CAPÍTULO XVI

Por los Condados 1662-1663

No me quedé mucho tiempo en Londres, sintiéndome espiritualmente arrastrado a visitar a los Amigos del Norte, y llegué hasta Leicestershire. Juan Stubbs estaba conmigo. Viajamos hasta ese lugar, celebrando reuniones con los Amigos, conforme viajábamos; y en Skegby tuvimos una reunión muy grande. Llegamos a Barnet-hills donde vivía un tal capitán Brown, quien era un bautista, pero su esposa estaba convencida de la verdad. Después que se pasó la ley para 'disolver reuniones' en el parlamento, el capitán Brown tenía miedo que su esposa asistiera a las reuniones y fuera echada en la cárcel; de modo que dejó su casa en Barrow, y consiguió un lugar en las colinas para esconderse, diciendo que su esposa no iría a la cárcel. Y debido a que este era un lugar libre, muchos otros huyeron así como él, incluyendo sacerdotes. Aunque este hombre estaba en un lugar seguro, debido a que no defendía la verdad ni permitía que su esposa que estaba convencida lo hiciera, y sabiendo esto el Señor, su mano cayó pesadamente sobre él por su infidelidad; de modo que recibió dolorosas plagas, y fue juzgado gravemente en sí mismo por huir y llevarse a su esposa a este lugar privado. Nosotros fuimos a ver a su esposa, y al llegar a la casa, le pregunté a él como estaba. "¿Cómo estoy?" (dijo él), "las plagas y la venganza de Dios están sobre mí. Soy un marginado, como Caín. Dios puede buscar un testimonio de mí, y como yo; porque si nadie fuera más fiel que yo, Dios no tendría testigos en la tierra.' En esta condición él vivió con sólo pan y agua, y pensó que esto era demasiado bueno para él. Finalmente se fue a su casa en Barrow otra vez junto con su esposa, donde después se convenció de la verdad eterna de Dios, en la cual murió. Un poco antes de su muerte él dijo que aunque no había dado testimonio de la verdad durante su vida, él daría un testimonio en su muerte, y sería enterrado en su huerto; y así fue. Él fue un ejemplo para todos los bautistas que huían en el tiempo de la persecución, quienes no podían soportar la persecución ellos mismos, y sin embargo nos perseguían cuando estaban en el poder.

De Barnet-hills nos fuimos a Swannington, en Leicestershire, donde William Smith y algunos otros Amigos vinieron a verme pero se fueron cuando llegó la noche, dejándome en la casa de un Amigo en Swanington. Llegada la noche, estaba en el vestíbulo, hablando con una viuda y con su hija, cuando llegó el llamado Lord Beaumont, junto con un grupo de soldados, que, dando con los pomos de sus espadas en la puerta, se abalanzaron dentro de la casa, blandiendo espadas y pistolas, a la vez que gritaban, "Apaguen las velas y cierren las puertas;" y, apoderándose de los Amigos de la casa, les preguntaron si no había en ella nadie más; a lo cual respondieron que, en el vestíbulo, estaba otro hombre. Estaban allí algunos Amigos de Derbyshire, uno de los cuales se llamaba Tomas Fauks; y luego que Lord Beaumont hubo preguntado los nombres de todos, dijo a su secretario que escribiera el nombre del Amigo, Tomas Fox, mas éste le dijo que su nombre no era Fox, sino Fauks. Mientras tanto, vinieron algunos soldados a donde yo estaba y me llevaron a presencia de Lord Beaumont; y, al preguntarme como me llamaba, le respondí que Jorge Fox y que por este nombre era bien conocido. "Sí!" dijo él, "usted es conocido en el mundo entero;" y le dije, "Soy conocido por no haber hecho ningún daño sino bien." Entonces metió sus manos en mis bolsillos para registrarme y sacó el estuche del peine; y luego dio orden a un oficial de que me registrara con más detenimiento, pretendiendo que lo hacía para ver si me encontrarían cartas. Le dije que no era yo ningún correo, y le pregunté porque había venido a la casa de gentes pacíficas, con soldados armados de espadas y pistolas, sin un guardia; todo lo cual era contrario a la proclama del rey y a la última Acta. Porque no podía decir que allí se estuviera celebrando una reunión; ya que me habían encontrado hablando con una pobre viuda y con su hija. Al hablarle en esta forma, se calmó un poco, pero, no obstante, mandó a buscar a los guardias y, encomendándonos a ellos, les dejó dicho que a la mañana siguiente nos llevasen a su presencia. En cumplimiento de sus órdenes, los guardias dejaron aquella noche a uno de la ciudad para que nos vigilase; y a la mañana siguiente nos llevaron a su casa, que estaba a una milla de Swannington. Cuando estuvimos ante él, nos dijo que nos reuníamos en contra de lo que disponía el Acta; y entonces quise que nos la enseñase. "¿Para qué?" preguntó, "si la llevas en el bolsillo." Le dije entonces, que él no nos había encontrada celebrando ninguna reunión. Nos preguntó luego si no querríamos prestar los juramentos de fidelidad y supremacía; y le respondí que jamás en mi vida prestaría juramento alguno, ni me había comprometido a nada, ni haría ningún pacto. A pesar de ello, quería obligarnos a prestar juramento. Quise entonces que nos mostrara la fórmula del juramento, para ver si se refería a nosotros y si no era para descubrir a los papistas no-conformistas. Finalmente, trajo un librito pequeño; pero nosotros le pedimos el libro de estatutos. No nos lo quiso mostrar; y, haciendo redactar un decreto de prisión, en el que se mencionaba que estábamos celebrando una reunión, con él nos entregó a los guardias, para que nos acompañasen a la cárcel de Leicester. Pero, cuando los guardias nos llevaron a Swannington, no podían encontrar nadie que nos acompañase, por ser el tiempo de la cosecha, y porque a la gente no le gustaba llevar a sus vecinos a la cárcel, especialmente en días de tanto trabajo. En vista de esto, querían darnos nuestro decreto de prisión para que lo llevásemos nosotros mismos a la cárcel; ya que era costumbre de los guardias dar sus propios decretos de prisión a los Amigos (de tanta confianza como tenían en ellos), y ellos mismos con el decreto se presentaban al carcelero. Mas nosotros les dijimos que, a pesar de que nuestros Amigos lo habían hecho otras veces, no tomaríamos aquel decreto y que alguien tendría que venir con nosotros hasta la cárcel. Finalmente, contrataron a un pobre hombre, labrador, para que fuese con nosotros; el cual no tenía ningunas ganas de ir, a pesar de se le pagaba para que lo hiciera; y, siendo cinco en número, cabalgamos hasta Leicester. Llevaban algunos las biblias abiertas en la mano y así iban declarando la Verdad, conforme cabalgábamos por campos y ciudades, diciendo a las gentes que éramos nosotros presos del Señor Jesucristo, que íbamos a sufrir que nos encerrasen por la causa de Su nombre y de su Verdad. Una mujer, Amiga, llevaba su rueca en el regazo, para seguir hilando en la prisión. La gente nos miraba muy afligida. En Leicester, fuimos a una posada, y el posadero, que parecía muy disgustado de que tuviésemos que ir a la prisión, teniendo él alguna comisión que hacer, mandó a buscar abogados de la ciudad para pedirles consejo; y quería quitarnos el decreto y tenernos en su casa sin dejar que fuésemos a la prisión. Pero yo le dije a los Amigos que sería mucho gasto el que nos quedásemos en la posada; que vendrían muchos Amigos y otros a vernos, y que sería difícil para el posadero dejar que celebrásemos reuniones en su casa; además, de que, teniendo ya muchos Amigos en la cárcel, mejor sería que estuviésemos con ellos. De modo que, diciéndole al posadero lo mucho que nos había emocionado su bondad, nos fuimos a la prisión; entregando, el pobre hombre que nos había llevado, el decreto y nuestras personas al carcelero. Era éste un hombre muy malo y cruel; pues, antes de llegar nosotros, habían ya metido en la prisión a seis o siete Amigos, con los cuales busco motivos de querellarse metiéndolos en el calabozo entre los delincuentes; y apenas si tenían allí suficiente lugar en donde echarse para dormir. Todo aquel día, lo pasamos en el patio de la cárcel, y, al pedirle al carcelero que nos diera un poco de paja, nos respondió malhumorado, "Ustedes no tienen aspecto de dormir en la paja." Al cabo de un rato, William Smith, un Amigo, se me acercó; y como él conocía la casa, le pregunté qué habitaciones había y en qué habitaciones acostumbraban a meter a los Amigos, antes de que los llevasen al calabozo; y también le pregunté, si era el carcelero o su mujer, quién mandaba allí. Me dijo que la mujer mandaba y que, a pesar de que estaba lisiada y la mayor parte del tiempo sentada en una silla, no pudiendo andar más que con muletas, pegaba a su marido, cuando lo tenía a su alcance, si no hacía las cosas como ella quería. Me puse entonces a considerar que, probablemente, vendrían a visitarnos muchos Amigos y que de tener una habitación para nosotros solos, sería mejor para los que viniesen a vernos; que así podrían hablar con nosotros y yo con ellos, de haber ocasión; por donde, quise que William Smith fuese a hablar con la mujer y le hiciese saber que, de dejar que tuviésemos una habitación para nosotros y que nuestros Amigos saliesen del calabozo, dejando a nuestro criterio que le diésemos lo que nos pareciese conveniente, sería mejor para ella. Fue William Smith y, después de algunas razones, la mujer consintió dejando que tuviésemos una habitación. Allí nos dijeron que el carcelero no permitiría que, de la ciudad, nos trajesen nada de beber, sino que la cerveza que bebiésemos se la tendríamos que pedir a él. Les respondí que esto lo remediaría, porque, con un cubo de agua y un poco de ajenjo todos los días nos bastaría; de modo que no le pediríamos su cerveza y el agua no la podría negar.

Antes que nosotros llegáramos, esos pocos Amigos que eran prisioneros se juntaban los primeros días de la semana; y si alguno de ellos era inspirado a orar al Señor, el carcelero venía con su gran bastón en la mano y su perro mastín a sus pies, y los tiraba al suelo por el cabello de sus cabezas, y les pegaba con su bastón; pero cuando le pegaba a los Amigos, el perro mastín, en vez de tirarse sobre ellos, le quitaba el bastón de la mano. Cuando llegó el Primer día, dije a uno de mis compañeros de prisión que cogiese un taburete y lo bajase al patio; y que hiciese saber a los presos por deudas y a los delincuentes, que iba a celebrarse una reunión, en el patio, a la que podían asistir todos los que quisieran oír la palabra del Señor. Todos se reunieron en el patio y celebramos una bellísima reunión, sin que el carcelero se metiera en nada. Dije a mis compañeros de prisión, que si alguno recibiera algo del Señor, que decir a la gente, que lo dijese, y de venir el carcelero, yo le hablaría. Y así fue como celebramos una reunión todos los Primeros días, durante todo el tiempo que estuvimos en aquella prisión. Muchos asistieron a ella, de la ciudad y del campo; y allí recibieron la Verdad algunos que, desde entonces, quedaron para siempre testigos fieles de ella.

Cuando empezaron las sesiones del tribunal, nos llevaron a presencia de los magistrados, junto con otros muchos Amigos que habían sido encarcelados desde que nosotros estábamos allí. Éramos entre todos unos veinte. Cuando entramos en la sala del tribunal, el carcelero nos puso en el lugar donde se pone a los ladrones; y luego un magistrado nos presentó los juramentos de fidelidad y de supremacía. Les dije que jamás había prestado un juramento en mi vida y que ya sabían ellos que nosotros no podíamos jurar, porque Cristo y el apóstol Santiago lo habían prohibido; o sea, que nos lo presentaban con intención de ponernos una trampa. Nosotros le dijimos que si ellos podían probar que después que Cristo y el apóstol habían prohibido jurar, ellos le habían mandado a los cristianos a jurar, nosotros tomaríamos esos juramentos; de otra manera nosotros determinábamos obedecer los mandamientos de Cristo y la exhortación de los apóstoles. Ellos dijeron que teníamos tomar el juramento para mostrar nuestra fidelidad al rey. Yo les dije que yo había sido anteriormente enviado como prisionero por el Coronel Hacker desde esa ciudad hacia Londres bajo el pretexto de que yo tenía reuniones para conspirar contra el rey Carlos. Quise también que leyeran nuestro decreto de prisión, donde se decía que la causa de nuestra detención había sido estar celebrando una reunión; y dije que Lord Beaumont no podía mandarnos a la cárcel por el Acta, de no habernos sorprendido celebrando una reunión y ser nosotros las personas a quienes al Acta se refería. Sin embargo, queríamos que se leyera el decreto de prisión para que se viera de cuan injusta manera nos habían encarcelado. No se dieron por enterados de lo del decreto; pero llamaron a un jurado y nos acusaron de habernos negado a prestar los juramentos de fidelidad y supremacía. Cuando el jurado hubo escuchado y ya se retiraba, uno, que había sido regidor de la ciudad, les dijo que tuvieran conciencia; y uno del jurado, hombre violento, dijo a los magistrados que este regidor estaba insultando al jurado. Ante esto, llamaron a este hombre y presentándole el juramento, él lo tomó.
 
Mientras estábamos en donde acostumbran a estar los ladrones, un ratero, metió la mano en los bolsillos de varios Amigos, que lo dijeron a los magistrados, mostrándoles al hombre. Lo llamaron e interrogado no pudo negarlo; sin embargo, lo pusieron en libertad.

Al poco rato, volvió el jurado que nos declaró culpables. Entonces los magistrados, después de que se dijeron algunas palabras al oído, mandaron al carcelero a que nos volviera a llevar a la prisión; pero el poder del Señor estaba sobre ellos, así como su verdad eterna, la cual declaramos valientemente entre ellos. Y como había allí gran concurrencia, la mayoría se dispuso a seguirnos, de modo que el pregonero y los alguaciles estaban reacios a llamar a la gente para que volviese a la sala. Declaramos la verdad a medida que caminamos por las calles hasta que llegamos a la cárcel, porque las calles estaban llenas de gente. Cuando estuvimos de vuelta en nuestra habitación, al cabo de poco tiempo, vino el carcelero y dijo que se marcharan todos los que no estaban presos; y luego que se fueron, nos dijo, "Señores, le place al tribunal que todos ustedes sean puestos en libertad, con excepción de los que están aquí por no pagar los diezmos. Ustedes saben que me deben una tarifa; pero yo dejo a discreción de ustedes que me den lo que ustedes quieran."

Así nos pusieron en libertad, súbitamente, y cada uno siguió su camino, en el cumplimiento de su misión. Leonardo Fell había venido allí para vernos, de modo que fue conmigo a Swanington otra vez. Recibí una carta de él que estaba dirigida a los jueces de las sesiones; los Amigos habían llamado al lord Hastings, quien después de oír de mi encarcelamiento, había escrito desde Londres a los jueces de las sesiones, instruyéndolos a ponerme en libertad. Yo todavía no le había entregado esta carta a los jueces; pero no sé si ellos tenían conocimiento de lo que estaba en su mente de parte de otra persona, lo cual hizo que nos pusiera en libertad tan repentinamente. Pero yo le llevé esta carta al hombre llamado lord Beaumont, (el que nos envió a la cárcel); y cuando él la abrió y la leyó, parecía muy agitado y al final se hizo un poco más humilde. Pero él todavía nos amenazaba, que si teníamos más reuniones en Swanington, él las disolvería y nos enviaría a la cárcel otra vez. A pesar de sus amenazas, fuimos a Swanington, y tuvimos una reunión con los Amigos en ese lugar, y él no vino ni envió a ningún hombre a disolverla.

De Swanington fuimos a Twy-cross, donde vivía ese gran hombre que el Señor Dios había levantado de su enfermedad en el año 1649, (cuyo siervo vino a mí con una espada desenvainada para hacerme daño). Él y su esposa vinieron a verme. De allí viajamos a Warwickshire, donde celebramos una buenas reuniones, y luego fuimos a Northamptonshire y a Bedfordshire, visitando a los Amigos hasta que llegamos a Londres.

No me quedé mucho tiempo en Londres, sino que me fui a Essex y de allí a Norfolk, teniendo grandes reuniones. Cuando llegué a la casa del capitán Lawrence en Norwich, había una gran amenaza de disturbios; pero la reunión se llevó a cabo tranquilamente. Pasando de allí a Sutton y siguiendo de allí a Cambridgeshire, oí acerca de la muerte de Eduardo Burrough. Y estando consciente del gran dolor y angustia que sería para los Amigos separarse de él, escribí las siguientes líneas para calmar y apaciguar sus mentes.

Amigos,

Estén quietos y tranquilos en su propia condición, y establecidos en la semilla de Dios, que nunca cambia; para que en ella ustedes sientan al querido Eduardo Burrough entre ustedes en la semilla, en la cual y por la cual él los ha engendrado para Dios, con quien él está. Y que en la semilla ustedes puedan ver y sentir a aquel en quien está la unidad con él en la vida; y así lo disfruten en la vida que no cambia, la cual es invisible.

Jorge Fox

(Nota: Cuando Burrough estaba enfermo y moribundo en la cárcel con la fiebre de la prisión [probablemente tifus, que era propagada por los piojos en condiciones frías e insalubres], él dijo que si {'hubiera estado sólo una hora conmigo, él se hubiera puesto bien.'}. Burrough era tan eficaz como predicador, que su sobrenombre era "Boanerges," el mismo nombre que Jesús le dio a Juan y su hermano Santiago, que significaba "hijos del trueno." Valiente. Una porción corta de su maravilloso ministerio, incluyendo su muerte, está disponible en este sitio.)

Después de la muerte de Eduardo Burrough, vino, impulsada hacia mi, una mujer, de Londres, que se le había antojado, llena la cabeza de imaginaciones, que, por haberse muerto Eduardo Burrough, nos echarían a todos. El poder del Señor se levantó en mí y el Señor me impelió a que le dijese que su impulso era falso y que estaba engañada; y así la mandé a su casa.

De allí pasé a Little-port y la Isla de Ely; donde un antiguo alcalde y su esposa junto con la esposa del actual alcalde de Cambridge, fueron a la reunión. Viajando a Lincolnshire y Huntingdonshire, fui a la casa de Tomás Parnel, donde el alcalde de Huntingdon vino a verme; él era muy cariñoso. De allí me fui a Fen-country, donde tuvimos una reunión grande y tranquila. Mientras estaba en ese lugar, ocurrió una inundación tan grande que era peligroso salir; sin embargo nosotros salimos y nos fuimos a Lynn, donde tuvimos una bendita reunión. A la mañana siguiente fui a visitar a algunos prisioneros allí; después me fui otra vez a la posada, y partí en mi caballo. Cuando cabalgaba hacia afuera del patio, al parecer los oficiales vinieron a la posada en busca de mí. Yo no lo sabía entonces, sólo que sentía una gran carga sobre mí a medida que salía cabalgando hacia afuera de la ciudad, hasta que estaba afuera de las puertas. Algunos Amigos vinieron detrás de mí, y cuando me alcanzaron, ellos me dijeron que tan pronto como yo estuve fuera del patio de la posada, los oficiales vinieron y me buscaron por toda la posada. De modo que por la buena mano del Señor yo me escapé de sus crueles manos. Después de esto pasamos por el campo, visitando Amigos en sus reuniones. El poder del Señor nos llevó por encima de los espíritus perseguidores, y a través de muchos peligros; y su verdad se esparció y creció, y los Amigos estuvieron establecidos en ella. ¡Alabanza y gloria a su nombre para siempre!

Habiendo pasado por Norfolk, Suffolk, Essex, y Hertfordshire, nos fuimos a Londres otra vez; donde yo me quedé por un tiempo, visitando Amigos en sus reuniones, las cuales eran muy grandes, y el poder del Señor estaba sobre todos. Después de un tiempo me fui de la ciudad otra vez, y viajé hacia Kent, teniendo a Tomás Briggs conmigo. Fuimos a Ashford, donde celebramos una reunión tranquila y bendita; y el Primer día celebramos otra, muy buena y pacífica, en Cranbrook. Fuimos entonces a Tenterden y allí celebramos una reunión a la que asistieron Amigos venidos de diferentes lugares, viniendo también muchas gentes del mundo que fueron alcanzadas por la Verdad. Cuando la reunión se hubo terminado, me fui con Tomas Briggs a pasear por un cercado, mientras preparaban nuestros caballos, y, volviendo la cabeza, percibí que se acercaba un capitán, junto con un grupo de soldados, que llevaban mechas encendidas y mosquetes. Unos soldados se nos acercaron y nos dijeron que teníamos que ir a donde estaba su capitán. Cuando estuvimos ante él, nos preguntó, "¿Dónde está Jorge Fox? ¿Quién es?" y le respondí, "Yo soy el que ustedes buscan." Se me acercó entonces, algo sorprendido, y me dijo, "Voy a asegurarte entre los soldados." Los llamó para que me prendiesen y detuvo también a Tomas Briggs y al dueño de la casa, junto con muchos más; mas el poder del Señor era sobre ellos. Luego se me volvió a acercar y me dijo que tenía que ir con él a la ciudad. Se comportó con gran cortesía y pidió a los soldados que trajesen al resto tras de nosotros. Conforme íbamos andando le pregunté por qué habían hecho esto, ya que yo no había visto tanto tumulto de mucho tiempo; y le pedí que se comportase civilmente con sus vecinos que eran gente pacífica. Cuando llegamos a la ciudad, nos llevaron a una posada, que era la casa del carcelero, y, al cabo de un rato, el alcalde de la ciudad, este capitán y el teniente, que eran también magistrados, vinieron y me preguntaron por qué había ido allí a provocar disturbios. Les respondí que no había ido con tal intención y que nada había provocado desde mi llegada. Me dijeron entonces, que había una ley en contra de las reuniones de Cuáqueros, hecha sólo para ellos; y les dije que no sabía de tal ley. Al oír esto, nos presentaron el Acta que se había publicado en contra de los Cuáqueros y de otros; y les dije que era en contra de los que aterraban a los súbditos del rey, siendo enemigos y sosteniendo principios peligrosos para el gobierno, y que, por consiguiente, no era en contra nuestra, porque nosotros sosteníamos la Verdad sin que nuestros principios fueran peligro alguno para el gobierno, y nuestras reuniones eran pacíficas, como ellos bien lo sabían, sabiendo que sus vecinos eran gentes de paz. Dijeron entonces, que era yo enemigo del rey. Les respondí que nosotros amábamos a todo el mundo y que no éramos enemigos de nadie; y que, en cuanto a mí se refería, había estado preso en el calabozo de Derby, en el tiempo de las batallas en Worcester, por haberme negado a tomar las armas en contra del rey; y que después, el coronel Hacker, me había llevado a Londres acusado de haber conspirado en favor de la venida del rey Carlos; estando allí preso hasta que Oliver me puso en libertad. Me preguntaron luego si había estado preso durante el tiempo de la insurrección; y dije que sí, que entonces había estado preso y también después, habiendo sido puesto en libertad por orden del propio rey; y, mostrándoles el Acta, les hice ver la última declaración del rey; les di ejemplos de otros magistrados, y les dije también lo que referente a esto se había dicho en la casa de los Lores. Les hablé también refiriéndome a su propio estado. Los exhorté a que viviesen en el temor de Dios y a que fueran buenos con sus vecinos; a que temiesen al Señor y a que pensaran en la sabiduría de Dios, por la cual todas las cosas han sido creadas, para que así pudieran recibirla, ser ordenados por ella y con ella ordenar todas las cosas para gloria de Dios. Nos pidieron una fianza que respondiera de que compareceríamos en las sesiones del tribunal; mas nosotros, abogando por nuestra inocencia, nos negamos a dar fianza alguna. Quisieron entonces que prometiéramos que no volveríamos más por allí; mas también nos negamos a esto. Cuando vieron que no podían reducirnos a sus condiciones, nos dijeron que, en tal caso, nos darían prueba de que querían comportarse cortésmente con nosotros; porque le placía al alcalde que todos fuésemos puestos en libertad. Les dije que su cortesía era nobleza y así nos separamos.

Dejando Tenterden, fuimos por el campo, visitando a los Amigos y celebrando grandes reuniones, todas tranquilas sin altercados, excepto, en alguna ocasión, por causa de algún Bautista conflictivo, hasta que finalmente llegamos a Hampshire. Después de una buena reunión en Southampton, fuimos a Poulner, en la parroquia de Ringwood, donde cada mes se celebraba una reunión a la que asistían muchos Amigos de Southampton, Poole y otros lugares; y como hacía mucho calor, algunos iban muy de mañana. Junto con un Amigo, me fui, paseando, hasta el huerto, enterándome por él de como andaba entre ellos la causa de la Verdad (porque a muchos los había yo convencido, antes de que estuviera preso en Cornwall). Mientras así estábamos conversando, se nos acercó otro hombre, que era un muchacho joven, y nos dijo que las milicias disciplinadas estaban en pie y que había oído que se disponían a venir a disolver nuestra reunión. No era todavía la hora de la reunión, faltando aún tres horas, pero ya estaban allí otros Amigos, que se paseaban por el huerto; y él que antes hablaba conmigo quiso que nos fuéramos todos a un campo de maíz, que estaba allí al lado, y así lo hicimos. Al cabo de un rato, el joven que nos había dicho de las milicias, se marchó, y, cuando ya había andado un buen trecho, se paró, y nos hizo señas con el sombrero. Al verlo, dije al otro joven, que estaba conmigo, que fuese a ver que es lo que quería decir; y fue, pero no volvió, porque, según parece, los soldados habían entrado ya en el huerto. Iba yo andando, cuando vi a los soldados que también me vieron, según luego me dijeron, pero no se les ocurrió decirme nada, y, habiendo llegado tanto tiempo antes de que empezase la reunión, no se detuvieron, prendiendo solamente a los Amigos que encontraron en la casa y a algunos más que encontraron por las callejuelas, llevándoselos a todos. Después de que se fueron, como era ya cerca de las once, enseguida empezaron a llegar los Amigos y celebramos una larga y gloriosa reunión. La infinita semilla de Dios fue elevada sobre todos y, en el nuevo pacto de vida, todos se asentaron sobre su base, Jesucristo. Hacia el final de la reunión, compareció un hombre, elegantemente vestido, que, deteniéndose a mirar unos momentos mientras yo hablaba, inmediatamente se marchó. Este hombre había venido con mala intención, porque, yéndose a Ringwood, a toda prisa, dijo a los magistrados que en Poulner habían detenido a dos o tres hombres, dejando que Jorge Fox quedara allí predicando a dos o trescientas personas. Al oír esto, los magistrados, volvieron a mandar a los oficiales y soldados; pero como, cuando aquel hombre vino a mirar, la reunión ya tocaba a su fin y después aun tuvo una milla y media de camino para ir a decir lo que había visto y buscar a los soldados, que tuvieron que andar otro tanto, después de recibir la orden de ponerse en marcha, resultó, que, antes de que llegasen los soldados, se terminó la reunión, a eso de las tres, pacífica y ordenadamente. Después de la reunión, hablé a los Amigos, en cuya casa se había celebrado (la señora de la casa estaba de cuerpo presente), y luego unos Amigos me acompañaron a casa de otro Amigo, que vivía allí cerca; y después de reposar unos momentos, monté a caballo, teniendo que cabalgar, aquella tarde, como unas veinte millas, para ir a casa de un tal Fry, en Wiltshire, donde se iba a celebrar una reunión al día siguiente.

Después de que nos marchamos, llegaron los oficiales, llenos de animosidad, y, cuando vieron que habían llegado tarde y que se les había escapado la presa, se enfurecieron en gran manera, y estaban irritados con los soldados porque no cogieron mi caballo del establo, cuando vinieron la primera vez. Mas el Señor, por su bondadosa providencia, me salvó y evitó que se llevaran a cabo sus malos designios. Eran los oficiales hombres envidiosos, poseídos de malvadas intenciones en contra de los Amigos; mas el Señor los juzgó de modo que fue sabido de sus vecinos. Porque, aunque antes ellos habían sido hombres ricos, después de esto sus propiedades estaban consumidas. Y Juan Line, el guardia, quien no sólo era muy vigoroso al ordenar a los soldados que tomaran a los Amigos, sino también tomó a aquellos que habían sido arrestados a la cárcel; y tomó un juramento falso en contra de ellos en los tribunales, por lo cual fueron multados y continuaron encarcelados. Juan Line era un espectáculo triste de contemplar porque su carne se le estaba pudriendo en vida, y murió en una condición muy miserable, deseando que nunca hubiera interferido con los cuáqueros, y confesando que nunca había prosperado ya que había tomado parte en su persecución; y que él pensaba que la mano del Señor estaba en contra de él por causa de esto.

En Wiltshire, en casa de Fry, celebramos una bendita reunión, muy tranquila, a pesar de que los oficiales, que tenían la intención de disolverla, venían de camino para hacerlo. Pero antes de que llegasen, les fueron a decir que los ladrones acababan de robar en una casa, y que eran requeridos a que volvieran al instante para buscarlos y perseguirlos. Esta fue la razón porque nos libramos de que nos molestaran en la reunión y escapásemos a sus manos.

Pasando por Wiltshire fuimos a Dorsetshire y a Cornwall, y tuvimos reuniones grandes y maravillosas. El poder eterno del Señor estaba con nosotros y nos llevó por encima de todo; en el cual nosotros proclamamos su verdad salvadora y la palabra de vida, la cual recibimos alegremente. De modo que visitamos Amigos hasta que llegamos a Topsham, en Devonshire, viajando a veces desde ciento ochenta a ciento noventa millas por semana; y tuvimos una reunión cada día. En Topsham nos encontramos con Margarita Fell y dos de sus hijas, Sara y María, y con Leonardo Fell y Tomás Salthouse. De allí nos fuimos a Totness, donde visitamos algunos Amigos, y de allí a Kingsbridge, y a la casa de Enrique Pollexfen, quien había sido un antiguo juez de paz. Allí tuvimos una gran reunión. Este antiguo juez nos acompañó a Plymouth, y a Cornwall, a la casa de juez Porter, y de allí a la casa de Tomás Mount, donde tuvimos una gran reunión; y de allí nos fuimos a la casa de Loveday Hambley, donde tuvimos una reunión general para toda la región; y todo estuvo en calma.

Poco antes de esto, José Hellen y Jorge Bewley, habían estado en Loo, para visitar a Blanch Pope, una mujer Ranter, bajo pretexto de convencerla y convertirla; pero antes de separarse de ella, los embrujó de tal manera con sus principios, que parecían ser ellos como los discípulos de esta mujer, especialmente José Hellen, (mas yo iba a juzgarlos, ante los Amigos y ante los demás) porque ella les había preguntado, "¿Quién hizo al diablo? ¿No fue Dios?" Esta pregunta ociosa los dejó tan perplejos que no supieron qué responder. Después me repitieron la pregunta y les respondí, "No, porque todo lo hecho por Dios es bueno y bendito y el diablo no lo es. Antes de ser llamado diablo, fue llamado serpiente, un adversario, y luego recibió el título de diablo. Y después fue llamado dragón porque fue un destructor. El diablo no vive en la Verdad y por no permanecer en la Verdad se convirtió en diablo. Y así los judíos, cuando se apartaron de la Verdad, se dijo que eran del diablo y fueron llamados serpientes. No hay promesa de Dios al diablo de que jamás tenga que volver a la Verdad; mas al hombre y a la mujer, que por él fueron engañados, la promesa de Dios es, que, "la descendencia de la mujer herirá la cabeza de la serpiente"— y "hará pedazos su poder y su fuerza." Cuando todas estas cosas fueron más extensamente reveladas, para satisfacción de los Amigos, aquellos dos, que se habían dejado seducir por el espíritu de aquella mujer Ranter, fueron juzgados por la Verdad; y uno, José Hellen, se apartó de la Verdad, siendo renegado por los Amigos; mas Jorge Bewley volvió en sí y fue después muy servicial para la causa de la Verdad.

De casa de Loveday Hambley fuimos a la de Francisco Hodges, cerca de Falmouth y Penryn, y allí celebramos una gran reunión. De allí pasamos a Helston, donde algunos Amigos vinieron a visitarnos; y al día siguiente fuimos a casa de Tomas Teage donde celebramos una gran reunión, en la que muchos se convencieron. Me sentí yo dirigido a revelar como era la iglesia en los tiempos primeros, el estado de la iglesia en el desierto y el estado de la falsa iglesia, que desde entonces se había levantado; y como ahora, el infinito evangelio, volvía otra vez a ser predicado sobre la cabeza de la ramera, la bestia, falsos profetas y anticristos que se han levantado desde los días de los apóstoles; y como ahora el infinito evangelio se recibía y era recibido, el cual traía la vida y la inmortalidad a la luz, para que así pudiesen ver por encima del diablo que los había llenado de tinieblas. La gente recibió el evangelio y la palabra de vida con alegría, y celebramos una reunión gloriosa y bendita, para elevar la Verdad eterna del Señor y Su nombre. Después de la reunión salí a pasear y cuando volvía oí ruido en el patio. Me acerqué y vi que el amo de la casa estaba hablando con los mineros, de la minas de estaño, y otras gentes del mundo, y les decía que aquel día se había declarado la Verdad infinita; y la gente en general lo confesaba.

De allí fuimos a Land's End, a casa de Juan Ellis, donde celebramos una bellísima reunión. Estaba allí un pescador, llamado Nicolás José, que se había convencido. Hablaba en las reuniones y declaraba la Verdad a las gentes; y el poder del Señor era sobre todos. Yo estaba lleno de gozo de que el Señor hubiera levantado su estandarte en aquellas partes del país que estaban en tinieblas; en las cuales se celebran, desde entonces, buenas reuniones de Amigos de honesto corazón. Muchos vinieron a recogerse bajo las enseñanzas de Cristo y el Señor tendrá un gran pueblo en aquella región.

Entonces volvimos a Redruth y al día siguiente a Truro, donde celebramos una reunión. Al día siguiente, algunos hombres principales de la ciudad, con los que estaba el coronel Rouse, quisieron hablar conmigo. Fui y tuve con ellos muchas razones concernientes a las cosas de Dios. En sus razones, decían que el evangelio eran los cuatro libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan; y lo llamaban natural. Yo les dije, que el evangelio era el poder de Dios, que había sido predicado antes de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y que cualquiera de estos libros fuera impreso o escrito. Había sido predicado a todas las criaturas (de las que una gran parte pudo no haber visto ni oído jamás de que existían esos cuatro libros) para que todas las criaturas obedeciesen al poder de Dios; porque Cristo, el Hombre espiritual, juzgará al mundo de acuerdo con el evangelio, o sea, de acuerdo con Su poder invisible. Cuando oyeron esto, no lo pudieron negar, porque la Verdad había descendido sobre ellos. Los encaminé a su maestro, la gracia de Dios, haciéndoles ver su valor, porque ella les enseñaría como tenían que vivir y lo que tenían que negar; y les dije que si la obedecían les traería la salvación. De modo que, encomendándolos a la gracia de Dios, luego los dejé.

Entonces regresamos pasando por la región, visitando Amigos, y tuvimos reuniones en la casa de Humphrey Lower otra vez, y en la de Tomás Mount. Después tuvimos una gran reunión en la casa de Jorge Hawkins en Stoke, a la cual vinieron los Amigos de Lanceston y varios otros lugares. Fue una reunión viviente y preciosa, en la cual la presencia y el poder del Señor fueron manifestados ricamente entre nosotros, y dejé a los Amigos de ese lugar bajo las enseñanzas del Señor Jesucristo.

Sacerdotes y eclesiásticos, de todas clases, estaban muy en contra de las reuniones silenciosas de los Amigos. Venían algunas veces a nuestras reuniones y, cuando veían a cien o doscientas personas, todas en silencio, esperando al Señor, se levantaban asombrados y con desdén decían algunos, "Miren como están ahí reunidos, callados y enmudecidos. ¿Que edificación hay aquí, donde no hay palabras? Vengan," decían, "marchémonos, ¿Para qué vamos a estar aquí, viendo a esta gente sentada de esta manera?" Y decían que jamás vieran cosa igual en toda su vida. Entonces, podía suceder que, algunos Amigos, sintiéndose dirigidos a hablarles, les dijeran, "¿Nunca viste en tu vida cosa igual? Pues mira en tu propia parroquia, como tus feligreses, callados y enmudecidos, están además durmiendo bajo tus sacerdotes toda su vida; los cuales andan siempre enseñando a las gentes para que siempre les estén pagando. ¿Por qué no deberíamos sentarnos bajo Cristo Jesús, nuestro maestro? Quien nos dijo: "Aprended de mí;" quien enseña gratuitamente; quien dio su vida; quien nos compró con su sangre, quien es nuestro pastor que nos alimenta gratuitamente; quien es nuestro profeta que Dios levantó que nos revela cosas gratuitamente; quien es nuestro sacerdote, hecho más alto que los cielos, que se ha ofrecido a sí mismo por nosotros y nos ha santificado, y nos ha ofrecido a Dios; quien el la cabeza de la iglesia y de todos los principados y los poderes, para ordenarlos.

Ahora nosotros decimos, ¿por qué no deberíamos sentarnos bajo las enseñanzas gratuitas de Cristo Jesús; que nos alimenta, nos guarda, y que nos aconseja? Porque los que oyen a los sacerdotes se deben sentar bajo ellos; sin embargo ellos dicen que nunca oyeron la voz de Dios ni de Cristo, ni tienen el mismo poder y espíritu que tenían los profetas y los apóstoles. Por lo tanto, ¿qué edificación puede haber entre ustedes que no están en el mismo poder y espíritu en el que estaban los apóstoles? ¿Puede haber más edificación entre ustedes que entre los turcos, los judíos, y los paganos, que no están en el mismo poder y espíritu en el que estaban los apóstoles? De modo que ustedes están fuera del poder y el espíritu en el que estaban los apóstoles; ustedes no saben hacer nada más que seguir sus propios espíritus, como lo hicieron los profetas falsos del tiempo antiguo, [quienes clamaron ser profetas de Dios así como ustedes].

Aquellos que están en Cristo Jesús son nuevas criaturas. En Cristo, toda la carne está en silencio; pero aquellos que tienen la palabra del Señor pueden hablar libremente, como ellos son mandados por Dios y por Cristo. Aquellos que tienen el evangelio, el poder de Dios del cielo, y no del hombre o por el hombre, sino que enviado del cielo por el Espíritu Santo, que lo prediquen gratuitamente así como lo han recibido gratuitamente. Porque la escrituras no fueron dadas para que el hombre pueda hacer un comercio de su lectura, incluso obteniéndolas en 3 ó 4 lenguajes diferentes [hebreo, griego, latín, etc.], llamándolas las originales, ortodoxas, y divinas; lo cual es sólo natural. Llamarlas original ignora el original que comenzó en Babel; el verdadero original es la palabra por la cual todas las cosas fueron hechas y creadas, la cual existía antes que Babel, en el comienzo. Esta palabra vive y habita y permanece para siempre, después que Babel y Babilonia con todos sus idiomas y lenguas se hayan ido; esta palabra es divina, y hace a los seres divinos. Aquel que tiene esa palabra, [en su corazón y su boca], debe predicarla gratuitamente.

Aquellos que dicen que son hechos santos por la lengua y el idioma natural, y así se llaman a sí mismos, son sólo hombres naturales creados por otros hombres naturales. Estos hombres naturales, haciéndose pasar por santos, llaman la vida en Cristo, la palabra por la cual todas las cosas fueron creadas y hechas, la cual es la verdadera luz santa que ilumina a cada hombre que viene al mundo. Ellos llaman esta luz natural y del diablo, el ídolo que los cuáqueros, y el anticristo; por lo tanto la gente puede ver la santidad que hacen estos hombres naturales y sus lenguas.

Me dijeron en Cornwall que había allí un tal coronel Robinson, un hombre muy malo, que había abandonado la nación, antes de que entrara el rey, por haber raptado a una mujer; y, que haciéndolo magistrado de la paz, cuando vino el rey, se convirtió en cruel perseguidor de los Amigos, mandando muchos a la prisión. Llegó a sus oídos que, debido a la complacencia de un carcelero, los Amigos gozaban de cierta libertad pudiendo ir a sus casas para ver a sus mujeres y a sus hijos; y fue al tribunal a presentar al juez grandes quejas en contra del carcelero; a consecuencia de lo cual, al carcelero lo multaron con cien marcos y a los Amigos los vigilaron muy estrictamente por algún tiempo. Cuando regresó del tribunal, mandó a decir a un magistrado vecino suyo si querría ir con él a cazar fanáticos*. El día fijado, cuando estuvo preparado, mandó a su sirviente que se adelantase con sus caballos y él se fue a pie desde su casa a una tenencia donde se guardaban sus vacas, se elaboraba la mantequilla y donde, en aquel momento, sus sirvientes estaban ordeñando. Cuando llegó, preguntó por el toro; y los sirvientes le respondieron que lo habían encerrado en un campo, porque andaba desenfrenado y no les dejaba ordeñar. Entonces se fue al campo a ver al toro y, acostumbrado desde siempre a jugar con él, empezó a provocarlo con su bastón. El toro al verlo, resopló se echó un poco hacia atrás y, volviéndose luego hacia él, se le abalanzó, lo embistió y le clavó un cuerno en el muslo; y, levantándolo después, con los cuernos, lo tiró sobre su espalda y le rasgó el muslo hasta el vientre. Cuando volvió a estar en el suelo, lo corneó; de tan rabioso y enfurecido hubiera querido clavar los cuernos en el suelo, y bramando se puso a lamer la sangre de su amo. Oyendo los gritos de su amo, una moza sirvienta se abalanzó dentro del campo y cogiendo al toro por los cuernos, quiso sacarlo de encima de su amo; y el toro sin hacerle el menor daño, la apartó suavemente con los cuernos, siempre con la idea de seguir corneando al amo y lamiendo su sangre. La moza se fue y llamó a unos carpinteros y a otros hombres que estaban trabajando, no lejos de allí, para que viniesen a salvar a su amo; mas no pudieron dominar al toro hasta que trajeron mastines que abalanzándose sobre él lo hicieron huir lleno de rabia y de furor. Al saber lo ocurrido, su hermana vino y le dijo, "¡Ay! hermano, ¿Qué terrible juicio es éste, que ha caído sobre ti?" Y él respondió, "¡Ah! hermana, sí que es juicio terrible. De favor, haz que maten al toro y que la carne sea dada a los pobres." Lo llevaron a su casa, pero murió poco después. El toro se había puesto tan furioso que se vieron obligados a matarlo a tiros; pues no hubo hombre que se atreviera a acercarse a él para matarlo. Así es como el Señor, alguna vez, da ejemplos de sus juicios terribles, que caen sobre los perseguidores de Su pueblo; para que así otros aprendan y se guarden.

*cazar fanáticos - el deporte de interrumpir reuniones religiosas.

Luego que hube terminado en Cornwall, dejé a Tomas Lower que por Horsebridge había venido conmigo a Devonshire. Tomas Briggs, Roberto Widders y yo fuimos a Tiverton; y siendo día de feria, había allí muchos Amigos con los que celebramos una reunión. Los magistrados se reunieron en las calles; mas el poder del Señor los contuvo. Yo los vi, en la calle, cerca de la puerta; mas no se atrevieron a entrar, a pesar de las muchas ganas que tenían de hacerlo.

Después de la reunión, pasamos a Collumpton y a Wellington, porque teníamos que celebrar una reunión, a cinco millas de distancia, que se celebró en la casa de un carnicero y fue una bendita reunión. La gente fue encaminada a su Maestro, la gracia de Dios, que les daría la salvación, y muchos se recogieron bajo Sus enseñanzas. La presencia del Señor fue entre nosotros y en El, en quien laborábamos y trabajábamos, nos reposamos. La reunión se celebró en calma. No mucho antes, había habido muy grandes persecuciones en aquella región, de tal modo, que algunos Amigos dudaban de la tranquilidad de nuestras reuniones. Mas el poder del Señor los encadenó a todos y Su gloria brilló sobre todos. Los Amigos, nos contaron como habían disuelto sus reuniones, en virtud de decretos que autorizaban los magistrados y como, por tales decretos, los oficiales eran requeridos a llevar a los Amigos ante los magistrados. Los Amigos, los exigieron a que los llevasen, pero los oficiales se negaban, diciéndoles que fuesen solos y los Amigos no querían ir porque ello era contrario a las órdenes, que eran de que los oficiales los tenían que llevar. Así se vieron forzados a alquilar carretas, vagones y caballos y subían a los Amigos a sus carros para llevarlos al magistrado; y sucedió, más de una vez, que, cuando llegaban a casa del magistrado, éste no estaba en la casa y si era un hombre prudente podría ser que no quisiera estar en su casa. Tenían entonces que llevarlos a casa de otro magistrado y así pasaban hasta tres semanas, llevando los Amigos en los carros de un lado a otro. Cuando luego los oficiales fueron a cobrarse de la ciudad lo que habían gastado, la gente de la ciudad no quiso pagárselo cargándoselo a ellos; lo cual, por aquel entonces, partió la persecución por el medio, en aquella región. Esto mismo ocurrió en varios lugares, hasta que los oficiales avergonzados y hartos se decidieron a dejarlo.

En un lugar, los oficiales de la ciudad, advirtieron a los Amigos de que tenían que ir a la iglesia. Los Amigos se reunieron para considerarlo y el Señor los impelió a que fuesen y que allí se reunieran. Así lo hicieron y cuando llegaron se sentaron a esperar al Señor, en Su poder y Espíritu, pensando en Jesucristo, su Maestro y Salvador, sin prestar la menor atención a lo que decía el sacerdote. Cuando los oficiales vieron esto, fueron a echarlos de la iglesia; mas los Amigos les dijeron que todavía no era tiempo de que deshicieran su reunión. Al cabo de un rato, cuando el sacerdote hubo terminado con sus historias, volvieron a acercarse a los Amigos y les dijeron que se marchasen a su casa a comer; mas los Amigos les respondieron que no acostumbraban a hacerlo porque se alimentaban del pan de vida; y allí se quedaron sentados, esperando al Señor, gozando de Su presencia y poder hasta que El les ordenó que se marchasen. De modo que los feligreses de los sacerdotes que se ofendían porque no podían conseguir que los Amigos fueran a la iglesia, se ofendían luego porque cuando iban no querían marcharse.

De la reunión, cerca de Collumpton, fuimos a Taunton y allí celebramos otra gran reunión. Al día siguiente fuimos a una reunión general en Somersetshire, que fue muy numerosa, siendo grandemente declarada la infinita palabra de vida y la verdad del Señor. Lo cual daba lozanía a las gentes que se asentaban en Cristo, su Roca y Fundación, siendo encaminadas a recogerse bajo Sus enseñanzas. La reunión se celebró en paz; mas, a eso de las dos de la madrugada, vino a la casa un grupo de hombres que, llamando a las puertas, nos insistieron a que las abriésemos o que de lo contrario las tirarían abajo. Porque venían a registrar la casa para buscar a un hombre que querían prender. Al oír el ruido, me levanté y, asomándome a la ventana, vi que estaba a la puerta un hombre que llevaba su espada al cinto. Luego que lo dejaron entrar, vino a la habitación en que yo estaba y, mirándome, dijo, "Tú no eres el hombre que busco." Después siguió su camino.

Fuimos entonces a Street y a casa de William Beaton, en Puddimore, donde celebramos una gran reunión general en la que la infinita Verdad del Señor fue declarada. La gente se deleitó y todo estuvo en calma. Fuimos después a casa de Juan Dandy, donde celebramos otra gran reunión, muy bella; y luego seguimos hacia Bristol y allí hicimos muchos servicios para el Señor. Todo estuvo en calma. Nos encontramos allí con Margarita Fell que estaba con sus hijas. Al cabo de algún tiempo, fuimos a Slaughterford, en Wiltshire, donde se celebró una reunión muy numerosa en un gran pajar. Hicimos allí buen servicio, porque se declaró la Verdad, tal como es en Jesús, y a causa de ello muchos se reunieron en el nombre del Señor.

Después fui a Gloucestershire y a Herefordshire y celebré grandes reuniones en cada uno de estos lugares. En Hereford celebré la reunión en una posada. Cuando me hube marchado, los magistrados al enterarse de que allí se había celebrado una reunión, fueron a registrar la posada para ver si me encontrarían en ella, y se pusieron furiosos al no encontrarme. Mas era voluntad del Señor que escapase a sus manos. Los Amigos se asentaron en Cristo, su Fundación, la Roca de los siglos.

Entonces fui a Radnorshire, en el país de Gales, y allí celebré varias reuniones bellísimas. El Nombre y estandarte del Señor fueron levantados; y muchos se acogieron a él, recogiéndose bajo las enseñanzas de Cristo, su Salvador, que los había rescatado.

Cuando hube terminado en Gales, fui a una ciudad mercado, entre Inglaterra y Gales, donde aquel día había una gran feria; y, habiendo muchos Amigos en la feria, nos dirigimos a una posada, donde vinieron a encontrarnos. Después de aprovechar la oportunidad de ver a nuestros Amigos, nos separamos de ellos siguiendo nuestro camino. Los oficiales de la ciudad, se enteraron, según parece, de que habíamos estado allí y de que los Amigos se habían reunido con nosotros; ante lo cual también ellos se reunieron en consulta para ver de qué manera nos pondrían una emboscada, a pesar de ser día de feria. Mas, antes de que nos pudieran hacer algo, habíamos ya seguido nuestra jornada y así nos escapamos de ellos.

De allí nos fuimos a Shropshire, donde tuvimos una reunión grande y preciosa. Después de muchas reuniones en aquellas partes, llegamos a Warwickshire, visitando Amigos en aquellas partes, y así hacia Derbyshire y Staffordshire, visitando reuniones en el camino. En Whitehaugh tuvimos una reunión grande y bendita, y estuvo muy calmada; después de lo cual tomamos los caballos, y cabalgamos alrededor de veinte millas esa noche hacia la casa del capitán Lingard. Después de esto oímos que cuando nos habíamos ido, los oficiales vinieron a prendernos, y se enojaron mucho cuando cuando no nos encontraron; pero el Señor los desilusionó, y los Amigos se gozaron en el Señor de que nos habíamos escapado.

En la casa del capitán Lingard tuvimos una reunión bendita, y la presencia del Señor estaba maravillosamente entre nosotros. Después de lo cual pasamos por la región de Peak en Derbyshire, y fuimos a Synderhillgreen, donde tuvimos una gran reunión. {En ese lugar Margarita Fell y sus hijas se encontraron conmigo otra vez. De allí nos fuimos más allá de Balby, donde tuvimos otra reunión. Margarita nos dejó y fue hacia Bishopirck}. Allí Juan Whitehead y varios Amigos vinieron a mí. Entonces pasé por el campo, visitando Amigos hasta que llegué hasta el fin de Holderness, y por Scarborough, Whitby, y Malton, a York, teniendo reuniones en el camino, y el poder eterno del Señor estaba sobre todo.

De York fuimos a Boroughbridge, donde celebré una gloriosa reunión. Luego pasamos a Bishoprick, a casa de uno llamado Richmond, y allí se celebró una reunión general. El poder del Señor, fue sobre todos, a pesar de que por este tiempo la gente se volvía sumamente ruda. Después de la reunión fuimos a casa de Enrique Draper donde pasamos la noche, y, a la mañana siguiente, cuando ya me disponía para la marcha, vino a verme un Amigo que me dijo, que si los sacerdotes magistrados (porque entonces en aquella región hacían magistrados a muchos sacerdotes) dieran conmigo, me atarían a una estaca y me quemarían.

Habiendo terminado en Bishoprick fui a Yorkshire, pasando por Strainmoor, y luego a Sedberg; y, luego que allí hube visitado a los Amigos, fui a Westmoreland, también a visitar a los Amigos. Pasé luego a Lancashire y después a Swarthmoor. Allí me detuve, pero por poco tiempo, antes de ir a Arnside, por los arenales; y en Arnside celebré una reunión general. Luego que se terminó, venían unos hombres con propósito de disolverla, mas, enterándose, antes de llegar, de que la reunión se había terminado, se volvieron atrás. Fui a casa de Roberto Widders y de allí a Underbarrow, donde celebré una gloriosa reunión y el poder del Señor fue sobre todos. Pasé entonces a Grayrigg, y, luego que allí hube visitado a los Amigos, fui a casa de Ana Audlans donde querían que me quedase a su reunión, que se celebraría al día siguiente. Mas, sintiendo mi espíritu oprimido, mientras estaba en aquella casa, me sentí dirigido a ir a casa de Juan Blaykling, en Sedberg, para asistir a la reunión que también iba a celebrarse al día siguiente; reunión muy numerosa de gentes de gran valor. Al día siguiente, en Sedberg, celebramos una reunión muy buena; mientras iban los guardias a la reunión de Ana Audlands para ver si me encontrarían. Así fue como, por la mano y el poder del Señor, escapé su trampa.

Me fui de la casa de Juan Blaylding con Leonardo Fell a Stricklandhead, donde en el primer día tuvimos una preciosa reunión en el área común. Esa noche nos quedamos entre Amigos en ese lugar, y al día siguiente fuimos a Northumberland. Después que los jueces oyeron de esta reunión, ellos me buscaron; pero por la buena mano del Señor yo me escapé; aunque habían algunos jueces muy malos. Nos fuimos a Northumberland a la casa de Hugh Hutchinson, un Amigo en el ministerio, y allí visitamos Amigos en el área; y de allí a Derwentwater, donde tuvimos una reunión muy gloriosa. Allí vino una mujer anciana a nosotros, que me dijo que su esposo recordaba su amor por mí; ella dijo que lo podría recordar por el nombre con el cual yo lo solía llamar: ‘el viejo alto y blanco.' Ella me dijo que él tenía ciento veinte años, y que vendría a la reunión, pero que sus caballos estaban todos siendo usados para una ocasión urgente. Yo escuché que él vivió por algunos años después.

Cuando hube visitado a los Amigos, por aquellos lugares, y se asentaron ellos en Cristo, su Fundación, fui a casa del viejo Tomas Bewley, en Cumberland, pasando antes por Northumberland. Los Amigos vinieron a visitarme y me preguntaron si había ido allí por ganas de ir a la prisión; porque, en aquel entonces, había gran persecución en aquella región. No obstante, celebré una reunión general, en casa de Tomas Bewley, que fue bella y numerosa; y el poder del Señor fue sobre todos.

Durante ese tiempo el ayudante de gobernador en Carlisle se llamaba Musgrave, y yo pasaba por esa región, cuando llegué a la casa de un hombre que estaba convencido, cuyo nombre era Fletcher; y él me dijo que si Musgrave sabía que yo estaba allí, él por seguro me enviaría a la cárcel, ya que era un hombre tan severo. Pero no me quedé, habiendo sido llamado sólo cuando iba camino a verlo; de modo que me fui a la casa de William Pearson cerca de Wigton, donde la reunión era muy grande y preciosa. Algunos Amigos en ese entonces eran prisioneros en Carlisle, a quienes envié una carta, la cual llevó Leonardo Fell. Desde la casa de William Pearson visité Amigos hasta que llegué a Pardseycrag, donde tuvimos una reunión general, la cual era grande, y estuvo calmada y pacífica; y la presencia gloriosa y poderosa del Dios eterno estaba con nosotros.

Eran tan ardientes los deseos de los magistrados de incitar a la persecución por aquellos lugares, que algunos ofrecieron cinco chelines, y otros hasta un noble por día, a quien prendiera a los que hablaban en las reuniones de los Cuáqueros. Pero como, en aquellos días, se celebraban las sesiones del tribunal, los hombres, que así habían alquilado, estaban en las sesiones para cobrar sus salarios; y por esta razón todas nuestras reuniones se celebraban en paz.

De Pardshaw-Crag fuimos a Westmoreland y de paso fuimos a ver a Hugo Tickell, cerca de Keswick, y a Tomás Laythes, adonde vinieron a vernos los Amigos, teniendo una buena oportunidad de pasar juntos bellos momentos. Una noche, fuimos a casa de Francisco Benson, en Westmoreland, que vivía cerca de la casa del magistrado Fleming. Este magistrado Fleming, estaba, en aquel tiempo, enfurecido con los Amigos y conmigo en particular, de tal manera, que según me dijo Francisco Benson, no hacía mucho que, en las sesiones publicas del tribunal, en Kendal, había prometido cinco libras a quien me cogiera. Y parece ser que, cuando me dirigía a la casa de este Amigo, me encontré con un hombre que venía del tribunal, a quien le habían ofrecido las cinco libras si me cogía, el cual me conocía, porque al pasar le dijo a su compañero: "Aquél, es Jorge Fox." Sin embargo, no se atrevió a tocarme porque el poder del Señor me guardaba por encima de todos ellos. Lo que más atormentaba a los magistrados era que, teniendo tan grandes deseos de prenderme, tantas veces estuviera cerca de ellos y que, sin embargo, no pudieran llegar a apoderarse de mí, y esto lo atormentó aún más.

Fui entonces a casa de Jaime Taylor, en Cartmel, donde pasé el primer día y celebré una bellísima reunión. Después fui a Swarthmoor, pasando por los arenales.

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libre de pecado
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