La Cruz Perdida de la Pureza



 

 

GUÍA ESPIRITUAL

 

Miguel de Molinos (1627 - 1697)

El texto en azul claro o azul claro “en negrita” se puede presionar para obtener la escritura correspondiente.

Este es el segundo de dos libros que están en este sitio internet. El primer libro está en la Primera Parte.

Esto está tomado de los escritos de Miguel de Molinos (1640-1697), un sacerdote español quien practicó el silencio interno, quietísimo, para alcanzar la unión con el Señor, y quien fue a Roma donde se aseguró el apoyo del Papa y una gran cantidad de seguidores. Más tarde fue condenado por la iglesia y sentenciado a cadena perpetua, muriendo a causa de las repetidas torturas que sufrió en manos de los jesuitas. Para un breve resumen de su vida extraído del Libro de mártires de John Fox, presione aquí.(John Fox no tiene relación con Jorge Fox.) Si usted no ha leído La Guía Espiritual, Primera Parte, debería leerlo primero antes de leer este libro; habla acerca de un estado más avanzado donde se entra en la tribulación, guiado por el Espíritu de Dios que borra los pecados, limpia el alma y produce paciencia.

Las enseñanzas de este simple sacerdotes, de escuchar silenciosamente al Señor, tuvieron un gran impacto en la secta romana. Sus métodos fueron usados exitosamente por miles de sacerdotes, monjas, obispos y tal vez hasta el Papa. Sus rosarios y sus cuentas fueron puestas a un lado. Pero su influencia vino a costas de pérdidas para otros, particularmente los jesuitas y los dominicanos. Con envidia, ellos conspiraron para destruirlo. Si el árbol está podrido por dentro, no puede ser reformado; la secta romana, que Molinos trató de reformar, lo devoró por medio del cruel asesinato. Molinos reformó la iglesia católica inmensamente, pero no lo suficiente para neutralizar a sus jueces y verdugos, los jesuitas. Molinos fue fiel hasta el fin, rehusando comprometerse en ninguna manera, fue declarado culpable de herejía y fue torturado hasta la muerte. Todas las enseñanzas de Molinos y sus seguidores fueron erradicadas despiadadamente de la secta romana por el ministerio jesuita de tortura y muerte. La secta romana todavía hoy defiende sus acciones y afirma que son correctas, acentuando su ininterrumpida depravación. Esta misma secta que en la Edad Media mató a nueve millones de almas, acusó a otros de brujería.

GUÍA ESPIRITUAL,

Que trae el alma a obtener la paz interna.

La segunda parte

Este libro consiste en dos partes: la primera y la segunda.
La primera parte es el Primer Libro.
La segunda parte es en realidad el Tercer Libro.
El Segundo Libro, que no está publicado en este sitio, se enfoca en el uso de padres espirituales,
un tema necesario para aquellos que estaban en la fe romana en el siglo 17.


(Las referencias en latín son de la Biblia Latina Vulgata, la cual no corresponde a los versículos y capítulos de nuestras Biblias modernas.)

 

LIBRO III


De las materias espirituales con que Dios purga las almas,
de la meditación infusa y pasiva,
de la resignación perfecta,
humildad interna, sabiduría divina,
verdadera aniquilación y paz interior.

CAPITULO I

La diferencia que hay del hombre exterior al interior.

Hay dos tipos de personas espirituales: unas interiores y otras exteriores. Estas [las que buscan exteriormente, no en el interior] buscan a Dios por afuera, por el discurso, imaginación y consideración; procuran con gran empeño alcanzar virtud, muchas abstinencias, maceración de cuerpo, y mortificación de los sentidos; se entregan a la penitencia rigurosa, se visten de cilicios, castigan la carne con disciplinas, procuran el silencio y llevan la presencia de Dios, formándosele a ellos en su idea presente o imaginación; ya sea como pastor, o como médico, o como padre amoroso y señor: se deleitan de hablar continuamente de Dios, haciendo muy seguido actos fervorosos de amor; todo lo cual es arte y contemplación.

(Nota: Molinos ha usado la palabra meditación para referirse a pensar sobre temas divinos, lo cual se entiende más claramente hoy en día con el término contemplación, de manera que se ha hecho un cambio de términos para facilitar el entendimiento moderno de la palabra meditación dando a entender un esfuerzo por estar en silencio. Su uso de la palabra meditación era en el contexto de pensar acerca de cosas divinas, en vez de esforzarse por silenciar la mente. Tal meditación curiosamente todavía está de moda en el cristianismo moderno, esto es, el pensar acerca de cierto pasaje en las escrituras, supuestamente para determinar su significado correcto. Por lo tanto, los términos dentro de este documento han sido editados para ser más compatibles con el uso actual; meditación se usa para la oración silenciosa, y contemplación se usa para una disertación reflexiva. Pero tenga en mente que otra versión que usted encuentre en el internet puede tener estos términos intercambiados. Cualquiera sea el término que se use, es claro que Molinos es un defensor del silencio en la oración, mientras se enfoca la mente en Dios; o, como recomienda Jorge Fox y este sitio internet, piense sólo en el nombre de Jesucristo, regresando al mismo pensamiento cuando su mente se encuentre vagando. Fox declara que a medida que usted se da cuenta que Cristo está en usted, usted debería cambiar a pensar acerca de Cristo por dentro, en vez de sólo en su nombre.)

Por este camino ellos desean ser grandes por el poder de mortificaciones voluntarias y exteriores; van en busca de los afectos sensibles y sentimientos fervorosos porque les parece que sólo cuando los tienen Dios reside en ellos.

Este es camino exterior y de principiantes, y aunque es bueno, no se llegará por él a la perfección ni aun se dará un paso, como lo manifiesta la experiencia en muchos que después de cincuenta años de este ejercicio exterior, se hallan vacíos de Dios y llenos de sí mismos, y sólo tienen de espirituales el nombre.

Hay otros verdaderamente espirituales [los que buscan interiormente] que han pasado por el principio del camino interior, que es el que conduce a la perfección y unión con Dios, al cual los llamó el Señor por su infinita misericordia, para salir de aquel camino exterior en que se ejercitaron primero. Estos, se recogieron hacia lo interior de sus almas, con verdadera entrega en las manos de Dios, con alivio y desnudez total aun de sí mismos, van siempre con espíritu elevado en la presencia del Señor, por medio de la fe pura, sin imagen, forma ni figura, pero con gran seguridad fundada en la tranquilidad interior y el sosiego, en cuyo infuso recogimiento tira el espíritu con tanta fuerza que hace recoger allí dentro del alma el corazón, el cuerpo y todas las fuerzas corporales.

Estas almas [los que buscan interiormente], como ya han pasado por la mortificación interior y Dios las ha purgado con el fuego de la tribulación, con infinitos y horribles tormentos ordenados por su mano, y a su modo, son dueñas de sí mismas, porque en todo han vencido y se han negado, y así viven con gran sosiego y paz interior. Y aunque en muchas ocasiones sientan repugnancia y tentaciones, salen pronto vencedores; porque como ya son almas probadas y dotadas de la divina fortaleza, no pueden durar mucho en ellos la actividad de sus pasiones. Y si bien pueden perseverar por largo tiempo las vehementes tentaciones y penosas sugestiones del enemigo, quedan todas vencidas con infinita ganancia, porque es Dios quien pelea dentro de ellas.

Han alcanzado ya estas almas [los que buscan interiormente] una gran luz y conocimiento verdadero de Cristo, Señor nuestro, así de su divinidad como de su humanidad. Ejercitan este conocimiento infuso con silencio quieto, en el refugio interior y parte superior de sus almas, con un espíritu libre de imágenes v exteriores representaciones, y con un amor puro y despojado de todas las criaturas. Aun de las acciones exteriores, se levantan el amor de la humanidad y de la divinidad. Tanto cuanto conocen, aman, y tanto cuanto gozan se olvidan, y en todo experimentan que aman a su Dios con todo su corazón y espíritu.

Estas felices y elevadas almas [los que buscan interiormente] no se alegran de nada del mundo sino del desprecio, y de verse solas y que todos las dejen y olviden. Viven tan despegadas, que aunque reciben continuamente muchas gracias sobrenaturales no cambian, ni se inclinan a ellas, como si no las hubieran recibido, conservando siempre en lo íntimo del corazón una gran bajeza y desprecio de sí mismas, humilladas siempre en el abismo de su indignidad y vileza.

Del mismo modo que se están quietas, serenas, y con un estado de ánimo uniforme en las glorias y favores extraordinarios, también lo están en los más rigurosos y acerbos tormentos. No  hay noticia que las alegre, ni suceso que las entristezca. Las tribulaciones no las perturban, ni las envanece la comunicación interior, continua y divina; quedando siempre llenas del temor santo y filial en una maravillosa paz, constancia y serenidad.

 

CAPITULO II

Prosigue lo mismo.

 

En el camino exterior las personas procuran hacer continuos actos de todas las virtudes, una después de la otra, para llegar a conseguirlas. Pretenden purgar las imperfecciones con esfuerzos proporcionales a su destrucción. Procuran desarraigar sus intereses uno por uno con diferencias y conducta opuesta, pero no llegan a conseguir nada por mucho que se cansen, porque nosotros no podemos hacer nada que no sea imperfección y miseria.

Pero en el camino interior y recogimiento amoroso en la presencia divina, como el Señor es quien obra, se establece la virtud, se desarraigan los intereses, se destruyen las imperfecciones, y se arrancan las pasiones y el alma se halla libre y despegada, cuando se ofrecen las ocasiones, sin haber jamás pensado el bien que Dios por su infinita misericordia le tenía preparado.

Has de saber que estas almas [los que buscan interiormente], aunque son perfectas, como tienen luz verdadera de Dios, con esa luz misma conocen profundamente sus miserias, flaquezas e imperfecciones, y lo mucho que les falta para llegar a la perfección a que caminan; se descontentan y aborrecen a sí mismas, y se ejercitan en amoroso temor de Dios y desprecio propio; pero con una verdadera esperanza en Dios y desconfianza de sí mismas.

Mientras más se humillan con el verdadero desprecio y conocimiento propio, más agradan a Dios, y llegan a estar con respeto singular y veneración en su presencia.

Todas las buenas obras que hacen y lo que continuamente padecen, así en lo interior como en lo exterior, no lo estiman en nada delante de aquella divina presencia.

Su actividad continua es entrarse dentro de sí , en Dios, con quietud y silencio; porque allí está su centro, su morada y su deleite. Estiman más este retiro interior que hablar de Dios: se retiran hacia aquel lugar interno y secreto, que es centro del alma, para conocer a Dios y recibir su influencia, con temor y amorosa reverencia; si salen fuera, es sólo al conocimiento y desprecio de sí mismas.

Pero sabrás que son pocas las almas que llegan a dicho estado, porque son pocas las que quieren abrazar el desprecio de sí mismas, y dejarse labrar y purificar; por cuya causa, aunque son muchas las que entran en este camino interior, es rara la que avanza y no se queda en el principio. Dijo el Señor a un alma: “Este camino interior es de pocos, y aun de raros; es una gracia tan alta, que no la merece ninguno: es de pocos, porque este camino no es otra cosa que una muerte de los sentidos, y son pocos los que así quieren morir, y ser aniquilados, en cuya disposición se funda este tan soberano don”.

Con esto te desengañarás y acabarás de conocer la diferencia grande que hay entre el camino exterior y el interior; y cuán diferente es la presencia de Dios, que nace de la contemplación de la presencia de Dios, infundida y sobrenatural, nacida del recogimiento interior e infundido, y de la contemplación pasiva. Y finalmente sabrás la diferencia grande que hay entre el hombre exterior y el interior.

 

 

CAPITULO III

El medio para alcanzar la interior paz no es
el placer sensible ni el consuelo espiritual,
sino la negación del amor propio.

 

Dice San Bernardo, que servir a Dios no es otra cosa que hacer bien y padecer mal. El que quiere caminar a la perfección por la dulzura y consuelo vive engañado. No has de querer de Dios otro consuelo, que acabar la vida por su amor en estado de verdadera obediencia y sujeción.

No fue el camino de Cristo, Señor nuestro, el de la dulzura y suavidad, ni fue éste el que nos invitó con palabras y ejemplo cuando dijo:  El que quiere venir después de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, (Mat. 16:24). Al alma que quiere unirse con Cristo, le conviene conformarse con él, siguiéndole en el padecimiento.

Apenas comenzarás a gustar de la dulzura del divino amor en la oración cuando el enemigo con cautelosa astucia te pondrá deseos de estar en el desierto y la soledad para que puedas sin estorbo de nadie tender las velas a la continua y gustosa oración.

Abre los ojos, y advierte que este consejo y deseo no se conforman con el verdadero consejo de Cristo nuestro Señor, el cual no nos invitó a seguir la dulzura y consuelo de la voluntad propia, sino a la negación propia, diciendo:  Niéguese a sí mismo. Como si dijera el que quisiera seguirme, y venir a la perfección, venda totalmente su propia voluntad y, dejando todas las cosas, se exponga en todo al yugo de la obediencia y sujeción por la negación propia, la cual es la más verdadera cruz.

Muchas almas que se hallan dedicadas a Dios reciben de la divina mano grandes sentimientos, visiones y elevaciones mentales, y con todo esto no les habrá el Señor comunicado la gracia de hacer milagros, penetrar los secretos escondidos y de anunciar los frutos, como a otras almas, que pasaron constantes por la tribulación, tentaciones y verdadera cruz, en este estado de perfecta humildad, obediencia y sujeción.

¡Oh qué gran dicha ser súbdito y sujeto!  ¡Que gran riqueza ser pobre!  ¡Qué gran honra ser despreciado!  ¡ Qué alteza ser abatido!  ¡ Qué consuelo el estar afligido! ¡Qué sublime ciencia el estar reputado por necio! Y finalmente ¡Qué felicidad de felicidades el ser con Cristo crucificado!  Esta es aquella dicha, de que el Apóstol se gloriaba: mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6:14); gloríense los otros con sus riquezas, dignidades, delicias y honras, que para nosotros no hay más honra que ser con Cristo, negados, despreciados, crucificados.

Pero ¡ay dolor! que apenas se hallará un alma que desprecie los placeres espirituales, y quiera ser negada por Cristo, abrazando su cruz con amor, muchos son llamados, y pocos escogidos. (Mat 22:14), dice el Espíritu Santo. Son muchos los llamados a la perfección, pero pocos los que llegan, porque son pocos los que abrazan la cruz con paciencia, constancia, paz y resignación.

Negarse a sí mismo en todas las cosas, estar sujeto al parecer ajeno, mortificar continuamente todas las pasiones interiores, aniquilarse en todo y por todo a sí mismo, seguir siempre lo que es contrario a la propia voluntad, al apetito y juicio propio, es de pocos: muchos son los que lo enseñan pero pocos los que lo practican.

Muchas almas emprendieron y emprenden cada día este camino y perseveran mientras gustan la sabrosa dulzura de la miel y del fervor primitivo; pero apenas cesa esa suavidad y placer sensible, por la tempestad que sobreviene de la tribulación, tentación y sequedad, necesarias para llegar al monte de la perfección, cuando declinan y vuelven las espaldas al camino: señal manifiesta que se buscaban a sí mismas y no a Dios y a la perfección.

Agrade a Dios que las almas que tuvieron luz y fueron llamadas a la paz interior y, por no estar constantes en la sequedad y tribulación volviera atrás, no sean echadas a las tinieblas exteriores, como el que fue hallado sin vestidura de boda, aunque era siervo, por no haberse dispuesto, dejándose llevar del amor propio.

Este monstruo se ha de vencer. Esta bestia de siete cabezas se ha de degollar para llegar a la cumbre del alto monte de la paz. En todo se mete este monstruo; a veces se introduce entre los deudos que impiden extrañamente en su comunicación, a que en su naturaleza se deje llevar con facilidad. A veces se mezcla con buena cara de gratitud en la afición apasionada y sin límite al confesor. A veces en la afición a las vanaglorias espirituales utilísimas, ya a las temporales y honores muy delicados, apegadas a todos los huesos. A veces se apega a los gustos y aun se asienta en los mismos dones de Dios y gracias dadas de manera gratuita. A veces desea con demasía la conservación de la salud y con disimulo el tratamiento de la propia comodidad. A veces quiere parecer bien con sutilezas muy delicadas; y finalmente se apega con notable propensión a su propio juicio y parecer en todas las cosas, cuyas raíces están entrañadas en la propia voluntad. Todos son efectos del amor propio y si no se niegan es imposible subir a la alteza de la perfecta contemplación, a la suma felicidad de la amorosa unión y sublime trono de paz interior.

 

CAPITULO IV

De los martirios espirituales con que Dios
purga al alma que quiere consigo unirla.

Ahora sabrás como suele Dios usar dos modos de purgar las almas que quiere perfeccionar y alumbrar para unirlas estrechamente consigo. El primero del cual trataremos en este y el siguiente capítulo, es con amargas aguas de aflicciones, tentaciones, angustias, apreturas e interiores tormentos.

El segundo es con fuego ardiente de amor inflamado, impaciente y hambriento. Tal vez se vale de ambos en aquellas almas que quiere colmar de gracias, de amor, de luz y de paz interior. A veces las mete en la lejía fuerte de tribulaciones y amarguras internas y externas, abrazándolas con el fuego de la rigurosa tentación; a veces en el crisol del amor ansioso y celoso, apretándolas fuertemente; porque al paso que quiere el Señor que sea mayor la iluminación y unión de un alma tanto es más fuerte el tormento y purgación; porque todo el conocimiento y unión con Dios nace del padecer, que es la prueba verdadera del amor.

¡Oh si entendieses los provechos grandes de la tribulación! Esta es la que borra los pecados, purga el alma, y obra la paciencia. Ésta es la que en la oración la inflama, la dilata, y hace ejercitar el más sublimado acto de caridad. Ésta la que alegra el alma, la acerca a Dios la hace llamar y entrar en el cielo. Ésta es la que prueba a los verdaderos siervos del Señor, y los hace fuertes y constantes. Ésta es la que hace oír a Dios, con presteza: Estando en tribulación, llamé al Señor y me escuchó (Sal 34:4). Ésta es la que aniquila y perfecciona. Ésta es, finalmente, la que hace divinas a las almas de terrestres, celestiales, y de humanas, transformándolas y uniéndolas por modo maravilloso a su humanidad y divinidad. Bien dijo San Agustín que la vida del alma sobre la tierra es la tentación.

Bienaventurada el alma que siempre es combatida si resiste constante a la tentación. Este es el medio que el Señor toma para humillarla, aniquilarla, consumarla mortificarla, negarla, perfeccionarla y llenarla de sus divinos dones. Por este medio de la tribulación y tentación la llega a coronar y transformar. Persuádete que al alma, para ser perfecta, le son necesarias tentaciones y batallas.

¡Oh alma bendita! Si tú supieses estar constante y quieta en el fuego de la tribulación, y te dejases lavar con el agua amarga de la aflicción, ¡qué presto te hallarías rica de dones celestiales, y qué presto haría en tu alma la bondad divina un rico trono y habitación para solazarse en ella!

33. - Sabe que no tiene este Señor su reposo, sino en las almas quietas, en aquéllas que el fuego de la tribulación y tentación ha quemado la escoria de las pasiones; y en aquéllas que el agua amarga de las aflicciones ha consumido las manchas sucias de los apetitos deformados. Y finalmente no descansa este Señor sino donde reina la quietud, y está desterrado del amor propio.
             
Pero no llegará su alma a este dichoso estado, ni experimentará la preciosa prenda de la paz interior aunque haya salido vencedora con la divina gracia de los sentidos exteriores, mientras no estuviese purificada de las pasiones desordenadas, de la concupiscencia, de la estimación propia, de los deseos, cuidados aunque espirituales, y de otros muchos apegos y vicios ocultos que están dentro de ella misma, impidiendo miserablemente la pacífica entrada de aquel gran Señor que quiere unirse y transformarse contigo.

Impiden también este gran don de la paz del alma las mismas virtudes adquiridas y no purificadas. También está el alma impedida por el deseo desordenado de los dones sublimes, por el apetito de sentir el consuelo espiritual por el apego a las infusas y divinas gracias, entreteniéndose en ellas y deseando muchas otras para gozarlas. Y finalmente, por el deseo de ser grande.

¡Oh, cuánto hay que purificar en un alma que ha de llegar al santo monte de la perfección y transformación con Dios! ¡Oh, qué dispuesta, desnuda, negada y aniquilada debe estar el alma para no impedir la entrada de este divino Señor y su continua comunicación!

Esta disposición de preparar el alma en su fondo para la entrada divina, es necesario que la haga la divina sabiduría. Si un serafín no es suficiente para purificar el alma ¿cómo se purificará la misma alma frágil, miserable y sin experiencia?

38. - Por eso el mismo Señor se dispondrá y preparará pasivamente, sin que tu lo entiendas, con el fuego de la tribulación y tormento interior, sin más disposición de tu parte que el consentimiento en la cruz interior y exterior.

Experimentarás dentro de ti mismo la sequedad pasiva, las tinieblas, las angustias, las contradicciones, la repugnancia continua, los desamparos interiores, las horribles desolaciones, las continuas e importunas sugestiones y vehementes tentaciones del enemigo. Y finalmente te verás tan atribulado, que no podrás alcanzar el corazón lleno de amargura, aun para hacer un mínimo acto de fe, esperanza, ni de amor.

Aquí te verás desamparado y sujeto a las pasiones de impaciencia, ira, rabia, blasfemia y apetitos desordenados, te parecerá que eres la criatura más miserable, la mayor pecadora, la más aborrecida de Dios y desnuda de toda virtud, con pena casi de infierno, viéndote afligida y desolada por rencor que has perdido del todo a Dios: este será tu cruel cuchillo y más acerbo tormento.

Pero si bien te verás así oprimido, pareciéndote con evidencia ser soberbio, impaciente y airado, no tendrán fuerza ni lugar en tu alma estas tentaciones por la virtud oculta y don interior de la fortaleza, que reina en lo íntimo de ella superando la pena más terrible, y vehemente tentación.    
       
Sé constante, ¡oh alma bendita!, sé constante que nunca amas más, ni estás más cerca de Dios que en semejante desamparo; que si bien el sol está escondido por las nubes, no cambia su lugar ni pierde por eso su hermoso resplandor. El Señor permite este penoso desamparo en tu alma para purgarte, limpiarte, negarte y desnudarte de ti mismo, y que de este modo seas tu todo suyo, y del todo te entregues a él así como su infinita bondad se da del todo a ti, para que seas sus delicias, que aunque tú gimes, te lamentas y lloras, él se alegra y goza en lo más secreto y escondido de tu alma.

 

CAPITULO V

Cuán importantes y necesario le sea al alma
interior padecer a ciegas este martirio primero
y espiritual.

 

Para que el alma, de terrestre se haga celestial y llegue a aquel sumo bien de la unión con Dios, es necesario que se purifique en el fuego de la tribulación y tentación.
 
Y aunque es verdad y máxima experimentada, que todos los que sirven al Señor han de padecer trabajos, persecuciones y tribulaciones, las dichosas almas que son guiadas de Dios, por la vía secreta del interior camino y contemplación purgativa, han de padecer sobre todo fuertes y horribles tentaciones y más atroces tormentos que aquellos que se coronaron los mártires de la primitiva iglesia.

Los mártires, además de ser breve el tormento que apenas era de días, se gozaban con la luz y socorro especial en la esperanza de los galardones cercanos y seguros. Pero el alma desolada que ha de morir en sí misma y desnudar y limpiar el corazón, viéndose desamparada de Dios, cercada de tentaciones, tinieblas, angustias, congojas, afanes y sequedades rigurosas, prueba cada instante la muerte en su penoso tormento y tremenda desolación sin experimentar un mínimo consuelo con una aflicción tan grande que no parece su pena, sino una prolongada muerte y continuo martirio. Pero ¡ay, dolor! ¡qué raras son las almas que siguen a Cristo Señor nuestro, con paz y resignación en semejantes tormentos!

Allá martirizaban los hombres y consolaba Dios al alma; ahora quien desconsuela es Dios que se esconde, y los demonios, como verdugos crueles atormentan de mil modos al cuerpo y al alma, quedando dentro y fuera todo el hombre crucificado.

Te parecerán insuperables tus angustias e inconsolables aflicciones y que el cielo ya no llueve sobre ti: te verás rodeado de dolores, rodeado de tormentos internos, las tinieblas de las potencias, la impotencia de los discursos, te afligirán las vehementes tentaciones, las penosas desconfianzas y los modestos escrúpulos: hasta la luz y el juicio te desampararán.

Todas las criaturas te darán molestia, los consejos te darán pena, la lección de los libros, aunque santos, no te consolará como solía, si te hablan de paciencia te afligirán de sobremanera; el temor de perder a Dios por tus ingratitudes y malas correspondencias te atormentará hasta lo más íntimo de las entrañas. Si gimen y piden socorro a Dios, hallarás en vez de alivio, la reprensión interior y el desfavor, como otra cananea, que al principio no la respondió y después la trató de perra. Mat 15:22-28

Y aunque en este tiempo no te desamparará el Señor, porque fuera imposible pasar un solo instante sin su ayuda; pero será tan oculto el socorro, que no lo conocerá tu alma, ni será capaz de la esperanza, y el consuelo, antes bien, le parecerá estar sin remedio, padeciendo como los condenados las penas del infierno; y las cambiaría por las suyas la muerte violenta y le sería de mucho alivio; pero le parecerá imposible, como a ellos, el fin de las aflicciones y de los desconsuelos. Me rodearon los dolores de la muerte y llegaron a mí los peligros del infierno, (Sal 144).

Pero ¡ay, alma bendita!, si tú supieses cuánto eres amada y defendida de aquel divino Señor en medio de tus amorosos tormentos, los experimentarías tan dulces que sería necesario que hiciese Dios un milagro para que vivieses. Sé constante -¡oh alma dichosa!- sé constante, ten buen ánimo, que aunque a ti misma seas insufrible, serás amparada de aquel sumo bien, y también enriquecida y amada, como si no tuvieras otra cosa que hacer, que encaminarte a la perfección, por los grados más altos del amor.

Y si no vuelves la cara y perseveras con constancia, sin dejar la empresa ten por seguro que haces a Dios el más agradable sacrificio, de tal manera que si este Señor fuera capaz de dolor no hallaría jamás quietud hasta la unión amorosa que haría con tu alma. Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Rom 12:1

Si del caos de la nada ha sacado tantas maravillas su omnipotencia, ¡qué hará en tu alma hecha a su imagen y semejanza, si tú perseveras constante, quieto y resignado, con el conocimiento verdadero de tu nada! Feliz el alma que aun cuando turbada, afligida y desolada, se está constante allá dentro, sin salir fuera a buscar el consuelo exterior.
 
No te aflijas demasiado y con inquietud porque continúen estos martirios atroces; persevera en humildad y no te salgas fuera a buscar la ayuda, que todo tu bien está en callar, sufrir y tener paciencia, con quietud y resignación. Ahí hallarás la fortaleza divina para superar esta guerra tan acerba; dentro de ti está el que por ti pelea, que es la misma fortaleza.

Cuando llegares a este penoso estado de tremenda desolación, no le es prohibido a tu alma el llanto y el lamento, mientras en la parte superior estuvieses resignada. ¿Quién podrá sufrir la pesada mano del Señor sin el llanto y el lamento? Se lamentó aquel gran campeón Job, y aun el mismo Cristo, Señor nuestro, en su desamparo; pero fueron sus llantos resignados.

No te aflijas porque Dios te crucifique y pruebe tu fidelidad; imita a la cananea, que siendo desechada, se humilló y le siguió aunque la trató de perra. Es necesario beber el cáliz y no volver atrás. Si te quitaran las escamas de los ojos como a San Pablo, verías la importancia del padecer, y te gloriarías como él, estimando en más ser crucificado que ser del apostolado.

No está la dicha en gozar, sino en padecer con quietud y resignación. Santa Teresa apareció después de muerta a un alma y le dijo que sólo la habían premiado las penas, y que no había tenido una migaja de premio de cuantos éxtasis, revelaciones y consuelos había gozado acá en el mundo.

Aunque este penoso martirio de la horrible desolación y purgación pasiva es tan tremendo que con razón le dan nombre de infierno los místicos -porque parece imposible vivir un sólo instante con tan atroz tormento, de tal manera, que se puede decir con mucha verdad, que el que lo padece vive muriendo, y muriendo vive una prolongada muerte- con todo ten presente que es necesario sufrirla para llegar a la dulce, suave y abundante riqueza de la alta contemplación y amorosa unión y no ha habido alma santa que ha llegado a este estado, que no haya pasado por este martirio espiritual y penoso tormento. San Gregorio lo padeció los dos últimos meses de su vida. Dos años y medio San Francisco de Asís, cinco Santa María Magdalena de París; Santa Rosa del Perú, quince. Y después de tantos prodigios que pasmaron al mundo, lo padeció Santo Domingo, hasta media hora antes de su feliz tránsito. Y así, si tú quieres llegar a ser lo que los santos fueron, es necesario sufrir lo que ellos sufrieron.

 

CAPITULO VI

Del segundo martirio espiritual con que Dios
purga al alma que quiere consigo unirla.

 

El otro martirio más útil y meritorio en las almas ya avanzadas en la perfección y alta contemplación, es un fuego del amor divino, que abrasa al alma y hace que pene con el mismo amor. A veces le aflige la ausencia del amado; a veces la atormenta el suave, ardiente y dulce peso de la amorosa y divina presencia. Este dulce martirio la hace siempre suspirar; unas veces si goza y tiene a su amado, con el gusto de decirle que no cabe en sí; otras, si no se manifiesta, con el ansia encendida de buscarle, hallarle y gozarle: todo esto es suspirar, padecer y morir de amor.
 
¡Oh, si se llegase a entender la contrariedad de accidentes, que un alma enamorada padece! La guerra tan terrible y fuerte por una parte, y tan dulce, suave y amorosa por otra. El martirio tan penetrante y agudo con que el amor la atormenta, y la cruz tan penosa y dulce, sin querer verse libre de ella en esta vida.

A la medida que crece la luz y el amor, crece el dolor por ver ausente el bien que tanto ama. El sentirlo cerca de sí es gozo y el no acabar de conocerlo perfectamente le acaba la vida. Tiene la comida y la bebida junto a la boca, estando con mucha hambre y sed, y no puede satisfacerse. Se ve rodeada y anegada en un mar de amor, y la mano poderosa junto a sí que la puede remediar, y con todo eso no lo hace, ni sabe él cuándo verá lo que tanto desea.

Siente a veces la voz interior de su amado que le da prisa y llama, y un silbido muy delicado, que sale de lo íntimo del alma donde él mora, que la penetra fuertemente hasta derretirla y deshacerla, viendo cuán cerca lo tiene dentro de sí, y cuán lejos, pues no acaba de poseerlo. Esto la embriaga, desmaya, desfallece y llena de insaciabilidad; por eso se dice, que el amor es fuerte como la muerte; pues también él mata como ella.

 

CAPITULO VII

La mortificación interior y perfecta
resignación son necesarias para
alcanzar la paz interior.

 

La flecha más sutil que nos tira la Naturaleza, es inducirnos a lo ilícito con pretexto de que es necesario y provechoso. ¡ , cuántas almas se han dejado llevar y han perdido el espíritu por este dorado engaño! No gustarás jamás del silencioso maná, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe, (Apoc 2:17) ; si no vences perfectamente, hasta morir en ti mismo; porque el que no procura morir a sus pasiones no está bien dispuesto para recibir el don de entendimiento, sin cuya infusión es imposible que entre en la introversión y se cambie en el espíritu, y así los que están fuera, viven sin él.
 
Resígnate y niégate en todo, que aunque la verdadera negación propia es dura al principio, es fácil en medio y al fin es suavísima. Conocerás que estás muy lejos de la perfección, si no hallas a Dios en todas las cosas. Sabrás que el amor puro y perfecto y esencial consiste en la cruz, en la negación voluntaria y resignación, en la humildad perfecta, pobreza de espíritu y desprecio de ti mismo.

64. - En el tiempo de la tentación rigurosa, desamparo y desolación, lo que importa entrarte y estarte, en lo íntimo de tu centro, para que sólo mires y contemples a Dios, que tiene su trono y quietud en el fondo de tu alma. Experimentarás la impaciencia y amargura de corazón, que nacen del fondo del amor sensible, vacío y poco mortificado. Se Conoce el verdadero amor y sus efectos cuando el alma se humilla profundamente y quiere verdaderamente ser mortificada y menospreciada.

Muchos hay que se han dado a la oración, y no gustan de Dios, porque en saliendo de la oración no se mortifican, ni atienden más a Dios. Es necesario para alcanzar la pacífica y continua atención, gran pureza de intención de corazón, grande paz de alma y total resignación. A los sencillos y mortificados les es muerte la recreación de los sentidos, nunca van a ella sino forzados por necesidad y edificación del prójimo.

Sabrás que el fondo de nuestra alma es el asiento de nuestra felicidad. Allí nos manifiesta el Divino Señor las maravillas. Allí nos ahogamos y perdemos en el mar inmenso de su infinita bondad, en quien quedamos estables e inmóviles. Allí reside la inefable fruición de nuestra alma y la eminente y amorosa quietud y descanso. El alma humilde y resignada que llegó a este fondo, ya no busca sino el grado puro de Dios, y el divino y amoroso espíritu la enseña de todas las cosas su suave y viva unión.

Entre los santos se hallan algunos gigantes, que continuamente padecen con tolerancia los achaques del cuerpo, de los cuales tiene Dios mucho cuidado; pero es alto y supremo don el de aquellos que por la fortaleza del Santo Espíritu toleran con resignación y paciencia las cruces exteriores e interiores. Este es aquel género de santidad tan raro, como precioso delante de los ojos de Dios. Son raros los espirituales que van por este camino, porque son pocos en el mundo los que totalmente se nieguen a sí mismos para seguir a Cristo crucificado, con sencillez y desnudez de espíritu, por los desiertos y espinosos caminos de la cruz sin hacer de sí mismos reflexión.

La vida negada es sobre todos los milagros de los santos, ni conoce si es una, o muerta, si perdida o ganada; si consiente o resiste, porque a nada puede hacer reflexión:  esta es la vida resignada y la verdadera, pero aunque en mucho tiempo no llegues a este estado, y te parezca no has dado un paso, no por eso desmayes, que lo que se le ha negado a un alma en muchos años suele Dios dárselo en un punto.

El que desea padecer a ciegas, sin el consuelo de Dios ni de las criaturas, tiene mucho camino andado como para poder resistir las acusaciones injustas que contra él hacen los enemigos, aun en las más tremenda e interior desolación.

La persona espiritual que vive para Dios y en Dios, en medio de las adversidades del cuerpo y del alma, está interiormente contento, porque la cruz y la aflicción son su vida y sus delicias. La tribulación es un gran tesoro con el cual honra Dios en esta vida a los suyos; por eso los hombres malos son para los buenos necesarios, y también los demonios, que por solicitar nuestra ruina, nos afligen, y en vez de mal, nos hacen el mayor bien que se puede imaginar. Para que la vida humana sea aceptable para Dios, no puede estar sin la tribulación, así como el cuerpo sin el alma; el alma sin la gracia y la tierra sin el sol. Con el viento de la tribulación Dios separa, en el campo del alma, la paja del grano.

Cuando Dios crucifica en lo íntimo del alma, no puede ninguna criatura consolarla, antes bien, los consuelos le son graves y amargas cruces. Y si está bien instruida en las leyes y disciplinas de los caminos del amor puro, en el tiempo de las grandes desolaciones y trabajos anteriores, no debe, ni podrá buscar fuera el consuelo en las criaturas, ni lamentarse con ellas; ni podrá leer libros espirituales, porque este es un modo oculto de apartarse del padecer.

Ten lástima de las almas que no se les puede persuadir que la tribulación y el padecer son el mayor bien. Los perfectos siempre han de desear morir y padecer; siempre muriendo y siempre padeciendo. Es raro el hombre que no padece, porque nació para trabajar y padecer, y mucho más los amigos y escogidos de Dios.

Desengáñate, que para llegar el alma a la transformación total con Dios, es necesario que se pierda y se niegue a su vivir, sentir, saber, poder y morir; viviendo y no viviendo; muriendo y no muriendo; padeciendo y no padeciendo; resignándose y no resignándose, sin reflejar acerca de nada.

La perfección en sus sequedades no recibe sus esplendores sino por el fuego, martirio, dolores, tormentos, penas y desprecios de buena gana sufridos. Y el que desea ver siempre donde poner el pie para descansar y no traspasa la región de la razón y del sentido, no entrará jamás a la cabina secreta de la ciencia mística, aunque leyendo guste y saboree por fuera su inteligencia.

 

CAPITULO VIII

Prosigue lo mismo.

Sabrás que no se manifestará el Señor dentro de tu alma, mientras no estuviere negada en sí misma y muerta en sus sentidos y potencias. Ni llegará jamás a este estado, hasta que resignada perfectamente se resuelva a estar con Dios a solas estimando tanto los dones como los desprecios, la luz como las tinieblas, y la paz como la guerra. Finalmente, para que el alma llegue a la perfecta quietud y suprema paz interior, debe primero morir en sí misma y unirse sólo en Dios y para Dios.

Sabe que mientras más esté muerta tu alma en sí misma, tanto más conocerá a Dios. Pero si no atiende a la continua negación de sí misma y a la interior mortificación, no llegará jamás a este estado ni conservará a Dios dentro de sí, y así siempre estará sujeta a los accidentes y pasiones del ánimo que son, juzgar, murmurar, resentir, excusarse, defenderse por conservar su honra y estimación propia, enemigos de la quietud, de la perfección, de la paz y del espíritu.
             
La diversidad de los estados entre las personas espirituales, sólo consiste en no morirse todos igualmente. Pero en los dichosos que mueren continuamente tiene Dios su paraíso, su honra, sus bienes, y sus delicias en la tierra. Grande es la diferencia que hay entre el hacer, padecer y morir; el hacer es deleitable y de principiante; padecer con deseo, es de los que avanzan; el morir siempre en sí mismos es de los avanzados y perfectos, de cuyo número son bien raros los que se hallan en el mundo.

¡Qué feliz serás si no cuidas de otra cosa que de morir en ti misma! Entonces no sólo saldrás vencedora de los enemigos, sino de ti misma, en cuya victoria hallarás el puro amor, la perfecta quietud y paz, y la divina sabiduría. Es imposible que nadie pueda sentir y vivir místicamente, en sencilla inteligencia de la divina e infusa sabiduría, sino muere primero en sí, por la total negación del sentido y apetito racional.

La verdadera lección de la persona espiritual, y lo que tu debes aprender, es dejar todas las cosas en su lugar y no mezclarte ni introducirte en ninguna cosa que no sea por obligación de oficio; porque el alma que se mortifica en dejarlo todo por Dios, entonces comienza a tenerlo todo para la eternidad.

Hay algunas almas que buscan el descanso, otras sin buscarlo gustan de él; otras gustan de pena; y otras la buscan. Las primeras no andan nada; las segundas caminan; las terceras corren y las cuartas vuelan.

Sentir mal del deleite, y tenerlo por tormento es propiedad de la persona verdaderamente mortificada. El gozo y paz interior son frutos del espíritu divino y ninguno los llega a poseer, si en lo íntimo del corazón no está resignado. Mira que los enojos de los buenos pasan pronto; pero con todo eso procura no tenerlos ni para pararse en ellos porque dañan la salud, perturban la razón el espíritu.
             
Entre otros santos consejos que se han de observar, atiende al que se sigue: no mires los defectos ajenos, sino los propios; guarda el silencio con una continua conversación interior; mortifícate en todo y a todos horas, y con eso te librarás de muchas imperfecciones y te harás señor de grandes virtudes. Mortifícate a ti mismo en no juzgar mal jamás a nadie; porque la mala sospecha del prójimo turba la pureza del corazón, le inquieta, hace salir fuera al alma y la desasosiega.

No tendrás jamás resignación perfecta si miras los respetos humanos y reflejas en el pequeño ídolo del qué dirán. El alma que camina por la vía interior se perderá si busca la razón entre las criaturas y su conversación: no hay más razón que no mirar a la razón, y pensar que Dios permite que se nos hagan sinrazones para humillarnos y aniquilarnos, y para que en todo vivamos resignados. Mira que estima Dios más un alma que vive resignada interiormente, que otra que hace milagros, aunque resucite muertos.
             
Hay algunas almas, que aunque tienen oración, por no mortificarse, siempre se quedan imperfectas y llenas de amor propio. Ten por verdad máxima, que al alma de sí misma despreciada, y que en su conocimiento es nada, nadie le puede hacer agravio ni injuria. Finalmente, espera, sufre, calla, y ten paciencia; nada te turbe, nada te espante, que todo se acaba; sólo Dios no cambia, y la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, todo lo tiene; quien a Dios no tiene, todo le falta.

 

CAPITULO IX

Para alcanzar la interior paz,
es necesario que el alma conozca su miseria.

Si el alma no cayese en algunos defectos, jamás llegaría a penetrar su miseria, aunque oiga voces vivas y lea libros espirituales. Ni podrá jamás alcanzar la preciosa paz, si primero no conoce su miserable flaqueza; porque es difícil el remedio donde no hay conocimiento claro del defecto. 

Permitirá Dios en ti uno y otro defecto, para que con ese conocimiento de sí misma viéndote tantas veces caída, te persuadas que eres nada en donde se funda la humildad perfecta y la paz verdadera, y para que penetres mejor tu miseria y lo que eres, quiero darte a entender algunas de tus muchas imperfecciones.

Estás tan vivo, que si por ventura caminando te detienen el paso, o estorban el camino sientes el infierno. Si te niegan lo debido o se oponen a tu gusto te embraveces con sentimiento. Si ves algún defecto en el prójimo, en vez de compadecerle y pensar que estás sujeto a la misma caída, le reprendes con imprudencia. Si deseas algo de comodidad propia y no lo puedes alcanzar, te melancolizas y te llenas de amargura. Si recibes del prójimo algún pequeño agravio, te alteras y lamentas. De manera que por cualquier niñería te descompones dentro y fuera, y te pierdes en ti mismo.

Bien quisieras ejercitar la paciencia, pero si otros son pacientes contigo. Pero si son impacientes, das con muchas industria la culpa al compañero, sin considerar que tú mismo eres intolerable. Pasado el rencor, te vuelves con astucia a hacerte virtuoso, dando documentos y refiriendo sentencias espirituales con sutil ingenio, sin enmendarte de tus pasados defectos. Aunque te acusas de buena gana, reprendiendo tus culpas en presencia de otras personas, más bien bien haces esto para justificarte en frente de quien ve tus defectos, para volver de nuevo a la antigua estima de ti mismo, lo cual es por falta de humildad perfecta.

Otras veces alegas sutilmente que no por vicio, sino por celo de justicia te lamentas con el prójimo: te persuades las más veces que eres virtuoso, constante y valeroso hasta dar la vida en manos del tirano, solo por el amor divino, y apenas oyes la palabrita amarga, cuando te afliges, te turbas, y te inquietas. Todas son industriosas mañas del amor propio, y soberbias secretas de tu alma. Conoce, pues, que reina en ti el amor propio, y que para alcanzar esta preciosa paz, es el mayor impedimento.

CAPITULO X

Se enseña y descubre cual sea la humildad falsa
y la verdadera, y se declaran sus efectos.

Sabrás que hay dos formas de humildad, una falsa y fingida, y otra verdadera. La fingida es, de aquellos, que como el agua ha de subir, reciben una caída exterior y de sumisión artificial, para subir de nuevo rápidamente. Estos evitan la estimación y la honra, para que los tengan por humildes; dicen de sí que son muy malos para que los tengan por buenos; y aunque conocen su miseria, no quieren que de los otros sea conocida. Esta es humildad falsa, fingida y soberbia secreta.

Hay otra humildad verdadera, y es de aquellos que alcanzaren un hábito perfecto de humildad. Estos jamás piensan en ella, sino que juzgan humildemente de sí, obran con fortaleza y tolerancia, viven y mueren en Dios, ni tienen consideración de sí ni de las criaturas: en todo se están constantes y quietas; sufren con gozo las molestias, deseando siempre mayores molestias para imitar a su amado y despreciado Jesús; desean ser tenidos por fábula y escarnio en el mundo; se contentan con lo que Dios les da y se encogen con sosegada confusión en los defectos; no se humillan por el consejo de la razón sino por el afecto de la voluntad: no hay honra que apetezcan, ni injuria que los turbe; no hay trabajo que los inquiete, ni prosperidad que les ensoberbezca; porque se están siempre inmóviles en su nada, y en sí mismos con perfecta paz.

Y para te desengañes de la humildad interior y verdadera, sabrás que no consiste en los actos exteriores, en tomar el lugar más pequeño, ni vestir al pobre, hablar bajo, cerrar los ojos, suspirar afectuosamente, ni en acusarse de defectos, diciendo que uno es miserable para dar a entender que es humilde. Sólo está en el desprecio de sí mismo y en el deseo de ser despreocupado, con un bajo y profundo conocimiento, sin que el alma se tenga por humilde, aunque un ángel se lo revele.

El arroyo de luz conque el Señor en las mercedes ilumina al alma, hace dos cosas: descubre la grandeza de Dios, y al mismo paso hace conocer al alma su hediondez y miseria, de manera que no hay lengua que pueda decir el abismo en que queda sumergida, deseosa que todos conozcan su vileza, y está tan lejos de la vanagloria y de la complacencia, que ve la gracia de Dios como solamente bondad de él, y pura misericordia suya, con lo cual Dios se agrada en tenerle lástima.

Nunca serás dañada de los hombres ni de los demonios sino de ti misma, de tu propia soberbia, y de la violencia de tus pasiones. Guárdate de ti, porque tú mismo eres para ti el mayor demonio del infierno. No quieras ser estimado, cuando Dios hecho hombre es tenido por necio, embriago y endemoniado. ¡Oh necedad de los cristianos, que queremos gozar de la felicidad sin querer imitarle en la cruz, en los oprobios en la humildad, pobreza y demás virtudes!

La persona verdaderamente humilde se está en la quietud de su corazón reposado, allí sufre la prueba de Dios, de los hombres y del demonio sobre toda razón y discreción, poseyéndose a sí mismo en paz y quietud, esperando con toda humildad el agrado puro de Dios, así en la vida como en la muerte. No le inquietan las cosas de afuera más que si no fuesen. A éste la cruz y muerte son delicias aunque exteriormente no lo manifieste. Pero ¡ay de quien hablamos, que se hallan pocos de estos humildes en el mundo!

Desea, espera, sufre y muere incógnitamente, que esto es el amor humilde y el perfecto. ¡Oh, que de paz experimentarás en el alma, sí te humillas profundamente y abrazas los desprecios! No serás perfectamente humilde, aunque conozcas tu miseria, si no deseas que sea conocida por todos; entonces huirás las alabanzas, abrazarás las injurias, despreciarás todo lo creado, hasta a ti mismo, y si te viniese alguna tribulación no culparás a ninguno, sino que juzgarás que viene de la mano del Creador como dador de todo bien.

Si quieres llevar bien los defectos de tus prójimos, pon los ojos en los tuyos propios. Y si piensas haber hecho algún provecho en la perfección de ti mismo, sabe que no eres humilde, ni has dado un paso en el camino del espíritu.

Los grados de la humildad son las calidades del cuerpo en la tumba; es decir estar en el lugar del sepulcro como un muerto; como también estar hediendo, y corrompido; y en su propia estimación ser polvo y nada. Finalmente, si quieres ser bienaventurado, aprende a menospreciar, y a ser menospreciado.

 

CAPITULO XI

Principios para conocer el corazón sencillo,
humilde y verdadero.

Aliéntate a ti mismo para ser humilde, abrazando las tribulaciones como instrumento de tu bien, alégrate en el desprecio, y desea que sólo Dios te sea único refugio, amparo y consuelo. Ninguno, por grande que sea en este mundo, es más de aquello que fuere en los ojos de Dios, y así el verdadero humilde desprecia todo cuanto hay hasta sí mismo, y sólo en Dios tiene un reposo y descanso.

La persona verdaderamente humilde sufre con quietud y paciencia los trabajos interiores, y éste en poco tiempo camina mucho, como el que navega con viento en popa.

La persona verdaderamente humilde halla a Dios en todas las cosas, y así todo lo que le sucede de desprecios, injurias y afrentas, por medio de las criaturas, lo recibe con gran paz y quietud interior, como enviado de la divina mano, y ama sumamente al instrumento, con el cual le prueba el Señor.

102. - No ha llegado a tener humildad propia el que se complace en la alabanza, aunque no la desee, ni la busque, y aunque huya de ella, porque el corazón humilde le son amargas cruces, aunque en todo se está quieto e inmóvil.
 
No tiene humildad interior el que no se aborrece a sí mismo con un mortal odio, pero pacífico y quieto. No llegará jamás a alcanzar este tesoro, el que no tuviese un bajo y profundísimo conocimiento de su vileza, de su hediondez y miseria.

El que se excusa y alega no tiene corazón sencillo y humilde, especialmente si es con los superiores, porque los alegatos nacen de la soberbia secreta, que reina en el alma, y que es su ruina total.

La terquedad supone poca sumisión, y sumisión menos humildad, y ambas juntas son fomento de inquietud, discordia y turbación.
 
Al humilde corazón no le inquietan las imperfecciones aunque le traspasen el alma de dolor por ser contra su amoroso Señor. A éste no le turba tampoco el no poder hacer cosas grandes, porque siempre que está en nada, y su miseria, antes bien se admira de sí mismo cuando hace alguna cosa de virtud y luego da las gracias al Señor con un verdadero conocimiento de que es sólo Su Divina Majestad el que lo hace todo, y queda descontento consigo mismo por las cosas que obra.

La persona verdaderamente humilde, aunque lo ve todo, no mira nada para juzgarlo, porque sólo de sí juzga mal.

108. - La persona verdaderamente humilde siempre halla excusa para defender al que le mortifica, por lo menos en la intención sana. ¿Quién se enojará, pues, con el bien intencionado?

Tanto y más desagrada a Dios la falta de humildad, como la verdadera soberbia; porque aquélla es también hipocresía.

La persona verdaderamente humilde, aunque le sucedan todas las cosas al revés, ni se inquieta ni se aflige, porque le coge prevenido y le parece que ni aun eso merece. Este no se inquieta en los pensamientos molestos conque el demonio le atormenta, ni en las tentaciones, tribulaciones y desolaciones; antes bien se reconoce indigno y lo tiene a gran consuelo que el Señor le atormente por el demonio, aunque tan vil instrumento, y todo lo que padece le parece nada, ni jamás hace cosa que juzgue merece se haga caso de ella.

El que ha llegado a la perfecta humildad interior, aunque no se inquiete de nada, como se aborrece por conocer en todo su imperfección, su ingratitud y miseria, padece gran cruz en su sufrirse a sí mismo. Esta es la señal para conocer la verdadera humildad del corazón; pero esta dichosa alma, que ha llegado a este santo odio de sí misma, vive anegada, abismada y sumergida en su nada, de donde la eleva el Señor para comunicar la divina sabiduría y hacerla rica de luz, de paz, de tranquilidad y amor.

 

CAPITULO XII

La soledad interior es la que principalmente
conduce para alcanzar la paz interior.

Sabrás que aunque la soledad exterior ayuda mucho para alcanzar la paz interior, no es esta de la que habló el Señor cuando dijo por su profeta: Llevaréla a la soledad, y la hallaré al corazón (Osea. 2); sino de la interior, que es la única que conduce, para alcanzar la preciosa margarita de paz interior. La soledad interior consiste en el olvido de todas las criaturas, en el despego y perfecta desnudez de todos los afectos, deseos y pensamientos, y de la propia voluntad. Esta es la verdadera soledad, donde descansa el alma con una amorosa e íntima serenidad, en los brazos del sumo bien.

¡Oh qué infinitos espacios hay dentro del alma, que ha llegado a esta divina soledad! ¡Oh qué íntimas, qué retiradas, qué secretas, qué anchas y qué inmensas distancias hay dentro del alma feliz que ha llegado a ser verdaderamente solitaria! Allí trata y se comunica el Señor interiormente con el alma. Allí la llena de sí, porque está vacía; la viste de su luz y amor, porque está desnuda; la eleva porque está baja y la une y la transforma en sí porque está sola.

¡Oh apacible soledad y cifra de eternos bienes! ¡Oh espejo donde se mira de continuo el Padre Eterno! Con razón te llaman soledad, porque estás sola, que apenas hay un alma que te busque, que te ame, y te conozca. ¡Oh divino Señor! ¿Cómo las almas no caminan a esta gloria de la tierra? ¿Cómo pierden tanto bien por un solo afecto y deseo de lo creado? ¡Oh qué dichosa serás si lo dejas todo por Dios! A él solo busca, a el solo anhela y por él solo suspira. No quieras nada y nada te dará molestia, y si deseases algún bien, aunque espiritual, sea de manera que no te inquiete cuando no se consiga.
 
Si con esta libertad dieres a Dios el alma despegada, libre y sola, serás la más feliz de las criaturas de la tierra; porque en esta santa soledad tiene el Altísimo su habitación secreta. En este desierto y paraíso, se deja Dios tratar, y solamente en este retiro interior se oye aquella maravillosa, eficaz, interior y divina voz. Si quieres entrar en este cielo en la tierra, olvida todo, cuidado y pensamiento, despójate de ti mismo para que viva el amor de Dios en tu alma. Vive cuanto pudieres abstraído de criaturas, entrégate en todo a su Creador y ofrécete en sacrificio de paz y quietud de espíritu.
 
Sabe que mientras más el alma se desnuda, más se va entrando en la soledad interior y tanto más queda, de Dios vestida, y cuanto más el alma queda sola y vacía de si misma, tanto más el divino espíritu la llena.

No hay vida más bendita que la solitaria;  porque en esa vida feliz se da Dios a toda la criatura, y la criatura toda a Dios por una unión de amor íntima y suave. ¡Oh, qué pocos llegan a gustar esta verdadera soledad! Para que el alma sea solitaria, debe olvidarse de todas las criaturas, y aún de sí misma, de otro modo no podrá llegarse interiormente a Dios.

Muchos dejan todas las cosas temporales; pero no dejan su gusto, su voluntad, y a sí mismos, y por eso son tan pocos las personas verdaderamente solitarias, porque si el alma no se despega de su gusto, de su despego, de su voluntad, de los dones espirituales y del descanso, aún en el mismo espíritu no podrá llegar a esta suma felicidad de la soledad interior.
 
Camina ¡Oh alma bendita!, camina sin detenerte a esta bienaventuranza de la interior soledad. Mira que te da Dios voces para que te entres en su centro interior, donde te quiere renovar, cambiar, llenar, vestir y enseñar un reino nuevo y celestial, lleno de alegría, de paz, de gozo y de serenidad.

 

CAPITULO XIII

Se explica qué cosa es
la contemplación infusa y pasiva,
y se declaran sus maravillosas efectos.

Sabrás que cuando el alma ya está habituada al recogimiento interior y contemplación adquirida que hemos dicho; cuando ya está mortificada y en todo desea negarse a sus apetitos; cuando ya muy de veras abraza la mortificación interior y exterior, y quiere muy de corazón morir a sus pasiones y propias operaciones, entonces suele Dios llevarla, elevándola sin que lo advierta, a un perfecto reposo, en donde suave e íntimamente le infunde su luz, su amor y fortaleza, encendiéndola e inflamándola con verdadera disposición para todo género de virtud.

Allí el Esposo divino, suspendiéndole los poderes, la adormece con un suavísimo y dulcísimo sueño: allí dormida y quieta recibe y goza, sin entender lo que goza, con suavísima y dulcísima calma. Allí el alma elevada y sublimada en este estado pasivo se halla unida al sumo bien, sin que le cueste fatiga esta unión. Allí en aquella suprema región y templo sagrado del alma, se agrada el sumo bien, se manifiesta y deja de gustar de la criatura, con un modo superior a los sentidos y a todo humano entender. Allí el solo espíritu, que es Dios, no siendo la pureza del alma capaz de las cosas sensibles, la domina y se hace dueño, comunicándole sus ilustraciones y sentimientos necesarios para la más pura y perfecta unión.

Vuelta en si el alma de estos abrazos dulces y divinos, sale rica de luz, de amor, y de una estima de la divina grandeza y conocimiento de su miseria hallándose toda cambiada divinamente y dispuesta a abrazar, a padecer y a practicar la virtud más perfecta.

Es, pues, la sencilla, pura, infusa y pasiva contemplación, una manifestación experimental e íntima, que da Dios de sí mismo, de su bondad, de su paz y de su dulzura; cuyo objeto es Dios puro, inefable, abstraído de todos los pensamientos particulares dentro del silencio interno. Pero es Dios que nos deleita, Dios que nos atrae, Dios que nos levanta dulcemente con un modo espiritual y purísimo: don admirable que le concede Su Divina Majestad a quien quiere, como quiere y cuando quiere, y por el tiempo que quiere, aunque el estado de esta vida más es de cruz de paciencia, de humildad y de padecer que de gozo.

Jamás gustarás este divino néctar si no te adelantas a la virtud, y a la mortificación interior; si no procuras muy de corazón establecer en tu alma una gran paz, silencio, olvido y soledad interior ¿cómo se ha de oír la voz suave, interna y eficaz de Dios en medio de los bullicios y tumultos de las criaturas? ¿Y cómo se ha de oír el puro y divino espíritu en medio de las consideraciones artificiosas y discursos?  Pero si tu alma no quiere continuamente morir en sí, negándose a todas estas materialidades y satisfacciones no será otra cosa tu contemplación que una pura vanidad, una complacencia y una presunción.

CAPITULO XIV

Prosigue lo mismo.

No siempre se comunica Dios con la misma abundancia en esta suavísima e infusa contemplación; unas veces se abre más que otras, y no espera tal vez que el alma esté tan muerta y negada, ya que como este don es de gracia él lo da cuando quiere, a quien quiere y como quiere, sin que se pueda hacer una regla general de esto ni se puede poner tasa a su divina grandeza; antes bien, por medio de la misma contemplación, la hace negar, aniquilar y morir.

Tal vez da el Señor más luz al entendimiento, tal vez mayor a la voluntad. No necesita fatigarse aquí el alma, debe recibir lo que Dios le da y quedar unida como él quiere; porque Su Divina Majestad es el dueño y en el mismo tiempo que la adormece, la posee, la llena y obra poderosa y suavemente en ella sin industria y sin que lo conozca; de manera, que antes de advertir esta gran misericordia, se halla ganada, convencida y divinamente cambiada.

El alma que se halla en este dichoso estado ha de huir de dos cosas que son la actividad del espíritu humano y el apego. Nuestro espíritu humano no quiere morir en sí mismo, sino obrar y discurrir a su modo usando sus propias operaciones; es necesaria una gran fidelidad y desnudez de sí misma para llegar a la perfecta y pasiva capacidad de las divinas influencias; los hábitos continuos que tiene de obrar con libertad, le impiden su aniquilación.

128. - La segunda es el apego a la misma contemplación. Debes, pues, procurar en tu alma una perfecta desnudez de todo cuanto hay, hasta del mismo Dios, sin buscar en lo interior ni en lo exterior, otro fin ni interés que la divina voluntad.

Finalmente, el modo con que de tu parte has de disponer para esta pura, pasiva y perfecta oración, es una total y absoluta entrega en las manos divinas, con una sumisión perfecta en su santísima voluntad, para estar ocupada a su gusto y disposición, recibiendo con igualdad y perfecta resignación cuanto ordenare.

Sabrás que son pocas las almas que llegan a esta oración infusa y pasiva; porque son pocas las que son capaces de estas divinas influencias; con total desnudez y muerte de su propia actividad y potencias. Solamente aquellos que lo experimentan lo saben. Esta perfecta desnudez se alcanza mediante la gracia divina con una mortificación continua e interior, muriendo a todas las inclinaciones y deseos propios.
          
En ningún momento has de mirar los efectos que se obran en tu alma, pero con especialidad en éste; porque será poner impedimento a las operaciones divinas que la enriquecen. Sólo ha de ser tu anhelo la indiferencia, la resignación y el olvido, y sin que tú lo adviertas, el bien más grande dejará en tu alma una apta disposición para la práctica de las virtudes; un verdadero amor a la cruz, a tu desprecio, a tu aniquilación y deseos íntimos y eficaces de la mayor perfección y de la más pura y efectiva unión.

 

CAPITULO XV

De dos medios por donde sube el alma a la contemplación infusa,
y se explica cuáles y cuántos son sus grados.

Dos son los medios por los cuales sube el alma a la felicidad de la contemplación y el amor afectivo: el placer y los deseos. Al principio Dios suele llenar el alma de placeres sensibles, porque es tan frágil y miserable, que sin este prevenido consuelo no puede volar a la fruición de las cosas del cielo. En este primer grado se dispone con la contrición y se ejercita con la penitencia, meditando sobre la Pasión del Redentor, desarraigando con grande ahínco los deseos mundanos y costumbres viciosas; porque el reino de los cielos padece violencia y no lo conquistan los miedosos y delicados, sino los que se usan fuerza y violencia con ellos mismos.

El segundo son los deseos. Cuanto más se gustan las cosas del cielo, tanto más se apetecen, y así a los gustos espirituales le siguen los deseos de gozar los bienes celestiales y divinos, y despreciar los terrenos. De estos deseos nace la inclinación de imitar a Cristo, nuestro Señor, que dijo:  Yo soy el camino, la verdad y la vida (Juan 14). Los pasos de su imitación, con la cual el hombre se debe elevar, son la caridad, la humanidad, la mansedumbre, la paciencia, la pobreza, el desprecio propio, la cruz, la oración y la mortificación.
 
Los grados de la contemplación infusa son tres. El primero es la hartura. Cuando el alma se llena de Dios, concibe odio a todo lo mundano: entonces se quieta y se sacia solamente con el amor divino. El segundo es la embriaguez. Este grado es un exceso mental y elevación del alma, nacida del amor divino y de su hartura.

El tercero es la seguridad, cuyo grado destierra todo temor. El alma está tan embebida en el amor divino y queda tan resignada en el divino beneplácito, que si supiese que es la voluntad del Altísimo, se iría de muy buena gana al infierno. Experimenta en este grado un cierto vínculo de la divina unión, que le parece imposible separarse de su amado y de su infinito tesoro.

Hay otros seis grados de contemplación que son: fuego, unción, elevación, iluminación, gusto y descanso. Con el primero se enciende el alma, encendida se unge, ungida es elevada, elevada contempla, contemplando gusta, y gustando descansa y reposa. Por estos grados el alma se eleva abstraída y experimentada en la vía espiritual e interior.

En el primer grado, que es el fuego, se ilustra el alma, mediante el rayo divino y ardiente, encendiendo los afectos divinos y secando los humanos. El segundo grado es la unción, la cual es un licor suave y espiritual que difundiéndose por toda el alma, le enseña, corrobora y dispone para recibir y contemplar la verdad divina. Y tal vez se extiende hasta la misma naturaleza, corroborándola para la tolerancia, con un gusto sensible que parece celestial.

El tercero es una elevación del hombre interior sobre sí mismo, para llegar más apto a la parte clara del puro amor.

El cuarto, que es la iluminación, es un conocimiento infuso emanado de la verdad divina, suavidad y dulzura, a quien el alma contempla subiendo de claridad en claridad y de luz en luz, conducida del espíritu divino.

El quinto es un sabroso gusto de la dulzura divina, emanado de la abundante y preciosa fuente del Santo Espíritu.

141. - El sexto es una tranquilidad suave y admirable, nacida del vencimiento de la guerra interior, y oración frecuente, experimentada de muy pocos y aún de raros. Aquí es tanta la abundancia del júbilo y de la paz, que al alma le parece estar como en un sueño suave, solazándose y descansando en el divino y amoroso pecho.

Otros muchos grados hay de contemplación como son, éxtasis, raptos, derretimiento, delirio, júbilo, beso, abrazo, exaltación, unión, transformación, nupcias y matrimonio, los cuales dejo de explicar por huir la especulación y porque hay libros enteros de esos puntos; aunque todos son para quien no los experimenta, como el color al ciego y al sordo la armonía. Finalmente por estos escalones se asciende al reclinatorio y descanso del rey pacífico y verdadero Salomón.

 

CAPITULO XVI

Señales para conocer el hombre interior y el ánimo purgado.

Cuatro son las señales para conocer el hombre interior. La primera, si ya el entendimiento no produce otros pensamientos que aquellos que excitan a la luz de la fe; y la voluntad está ya tan habituada, que no engendra otros actos de amor sino de Dios y en orden a Dios. La segunda, si cuando cesa de la obra exterior en que estaba ocupado, luego, y con facilidad se convierten a Dios el entendimiento y la voluntad. La tercera, si en entrando en la oración se olvida de todas las cosas como si no lo hubiera visto ni tratado. La cuarta, si se porta en orden a las cosas exteriores, como si de nuevo entrara en el mundo, temiendo entremeterse con los negocios, aborreciéndolos por naturaleza, a menos que la caridad le obligue.

Esta alma ya está libre de lo exterior y con facilidad se entra en la soledad interior, donde sólo ve a Dios, amándole con quietud, paz y verdadero amor. Allí en aquel íntimo centro está el Señor hablándole amorosamente, enseñándole un nuevo reino, la verdadera paz y alegría.

A esta alma espiritual, abstraída y retirada, no se le rompe la paz interior, aunque en lo exterior padezca guerra, porque no llegan con infinita distancia las tempestades al serenísimo cielo interior, donde reside el puro y perfecto amor, que si bien algunas veces se ve desnuda, desamparada, combatida y desolada, es solamente el furor de la tempestad, que desafía por afuera.

Este amor íntimo engendra cuatro efectos. El primero se llama ilustración que es un conocimiento sabroso y experimental de la grandeza de Dios y de la propia nada. El segundo es inflamación, la cual es un encendido amor y deseo de abrazarse como la salamandra, en el fuego amoroso y divino. El tercero es la suavidad, que es una fruición pacífica, alegre, suave e íntima. El cuarto es absorbimiento del poder de Dios. Las tiene el Señor tan ocupadas y embebidas en sí, que el alma ya no puede buscar, desear ni querer otra cosa que su bien sumo e infinito.

De esta plenísima hartura nacen dos efectos. El primero, un gran ánimo para padecer por Dios. El segundo, una cierta esperanza o seguridad que jamás le ha de perder ni de él se ha de separar. Aquí en este retiro interior el amado Jesús tiene su paraíso al cual podemos subir estando y conversando en la tierra. Y si deseas saber quién es el que totalmente llevado al retiro interior con simplificación alumbrada en Dios, digo que es aquel que en la adversidad, en la desolación del espíritu, y en la falta de lo necesario, se está firme e inmóvil. Estas almas constantes e interiores están desnudas por afuera y totalmente difundidas en Dios, a quien contemplan continuamente. No tienen ninguna mancha; viven en Dios y de Dios mismo; resplandecen sobre mil soles; son amadas del Hijo, hijos queridos del Padre, y esposas del Espíritu Santo.

Por tres señales se conoce la mente purgado, como dice Santo Tomás en un tratado. La primera, la diligencia, que es una fortaleza de ánimo que arroja toda negligencia y pereza, para disponerse con solicitud y confianza a obrar bien las virtudes. La segunda, la severidad, que es una fortaleza de ánimo contra la concupiscencia acompañada con ardiente amor de la aspereza, de la vileza y santa pobreza. La tercera, la benignidad, que es una dulzura del ánimo que despide todo rencor, envidia, aversión y odio contra el prójimo.

Hasta que la mentalidad pecaminosa esté purgada, y purificado el afecto, desnuda la memoria, ilustrado el entendimiento y la voluntad negada e inflamada, el alma nunca llegará a la unión íntima y afectiva con Dios; que como el Espíritu de Dios es la pureza misma, la luz y la quietud, se requiere que en el alma donde ha de morar el Espíritu tenga gran pureza, paz, atención y quietud. Finalmente el precioso don de la mentalidad purgada solamente es de aquellos que buscan con continua diligencia el amor y se consideran y desean ser considerados por los más viles del mundo.

 

CAPITULO XVII

De la divina sabiduría.

La divina sabiduría es un conocimiento intelectual e infuso de las perfecciones más divinas, y de las cosas eternas, que más debe llamarse contemplación que especulación. La ciencia es adquirida y luego engendra el conocimiento de la naturaleza. La sabiduría es infusa y engendra el conocimiento de la divina bondad. Aquélla quiere conocer lo que no se alcanza sin trabajo ni sudor; ésta desea ignorar lo mismo que conoce, aunque lo alcanza todo. Finalmente, los científicos están detenidos en el conocimiento de las cosas del mundo, y los sabios viven sumergidos en el mismo Dios.

La razón iluminada en el sabio es una elevación alta y sencilla del espíritu, por donde se ve con vista sencilla y aguda todo lo que es inferior a él y cuanto toca a su vida y estado. Esto es lo que hace el alma sencilla, ilustrada, uniforme, espiritual y totalmente introvertida y de abstraída todo lo creado. Esta es la que mueve y atrae con suave violencia los corazones de los humildes y dóciles, llenándoles con abundancia y suavidad, paz y dulzura. Finalmente dice el Sabio de ella que le trajo todos los bienes juntos en su compañía: Con ella me vinieron a la vez todos los bienes. (Sap.7 : 2).

Sabrás que la mayor parte de los hombres viven de la opinión y juzgan según la falibilidad de la imaginación y sentido. Pero el sabio juzga todas las cosas según la verdad que hay en ellas, cuyos efectos son entender, concebir, penetrar y trascender todo lo creado hasta sí mismo.

Es muy propio del sabio obrar mucho y hablar poco.

La sabiduría se descubre en las obras y palabras del sabio; porque como él es señor absoluto de todas sus pasiones, movimientos y afectos, se manifiesta en todas sus obras, como una quieta y agradable agua en la cual se ve lucir la sabiduría con claridad.

La inteligencia de las verdades místicas está oculta y cerrada para los hombres puramente escolásticos, a menos que sean humildes, porque es ciencia de los santos, la cual no se manifiesta sino a los que aman muy de veras y buscan su propio desprecio. Por lo tanto las almas, que por abrazar este medio llegaron a ser puramente místicas y verdaderamente humildes, penetran hasta las más profundas percepciones de la divinidad, y los hombres tanto más se apartan de esta ciencia mística, cuanto más sensualmente viven según la carne y sangre.

156. - Comúnmente, en el sujeto donde hay mucha conciencia escolástica y especulativa, no predomina la sabiduría; pero hacen un compuesto admirable cuando ambas van unidas. Son signos de veneración y alabanza en la religión, los varones doctos, que por la misericordia del Señor llegaron a ser místicos.

Las acciones exteriores de los místicos y sabios que obran más pasiva que activamente, aunque les son muerte muy cruel, las ordena con prudencia, número, peso y medida.

Los sermones de los doctos no tienen espíritu, aunque se compongan de varias fábulas, de descripciones elegantes, de agudos discursos y exquisitos textos, no son de ninguna manera la palabra de Dios, sino la de los hombres, adulterada con oro falso. Estos predicadores corrompen los cristianos, apacentándolos con viento y vanidad, y así unos y otros quedan de vacíos Dios. Estos maestros pacen los vientos de las sutilezas venenosas, dando a los oyentes piedras en vez de pan, hojas en vez de frutos y en vez de alimento verdadero tierra desabrida mezclada con miel venenosa. Estos son los cazadores de la honra, fabricando siempre un ídolo de estimación y aplauso, en vez de solicitar la gloria de Dios, y provecho espiritual.
             
Los que predican con celo y desengaño, predican a Dios: los que predican sin él se predican a sí mismos. Aquellos que predican la palabra de Dios con espíritu, la imprimen en el corazón; los que la predican sin él, llegan sólo al oído. La perfección no consiste en enseñarla sino en el hacer, porque no es más sabio, ni más santo el que conoce verdades, sino el que las ejecuta.

Es un principio constante que la sabiduría divina engendra humildad, y la que adquirida de los doctos engendra soberbia.

La santidad no está en formar conceptos altos y sutiles de la ciencia y los atributos de Dios, sino en el amor de Dios y la voluntad. Por éste se halla más frecuentemente la santidad en los sencillos y humildes que en los doctos. ¡Cuántas viejecitas se hallan pobres de ciencia humana y riquísimas de amor divino! ¡Cuántos vanos teólogos se ven sumergidos en su vana sabiduría y pobrísimos de la verdadera luz y caridad!

Recuerda que es bueno hablar siempre como quien aprende, y no como quien sabe, y estima más que te tengan por ignorante que por sabio imprudente.

Aunque los doctos puramente especulativos comprenden por afuera algunas centellitas de espíritu, no salen éstas del fondo sencillo de la eminente y divina sabiduría, la cual aborrece como la muerte las formas y especies. La mezcla de poca ciencia impide siempre la sabiduría eterna, profunda, pura sencilla y verdadera.

 

CAPITULO XVIII

Prosigue lo mismo.

Dos son los caminos que guían al conocimiento de Dios:  el uno es remoto y el otro próximo. El primero se llama especulación, y el segundo contemplación. Los doctos que siguen la ciencia de la especulación con la dulzura de los discursos sensibles, suben por este medio como pueden a Dios, para que con este socorro puedan amarlo; pero ninguno de los que siguen este camino, que llaman Escolástica, llega por él solo a la vía mística ni a la excelencia de la unión, transformación, sencillez, luz, paz, tranquilidad y amor; como llega a experimentar el que es conducido con la gracia divina, por la vía mística de la contemplación.

Estos doctos meramente escolásticos, no saben qué cosa es el espíritu, ni qué es perderse en Dios, ni han llegado a gustar las suaves ambrosías en el fondo íntimo del alma donde está su trono, y se comunica con increíble, íntima y regalada influencia. Antes bien, algunos, sin entender esta ciencia -porque nadie la entiende sino el que la busca -la condenan, y su parecer es seguido y aplaudido y venerado por la falta de luz que hay en el mundo y sobra de ceguedad.

El teólogo que no gusta de la dulzura de la contemplación, es porque no entra por la puerta que enseña San Pablo, cuando dice:  Si alguno entre vosotros se tuviere por sabio, hágase necio para serlo, humíllese, reputándose por ignorante. (1 Cor 3:18).

Es regla general e incluso principio en la teología mística que primero se debe alcanzar la práctica que la teoría; primero se ha de experimentar el ejercicio de la contemplación sobrenatural, antes que inquirir el conocimiento e investigar el conocimiento pleno de aquella gracia divina.

Aunque la ciencia mística comúnmente sea de los humildes y sencillos, no por eso son los doctos incapaces, si no se buscan a sí mismos, ni hacen caso de su artificiosa ciencia; y si se olvidan más de ella, como si no la tuvieran, y sólo la usan en su tiempo y lugar para predicar, y disputar cuando importa; y después vagan a sencilla y desnuda contemplación de Dios, sin forma, figura ni consideración.

El estudio que no se ordena sólo para la gloria de Dios, es un camino breve para el infierno, no por el estudio, sino por el viento de la soberbia que engendra. La mayor parte de los hombres de este tiempo es miserable, que sólo estudian para satisfacer la insaciable curiosidad de la naturaleza.

Muchos buscan a Dios y no le hallan; porque les lleva más la curiosidad que la intención sincera, pura, limpia; desean más los consuelos espirituales que al mismo Dios; y como no le buscan con verdad, no hallan a Dios ni a los placeres espirituales.

El que no procura la negación total de sí mismo no será verdaderamente abstraído, y así nunca será capaz de las verdades y luces del espíritu.

Son raros los hombres en el mundo que aprecian más el oír que el hablar; pero el sabio y místico puro no habla sino es forzado, ni se pone en cosa que no le toca por oficio y si lo hace es con gran prudencia.

El espíritu de la sabiduría divina llena con suavidad, domina con fortaleza, y alumbra con excelencia a los que se sujetan a su dirección.

Y el alma santa dotada de la sabiduría divina ama todas las cosas, no por la apariencia, sino por el grado de bondad y santidad que hay en ellas.

Donde mora el espíritu divino siempre se halla la sencillez y la libertad santa; pero la astucia, el doblez la afición, el artificio, la política y respetos mundanos, son infiernos para los hombres sabios y sencillos.

Sabrás que el que ha de llegar a la ciencia mística se ha de despegar y negar de cinco cosas. La primera, de las criaturas; la segunda, de las cosas temporales; la tercera, de los mismos dones del Espíritu Santo; la cuarta, de sí misma; y la quinta, se ha de despegar del mismo Dios. Esta última es la más perfecta porque el alma que ni se sabe solamente despegar, es la que se llega a perder en Dios, y sólo la que así se llega a perder, es la que se acierta a hallar.

Más se paga Dios de los gestos del corazón que del efecto de las ciencias mundanas. Una cosa es limpiar el corazón de todo aquello que le hace prisionero e impuro; y otra, hacer siempre ciento y mil cosas, aunque buenas y santas, sin atender a esta pureza del corazón que es lo más importante para alcanzar la sabiduría divina.

Muchas almas dejan de llegar a la quieta contemplación, a la divina sabiduría y ciencia verdadera, aunque tienen muchas horas de oración y comulgan cada día, porque no se entregan del todo a Dios, con perfecta desnudez y despego. Finalmente, hasta que el alma se purifique en el fuego de las penas exteriores e interiores, jamás llegará a la renovación, a la transformación y perfecta contemplación, a la unión afectiva y sabiduría divina.

 

CAPITULO XIX

De la verdadera y perfecta aniquilación.

Has de saber, que en sólo dos principios está fundada toda esta fábrica de aniquilación. El primero es tenerse en baja estima a sí misma, y a todas las cosas del mundo, de donde ha de nacer el poner en práctica la desnudez y renunciación de sí mismo y de todas las cosas, con una santa resolución, con el afecto y la obra.

El segundo principio ha de ser una gran estimación de Dios para amarle, adorarle y seguirle sin ningún tipo de interés propio, aunque sea el más santo. De estos dos principios ha de nacer una plena conformidad con la voluntad divina. Esta conformidad eficaz y práctica con la voluntad divina en todas las cosas, conduce al alma a la aniquilación y transformación con Dios, sin mezcla de raptos, ni de éxtasis exteriores, ni afectos vehementes, porque este camino es sujeto a muchas ilusiones, con peligro de enfermedades y fatigas del entendimiento, por cuya senda es raro el que llega a la cima de la perfección que se alcanza por este otro camino seguro, firme y real, aunque no sin pesada cruz, porque en ella está fundada la vida regia de la aniquilación y perfección. A la cual se siguen muchos dones de luz y divinos afectos, con otras gracias infinitas; pero el alma aniquilada se ha desnudar de todo, si no quiere que le sean de impedimento para pasar a la deificación.

Haciendo el alma continuo progreso a partir de su bajeza, debe caminar hacia la práctica de la aniquilación, que consiste en el aborrecimiento de la honra, dignidad y alabanza; porque no hay razón para que a la vileza y a la nada misma se le dé la dignidad y la honra.

Al alma que conoce su vileza, le parece imposible merecer nada, antes bien, se confunde indigna de la virtud y alabanza. Esta abraza con el mismo ánimo todas las ocasiones de menosprecio, persecución, infamia, confusión y afrenta, y conociéndose verdaderamente merecedora de semejantes oprobios, da al Señor las gracias cuando se ve en esas ocasiones; porque la trata como merece y aún se reconoce indigna de que obre su justicia con ella; pero sobre todo se alegra del desprecio y afrenta, porque resulta una gran gloria. para su Dios

Esta alma elige siempre lo más bajo, vil y despreciado, así de lugar, como de vestido y todo lo demás, sin preocupación alguna por la singularidad, juzgando que la mayor vileza excede siempre a sus méritos, y aún de aquélla se reconoce indigno. Esta práctica hace llegar al alma a una verdadera aniquilación de sí misma.

El alma que quiere ser perfecta comienza a mortificar sus pasiones; cuando ya está avanzada en este ejercicio, se niega a sí misma; luego, con la ayuda divina, pasa al estado de la nada, donde se desprecia, se aborrece a sí misma y se humilla conociendo que es nada, que puede nada, que vale nada; de aquí nace el morir en los sentidos y en sí misma de muchas maneras, y a todas horas, y finalmente, de esta muerte espiritual se origina la verdadera y perfecta aniquilación, de manera que cuando el alma ya está muerta a su querer y entender, se dice con propiedad que llegó al estado perfecto y dichoso de la aniquilación sin que la misma alma lo llegue a entender; porque no sería aniquilada si ella llegase a conocerlo. Y aunque llegue a este feliz estado de aniquilación, lo que importa es saber que siempre tiene más y más que caminar, que purificar y aniquilar.

Sabrás que esta aniquilación, para que sea perfecta en el alma, ha de ser en el juicio propio, en la voluntad, en los afectos, inclinaciones, deseos, pensamientos y en sí misma, de tal manera que ha de hallar el alma muerta al querer, al desear, procurar, entender y pensar, queriendo como si no quisiera; deseando como si no deseara; entendiendo como si no entendiera; pensando como si no pensara, sin inclinarse a nada, abrazando igualmente los desprecios como las honras, los beneficios como los castigos.

¡Oh, qué dichosa alma la que así se halla muerta y aniquilada! Ya ésta no vive en sí porque vive Dios en ella; y ahora con toda verdad se puede decir que es otra fénix renovada, porque está cambiada, espiritualizada, transformada y deificada.

CAPITULO XX

Se enseña cómo la nada es el atajo para alcanzar la pureza del alma,
la perfecta contemplación y el rico tesoro de la paz interior.

El camino para llegar a aquel estado del ánimo reformado, por donde inmediatamente se llega al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada. Procura estar siempre sepultado en esa miseria. Esa nada, y esa conocida miseria es el medio para que el Señor obre en tu alma maravillas. Vístete de esa nada, de esa miseria y esa nada sea tu continuo sustento y morada, hasta profundízarte en ella; yo te aseguro que siendo tú de esta manera la nada, el Señor será el todo en tu alma.

¿Por qué piensas que un número infinito de almas impiden la corriente abundante de los dones divinos? Porque quieren hacer algo y desean el ser grandes; todo es salirse de la humildad interior y de su nada; y así impiden las maravillas que quiere obrar aquella infinita bondad. Apegándose a los mismos dones por salir del centro de la nada y todo lo malogran. No buscan a Dios con verdad y así no le hallan; porque ha de saber que no se halla sino en el desprecio de nosotros mismos y en la nada.

Nos buscamos a nosotros mismos siempre que salimos de la nada, y por esto no llegamos jamás a la perfección quieta y la contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás, antes bien te humillarás, confundirás y perderás de vista tu propia reputación y estima.
 
¡Oh, qué baluarte tan fuerte has de hallar en esa nada! ¿Quién te ha de dar pena, si te refugia en esa fortaleza? Porque el alma que se desprecia a sí misma, y que en su conocimiento es nada, nadie le puede hacer agravio ni injuria. El alma que está dentro de su nada guarda silencio interno, vive transformada en el sumo bien, no apetece nada de todo lo creado, vive en Dios sumergida y resignada en cualquier tormento, porque siempre juzga es más lo que merece. Estándose el alma quieta en su nada, el Señor la perfecciona, enriquece y pinta en ella sin estorbo a su imagen y semejanza.

Por el camino de la nada te has de llegar a perder en Dios, que es el último grado de la perfección; y si te sabes perder así, serás dichosa, te ganarás y te volverás a hallar. En esta oficina de la nada se fabrica la sencillez, se halla el recogimiento interior e infuso; se alcanza la quietud y se limpia el corazón de todo tipo de imperfección. ¡Oh, que tesoro descubrirás, si haces en la nada tu morada! Y si te entras en el centro de la nada, en nada te mezclarás por afuera (escalón en donde tropiezan infinitas almas), sino solamente en aquello que por oficio te toca.

Si te estás encerrada en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque el dominio perfecto y verdadero sólo gobierna en la nada. Con el escudo de la nada vencerás las vehementes tentaciones y terribles sugestiones del envidioso enemigo.

193. - Conociendo que eres nada, que puedes hacer nada y que vales nada, abrazarás con quietud las sequedades pasivas, tolerarás las horribles desolaciones, sufrirás los martirios espirituales y tormentos interiores. Por medio de esa nada has de morir en ti mismo de muchas maneras, en todos tiempos y a todas horas. Y cuanto más fueres muriendo, tanto más te irás profundizando en tu miseria y bajeza; y tanto más te irá el Señor elevando y uniendo a sí mismo.

¿Quién ha de despertar al alma, de aquel dulce y sabroso sueño, si duerme en la nada? Por aquí llego David sin saberlo, a la perfecta aniquilación. Fui devuelto a la nada y no lo supe. (Salmo 27). Estándote en la nada, cerrarás la puerta a todo lo que no es Dios; te retirarás aun de ti misma y caminarás a aquella soledad interior, a donde el divino Esposo habla al corazón de su Esposa, enseñándote la sabiduría alta y divina. Ahógate en esa nada y hallarás en ella sagrado asilo para cualquier tormenta.
 
Por este camino has de volver al estado dichoso de la inocencia que perdieron nuestros primeros padres. Por esta puerta has de entrar a la tierra feliz de los vivientes, donde hallarás el sumo bien, la latitud de la caridad, la belleza de la justicia la línea derecha de la equidad y rectitud; y en suma, toda la perfección. Por último, no mires nada, no desees nada, no quieras nada, no solicites saber nada, y en todo vivirá tu alma descansada en quietud y gozo. Este es el camino para alcanzar la pureza del alma, la contemplación perfecta y la paz interior. Camina, camina por esta senda segura y procura sumergirte en esa nada, y perderte, abismarte, si quieres aniquilarte, unirte y transformarte.

 

CAPITULO XXI

De la suma felicidad de la paz interior,
y de sus maravillosos efectos.

Aniquilada ya el alma y renovada con perfecta desnudez, experimenta en la parte superior una profunda paz y una sabrosa quietud, que la conduce a tan perfecta unión de amor, que en todo jubila. Ya esta alma ha llegado a tal felicidad que no quiere ni desea otra cosa que lo que su amado quiere; con esta voluntad se conforma en todos los sucesos, así de consuelo como de pena; y juntamente se goza de hacer en todo el divino beneplácito.

Ya no hay cosa que no le consuele; ni le falta nada que pueda afligirle; el morir le es gozo y el vivir alegría. Tan contenta está en el paraíso como en la tierra, tan gozosa en la privación, como en la posesión en la enfermedad, como en la salud; porque sabe que esa es la voluntad de su Señor; esta es su vida, esta es su gloria, su paraíso, su paz, su sosiego, su quietud, su consuelo y suma felicidad.

Si a esta alma que ha subido ya por escalones de la aniquilación a la región de la paz, le fuese necesario el escoger, elegiría primero la desolación que el consuelo; el desprecio que la honra; porque el amoroso Jesús hizo sumo aprecio del oprobio y de la pena. Si padeció antes hambre de los bienes del cielo, si tuvo sed de Dios, temor de perderle, llanto en el corazón y guerra con el demonio, ya se han convertido el hambre en hartura, la sed en saciedad, el temor en seguridad, la tristeza en alegría, el llanto en gozo y la guerra fiera en suma paz. ¡Oh, dichosa alma que goza ya en la tierra tan gran felicidad! Estas almas (aunque pocas) son las columnas fuertes que sustentan la Iglesia y las que disminuyen la indignación divina.

Y ahora esta alma que ha entrado en el cielo de la paz, se reconoce llena de Dios y de sus dones sobrenaturales, porque vive fundada en un amor puro, agradándole igualmente la luz como las tinieblas, la noche como el día, y la aflicción, como el consuelo. Debido a esta indiferencia santa y celestial no pierde la paz en las adversidades, ni la tranquilidad en las tribulaciones; antes se mira llena de gozos inefables.

Y aunque el príncipe de las tinieblas mueve contra ella todos los asaltos del infierno, con horribles tentaciones, resiste en esta guerra como una columna firme, no más sucediéndole lo que pasa en el alto monte y profundo valle en el tiempo de la tempestad.

El valle está oscurecido con densas tinieblas, fieras tempestades de piedras, de truenos, rayos y relámpagos, que parece un retrato del infierno; y al mismo tiempo, está el alto monte resplandeciente, recibiendo los hermosos rayos del sol, con paz y serenidad, quedando todo él como el cielo claro, pacífico y luminoso.
 
Lo mismo sucede en esta alma dichosa. Está en el valle de la parte inferior sufriendo tribulaciones, combates, tinieblas, desolaciones, tormentos, martirios y sugestiones ; y al mismo tiempo, en el alto monte de la parte superior del alma, el verdadero Sol ilustra, inflama e ilumina, con lo cual queda clara, pacífica, resplandeciente, tranquila, serena y hecha un mar de alegría.

Es, pues, tanta la quietud de esta alma pura, que llegó al monte de la tranquilidad pura; es tanta la paz en su espíritu, tanta la serenidad y sosiego en lo interior, que hasta redunda en lo exterior un remanente y una vislumbre de Dios.

Porque en el trono de quietud se manifiestan las perfecciones de la hermosura espiritual; aquí la luz verdadera de los misterios secretos y divinos; aquí la humildad perfecta hasta la aniquilación de sí misma y la plenísima resignación, la castidad, la pobreza de espíritu, la inocencia y la sencillez de paloma, la modestia exterior, el silencio y soledad interior, la libertad y pureza del corazón; aquí el olvido de lo creado, hasta de sí misma, la simplicidad alegre, la celestial indiferencia, la oración continua, la total desnudez, el perfecto despego, la sapientísima contemplación, la conversación del cielo y, finalmente, la perfectísima y serenísima paz interior de quien puede decir esta alma lo que dijo el Sabio de la sabiduría, que con ella le vinieron las demás gracias: Con ella me vinieron a la vez todos los bienes.(Sap 7 : 2).

Este es el tesoro rico y escondido. Esta la dracma deseada del Evangelio; esta la vida bendita, la vida feliz, la vida verdadera, y la bienaventuranza de la tierra. ¡Oh hermosa grandeza no conocida de los hijos de los hombres! ¡Oh excelente vida sobrenatural, cuánto eres admirable y cuánto inefable, porque eres un remedio de la bienaventuranza! ¡Oh, cuánto levantas del suelo al alma que pierde de vista todas las cosas de la vileza de la tierra! Tú eres pobre en lo exterior; pero riquísima en lo interior. Tú pareces baja, pero eres altísima. Tú, en fin, eres la que haces vivir en la tierra la vida divina. Dame, Señor y suma bondad, dame una buena porción de esta felicidad celestial y paz verdadera que el mundo, por sensual, no es capaz de recibir ni conocer. A quien el mundo no supo recibir.

 

CAPITULO XXII

Exclamación amorosa y gemido lamentable con Dios,
por las pocas almas que llegan a la perfección,
a la amorosa unión y divina transformación.

¡Oh Divina Majestad, ante cuya presencia tiemblan y se estremecen las columnas del cielo! ¡Oh bondad más que infinita en cuyo amor se abrasan los serafines! Dame, Señor, licencia para llorar nuestra ceguedad e ingratitud. Todos vivimos engañados, buscando al mundo loco, dejándote a ti siendo nuestro Dios. Todos por los charcos hediondos del mundo, te dejamos a ti, fuente de aguas vivas.
 

¡Oh hijos de los hombres!  ¿Hasta cuando vamos a seguir la mentira y vanidad? ¿Quién así nos engañó para dejar el sumo bien y nuestro Dios?  ¿Quién nos habla más verdad? ¿Quién nos ama más?  ¿Quién nos defiende más?  ¿Quién es más amigo, más tierno como esposo y más bueno como padre?  ¡ Qué sea tanta nuestra ceguedad que todos nosotros desamparemos a esta suma infinita bondad!

¡Oh, Divino Señor, que pocas almas hay en el mundo que te sirvan con perfección!  ¡Qué pocas son las que quieren padecer, que sigan a Cristo crucificado, que abracen la cruz y se desprecien a sí mismas!  ¡Oh, qué pocas almas se hallan despegadas y totalmente desnudas!  ¡Qué pocas almas hay muertas en sí y vivas para Dios, y que se resignen perfectamente en el divino beneplácito!  ¡Qué pocas almas hay que tengan una obediencia sencilla, un conocimiento profundo de sí mismas y de humildad verdadera!  ¡Qué pocas son las que con tal indiferencia se dejan en las manos de Dios para que haga en ellas su divina voluntad!  ¡Qué pocas almas son puras, de corazón sencillo y despegado, y a quienes vacías a su entender, saber, desear y querer, anhelen a su negación y muerte espiritual!  ¡Qué pocas almas hay que quieran dejar obrar en sí al Divino Creador, que padezcan por no padecer y mueran por no morir!  ¡Qué pocas almas hay que quieran olvidarse de sí mismas, que quieran desnudar al corazón de los afectos, de sus deseos, satisfacción, amor propio y juicio! ¡Qué pocas ser que quieran ser conducidas por la carretera de la negación propia de sí mismos y del camino interno!  ¡Qué pocas almas hay que quieran dejarse aniquilar, muriendo en los sentidos y en sí mismas!  ¡Qué pocas almas hay que quieran dejarse vaciar, purificar y desnudar para que Dios las vista, las llene y perfeccione! Finalmente, ¡qué pocas, Señor, son las almas ciegas, mudas, sordas y perfectamente contemplativas!

¡Oh confusión de los hijos de Adán; que por una vileza despreciemos la verdadera felicidad, y que impidamos al sumo bien, al rico tesoro, y a la infinita bondad! Con justa razón se quejan los cielos que son pocas las almas que quieren seguir sus preciosos caminos:  Los caminos de Sión están de luto, porque no hay quienes vengan a la ceremonia. Lam 1:4

 

Acerca de Molinos:

Una relación de las persecuciones
contra el español Miguel de Molinos

[Pasaje extraído del Libro de los mártires por John Fox, Capítulo VI ]

Miguel de Molinos, español perteneciente a una rica y honorable familia, entró, de joven, en el orden sacerdotal, pero no quiso aceptar ninguna renta de la Iglesia. Poseía grandes capacidades naturales, que dedicó al servicio de sus semejantes, sin esperar ningún emolumento para sí mismo. Su manera de vivir era piadosa y uniforme; y desde luego no practicaba aquellas austeridades que eran comunes entre los órdenes religiosos de la Iglesia de Roma.

Siendo de talante contemplativo, siguió la huella de los teólogos místicos, y habiendo adquirido gran reputación en España, y deseoso de propagar su sublime forma de devoción, dejó su país y se instaló en Roma. Aquí pronto conectó con algunos de los más distinguidos entre los literatos, que tanto encomiaron sus máximas religiosas, que se unieron a él para propagarlas; en poco tiempo obtuvo un gran número de seguidores, que, por la forma sublime de su religión, fueron distinguidos con el nombre de Quietistas.

En 1675, Molinos publicó un libro titulado «II Guida Spirituale», en el que aparecían unas cartas de recomendación de varias personalidades. Una de ellas era el arzobispo de Reggio; otra, del general de los Franciscanos; y una tercera, del Padre Martín de Esparsa, un Jesuita que había sido profesor de teología en Salamanca y en Roma.

Tan pronto como el libro fue publicado, fue ampliamente leído y encomiado, tanto en Italia como en España; esto hizo crecer tanto la reputación del autor que su amistad era codiciada por las más respetables personalidades. Mucha gente le escribía cartas, por lo que estableció una correspondencia con los que aceptaban su método en diversas partes de Europa. Algunos sacerdotes seculares, tanto en Roma como en Nápoles, se declararon abiertamente en su favor, y le consultaban en numerosas ocasiones, como a un oráculo. Pero los que se adhirieron a él con la mayor sinceridad eran varios de los padres del Oratorio; de manera particular tres de los más eminentes, Caloredi, Ciceri y Petrucci. Muchos de los cardenales cortejaban también su compañía, y se consideraban felices por contarse entre sus amigos. Los más distinguidos entre ellos era el Cardenal d'Estrecs, hombre de gran erudición, que aprobaba tanto las máximas de Molinos que estableció una estrecha relación con él. Conversaban a diario, y a pesar de la desconfianza que los españoles sienten naturalmente hacia los franceses, Molinos, que era sincero en sus principios, abrió su mente sin reservas al cardenal; por este medio, Molinos estableció una correspondencia con algunos distinguidos personajes en Francia.

Mientras Molinos estaba trabajando así para propagar su manera religiosa, el Padre Petrucci escribió varios tratados acerca de la vida contemplativa; pero mezcló en ellos tantas reglas para las devociones de la Iglesia de Roma que mitigaron la censura en que hubiera incurrido en otro caso. Fueron escritas principalmente para uso de las monjas, y por ello el sentido se expresaba en un estilo de lo más fácil y familiar.

Molinos alcanzó finalmente tal reputación que los Jesuitas y Dominicos comenzaron a alarmarse mucho, y decidieron parar el progreso de este método. Para ello, era necesario denunciar a su autor, y como la herejía es lo que causa la más fuerte impresión en Roma, Molinos y sus seguidores fueron tildados de herejes. También algunos de los Jesuitas escribieron libros contra Molinos y su método; pero todos ellos fueron contestados con vehemencia por Molinos.

Estas disputas causaron tal perturbación en Roma que todo el asunto cayó bajo la atención de la Inquisición. Molinos y su libro, y el Padre Petrueci con sus tratados y cartas, fueron puestos bajo un severo examen; y los Jesuitas fueron considerados como los acusadores. Uno de los miembros de la sociedad, desde luego, había aprobado el libro de Molinos, pero el resto se cuidaron de que no se le volviera a ver por Roma. En el curso del examen tanto Molinos como Pettruci se defendieron tan bien que sus libros fueron de nuevo aprobados, y las respuestas que los Jesuitas habían escrito fueron censuradas como escandalosas.

La conducta de Petrucci en esta ocasión fue tan aprobada que no sólo hizo crecer el crédito de su causa, sino sus propios emolumentos; porque poco después fue hecho obispo de Jesis, lo que fue una declaración hecha por el Papa en su favor. Sus libros fueron ahora más estimados que nunca, su método fue tanto más seguido, y la novedad del mismo, con la nueva aprobación dada tras una acusación tan vigorosa por parte de los Jesuitas, contribuyó tanto más a aumentar su crédito y a aumentar el número de sus partidarios.

La conducta del Padre Petrucci en su nueva dignidad contribuyó en gran manera a aumentar su reputación, de modo que sus enemigos no estaban dispuestos a seguirle molestando; además, había menos razones de censura en sus libros que en los de Molinos. Algunos pasajes en los de este último no estaban expresados con tanta precaución, sino que daba lugar a que se pudieran expresar objeciones; mientras que por otra parte Petrucci se expresaba de manera tan plena que eliminaba fácilmente las objeciones hechas a algunas partes de su obra.

La gran reputación adquirida por Molinos y Petrucci fue la causa del aumento diario de los Quietistas. Todos los que eran considerados como sinceramente devotos, o al menos afectaban serlo, eran contados entre ellos. Si se observaba que estas personas se volvían más estrictas en cuanto a su vida y a sus devociones mentales, parecían sin embargo tener menos celo en toda su conducta en las cuestiones de las ceremonias litúrgicas. No eran tan asiduos a la Misa, ni tan prontos a hacer decir Misas por sus amigos; tampoco frecuentaban tanto la confesión ni las procesiones.

Aunque la nueva aprobación dada al libro de Molinos por la Inquisición había detenido las acciones de sus enemigos, seguían ellos sin embargo manteniendo un mortal odio contra él en sus corazones, y estaban decididos a destruirle si era posible. Insinuaron que tenía malas intenciones, y que era de corazón un enemigo de la religión cristiana; que bajo la pretensión de llevar a los hombres a sublimes alturas de devoción, quería quitar de sus mentes e] sentido de los misterios del cristianismo. Y por cuanto era español, sugirieron que descendía de una raza judía o mahometana, y que podía llevar en su sangre, o en su primera educación, algunas semillas de aquellas religiones que había desde entonces cultivado con no menos arte que celo. Esta última calumnia caló poco en Roma, aunque se dice que se envió una orden para examinar los registros del lugar donde Molinos había sido bautizado.

Molinos, viéndose atacado tan vigorosamente, y con la más implacable malicia, adoptó todas las precauciones necesarias para impedir que se diera crédito a estas imputaciones. Escribió un tratado titulado «Comunión Frecuente y Diaria», que recibió asimismo la aprobación de los clérigos romanistas más distinguidos. Esto fue imprimido con su Guía Espiritual, en el año 1675; y en el prefacio al mismo declaraba que no lo habla escrito con designio alguno de entablar controversia, sino que lo había hecho por las intensas demandas de muchas personas piadosas.

Los Jesuitas, fracasados en sus intentos de aplastar el poder de Molinos en Roma, apelaron a la corte de Francia, donde, en poco tiempo, lograron tal éxito que el Cardenal d'Estrees recibió la orden que le mandaba que persiguiera a Molinos con todo el rigor posible. El cardenal, aunque estrechamente ligado a Molinos, decidió sacrificar todo lo sagrado de la amistad ante la voluntad de su amo. Sin embargo, al ver que no había razones suficientes para una acusación contra él, resolvió suplir él mismo aquella carencia. Así, se dirigió a los inquisidores, y les dio informes acerca de varios particulares, no sólo acerca de Molinos, sino también de Petrucci, siendo los dos, junto con varios de sus amigos, entregados a la Inquisición.

Cuando fueron hechos comparecer delante de los inquisidores (lo que tuvo lugar al comienzo del año 1684) Petrucci respondió a las preguntas que se le formularon con tanta prudencia y templanza que pronto lo dejaron suelto; y aunque el interrogatorio de Molinos fue mucho más largo, se esperaba de manera generalizada que sería también soltado; pero no fue así. Aunque los inquisidores no disponían de ninguna acusación justa contra él, sin embargo extremaron todos los cuidados por encontrarlo culpable de herejía. Primero objetaron a que tuviera correspondencia con diferentes partes de Europa; pero fue absuelto de esto, por cuanto no pudieron convenir en criminal el contenido de aquella correspondencia. Luego dirigieron su atención a algunos papeles sospechosos hallados en su cámara; pero Molinos explicó de manera tan clara el significado de los mismos que no pudieron ser empleados en contra suya. Por último, el Cardenal d'Estrees, después de mostrar la orden que le había enviado el rey de Francia para perseguir a Molinos, dijo que podía demostrar más de lo necesario contra él para convencerlos de que era culpable de herejía. Para ello, pervirtió el significado de algunos pasajes en los libros y papeles de Molinos, y relató muchas circunstancias falsas y agravantes relativas al preso. Reconoció que había vivido con él bajo la apariencia de una amistad, pero dijo que esto sólo había tenido como objeto descubrir sus principios e intenciones; que los había hallado malos en su naturaleza, y que de ellos debían derivarse consecuencias peligrosas; pero, a fin de dejarlo totalmente a descubierto, había asentido a diversas cosas que en realidad detestaba en su corazón; que por estos medios entró en el secreto de Molinos, pero decidió no tomar acción alguna hasta que surgiera una oportunidad apropiada para aplastarlo a él y a sus seguidores.

Como consecuencia de la evidencia de d'Estrees, Molinos fue estrechamente confinado por la Inquisición, donde prosiguió durante algún tiempo, tiempo en el que todo se mantuvo en paz, y sus seguidores prosiguieron con su método sin interrupción. Pero repentinamente los Jesuitas decidieron extirparlos, y se desató una tormenta extremadamente violenta.

El Conde Vespiniani y su esposa, Don Paulo Rochi, confesor de la familia Borghese, y algunos de su familia, fueron con algunos otros (en total setenta personas) prendidos por la Inquisición; entre ellos había algunos altamente estimados por su erudición y piedad. La acusación presentada contra el clero era el de su descuido en decir el breviario; al resto se les acusaba de ir a Comunión sin asistir primero a confesión. En una palabra, se argumentaba que negligían todas las partes exteriores de la religión, dándose enteramente a la soledad y a la oración interior.

La Condesa Vespiniani se comportó de una manera muy desacostumbrada en su interrogatorio ante los inquisidores. Les dijo que ella jamás había revelado su método de devoción a ningún mortal más que a su confesor, y que era imposible que ellos lo supieran sin que él les hubiera revelado el secreto; que por ello mismo ya era hora de dejar de ir a confesión, si los sacerdotes la empleaban para esto, para descubrir a otros los más secretos pensamientos que se les revelaban; y que ella, desde ahora en adelante, sólo se confesaría a Dios.

Por causa de este animoso discurso, y por el gran tumulto causado por causa de la situación de la condesa, los inquisidores juzgaron más prudente liberarla a ella y a su marido, para que el pueblo no se amotinara, y para que lo que ella decía no fuera a aminorar el crédito de la confesión. Ambos, pues, fueron liberados, pero quedando obligados a comparecer siempre que fueran llamados.

Además de los ya mencionados, tal era el aborrecimiento de los Jesuitas contra los Quietistas, que en el período de un mes más de doscientas personas fueron apresadas por la Inquisición; y este método de devoción que había sido considerado en Italia como el más elevado al que los mortales pudieran aspirar, fue considerado herético, y sus principales promotores encerrados en míseras mazmorras.

A fin de extirpar el Quietismo, si fuera posible, los inquisidores enviaron una carta circular al Cardenal Cibo, como ministro principal, para que la dispersara por toda Italia. Iba dirigida a todos los prelados, y les informaba de que, por cuanto había muchas escuelas y fraternidades establecidas en muchos lugares de Italia en las que algunas personas, bajo la pretensión de conducir a la gente en los caminos del Espíritu, y a la oración apacible, instilaban en ellos muchas abominables herejías, se daba por ello orden estricta de disolver tales sociedades, y para obligar al guía espiritual a que anduviese por los caminos conocidos; y en particular, a que tuvieran cuidado de que no se permitiera a nadie de esta clase que dirigiera convento alguno de monjas. También se dieron órdenes semejantes de proceder por vía judicial contra aquellos que fueran hallados culpables de estos abominables errores.

Después de esto se llevó a cabo una estricta indagación en todos los conventos de monjas de Roma, donde se descubrió que la mayor parte de sus directores y confesores estaban entregados a este nuevo método. Se descubrió que los Carmelitas, las monjas de la Concepción y las de varios otros conventos estaban totalmente entregadas a la oración y a la contemplación, y que en lugar de emplear el rosario y las otras devociones a los santos o a las imágenes, estaban en mucha soledad, y a menudo en el ejercicio de la oración mental; y al preguntárseles por qué habían dejado de lado el uso de sus rosarios de sus antiguas formas de devoción, la respuesta que dieron fue que así las habían aconsejado sus directores. La Inquisición, con esta información, ordenó que todos los libros escritos en la misma tendencia que los de Molinos y Petrucci les fueran quitados, y que se las obligara a volver a sus formas anteriores de devoción.

La carta circular enviada al Cardenal Cibo no produjo grandes efectos, porque la mayoría de los obispos italianos estaban inclinados en favor del método de Molinos. El propósito era que esta orden, así como las otras de la Inquisición, fuera mantenida en secreto; pero a pesar de todos sus cuidados se imprimieron copias de la misma, y fueron dispersadas por la mayor parte de las principales ciudades de Italia. Esto causó mucha desazón a los inquisidores, que empleaban todos los métodos que podían para ocultar sus procedimientos a los ojos del mundo. Ellos acusaron al cardenal, acusándolo de ser la causa de ello; pero él les devolvió la acusación, y su secretario les dio la culpa a ambas partes.

Durante estos sucesos, Molinos sufrió grandes indignidades de parte de los oficiales de la Inquisición, y el único consuelo que recibió fue recibir en ocasiones las visitas del Padre Petrucci.

Aunque había tenido la mayor reputación en Roma durante algunos años, ahora era tan menospreciado como antes había sido admirado, y era en general considerado como uno de los peores herejes.

Habiendo abjurado la mayor parte de los seguidores de Molinos que habían sido apresados por la Inquisición, fueron liberados. Pero una suerte más dura aguardaba a Molinos, el líder de ellos.

Después de haber pasado un tiempo considerable en la cárcel, fue finalmente hecho comparecer ante los inquisidores, para que diera cuenta de varias cuestiones que se aducían contra él en base de sus escritos. Tan pronto como apareció ante el tribunal, le pusieron una cadena alrededor de su cuerpo, y un cirio en una mano, y luego dos frailes leyeron en voz alta los artículos de acusación. Molinos respondió a cada uno de ellos con gran firmeza y resolución; y a pesar de que sus argumentos deshacían totalmente el sentido de las acusaciones, fue hallado culpable de herejía, y condenado a cadena perpetua.

Cuando dejó el tribunal iba acompañado por un sacerdote que le había dado las mayores muestras de respeto. Al llegar a la cárcel entró serenamente en la celda que le había sido asignada; al despedirse del sacerdote, se dirigió así a él: «Adiós, padre; ya nos volveremos a ver en el Día del Juicio, y luego se verá de qué lado está la verdad, si del mío, o del vuestro.»

Durante su encierro fue varias veces torturado de la manera más cruel, hasta que, finalmente, la dureza de los castigos venció a su fortaleza, acabando con su existencia.

La muerte de Molinos causó tal impresión sobre sus seguidores que la mayoría de ellos abjuraron de su método; y, por la persistencia de los Jesuitas, el Quietismo fue totalmente extirpado del país.

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