola en nombre de nosotros, toda la cual era como sigue:
A Juan Glyn, juez principal de Inglaterra.
Amigo,
Nosotros somos hombres libres en Inglaterra, habiendo nacido libres; nuestros derechos y libertades son de acuerdo a la ley, y deben ser defendidos por ella; por lo tanto, con usted, por la mano de quien hemos sufrido por mucho tiempo y todavía sufrimos, permítanos razonar claramente con respecto a las medidas de usted en contra nuestra, si es que ellas han sido de acuerdo a la ley, y conforme a su deber y oficio, como principal ministro de la ley y la justicia en Inglaterra. Permanezca en la mansedumbre y la modestia, para que el testimonio de Dios en su conciencia pueda hablar y juzgar en este asunto; porque tanto usted y como nosotros debemos aparecer ante el tribunal de Cristo para que cada uno pueda recibir de acuerdo con lo que ha hecho, si es que ha sido bueno o malo. Por lo tanto, amigo, en moderación y sobriedad evalúe lo que está en esta carta que ha sido enviada a usted.
En la tarde, antes de que fuéramos llevados ante usted en el tribunal de Lanceston, usted ordenó que muchos de nuestros libros nos fueran quitados violentamente por hombres armados, sin el debido proceso de la ley; y estos libros fueron examinados para ver si podían encontrar alguna cosa en ellos que pudieran usar para acusarnos (a nosotros que éramos hombres inocentes); y entonces, con respecto a nuestro asunto legal, usted ha detenido los cargos en contra de nosotros hasta este día. Nuestros libros son nuestros bienes, nuestros bienes son nuestra propiedad, y nuestra libertad es tener y disfrutar nuestra propiedad: y la ley es la defensa de toda nuestra libertad y propiedad; la cual dice: "Ningún hombre libre será privado de su propiedad vitalicia, sus libertades, o sus costumbres libres, etc., ni serán destruídas de ninguna otra manera; ni pasaremos sobre él, sino por medio de un juicio legal de sus pares, o por la ley del país." Magna Carta, cap. 29. Ahora, amigo, considere, ¿no es la toma de los bienes de un hombre por medio de la violencia, por la fuerza de las armas, como fue mencionado anteriormente, contrario a la ley del país? ¿No es la toma de ellos, así despojados, una privación de su propiedad, y una destrucción de ella y de su libertad, sí, de su mismo ser, como una invasión de la protección que la ley pone alrededor de él? ¿Acaso no llama la ley a esto la destrucción del hombre? ¿No hay acaso más de una protección común o defensa de la propiedad, libertad, y vida, es decir, la ley? ¿Y puede esta protección ser quebrada en lo anterior, es decir, la propiedad y la libertad, y la última, es decir, la vida por seguro? ¿Acaso no hace una invasión en contra de la vida aquel que invade la propiedad y la libertad del hombre (lo cual él hace quien, siendo contrario a la ley que es la protección, actúa en contra de ambas); ya que aquello que es el fundamento de uno lo es también del otro? Si un centavo o el equivalente a un centavo es tomado de un hombre de forma contraria a la ley, ¿no debe ser despojado, por la misma regla, todo lo que un hombre tiene? Si la obligación de la ley puede ser quebrantada en cuanto a la propiedad del hombre, ¿no puede ser quebrantada también, por el mismo fundamento, sobre su persona? Y por la misma razón por la que es quebrantada en un hombre, ¿no puede ser quebrada en todos, ya que la libertad, propiedad, y ser de todos los hombres bajo un gobierno son relativos, una comunión de riqueza, como los miembros en un cuerpo, sino una protección y defensa para todos, la ley? Un hombre no puede ser herido por esto, pero redunda en todos. ¿No tienden tales cosas a la subversión y la disolusión del gobierno? Donde no hay ley, ¿qué ha sucedido con el gobierno? ¿Y de qué valor es hecha la ley, cuando los ministros de ella la transgreden cuando se les place con respecto a las propiedades, libertades y personas de los hombres? ¿Puede usted aclarar las cosas con respecto a nosotros? A aquello de Dios en su conciencia, lo cual es justo, hablo yo. ¿Ha actuado usted como un ministro, el ministro principal de la ley, quien ha tomado nuestros bienes, y todavía los retiene, sin siquiera utilizar una orden legal, fundada sobre la información debida, la cual en el caso nuestro no hubiera podido hacer porque nadie los había examinado para darles tal información? ¿Debiera usted ejercer violencia y la fuerza de las armas sobre los bienes de los prisioneros, en su celda de la prisión, en vez de proceder de manera ordenada y legalmente, lo cual nuestro lugar le llama sobre todo hombre a ofrecer, defender, y mantener en contra del mal, y a conservar y guardar enteramente el ser, la libertad y el sustento de cada hombre? ¿Debiera usted, que tiene el deber de castigar a los que hacen el mal, hacer mal usted mismo? usted que debiera cuidar que la ley sea guardada y observada, ¿debiera usted quebrantar la ley, y alejarse de la administración debida de ella? Seguramente de usted, considerando que usted es el juez principal de Inglaterra, se esperan otras cosas, tanto por nosotros como por la gente de esta nación.
Y amigo, cuando nosotros fuimos llevados ante usted y enfrentamos nuestro asunto legal, y cuando no vino ningún acusador ni acusación en contra de nosotros, acerca de porqué habíamos sido encarcelados erróneamente y detenidos en la cárcel por espacio de nueve semanas, ¿no debería usted haber hecho que fueramos absueltos por medio de una proclamación? ¿No dice esto la ley? ¿No debería usted haber examinado la causa de nuestro encarcelamiento, y si no apareciera alguna causa legal, no debería habernos puesto en libertad? ¿No es acaso la sustancia de su oficio y deber el hacer justicia de acuerdo con la ley y las costumbres de Inglaterra? ¿No es este el propósito de la administración de la ley? ¿O de los tribunales generales? ¿O de los encarcelamientos? ¿De los jueces que van por los recorridos? ¿No ha actuado usted en contra de todas estas cosas y de la Carta Magna, al haber obrado diferentemente? La cual en el capítulo 29 dice: "No se venderá a ningún hombre, ni se le negará ni postergará a ningún hombre, ni la justicia ni el derecho." ¿No ha usted tanto postergado como negado a nosotros, quienes habíamos sido oprimidos por tanto tiempo, esta justicia y derecho? Y cuando nosotros demandamos justicia de usted, ¿no dijo usted que si nosotros nos descubríamos nos escucharía y nos haría justicia? "No se venderá a ningún hombre, ni se le negará ni postergará a ningún hombre, ni la justicia ni el derecho", dice la Carta Magna como se dijo anteriormente; y nuevamente: "Hemos demandado de todos los jueces que ellos, de ahora en adelante, deberán ejecutar la ley uniformemente, y ejecutar el derecho a todos nuestros súbditos, ricos o pobres, sin consideración de la persona de ningún hombre; y sin dejar de hacer lo correcto por ninguna carta o mandato que pueda venir a ellos de nuestra parte, o de cualquier otra persona, o por cualquier causa, etc., por la fuerza, para que estén a nuestra disposición el cuerpo, las tierras, y los bienes, para hacer con ellos cuanto nos plazca, en caso que actúen contrariamente," dicho en el estatuto 20 Edw. 3. Cap. 1. Y nuevamente: "Usted jurará que ejecutará la ley y los derechos uniformemente con todos, ricos y pobres, sin consideración especial por ninguna persona; y que usted no negará a ningún hombre el derecho común por causa de las cartas del rey, ni las de ningún otro hombre, ni por ninguna otra causa. Y en caso de que llegue a usted alguna carta contraria a la ley, usted no hará nada por causa de tal carta; sino que certificará al rey con respecto a ella, y seguirá ejecutando la ley a pesar de haber recibido esas cartas. Y si en algún caso usted es hallado de ahora en adelante en desobediencia a alguno de los puntos mencionados, usted estará a la disposición del rey en cuerpo, tierras y bienes, para que él haga como le parezca," decía el juramento designado por el estatuto que debe ser tomado por todos los jueces. Estatuto 18 Ed. 3. Pero ninguno de estos, ni ninguna otra ley, tuvo tal expresión o condición en ella como esta, es decir: "siempre que él se quite su sombrero ante usted, o esté descubierto." Ni dice la ley de Dios esto, ni que su persona debe ser respetada, sino al contrario. ¿De dónde viene entonces esta nueva ley que dice: "si usted está descubierto le oiré y le haré justicia?” Esto de escuchar las quejas de injusticia, esto de hacer justicia con condición; ¿dónde está la equidad y la sensatez en eso? ¿Cuando fueron revocadas estas leyes fundamentales, las cuales fueron la causa de tanta sangre y guerra; las cuales, para poder mantenerlas, costó la miseria y la sangre de las últimas guerras, para que ahora nosotros podamos ser oídos, como un derecho, y que se haga justicia con nosotros, pero con condición, y esto también, algo tan trivial como quitarse el sombrero? ¿Y son éstas revocadas con que usted lo diga, usted que tiene un mandato como se dijo anteriormente, y las deja sin efecto, y todas las miserias que se experimentaron, y toda la sangre que se derramó en tiempos antiguos y en años recientes? Sea o no de esta manera, y en la nación, usted lo ha hecho de esta manera con nosotros; a quienes usted ha negado la justicia de nuestra libertad cuando estuvimos ante usted, aunque ningún acusador ni acusación vino en contra de nosotros, y nos negó la audiencia de la injusticia que se hizo en contra nuestra que somos inocentes, como también el hacernos el bien. Y usted ha echado las cadenas sobre nosotros, las cuales continúan hasta este día, bajo un carcelero cruel y poco razonable, por no llevar a cabo su condición, lo cual hicimos por causa de nuestra conciencia. ¿Pero piensa usted que su propia justicia condicional hace que la ley sea nula; o que la puede hacer; o que puede absolverlo ante Dios o el hombre o eximir la penalidad mencionada en las leyes antes mencionadas; ante la cual usted no ha consentido ni jurado? esto es, "Y en caso que de ahora en adelante usted sea hallado en desobediencia a alguno de los puntos mencionados, usted estará a la disposición de la voluntad del rey, en cuerpo, tierras y bienes, y él hará con ellas lo que le plazca." Y no dice acaso usted: "si usted está descubiero (o quitado su sombrero), yo le oiré, y le haré justicia;" y debido a que no nos los podíamos quitar por causa de nuestra conciencia, el que usted nos negara la justicia y rehusara escucharnos, como si estuviéramos en lo incorrecto, nosotros que habíamos sufrido tan injustamente, esto es desobediencia en usted en contra de la esencia misma de estas leyes, sí, y un derrocamiento de ellas, por causa de lo cual (siendo de suma importancia para el bienestar de los hombres), tan justas, de tanta igualdad, tan necesarias fueron estas leyes, y todas las provisiones que están en ellas. Ser desobedientes en cualquier punto de tales provisiones, expone a la dicha penalidad. ¡¿No ve ahora usted dónde usted está?! ¿Está usted seguro que nunca será forzado a entender o sentir la justicia en ello? ¿Está tan alto su asiento y su cerca tan grande, y está usted tan seguro de su tiempo y su puesto, sobre todos los que han pasado ante usted, a quienes la justicia ha cortado, y les ha dado lo que es debido, que usted nunca será llamado a rendir cuenta, y que nunca será alcanzado con su toque largo y seguro? No se engañe a sí mismo, Dios ha llegado a estar más cerca del juicio que lo que los obreros de iniquidad en este tiempo se imaginan, quienes persiguen y tratan mal a aquellos que testifican del que es justo y Santo, por su testimonio de él, quien ha venido a reinar para siempre. ¿No dijo él que él sería un testigo pronto en contra de los que juran en falso? Dios no puede ser burlado.
……
¡Oh! ¡Abominable perversidad, y perversión del fin justo de la ley, la cual es tan cuidadosa y sensible con la paz e inocencia de cada hombre! ¡Cómo es adulterada la ley en la administración de ella, así como las escrituras son destrozadas por los sacerdotes! ¡Y aquello que fue hecho para preservar a los justos, y castigar a los impíos, ha sido pervertido para castigar a los justos y conservar a los impíos! Ojo por ojo, diente por diente, vida por vida, quemadura por quemadura, herida por herida, llaga por llaga; aquel que acusa al hombre falsamente, para sufrir lo mismo que él hubiera sufrido, quien fue acusado falsamente, si él hubiera sido culpable. Esto dice la ley justa de Dios; lo cual es agradable a aquello que es de Dios en la conciencia de cada hombre. ¿No deben ser negadas tales formas de injusticia, las cuales son tan contrarias a la ley de Dios y del hombre; aquellas que sirven para engendrar disputa, y para encender la contienda? ¿Y no era esta la naturaleza que causaba que fuéramos acusados? ¿Y no sustuvo usted esta forma al no permitir que respondiéramos a las muchas calumnias sucias en contra nuestra, diciendo: “No se preocupen de esas cosas." ¿No será la ira de Dios revelada desde el cielo en contra de toda la impiedad y la injusticia de los hombres, quienes sostienen la verdad en injusticia; que están tan lejos del poder de la piedad, que ellos no tienen su forma, sino la forma de la iniquidad, la cual es establecida y sostenida en vez de la ley y como si fuera la ley, para derrocar y destruir la justicia de los justos, y de esa manera callarlos de manera que por la ley nunca puedan salir? ¿No piensa usted que el clamor a subido? "¡Es tiempo de poner tu mano, Oh Señor, porque tus enemigos han invalidado tu ley!" ¿No se acerca la hora? ¿No se está llenando la medida de la iniquida rápidamente? Ciertamente viene el día, y viene rápidamente. Usted ha sido advertido de la presencia, y por la boca del Señor; y él será claro cuando venga a juzgar, e íntegro cuando dé la sentencia. Aquello que es de Dios en cada una de sus conciencias dará testimonio y confesará de esta manera ante él, y sus bocas serán calladas, y ante el juez ustedes estarán en silencio, cuando él divida su porción, y dé a cada uno de ustedes de acuerdo con sus obras. Por lo tanto, mientras tenga tiempo, aprécielo y arrepiéntase; porque ciertamente, "Vendrá nuestro Dios y no callará; fuego consumirá delante de él y tempestad poderosa lo rodeará. Convocará a los cielos de arriba y a la tierra, para juzgar a su pueblo. ¡Los cielos declararán su justicia, porque Dios es el juez! Consideren esto, ustedes que se olvidan de Dios, por temor a que él los haga pedazos, y que no haya nadie que los libre."
………
'Estas cosas, amigo, hemos puesto ante usted con toda claridad, con el fin de que (con la luz de Jesucristo, quien ilumina a cada uno que viene a este mundo, una medida de lo cual usted tiene, la cual le muestra su maldad y lo reprende por su pecado, por el cual usted debe dar cuenta) estando usted quieto y sereno pueda considerar y ver lo que ha hecho en contra de los inocentes, y la vergüenza pueda detenerlo, y usted pueda acercarse al Señor, quien ahora le llama al arrepentimiento por medio de sus siervos, quienes, por testificar de su verdad viviente en ellos, usted ha echado bajo cadenas crueles y sufrimientos, y aún continúan así,'
Eduardo Pyot,
Desde la cárcel de Lanceston, el día 14 del mes quinto, del año 1656
Por medio de esta carta el lector puede observar cuánto fuimos obligados a sufrir de manera contraria a la ley; pero el Señor, quien vió la integridad hacia él de nuestros corazones, y que conocía la inocencia de nuestra causa, estuvo con nosotros en nuestro sufrimiento, sobrellevó nuestros espíritus, y los hizo más fáciles para nosotros; y nos dio oportunidades de publicar su nombre y su verdad entre la gente: de manera que muchos en la ciudad llegaron a convencerse; y muchos se hicieron cariñosos con nosotros, y Amigos de varias partes del país vinieron a visitarnos; entre los cuales habían dos de Gales, quienes habían sido hechos jueces de paz. La esposa del juez Hagget, de Bristol, nos vino a visitar, y fue convencida, junto con varios de sus hijos; y su esposo fue muy amable y servicial con los Amigos, y tuvo un gran amor hacia el pueblo de Dios, lo cual retuvo hasta su muerte.
Y así fue como en Cornwall, Devonshire, Dorsetshire y Somersetshire empezó a difundirse poderosamente la verdad, y muchos volvieron a Jesucristo y a sus enseñanzas de gracia; muchos Amigos que vinieron a visitarnos se sintieron arrastrados a declarar la verdad por aquellos condados, y esto enfurecía a los sacerdotes y profesantes que instigaban a los magistrados para que pusieran trampas a los Amigos. En las calles y en los caminos reales pusieron vigilantes bajo pretexto de detener a todas las personas sospechosas, y como a tales, paraban y detenían a los Amigos que viajaban por aquellos condados para venir a visitarnos; para así evitar que fueran de un lado a otro al servicio del Señor. Mas lo que ellos creían que detendría la verdad, fue el mejor medio de difundirla, porque los Amigos se sentían, con frecuencia, dirigidos a hablar al guardia y al otro oficial y a los magistrados a quienes los llevaban, y así la verdad se difundía entre ellos, por todas sus parroquias; y cuando los Amigos caían en manos de los vigilantes, pasaba siempre una noche y hasta tres semanas antes de que se libraran de ellos, porque sucedía que apenas los detenía un guardia y los llevaba en presencia de los magistrados y estos los soltaban, ya otro los volvía a coger y los llevaba a presencia de otros magistrados; todo lo cual, causaba a la región muchas molestias y gastos innecesarios. El alcalde de Launceston, era un hombre malo y borracho; un perdido, que cogía a todos cuantos Amigos como podía y los metía en la cárcel; y a mujeres absolutamente respetables, les registraba las enaguas y los tocados para ver si llevaban cartas. A un joven, que vino a vernos, sin pasar por la ciudad, le di un escrito en el que exponía toda la grosería, inhumanidad y falta de cristianismo de las acciones de este alcalde (pues su conducta era más propia de un pagano que de un cristiano); le pedí que lo sellara y que se marchara por el mismo camino por donde viniera para entrar luego en la ciudad por las puertas; así lo hizo, y el vigilante lo cogió y lo llevó a presencia del mayor, que registró sus bolsillos y encontró en ellos la carta donde pudo ver escritas sus acciones. Esto lo avergonzó, de tal manera, que desde aquel momento intervino muy poco con los siervos del Señor.
A medida que Tomás Rawlinson venía del norte a visitarnos, un guardia en Devonshire lo arrestó; y esa noche tomó veinte chelines de su bolsillo; y después de haber sido robado fue echado en la cárcel de Exeter. También echaron a Henry Pollexfen en la prisión de Devonshire, bajo el pretexto que era jesuita; él había sido un juez de paz por casi treinta años antes de esto. Muchos Amigos fueron golpeados cruelmente por ellos; algunos modistas que simplemente iban a la fábrica con su tela, y otros que estaban en sus negocios normales fueron arrestados y azotados aunque éstos eran hombres que ganaban entre ochenta y cien libras al año y no estaban a más de cuatro o cinco millas de sus familias.
El alcalde de Lanceston arrestó a todos los que pudo y los puso en la prisión. Él le revisaba las prendas interiores a mujeres dignas de clase media. Yo escribí todas las acciones flagrantes, inhumanas, y poco cristianas del alcalde y cuando un joven vino a vernos, yo se la dí, diciéndole que lo sellara y dejara la prisión por la puerta de atrás, y que entrara en la ciudad por la entrada principal. Él lo hizo así, y vigilante lo arrestó y lo llevó ante el alcalde. Él rápidamente le revisó los bolsillos y encontró la carta, en la cual leyó un informe de todas sus
acciones. Esto lo avergonzó de tal manera que desde ese día en adelante él rara vez intervino con los siervos del Señor.
A partir del sentido que tuve de la trampa que había sido puesta, y de la malicia que había sido la intención al ponder esos vigilantes a esa hora para detener y arrestar a los Amigos, se me vino la idea de escribir las siguientes líneas, como sigue:
Una exhortación y advertencia a los magistrados.
Todos ustedes poderes de la tierra, Cristo ha venido a reinar, y está entre ustedes, y ustedes no lo conocen; quien ilumina a cada uno de ustedes, para que todos ustedes puedan creer por medio de él, quien es la luz, que pisa el lagar solo fuera de la ciudad, y los pies de quien están sobre él. Por lo tanto vean todos y examinen con la luz para qué están listos; porque el lagar está listo para ustedes.
Antes del honor está la humildad. Todos ustedes que prefieren tener honor antes de tener humildad, ¿no son ustedes como los paganos? Ustedes prefieren tener honor antes de tener humildad; ¿no querían todos los perseguidores que han habido en el mundo esta humildad? Ellos querían el honor, y sin embargo preferían tener el honor antes de tener la humildad, y han aprendido esto. De manera que ustedes que están fuera de la humildad, están fuera del honor, y no tendrán el honor los que no tienen la humildad: porque for "antes del honor viene al humildad," tengan esto en cuenta antes que aquello.
Ustedes pretenden apoyar la libertad de conciencia, sin embargo una persona no puede llevar una carta a un Amigo, ni los hombres pueden visitar a sus amigos, ni visitar prisioneros, ni llevar un libro con ellos, ni para su propio uso ni para sus amigos. Los hombres no pueden ver a sus amigos: pero se ponen vigilantes en contra de ellos para agarrarlos y detenerlos: y éstos deben estar bien armados también en contra de la gente inocente, que no tienen ni siquiera una rama en sus manos, quienes son llamados cuáqueros de manera desdeñosa. Sin embargo aquellos que ponen a estos vigilantes pretenden defender la libertad de conciencia; quienes toman a aquellos cuyas conciencias están ejercitadas hacia Dios y los hombres, quienes adoran a Dios en espíritu y verdad; lo cual es llamado herejía por los que están fuera de la luz. Éstos establecen vigilantes en contra de aquellos que deseñosamente llaman cuáqueros, porque aquellos confiesan y testifican de la luz verdadera, que ilumina a todos los que vienen al mundo, entre la gente a medida que pasan por la comarca, o a sus amigos. Esta es la doctrina peligrosa en contra de la cual están establecidos los vigilantes, para contener el error, como ellos lo llaman, el cual es la luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo; aquel por el cual el mundo fue creado, quien fue glorificado con el Padre antes de la fundación del mundo. Porque aquellos que ellos desdeñosamente llaman cuáqueros, han establecido a los vigilantes, hombres capaces, bien armados, para tomar a los que llevan este testimonio ya sea en palabras, libros o cartas. Y esa es la luz que ustedes odian, la cual ilumina a cada hombre que viene al mundo; y ustedes ponen en la prisión a los que testifican de esta luz; y después que ustedes los han encarcelado, ustedes establecen sus vigilantes para arrestar a todos los que van a visitarlos, para encarcelarlos a ellos también. De manera que al establecer ustedes a los vigilantes, así ustedes detienen toda la ayuda que puede llegar a los prisioneros. Por lo tanto esta es la palabra del Señor Dios hacia ustedes, y un mandamiento para todos ustedes, en la presencia del Dios viviente del cielo y la tierra: cada uno de ustedes está iluminado con una luz que viene de Cristo, el Salvador de las almas de las personas; a esta luz hagan caso todos, para que con ella ustedes puedan ver a Cristo de quien viene la luz, para que pueden ver que él es su Salvador, por medio de quien fue creado el mundo; quien dijo, aprendan de mí. Pero si ustedes odian la luz, ustedes odian a Cristo quien los ilumina a todos, para que por medio de él (quien es la luz) ustedes puedan creer. Pero al no creer en la luz, o al no traer sus obras a la luz, la cual las hará manifiestas y las reprenderá, esta se convierte en la condenación de ustedes, esto es, la luz. Recuerden que han sido advertidos durante su vida; porque esta luz es su camino a la salvación, si ustedes caminan en ella; y esta luz es su condenación, si ustedes la rechazan y la odian. Ustedes no pueden venir a Cristo, el segundo sacerdote, hasta que vengan a la luz con la cual el segundo sacerdote los ha iluminado. De manera que ustedes que no vienen a la luz; ustedes van a los sacerdotes que toman los diezmos, como lo hicieron los del primer sacerdocio; y así arrastran a la gente fuera de sus sinagogas y templos como lo hicieron los sacerdotes que tomaban los diezmos, lo cual no hicieron los del segundo sacerdocio. ¡Ha habido alguna vez una generación tal! O alguna vez alguna generación de hombres apareció como lo hacen ahora los de esta era, que están tan llenos de locura, envidia, y persecución, los que establecen vigilantes, con carteles y armas, en contra de la verdad para perseguirla, como lo declaran las ciudades y las comarcas; ¡lo cual suena como Sodoma y Gomorra! Y esto tiene su libertad, y se establece en contra de la verdad; y el reprender el pecado es considerado como una brecha de la paz, como dicen los que están fuera de la verdad, y que establecen sus vigilantes en contra de ella.
Jorge Fox
Aparte de esta advertencia general, recibí una copia de una orden de arresto expedida en las sesiones de Exon, en términos expresos 'Para arrestar a todos los cuáqueros'; en la cual la verdad y los Amigos fueron reprochados y desprestigiados, por lo cual fui inspirado a escribir una respuesta a ella, y a enviarla al extranjero, para aclarar la verdad y a los Amigos de las calumnias contenidas en ella, que fueron echadas sobre ellos; y para manifestar la maldad de ese espíritu perseguidor de donde procedió, la cual fue de esta manera:
Como se expidió una orden de arresto en la última sesión celebrada en Exon, en el día dieciocho del quinto mes, del año 1656, y esta orden decía que era "Para detener y tomar todos aquellos que son cuáqueros, o que se llaman a sí mismos cuáqueros, o están bajo las creencias de los cuáqueros;" y es dirigida "a los jefes de la guardia, para ser enviada por ellos a los guardias menores, exigiéndoles que establezcan vigilantes, hombres capaces con carteles, para tomar a todos los tales cuáqueros como se dijo anteriormente;" y en la orden mencionada ustedes dicen que los cuáqueros esparcen libros y escritos sediciosos; yo les contesto que ellos, a quienes ustedes deseñosamente llaman cuáqueros, no tienen ningún libro o escrito sedicioso; sino que sus libros son en contra de la sedición, y de los hombres sediciosos, y de los libros, los maestros sediciosos y los caminos sediciosos. Así ustedes han contado a los hombres honestos, hombres piadosos, hombres santos, hombres que temen a Dios, con los mendigos, sinvergüenzas y vagabundos; no poniendo ninguna diferencia entre lo precioso y lo vil. Ustedes no son aptos para juzgar, ustedes que han establecidos sus carteles, y han armado a sus hombres para estar de pie juntos en la batalla en contra de la gente inocente, los corderos de Cristo; los cuales no han levantado ni siquiera una mano en contra de ustedes. Pero si ustedes fueran sensibles al estado de su país, sus ciudades, sus pueblos, a como el clamor de ellos es como el de Gomorra, y el sonido de ellos como el mundo antiguo, donde toda la carne se corrompió, el cual Dios destruyó con el diluvio; si ustedes consideraran esto consigo mismos, ustedes encontrarían algo contra lo cual empuñar sus espadas, y no en contra de los corderos de Cristo, y así no hacer una burla de los inocentes, que permanecen como testigos en contra de todo el pecado y la injusticia en sus ciudades y sus iglesias. Noé, la octava persona, un predicador de la justicia, fue afligido con la conversación indecente de los impíos; así estamos ahora nosotros. Solamente Lot fue afligido con sus obras crueles, y las conversaciones indecentes de Sodoma. ¿Y no fueron ellos odiados por el mundo, y por los que vivían en la indecencia? Y ustedes hablan de aquellos que ustedes desdeñosamente llaman cuáqueros, que ellos son una angustia para aquellos a quien ustedes llaman personas piadosas y religiosas, y para su religión; los cuales están en la religión que es vana, las lenguas de los cuales no están amarradas. Yo creo que los cuáqueros son una aflicción para aquellos cuya religión es vana, pero no son una aflicción para aquellos que están en la religión pura, la cual se mantiene sin manchas en el mundo; la cual no pone ningún cartel, ni vigilantes, para mantenerla en el mundo. Los que están en la religión pura no son del mundo, y se guardan sin manchas del mundo. Tengan en cuenta la "religión pura que se guarda sin mancha del mundo." Pero los que están en la religión que no es pura; que tienen apariencia de piedad, pero no su poder, los cuales ustedes llaman piadosos, la verdad misma siempre fue una aflicción para los tales; y así lo es en esta era.
Y ahora aparecen sus frutos, el propósito de la religión y la profesión de ustedes, y lo que ustedes poseen; pero ustedes están en error, y lo han estado excepto en su profesión, mientras que están fuera de la posesión del espíritu, y por lo tanto no en el espíritu de la verdad. ¿Porque dónde es que éste puso límites, y contó a los justos y los inocentes con los impíos? Sino que los impíos pusieron límites y fronteras a los justos, y los contaron entre los impíos; sí, hablaron toda clase de males en contra de ellos, como ustedes lo hacen de nosotros ahora. De acuerdo con lo que fue predicho en las escrituras, los que tiemblan con la palabra de Dios, a ellos ustedes echan fuera y odian, ustedes que tienen su adoración en el templo. Ustedes dicen que los cuáqueros vienen a molestarlos en sus iglesias, como ustedes las llaman. ¿No era la práctica de los apóstoles ir a las sinagogas y templos, para testificar en contra del sacerdocio que tomaba los diezmos? ¿No era la práctica de los judíos arrastrar hacia afuera, perseguir y apredrear a aquellos que testificaron de Cristo el segundo sacerdote, y fueron a sacar a la gente del primer sacerdocio? ¿No era la práctica de los profetas de ir y clamar en contra de los lugares altos? ¿Y no era la práctica de los judíos, cuando habían apostatado, y de los paganos, encarcelar y perseguir a los profetas, y mandar a buscarlos a otros países? ¿No es esta la práctica de ustedes ahora, quienes sostienes los lugares altos que fueron establecidos por los papistas, los cuales ahora ustedes llaman iglesias; donde ustedes golpean y persiguen? ¿Qué clase de personas religiosas son ustedes, que están llenos de tanta locura? ¿No confesó Pablo que él estaba loco cuando él seguía la práctica de ustedes, arrastrando, golpeando, encarcelando, sacando de las sinagogas, teniendo su autoridad de parte de los sumos sacerdotes? ¿Y no son los sumos sacerdotes la causa de esto? ¿Hubo alguna vez un clamor en alguna edad en el pasado, como lo hay ahora en los púlpitos, recriminando en contra de la gente inocente, quienes ni siquiera levantan una mano en contra de ustedes; y quienes son realmente piadosos, que son de la religión pura, quienes temen a Dios, y le adoran en espíritu y verdad, pero no pueden unirse a ustedes en su religión? ¿Acaso no dicen los ministros de Dios que las escrituras son una declaración, la cual ustedes llaman la “palabra”? ¿No le roban ustedes a Cristo su título y honor, y se lo dan a la letra, y muestran que están fuera de la doctrina de los ministros de Dios, quienes llamaron a las escrituras por el nombre de escritos, y tratados, y declaraciones; y dijeron: el nombre de Cristo es llamado la palabra de Dios? ¿No están ustedes así en el error del cual hablan ustedes, lo cual es conversación común entre ustedes? Hubo conversaciones entre algunos de ustedes acerca del brillo de ustedes en el evangelio. ¿Acaso persigue el evangelio? ¿Acaso algunos de los que lo poseyeron fueron puestos en prisión, y no sufrieron otros para visitarlos? ¿Son ustedes como los cristianos en esto, o como los paganos, que ponen límites y vigilantes sobre la tierra, para que ellos no pasen a visitar a aquellos que están en prisión? ¿Fue acaso algo así escuchado en alguna época? Busquen y vean, para ver si ustedes no los han aventajado en todas sus vigilancias, si no en su manera de perseguir, y en sus encarcelamientos. Y ¡Oh! Nunca digan que nosotros somos una aflicción para aquellos que están en la religión pura.
Y mientras que en la orden de arresto nosotros somos representados como hostiles hacia el gobierno, yo digo que nosotros poseemos la ley, la cual es un terror para los que hacen el mal, y la cual es el poder más alto, ante el cual el alma debe estar sujeta; pero negamos a los hacedores del mal, al hombre malicioso que reina, y al hombre envidioso que busca a su presa, la envidia del cual es en contra del inocente; quien incita al país en contra de los hombres honestos, y de esa manera se convierte en un problema para ese país, al incitarlos para tomar al inocente; pero nosotros dejamos eso al Señor para que lo juzgue. Nosotros negamos las acusaciones falsas de herejía y blasfemia de parte de ustedes. Ustedes deberían haber declarado los detalles, para que la gente los pudiera ver; y no deberían habernos calumniado detrás de nuestras espaldas. La ley dice: el crimen debe ser mencionado en la orden de arresto. Entonces el que ustedes digan que nosotros negamos que el ministerio piadoso sea el verdadero ministerio de Cristo; eso es falso, porque nosotros decimos que los ministros piadosos son los ministros de Cristo. Pero, ¿cuántos de sus ministros se atreven a decir que ellos son verdaderamente piadosos? Y el que ustedes nos acusen de seducir a mucha gente débil, esto es falso también, porque nosotros no seducimos a nadie. Pero ustedes, que niegan la luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo, son seducidos para alejarse del ungimiento que debería enseñarles; y si ustedes fueran enseñados por él, ustedes no necesitarían que ningún hombre les enseñara. Pero los que son enseñados por el ungimiento que permanece en ellos, y niegan las enseñanzas de los hombres, a éstos ustedes llaman seductores, contrario a la doctrina de Juan. 1 Juan 2. Aquello que es verdad ustedes llaman seducción; y aquello que él llama seducción, ustedes llaman verdad. Lean la última parte del capítulo. Y yo les advierto a todos ustedes de parte del Señor Dios de gloria que tengan cuidado, no pongan ningún límite en contra de él. No limiten al Santo de Israel; porque el Señor se está elevando en poder y gran gloria, quien reinará a las naciones con vara de hierro, las cuales para él no son más que gotas en un balde. Aquel que mide las aguas en con la palma de su mano unirá a las naciones como la vasija de un alfarero. Y sepan, ustedes que han sido hallados en este día blasfemando su obra la cual él ha obrado, llamándola blasfemia, luchando en contra de ella, estableciendo sus obras carnales, fortaleciendo sus lazos; Dios partirá en dos aquello que la política carnal de ustedes ha inventado, lo cual ustedes sostienen por medio de sus armas carnales, y les hará saber que hay un Dios en el cielo que carga a sus corderos en sus brazos, los cuales están andando entre los lobos, y que están listos para ser hechos pedazos en todo lugar, sí, en sus iglesias; donde la gente ha aparecido sin razón o afecto natural. Por lo tanto todos ustedes, guardias menores, alguaciles y jueces, tomen esta advertencia; tengan cuidado con lo que hacen en contra de los corderos de Cristo; porque Cristo ha venido, y está llegando, quien dará a cada uno su recompensa de acuerdo con sus obras, ustedes que tienen la letra, la cual habla de Cristo; ustedes que persiguen aquello de lo cual habla las escrituras, de manera que sus frutos los hacen manifiestos. Por lo tanto todos ustedes, alguaciles, jueces, guardias, etc., consideren lo que poseen, y en qué profesión están ustedes ahora, que todas estas armas carnales están establecidas en contra de los inocentes, sí, en contra de la verdad; lo cual muestra que ustedes no tienen las armas espirituales, y que ustedes desean el consejo de Gamaliel, sí, ustedes desean el consejo de un hombre tal entre ustedes, quien dijo, "Dejen a estos hombres: porque si esto es de Dios, permanecerá; si no lo es, se desvanecerá." Pero ustedes pueden verse a sí mismos, al contrario, en el espíritu de aquellos que vinieron con Judas, con espadas y tablas de parte del sumos sacerdote en contra de Cristo; que todavía está en contra de Cristo, donde él es hecho manifiesto. Pablo (mientras era Saúl) fue en contra de él, aunque él y los judíos profesaban que un Cristo iba a venir; sin embargo Pablo lo persiguió, donde él era manifiesto en sus santos. Así ustedes profesan a un Cristo que ha venido, pero lo persiguen donde él es hecho manifiesto. Ustedes que tienen la letra, los lugares lgos, las sinagogas, ustedes le persiguen a él donde él es manifestado en sus santos, como lo hicieron los judíos. Aquellos que estaban en la letra, fuera de la vida, persiguieron a aquellos que estaban en la vida de aquello que ellos profesaban en la letra: así ustedes persiguen a aquellos que están en la vida, y ustedes mismos son extraños a ella; como lo evidencian sus frutos. Ustedes han contado al pueblo de Dios entre los transgresores; ¿pero han ustedes encarcelado a alguno de los sinvergüenzas y transgresores de los que ustedes hablan? Ustedes han encarcelado a los inocentes, y dejan a otros en libertad.
Jorge Fox
Cuando yo hube enviado lo anterior al extranjero, así vino sobre mí un gran sentido del velo de oscuridad que estaba sobre los sacerdotes y profesantes de la cristiandad, de manera que fui inspirado a escribir lo siguiente, como una advertencia para ellos a que despierten:
La ceguera a venido a los cristianos profesantes de las letras hoy en día, así como la ceguera vino a los judíos; quienes profesaron la letra, pero no poseían la vida, de la cual hablaba la letra: como los cristianos hoy en día, a los cuales ha venido esta ceguera, quienes profesan las escrituras, pero no poseen la vida de la cual hablan las escrituras. Porque los judíos permanecieron en contra de la vida, aunque ellos profesaban la letra de las escrituras; pero ellos eran ciegos, habiendo reunido consejo en contra de la vida; estaban alborotados cuando el niño había nacido en Belén, Herodes y todos los principales sacerdotes. Y Herodes trató de destruir a todos los niños pequeños en Belén, sin embargo no consiguió matar al niño; Herodes, ese zorro, pensó que había matado a Juan. Ustedes pueden ver aquí como los profesantes literales permanecieron, no por la verdad, sino en contra de ella. Además, los sacerdotes principales consultaron juntos cómo podían tomar a Jesús sutilmente, y matarlo; tengan en cuenta que fue por medio de su sutileza. Los que profesaban que Cristo vendría, ellos predicaron del Mesías, de un Cristo, de un salvador, pero negaron la vida cuando él fue hecho manifiesto. Los principales sacerdotes, quienes se habían reunido en un concilio, dijeron que sus discípulos se lo habían robado durante la noche; y le dieron grandes cantidades de dinero a los soldados para que declararan que había sido así. De la misma manera en su tiempo, cuando el pueblo de Israel estaba en Egipto, y empezaron a esparcirse y multiplicarse con sus hijos, los egipcios dijeron: "Seamos sabios con ellos para afligirlos y obligarlos a que paguen tributos;" lo cual se sostuvo hasta que el Señor derrocó a sus opresores, y sacó a su semilla por medio de su gran poder desde abajo de sus opresores, y exaltó a su hijo sobre todo; aunque los paganos estaban enfurecidos, y la gente imaginó cosas vanas. Él dio a conocer su poder, para que todos puedieran ver que no hay otro Dios sobre la tierra aparte de él. Este poder ahora ha sacado a la luz la obra del Señor. Muchos, que se han acercado a la luz, Cristo, han recibido el poder de Dios, y de esa manera se han convertido en hijos de Dios. Ahora este nacimiento, que ha nacido de Dios, todos los poderes de la tierra se han unido para crucificarlo; para darle la muerte a los judíos en el espíritu, como aquellos le habían dado anteriormente la muerte a Cristo en la carne. Este es el nacimiento contra el cual está enfurecido todo el mundo impío. En contra de esto ellos establecieron sus vigilantes, su nacimiento, traído por el poderoso Dios de Jacob, quien habita en los lugares altos de la tierra. Este es el nacimiento en contra del cual están enfurecidos los cristianos profesantes que no tienen la vida en nuestros días, y contra del cual ponen toda su sabiduría. ¿No están los principales sacerdotes y los hombres sabios de la tierra consultándose los unos con los otros para ver cómo pueden destruir este nacimiento? ¿No es este el nacimiento que ha sido desterrado de sus corazones, ustedes que profesan las escrituras, y que hablan de ellas, pero que no poseen la luz y la vida de la cual hablan las escrituras, como tampoco las poseían los judíos; y por lo tanto no estarán ustedes sin Cristo reinando sobre ustedes, así como los judíos no lo tuvieron? ¿No arrastran ustedes a la gente para sacarlos de sus sinagogas y llevarlos ante los magistrados? ¿No cumplen así ustedes las palabras de Cristo, quien le dijo a sus discípulos que ellos serían arrastrados de las sinagogas y ante los gobernantes? ¿No los persiguen ustedes de ciudad en ciudad? ¿No llenan ustedes sus cárceles casi completamente con ellos? ¿Y no establecen ahora ustedes a sus vigilantes, para que nadie visite a los que ustedes han puesto en la cárcel? ¿No es éste un espíritu poco cristiano? ¿Como pueden ustedes por vergüenza decir que son sostenedores de la verdad? ¿O como pueden ustedes por vergüenza decir que la verdad ha sido profesada entre ustedes? Admitimos que ustedes han hablado de ella. ¿Pero cómo pueden ustedes por vergüenza decir "El evangelio brilla entre ustedes," cuando ustedes no lo poseen, ni la vida del evangelio; cuando ustedes lo llaman error, y la semilla de la maldad, sí, la verdad misma, la vida misma de la verdad contra la cual ustedes han blasfemado ahora, como lo hiceron los judíos en contra de Cristo, llamándolo un demonio; ustedes ahora lo llaman error, y la semilla de la maldad, y ustedes se rebelan en contra de él, y empuñan sus espadas en contra de él. Como lo fue en el tiempo de los judíos quienes apuntaron sus espadas en contra de Cristo; así es en estos días de los cristianos profesantes de las escrituras, pero que están fuera de la vida que la dio; como lo eran los judíos externos en la carne, no los judíos en el espíritu. ¿No es una vergüenza para los ministros del evangelio (como son llamados) que ellos no puedan encontrar una mejor manera de mantener aquello que ellos llaman la verdad, y su evangelio, que por medio de armas carnales, torturas, prisiones, látigos, vigilantes, y
aposentos, y poderes de la tierra? ¿Eran estas las armas de los apóstoles? Los vigilantes carnales, torturas, prisiones, y el arrastrar fuera de las sinagogas, ¿se hacían estas cosas cuando ellos venían a hablar? Juzguen por sí mismos el espíritu anti-cristiano que ustedes tienen. Nunca hablen de defender la verdad con aquello que está en contra de la verdad. ¿Porque no están ustedes estableciendo a la muchedumbre de la tierra en contra de ella? ¿No se unen ellos con ustedes, con espadas y tablas en contra de ella? ¿Es ésta la vida de los cristianos? ¿No es ésta la vida de error, y del sembrador maligno? Seguramente ustedes encontrarían suficiente trabajo si estuvieran en el temor del Señor, para usar sus espadas en contra de lo profano, de los juramentos y la maldad que están en sus calles y carreteras. ¡Como suenan ellos como Sodoma, y hacen ruido como Gomorra! Pero estos se han convertido en la presa de esta época, que en la puerta de ustedes reprenden el pecado, la impiedad y lo que es profano. Ellos se han convertido en la palabra de ustedes. Los concilios de ustedes se unen en contra de ellos, a los que ustedes echan en la cárcel, y los arrastran fuera de sus sinagogas; y de la misma manera echan en la prisión a los que escriben y hablan en contra de esto; y establecen a sus guardias para detener y estorbar a los que los vienen a visitar a los que ustedes echan en la prisión, y les dan el nombre de vagabundos y errantes. ¿Se oyó algo así alguna vez en los días de los paganos en contra de los apóstoles, quienes testificaron del evangelio? ¿Establecieron ellos guardias y vigilantes en cada pueblo, en cada ciudad, para tomar a los discípulos, los hermanos, los creyentes, que oyeron que los apóstoles habían sido echados en la cárcel, y llegaron a ver lo que ellos querían? ¿No muestran ustedes tanta cólera y furia ahora en esta época, como lo hicieron ellos en aquella época? ¿Cómo pueden ustedes hablar del evangelio, y defender el evangelio, cuando ustedes están estableciendo guardias y vigilantes en contra de él, y están defendiendo aquello que está en contra de él; y los corderos de Cristo son casi despedazados entre ustedes, quienes son como lobos? Porque el Señor ahora a enviado a sus corderos en contra de los lobos. ¿No han profesado ustedes las palabras de Cristo, los profetas y los apóstoles, así como los judíos profesaban las escrituras, las palabras de Moisés, y los profetas, que profesaron del Cristo que iba a venir; y estuvieron en contra de él cuando vino? Como ustedes lo hacen en este día de su reino, en este día de su glorioso evangelio, quienes están persiguiendo a los mensajeros de éste, encarcelándolos, persiguiéndolos en sus calles y carreteras, y estableciendo vigilantes en contra de aquellos que traen las buenas nuevas de paz a sus almas; los pies de quienes son hermosos sobre las montañas; esto es, por encima de las montañas; aquello contra lo cual las montañas rugían y se hinchaban; pero Dios hará que se derritan; el sol se ha levantado, lo cual hará que se derritan. Dios partirá las rocas y las montañas por la mitad, y hará que las montañas se inclinen perpetuamente; porque él exaltará a su hijo, y le dará su gloria, y a nadie más. Por lo tanto despiértense, ustedes gobernantes de la tierra, y tomen el consejo del Señor. No se consulten unidos en contra de él. No fortalezcan sus ligaduras. No batallen en contra de él; porque ustedes serán hallados como zarzas y espinas ante él, lo cual será consumido por el fuego. Por lo tanto despierten, todos ustedes los que hablan de las escrituras, que se unen por multitudes y reuniones, y han tenido maestros; pero no han tenido el espíritu que nos dio las escrituras, el Señor Dios de gloria, el Padre de los espíritus, los esparcerá. Todas sus ligaduras no los mantendrán unidos, ustedes que están fuera del espíritu, el cual es el vínculo de la paz. El instrumento de trilla ha salido, el cual golpeará los montes para hacerlos pedazos. Sión se ha levantado para trillar. La trompeta es tocada desde el monte santo. No se rebelen en contra del Señor; porque todas las naciones son para él como una gota en un balde. Aquel que mide las aguas en la palma de su mano, y pesa la tierra en una balanza, Jehová de los ejércitos es su nombre, quien ahora se ha levantado y se está levantando, para defender la causa del inocente, y está exaltando a su hijo, y trayendo a las ovejas a sí mismo. Ahora ellos son vistos y conocidos, los que se alimentan del viento, que son levantados, dados a creer mentiras; quienes informan y dicen: "Informen, y nosotros informaremos." Ahora ellos son vistos, los que tienen una apariencia de piedad, pero niegan su eficacia; de manera que niegan a Cristo, porque Cristo es el poder de Dios. Y el poder que es negado por ustedes, los que tienen una apariencia de piedad, y las palabras de las escrituras; el evangelio es negado, porque el evangelio es el poder de Dios. Así es entre ustedes que tienen el conocimiento y la sabiduría que es sensual, terrenal y diabólica. ¿No parece de esta manera? Que sus cárceles y vigilantes testifiquen de sus frutos en cada ciudad. Su sabiduría es terrenal, sensual y diabólica. Ustedes tienen conocimiento y sabiduría, pero no la que viene de lo alto; porque aquella es pura y suave, de manera que no es el conocimiento que ustedes tienen. Pero conocer a Cristo es vida eterna. Los frutos de ustedes son manifestados, que ustedes no son de éste; y por lo tanto están fuera del poder de Dios, el cual es la cruz de Cristo; porque ustedes son hallados que están en el mundo, fuera del poder de Dios, fuera de la cruz de Cristo, persiguiendo. De manera que aquello que sí persigue, y envía escritos y decretos para detener y tomar a todos, y a poner vigilantes, y preparar límites para el Señor; para encarcelar y perseguir, y no dejar que nadie vaya y los visite: esto enseña que ustedes no son cristianos, sino que están en contra de la vida cristiana, la cual lleva amor a los enemigos. ¿Dónde está el amor de ustedes hacia sus enemigos que están de esa manera persiguiendo a sus Amigos? "Él vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron" Así es como la espada es empuñada en contra de los justos. ¿Acaso muestran ustedes de esta manera una vida cristiana, o se muestran ustedes como cristianos, al llenar sus cárceles con los cristianos de espíritu, ustedes que están en la letra (en las sombras), como los judíos en la letra pusieron a los cristianos de espíritu en la prisión? ¿No es éste el fruto en nuestro tiempo de cristianos en la letra, el poner a los cristianos de espíritu en la cárcel? ¿No muestra esto que sus decretos, los cuales ustedes han proclamado, proceden de la muerte, al actuar ustedes de esta manera en contra de la vida, y de los que están en ella; a partir de la cual fueron dadas las escrituras? ¿No es aquí, como lo fue con Saúl, cuando él salió a perseguir, a arrastrar a la cárcel, y a encadenar a todos los que encontrara llamando a ese nombre, los cuales eran cristianos en la vida, el espíritu, como los que ustedes persiguen, porque ellos están en la vida, aunque ustedes puedan profesar sus palabras? ¿No han salido sus decretos de un espíritu de envidia, en contra del mismo espíritu de Cristo en el que ellos estaban? ¿No ha sido esto manifiesto a todos los que temen a Dios, y a los de mente sobria y gente honesta de corazón, para ver las prácticas de ustedes, sus decretos, sus letras, para dentener, molestar, estorbar, encarcelar a los que son inspirados por el Señor para hacer su voluntad, o para visitar a los prisioneros a los cuales ustedes han encarcelado? ¿Acaso muestra esto que ustedes tienen un espíritu como Pablo, sí o no? ¿No son acaso ustedes completamente contrarios a él, como los que persiguieron a Pablo? El día lo ha declarado. Yo le hablo a aquello de Dios en todos ustedes, lo cual lo testificará en el día postrero, en el día del juicio. La persecución era ciega en todas las edades; y la locura y la insensatez la guiaron: sin embargo la persecución siempre tuvo una apariencia o pretención de piedad, un hablar religioso, como en los días de Moisés, de Jeremías, de Cristo y de los apóstoles. "Vengan," dijo el concilio, "aplastémoslos mientras que son jóvenes, ya que ellos casi se han esparcido en cada rincón de esta nación." Esto es lo mismo que decir, "Demos muerte a este nacimiento, como el faraón y Herodes lo hicieron con los niños." Pero el Señor causó que esta verdad se esparciera aún más. Porque ustedes pueden leer la cantidad de personas que salieron de Egipto, y ¡qué multitudes siguieron a Cristo! Por lo tanto lean estas líneas con consideración, y no con furia. Que no surja la imprudencia, sino que consideren en humildad los caminos en los cuales ustedes caminan, y de qué espíritu son, y cuál es el propósito de su conversación; porque yo les escribo en el amor a sus almas, para que en el día de su visitación ustedes lo puedan considerar.
Porque el que ama la |