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Salmos 6

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 1 (Al músico principal. Con Neguinot. Sobre Seminit. Salmo de David) Oh Jehovah, no me reprendas en tu furor, ni me castigues con tu ira.

 2 Ten misericordia de mí, oh Jehovah, porque desfallezco. Sáname, oh Jehovah, porque mis huesos están abatidos.

 3 También mi alma está muy turbada; y tú, oh Jehovah, ¿hasta cuándo?

 4 Vuelve, oh Jehovah; libra mi alma. Sálvame por tu misericordia,

 5 porque en la muerte no hay memoria de ti; ¿quién te alabará en el Seol?

 6 Me he agotado de tanto gemir. Toda la noche inundo mi cama y con mis lágrimas empapo mi lecho.

 7 Mis ojos están debilitados por el pesar; se han envejecido a causa de todos mis adversarios.

 8 Apartaos de mí, todos los que obráis iniquidad,1 porque Jehovah ha oído la voz de mi llanto.

 9 ¡Jehovah ha escuchado mi ruego! ¡Jehovah ha aceptado mi oración!

 10 Todos mis enemigos se avergonzarán y se aterrarán. Retrocederán y de repente serán avergonzados.


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1 Apartaos de mí, todos los que obráis iniquidad. David era Rey. No dejó que hubiera gente maligna alrededor de él. Él fue castigado y reprendido por el Señor; lloró toda la noche. David fue perseguido por los ángeles caídos, los demonios, quienes lo rodearon, lo ridiculizaron, lo condenaron, quienes infligieron dolor sobre él. A medida que lee los Salmos, usted verá muchas referencias al sufrimiento sobrenatural que David padeció debido a su adulterio con Bath-Shéba y el asesinato de su marido, Urías el heteo. El Señor no mató a David, pero la casa de David fue maldecida por el Señor por el resto de su vida; y David fue entonces sujeto a gran sufrimiento para que nunca considerara otra vez pecar voluntariamente. David había sido perfecto, pero sólo como Adán y Eva eran perfectos, sujetos a caer en tentación; y David cometió gran pecado, perdiendo su perfección como Adán perdió la de él; David fue separado del Señor, perdiendo la guía de la luz, perdiendo la oportunidad de ver la faz del Señor, perdiendo la comunión con el Señor en el cielo, y fue brutalmente asediado por seres espirituales, demonios. Debido a que el Señor amaba a David, él lo entregó a los demonios para castigarlo, para ponerlo en el borde de la fosa, para ser afligido con dolor, ridículo, acusaciones, etc.; con la esperanza de que cuando él fuera restaurado a la luz del Señor, él nunca olvidaría ni pecaría voluntariamente otra vez. Varios otros Salmos hablan de David siendo atormentado por los demonios, vea Salmos 17, 23, 25, 31, 35, 38, 43, 44, 56, 64, 66, 71, 86, 88, 118, 120, 139, 141; los que son algunos de las muchos que hacen referencia a estos adversarios sobrenaturales.

Antes del tiempo de Cristo, la perfección era sólo el estado de Adán y Eva, quienes todavía estaban sujetos a caer en la tentación, así como la perfección de David no era duradera debido a su adulterio con Bath-Shéba y el asesinato de su marido, Urías el heteo. La diferencia es que Cristo hace posible que un hombre vaya más allá para ser purificado, perfecto, hacia una perfección permanente que no puede caer en la tentación. Cristo hace posible que ese hombre sea una criatura completamente nueva, para sentarse con Cristo en el cielo, para ser santificado, para ser parte de Cristo mismo, quien nunca cayó y nunca caerá; una limpieza y perfección para siempre que resulta en una unión que ahora está disponible para todos los que van a él para cambiar.

De la Palabra del Señor en el interior:

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