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REGISTROS DE PERSECUCIONES El que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu. Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución. 2 Tim 3:12 y así los primeros cuáqueros sufrieron similarmente.
De sus verdaderos seguidores, Jesús dijo: "Ningún siervo es más que su amo." Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán. (Juan 15:20). En el tiempo de Fox, habían cinco gobiernos en Inglaterra: Carlos I, Oliverio Cromwell, Carlos II, Jaime II, y William y María. Durante el reinado de Carlos II solamente, 13,562 cuáqueros fueron encarcelados; 338 murieron por heridas inflingidas en reuniones o encarcelamiento, y 198 fueron enviados hacia la esclavitud en otros países. (Fuente: Enciclopedia Católica). Bajo los primeros cuatro gobernadores, Los sufrimientos de Besse cuenta 869 cuáqueros que murieron en la cárcel. Cuando fueron enviados a prisión, aún sus hijos fueron vendidos como esclavos. Muchos otros fueron privados de sus propiedades personales y reales como 'botín' para ser tomado por las cortes, después de ser condenados por rehusarse a jurar, por no quitarse sus sombreros en la corte, viajar los domingos, por no ir a los servicios religiosos aprobados por el estado, por no pagar los diezmos a las parroquias aprovados por el estado, y por reunirse en servicios de adoración no aprobados por el estado. ¿Por qué fueron perseguidos los cuáqueros? Los cuáqueros fueron perseguidos por no quitarse sus sombreros en la corte, negarse a jurar ante la corte, viajar en el así llamado día de reposo cristiano, andar como vagabundos, blasfemia, y juntarse a adorar mientras que no seguían la liturgia y el formato de adoración episcopal. Pero éstas eran sólo excusas, porque las otras así llamadas sectas cristianas oidaban a los cuáqueros; porque así como Pablo fue enviado a las asambleas judías para predicar el evangelio verdadero, así fueron enviados los primeros cuáqueros a esas sectas, clamando el nombre de Cristo, para predicar una salvación que debía experimentarse, oírse, y ser vista dentro de una persona, no sólo suponiendo que ha ocurrido al declarar una creencia o al mojarse. Los primeros cuáqueros dijeron que la verdadera fe era ser obedientes a Cristo, la Luz y la Palabra dentro del hombre, no sólo una creencia de la exactitud histórica de las declaraciones de la Biblia acerca del nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. Obedézcanme. Así yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo. Jer 7:23 [Jesús] llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen. Heb 5:9 Los protestantes dijeron que la Palabra era la Biblia y la fuente de salvación. Sin embargo la Biblia se refiere a las palabras que están dentro de ella como las escrituras y que la palabra de Dios es Jesús. Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan 1:14 (Este Verbo claramente no es la Biblia, es Cristo, la palabra de Dios.) De modo que los cuáqueros dijeron que a menos que ustedes oigan a Dios hablar dentro de ustedes, y crean que él es le Hijo de Dios, como es puesto en evidencia por la obediencia a la Luz y los mandamientos del Verbo para ustedes, no tienen la fe como Pablo la definió: «Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón». Esta es la palabra de fe que predicamos. Rom 10:8 Así que la fe es por el oir, y el oir, por la palabra de Dios. Rom 10:17 Cristo dijo: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la obedecen. Luc 11:28 Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, Ellos enseñaron que al ser obedientes a la voz del Señor, la palabra que está en el interior, Cristo, que es la luz, aparece después dentro de su corazón; Cristo, que es la Luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo. Ellos fueron perseguidos porque predicaron que una persona debe recibir las convicciones de la Luz como reciben a Cristo, lo cual, cuando se reconoce que es verdad y que viene de Cristo que está en el interior, resultaría en la purificación por medio de la gracia de Dios, que elimina los defectos del corazón; al morar en la Luz, la sangre de Cristo los limpia de todo pecado. Los cuáqueros además dijeron que uno debe testificar (ver y sentir) su salvación, la cual viene después de la pureza, con el regreso glorioso de Cristo en el interior, lo cual resulta en la unión con Dios y la entrada en el reino de los cielos. El bautismo, ir a los servicios de las sectas, orar sin recibir palabras del Espíritu Santo, o simplemente leer la Biblia (sin la guía de la interpretación del Espíritu) eran considerados como una abominación, cosas que vienen de la mente carnal, que es enemistad contra Dios. Sólo cuando el hombre viejo está muerto, y una criatura completamente nueva y regenerada ha aparecido, con un corazón circuncidado—sólo por medio de la cruz, es completada la obra de la salvación. De modo que en vez de tener la presunción de estar salvos, ellos deben permitir que Cristo elimine hasta la inclinación a pecar de sus corazones; y así llegan a ser puros, y entran en el reposo, entran en el reino, entran en el paraíso. Las otras sectas estaban indignadas de que alguien les dijiera que no eran salvos; y en su ira, estaban ansiosos de acallar violentamente a cualquiera que fuera tan insolente. A esto los cuáqueros respondieron: ¿prefieren descubrir la verdad después de que estén muertos, y cuando ya sea muy tarde; o ser impresionados ahora al darse cuenta de esto, mientras todavía tienen tiempo para ser cambiados, para que así ustedes también puedan obedecer los mandamientos de Dios? Los cuáqueros dijeron que ellos experimentaban lo que ellos predicaban, que habían sido enviados por Dios a predicarle a los que podían oír, y que ellos hablaban las palabras que el Espíritu Santo les mandaba. Ya que el mensaje de los cuáqueros era contrario a lo que los protestantes habían aprendido de sus ministros y maestros, muchos pensaron que éstos seguramente habían sido enviados por el diablo. Aquellos que tenían hambre y sed de justicia, aquellos que lloraban por el pecado que estaba en ellos, y aquellos que anhelaban oír y ver a su Salvador, testificaron de la verdad de las buenas nuevas de los cuáqueros en sus corazones. ¡Aquellos que pudieron oír, oyeron! Las escrituras que vienen a continuación resumen lo que los cuáqueros dijeron que era el problema de la mayoría de los cristianos a través de las edades—la presunción de ser salvos—sin la necesaria obediencia—sin la experiencia de ver a Dios y tener comunión con el Padre y con el Hijo, lo cual ocurre después de la crucificción del espíritu egoísta en la cruz interna de la negación propia.
Los primeros cuáqueros dijeron que la salvación es ver a nuestro Salvador trayendo la salvación, y tener comunión con Cristo y con Dios—una salvación que viene después de la crucificción del espíritu egoísta hacia la pureza en la cruz interna de la negación propia. Ellos testificaron acerca de entrar en el reino del Cielo del cual Cristo dijo que él había venido a predicar. Los cuáqueros fueron enviados a predicar a todos el mismo mensaje que Pablo fue enviado a predicar por Jesús: "para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados." Estas buenas nuevas de obedecer la Luz y la Palabra dentro de ustedes, lo cual al final resulta en la pureza, era una herejía para las sectas protestantes; quienes buscaron un Dios externo en un cielo lejano, quienes oyeron las palabras de la Biblia en vez de la Luz y la Palabra (Cristo) dentro de ellos. Los cuáqueros le dijeron a todas las sectas que su fracaso al no reconocer y obedecer a Cristo en el interior era como el de los judíos, quienes tenían conocimiento de las escrituras, pero rechazaron a Cristo como Mesías. Por predicar a Cristo en el interior, los cuáqueros fueron multados, encarcelados, desterrados y asesinados; a pesar del hecho de que lo que ellos predicaron estaba escrito claramente por toda la Biblia, como sigue:
Para oír, usted debe ir a él. Debe esperar en él—escuchar en silencio, con la humildad de un pecador que necesita el poder que produce cambio—la gracia. Cuando usted oiga, entonces deberá obedecer cualquier enseñanza o mandamiento que él le de—y así su gran poder lo cambiará. Al hacer esto repetidas veces por mucho tiempo, usted será purificado por la gracia y por la fe—una fe que cree y obedece en la palabra que está en el interior. De María Howgill's, una profecía de Dios, acerca de por qué fueron permitidas las persecuciones: El gobierno puritano de Cromwell había perseguido severamente a los cuáqueros por no diezmar ni jurar. El rey Carlos II regresó al trono, y poco después prohibió cualquier servicio excepto el servicio de la iglesia de Inglaterra, imponiendo altas multas, la toma de propiedad, encarcelamiento, y finalmente destierro a las colonias caribeñas de Jamaica y Barbados. Justo antes de que esto sucediera, María Howgill tuvo una visión de las terribles persecuciones que habían de venir. Ella se consternó, y se dirigió al Señor, rogándole que lo impidiera. En respuesta, el Señor le dijo lo siguiente:
De modo que, gentil lector, las persecuciones que ustedes están a punto de leer, fueron permitidas por dos razones: 1. para traer muchos cuáqueros hacia el reino; Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Mat 5:10 2. para que ustedes lean, como dijo el Señor: "un registro de una declaración más clara y celestial de la que mis siervos han dejado hasta ahora, que permanecerá por las edades, y en las generaciones por venir, para que ellos puedan ver cómo Dios se manifestó sobre su pueblo en días de gran sufrimiento." -del Diario de Jorge Fox Terminadas las sesiones del tribunal, y nosotros en la cárcel, en virtud de tal condena que no cabía esperar que nos soltaran en mucho tiempo; dejamos de dar al carcelero los siete chelines semanales, cada uno, por nuestros caballos, a más de los siete por cada uno de nosotros, y mandamos los caballos al campo. El carcelero ante esto, se volvió más malo y endiablado, y nos metió en un sitio llamado Doomsdale, lugar sucio y pestilente, donde metían a brujas y asesinos luego de condenados a muerte; el cual era tan malsano, que se decía que muy pocos de los que allí entraban volvían a salir con vida. No había letrina, y, según nos dijeron, hacía muchos años que no se habían sacado los excrementos de los presos que de año en año habían metido allí. De manera que el piso era fango y, por algunos sitios, el agua nos llegaba al borde de las botas. No nos permitían limpiarlo ni tener camas o un montón de paja sobre que dormir. Llegada la noche, algunas personas de la ciudad, nos trajeron una vela y un poco de paja, y quemamos un poco de esta paja para quitar el hedor. Los delincuentes dormían en una habitación encima de nosotros, y el carcelero jefe también en otra a su lado; y sucedió que, entrando el humo en la habitación del carcelero, este se enfureció de tal manera, que cogiendo los vasos de los excrementos de los ladrones, por un agujero, los volcó sobre nuestras cabezas; y quedamos tan llenos de inmundicias, que nosotros mismos no podíamos tocarnos, ni tampoco uno al otro; y, entre la pestilencia y el humo, poco faltó para que no nos ahogáramos y asfixiáramos. Antes, teníamos la porquería en los pies, pero luego en la cabeza y también por la espalda; y habiéndose apagado la paja a causa de la inmundicia que le cayó encima se hizo entonces una gran humareda, y el carcelero se mofaba de nosotros, de la manera más odiosa, llamándonos, "perros de cara aguzada" y tales nombres como jamás los oyéramos en nuestra vida. Estábamos obligados a pasar la noche de esta manera, sin poder sentarnos, de tan lleno como estaba el suelo de excrementos inmundos. Mucho tiempo nos tuvo así, antes de que nos dejara limpiarnos o permitiera que nos trajeran otros alimentos que las que nos daban por la reja; y una vez que una moza nos trajo unas pocas viandas, la arrestó por haber allanado su casa y la llevó al tribunal de justicia de la ciudad, acusándola de haber allanado la prisión; y ante los muchos trastornos que le causó a esta muchacha, se descorazonaron todos los demás y nos costó mucho conseguir un poco de agua para beber, o algún alimento. - y más en su Diario acerca del encarcelamiento de Fox Después de más discursos, ellos me encerraron otra vez en la cárcel, para dejarme allí hasta la próxima sesión de tribunales; y el coronel Kirby le dio órdenes al carcelero de mantenerme cerca, y no dejar que ningún ser viviente viniera a mí; porque no era bueno que yo 'tuviera conversaciones con hombres.' Fui puesto en una torre, donde el humo de otros prisioneros subió tan denso, que fue como rocío sobre las paredes, y a veces era tan denso que apenas podía ver la vela mientras ardía. Yo estaba encerrado bajo tres candados; y cuando el humo era demasiado, el carcelero apenas podía ser persuadido para venir y abrir una de las puertas más altas porque él temía el humo; de modo que yo fuí casi sofocado. Además llovió sobre mi cama; y muchas veces, cuando yo traté de mantenerme fuera de la lluvia durante la fría temporada de invierno, mi camisa estaba mojada como lodo con la lluvia que vino sobre mí mientras estaba trabajando para mantenerla afuera. Y debido a que el lugar era alto y abierto al viento, a veces tan rápido como yo tapaba el hoyo, el viento lo soplaba otra vez. De esta manera yo estuve todo el frío invierno hasta la próxima sesión de los tribunales; y durante ese tiempo yo estaba tan hambriento con el frío y la lluvia, que mi cuerpo generalmente estaba muy inchado, y mis miembros estaban muy adormecidos. - y uno (de muchos) ejemplos de Fox siendo atacado, sacados de su Diario - Antecedentes de las persecuciones: "Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen" Mat. 5:44 De acuerdo con el Diario de Fox:
Los cuáqueros fueron perseguidos por los puritanos, bautistas, presbiterianos, y anglicanos en Europa y America. El sufrimiento de los primeros cuáqueros es un testimonio convincente de la autenticidad de su fe, porque Cristo nos ha dicho que sus discípulos siempre encontrarían odio en el mundo, particularmente las profesas religiones del mundo. Ellos nunca buscaron venganza, aún cuando estaba raramente disponible en las cortes. Los primeros cuáqueros sufrieron pacientemente bajo todos los gobiernos de ese tiempo; bendiciendo, perdonando, y orando por sus acusadores y por los carceleros. Ellos hicieron apelaciones personales y corteces ante las autoridades gobernantes, pero nunca una resistencia o protesta organizada. Su sufrimiento paciente eventualmente resultó en que el parlamento pasó leyes garantizando libertad religiosa, las cuales también fueron incorporadas en la constitución de los Estados Unidos. El Señor usó su sufrimientos como una prueba para llevar a muchos hombres y mujeres a la perfección y hacia el reino de los cielos. Bienaventurados aquellos que son persegidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos, el cual miles han recibido. Pero a continuación ustedes pueden ver algo de la venganza que Dios procuró en contra de su pueblo. Hubieron tantas acciones por parte de Dios en contra de los perseguidores de su pueblo, que un libro fue escrito registrando las extrañas muertes de los primeros perseguidores cuáqueros. Juan Calvino, uno de los hoy en día reverenciados fundadores de los protestantes, hizo que un hombre llamado Servet fuera quemado en la estaca porque él había negado la trinidad, y Calvino continuó defendiendo el quemar a la gente que tenía opiniones herejes. Las enseñanzas de Calvino afectaron a los luteranos, presbiterianos, bautistas, e independientes (puritanos). En el comienzo del movimiento cuáquero, los puritanos ya tenían una fuerte influencia en el gobierno por toda Inglaterra, y pronto se iban a apropiar de la corona en su guerra civil del parlamento de puritanos contra el rey y sus partidarios. Con su fundador, Calvino, abogando por el asesinato de aquellos que estaban en desacuerdo con sus puntos de vista religiosos, los puritanos estaban predispuestos a matar, encarcelar, y robar a los cuáqueros. - del testimonio de Eduardo Burrough A la mañana siguiente, fui [a la isla de Walney] en un bote a casa de Jaime Lancaster y así que desembarqué, surgieron cerca de cuarenta hombres, armados con tablillas de barril, bastones y cañas de pescar, que cayendo sobre mí me pegaron y me dieron de puñetazos, intentando tirarme al mar. Cuando ya me habían arrastrado casi a la orilla del mar y vi que iban a tirarme, me levanté, mas volviendo a echarse sobre mí, me tiraron por el suelo perdiendo yo el sentido. Cuando volví en mí, abrí los ojos y vi a la mujer de Jaime Lancaster tirándome piedras a la cara, y a su marido, Jaime Lancaster, echado sobre mí para protegerme de los golpes y las piedras. Y esto aconteció, porque las gentes habían persuadido a la mujer de Jaime Lancaster, de que había embrujado a su marido, y le habían prometido que si ella les hacía saber mi llegada, me matarían. Y sabiendo que yo llegaba, muchos de los habitantes de la ciudad se levantaron con tablillas y palos, para matarme, pero el poder del Señor me preservó de modo que no pudieron quitarme la vida. Finalmente, me puse en pie, mas volvieron a pegarme haciéndome caer dentro del bote, lo cual visto por Jaime Lancaster, vino hacia nosotros y me hizo entrar en el agua para huir de ellos, mas cuando estábamos en el agua, a su alcance, nos golpearon con sus cañas y nos tiraron piedras. Cuando llegamos al otro lado, vimos que estaban pegando a Jaime Nayler, pues mientras me pegaban había echado a andar por un campo y no se fijaron en él hasta que yo me hube marchado; entonces cayeron sobre él al grito de, "Mátenlo, mátenlo." Cuando llegué otra vez a la ciudad, al otro lado del agua, surgieron unos hombres con horcas, mimbres y tablillas de barril, para echarme de la ciudad, gritando, "Mátenlo, dénle en la cabeza, traigan el carro y llévenlo al patio de la iglesia." Y cuando así me hubieron ultrajado, me llevaron a un trecho fuera de la ciudad y allí me dejaron. Entonces Jaime Lancaster, se volvió en busca de Jaime Nayler y, estando yo solo, me fui a una acequia y después de haberme lavado (pues mi cara, mis manos, y mis ropas estaban cubiertas de mugre cenagosa) anduve cerca de tres millas, hasta la casa de Tomás Hutton, donde se hospedaba Tomás Lawson, el sacerdote que se había convertido. Cuando entré, apenas podía hablar, de tan magullado como estaba, y solo les dije en donde había dejado a Jaime Nayler y tomando cada uno su caballo fueron y lo trajeron aquella misma noche. Al día siguiente, Margarita Fell, enterada de lo ocurrido, mandó un caballo para mí, pero estaba tan dolorido de las magulladuras, que no pude soportar el traqueteo del caballo, sin gran dolor. Cuando hube llegado a Swarthmoor, el Juez Sawrey y otro juez, llamado Thompson, de Lancaster, dictaron una orden contra mí, mas habiendo ya regresado el juez Fell, no se cumplió la orden en contra mía; ya que el juez Fell había estado ausente del país todo este tiempo en que yo había sido víctima de tan malos tratos. Así que volvió, mandó decretos de prisión a la isla de Walney, para prender a todas aquellas personas, causantes del tumulto, por lo que muchos se escaparon del país. La mujer de Jaime Lancaster, se convenció más tarde a la verdad, y se arrepintió del mal que me había hecho; y así también hicieron muchos de los que tan cruelmente me persiguieron; mas el juicio de Dios cayó sobre algunos de ellos. Sawrey, que tanto me había perseguido, acabó por ahogarse, y la venganza de Dios alcanzó al juez Thompson, dándole un ataque de parálisis, estando en su sitial, y, luego que lo sacaron de allí, murió. El juez Fell me pidió que le hiciese una relación detallada de la persecución de que fui víctima; mas yo le dije que aquella gente no podía comportarse de otra manera, debido al espíritu en que estaba, no haciendo más que poner de manifiesto los frutos del ministerio de sus sacerdotes, y lo equivocado de su profesión y religión; por lo que dijo a su mujer, que yo hablaba ligeramente de la cuestión, como si no me preocupase, porque, en verdad, el poder del Señor me había curado otra vez. De la admirable obra de William Penn llamada Un discurso a los protestantes Penn entonces describe las persecuciones. "Miles han sido excomulgados y encarcelados, familias completas han sido deshechas, no fue dejada una cama en la casa ni una vaca fue dejada en el campo, ni algo de maíz en el granero; viudas y huérfanos fueron desnudados sin misericordia, ni se tuvo consideración de la edad o del sexo. ¿Y para qué? Sólo por causa de sus reuniones en las que adoraban a Dios de una manera diferente a la de la iglesia de Inglaterra; pero de una manera muy pacífica." . . . . "Y aunque nosotros todavía estamos desvestidos, ni una sesión del parlamento ha pasado estos dieciciete años en los cuales no hemos humildemente protestado." De UNA COLECCION DE LOS SUFRIMIENTOS del PUEBLO LLAMADO LOS CUAQUEROS, José Besse, página 565 El siguiente fragmento describe cómo los estudiantes del ministerio en Oxford trataron a los cuáqueros que se reunían allí: Estos son pasajes sacados de un relato publicado al cual se suscribieron Jeremías Hayward, Abraham Allen, Tomás Ryland, Enrique Train, Laurence Willier, Tomás Swan, Alejandro Green, y Abraham Badger, testigos oculares, y partícipes de los brutales tratos que encontraron regularmente los cuáqueros en sus reuniones en Oxford, de parte de los estudiantes en ese lugar. Ellos vinieron a una reunión, y sacaron a uno de los amigos por el pelo de su cabeza; el supervisor mismo sacó a Juan Shackerly por el pelo, lo sacó de la casa de Ricardo Betteris, y violentamente empujó a otros hacia afuera; y varias veces los estudiantes han tirado piedras y tierra a los Amigos, y rompieron la puerta en pedazos, y rompieron las ventanas varias veces, y quitaron la llave de la puerta, y taparon el ojo de la cerradura, y quitaron parte de la terraza.—Y cuando los Amigos venían a la reunión, o se iban de ella, los estudiantes los apretaban al pasar por la puerta, para que algunos de ellos fueran heridos: Y vinieron a la reunión, y quitaron las formas y los asientos donde se sentaban los Amigos, y se montaron sobre las espaldas de tanto hombres como mujeres, como caballos salvajes: Y estos son los frutos de los estudiantes, quienes son llamados ministros jóvenes en Oxford, en contra del pueblo de Dios, perturbando diariamente sus reuniones, como hombres salvajes; y trajeron pólvora y petardos, y los dispararon, y llenaron el cuarto de humo, y los reventaron entre la gente bajo sus ropas, como para incendiar la casa, y para destruir a la gente; y han disparado balas entre los Amigos para sacarles los ojos—pateando salvaje y groseramente como hombres de taverna, gritando que les den cerveza y tabaco.—Y los estudiantes han vendido a estas reuniones entre el pueblo de Dios, y han pedido jovencitas o prostitutas, como los tipos que andan en los burdeles.—Y han traído cerveza fuerte a las reuniones, y se las han tomado por los Amigos, y debido a que aquellos se rehusaban a tomar, se las han tirado sobre sus cuellos, y sus ropas, y sus bandas.—Y han cantado canciones subidas de tono, y han jurado y maldecido.—Y varias veces vinieron a las reuniones, fumando con pipas de tabaco en sus bocas, maldiciendo, y pateando y haciendo que la casa se sacudiera otra vez.—Y sugirieron poner sus manos bajo los delantales de las mujeres, y preguntaron si el Espíritu no estaba allí.—Y los estudiantes han venido a la reunión para hacer una representación de Tobit y su perro, y uno de ellos dividió sus cosas sucias para usos y puntos, así como lo hacen los sacerdotes, y otro levantó doctrinas de un vagabundo y un navegante, y muchas otras acciones impías por medio de burlas, y mofas, y lenguaje obsceno.—Y estos estudiantes han sido tan sinvergüenzas, que después de las reuniones se han metido a la fuerza, y han quitado la comida de sus mesas, y se han metido a las casas de los Amigos donde se llevaba a cabo la reunión, y tomaron el pan, y el guiso de la olla, lamiéndolos como perros avaros, y han robado y han quitado los libros de la casa, y se los han llevado.—Uno de los siervos del Señor que iba de la reunión a su casa, y pasando por el Colegio de Juan, un gran grupo de estudiantes lo llevaron hacia el colegio, lo forzaron a entrar en su residencia, y por la fuerza y con mucha violencia, lo empujaron sobre una silla, y entonces usaron palabras abominables e impías, para quitar la mente del Amigo del temor del Señor; pero cuando no pudieron prevalecer, aunque trajeron cerveza, y como bestias babeantes y cerdos, amenazaron con echársela en el cuello, y le pegaron y lo golpearon con muchos golpes graves, y lo pellizcaron, tanto que él estaba sorprendido, y su sentido natural fue quitado temporalmente por su crueldad; y este hombre, para ese entonces, no había comido ni un pedazo de pan por alrededor de diez días, y estaba muy débil; y ellos le enterraron alfileres en su piel, y lo pellizcaron, y lo dejaron allí con muchas burlas, preguntándole si el espíritu no lo inspiraba ahora.— Estoy cansado de escribir acerca de sus abominaciones, y terminaré con este comentario, que no importa lo severo que pueda parecer, es natural y justo. Aunque esos estudiante hubieran profesado ser educados allí por los ministros del diablo, no podrían haber dado muestra más certera de su destreza. En caso de que ustedes piensen que éste era un incidente aislado, a continuación viene una carta que describe hechos similares en Cambridge, de las cartas de Esteban Crisp.
La razón de estos disturbios de estudiantes no es difícil de entender. Primero: aquellos que han nacido de la carne siempre perseguirán a aquellos que han nacido del Espíritu—ha sido así desde que Caín mató a Abel. Segundo: los cuáqueros negaron a todos los ministros que han sido entrenados en las universidades, en vez de ser entrenados por Cristo. Tercero: y el más importante, los cuáqueros estaban vaciando iglesias por toda Inglaterra de miembros que pagaban, lo cual amenazó seriamente las oportunidades de estos estudiantes bíblicos para encontrar una parroquia de ingresos lucrativos que venían de los diezmos que los miembros eran forzados a pagar, con el apoyo de las cortes. (Siga la pista del dinero). De la History de Sewel, Vol I:
Así los estudiantes ministeriales demostraron que ellos no eran merecedores de ser llamados cristianos, mucho menos de posar como ministros cristianos. De hecho su entrenamiento universitario sólo los calificaba para ser ministros de Satanás en Babilonia, haciéndose pasar por ministros que pertenecen a Cristo, pero que sólo son sepulcros blanqueados llenos de huesos de hombres muertos, siguiendo fielmente en los pasos de sus padres, los fariseos que asesinaron a Cristo. Los colegios bíblicos sólo crean hipócritas: aquellos que hablan de religión, mientras caminan en pecado, hinchados con su conocimiento carnal de las palabras de la Biblia, y sin ninguna vergüenza por no hacer caso de las palabras, de las cuales ellos dicen ser expertos. Golpear hombres y mujeres desarmados, quienes en principio no pueden defenderse, es un acto de cobardía diabólica. Del Diario de Jorge Fox:
De Un progreso cristiano de Jorge Whitehead, Ahora nosotros nos establecimos en la sala común entre los criminales, en un lugar bajo, como un calabozo, bajo un mercado, estando nuestro alojamiento sobre paja de cebada, sobre un piso de tierra mojado, aunque estábamos contentos con eso, y el lugar era santo para nosotros. Pero al no estar dispuestos a contribuir a la extorción del carcelero, ni libres para comprar su cerveza, ya que él tenía una taverna, y los que cuidaban a los prisioneros estaban a menudo borrachos, su ira se despertó grandemente en contra de nosotros, después que nosotros éramos tanto como cinco, enviados a la cárcel de manera sucesiva, y todos en la sala común, y durante el tiempo de nuestro encierro tomamos agua solamente. La razón por la cual él parecía más enojado, era porque nosotros testificamos en contra de los pecados asquerosos y horribles de la borrachera, de jurar, y otros desórdenes y abusos en contra de los prisioneros, y que los siervos del carcelero ocasionaron al permitir el exceso de bebida para sus ganancias impías por la venta de la bebida para ellos. Pero el Señor nos ha sacudido más celosamente para clamar en voz alta en contra de la impiedad del carcelero, sus siervos y prisioneros por estos horribles males y desórdenes; porque el carcelero hacía una profesión de la religión y la piedad, siendo miembro de la iglesia presbiteriana en Bury, llamando a los prisioneros en los primeros días de la semana durante la tarde, para instruírles y ejercitar su devoción entre ellos. Porque yo le dije acera de su hipocresía en este asunto, que sus frutos eran tan contrarios, y su hija estando ofendida, me dijo: "¡Qué! ¿llamas a mi padre hipócrita, quien ha sido un santo por cuarenta años?" Ahora para poner en evidencia algunos de sus frutos, y del trato que recibimos de él y sus agentes, observe lo siguiente: En el día 21 del décimo mes, del año 1655, el carcelero golpeó a Jorge Rose en la cara hasta que le sacó sangre; y en el día 28, él golpeó a Jorge Fox* y a Juan Harwood en sus rostros en frente de varios testigos. En el día 21 del undécimo mes, él golpeó a Jorge Whitehead en su cara hasta que la sangre salió de su boca, sólo por reprender y detectar algunas falsedades que él había dicho en contra de nosotros, lo cual oyeron algunos de los presentes; en esos momentos una mujer de su propia sociedad o profesión, viendo su furia y su violencia, le dijo que él había deshonrado el evangelio. Ella parecía ser más sensible y concienzuda que él.
Muchas otras veces él nos abusó vergonzosamente tanto en palabra como en acción, por lo cual sus siervos, su camarero y carcelero, y algunos de sus prisioneros borrachos se animaron grandemente a seguir su ejemplo; porque su camarero a menudo nos abusó extremadamente, y no sólo nos amenazó, sino que nos tiró una piedra violentamente, con la cual él golpéo a uno, y en su cólera tomó un taburete con el que nos iba a golpear o lo iba a tirar hacia alguno de nosotros, pero fue impedido por uno presente que lo agarró. Él con frecuencia nos calumnió y golpeó a alguno de nosotros en la cara, y también violentamente nos abofeteó con sus puños, por ninguna otra causa que haberlo reprendido por su maldad y la de ellos. Algunos de los prisioneros también nos han abusado con frecuencia, al quitarnos nuestra comida, alegando que el carcelero les dió permiso para hacerlo, y de esa manera tomando ocasión de herirnos, golpeando varias veces algunos de nosotros, apedreándonos, usándonos maliciosamente, amenazando con matarnos, y para golpear algunos de nosotros en la cabeza. Uno dijo que si él nos mataba, no sería ahorcado por eso, y que no había ley para nosotros si él nos mataba; y estando ebrios con la fuerte cerveza del carcelero, él pateó e hirió algunos de nosotros en las piernas, y nos abusó grandemente, sabiendo que era en contra de nuestro principio y práctica pelear o pegarle otra vez; lo cual le hubiéramos hecho fácilmente a él y al resto de los borrachos del carcelero que nos abusaron, si nuestro principio lo hubiera permitido, siendo que nosotros éramos cinco, la mayoría hombres jóvenes capaces y fuertes. Pero nosotros estimábamos que era más cristiano y de mayor valor, sufrir pacientemente esas heridas por Cristo, que pelear por él, o vengarnos por nosotros mismos; y en cambio, cuando somos golpeados en una mejilla, damos la otra en vez de pegar otra vez. Él prisionero borracho mencionado, que nos había abusado de tal manera, cuando estuvo un poco más sobrio, confesó que el carcelero lo hizo peor de lo que él hubiera sido en contra de nosotros. Pero por tal uso inhumano, el carcelero no podía forzar nuestra obediencia con sus designios codiciosos, o prácticas corruptas para obtener ganancias. En el día 19 del segundo mes, del año 1656, él vino a la sala común, y preguntó si nosotros le pagaríamos por tenernos aquí. Nosotros le preguntamos qué era lo que le debíamos. Él dijo: "Catorce peniques a la semana, cada uno de ustedes;" aunque algunos de nosotros habíamos estado treinta y una semanas en esa cárcel común, y ninguno de nosotros nos habíamos acostado en camas que él nos haya dado; pero cuando trajeron paja para que nos acostáramos en ella, lo cual fue permitido por el condado para el uso de los prisioneros en ese lugar, pagamos para que la trajeran, o no la hubieramos obtenido. Le dijimos al carcelero que cuando nosotros demandábamos una cárcel gratis, él nos trajo a este lugar; por lo cual él mandó al carcelero que nos quitara las ropas de cama, diciendo: “Quíteles sus ropas, y déjelos con nada más que paja para acostarse sobre ella, y quíteles sus cajas." De modo que el carceleo y camarero las quitó todas, y nos dejó apenas la capa de noche, la cual colgamos en una canasta cerca del la pared. Y más encima el carcelero amenazó con quitarnos los abrigos de nuestras espaldas; nosotros le dijimos que él podía hacerlo si quería, porque él podía llevárselos así como los otros bienes nuestros, es decir, nuestras ropas de cama, abrigo y capa, y nuestras cajas, lo cual era nuestra comida, por ejemplo, pan y queso, lino y otras cosas. "Entonces," dijo él, “no les quitaré sus abrigos hasta que el clima sea más caluroso." Nosotros le dijimos que él avergonzaba su profesión. Él dijo: "Eso no es un problema, ustedes son todos herejes." Después que fueron quitados los bienes mencionados anteriormente, la hija del carcelero dijo: “Ellos deberían haberles robado todo a ustedes." Esos bienes fueron confiscados por alrededor de veinticuatro semanas, en las cuales fuimos forzados a acostarnos sobre parte de nuestra ropa de diario, sobre la paja; sin embargo el Señor nos dio paciencia y consuelo en nuestros sufrimientos, como lo hizo con sus siervos en el tiempo antiguo, quienes sufrieron gozosamente la pérdida de sus bienes; habiendo sido hechos no sólo dispuestos a sufrir tales pérdidas, sino a dar nuestras vidas por causa de Cristo; gloria sea a su nombre para siempre, quien nos animó y nos consoló así en nuestras tribulaciones. En el día 28, María Petche, una Amiga honesta y pobre, que fue empleada para traernos nuestras necesidades, que venía a la cárcel con algo de ropa para nosotros, a saber: dos camisas, dos sombreros, dos bandas y cuatro pañuelos. Ya nos habían robado el resto antes. El carcelero le quitó todo a ella y no le dejaba que compartiera nada con nosotros. El mismo día el carcelero le quitó el abrigo a Jorge Rose, el cual él usó frecuentemente; en otras ocasiones, no permitiendo que nuestras provisiones fueran entregadas hasta que él hubiera detenido a la mujer que las trajo y revisado su canasta, para ver lo que ella nos había traído. Sin aceptar el alojamiento del carcelero, por 2 chelines 4 peniques a la semana por cada uno de nosotros, ni tampoco queriendo pagarle 1 chelín 2 peniques cada uno que él demandaba, por el tiempo que habíamos estado en la cárcel gratuita, la sala común, el propuso ofrecernos algunos privilegios si nos sometíamos a sus términos; lo cual, cuando nosotros nos rehusamos, su ira todavía continuó en contra de nosotros, tanto que en el 3er día del tercer mes, él mandó a su camarero a quitarle el sombrero a Jorge Fox, el cual el camarero tomó para su propia cabeza; pero el mismo día la esposa del carcelero, siendo más compasiva que su esposo, le trajo su sombrero otra vez, y dijo que ella no sabía que su esposo había mandado al camarero a quitárselo. Habiendo mostrado tales ejemplos de malicia y abuso hacia nosotros, algunos de los prisioneros cuando estaban casi borrachos, todavía estaban deseosos de repetir su violencia en contra de nosotros, especialmente uno que era a menudo el más infame y abusivo, pegándonos y pateándonos, y golpeando a algunos de nosotros en el rostro, sin ser reprendidos por el carcelero o el camarero, cuando ellos han estado presente y han conocido el abuso en contra de nosotros; pero en vez de eso, el camarero también golpeó a uno de nosotros en el rostro, aunque cuando ellos estaban sin bebida, y no enfurecidos por el carcelero, generalmente los teníamos controlados y quietos. Pero en el día 19 del tercer mes, dos de los prisioneros golpearon tan violentamente a Jorge Fox hijo en el rostro, que le salió sangre de la boca y la nariz. En el día 21 siguiente, uno de ellos escupió vergonzosamente sobre el rostro de Jorge Rose y Jorge Fox, tirándolos de la nariz, como lo habían hecho con nosotros varias veces; y en el día 22 del mismo mes, Jorge Fox estaba de pie en la puerta interior, y uno de los prisioneros le tiró una olla llena de carbones y cenizas sobre su rostro. Así, día a día por un tiempo fuimos abusados, golpeados, bofeteados, pateados, rechazados, usados de manera maliciosa, por ninguna otra causa que haber testificado en contra de las frecuentes borracheras, juramentos, impiedad y mala administración en esa cárcel; y testificando en contra de la tiranía, crueldad, y mal ejemplo del carcelero, su guardia y camarero. Es muy tedioso enumerar todos los abusos y actos de violencia y crueldad en contra de nosotros. Ellos estaban conscientes y sabían que podían ser expuestos. Por temor a ser expuestos, el carcelero amenazó con quitarnos nuestros materiales para escribir, y nos quitaron algunos, con varios papeles, diciéndonos que no deberíamos escribir ya más, a menudo vigilándonos para estorbarnos si escribíamos. Habiéndonos a menudo amenazado varias veces con encerrarnos en la sala de las mujeres (un cuarto descuidado y sucio), por causa de nuestro constante testimonio en contra de sus grandes desórdenes, y también en contra de permitirle al carcelero que dejara a los prisioneros tomar tanto licor fuerte que tomaban en exceso, y el abuso de sí mismos y de otros; el carcelero, en vez de reformarse, procedió en su comportamiento injustificado permitiendo tales excesos, y castigándonos por nuestro testimonio recto. En el día 26 del tercer mes, él hizo que Jorge Rose fuera puesto en la sala de las mujeres; después de lo cual Jorge Whitehead le dijo al carcelero que tomara nota, que era por haber declarado en contra de la borrachera y el juramento, lo cual él mismo conspiró, él mismo causó que fuera puesto allí. Por lo cual las palabras del carcelero causaron que él también pronto fuera encerrado en la misma sala; y de la misma manera Jorge Fox hijo y Henry Marshall, siendo uno con nuestro testimonio; de modo que nosotros cuatro fuimos encerrados y recluídos por alrededor de dos horas; y cuando sólo pedíamos una banqueta para sentarnos, ellos no permitían que la tuviéramos. Y después que nos habían dejado ir a todos, ellos pusieron a Jorge Rose en la misma sala otra vez, y allí lo encerraron por alrededor de cuatro horas, y le tiraron piedras en la ventana, algunos de ellos lo golpearon; el carcelero también tomó licor fuerte en su boca y lo escupió de su boca cuando miraba por la ventana. Pero nuestro castigo de parte del carcelero no terminó allí. Mientras Jorge Rose estaba encerrado en la sala de las mujeres, el carcelero vino a Jorge Whitehead y Jorge Fox, y dijo, “Si ustedes persuaden a Jorge Rose a estar callado, él puede salir.” Jorge Whitehead le dijo que él no lo persuadiría de clamar en contra de la impiedad. Y en este punto en su ira él amenazó ponernos a los tres en el calabozo, y causó que Jorge Rose fuera sacado de la sala de las mujeres, y amenazó con meternos en el calabozo con una canasta atada a una cuerda; pero él y el carcelero nos metieron (Jorge Whitehead, Jorge Fox hijo, y Jorge Rose) en el calabozo bajando por una escalera, donde muy pocas veces ponen a alguien, excepto a los muy conflictivos y asesinos; porque está alrededor de cuatro metros bajo tierra, y es oscuro, y un poco curvado en la parte de abajo. En medio de él había una puerta de hierro, con barras de más de un pie de distancia las unas de las otras, y bajo de ésta un hoyo o poso, el cual no sabíamos que tan profundo era. Pero fuimos advertidos por una mujer que nos vio humillados y se apiadó de nosotros. De modo que nos quedamos cerca de las paredes del calabozo, para no caernos en el hoyo. Allí estuvimos detenidos por cerca de cuatro horas, cantando alabanzas al Señor nuestro Dios, en el dulce gozo y el sentido viviente de su presencia gloriosa, no estando en lo más mínimo temerosos o consternados por sus crueldades, resignados alegremente en la voluntad del Señor para sufrir por causa de su nombre y la verdad, si ellos nos hubieran dejado para perecer en el calabozo oscuro, lúgubre, y apestoso; aunque el Señor no lo permitió. Además el carcelero podría ser ahorcado si él nos hubiera detenido, y si hubiéramos muerto en el calabozo. Cuando fuimos sacados del calabozo, el carcelero nos encerró en la sala común, y permitió que un prisionero malicioso viniera y golpeara a Jorge Rose violentamente en la cabeza, sin reprenderlo por ello; pero ésa era una práctica común entre estos perseguidores, especialmente cuando estaban borrachos. Mientras estábamos en el calabozo, varios de nuestros amigos vinieron de Norwich, Colchester, Halsted en Essex, y otros lugares a visitarnos, pero no se les permitió que vinieran a nosotros, ni podíamos hablar con ellos. En otras ocasiones ellos nos habían tratado similarmente a nosotros y a nuestros amigos, cuando ellos hayan viajado muchas millas a vernos. Cuando nuestros amigos fueron dejados fuera y vinieron a la puerta o la ventana, algunos de los del grupo del carcelero les tiraron agua, pretendiendo que tenían una orden de los jueces para que ninguno de nuestros amigos vinieran a vernos; sin embargo él y su esposa les dijeron que si ellos le pagaban al carcelero, ellos podían venir a vernos. El carcelero les dijo que si ellos les daban 6 peniques o 4 peniques por persona, él los dejaría ir a vernos; pero ellos rehusaron gratificar su codicia en eso. Nuestros amigos han sido mantenidos alejados de nosotros injustamente muchas veces; sí, cuando algunos Amigos de Norwich habían esperado por mucho tiempo afuera para venir y vernos, tanto ellos como nosotros habíamos estado desilusionados y sin poder vernos los unos a los otros. Por lo tanto nuestros amigos han sido mantenido lejos de nosotros, y nosotros hemos sido abusado diaramente por dentro. El prisionero que era más abusivo con nosotros, siendo uno de los borrachos del carcelero, le tiró un cuchillo a uno de los nuestros, y cuando falló, amenazó con matar algunos de nosotros, diciendo que él podía ser ahorcado, y que sólo tenía una vida para perder. Él también nos quitó algunas de nuestras cosas. Nosotros reportamos el robo al carcelero, y le dijimos que si había más sangre derramada por este prisionero, estaría sobre su puerta; y que si él no aprobaba lo que él había hecho en contra de nosotros, que nosotros deseábamos que él lo mandara a restaurar nuestras cosas; pero en vez de hacer eso, su respuesta fue: "Que haga lo que él quiera," en la audiencia de este prisionero tan abusivo; con lo cual él fue animado a abusarnos aún más, así como a abusar la mujer Amiga, que nos había traído nuestras necesidades; en quien puso sus viloentas manos, empujándola para atrás. El carcelero también esa noche golpeó a dos de nosotros por reusar sus aspersiones sobre nosotros, y dijo que él no podía tratarnos suficientemente mal. Este abusivo prisionero, que nos había amenazado con matar algunos de nosotros, animado por el ejemplo del carcelero, el guardia y el camarero, una noche que estaba furiosamente borracho, después que fuimos encerrados y aprisionados cerca en la sala común, decidió matar uno u otro de nosotros esa noche, y con maldiciones él nos amenazó vez tras vez; nada podía satisfacerlo, a menos que él matara uno de nosotros. Pero con fe en el nombre y el poder del Señor, estuvimos sobre él, creyendo que él tenía poder para herir a cualquiera de nosotros, aunque lo intentó, tomando una marca de fuego; pero él vio que su poder estaba limitado, pero él no podía hacer ningún daño, mucho menos matar a ninguno de nosotros. Él tenía un niño en el misma sala, alrededor de diez años de edad; y cuando el niño estaba arrodillado cerca de la pared, asustado por ver a su padre tan colerizado, el padre presentemente tomó una botella de piedra, y la tiró violentamente a su pobre niño, pero falló, y se rompió en pedazos en contra de la pared, y el pobre niño apenas se escapó vivo. Porque si le hubiera pegado en la cabeza, él probablemente hubiera matado a su hijo. Aún así el borracho y escandaloso hombre continuó en su furia; él estaba decidido a matar a alguien esa noche, ya sea a su pobre niño, o a algún otro; o si no no hubiera estado en paz. Viendolo a él así de decidido a matar, inmediatamente vino sobre mí con un gran peso, a medida que creí en el Señor, que no podíamos ver un asesinato cometido en nuestra presencia. En esos momentos yo le dije a mis compañeros de sufrimientos que lo agarráramos, y que lo tomáramos de las manos y los ies, hasta que él estuviera quieto; y ellos presentemente lo agarraron, y lo pusieron con cuidado sobre su espalda, y lo sostuvieron de las manos y los pies, pienso yo, por más de una hora, durante la cual él hizo un sonido como de rugido, pero sin ningún propósito; porque todos nosotros estábamos encerrados en un lugar oscuro y sucio, y era difícil que nos oyeran en otra parte de la cárcel; no, estoy persuadido que si alguno de nosotros hubiera gritado que había un asesinato, apenas hubiera venido alguien a rescatar a alguno de nosotros. Sin embargo evitamos el previsto asesinato, sosteniendo las manos y los pies del borracho, hasta que estuvo quieto y se quedó dormido. Lo hicimos prometer antes de dejarlo ir, vigilándolo estrictamente, para prevenir que hiciera alguna maldad; porque aunque no teníamos cuerdas para amarrarlo, sabíamos que él necesitaba estar amarrado o contenido para que no hiciera algún mal, así como cualquier persona escandalosa y demende. Whitehead describe el consuelo de Dios para aquellos que son afligidos con sufrimientos: Whitehead había sido recién liberado del duro encarcelamiento, que fue descrito parcialmente, de quince meses, por dirigirse a un juez en una carta por la inicial de su nombre y su apellido, en vez de su nombre y apellido. Él no tenía cama, ni cobija, ni visitas, ni ninguna necesidad externa fue proveída, le robaron su abrigo, le robaron su comida; él fue golpeado, maldecido continuamente, y amenazado con asesinato - habiendo sido hospedado en una habitación común con asesinos y ladrones. Y a medida que se relacionaba, recibió el consuelo secreto del Señor:
Más tarde Whitehead fue arrestado en una reunión secreta en Affington o Suffolk, condenado por ser un vagabundo y errante, y sentenciado a ser azotado con un látigazo público con el látigo. Whitehead relata la ejecución de la sentencia.
Al leer esto, no debería haber duda de los primeros cuáqueros habiendo estado verdaderamente unidos en Cristo con Dios, quien permitió su persecución, pero que también los consoló y los compensó con un flujo de su amor y fortaleza, como él ayudó, y ayudará a sus hijos mientras sean perseguidos por la envidia de los hijos de la oscuridad.
Un registro de la crueldad inflingida sobre el pueblo llamado los cuáqueros en Londres por el gobierno de la ciudad - de La Historia del pueblo llamado los cuáqueros de William Sewel escrito en 1695 El estado de persecución en Londres, donde la furia desesperada ahora rugía; aunque no era solamente en esta ciudad principal que los cuáqueros fueron perseguidos más gravemente; porque un poco antes de este tiempo se publicó un registro corto de la persecución por toda Inglaterra, firmado por doce personas, mostrando que más de cuatro mil docientos de los llamados cuáqueros, tanto hombre como mujeres, estaban en la cárcel en Inglaterra; notando el número de aquellos que fueron encarcelados en cada condado, ya sea por reunirse frecuentemente, o por negarse a jurar, etc. Muchos de éstos habían sido gravemente golpeados, o sus ropas rotas y quitadas de ellos; y algunos fueron puestos en tales calabozos asquerosos que algunos grandes hombres dijeron que ellos no hubieran puesto a sus perros cazadores allí. Algunas prisiones estaban llenas tanto de hombres como de mujeres, de modo que no había suficiente lugar para que todos se sentaran a la vez; y en Cheshire sesenta y ocho personas estaban de esta manera encerrados en un cuarto pequeño; una señal evidente que ellos eran personas inofensivas, que no pondrían ninguna resistencia, ni usarían fuerza. Por causa de este mal tratamiento muchos se enfermaron, y no pocos murieron en tales cárceles; porque ni la edad ni el sexo fue considerado, sino incluso ancianos de sesenta, setenta, o más años de edad, fueron perdonados; y la mayoría de éstos eran comerciantes, negociantes, y labradores, fueron así reducidos a la pobreza; porque sus bienes también fueron confiscados por no ir a la (así llamada) iglesia, o por no pagar diezmos. Muchas veces ellos fueron forzados a estar en la prisión en el suelo frío y asqueroso, sin que se le permitiera tener nada de paja; y a menudo ellos fueron dejados varios días sin comida; por lo tanto no sorprende que muchos hayan muerto por encarcelamientos tan duros como éstos. En Londres, y en los suburbios, había en ese entonces no menos de quinientos cuáqueros, encarcelados, y algunos en hoyos tan estrechos, que cada persona apenas tienía la oportunidad de acostarse; y a los criminales se les permitió robarles las ropas y el dinero. Muchos de los que no fueron encarcelados, no obstante sufrieron dificultades en sus reuniones religiosas, especialmente en el lugar de reunión de Londres, conocido por el nombre de Toro y Boca. A ese lugar fueron frecuentemente las bandas entrenadas, armadas generalmente con mosquetes, picos, y alabardas, dirigidos por un oficial militar, por orden de los magistrados de la ciudad; y corriendo apresuradamente, y en una manera muy furiosa, vinieron para golpearlos, y así muchos fueron heridos gravemente, algunos cayeron en un desvanecimiento, y algunos fueron golpeados tan violentamente, que no vivieron por mucho tiempo después. Sus amigos por lo tanto pensaron que era conveniente llevar el cuerpo al lugar de reunión ya mencionado, para que pueda ser expuesto por algunas horas, para ser visto por todos. Cuando se hizo esto, se despertaron condolencias y lástima entre muchos habitantes; porque el cuerpo, golpeado como una gelatina, se veía negro, y estaba extremadamente hinchado. El forense y él fueron llamados; y convocaron un panel de un jurado de vecinos, y se les encargó, de acuerdo a su oficio, que hicieran una investigación verdadera sobre sus juramentos, y que presentaran sus hallazgos sobre la causa de su muerte. Mientras veían el cuerpo, tenían un cirujano o dos con ellos, para saber qué juzgaban ellos con respecto a esto; y al ir así juntos en privado, al final ellos se fueron sin dar su veredicto, sólo deseando que los amigos enterraran el cuerpo, lo cual fue hecho como corresponde esa noche. Y aunque el forense y el jurado se reunieron varias veces después de esta ocasión, y tuvieron muchas consultas, sin embargo ellos nunca dieron un veredicto; pero era suficientemente evidente que el hombe había sido asesinado por una violenta golpiza. La razón que dieron algunos por el suspenso del veredicto era que aunque se había testificado que la misma persona, que ahora estaba muerta, había sido vista golpeada y derribada; sin embargo como fue hecho entre una multitud tan confusa, ningún hombre en particular podía ser señalado, de manera que ninguno podía decir que algún hombre había cometido el acto. Y si se hubiera dado un veredicto de que el hombre difunto fue asesinado, sin culpar a ninguna persona en particular por esto, entonces la ciudad sería responsable de una alta multa por parte del rey, por conspirar en un asesinato así en medio de la ciudad y a la luz del día, no encerrado ni recluído, sino públicamente, y no detuvieron al asesino, sino que le permitieron escapar. Mientras tantos los amigos del difunto dieron un anuncio público del asesinato, y enviaron también una carta al señor alcalde, la cual después publicaron por escrito, junto con un reporte de ese sangriento asunto. En esta carta se decía: 'Se puede suponer que ustedes han escuchado de este asunto, porque no sucedió en la noche, sino al mediodía; no repentinamente, en ignorancia, o accidentalmente, sino intencionalmente, y por un largo tiempo; y no aisladamente, sino en las calles de la ciudad de Londres; y todas estas circunstancias empeoraron grandemente este asesinato, para la vergüenza misma y la infamia de esta famosa ciudad, y su gobierno.' *Un nombre curioso, el lugar de reunión de los cuáqueros Toro y Boca estaba ubicado en la calle Toro y Boca, lo cual es una corrupción verbal de la puerta Boulogne o Boca, nombrada en honor al rey Enrique VIII, quien tomó el puerto (boca) francés Boulogne en 1544. La persona que esparció algo de este material impreso fue encarcelado por sus aflicciones; sin embargo otra persona llevó a uno de ellos al rey, y le dijo cómo se había hecho la cosa; a lo cual el rey dijo: ‘Les aseguro que no fue mi consejo que ninguno de los amigos debía ser asesinado; ustedes deben decirle a los magistrados de la ciudad acerca de esto y procesar la ley en contra de ellos.' La respuesta del rey pronto también fue publicada de manera impresa: pero la violencia todavía continuó; porque la persona que fue detenida por esparcir el material impreso, fue enviado a la cárcel, por la orden especial del concejal Brown, de quien, ya que se hace mención de él varias veces en esta obra, me da ocasión de decir algo de qué clase de hombre era. En el tiempo de Cromwell él había sido implacable en contra de los realistas, especialmente en Abingdon, no lejos de Oxford; por causa de este error él ahora procuró hacer una compensación al perseguir violentamente a los inofensivos cuáqueros; de otra manera él era un hombre atractivo, y cometía crueldades con un semblante sonriente. Pero más de sus acciones pueden ser mostradas de aquí en adelante. Los cuáqueros, viendo que no podían obtener justicia, dejaron el asunto de la persona asesinada a un lado; porque el sufrimiento ahora era su porción, y por lo tanto ellos dejaron su causa a Dios. A menudo ellos fueron sacados fuera de sus lugares de reunión por los soldados; pero entonces ellos no se iban, sino que se quedaban afuera del lugar, y así aumentaron sus números; y entonces uno u otro de sus ministros generalmente se subían arriba de un banco, o algún otro lugar, y predicaban valientemente. Estando afuera, a veces atraían más oyentes que lo que hubiera atraído adentro. Pero los predicadores a veces eran quitados por los soldados; entonces otro se paraba y predicaba, y así a veces cuatro o cinco, uno después de otro, eran quitados, como ovejas inocentes, y llevados a la cárcel con otros de sus amigos, podía ser hasta cuarenta o cincuenta a la vez. Esto me recuerda lo que le oí decir a mi madre, Judith Zinspenning, quien el año siguiente había venido a Inglaterra, con William Caton y su esposa, quienes vivían en Amsterdam, para visitar a su amigo allí; y llegando a Londres, fueron con otros a la reunión en Toro y Boca. Cuando la entrada les fue negada, ellos se quedaron en la calle, donde ella vio a un predicador después de otro que fue quitado, al instante en que algún oficial gritaba: ‘Guardia, llévenselo.' Varios fueron así llevados. El guardia también fue hacia ella, y observando por su vestido que ella era una mujer holandesa, la tiró por la manga, y dijo con admiración, '¡Qué, una cuáquera holandesa!' pero ya no se metió más con ella. Estas reuniones en las calles se hicieron algo de costumbre en Inglaterra; porque los cuáqueros fueron persuadidos que el ejercicio de la adoración pública era un deber del cual ningún hombre podía liberarlos, y ellos creyeron que Dios les requería que llevaran a cabo este servicio con sus manos. Y al reunirse así en las calles, a veces sucedía que más de uno predicaba a la vez. Tres o cuatro a la vez podían predicar, uno en un lugar, y otro en otro lugar; lo cual no se podía haber hecho convenientemente en sus lugares de reunión. Pero así ellos hicieron que una gran cantidad de personas escuchara su mensaje, y a veces hombres eminentes, quienes pasando en sus carruajes, hacían que sus cocheros se detuvieran. Por esta fortuna inesperada, ellos encontraron que había una cosecha grande, y así su iglesia aumentó bajo los sufrimientos; y en esos tiempos difíciles fueron bien purificados de la escoria, ya que la prueba no era para los que no eran sinceros. Porque al asistir a sus reuniones en un tiempo tal, uno estaba en peligro de ser encarcelado, o golpeado hasta quedar cojo, o hasta la muerte; pero ésto no podía apagar el celo de los rectos. Ahora, el arresto de un predicador, y el surgimiento de otro, se convirtió en una cosa ordinaria en Inglaterra, y perduró por mucho tiempo después, de lo cual yo mismo he sido un testigo ocular. Y cuando no habían más predicadores presentes, una mujer se levantaba, y ministraba la reunión; no, habían tales que en los años que no eran más que niños, fueron dotados con un celo varonil, y animaron a sus amigos a ser firmes. Mientras tanto muchos también fueron encarcelados, sin ser sacados de sus reuniones; porque algunos han sido detenidos por sólo hablar algo a favor de sus amigos; como Rebeca Travers, quien, llendo al teniente de la Torre, le pidió que tuviera compasión de algunos que fueron encarcelados por asistir a las reuniones. Pero el se enfureció con esto; y cuando ella se fue, uno de los guardianes le habló con lenguaje grosero; cuando ella lo exhortó a que fuera bueno en su lugar, a pesar que era la voluntad del Señor que tuviera ese trabajo, estaba tan ofendido, que volviendo con el teniente, él se quejó que ella había hablado traición; y después de esto ella fue detenida y fue enviada a la cárcel. No, los soldados groseros fueron animados a ser crueles por los oficiales que no eran ni un poco mejor, porque ellos mismos a veces ponían sus manos violentas sobre la gente pacífica; como entre el resto de los mencionados anteriormente, el concejal Ricardo Brown, quien anteriormente había sido un comandante general bajo Cromwell, ahora se comportó con una ferocidad tan exorbitante, que incluso los comediantes no dudaron en exponerlo, por una alusión a su nombre Brown, y diciendo: 'El diablo era café (brown).' Un libro también se imprimió, donde muchos abusos infames, y también su comportamiento furioso fueron expuestos a la vista del público; y este libro fue dedicado a él con esta pequeña epístola:
Aunque fue publicado sin el nombre el autor, uno de los libros no sólo fue enviado a Brown, sino que como señal de que los así llamados cuáqueros eran los dueños, alrededor de treinta otros fueron enviados al señor alcalde, y los alguaciles de Londres, para que ellos puedan saber qué 'se hacía bajo la autoridad de ellos;' porque algunos, aunque no estaban autorizados, eran audaces al actuar en contra de los cuáqueros de cualquier manera que su malicia los hacía actuar, porque ellos eran favoritos de la corte. Entre éstos estaba un Felipe Miller, quien, aunque no era un oficial, aún así en el mes de mayo de éste año, fue a una reunión de estas personas en la calle John, en la Parroquia de los Sepulcros, en Londres, sin una orden judicial, y llevando un bastón en su mano, le mandó a la muchedumbre lo que acompañaba a arrestar a cualquiera que él quisiera; y entonces él convocó al guardia, a quien había forzado por medio de sus amenazas para que fuera con él, y cinco otras personas que él detuvo, entre quienes estaba Juan Cook, quien se mencionará otra vez más adelante. Algunos días después, este Miller vino al lugar de reunión otra vez y golpeó a varias personas con su bastón porque ellos no se podían ir ante su mandato; y entonces él encargó a los guardias, a quienes él había traído, para asegurar y llevar cautivo a quien él quisiera. Cerca del fin de mes, en un primer día de la semana, el capitán Reeves, y algunos soldaldos con mosquetes y con espadas desenvainadas, fueron y entraron violentamente a la reunión de Toro y Boca, donde ellos quitaron a la persona que estaba predicando, y entonces agarraron a otro, quien le pidió a Reeves que les mostrara la orden para que él hiciera ésto. Reeves le respondió que él no le mostraría su autoridad en ese lugar; pero después nos pareció que él no tenía una orden judicial. Sin embargo hizo que sus soldados se llevaran alrededor de cuarenta personas, (algunos de los cuales no estaban en la reunión, sino que habían sido tomados de las calles), e hizo que los pusieran el el patio de Pablo, donde fueron dejados hasta que la adoración pública se acabó allí; y entonces el concejal Ricardo Brown fue al lugar donde estaban siendo vigilados los prisioneros, y con gran ira y furia puso sus manos sobre una persona de mucha edad, y lo tiró dos veces por el borde de su sombrero, causando su pérdida. Y entonces él trató a otra persona de manera similar, y un soldado golpeó a esta persona fuertemente con una pistola en la cabeza. Brown trató a otros dos de la misma manera, y entonces los envió a todos a la cárcel de Newgate, vigilados por los soldados. Entonces ese mismo día algunos soldados fueron a la reunión en la calle Tower, y sin ninguna orden judicial, se llevaron a ventiuna personas, de los llamados cuáqueros, y se los llevaron al centro de comercio, donde los tuvieron por un tiempo, y entonces los llevaron ante Ricardo Brown, quien de manera muy furiosa golpeó algunos y pateó a otros; lo cual hizo que uno de los prisioneros, al ver cómo Brown golpeó a uno con sus puños en la cara, y pateó a otro en la espinilla, dijera: '¡Qué, Ricardo! ¿Te volverás un asesino? 'Tú no hacías esto cuando yo era soldado bajo tu mandato en Abingdon, y tú me mandaste a mí y a otros a buscar en las casas de las personas pasteles y carne asada, porque ellos celebraban la Navidad como una ocasión santa; [los puritanos de Cromwell consideraban la Navidad, con el intercambio de regalos y la fiesta, como algo derivado de la celebración pagana del nacimiento del dios sol de los romanos, Saturno], y cuando llevamos a los prisioneros ante el guardia, por observar estas fechas.' Porque Brown era un hombre tan estricto en esos tiempos, que pretendía desarraigar esas costumbres supersticiosas; aunque había un motivo para cuestionar si su corazón era sincero con respecto a esto. Sin embargo, este celo ciego era inadecuado para convencer a la gente supersticiosa. Brown, sabiendo que esto había ofendido a los de la iglesia de Inglaterra, procuró ahora compensar por esta falta, por medio de su brutal ferocidad en contra de los inocentes cuáqueros, y así ganar el favor de los eclesiásticos y cortesanos del rey, que ahora habían vuelto al poder [los anglicanos volvieron al poder, reemplazando a los puritanos, poco después de la muerte de Cromwell]. Una persona de la familia de Brown, habiendo oído lo que se decía de él, respondió 'Allí hay un pájaro de Abingdon.' A lo cual Brown contestó: ‘Él es un canalla por causa de esto,' y lo golpeó con su puño debajo de la barbilla; lo cual hizo que otro prisionero dijera: ‘¡Qué! ¿eres un magistrado y golpeas a la gente?' Ante lo cual Brown lo tiró al suelo con ambas manos por el borde de su sombrero, y entonces le mandó a los soldados a que se los llevaran a todos, y los pusieran en la cárcel de Newgate. En el primer día de la semana, en el mes llamado de junio, un grupo de soldados fue a la reunión de Toro y Boca, con picos, espadas desenvainadas, mosquetes, y antorchas encendidas, como si fueran a una pelea; aunque sabían muy bien que no encontrarían nada más que gente inofensiva. Pero lo primero que hicieron fue quitar al que estaba predicando, a quien arrastraron fuera de la reunión, regocijándose como si hubieran obtenido una gran victoria; entonces lo llevaron a la guardia principal en la casa de Pablo, y regresaron a Toro y Boca, donde detuvieron a algunos más, a quienes también los llevaron a la casa de Pablo. Después de algunas horas, estos prisioneros fueron llevados a la casa del concejal Brown, y él, preguntando los nombres de los prisioneros, y oyendo el de Juan Perrot, dijo: ‘¡Qué! tu has estado en Roma para trastornar,' pero corrijiéndose a sí mismo dijo: ‘para convertir al Papa.' Ante lo cual Perrot le dijo que él había sufrido en Roma por el testimonio de Jesús. Ante lo cual Brown le constestó que si él hubiera convertido al Papa, que le hubiera agradado mucho más que lo que le agradaba ahora. Y Perrot le respondió que a Dios le agradaba mucho más. Después de un poco más de discurso, Brown los envió a todos a Newgate.
De esta manera las reuniones de aquellos llamados cuáqueros fueron perturbadas en ese tiempo, de lo cual yo puedo producir, si fuera necesario, muchos más ejemplos. Una vez un hombre llamado Cox, que era vendedor de vino, fue con algunos soldados a una reunión, donde, después de usar mucha violencia, ellos tomaron a dos cuáqueros, a quienes golpearon muy gravemente porque se negaron a ir con ellos, aunque no mostraron ninguna orden judicial para ello. Finalmente los soldados los llevaron a ambos con mosquetes al patio de Pablo, y cuando los dejaron, arrastraron a uno de ellos por los tobillos sobre su espalda, de una manera muy bárbara; lo cual cuando sucedió, al vendedor de vino mencionado se le oyó decir que él iría y tomaría una copa de brebaje, porque estos demonios lo habían desgastado. Aún así, él se fue a otro lugar de renión de esas gentes, donde él también se comportó muy impíamente; y al pedírsele la orden, su respuesta la dió sosteniendo la espada en la mano, 'ésta es mi orden.' Y así parece que él se congraciaba con Brown, quien ahora estaba en favor con la corte, fue nombrado cabellero, y un tiempo después también fue nombrado señor alcalde de Londres. Por el comportamiento furioso de Cox, los soldados fueron animados a cometer toda clase de males: de tal modo que, cuando se les preguntaba que orden tenían para hacer estas cosas, uno al levantar su mosquete dijo: 'Ésta es mi orden.' De modo que ahora las cosas eran hechas por una ley de club. Ni tampoco los soldados respetaban la edad, sino que sacaron de una reunión a dos niños en Mileend, uno de alrededor de trece y el otro de alrededor de dieciséis; y fueron llevados ante el teniende de Tower, quien a uno que decía que suponía que ellos no tenían ni dieciséis años, y por lo tanto no se les podía castigar por el acto, le respondió que ellos tenían suficiente edad para ser azotados; y ellos debían ser azotados para que dejaran su religión. Y así él los envió a Bridewell, donde sus manos fueron puestas en cepos, y apretadas de tal manera por un espacio de dos horas, que sus muñecas estaban muy hinchadas; y esto fue hecho porque ellos se negaron a trabajar, estando persuadidos de que ellos no merecían ser tratados así; ellos no comieron nada cuando estaban a cargo del asilo de pobres. Estos muchachos, aunque estuvieron por bastante tiempo en esa cárcel, continuaron firmes, regocijándose que ellos eran hallados dignos de sufrir por el nombre del Señor; y ellos le escribieron una carta a los hijos de sus amigos, exhortándolos a ser fieles en llevar su testimonio para el Señor, en contra de toda impiedad e injusticia. Algunos días antes de este tiempo, Tomás y Juan Herbert, que vivían en Londres, y otros mosqueteros, vinieron con sus espadas desenvainadas hacia algunas moradas privadas, y rompieron dos o tres puertas; (porque cuando algunas personas fueron vistas entrando a la casa, aunque sólo era para visitar a sus amigos, fue llamada una reunión). Ahora sucedió que en una casa, estos hombres groseros encontraron a cinco personas juntas, uno de los cuales era William Ames, quien había venido allí desde Holanda, y otro era Samuel Fisher: y cuando se les demandó qué orden tenían, ellos levantaron sus espadas, y dijeron: 'No nos pidan una orden; ésta es nuestra orden.' Y en esos momentos ellos sacaron a estas personas por la fuerza, y los llevaron al patio de Pablo, donde ellos habían sido el hazmerreír de los soldados. Así fueron llevados al Exchange, donde ellos no encontraron mejor recepción de los soldados groseros. Entonces ellos conducidos a la casa del concejal Brown en la calle Ivy Lane. Él los envió a la [cárcel] de Bridewell con un decreto, para que fueran mantenidos haciendo trabajos forzados. Pero después al reconsiderar y encontrar que su decreto no tenía justicia, (porque estas personas no fueron sacadas de una reunión), a la mañana siguiente él envió otro decreto, por el cual ellos fueron culpados de haberse reunido ilegalmente para adorar. Si uno de los mosqueteros hubiera oído a cualquiera de estas personas hablar a manera de exhortación a los fieles en este tiempo de mucha persecución, ésto hubiera sido considerado un cargo suficiente, aunque no reconocido por la ley; pero ellos usaron cargos sospechosos, de manera bastante pobre y tonta. Así estas personas fueron enviadas a Bridewell, y se les obligó a golpear cáñamo; y fueron tratados tan severamente, que W. Ames se enfermó, hasta estar cerca de la muerte, por lo cual fue liberado; porque de alguna manera se puede decir que su morada estaba en Amsterdam, Holanda, ya que él estaba allí la mayor parte del tiempo por algunos años seguidos; y para que no se le pudiera culpar, él trabajó peinando lana; y si se decía que él era de Amsterdam, parecía que ellos no permitirían que él muriera en la cárcel, como había sucedido con algunos de sus amigos. Los otros, que habían estado por seis semanas en Bridewell, fueron presentados en las sesiones en Old Bailey; [la corte] pero en vez de ser juzgados por aquello por lo que fueron culpados, fueron obligados a tomar un voto de lealtad, como la única razón, (de acuerdo a lo que dijo el ayudante de registrador), por la cual fueron llevados allí. Los prisioneros entonces demandaron que la ley se leyera, en virtud de lo cual se les obligó a que tomaran el voto mencionado. La corte prometió que esto se haría; pero en vez de esto, ellos ordenaron que el empleado leyera la forma del voto, pero no permitían que la ley obligatoria fuera leída. Pero antes que los prisioneros hubieran declarado su voluntad de tomarlo, o su negativa de hacerlo, se dio el mandat que fueran llevados; lo cual los oficiales hicieron con tal violencia, que ellos tiraron a algunos de ellos sobre las piedras. Esto hizo que Samuel Fisher dijera: 'Tomen nota, pueblos, que nosotros todavía no nos hemos negado a tomar el voto; pero la corte se niega a cumplir la promesa que ellos hicieron ahora ante todos ustedes, que el estatuto para esto debía ser leído: si hechos como estos alguna vez prosperan, debe ser cuando no hay Dios.' Pero esto no fue considerado; y los prisioneros sin ninguna justicia fueron enviados a Newgate. Entre éstos, también estaba un Juan Howel, quien haía sido enviado por el concejal Brown a trabajar por Bridewell, porque al ser llevado ante él, no dijo repentinamente cuál era su nombre: y al ser demandado en la corte porque no decía su nombre, él respondíó, que era porque él había golpeado y abusado en la presencia de Ricardo Brown, cuando fue llevado ante él. Brown, que también estaba en el tribunal, le preguntó toscamente: '¿Dónde fuiste abusado?' Y Howel respondió: 'Sangre fue echada sobre mi en tú presencia; lo cual no debería hacerse en la presencia de un juez de paz.' Pero Brown comenzó a ponerse muy impetuoso, y respondió: 'Deja de balbucear, o se hará lo mismo otra vez aquí en la presencia de la corte.' Alrededor de la mitad del verano, Daniel Baker regresó a Inglaterra, (quien, como fue relatado, había estado en Malta), y alrededor de una quincena después de su llegada, él, con cuatro otros, fueron tomados por una banda de soldados de la reunión de Toro y Boca, y llevados al patio de Pablo, donde después de haber estado allí algunas horas, fueron llevados a Newgate; pero en la noche fueron llevados ante el concejal Brown, a quien Baker le dijo con mansedumbre: ‘Que el temor de Dios y su paz esté en sus corazones.' Pero Brown se puso a reír, y dijo: ‘Preferiría oír a un perro ladrar;' y usando muchas más expresiones burlescas, él culpó a Baker y a otros de no cumplir la ley del rey a reunirse juntos. A lo cual Baker dijo: 'Los siervos de Dios y en los días de los apóstoles, se les mandó a que ya no hablaran en el nombre de Jesús; y ellos respondieron, y así lo hago yo también, que era mejor obedecer a Dios que a los hombres, juzguen ustedes.' Él también dio como ejemplo el caso de los tres jóvenes en Babilonia, y Daniel, que no obedeció el decreto del rey. Pero Brown estaba tan enojado, que él mandó a sus hombres a golpear a Daniel en la cara. Ellos hicieron esto, y lo tiraron cuatro o cinco veces al suelo, y lo golpearon con sus puños, y estrujaron su cuello de tal manera, como si quisieran asesinarlo. Estos hombres hicieron esto para complacer a Brown, mostrando que ellos estaban listos para cualquier servicio, no importa lo abominable que fuera. Y Baker, reflejando en sus viajes, indicó que incluso los turcos y los paganos aborrecían esas acciones brutales. Sus compañeros de prisiones también fueron abusados por Brown, y después fueron enviados a Newgate otra vez. Y después de algunos días, ellos fueron llamados a las sesiones, donde su acusación fue leída, lo cual como otros ante tales sugerencias, generalmente funcionaron con los siguientes términos: que los prisioneros, bajo la pretención de llevar a cabo un servicio religioso, de manera diferente que por las leyes establecidas por el rey de Inglaterra, ilícitamente y tumultuosamente se juntaron y se reunieron, para el gran terror del pueblo de su majestad, y para el alborotamiento de la paz del rey, en desacato de nuestro señor rey; y sus leyes, para el mal ejemplo de todos los otros que son así fácilmente ofendidos. Al leerse la acusación, ningún testigo apareció en contra de los prisioneros, con excepción de Brown, quien se sentó en el tribunal: y por lo tanto el voto, como la trampa ordinaria, fue ofrecido a ellos; porque fue suficientemente sabido, que su profesión no soportó que tomaran ningún juramento. Ellos por negarse a jurar, fueron enviados otra vez a la cárcel, para quedarse allí hasta que tomaran el voto. Si yo aquí expusiera todos los casos similares que han sucedido, encontraría más trabajo que lo que yo soy capaz de realizar: porque este enfado con el voto era tan común, que algunos habían sido tomados en la calle, y llevados ante un juez de paz, para que él pudiera ofrecerles el voto a ellos, y en caso que se negaran, enviarlos a la cárcel, aunque esto era directamente contrario al estatuto de la Carta Magna, la cual expresamente decía que ‘ningún hombre libre puede ser llevado o encarcelado, o ser desposeídos de su propiedad o libertades, sino por la ley de la tierra.' Pero esto no fue considerado por Ricardo Brown, quien hacía lo que quería; porque la fuerza y la violencia no eran predominantes; y a veces cuando los prisioneros eran llevados al banquillo, por sus reuniones frecuentes, la libertad les era negada a ellos para justificarse a sí mismos; pero el ser intimidados y desconcertados era su suerte. Una vez sucedió que un prisionero, que había sido un soldado anteriormente bajo Brown, viendo que no se observaba ninguna justicia o equidad, lo llamó diciendo que él no era apto para sentarse en el tribunal; porque él hizo a un hijo colgar a su padre en Abingdon; para que él pudiera probar que era un asesino.' Estas palabras audaces causaron algo de alboroto en la corte, y Brown, no importa lo fuerte que fueran los cargos, no negó el asunto en la corte, ni se defendió ante él: sin embargo los otros prisioneros cuáqueros no aprobaron esta censura, sino indicaron que aunque el hecho era cierto, ellos no estaban allí para reprochar a ningún magistrado en el tribunal, cuyo lugar tenía un oficio que ellos no respetaban ni honraban. Pero yo no encuentro que Brown, (por esta causa), procesó a los que hablaban tan audazmente, aunque de otra manera él hacía lo que quería, sin temer que sus compañeros magistrados, (que lo respetaron a él que era un favorito en la corte), lo negaran, como puede parecer por este próximo ejemplo. Cierta persona que había sido sacada de una reunión por los soldados de manera muy violenta y abusiva, porque él no estaba dispuesto a ir con ellos, dijo en la corte que su negativa de ir se debía a que ellos no le mostraban ninguna orden para su detención: debido a que él no sabía si ellos eran ladrones o asesinos, con los cuales él no estaba obligado a ir. Pero Brown, quien avocaba por la violencia, dijo antes esto, que si ellos lo hubieran arrastrado a él por todos las perreras en la calle, ellos le hubieran hecho bien, si él no hubiera ido. Esto lo dijo de manera tan furiosa que uno de los prisioneros le dijo, 'Usted ha recibido muchas advertencias y visitaciones en el amor de Dios, pero usted las ha desairado; por lo tanto tenga cuidado de estar sellado en la ira de Dios.' Por consiguiente uno de los carceleros vino con su bastón y golpeó a varios de los prisioneros tan fuertemente que varios de ellos fueron heridos de gravedad; y algunos reportaron que Brown gritó que lo derribaran, aunque otros (para mitigarlo un poco), lo hicieron, lo derribaron. Pero lo primero parece más probable: porque los golpes fueron tan violentos, que algunos de los presentes gritaron: ¡asesino! ¡asesino! y preguntaron: '¿Permitirás que los hombres sean asesinados en la corte?' Con lo cual uno de los alguaciles se bajó en persona de su asiento para detener la golpiza. Pero Brown estaba tan desesperadamente lleno de ira, que él le dijo a los prisioneros: 'Si algunos de ustedes muere, la sangre de ustedes estará sobre sus propias cabezas:' y el verdugo parado con su mordaza en la mano, amenazó a los prisioneros con amordazar a cualquiera de ellos que dijera cualquier cosa. De modo que la inocencia fue forzada a dar lugar a la violencia. Y una vez, cuando ante la común pregunta juridicial de culpable o no culpable, contestó: niego que yo sea culpable, y puedo decir que no soy culpable; y también en Latín, non reus sum. Sin embargo él fue sentenciado como mudo, y multado como corresponde, aunque las palabras que él dijo, finalmente indicaron que no era culpable, aunque él no lo había expresado en los mismos términos. Pero ahora ellos estaban de parte de contrariar a los cuáqueros en todos los puntos. Mencionaré más ejemplos de la brutalidad de Brown, antes de pasar a otra cosa. Cuando a otra persona se le demandaba que respondiera a su acusación, si era culpable o no culpable, y al él no contestar, sino que al pensar un poco qué podía decir con seguridad, Brown dijo burlescamente: 'Tendremos una revelación con el tiempo.' A lo cual el prisionero dijo: '¿Por cuánto tiempo te opondrás al inocente? ¿Por cuánto tiempo tú perseguirás a la semilla justa de Dios?' Pero mientras él hablaba, Brown comenzó a gritar indecentemente en el lenguaje de esos jóvenes que andan gritando de allá para acá en la calle: 'Ahá, ahá, ¿Vas a querer unas ostras?' Y: '¿Tienes alguna criada en la cocina?' Y cuando un prisionero en el tribunal dijo que por causa de la consciencia no podía dejar de reunirse con el pueblo de Dios, Brown respondió groseramente, 'Consciencia: ¡para mí es como la cola de un perro!' Y cuando el concejal Adams, hablando con uno de los prisioneros, dijo: 'Lamento verte aquí;' 'Yo lo lamento' dijo Brown, '¿Qué debes lamentar?' 'Sí,' dijo Adams, 'Él es un hombre sobrio.' Pero Brown, quien no podía soportar oír esto, contestó que nunca hubo un hombre sobrio entre ellos, queriendo decir los cuáqueros. A los presentes, que te tomaron nota de lo sucedido, les disgustó mucho su actitud. Pero parecía que él estaba muy endurecido; porque en cierta ocasión cuando dos personas estaban siendo enjuiciados por robar una casa, él les dijo que ellos eran los canallas más grandes de Inglaterra, excepto por los cuáqueros. A veces sucedió que los prisioneros eran llevados al banquillo sin ser acusados; y cuando ellos decían: '¿Qué hemos hecho?' y deseaban justicia, Brown, no teniendo ninguna acusación en contra de ellos, frecuentemente gritaba: ‘¿Tomarán el voto?' Y después cuando decían que por causa de la consciencia ellos no podían jurar, eran condenados como transgresores, aunque tales procesos eran directamente contrarios a la ley. Pero en el momento parecía que era algo que se debería considerar muy poco. Por lo tanto, algún tiempo antes, sucedió en Thetford en el condado de Norfolk: que el juez Windham, mostrándose en esos momentos como justo en un caso similar, reprendió duramente a los jueces sobre el tribunal, no sólo por haber condenado a algunos a la cárcel, sino también los llevó al banquillo, donde ningún acusado compareció ante ellos. Pero Ricardo Brown hizo lo que pudo, y se mostraba a sí mismo muy furiosamente impío, cuando algún prisionero era llevado ante él con el sombrero puesto. Un tal Juan Brain, siendo detenido en la calle, y no en una reunión, fue llevado ante Brown por algunos soldados; quien, viéndolo sin su sombrero, ordenó que fuera tirado al suelo seis o siete veces, y cuando estaba abajo, ellos golpearon su cabeza en contra el suelo, y lo patearon; y Brown, como un loco, les dijo que lo tiraran por la nariz. Y cuando él se levantó, ellos lo tiraron al suelo por los pelos de la cabeza, y después lo levantaron por el pelo otra vez. Y cuando él quizo hablar en defensa propia en contra de esta crueldad, Brown les dijo que le callaran la boca. A lo cual ellos no sólo lo golpearon en la boca, sino que le taparon la boca y la nariz de tal manera, que no podía respirar, y era como si se estuviera ahogando: y ante estas acciones Brown se puso a reír, y finalmente lo envió a la cárcel. Tomás Spire, siendo llevado ante Brown, éste mandó a que le sacaran el sombrero; y como no se hizo con la violencia que él quería, Brown hizo que se lo pusieran en la cabeza otra vez, diciendo que no se le debería quitar tan fácilmente. Entonces él fue tirado al suelo por el sombrero, y levantado por el pelo. Al ser William Rill llevado ante él, mandó que su sombrero fuera quitado para que su cabeza estuviera inclinada: y cuando lo echaron al suelo, fue arrancado por el pelo de su cabeza, Jorge Ableson fue así tirado al suelo cinco veces una después de la otra, y tirado por el pelo, y golpeado de tal manera en la cara, o en los lados de la cabeza, que se tambaleó, y sangró, y por algunos días estuvo con mucho dolor. Al ser llevado Nicolás Blithold ante Brown, él tomó su sombrero con ambas manos, tratando de tirarlo al suelo; y porque no se cayó completamente al suelo hacia adelante, lo empujó para tirarlo hacia atrás; y entonces le dio una patada en la pierna, y lo empujó de la puerta para fuera. Al ser llevado Tomás ante él, le dió él mismo un golpe en la cara; e Isaac Merrit, Juan Cook, Arturo Baker, y otros, no fueron tratados mucho mejor; entonces él parecía más apto para haber sido un verdugo que un concejal, o un juez. Pero me canso de mencionar más ejemplos de su crueldad. Estos logros abominables de él fueron publicados más ampliamente que lo que yo he mencionado; y el libro, como ya se ha dicho, fue dedicado a él. Y sin embargo no he hallado que nadie haya sido procesado por esta causa; aunque su maldad era extravagante, y como si quisiera erigir estacas en Smithfield para vender su madera; siendo que él era un hombre dedicado al negocio de la madera. En este tiempo de dura persecución, Francis Howgill escribió, escribió el siguiente documento para animar a sus amigos.
Este escrito de Francis Howgill, quien era un hombre piadoso, junto con muchas otras exhortaciones poderosas de aquellos que valientemente estuvieron antes, fue de gran ánimo en este tiempo de severa persecución. Porque no importa lo furiosos que fueran sus enemigos, ellos continuaron siendo fieles en sus súplicas y oraciones fervientes hacia Dios, para que a él le pueda agradar asistirlos en su celo recto, quienes no querían nada para sí mismos sino que por causa de su verdadero temor y reverencia hacia él, no se atrevieron a omitir sus reuniones religiosas. Y ellos hallaron que el Señor oyó sus oraciones, de modo que yo recuerdo a uno que dijo que en una reunión en la cual parecían estar en peligro de muerte a causa de sus furiosos perseguidores, se pensaba que él estaba embelesado, de modo que apenas sabía si estaba dentro o fuera del cuerpo. Al perseverar en la fidelidad de lo que ellos creían que el Señor pedía de ellos, con el pasar del tiemo, cuando sus enemigos creyeron que estaban apunto de destruír a los cuáqueros, ellos vieron que el Señor Dios Todopoderoso se levantó en su defensa, y aplastó y confundió los ardides de sus crueles perseguidores, como será visto en el transcurso de esta historia. Y en otros pueblos y ciudades por toda la nación, En Colchester, Inglaterra, la persecución ahora era extremadamente feroz. En el mes de Octubre, William More, alcalde de ese pueblo, fue en el primer día de la semana, y deshizo las reuniones de los así llamados cuáqueros, y encerró algunos en la cárcel; la siguiente semana hizo lo mismo, y una semana después hizo que un grupo de la tropa del condado fuera a la reunión. Éstos golpearon a algunos, e hicieron mucho daño a las formas, asientos, y ventanas del lugar de reunión. Y después el alcalde utilizó a un hombre de edad para que detuviera en la puerta a los que iban a la reunión; quien le dijo a los que querían entrar que el alcalde lo había puesto allí para mantenerlos afuera. Ahora, aunque ellos sabían que él no era un oficial, ni tenía ninguna orden judicial, no pusieron resistencia, sino que continuraron en la calle, y así tuvieron su reunión de manera pacífica, no estando libres por causa de la consciencia para dejar de llevar a cabo su adoración pública a Dios, aunque en esa época del año hacía frío, y a veces llovía; y así continuó por muchas semanas, aunque asistían con tantas dificultades. Durante la primera parte de diciembre vinieron alrededor de cuarenta de los soldados del rey, a caballo, en sus armaduras, con espadas, carabinas, y pistolas, gritando: ‘¿Qué diablos están haciendo aquí?’ Y cayendo violentamente sobre este grupo inofensivo, ellos los golpearon, algunos con espadas, y otros con carabinas, sin hacer distinción entre hombre o mujer, viejo o joven, hasta que muchos estuvieron muy heridos; persiguiéndolos de allá para acá en las calles. El viernes siguientes estos tipos furiosos vinieron otra vez, ahora con garrotes además de espadas y carabinas, y les pegaron terriblemente a aquellos que estaban reunidos de manera pacífica en la calle para adorar a Dios. Esta cruel golpiza fue tan excesiva, que algunos recibieron más que cien golpes, y sus miembros fueron golpeados de tal manera que estaban negros o azules y perdieron su fuerza natural. Un soldado golpeó a uno de ellos por tanto tiempo que la hoja de su espada se cayó del puño, con lo cual aquel que estaba siendo golpeado vio y le dijo al soldado: ‘Yo lo levantaré y se lo daré otra vez,' lo cual él hizo con estas palabras: ‘Espero que el Señor no le ponga la obra de este día a su cargo.' Pero para evitar la prolongación, no mencionaré todos los asaltos particulares que yo encuentro que fueron cometidos en ese lugar. Estas acciones crueles continuaron todavía por varias semanas, y algunos fueron golpeados tan violentamente, que su sangre fue derramada en las calles, y ellos se undieron y desmayaron. Un tal Eduardo Graunt, un hombre de alrededor de setenta años de edad, (a cuya esposa e hijas yo conocía muy bien), fue derribado tan terriblemente, que sólo vivió unos pocos días después. Este tiempo era tan terrible ahora, que estos adoradores religiosos, cuando iban a su reunión, parecían ir a la muerte; porque no podían prometerse a sí mismo regresar a su hogar intactos o vivos. Pero a pesar de todo esto, su celo por la adoración era tan vivo, que ellos no se atrevían quedarse en la casa, aunque el razonamiento humano se los pudiera haber aconsejado. Y algunos de ellos habían sido gente de notoriedad en el mundo; entre otros un tal Giles Barnadiston, quien habiendo pasado seis años en la universidad, en el estudio de la literatura humana, después llegó a ser coronel; pero con el paso del tiempo, habiendo oído predicar a G. Fox el joven, estuvo tan enteramente convencido de la Verdad que él renunció a su mando militar y entró a la sociedad de aquellos llamados los cuáqueros; y continuando fiel, con el pasar del tiempo llegó a ser un ministro del evangelio entre el pueblo mencionado; siendo un hombre de espíritu manso, y uno a quien conocí muy bien. Este Barnadiston no se abstuvo de asistir a las reuniones frecuentes, no importando lo horrible de las persecuciones, estando completamente entregado a arriesgar su vida con sus amigos. Un tal Salomón Fromantle, un comerciante, con quien yo estaba bien familiarizado, fue tan terriblemente golpeado, que él se cayó y perdió mucha sangre en la calle; y sin embargo los soldados brutales no dejaron de golpearlo. Su esposa, una hija de Eduardo Graunt, temiendo que fuera asesinado, se tiró sobre él, para cubrirlo y protegerlo de los golpes con su propio cuerpo, como ella misma me dijo en la presencia de su esposo; un amor conyugal y fidelidad dignos de ser mencionados, y dejados en el registro. Y aunque ella entonces no recibió golpes muy feroces, aún así habían algunas mujeres que fueron golpeadas gravemente con garrotes, en los cuales habían puesto clavos de hierro. Y una viuda anciana recibió no menos de doce golpes sangrientos en varias partes de su cuerpo; y otra mujer fue perforada en el lomo con un garrote de estos. Un hombre anciano de sesenta y cinco años fue seguido por una larga distancia por tres personas de a pie y uno a un caballo, y fue golpeado y herido de tal manera que una mujer, teniendo piedad de este anciano, le dijo a esos viciosos perseguidores que pararan; pero esto enojó tanto al jinete a caballo, que le dio un fuerte golpe con su espada en el hombro, con maldiciones y recriminaciones. Esta barbaridad continuó, hasta que los perseguidores llegaron a estar tan exhaustos golpeando a los inocentes, que parecían llegar a ser más bravos a medida que continuaban sus tribulaciones, no importando lo grave que fueran. Un gran promotor esta furiosa violencia fue el capitán Turner, que le ordenó a sus soldados que cometieran estas acciones. Su malicia era tan grande que una vez mientras deshacían una reunión, él no sólo dio la orden de golpear a la gente, sino también que destruyeran el cuarto, las ventanas, y las murallas; de modo que el daño llegó a veinticinco libras. Ahora, yo podría pasar a dar una gran descripción del juicio de muchos prisioneros en Worcester, ante los jueces Hyde y Terril; pero debido a que ese juicio fue muy similar al de Juan Cook, detallado en este documento, no haré sino una mención breve de esto. Cuando los prisioneros, siendo llevados al tribunal, preguntaron por qué habían sido dejados por tanto tiempo en la cárcel; se les contestó con la pregunta que si ellos tomarían el voto de lealtad. Pero se hicieron esfuerzos para hacer que algunos se delataran a sí mismos, preguntándoles dónde habían estado en ese día. Porque si hubieran dicho en la reunión, entonces hubiera salido de su propia boca que ellos habían actuado contrario a la ley; pero ellos respondieron con recelo, que no estaban obligados a acusarse a sí mismos. Otros por evidencia fueron culpados con haber estado en la reunión; y cuando ellos dijeron que sus reuniones no siempre eran para adoración pública, sino que ellos también tenían reuniones para cuidar a las viudad, los huérfanos, y otros que eran indigentes; sin embargo se le dijo al jurado, que aunque no había evidencia, que había habido predicación en esa reunión, sin embargo si sólo creían que los prisioneros habían tenido una reunión para alabanza religiosa, eso era suficiente para que ellos aprobaran la acusación. Y aún así tales procedimientos en otros casos se hubieran considerado injustificados. Eduardo Bourn fue encarcelado por haber estado en la reunión, y después al ser llevado a juicio, se le ofreció que tomara el voto. Entre otras palabras que él dijo en defensa propia, dijo: ‘Suponga que Cristo y sus apóstoles hubieran tenido una reunión aquí en este lugar, ¿acaso esta ley en contra de las reuniones les aplicaría a ellos también?' ‘Sí,' dijo el juez, '¡aplicaría!' Pero pensando otra vez para sí mismo, dijo: 'No responderé a sus preguntas; ustedes no son apóstoles.' La conclusión fue que Bourn y varios de sus amigos fueron multados cinco libras cada uno. Ahora, debido a que aquellos que fueron multados de esta manera no acostumbraban a pagar las multas, al considerar que aquello por lo cual eran multados era un deber indispensable que le debían a Dios, y por lo tanto no podían pagar tal multa de buena consciencia, entonces la consecuencia generalmente era el encarcelamiento, y la toma de sus bienes como pago de las multas, por lo cual algunos perdieron dos veces, y talvez tres veces la cantidad de la multa. Algunos de los prisioneros hicieron paracer que habían estado en otro lugar, y no en la reunión en la casa de un tal Roberto Smith, durante el tiempo de la evidencia declarada bajo juramento; y sin embargo, debido que no dieron una respuesta satsifactoria a la pregunta de si ellos habían estado allí en ese día, fueron considerados culpables. El mencionado Roberto Smith fue culpado por apelar a una corte extranjera: porque cuando se le ofreció el voto de lealtad, y él fue amenazado por el juez con una apelación a la corte extranjera, preguntó quién había hecho esa ley para tomar el dicho voto, si es que no era para los papistas. Y bajo sospecha de que algunos de esa persuación se sentaban en el tribunal, él también preguntó que si ellos, para la satisfacción de la gente que estaba presente, no debían también tomar el voto. Pero el juez desatendió esto diciéndole que él tenía que tomar el voto, o de otra manera se le pronuciaría una sentencia en su contra. Smith entonces preguntó si el ejemplo de Cristo decidiría el asunto; pero el juez dijo: 'No he venido aquí a disputar con ustedes con respecto a la doctrina de Cristo, sino para informarles con respecto a la doctrina de la ley.' Entonces a Smith se lo llevaron y después, cuando se les hizo la acusación por rehusar el voto, él fue llevado a corte otra vez, y se le preguntó si respondería a la acusación, o no; y las razones que él dio no fueron aceptadas, el juez dijo, antes que Smith terminara de hablar: ‘Esta es tu sentencia, y el juicio de la corte: Tú quedarás fuera de la protección del rey, y cederás para siempre los derechos de tus propiedades privadas al rey, y tus bienes raíces durante la vida.' A esto Roberto dijo con una mente serena: ‘El Señor ha dado, y si él decide que sea quitado, se hará su voluntad.' Entonces Roberto Smith sufrió, con muchos más de sus amigos, allí y en otras partes: todo lo cual yo creo que mi vida entera no sería suficiente para describir de manera circunstancial. Pasando entonces por las otras persecuciones de este año, relataré un caso notable que sucedió este año, 1663, donde la paciencia triunfó muy eminentemente sobre la violencia. Pero antes que yo entre en esta narrativa, no sería malo retroceder un poco, y mencionar algunos casos singulares del actor principal del hecho que voy a describir. En Warborough de Oxfordshire, aquellos que son llamados cuáqueros también fueron abusados gravemente en sus reuniones religiosas, y aún las ancianas no fueron perdonadas; lo cual a menudo causó que el llanto de los niños inocentes subiera hasta el cielo, cuando ellos vieron a sus madres que eran tratadas tan mal. Porque el que los magistrados mismos rompieran sus canas en pedazos sobre aquellos que se reunían, era una cosa común; y entonces usaban otros palos: a menudo a las mujeres se les sacaban las ropas de arriba; y esto acompañado con la toma de los bienes. Que estos perseguidores estuvieran así de enfurecidos no era extraño, cuando consideramos que algunos fueron llevados a eso por sus maestros; un ejemplo de lo cual fue dado por Roberto Priest del mismo lugar, quien una vez dijo en un sermón, que las leyes del rey, aunque eran contrarias a la ley de Dios, que todavía debían ser obedecidas. Muy diferente era la doctrina de los apóstoles Pedro y Juan, cuando ellos dijeron al concilio judío: 'Juzguen ustedes si es que es correcto ante la vista de Dios, obedecerlos a ustedes más que a Dios.' En Northamptonshire, donde la persecución también era muy terrible, el obispo de Peterborough dijo públicamente en la iglesia, después de haber mandado a los oficiales a ejecutar el último acto en contra de las reuniones sediciosas, ‘En contra de todos los fanáticos ha hecho su negocio, excepto los cuáqueros; pero cuando el parlamento se reuna otra vez, se hará una ley más fuerte, no sólo para quitar sus alabanzas y sus bienes, sino también para venderlos como esclavos.' Así los eclesiásticos apagaron el fuego de la persecución. En York la toma de bienes fue ferozmente impulsada por el concejal Richardson; y aún los niños y las niñas, que tenían menos de dieciséis años de edad, y por lo tanto no estaban sujetos a la penalidad de la ley, fueron multados; y cuando los guardias no se mostraron dispuestos a asistir en el robo, fueron desdeñados, y uno que fue procesado por no llevar a cabo su deber, porque él había rehusado a quitarle la capa a un hombre. Pero si yo mencionara los males cometidos en todos los condados y lugares, ¿cuándo llegaría a alguna conclusión? Tomás Green, un hombre grave, con quien yo he estado muy familiarizado, estando en oración en una reunión en Sawbridgworth de Hertfordshire, fue levantado de sus rodillas y arrastrado hacia afuera; y al ser llevado ante los jueces Roberto Joslin y Humphrey Gore, lo multaron con veinte libras, por hablar o predicar en la dicha reunión; y emitieron una orden judicial a Juan Smith y Pablo Thomson, que eran guardias, para tomar bienes o propiedades; después de lo cual ellos fueron al negocio de Tomás Green, en Royston, y tomaron suficientes bienes como para que valieran cincuenta libras. Pero esto no apagó su celo; porque como un pastor verdadero y fiel, él continuó alimentando al rebaño, y para edificar la iglesia con su don: en lo cual él fue muy servicial. En otra ocasión, los jueces Pedro Soames y Tomás Mead, emitieron una orden de tomar bienes con el valor de veinte libras del mencionado Tomás Green, por predicar en una reunión en Upper-Chissel, en Essex. Y los oficiales que fueron al negocio de Tomás Green, tomaron todo lo que pudieron tomar, dejando nada en el negocio sino un rollo de hilo arruinado, que se había caído al suelo, y no había sido visto por ellos. T'eófilo Green sufrió también una gran pérdida de bienes, por haber predicado en una reunión en Kingston-upon-Thames, fue puesto en el cepo por varias horas, y multado veinte libras. Y habiendo predicado los tres siguientes primeros días de la semana en Wandworth, fueron cada uno multados con la misma cantidad. La semana siguiente, estando en Uxbridge, y visitando algunos pobres niños de sus amigos, cuyo padre y madre habían muerto uno un poco después del otro, él tomó dos de ellos como suyos, y se preocupó de disponer del resto. Y quedándose allí hasta el primer día de la semana, se fue a la reunión, y exhortó a sus amigos a seguir reuniéndose en el nombre de Jesús: y cuando fueron dichas estas palabras entraron el guardia y el informante, y lo llevaron al juez Ralph Hawtrey, que le dio una multa de veinte libras, y lo envió como prisionero a Newgate en London, con una orden judicial; donde se le acusó que había exhortado a la gente a seguir reuniéndose en el nombre de Jesús, a pesar de las leyes de los hombres que lo prohibían. Se emitieron órdenes para causar aflicción por las multas mencionadas anteriormente, las cuales sumaron cien libras y cinco chelines; ellos vinieron y abrieron sus puertas, y se llevaron todos los bienes que encontraron, dejándolo sin cama ni silla. Y después que había estado como prisionero por tres meses, él con siete más fueron llevados a la cámara de sesiones en Hicks' Hall, y los votos de lealtad y supremacía fueron ofrecidos a ellos. A lo cual su alegato era: 'Como un inglés, yo debería ser absuelto o condenado, por aquello por lo cual soy culpado, antes que yo pueda responder a cualquier otro asunto o causa. Además, yo veo que he sido encerrado ilegalmente, porque he sido punzado y encerrado por el mismo hecho.' Pero ellos le dijeron que él debía responder si es que él habría de jurar o no; y entonces él sería oído. Pero como continuaba rehusandose a jurar, fue llevado a la cárcel con el resto; y después cuando fue llamado otra vez, y como todavía no estaba dispuesto a quebrantar el mandamento de Cristo, que dice que no se debe jurar por ningún motivo, la sentencia de apelación a una autoridad extrajera fue leída en contra de él y sus compañeros de cárcel, de modo que continuaron en la cárcel por más de dos años, hasta que fueron liberados por un acto de gracia de parte del rey. La reunión de aquellos llamados cuáqueros fue miserablemente perturbada en Horslydown en el condado de Surrey. En el día 25 de septiembre varios mosqueteros fueron al lugar de reunión, y arrastrando hacia la calle a los que estaban reunidos, los soldados del rey vinieron cabalgando entre ellos, y los golpearon y abusaron violentamente, empujándolos con sus carabinas, lo cual los otros hicieron con los extremos de sus mosquetes, de tal manera que más de veinte personas fueron heridas o severamente lesionadas; no, tan desesperadamente impías eran estos tipos malignos, que un grupo que andaba a caballo quiso cabalgar por encima de estas personas inocentes; pero los caballos, más misericordiosos que los jinetes, al no avanzar, ellos los hicieron dar la vuelta, al frenarlos y detenerlos, intentaron hacer cualquier maldad que pudieron. El día 2 de octubre, vino hacia estas personas pacíficas, que habían sido echados fuera de su lugar de reunión, un grupo a pie y un grupo a caballo y los abusaron no menos violentamente que la semana anterior; tanto así que con los golpes rompieron varios mosquetes y picos, y una carabina, y más de treinta personas fueron severamente heridas y lesionadas, de manera que su sangre fue derramada en las calles. En el día nueve del mismo mes los soldados, tanto a caballo como a pie, fueron otra vez a la reunión que se llevaba a cabo en el mismo lugar, y uno de ellos que tenía una pala, tiró lodo cenagoso de los canales [que eran alcantarillas abiertas con aguas residuales] sobre tanto hombres como mujeres; y después vinieron los de a caballo y a pie, y cayeron sobre ellos, golpeándolos y derribándolos, sin respetar edad o sexo, hasta que ellos hicieron a muchos sangrar; y cuando algunos de los habitantes compadeciéndose los llevaron a sus casas, y salvaron sus vidas, los soldados abrieron las puertas por la fuerza, y los arrastraron otra vez hacia la calle, y les quitaron los sombreros para poder golpearlos con la cabeza descubierta; hasta el punto que a muchos les rompieron la cabeza. Algunos soldados también les rasgaron las ropas a las mujeres por atrás, y las arrastraron por el lodo cenegoso desde el costado de sus caballos; y algunos de los soldados a pie pusieron sus manos de la manera más vergonzosa bajo las capas de las mujeres: no, un soldado le pegó dos veces con su mosquete a una mujer que estaba embarazada sobre el vientre, y una vez en el pecho, mientras que otro le tiró tierra en la cara: de modo que ella abortó espontáneamente. Y más de cincuenta personas en este día fueron severamente heridos y lesionados. El día 16 de este mes estas personas concienzudas se reunieron otra vez para realizar su adoración a Dios, cuando vino un gran grupo a caballo y a pie, y cayeron sobre ellos para golpearlos tan violentamente, como si ellos quisieran matar a todos en ese instante; de modo que la sangre corrió por los oídos de muchos; y uno de los guardias intentó detener al impío grupo de personas para que no derramaran más sangre, pero cayeron sobre él también, y le rompieron la cabeza; y cuando ellos fueron reprendidos por sus crueles acciones, algunos dijeron: 'Si ustedes supieran las órdenes que tenemos, dirían que los hemos tratado misericordiosamente.' Y cuando se les preguntó cómo podían tratar así a la gente que no ponía resistencia u oposición, ellos respondieron: ‘Preferiríamos, y sería mejor para nosotros, si ustedes se opusieran y resistieran.' Por lo cual se vio claramente que este mal fue hecho para provocar oposición, para que ellos pudieran llenar sus manos con la sangre de esas víctimas, y así despojar los bienes y las vidas de ellos. Por lo tanto era conveniente familiarizar al rey y su concilio con esta brutal crueldad; lo cual tuvo tal efecto que se detuvieron hasta cierto punto estas excesivas crueldades, aunque sus abusos no cesaron del todo.
- from Valiant for the Truth: En el mes de julio del año 1656, dos mujeres que eran Amigas llegaron a Boston, Massachusetts, procedetes de Inglaterra. Fueron tratadas cruelmente y encerradas en la cárcel por cinco semanas. Nicolás Upsal, antiguo residente de Bsoton, y ardiente cristiano, lamentaba la condición atribulada de estas mujeres desamparadas. No les daban alimento, y él indujo al carcelero a darles alimento, pagándole cinco chelines por semana. Fueron liberadas de la carcel solamente para ser devueltas a Ingleterra. La temida herejía se extendió no obstante los esfuerzos de los gobernantes de la colonia de Massachusetts para impedirlo, de modo que dictaron leyes aún más severas que las anteriores. Impusieron una multa a todos los que se ausentasen del culto público puritano. Ninguno podía ofercer hospedaje o alimentos a los odiados cuáqueros sin exponserse a una multa, y todos los que profesaban sus docrinas debían ser flagelados públicamente, perder sus orejas, y sus lenguas tenían que ser traspasadas por un fierro candente; y si estas medidads fueran ineficaces debían ser desterrados de la colonia. Aún los niños no se escabapan. En algunos casos fueron condenados a ser vendidos como esclavos a las islas Bermudas para pagar la multa impuesta a sus padres. Dos historias reveladores de persecución de niños nos son dadas por Sewel:
Pero fue en las colonias de Nueva Inglaterra que la extrema penalidad de la muerte fue impuesta sobre aquellos que no habían cometido ningún crimen más grande ante los ojos de los jueces que ser cuáqueros. Ya se ha hecho mención de las persecuciones a las cuales fueron sometidos algunos de la odiada secta de los cuáqueros, y en 1655 la corte general de Plymouth emitió una proclamación denunciando que ellos "publicaban folletos peligrosos y horribles," y declarando que cualquiera que fuera convencido a compartir sus creencias debería ser desterrado de la colonia bajo pena de muerte. En obediencia a su ley cuatro personas fueron ordenadas a dejar la jurisdicción. Ellos eran William Robinson, Marmaduke Stephenson, William Leddra, y María Dyer, quienes habían 'ido a Boston a trabajar por su Señor.' En obediencia a ese mandato ellos se fueron de la ciudad, pero William Robinson y Marmaduke Stephenson no se sintió satisfecho de ir más allá de Salem. Allí ellos pasaron la noche con algunos de sus amigos, y en la mañana, después de una despedida cariñosa, partieron otra vez hacia Boston con unos pocos que decidieron acompañarlos. Parecía casi como una procesión funeral, ya que ellos calmada pero solemnemente fueron hacia su muerte, siguiendo lo que parecía la guía del Señor. Al llegar a la ciudad fueron arrestados rápidamente y encerrados en la cárcel. En el mes siguiente María Dyer regresó y también fue puesta bajo custodia. Los prisioneros fueron entonces llevados ante la corte y la sentencia de muerte fue pronunciada sobre ellos. Otro hombre fue ejecutado, ante el Rey, habiendo sido informado de las injusticias cometidas en sus colonias, lo cual fue emitido y ordenado para la condenación de todos los cuáqueros para ser llevados a casa. Muchos otros cuáqueros, o incluso aquellos que eran agarrados siendo amables con los cuáqueros, eran brutalmente azotados, quitándoles todo o más de la carne de sus espaldas y sus lados. La primera mujer predicadora cuáquera fue Elizabet Hooton, una de los Sesenta Valientes enviados por Cristo hacia toda Ingleterra para predicar el verdadero evangelio. En 1661, cuando tenía sesenta y cinco años de edad, Elizabeth fue a America en un viaje misionero, llegando a Boston en 1662. Debido a las leyes puritanas en contra de los cuáqueros, ella tuvo dificultades considerables para obtener alimento o alojamiento. Mientras visitaba algunos cuáqueros en la cárcel, fue llevada ante el gobernador, Juan Endicott, quien después de insultarla, la envió a la cárcel. Posteriormente ella llevada en un viaje de dos días hacia el bosque, donde fue dejada para morir de hambre. Sin embargo, se las arregló para encontrar el camino hacia Rhode Island, consiguió un pasaje hacia Barbados, regresó a Boston, y después de una breve estadía volvió a Inglaterra. Después de conseguir una licencia del rey Carlos II para establecerse en cualquiera de las colonias americanas, Elizabeth Hooton regresó a Boston, donde intentó instalarse, pero encontró que la licencia del rey fue invalidada por las reglas de la ciudad. Entonces se fue a Cambridge, donde, debido a que no estaba dispuesta a negar su credo, fue echada en un calabozo y mantenida sin alimento o bebida por cuarenta y ocho horas, (una persona que intentó darle comida fue multada cinco libras). Después ella fue ordenada por la corte a ser azotada en tres ciudades, lo cual fue hecho a mediados del invierno y con gran severidad. Entonces ella fue llevada otra vez hacia la profundidad del bosque y dejada allí; otra vez se las arregló para llegar a la ciudad, donde recibió amistad, y después fue dejada; después de visitar Rhode Island, regresó a Cambridge, donde otra vez fue sometida a un trato brutal. Ella y su joven hija que la acompañaba fueron desvestidas hasta la cintura y azotadas mientras eran arrastradas por la nieve dentrás de una carretilla por una distancia total de 80 millas, cuando pasaban por tres ciudades puritanas importantes. Los puritanos llamaron tanto a las mujeres como a los hombres cuáqueros brujos, poseídos por el diablo. Jorge Fox declaró que él supo exactamente cuando sucedieron las ejecuciones y pudo sentir el lazo alrededor de su cuello. Por lo menos otros 27 cuáqueros fueron programados para ser ejecutados por los calvinistas puritanos [congregacionalistas] de Boston, (uno o más fueron ejecutados antes de su acción). Fox todavía estaba en la cárcel, de modo que Eduardo Burrough fue con el rey e inmediatamente apeló a él para que detuviera las ejecuciones; el rey Carlos se emocionó, y ordenó que todos los cuáqueros que estaban encarcelados de por vida o programados para ser ejecutados, fueran llevados a Inglaterra para darles la libartad. El rey Carlos emitió inmediatamente un mandato judicial [una orden legal del rey, la cual no podía ser evitada de ninguna manera por los tribunales menores], condenando esta práctica y demandando que todos los cuáqueros fueran llevados de vuelta a Inglaterra. Un grupo de cuáqueros se hicieron a la mar rápidamente hacia Nueva Inglaterra con el mandato judicial en mano, pagando por sus propios gastos, y los Amigos fueron inmediata y repentinamente rescatados de la prisión y de sus programadas ejecuciones. Después en Inglaterra, Jorge Fox se reunió con algunos de estos perseguidores de Boston con preguntas tan penetrantes que los avergonzó grandemente, y ellos admitieron su culpa por asesinar a los cuáqueros. Temiendo persecución de los parientes de aquellos que fueron asesinados, ellos huyeron hacia Nueva Inglaterra. Aún cuando era raramente posible procesar a sus perseguidores en la corte, los cuáqueros consistentemente se negaron a culparlos, dejándolos para el juicio de Dios. Pero Dios fue limitado de esa manera. Los ogullosos perseguidores cristianos? puritanos de Massachusetts encontraron muertes extrañas y dramáticas, y a veces reconocieron que era el juicio de Dios. Juan Endicott, el cruel gobernador que había mandado azotar a tantos hasta el punto que la carne en sus espaldas estaba completamente destrozada, él mismo fue afligido de manera que su espalda se le pudrió lentamente, con un hedor que alejó a cualquiera que le pudiera prestar alivio. Pero el área entera de Boston sufrió un juicio aún más extraño. Citando a Sewel:
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