1673-1677 A Holanda y de regreso
Parte 1 de 3

<1> <2> <3>

CAPÍTULO XXII

Encarcelamiento en Worcester y regreso a Swarthmoor 1673-1675

Después de permanecer algún tiempo en Londres, me despedí de mis Amigos y, junto con mi mujer y su hija Raquel, fui al campo, a casa de Guillermo Penn, en Rackmansworth, donde, al día siguiente, llegó Tomás Lower, para acompañarnos en nuestro viaje hacia el Norte. Después de visitar a los Amigos de los alrededores, fuimos a casa de Bray D'Oyley, en Adderbury, en Oxfordshire, donde, el Primer día, celebramos una gran y preciosa reunión. Debido a que la Verdad se había esparcido muy bien, y los Amigos en aquellas partes habían aumentado mucho en número, se establecieron dos o tres reuniones nuevas en esa área.

Por la noche, mientras cenábamos, sentí que me llevaban preso, mas no dije nada a nadie. Levantándonos al día siguiente, antes del amanecer, pasando por Worcestershire, fuimos a casa de Juan Halford, en Armscot, en la parroquia de Trevington, donde celebramos una nutrida y eficaz reunión, en el pajar, sintiendo entre nosotros la poderosa presencia de Dios. Después de la reunión, cuando ya se habían ido la mayor parte de los Amigos, y estaba yo sentado en en salón departiendo con varios Amigos que se habían quedado, se presentó en la casa un tal Enrique Parker, a quien llamaban juez, acompañado de un tal Rolando Hains, un eclesiástico de Honington, en Warwickshire. Este juez, se había enterado de la reunión, por medio de una mujer Amiga, nodriza de uno de sus hijos, la cual había pedido permiso a su ama para ir a la reunión a verme, y, habiendo ésta hablado de ello a su marido, éste, junto con el eclesiástico tramaron lo de venir a disolver la reunión y a prenderme. Sin embargo, como aquel mismo día bautizaron a su hijo, mucho se entretuvieron en la mesa, llegando cuando la reunión se había terminado y marchado la mayoría de Amigos. Pero, con todo y que no había reunión, cuando llegaron, como yo, la persona a quien buscaban, estaba allí, el susodicho Enrique Parker, me prendió y también a Tomás Lower, y aunque, de nada podía acusarnos, nos mandó a los dos a la cárcel de Worcester; valiéndose de una extraña forma de auto de prisión, que sigue a continuación:

A los condestables de Trevington, en el condado llamado de Worcester, y a todos los condestables y colectores de diezmos de las varias ciudades y pueblos, en la dicha parroquia de Trevington y al guardián de la cárcel del condado de Worcester:

Habiéndome llegado quejas, como magistrado de la paz de Su Majestad, en el susodicho condado de Worcester, que soy, de que en la susodicha parroquia de Trevington, en el susodicho condado, se habían celebrado últimamente varias reuniones, a las que asistieron hasta cuatrocientas o más personas, bajo pretexto de llevar a cabo prácticas religiosas diferentes de las establecidas por las leyes de Inglaterra; y que de las muchas susodichas personas, algunas eran maestros, provenientes del Norte, y otras de remotos lugares del reino, lo que tiende a perjudicar a la religión establecida y reformada, pudiendo ser perjudicial para la paz pública; habiéndome enterado de que, en el día de la fecha, se celebraba una de las tales reuniones, de doscientas personas, en Armscot, en la susodicha parroquia de Trevington, y que, Jorge Fox, de Londres, y Tomas Lower, de la parroquia de Creed, en el condado de Cornwall, estarían presentes en la mencionada reunión, y que el susodicho Jorge Fox era el presidente u orador de la susodicha reunión y no estando claro a mi juicio, su lugar de permanencia o residencia; y siendo que los susodichos Jorge Fox y Tomás Lower se negaron a garantizar que comparecerían ante el tribunal en las próximas sesiones, que han de celebrarse en este condado, para responder a la acusación de infracción de las leyes comunes de Inglaterra, o de cualquier otro delito de que pudiera acusárseles, por consiguiente, en nombre de Su Majestad, se os ordena o se os requiere, a vos o a cualquiera de vosotros, el conducir las personas de Jorge Fox y Tomás Lower a la cárcel del susodicho condado de Worcester, para que en ella estén en seguridad hasta que, siguiendo el debido curso de la justicia, sean puestos en libertad; para lo cual os bastará la presente orden a este respecto.

Fechado el día diecisiete de Diciembre del año 25 del reinado de Su Majestad, en Inglaterra etc.
Enrique Parker

Hechos así prisioneros, y sin trazas de que nos pusieran en libertad hasta las sesiones trimestrales del tribunal, a lo más pronto, unos Amigos acompañaron a mi mujer y a su hija hasta el Norte; mientras a nosotros nos conducían a la cárcel de Worcester, desde donde, cuando me pareció que mi mujer habría ya llegado a su casa, le escribí la siguiente carta:

Querido corazón:

Parecías algo apenada cuando yo hablaba de prisiones y cuando me prendieron; acata la voluntad del Señor Dios, porque, cuando estaba en casa de Juan Rous, en Kingston, tuve la visión de que me prendían y cuando estaba cenando en casa de Bray Doily, en Oxfordshire, vi que me prendían y que tendría que pasar por algunos sufrimientos. Mas el poder del Señor está sobre todos; ¡Bendito sea Su sagrado nombre eternamente!

Jorge Fox 

Desde mi encarcelamiento me había enterado de que mi madre, mujer anciana, que vivía en Leicestershire, tenía ardientes deseos de verme antes de morir; y cuando supo que me habían detenido, le atacó esto de tal manera al corazón que, de ello murió, según decía una carta que recibí del doctor de aquel lugar.

En verdad, la quería tanto como se quiere a una madre y cuando hube leído la carta en que me anunciaban su muerte, fui preso, de repente, de grandes congojas; y cuando mi espíritu hubo salido de todo ello, la vi en la resurrección, así como a mi padre carnal.

Cuando hacía ya algún tiempo que estábamos en la prisión, creímos conveniente exponer nuestro caso al Lord-teniente de Worcester, llamado Lord Windsor, así como a los tenientes diputados y a los otros magistrados; lo cual hicimos con la siguiente carta:

Esto es para informarle, (así llamado) señor-teniente, tenientes diputados, y los jueces del condado de Worcestershire, de qué manera tan poco cristiana e inhumana nos ha tratado Enrique Parker, un (así llamado) juez, en nuestro viaje hacia el norte. Llegamos a la casa de nuestro amigo Juan Halford, el día diecisiete del décimo mes, del año 1673; algunos Amigos nos llevaron y otros vinieron a visitarnos allí. Cerca de la noche vino el juez, y el sacerdote llamado Rowland Hains, de Hunniton, en Warwickshire, y nos pidió nuestros nombres y lugares de residencia. Y aunque no estábamos en ninguna reunión, sino que conversábamos juntos cuando ellos vinieron, él hizo una orden de arresto para enviarnos a la cárcel de Worcester. Y dice en su orden de arresto que se le había hecho "una queja a él de varias reuniones pasadas de muchos cientos a la vez;" nosotros no sabemos nada de eso, ni pensamos que nos concierne. Y además dice que "ningún informe satisfactorio de nuestro establecimiento o lugar de residencia le apareció a él;" y él contradice esto en su propia orden de arresto, ya que en ella se mencionan los lugares de nuestra morada y residencia; el informe de lo cual le dimos de manera satisfactoria y completa. Y uno de nosotros (Tomás Lower) le dijo que él iría con su suegra (que es la esposa de Jorge Fox), y con su hermana, a sacar a su propia esposa e hija del norte hacia su propia área. Y los otros (Jorge Fox) le dijeron que él estaba acompañando a sus hijas, quienes hace poco habían dado a luz. Y habiendo recibido un mensaje de su madre, una mujer anciana en Liecestershire, que ella deseaba ansiosamente verlo antes de morir, él tenía la intención, tan pronto como había traído a su esposa en su camino tan lejos como Causal, en Warwickshire, para ir hacia Leicestershire, a visitar a su madre y parientes que estaban allí y después regresar a Londres. Pero al interrumpirnos a nosotros en nuestro viaje, quitando al esposo de la esposa, al hijo de su madre y su hermana {la madre de Fox no sobrevivió el impacto de oír que su hijo había sido encarcelado aún una vez más}, y no permitiendo que visitara a su esposa y a su hija que estaban tan lejos, fuimos forzados a pedirles a extraños o a quien pudiéramos, para ayudarles en su camino, lo cual nos causó mucho daño y estorbo. Le preguntamos al sacerdote si “este era su evangelio, o su manera de entretener extraños." Y le pedimos al juez que considerara, si esto era hacer como él quisiera que se hiciera con él. Pero él dijo que él lo había dicho, y él lo haría. Y en ella también dice que "nos negamos a dar garantías." Él sólo le pidió a Jorge Fox garantías; quien contestó que era "un hombre inocente, y no sabía de ninguna ley que se hubiera quebrantado;" pero no le pidió ninguna a Tomás Lower, como si hubiera sido un crimen y suficiente causa para su compromiso, que él salió de Cornwall. Si nosotros estábamos en una reunión, como él lo dice en su orden de arresto, él podría haber procedido de otra forma, que enviándonos a la cárcel, para responder a la infracción de las leyes comunes; aunque no nos mostró infracción de ninguna, como se puede ver en la orden de arresto. Pensamos que estaba bien poner ante ustedes la sustancia de sus procedimientos en contra de nosotros, esperando que aparezca más moderación y justicia en ustedes hacia nosotros, para que podamos proceder con el camino que habíamos previsto.

Jorge Fox
Tomás Lower

Mas a pesar de la rogativa enviada, a Lord Windsor, no se nos puso en libertad; y si bien, Tomás Lower, recibió varias cartas de su hermano, el Dr. Lower, que era uno de los médicos del rey, concernientes a su libertad, y una que por su influencia obtuvo de Enrique Savile, que pertenecía al cuarto dormitorio del rey, dirigida a su hermano, el llamado Lord Windsor, para el mismo efecto; como sólo se referían a su libertad y no a la mía, tan grande era su amor por mí y la consideración que me tenía, que no quiso hacer uso de ellas guardándoselas sin enviarlas. De modo que presos continuamos hasta las siguientes sesiones generales de cada trimestre, en cuya época, varios Amigos, que estaban en la ciudad, provenientes de diferentes lugares, hablaron a los magistrados de nosotros; los cuales les respondieron de muy buena manera, diciéndoles que seríamos absueltos. Muchos eran los magistrados a quienes parecía desagradar la severidad de procedimientos de Parker, en contra nuestra, y decían que sentían gran aversión por ponernos la trampa de obligarnos a prestar juramento. Algunos Amigos habían también hablado a Lord Windsor, que lo mismo parecía estar muy bien dispuesto; de modo que era opinión general, la de que seríamos absueltos. Supimos también que el Dr. Lower se había procurado una carta del coronel Sands, de Londres, dirigida a uno de los magistrados, abogando en favor nuestro. Al igual que algunos magistrados dijeron a los Amigos que nos hicieran saber que quisieran que no hablásemos mucho en la sala, por temor de que provocásemos a alguien del tribunal, y que decretarían nuestra absolución.

No nos llamaron hasta el último día de las sesiones, que fue el día veintiuno del Undécimo mes de 1673-4. Cuando entramos en la sala del tribunal, muy pálidos estaban los rostros de todos ellos y transcurrió algún tiempo antes de que nadie hablase; tanto así que un carnicero, que estaba en el público, gritó, "¡Qué! ¿Acaso tienen miedo? ¿Es qué los magistrados no se atreven a hablarles?" Finalmente, antes de que nos dirigieran la palabra, el magistrado Parker, pronunció un largo discurso desde el tribunal, diciendo más o menos lo ya mencionado en el auto de prisión; refiriéndose muchas veces a las leyes comunes, mas sin especificar cual era la que habíamos transgredido, añadiendo que había creído medida más suave, mandarnos a los dos a la prisión, que poner a sus vecinos en el caso de perder doscientas libras esterlinas, que era la pena obligada, de haber él puesto en ejecución la ley en contra de conventículos. Mas en esto daba pruebas de ser, o muy ignorante o muy embustero, porque no celebrándose reunión alguna, cuando él llegó, ni haber allí quien lo informase de tal cosa, no tenía evidencia para declararnos convictos de haber faltado a la ley, a nosotros o a sus vecinos.

Cuando Parker hubo terminado su discurso, los magistrados, se dirigieron a nosotros, empezando por Tomás Lower, a quien interrogaron sobre el motivo de su ida a aquella región; de lo cual, les dio él, una sencilla y completa explicación. De vez en cuando, decía yo algo, mientras lo interrogaban; y entonces me dijeron que lo estaban interrogando a él, y que cuando me llegase mi turno, tendría absoluta libertad de hablar, puesto que no pensaban impedírmelo, sino que dispondría de todo el tiempo necesario, sin que pretendieran tendernos trampa alguna. Cuando terminaron con Tomás Lower, me pidieron que les hiciera un relato de mi viaje, lo cual hice, como anteriormente se menciona, pero más extensamente. Y debido a que el magistrado Parker, para agravar el caso, andaba armando gran ruido, diciendo que, en la casa donde me habían detenido, "había gentes de Londres, otros del Norte, algunos de Cornwall y también de Bristol"; les dije que, en cierto modo, eran todos una misma familia, porque de Londres era yo el único, del Norte no había allí nadie más que mi mujer y su hija, y, de Cornwall, solamente mi yerno, Tomás Lower; mientras que de Bristol, solo un Amigo, mercader de aquella ciudad, que nos encontró de manera providencial, para poder asistir a mi mujer y a su hija, en su viaje hacia su casa, cuando por razón de nuestro encarcelamiento, quedaron sin nuestra compañía y apoyo. Cuando hube terminado, el presidente, cuyo nombre era Simpson, antiguo Presbiteriano, me dijo, "Vuestro relato o explicación es muy inocente." Entonces, él y Parker, cuchichearon unas palabras y, después, el presidente, poniéndose de pie, dijo, "Vos Sr. Fox, sois un hombre famoso y puede que todo lo que habéis dicho sea cierto; mas, para nuestra mayor satisfacción. ¿Queréis prestar los juramentos de Fidelidad y Supremacía?" Les dije entonces, que habían ellos dicho que no nos tenderían trampa alguna; y que era esto una trampa completa, porque ellos bien sabían que nosotros no podíamos prestar juramento alguno. Sin embargo, hicieron que se leyera la fórmula del juramento; y cuando terminaron les dije que jamás prestara un juramento en toda mi vida, pero que siempre me había comportado lealmente con el gobierno; habiendo sido encerrado en el calabozo de Derby, donde me tuvieron seis meses preso, por haberme negado a tomar las armas en contra del rey Carlos, en la batalla de Worcester, y que, por asistir a las reuniones, me habían sacado de Leicestershire para llevarme a presencia de Oliverio Cromwell, acusado de conspirar por la venida del rey Carlos. Mientras estaba hablando, se pusieron a gritar, diciendo "Dadle el libro"; y dije yo, "El libro dice, 'No jurarás.'" Entonces gritaron, "Carcelero, lleváoslo"; y, como yo aun continuaba hablando, le dieron gran prisa al carcelero, gritándole: "Lleváoslo o sino tendremos aquí una reunión, ¿Por qué no os lo lleváis? A este individuo (refiriéndose al carcelero) le gusta oírle predicar." Entonces el carcelero me llevó y, cuando me alejaba, levantando un brazo, les dije, "Que el Señor os perdone, a vosotros, que me encarceláis por obedecer la doctrina de Cristo." Así fue como no cumplieron su promesa, ante el país, pues habiendo prometido que me darían absoluta libertad de hablar, me la negaron; así como también habían prometido que no me tenderían trampa alguna y, con todo, querían hacernos prestar juramentos para que así cayésemos en la trampa.

Después de que me llevaron, retuvieron a Tomás Lower en la sala del tribunal y le dijeron que estaba en libertad. Ante esto, intentó razonar con ellos, preguntándoles por qué, siendo que nos habían prendido juntos y nuestro caso era el mismo, no me ponían a mí también en libertad. Mas le respondieron que no querían escucharle y le dijeron, "Idos a vuestros quehaceres pues, estando como estáis en libertad, nada más tenemos que deciros." Y esto fue todo lo que pudo conseguir que le dijeran; en vista de lo cual, después de levantarse la sesión, fue a hablar con los magistrados, en su cámara privada, para saber qué motivos tenían para detener a su padre por más tiempo, ya que a él lo habían puesto en libertad. Al oír lo cual, Simpson, lo amenazó diciéndole, "Si no estáis satisfecho, os haremos también prestar juramento y os mandaremos a donde está vuestro padre." A lo cual les replicó que podían hacerlo si lo juzgaban conveniente, pues tanto si lo mandaban como no, tenía la intención de ir, para cuidar de su padre en la cárcel, ya que era éste, en aquel momento, su quehacer en aquel país. Entonces, el juez Parker le dijo, "¿Creéis acaso, Sr. Lower, que no tuve motivo suficiente para mandaros, a vos y a vuestro padre, a la cárcel, cuando celebrasteis tan gran reunión, que el sacerdote de la parroquia se quejó de que había perdido la mayor parte de sus feligreses, de tal modo, que cuando va a verlos apenas si queda quien le escuche?" "He oído decir," le respondió Tomás Lower, "que el sacerdote de esa parroquia, va tan raramente a visitar a su rebaño (una o quizás dos veces al año, para cobrar sus diezmos) que no hizo otra cosa, mi padre, sino dar prueba de caridad yendo a visitar a un rebaño tan dejado y abandonado, y, por consiguiente, no tienes tú motivo para mandarlo a la prisión por haber visitado a esas gentes y haberlas instruido y dirigido a Cristo, su verdadero Maestro; ya que poco sacaban de su pretendido pastor, que sólo hace acto de presencia para ir a buscar la 'ganancia de su distrito.'" Oyendo esto, soltaron la carcajada los jueces, porque, según parece, el Dr. Crowther, (el clérigo del cual se trataba) y a quien Tomás Lower no conocía, estaba en aquel momento en la habitación sentado entre ellos, teniendo la bastante discreción para estarse callado y no tratar de reivindicarse de una acusación que era tan notoria y estaba tan bien fundada. Cuando Tomás Lower se hubo marchado, tanto se mofaron los jueces del Dr. Crowther, que lo avergonzaron lastimosamente y se vio tan cogido que amenazó con acusar a Tomás Lower, ante el tribunal del Obispo, por difamación; y cuando esto llegó a oídos de Tomás Lower, le mandó este recado de que respondería a la acusación y de que podía comenzar cuando mejor le pareciese, pues citaría a la parroquia entera para que testificasen en contra suya. Esto enfrió al doctor. Con todo, algún tiempo después, vino a la cárcel, pretendiendo que quería discutir conmigo y hablar con Tomás Lower, de aquel asunto, y trajo consigo a otro sacerdote, gozando él en aquel entonces de una prebenda en Worcester.

Cuando entró y me preguntó que, por qué razón estaba en la cárcel, le respondí, "¿Acaso no lo sabes tú? ¿No estabas tú en el tribunal, cuando Simpson y Parker querían hacerme prestar juramento? ¿Y no tienes tú participación en todo ello?" Entonces me dijo, "El prestar juramento es lícito y no prohibió Cristo jurar ante un magistrado, sino jurar por el sol o cosas por el estilo." Le respondí que me lo probase con las Escrituras, lo cual no pudo, arguyendo después lo siguiente, citando a Pablo, "Todas las cosas me son lícitas" (1 Cor 6:12) y añadiendo, "si todo era lícito para él, entonces también lo era jurar." "Con este argumento," le dije, "también podrías afirmar que la embriaguez, adulterio y toda clase de pecado y de maldad es tan lícita como el prestar juramento." "¿Por qué," preguntó el Dr. Crowther "sostenéis que el adulterio es ilícito?" "Sí," le respondí, "y lo afirmo," "Entonces, eso que decís contradice lo dicho por San Pablo," dijo él. Al oír esto, llamé a los presos y al carcelero para que oyesen la doctrina que el Dr. Crowther promulgaba, o sea, que embriagarse, jurar, adulterar y cosas semejantes eran lícitas. Dijo entonces, tomando una pluma, que lo escribiría de su puño y letra; mas escribió una cosa diferente de la que había dicho y, volviéndose a Tomás Lower, le preguntó si respondería a lo que había allí escrito, asintiendo Tomás a ello. Hizo esto, porque cuando amenazó a Tomás con acusarlo ante el tribunal del Obispo, por hablar de él de un modo insultante, delante de los jueces, y Tomás le contestó que respondería la acusación y que podía comenzar cuando mejor le pareciese, pues citaría a sus feligreses para que testificasen en contra suya, se marchó muy irritado y refunfuñando mientras se iba. Pocos días después, Tomás Lower, le mandó la respuesta a lo que había escrito en el papel, que le había dejado, cuya respuesta le llevó un Amigo de Worcester; y cuando la hubo leído le dijo que contestaría, lo que nunca hizo a pesar de que, a menudo, le mandaba recado de que lo haría.

De Pasajes de la vida y escritos de William Penn:

(Penn está hablando). La tercera vez que vine a la corte fue en 1673, después de no haberla frecuentado por cinco años. El asunto que me llevó allí fue el encarcelamiento de ese siervo de Dios, mi digno amigo Jorge Fox, en el castillo Worcester; la causa fue la adoración a Dios de manera diferente que la de la iglesia de Inglaterra; y por temor a que fuera un cargo muy débil para detenerlo, los jueces de la paz que habían presentado su asunto oficialmente, le presentaron los juramentos de lealtad y supremacía, no para que los tomara, sino porque estaban muy seguros que él no los tomaría, como una trampa suplemental para gratificar su humor y cumplir sus designios en contra de él. Esto terminó en una ley en contra de la jurisdicción papal, y al no encontrar aplicaciones en el país seguramente tendrían éxito en liberarlo de las manos de algunas personas muy enojadas y obstinadas, se tomó la resolución entre nosotros en Londres de sacarlo por medio de un habeas corpus al tribunal del rey, y tratar lo que podamos hacer en la corte para procurar su liberación.

Me fue encargado a mí llevar a cabo esta tarea, en la cual me acompañó William Mead.

Después de algo que yo dije como introducción al asunto, le entregué nuestra petición al duque de York. Él lo examinó, y después nos dijo que estaba en contra de toda persecución por causa de la religión. Que fue cierto que él fue advertido en sus años de juventud, especialmente cuando pensó que la gente hacía un pretexto para perturbar el gobierno, pero que había visto y considerado las cosas mejor, y él estaba de parte de hacer con otros lo que quisiera que los otros hicieran con él; y pensó que sería bueno para el mundo si todos pensaran de esa manera; porque estaba seguro, dijo él, 'que ningún hombre estaba dispuesto a ser perseguido por su propia conciencia.' Añadió que él nos había visto 'como un pueblo calmado y trabajador, y aunque él no era de nuestro juicio, le gustaban nuestras vidas buenas,' y dijo muchas cosas más con el mismo propósito, prometiendo que hablaría con su hermano [el rey] y no dudó que el consejo del rey tendría órdenes a favor de nuestro amigo.

Mi compañero y yo hablamos, cuando se nos ofreció la ocasión, de recomendar tanto nuestro asunto como nuestro carácter, pero menos porque él nos impidió de la manera que he expresado.

Cuando había terminado con este asunto, le agradó tomar nota de mí de una manera particular, tanto por la relación que mi padre había tenido con su servicio en la marina, y el cuidado que él le había prometido mostrar hacia mí en toda ocasión.

Que se maravilló porque no lo había visitado, y que cuando yo tuviera cualquier asunto allí, él ordenaría que yo tuviera acceso; después de lo cual se alejó, y nosotros regresamos.

Esta fue mi primera visita a la corte después de cinco años fuera, y este fue su éxito, y la primera vez que yo había hablado con él desde 1765. Que fuera agradecido conmigo no era de sorprenderse; y, tal vez, que con algunos fue el comienzo de mis errores en la corte.

La siguiente carta a Jorge Fox fue escrita poco después de la entrevista recién relatada:

ESTIMADO JORGE FOX :

Recibí su amor tierno y amable en su última carta, y para su asunto de la siguiente manera: un gran señor, un hombre de mente noble, hizo tanto como ponerse a sí mismo en un camino de amor para conseguir su libertad. Él logró obtener el perdón del rey, pero nosotros rechazamos eso. Después él pidió una libertad más noble, que respondiera mejor a la verdad. Él prevaleció, y obtuvo la mano del rey para la libertad. Está en las manos con el Señor Guardador, y nosotros hemos usado, y seguimos usando, el interés que podamos. El rey está enojado con él (el Señor Guardador), y promete de manera muy grande y amante; de modo que, si hemos sido engañados, usted vea los motivos de eso. Pero nosotros hemos tratado de obtener un mandato judicial estos últimos diez días, y estamos muy cerca de una resolución, tan seguros como podemos; y un habeas corpus ha sido emitido o será emitido mañana en la noche.

Mi estimado amor lo saluda a usted y su querida esposa. Las cosas son valientes con respecto a la Verdad en estas partes; hay mucha convicción entre la gente. El amor de mi querida esposa está con todos ustedes. Yo anhelo y espero poder verlo en un corto tiempo.

Por lo tanto, estimado Jorge Fox, yo soy,

WILLIAM PENN.

Jorge Fox había sido llevado por un mandato judicial de habeas corpus ante la corte del tribunal del rey, y Sir Mateo Hale lo puso en libertad por medio de una proclamación.

Poco después de las sesiones del tribunal, aproximándose el cumplimiento del término, el alguacil de Worcester recibió un habeas corpus para que me llevase a la barra del tribunal del rey; en vista de lo cual, habiendo el alguacil subalterno delegado sus funciones en Tomás Lower, para que me acompañase a Londres, salimos el día veintiocho del Undécimo mes, y llegamos a Londres, el día dos del Duodécimo mes, pasando por caminos cenagosos y encharcados. Al día siguiente, habiendo anunciado mi llegada, el alguacil me ordenó que compareciese ante el tribunal, lo que hice, compareciendo ante el juez Wild, que dio pruebas, así como sus abogados, de ser muy imparcial, dándome tiempo para hablar y para poder probar que era inocente; y así pude demostrarle lo injusto de mi encarcelamiento. Después de archivar el escrito del habeas corpus se me ordenó que compareciese de nuevo ante el tribunal, al día siguiente. La orden de la corte era como sigue:

Worchester, el rey en contra de Jorge Fox
Jueves, el día después de la purificación de la bendita Virgen María, en el año 26 del rey Carlos segundo.

El acusado fue traído aquí a la corte, por medio de un mandato judicial de habeas corpus ad subjiciend, etc. bajo la custodia del alguacil del condado antes mencionado; está ordenado que el regreso a habeas corpus sea archivado, y el acusado sea puesto bajo la custodia del mariscal de esta corta, para ser mantenido seguro hasta, ...

Por moción del señor G. Stroude.
Por la corte.'

De acuerdo con la orden recibida, a la mañana siguiente, estuve paseándome por el vestíbulo hasta que el alguacil vino a buscarme (el cual tenía confianza en mí para dejarme ir a donde quisiera) y fuimos a la sala del tribunal del rey donde, como era temprano todavía, estuvimos sentados con los abogados, casi una hora, hasta que los jueces llegaron. Cuando entraron, me quitó el alguacil el sombrero y, al cabo de poco rato, me llamaron. La presencia del Señor estaba conmigo y sentí que Su poder estaba por encima de todos. Escuché, de pié, al procurador del rey, cuyo nombre era Jones, que verdaderamente habló de un modo notable a mi favor, al igual que otro letrado, que habló después; y los jueces, que eran tres, estuvieron todos muy moderados sin dirigirme ninguna palabra de censura. Permanecí quieto, en el poder y espíritu del Señor, viendo como Él actuaba y la tierra ayudaba a la mujer. Cuando hubieron concluido, pedí permiso al magistrado mayor para hablar, el cual me fue concedido. Expliqué, entonces, la razón de nuestro viaje, la manera como nos habían detenido y acusado y el tiempo que duró nuestro encarcelamiento, hasta que llegó el día de las sesiones del tribunal; y les hice un breve resumen de nuestro proceso, repitiéndoles lo que entonces ofrecí a los jueces, como declaración de lo que me era dado hacer o firmar, en lugar de prestar los juramentos de Fidelidad y Supremacía. Cuando hube concluido, el magistrado Mayor, dijo que mi caso tenía que pasar al tribunal del rey, acabando sus funciones el alguacil de Worcester; y dijo también que estudiarían el caso con detenimiento y que si encontraban algún error en el registro o en los procedimientos de los magistrados me pondrían en libertad. Y, llamando a un alguacil de vara, para que me pusiera bajo custodia, éste me entregó al guardián del tribunal del rey; el cual me dejó ir a casa de un Amigo, donde me alojé, dándome cita para encontrarnos, el día siguiente, en casa de Eduardo Mann, en la calle de Bishopsgate. Sin embargo, después de esto, o bien el juez Parker, o bien otro de mis adversarios, instigaron a la Audiencia para que me mandasen otra vez a Worcester. En virtud de lo cual, se señaló otro día, para otra vista, en la que cuatro abogados hablaron en contra mía. Jorge Stroude, otro abogado, tomó mi defensa y estaba hablando antes de que me introdujeran en la sala; mas fue derrotado, prevaleciendo el criterio, entre los jueces, de que se me devolviera al tribunal de Worcester, añadiendo, no obstante, que podía depositar una fianza en garantía de que comparecería ante el tribunal y que observara entre tanto buena conducta. Les dije que jamás en mi vida observara mala conducta y que, lo mismo sería que ellos, los cuatro jueces, me exigieran allí mismo que prestase juramento en lugar de mandarme a Worcester para que los jueces me tendiesen la trampa del juramento, a mí, que no he jurado en mi vida, para así después poder condenarme. Y añadí les que si yo no cumplía mi Sí o mi No, estaba conforme en sufrir la misma pena que deben de sufrir los que no cumplen sus juramentos. Este cambio, en la actitud de los jueces, respecto a mi caso, obedeció a que, como se supuso, el juez Parker, mi adversario, había dado alguna información falsa en contra mía ; pues en el tiempo que transcurrió desde mi primera vista a la de ahora, había difundido una historia falsa y tendenciosa, de que cuando me detuvieron estaban conmigo muchas personas de importancia, procedentes de diversas partes de la nación, y que estábamos conspirando o teníamos ya algún designio entre manos; y que Tomás Lower había estado conmigo en la cárcel, mucho tiempo, después de haber sido puesto en libertad para llevar a cabo tal designio. Tanto se habló de todo esto en el parlamento, que, si no me hubieran trasladado a Londres, cuando se hizo, me hubieran detenido en Worcester; y Tomás hubiera sido acusado otra vez, junto conmigo. Pero, aunque para vergüenza de Parker, se demostró muy fácilmente la falsedad de tales acusaciones, con todo, no quisieron los jueces modificar su última sentencia, mandándome de nuevo a la cárcel de Worcester; concediéndome el solo favor de que podía escoger mi camino e ir cuando gustase, con tal de que estuviese allí, sin falta, para las sesiones del tribunal, que empezarían el día dos del Segundo mes siguiente.

Así pues, permanecí en Londres, yendo por sus alrededores, hasta fines del Primer mes de 1674, y, por aquellos días, emprendí mi viaje con toda calma (pues me era imposible hacer un viaje tan duro con prisas), llegando a Worcester el último día del Primer mes, el día antes de la llegada de los jueces a la ciudad. El día dos del Segundo mes, de la cárcel, me llevaron a una posada, cerca de donde se reunía el tribunal, para que estuviese listo en el caso de que me llamasen. Mas, no llamándome aquel día, por la noche, vino el carcelero y me dijo que podía irme a casa (refiriéndose a la cárcel) y entonces fuimos, Gerardo Roberts, de Londres, que estaba conmigo, y yo, andando hasta la cárcel, sin guardia alguna. Al día siguiente, me volvieron a llevar al mismo sitio, poniéndome de guardián a un muchachito de once años. En esto, llegué a enterarme de que el juez Parker y el secretario del tribunal habían dado órdenes de que no se me incluyera en la lista de los casos para juzgar, para evitar así que compareciese ante el juez. En vista de esto, conseguí que el hijo del juez hiciese pasos para que me llamasen, como efectivamente así lo hicieron y me llevaron a la barra ante el juez Turner, mi antiguo enemigo, que ya una vez en Lancaster quiso obligarme a prestar juramento y luego me condenó. Luego que se hizo silencio, me preguntó qué era lo que deseaba; respondiéndole yo, "Que, haciéndose justicia, se me ponga en libertad." Me dijo entonces que ello dependía de que prestara o no juramento, y me preguntó si quería prestarlo. Quería yo que él se enterase del modo como me habían detenido y acusado, y, viendo que guardaba silencio, le hice un largo relato de todo ello, explicándole también que, durante mi encarcelamiento, había llegado a mi conocimiento que mi madre, mujer anciana y piadosa, que tenía grandes deseos de verme, antes de morir, al saber que me habían detenido y encarcelado, mientras iba de viaje, de modo que no había probabilidad de que pudiera ir a verla, sufrió tal conmoción que murió poco después; lo cual había sido muy doloroso para mí. Cuando terminé de hablar, me preguntó de nuevo si quería prestar juramento; y le respondí que ello era en contra de mi conciencia y que estaba seguro de que, él y todos los demás, estaban en conciencia bien convencidos de que era para mi un caso de conciencia el no prestar juramento, bajo ningún concepto. Declaré, ante todos ellos, lo que sí podía asegurar, y también firmar, reconociendo los derechos del rey para con el gobierno y negando al papa y sus pretendidos poderes, así como a todos los conspiradores, complotes y conspiraciones contra el gobierno; y eran algunos de opinión de que el juez se inclinaba a ponerme en libertad, porque, bien veía que, en justicia, nada tenían en contra mía, pero , Parker, que me había acusado, se esforzó en indisponerlo conmigo, diciéndole que era yo el jefe de una conspiración; que muchos en la nación me seguían y que no sabía él hasta qué extremo podría llegar la cosa. Todo esto con muchas más palabras llenas de envidia, que oyeron los que estaban cerca de él, mientras hablaba; los cuales también notaron que el juez no le respondió. Sin embargo, el juez, deseoso de desentenderse del asunto, refirió mi caso de nuevo a las sesiones ordinarias, rogando a los magistrados que lo terminasen pronto y que no perturbasen más al tribunal con mi persona. Ante lo cual resultó que iba a continuar preso, debido, sobre todo, a juzgar por las apariencias, a las malas artes del juez Parker, el cual, en este caso, dio pruebas de ser tan falso como envidioso; pues habiendo prometido que se esforzaría en que me pusieran en libertad, era, con todo, el peor enemigo que tenía en el tribunal, como algunos, también del tribunal, observaron y comentaron. Otros jueces, se comportaron muy afablemente, prometiéndome que, para que pudiera cuidar de mi salud, gozaría de libertad para alojarme, en la ciudad, en casa de algún Amigo hasta que llegara el día de las sesiones del tribunal; lo cual cumplieron, mostrándose las gentes muy corteses y respetuosas conmigo.

Entre tanto, hasta que empezaron las sesiones, trabajé para el Señor con varias personas que vinieron a visitarme. Una vez, tres sacerdotes, no-conformistas, y dos abogados, vinieron a departir conmigo, intentando probar, uno de los sacerdotes, que las Escrituras eran la sola norma de vida. Sobre que, después de haberlo vencido, en lo que a las pruebas se refería, se me presentó una buena ocasión para explicarles el uso, debido y adecuado, servicio y excelencia de las Escrituras, así como para demostrar que: 1) el Espíritu de Dios, que todos los hombres han recibido para que se beneficien de él, y 2) la gracia de Dios, que da la salvación y que vino a todos los hombres, para enseñarles la obediencia y a apartarse de la concupiscencia mundana y profana, para vivir sobria y rectamente en Dios, en este mundo, es la regla más propia, adecuada y universal, que Dios ha dado a la humanidad, para dictar leyes con las que dirigir, gobernar y ordenar sus vidas.

En otra ocasión, vino un sacerdote episcopal, acompañado de varias otras personas, el cual me preguntó si había yo conseguido la perfección; y le respondí que lo que era lo era por la gracia de Dios. Dijo el sacerdote que era esta respuesta muy modesta y cortés, y, esgrimiendo las palabras de Juan, "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros." Me preguntó que tenía que decir a esto. Y le respondí, citando al mismo apóstol, "Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros." La palabra de Él, que vino a destruir el mal y a apartarnos del pecado. De modo que hay un momento para que las gentes vean que han pecado, un momento para que vean en qué han pecado y un momento para que confiesen su pecado y se aparten de él, para conocer, "la sangre de Cristo que limpia de todo pecado." 1 Juan 1:7. Y luego se le preguntó al sacerdote si Adán no era perfecto, antes de su caída, y si todas las obras de Dios no eran perfectas. Respondió a esto, el sacerdote, que pudo haber una perfección, como la de Adán, y también una caída de tal perfección; y entonces le dije, "Hay una perfección, en Cristo, más alta que la de Adán y por encima de toda caída; y la misión, de los ministros de Cristo, es la de hacer perfectos a los hombres, en Cristo, para lo cual gozan de un don que viene de Cristo. Col 1:27, Efe 4:11-13. Por consiguiente, aquellos que nieguen la perfección, niegan la misión del ministerio, así como los dones que Cristo dio para el perfeccionamiento de los Santos. "Efe 4:11-13 A esto, respondió el sacerdote, "Siempre debemos de intentarlo." Y le dije, que era un triste y desgraciado intento, el de intentar lo que sabemos que no podemos alcanzar. Y le dije también que Pablo, que clamó en su cuerpo de muerte, "Dio las gracias a Dios, que le dio la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo," 1 Cor 15:57. De modo que hubo un momento en que se clamaba con ansia de victoria y otro en que se alababa a Dios, por la victoria conseguida; y dijo Pablo, "No hay condenación para los que están en Jesucristo." El sacerdote replicó, "Job no fue perfecto," y yo le respondí, "Dios dijo que Job era un hombre perfecto, que se apartó del pecado, Job 2:3 y el Diablo se vio obligado a confesar que Dios había dispuesto una barrera a su alrededor, Job 1:9-10 que no era barrera tangible, sino el poder celestial invisible." Añadió el sacerdote que Job había dicho, "Y notó necedad en sus ángeles y ni los cielos son limpios delante de sus ojos." A lo cual, le respondí, que estaba en un error, ya que no había sido Job sino Elifaz, el que lo dijera discutiendo con Job, "Bien," dijo el sacerdote, "pero, ¿Qué decís a este pasaje de las Escrituras, 'El hombre más justo que existe, peca siete veces al día?"* "Digo," le respondí, "simplemente, que no existe tal pasaje en las Escrituras." Y con esto se calló el sacerdote. Muchas ocasiones tuve, hasta el día en que comenzaron las sesiones del tribunal, como esta, para hacer servicios para el Señor con varias clases de personas.

* El sacerdote episcopal cita incorrectamente: porque siete veces cae el justo y se vuelve a levantar, pero los impíos tropezarán en el mal. Prov 24:16

Empezaron las sesiones trimestrales del tribunal, el día veintinueve del Segundo mes, y me llamaron a comparecer ante los jueces. Era el presidente, el juez Street, que era el juez que hacía el recorrido judicial por el país de Gales; y él me representó mal a mí y a mi caso ante el país, diciéndoles que habíamos tenido 'una reunión en Tredington desde todas partes de la nación, para aterrorizar a los súbditos del rey, por lo cual habíamos sido encerrados en la cárcel. Y que por la prueba de mi fidelidad me fueron presentados los juramentos; y, habiendo tenido tiempo para considerarlo, él me preguntó si yo no quería tomar los juramentos. Yo quise tener libertad para hablar por mí mismo; y habiendo obtenido eso, comencé primero a aclarar todos los cargos falsos que había de mí y los Amigos; declarando que no teníamos tales reuniones de todas las partes de la nación como él lo había representado; pero que (excepto el Amigo de cuya casa vinimos, y que vino con nosotros para guiarnos hacia ese lugar, y un Amigo de Bristol, que vino accidentalmente, o más bien providencialmente, para asistir a mi esposa en la casa, después que fuimos llevados) aquellos que estaban conmigo eran en un sentido parte de mi propia familia, siendo mi esposa, su hija, y su yerno. Y nosotros no nos reunimos en ninguna forma o manera que ocasionara terror en ninguno de los súbditos del rey; porque nos reunimos pacífica y calmadamente sin armas; y no creemos que pueda haber ninguna persona producida que pueda de verdad decir que estaba aterrado con nuestra reunión. Además, yo les dije que sólo íbamos camino a casa, las circunstancias que ahora relato como antes. En cuanto a los juramentos, yo mostré por qué no podía tomarlos (ya que Cristo prohibió todo juramento), y lo que yo podía decir o señalar en vez de ellos, como lo había hecho antes. Sin embargo ellos hicieron que me fueran leídos los juramentos, y después leyeron una acusación, que ellos habían preparado, teniendo allí también un jurado listo. Leída la acusación, me preguntó el juez si era culpable; a lo que respondí, "No, porque todo no es más que una sarta de mentiras," lo cual, demostré y probé al juez, dándole varios ejemplos; y le pregunté si no sentía él, en su conciencia, que todo no eran más que mentiras. El juez me dijo, "Es en la forma"; y le respondí, "Esta no es la verdadera forma." Me preguntó de nuevo el juez si era culpable y le respondí que no; que no era culpable, ni en la forma ni en el fondo, porque yo estaba en contra del papa y de su iglesia, como abiertamente admitía con la mano extendida. Entonces, el juez, dijo al jurado que era lo que tenían que decir, lo que tenían que hacer y lo que tenían que escribir al dorso de la acusación; y como lo dijo así lo hicieron. Pero antes de que dieran el veredicto, les dije que, si no podía prestar juramento, era por la causa de Cristo y por obedecer sus mandamientos y los de los apóstoles y, "por consiguiente," añadí, "andad con mucho cuidado en lo que vais a hacer, porque todos tenéis que comparecer ante el trono de Su justicia." Al oír esto, el juez, dijo, "Esto es beatería." A lo cual respondí, "Si hacer acto de fe, en Nuestro Señor y Salvador, y obedecer su mandato es calificado de beatería, por un juez de un tribunal, de poco servirá que añada ni una palabra más, y, con todo, veréis como soy cristiano y como demostraré mi cristianismo, probándose mi inocencia." Me condujo el carcelero fuera de la sala, sintiéndose la gente tan emocionada que parecía que hubiesen asistido a una reunión. Poco después, me hicieron entrar de nuevo y el jurado decidió que era justa la acusación, a lo que me opuse; y luego, me pidieron que depositase una fianza hasta las siguientes sesiones del tribunal y el hijo del carcelero se ofreció en rehenes por mí; mas yo lo detuve así como aconsejé a los Amigos que no se mezclasen en el asunto, ya que, les dije, se trataba de una trampa; y, con todo, dije a los jueces que podía prometer que comparecería, si el Señor me daba fuerza y salud, y si me sentía libre de hacerlo. Algunos magistrados dieron pruebas de ser benévolos y hubiesen querido evitar que los otros mantuviesen la acusación o insistiesen en hacerme prestar juramento; pero el juez Street, que era el presidente del tribunal, dijo que la ley tenía que seguir su curso, por lo que me mandaron, otra vez, a la cárcel. Sin embargo, dos horas después, y, debido al espíritu moderador de algunos de los jueces, me pusieron en completa libertad hasta las siguientes sesiones trimestrales del tribunal. Se dijo que, esos jueces moderados, deseaban que el juez Parker escribiese al rey, pidiéndole mi libertad o un noli prosequi (como ellos lo llamaban) porque estaban convencidos de que no era yo un personaje tan peligroso como me pintaban. Se dijo también que así lo prometió Parker, mas no lo hizo.

Después de haber obtenido una copia de la acusación me fui a Londres, visitando a los Amigos por el camino. Cuando llegué, me encontré con que algunos personas ansiosas de sacarme de las manos de aquellos jueces envidiosos, que querían incapacitarme en Worcester, insistieron tenazmente para que compareciese ante los jueces del tribunal del rey; y, por un habeas corpus, comparecí otra vez ante ellos. Les tendí un papel que contenía lo que yo podía decir, en lugar de los juramentos de Fidelidad y Supremacía, redactado como sigue:

Esto hago en verdad y en presencia de Dios declaro que el rey Carlos Segundo es rey legítimo de este reino y de todos sus otros dominios; a quien trajeron y erigieron rey de este reino, por el poder de Dios, y no profeso yo, hacia él y todos sus súbditos, sino afecto y buena voluntad, deseando su prosperidad y su eterno bien. Repudio en absoluto y niego el poder y supremacía del papa y todas sus invenciones supersticiosas e idólatras, afirmando que no tiene poder para absolver de pecado. Repudio y detesto sus crímenes perpetrados en príncipes u otras gentes, por medio de conspiraciones y maquinaciones, e igualmente combato todas las conspiraciones y maquinaciones y todos los conspiradores y autores de maquinaciones, en contra del rey y de sus súbditos, sabiendo que son ellos, productos de tinieblas, frutos de un espíritu maligno, en contra de la paz del reino, y, no del espíritu de Dios, cuyo fruto es el amor. No puedo prestar juramento, por haberlo prohibido Cristo y el apóstol, mas, si dejo de cumplir mi Sí y mi No, que sufra la misma pena que aquellos que no cumplen sus juramentos.

Jorge Fox 

Sin embargo, como el asunto se había tramitado hasta entonces en Worcester, no quisieron mezclarse en ello, dejándome que compareciese otra vez ante los magistrados, cuando se celebraron las siguientes sesiones trimestrales del tribunal.

Mientras tanto, llegó la Junta Anual de los Amigos, a la que asistí, en virtud de la libertad que me concedieron hasta que se celebrasen las sesiones; y resultaron las reuniones extraordinariamente gloriosas, más de lo que las palabras pueden expresar; ¡Bendito sea el Señor!

Después de la Junta Anual, me puse en marcha, para Worcester, por estar ya cerca el día en que se celebrarían las sesiones del tribunal, en el Quinto mes. Cuando me llevaron a la barra y se hubo leído la acusación, sintiendo el jurado ciertos escrúpulos, el juez del tribunal, Street, hizo que se leyesen las fórmulas de los juramentos y volvió a insistir para que los prestase. Le dije que estaba allí para intentar la anulación de la acusación y que el querer hacerme prestar juramento otra vez, era una nueva trampa. Quise entonces que me aclarase un par de cuestiones y le pregunté si el juramento sólo tenían que prestarlo los súbditos del rey, o también los súbditos de príncipes extranjeros; a lo que me respondió el juez, "Solamente los súbditos de este país." "Entonces," contesté, "no me habéis designado como súbdito en la acusación y, por consiguiente, no me habéis incluido en el estatuto." Al oír esto, gritó el juez, "Leedle la fórmula de los juramentos"; a lo que repliqué, "Yo exijo justicia." De nuevo le pregunté si el tribunal no representaba al rey y a todo el país, a lo que respondió afirmativamente. "Entonces," le dije, "habéis omitido al rey en la acusación y, siendo así, ¿Cómo podéis cursar esta acusación, en un juicio entre el rey y yo, si habéis omitido al rey?" El juez respondió, "El rey ha sido incluido antes"; mas yo le dije, "Ya que el nombre del rey ha sido omitido, es éste un gran error en la acusación, suficiente, según tengo entendido, para anularla. Además," proseguí, "primero me acusaron bajo el nombre de Jorge Fox, de Londres, y ahora me acusan bajo el nombre de Jorge Fox, de Tredington, del condado de Worcester; y quisiera que el jurado, considerase como es que puede declararme culpable, basándose sobre esta acusación, en vista de que no soy del lugar en ella mencionado." No negó el juez que había errores en la acusación, mas dijo que lugar habría para que pudiese yo remediarlo; a lo cual le respondí, "Bien sabéis vosotros que somos gentes que todo lo soportamos y sufrimos y, por esto, abusáis de nosotros, que no podemos vengarnos, mas nosotros dejamos nuestra causa en manos del Señor." En esto el juez dijo; "Se os ha pedido varias veces que prestarais juramento y nos debéis alguna satisfacción con respecto a ello." Les ofrecí, en lugar del juramento, la declaración que había antes ofrecido a los jueces; mas no fue aceptada. Quise entonces saber, en vista de que me ofrecían jurar de nuevo, si la acusación había sido o no anulada, mas, en lugar de responderme, el juez dijo al jurado que podían retirarse. No parecían satisfechos algunos de los del jurado; ante lo cual les dijo el juez que habían oído como un hombre juró que, en las últimas sesiones del tribunal, me habían pedido que jurase, y, después, les dijo lo que tenían que hacer. Ante esto, le dije que debía de dejar al jurado que decidiesen de acuerdo con sus conciencias. Sin embargo, como los que formaban el jurado había sido elegidos por él, se retiraron, y, volviendo poco después, me declararon culpable. Pregunté al jurado como era que podía satisfacerles el declararme culpable basándose en una acusación tan manifiestamente falsa y que contenía tantos errores. Poco pudieron responderme y, no obstante, uno, que parecía el peor de todos, quiso cogerme la mano; mas, lo aparté de mí, diciéndole, "¿Cómo es, Judas, que ahora, que me has traicionado, te acercas a mí para besarme?" y lo llamé a él y a los otros, al arrepentimiento. Entonces, el juez, comenzó a decirme lo benévolo que el tribunal había sido conmigo; mas yo le pregunté que como podía decir tal cosa. Nunca hubo hombre más maltratado, como yo lo había sido, en este caso, siendo detenido en mi camino, cuando viajaba entregado a mis lícitas ocupaciones, y siendo encarcelado sin causa alguna, poniéndome en el caso de jurar, sólo para tenderme una trampa. Y quise que el juez me respondiera, en presencia del Señor, ante quien todos estábamos, si no era por envidia que me pidieran que jurase. No respondió a esto, mas dijo, "¡Ojalá nunca hubiereis venido a perturbarnos, a nosotros y al país!" Le respondí que no había venido por mi propia voluntad, sino que me habían llevado, después de habérseme detenido en mi camino, y que no era yo el que los perturbaba, sino que ellos mismos se perturbaban. Entonces, el juez, me dijo, que era amarga sentencia la que tenía que comunicarme. Le pregunté si lo que iba a decir, era a manera de dictar sentencia o a título de información, porque, para evitar que dictase sentencia, basándose en aquella acusación, le dije que tenía muchas más cosas que alegar y más errores que señalar en el texto de la acusación, además de los que había ya mencionado. Me respondió que iba a mostrarme los peligros de haber sido incapacitado, lo cual representaba la pérdida de mi libertad, de todos mis bienes y propiedad personal, y prisión para toda la vida; mas dijo, que no lo decía como sentencia del tribunal sino como una amonestación para mí. Pidió, entonces, al carcelero, que me llevase, esperando yo que me llamarían otra vez para oír la sentencia. Mas, cuando me hube marchado, el secretario del tribunal de paz (cuyo nombre era Twittey), preguntó al juez, según me dijeron, si lo que me había dicho quedaba sentado como sentencia firme; y el juez, después de haberlo consultado con algunos de sus colegas, respondió que sí, que aquello era la sentencia y que quedaba en firme. Esto hizo a espaldas mías, para no tener que avergonzarse ante todo el país. Muchos de los jueces y la mayoría de la gente eran moderados y corteses, pero Street, que era el juez de la sala, no les hizo caso, desentendiéndose de ellos. Este juez Street, había dicho a algunos Amigos, la mañana anterior a mi juicio, que de haber estado él en el tribunal, cuando se celebraron las primeras sesiones, no me hubiese puesto en el caso de que tuviera que prestar juramento, pero que, si hubiese sido yo convicto de haber asistido a un conventículo, hubiese procedido en contra mía de acuerdo con esta ley, y, añadió, que le dolía que hubiese tenido que comparecer ante él. Y con todo y esto, lleno de malicia me pidió que jurase, de nuevo, en el tribunal, cuando iba yo a tratar de anular la acusación. Mas el Señor abogó por mi causa, confrontándose con él, así como con el juez Simpson, que primero me cogió en la trampa del juramento, cuando se celebraron las otras sesiones del tribunal, ya que poco después, el hijo de Simpson tuvo que comparecer, en la misma barra, acusado de homicidio y, en cuanto a Street, que, cuando llegó de Londres, después de haberme devuelto los jueces del tribunal del rey a Worcester, dijo que ahora que me habían devuelto a su jurisdicción, me pudriría en una cárcel, le sucedió que, a su hija única, a quien llamaban su ídolo de tanto como la quería se la trajeron desde Londres, en un coche de muertos, a la misma posada, donde había proferido tales palabras, de donde, pocos días después, la llevaron a Worcester para enterrarla. Las gentes bien notaron la presteza con que la mano de Dios había caído sobre él, pero ello, antes lo endureció en lugar de volverlo piadoso, como su conducta lo demostró más tarde.

Cuando volví a la cárcel, vinieron a verme varias personas, entre ellas el hijo del conde de Salisbury, que era muy piadoso y estaba muy contrariado de que me tratasen tan duramente; y permaneció cerca de dos horas conmigo, tomando copia de los errores en el texto de la acusación.

Cuando se terminaron las sesiones del tribunal y quedé yo condenado a prisión por haber sido incapacitado, mi mujer, vino, del Norte, para estar conmigo y, cerca ya de la reunión del tribunal, que entendía en lo criminal, cuya reunión se celebraría en el Sexto mes, se expuso mi caso en un documento, por escrito, que, ella y Tomás Lower, entregaron al juez Wild. Constaban en él, la causa de mi viaje, el modo como me prendieron y encarcelaron, los procedimientos de los diversos juicios en contra mía y los errores en la acusación en virtud de la cual había sido incapacitado. Cuando el juez lo hubo leído, movió la cabeza y dijo que si queríamos podíamos tratar de probar la validez o no de los errores; mas esto fue todo lo que pudieron sacar de él.

Mientras yo estaba en la cárcel, me vino la impresión de declarar nuestro principio al rey: no con relación particular a mis sufrimientos, sino para su mejor información con respecto a nuestro principio, y a nosotros como pueblo.

Al rey.

El principio de los cuáqueros es el espíritu de Cristo, quien murió por todos nosotros, y ha resucitado para nuestra justificación; por la cual sabemos que somos de él. Él habita en nosotros por su espíritu, y por el espíritu de Cristo somos llevados fuera de la injusticia y la impiedad. Nos lleva a negar todas las tramas y los inventos en contra del rey, o de cualquier hombre. El espíritu de Cristo nos lleva a negar toda manera de impiedad, como mentir, robar, matar, cometer adulterio, fornicación, toda impureza, disipación, malicia, odio, mentira, fraudes y engaños de cualquier tipo, y al diablo y sus obras. El espíritu de Cristo nos lleva a buscar la paz y el bien de todos los hombres, y a vivir pacíficamente, y nos saca de las malas acciones en contra las cuales nos defiende la espada del magistrado. Nuestro deseo y labor es que todos lo que se profesan a sí mismos como cristianos puedan caminar en el espíritu de Cristo; que ellos por medio del espíritu puedan dar muerte a las obras de la carne; y por la espada del espíritu puedan cortar el pecado y el mal en sí mismos. Entonces los jueces y otros magistrados no tendrían tanto trabajo castigando el pecado en el reino. Ni tampoco los reyes o príncipes necesitarían temer a ninguno de sus súbditos, si ellos caminan en el espíritu de Cristo, porque los frutos del espíritu son amor, justicia, bondad, temperancia, etc. Si todos los que profesan ser cristianos caminaran en el espíritu de Cristo, y por él hicieran morir el pecado y el mal, sería una gran ayuda a los magistrados y gobernantes, y los libraría de muchos problemas, porque llevaría a todos a “hacer con otros como quisieran que hicieran con ellos," y así la ley real de la libertad será cumplida. Porque si todos los que se llaman cristianos caminaran en el espíritu de Cristo; para que por él quitaran el espíritu maligno y sus frutos, entonces, al no ser guiados por el espíritu malo, sino por el buen espíritu de Cristo, los frutos del buen espíritu aparecerían en todos. Porque como la gente es guiada por el buen espíritu de Cristo, éste los guía fuera del pecado y del mal, contra lo cual los defiende la espada del magistrado y eso sería un alivio para los magistrados. Pero a medida que la gente se aleja de este buen espíritu de Cristo, y sigue al espíritu maligno, que los lleva hacia el pecado y el mal; ese espíritu lleva al magistrado a muchos problemas, para ejecutar la ley sobre los pecadores y transgresores del buen espíritu. Ese espíritu, que aleja a la gente de toda clase de pecado y mal, es uno con el poder del magistrado, y con la ley recta. Porque la ley fue añadida a causa de la transgresión, y ese espíritu que quita de la transgresión debe ser uno con esa ley que está en contra de los transgresores. Así que ese espíritu que saca de la transgresión es el buen espíritu de Cristo, y es uno con los magistrados en el poder alto, y lo posee y a ellos también; pero ese espíritu que lleva hacia la transgresión es el espíritu malo, y está en contra de la ley, en contra de los magistrados, y les da mucho trabajo problemático. La manifestación del espíritu bueno es dada a todo hombre para que tome provecho de él; y ningún hombre puede tomar provecho en las cosas de Dios sino por medio del espíritu de Dios que lleva a negar todo el pecado y el mal. Se dice de Israel en Nehemías 9: "El Señor le dio su buen espíritu para instruirlos, sin embargo se rebelaron contra él." Si toda la gente obedeciera a esta manifestación del espíritu que Dios les ha dado para instruirlos, los llevaría a abandonar toda clase de pecado y mal, enemistad, odio, malicia, injusticia e impiedad, y los haría morir. Entonces en el espíritu de Cristo ellos tendrían comunión y unidad, lo cual es el vínculo de la paz; y entonces la paz y el amor, que son los frutos del buen espíritu, fluirán entre todos los que se llaman cristianos.

Somos un pueblo que, en la ternura de la conciencia al mandamiento de Cristo y sus apóstoles, no puede jurar; porque se nos manda en Mateo 5 y Santiago 5 a sólo decir sí y no, y a "no jurar para nada; ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento, por temor de ir hacia el mal, y caer en la condenación.” Las palabras de Cristo son estas: "Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No jurarás falsamente, sino cumplirás al Señor tus juramentos." Estos fueron juramentos verdaderos y solemnes, que aquellos que los hicieron hubieran ejecutado en los tiempos antiguos; pero a ellos Cristo y sus apóstoles les prohibieron en los tiempos del evangelio, así como los juramentos falsos y vanos. Si pudiéramos tomar algún juramento, podríamos tomar el juramento de lealtad, sabiendo que el rey Carlos fue traído a Inglaterra por el poder de Dios, y establecido como rey de Inglaterra, sobre las cabezas de nuestros viejos perseguidores; y en cuanto a la supremacía del rey, la negamos completamente. Y el apóstol Santiago nos ha mandado a no jurar, sino a decir sólo si o no, y no nos atrevemos a romper sus mandamientos; por lo tanto, ya que muchos saben esto, nos han dado los juramentos como una trampa, para que puedan hacer presa de nosotros. Nuestra negativa a jurar no es obstinación, tenacidad, o desprecio, sino sólo en la obediencia a los mandamientos de Cristo y su apóstol; y estamos contentos, si rompemos nuestro sí o nuestro no, para sufrir la misma penalidad que aquellos que rompen sus juramentos. Deseamos por lo tanto que el rey tome esto en consideración, también lo mucho que hemos sufrido en este caso. Esto viene de parte de uno que desea el bien eterno y la prosperidad del rey y de todos sus súbditos en el Señor Jesucristo.

Jorge Fox

Por esta época, me atacó una enfermedad que dejó mi cuerpo muy débil y maltrecho, continuando así por bastante tiempo, tanto, que los Amigos empezaron a dudar de que pudiese reponerme y, yo mismo, me sentía ya entre los muertos en sus sepulturas; con todo, el poder invisible me sostuvo en secreto dándome nuevas fuerzas incluso cuando estaba tan débil que casi no podía hablar. Una noche, tendido despierto en mí lecho, en la gloria del Señor, que está sobre todos, me fue declarado que el Señor me tenía preparado aun mucho más trabajo que hacer para Él, antes de que me llamase a Su seno.

Se intentó que me pusiesen en libertad, cuando menos temporalmente, hasta que me sintiese más fuerte; pero se vio que los medios para conseguirlo eran difíciles y lentos, porque el rey no estaba dispuesto a ponerme en libertad como no fuese a base de concederme un perdón, ya que le habían dicho que, legalmente, no podía hacerlo, y, por otro lado, yo no quería conseguir mi libertad, por un perdón, que el rey me hubiese concedido fácilmente, pues no consideraba este medio compatible con la inocencia de mi causa. Eduardo Pitway, teniendo ocasión de hablar con el juez Parker acerca de los asuntos, le pedí que le diera una orden al carcelero que 'en consideración a mi debilidad, yo podría tener libertad para salir de la cárcel hacia la ciudad. Después de lo cual el juez Parker le escribió la siguiente carta al carcelero, y la envió al Amigo para entregarla.

Sr. Harris,

Algunos Amigos de Jorge Fox me ha rogado mucho que le escriba a usted. Soy informado por ellos, que él está en una condición muy débil, y muy indispuesto; cualquier favor que usted le pueda hacer, para el beneficio de obtener aire para su salud, le pido que se lo muestre. Supongo que el próximo término ellos le harán una petición al rey. Yo soy, Sir,

Su estimado Amigo, ‘Enrique Parker.'
Evesham, el 8 de Octubre de 1674.

Después de esto, mi mujer se fue a Londres y habló con el rey, al que expuso mi largo e injusto encarcelamiento, así como la manera como me prendieron y el proceder de los magistrados, al ponerme en el caso de jurar, a modo de trampa, por lo que me habían incapacitado, de modo, que, siendo ahora su prisionero, estaba en su poder y a su merced el ponerme en libertad, como ella deseaba. El rey, tuvo palabras afables para mi mujer, y la envió al Lord en cargo, al cual acudió, mas no pudo obtener lo que deseaba, pues le dijo que el rey no tenía otro medio de ponerme en libertad más que concediéndome un perdón; y yo, sabiendo que no había hecho mal alguno, no podía aceptar tal perdón. Si hubiese querido conseguir mi libertad, por medio de un perdón, no tenía porque esperar tanto, ya que el rey estaba dispuesto a concedérmelo desde hacía mucho tiempo y añadió que no debía de sentir ningún escrúpulo en ser libertado por un perdón, puesto que a muchos hombres, inocentes como niños, se les había concedido el tal perdón. Con todo, yo no podía aceptarlo y antes hubiese pasado toda mi vida en la cárcel, que salir de ella por un medio deshonroso para la Verdad y por eso fue que preferí el revisar la validez de mi acusación ante los jueces. A este fin, habiendo antes oído la opinión de un abogado (Tomás Corbett de Londres), se mandó un habeas corpus, a Worcester, para que compareciese otra vez ante el tribunal del rey, a fin de verificar los errores que había en mi acusación. Partí el día cuatro del Duodécimo mes, junto con el alguacil subalterno, viniendo también en el coche, el secretario del tribunal de paz y algunos otros. El secretario había sido siempre mi enemigo e intentaba ahora tenderme una trampa con su palabrería; pero yo lo descubrí y lo evité. Me preguntó que cuál era mi intención respecto a los errores de la acusación; a lo que respondí que debían de revisarse para que cada acción se coronase. Discutió conmigo que porqué llamaba sacerdotes a sus ministros y le pregunté si la ley no los llamaba de esta manera; y me preguntó luego que, qué pensaba de la iglesia anglicana y si no había cristianos en ella; a lo cual le respondí, "Así los llaman a todos y hay muchas gentes piadosas entre ellos." Llegamos a Londres el día ocho, compareciendo el día once ante los cuatro jueces del tribunal del rey, donde el abogado Corbett defendió mi causa. Comenzó su defensa, en una nueva forma, declarando a los jueces que no se podía encarcelar a un hombre a base de haber sido incapacitado. A esto, el juez Hale, dijo; "Sr. Corbett debierais de haber venido antes, al comienzo del término, con tal defensa." Y Corbett le respondió, "No pudimos conseguir copia, ni del acta judicial ni de la acusación"; ante lo cual el juez replicó, "Debíais de habérnoslo notificado y los hubiéramos obligado a devolver el acta más pronto." En esto, dijo el juez Wild, "Sr. Corbett, vos generalizáis y, de ser verdad lo que decís, hemos cometido muchos errores en Old Bailey y en otras Audiencias." Corbett, afirmó de nuevo, que, según la ley ,no podía encarcelarse a base de una incapacitación. Dijo el juez, "En el estatuto consta que es lícito el requerimiento." "Sí," dijo Corbett, "pero un requerimiento no es encarcelamiento, porque el requerimiento es sólo conducente a un juicio." "Bien," dijo el juez, "necesitamos algún tiempo para estudiar nuestros libros y consultar los estatutos." En vista de lo cual, se suspendió la vista hasta el día siguiente.

Al día siguiente, dejando de lado lo expuesto por la defensa, prefirieron comenzar por los errores de la acusación, los cuales, cuando se pusieron de manifiesto, resultaron ser tantos y tan groseros que los jueces fueron todos de opinión de que la acusación era nula y de que yo debía de recuperar mi libertad. Algunos de mis adversarios instigaron a los jueces para que volvieran a exigirme que prestara juramento, diciéndoles que era un hombre demasiado peligroso para estar en libertad, pero, el juez Hale, dijo que si bien había ya oído tales rumores, también era cierto que había oído muchos más a mi favor, y, por consiguiente, él, junto con los otros jueces, ordenaban que se me dejase en libertad, por unanimidad. Así fue como, después de haber estado encarcelado por espacio de un año y casi dos meses, sin motivo alguno, haciéndome justicia, me pusieron en libertad, después de un juicio en que se revisaron los errores de la acusación, sin que aceptara yo perdón alguno ni quedar en lo más mínimo obligado o ligado; y el poder eterno del Señor se cernió sobre todos para Su gloria y alabanza. El abogado Corbett, que tomó mi defensa, alcanzó gran fama con ello, acudiendo a él muchos abogados que le dijeron que había puesto en claro algo que antes no se sabía, o sea, que no puede encarcelarse a base de una incapacitación, y después del proceso, un juez le dijo, "Habéis conseguido alto honor por haber defendido en el tribunal la causa del Sr. Fox."

Mientras estuve en la cárcel en Worcester, a pesar de mi enfermedad y de mi poca salud, y a pesar del ajetreo de tantos viajes, de acá para allá, yendo y viniendo de Londres, escribí varios libros para la imprenta, uno de los cuales se llamaba 'Una advertencia a Inglaterra;' otra era: 'A los judíos, probando por los profetas, que el Mesías ha llegado;' otro: 'Con respecto a la inspiración, revelación, y profecía;' otro: 'En contra de todas las disputas vanas;' otro: ‘Para todos los obispos y ministros para probarse a sí mismos por las escrituras;' otro: ‘A los que dicen que nosotros (los cuáqueros) no aman a nadie sino a sí mismos;' otro titulado: 'Nuestro testimonio con respecto a Cristo;' y otro pequeño libro: 'Con respecto a jurar,' siendo el primero de esos dos que le fueron dados al parlamento. Además de estos, escribí muchos documentos y epístolas a los Amigos, dándoles valor y fuerzas para que perseverasen en su labor para Dios; ya que algunos, que hicieran profesión de mantenerse en la Verdad, cedieron al espíritu seductor apartándose de la unión y compañerismo del evangelio que profesan los Amigos, y se esforzaban en desanimarlos, especialmente en lo que se refiere al cuidado diligente y vigilante que tenían del buen orden y de la buena dirección de los asuntos de la iglesia de Cristo.

Puesto así en libertad, visité a los Amigos de Londres, pero, sintiéndome muy débil y no del todo repuesto, me fui a Kingston. No permanecí allí mucho tiempo, sino que, después de haber visitado a los Amigos, volví a Londres, donde escribí un documento para el parlamento y mandé varios libros a sus miembros. Poco antes, se les había ya distribuido un gran libro, contra la práctica de jurar, cuyas razones tuvieron tanta influencia sobre algunos de ellos que se creyó, que, de haber permanecido más tiempo reunido el parlamento, hubiesen hecho algo en nuestro favor. Permanecí en Londres, o en sus cercanías, hasta la Junta Anual; a la que acudieron muchos Amigos, de todas partes de la nación y algunos que vinieron de más allá del mar. Celebramos una gloriosa reunión en el eterno poder de Dios.

Concluida la reunión y levantadas también las sesiones del parlamento (que no hizo nada, ni en favor ni en contra de los Amigos), se terminó mi misión para el Señor, en Londres; y, después de haberme despedido de los Amigos de allí, partí en coche con Margarita y su hija Susana (pues no podía viajar a caballo), muchos Amigos nos acompañaron tan lejos como Highgate, y algunos a Dunstable, donde nos alojamos esa noche. Visitamos a los Amigos y fuimos visitados por ellos en Newport-Pagnel, Northampton, y Cossel. Entre otros, vino una mujer, que trajo a su hija para que yo pudiera ver lo bien que ella estaba. Ella me recordó que cuando yo estuve allí antes, ella me la había muy aquejada con el mal del rey (enfermedad renal), y me había entonces pedido que orara por ella, lo cual hice, y ella fue sanada; ¡alabado sea el Señor! Desde Cossel nos fuimos a la casa de Juan Simcock y la de William Gandy a Warrington, Preston, y Lancaster.

No había estado en Lancaster desde que fui llevado prisionero de allí por el alguacil y carcelero al castillo de Scarborough en Yorkshire. Encontré que el pueblo estaba lleno de gente; porque era tiempo de carnaval, y los regimientos locales de milicia estaban teniendo una asamblea general. Muchos Amigos también estaban en el pueblo provenientes de varias partes del país, porque las reuniones trimestrales fueron llevadas a cabo allí al día siguiente. Me quedé dos noches y un día en Lancaster y visité Amigos tanto en las reuniones de hombres y de mujeres, las cuales eran muy grandes, llenas y pacíficas; porque el poder del Señor estaba sobre todo, y nadie interfirió con nosotros. Allí me encontré con Tomás Lower y su esposa, Sara Fell, Jaime Lancaster, y Leonardo Fell. Al día siguiente después de la reunión, el día veinticinco del cuarto mes, fuimos por Sands con varios otros Amigos a Swarthmore.

Después que había estado en Swarthmore por un tiempo, varios Amigos vinieron a visitarme de diversas partes de la nación, y algunos de Escocia. De ellos entendí que cuatro estudiantes jóvenes de Aberdeen fuero convencidos allí este año, en una disputa que se llevó a cabo allí por Roberto Barclay y Jorge Keith con algunos de los eruditos de esa universidad.

Entre otros, el coronel Kirby me dio una visita, quien había uno de mis grandes perseguidores; pero ahora él dijo que vino a darme la bienvenida al país y se mostró de apariencia muy amante. Sin embargo antes de irme de Swarthmore él mandó a buscar a los guardias de Ulverstone, y les ordenó que me dijeran que nosotros 'no debíamos tener más reuniones en Swarthmore; porque si lo hacíamos, ellos serían mandados por él a disolverlas, y vendría el próximo domingo para ver si nosotros cumplíamos.' Ese día tuvimos una reunión muy hermosa, y la presencia del Señor fue maravillosa entre nosotros, y los guardias no vinieron a molestarnos. Las reuniones desde entonces han estado calmadas, y han aumentado.

La enfermedad que me vino durante mi encarcelamiento en Worcester me había debilitado de tal manera, que pasó mucho tiempo antes que recuperara mi fortaleza natural otra vez. Por esta razón, y como yo tenía muchas cosas que estaban sobre mí para escribir para el servicio público y privado, no me agité mucho en el exterior durante el tiempo que ahora me quedé en el norte; pero cuando los Amigos no estaban conmigo, pasé mucho de mi tiempo escribiendo libros y documentos para el servicio de la verdad. Mientras estaba en Swarthmore, di varios para que fueran imprimidos:

Uno, ' Con respecto a orar.'
Otro que mostraba que 'ninguno era sucesor de los profetas y apóstoles, sino aquellos que los sucedieron en el mismo poder y espíritu santo en el que ellos estaban.'
Otro que dice que 'la posesión está por encima de la profesión; y cómo los profesantes ahora persiguen a Cristo en espíritu, como los judíos profesantes lo persiguieron a él externamente en los días de la carne.'
Otro pequeño libro, ‘A los magistrados de Dantzick.'
Otro llamado 'Caín en contra de Abel; o, una respuesta a las leyes de los hombres de Nueva Inglaterra.'
Otro 'A los Amigos en Nevis, con respecto a velar.'
Otro 'Una epístola general a todos los Amigos en América.'
Otro 'Con respecto a lo que se le debe al Cesar, y lo que se le debe a Dios.'
Otro 'Con respecto a ordenar a las familias.'
Otro, titulado 'El hombre espiritual juzga todas las cosas.'
Otro 'Con respecto al poder de lo alto.'

Aparte de estos; yo escribí varias cartas a los Amigos tanto en Inglaterra como en el extranjero; y respuestas a varios documentos con respecto a 'salir de algunos que se opusieron al orden del evangelio.' Esto había provocado una gran cantidad de disputa y contienda en Westmoreland. Por lo tanto fui movido a escribir unas pocas líneas particularmente a los Amigos de allí.

Esto es para los Amigos en Westmoreland:

Todos vivan en el poder de Dios, en su luz y espíritu, que al principio los convencieron; para que en él ustedes puedan ser guardados en la antigua unidad, en humildad, en el temor del Señor, y su sabiduría gentil y pacífica, que es fácil de pedir. Para que en el mismo poder, luz y espíritu de Dios ustedes puedan ser serviciales en sus reuniones de mujeres y de hombres en la posesión del orden del evangelio. Este evangelio, el poder de Dios, ha traído vida e inmortalidad a la luz; para que en esto ustedes puedan ver sobre aquel que los ha oscurecido. En este poder no puede venir ningún apóstata; porque el poder de Dios estaba antes que estuvieran los apóstatas, o la caída del hombre y la mujer, o el diablo, y estará cuando él se haya ido. Por lo tanto alaben a Dios en la comunión eterna del evangelio eterno de Jesucristo, que no es del hombre ni por el hombre. Y a todos los Amigos en Westmoreland, manténganse en el poder de Dios, que los preservará y debe preservarlos y cubrirlos, si son guardados. Dejen que su fe esté en el poder de Dios, y no en la sabiduría de las palabras de los hombres, para que no caigan. En el poder de Dios ustedes tienen paz, vida y unidad; y por no mantenerse en el poder de Dios, en su justicia y el Espíritu Santo, han venido sobre ustedes todas estas disputas.

Jorge Fox

También le escribí la siguiente epístola general a los Amigos en la reunión anual de Londres:

Mis estimados Amigos y hermanos,

A quienes el Señor ha preservado por su eterno poder para este día, por medio de muchos problemas, tormentas, tempestades, y prisiones: Que la fe de cada uno permanezca en el poder de Dios, que está sobre el diablo, y existía antes de él. La fe de ustedes permanece en el poder invisible de Dios, y permanece en lo que no cambia; y la fe de la cual Cristo Jesús, el poder de Dios, es el autor, debe permanecer en el poder de Dios. Entonces su fe permanece en aquello que está sobre todo, en lo cual todos los cristianos son establecidos. A esto llevó el apóstol a la iglesia, a los verdaderos cristianos; y así la fe de todos los cristianos verdaderos ahora, cuyo autor es Cristo, debe permanecer en el poder de Dios, en el cual permanece el reino eterno. A medida que la fe de todos permanece en este poder, guarda a todos en el poder de la piedad.

Porque así como en los días de los apóstoles, cuando algunos estaban clamando que habían sido convencidos por Pablo o por Apolo, y todo eso, él los juzgó como carnales; y los exhortó y amonestó para que su fe no permaneciera en los hombres, ni en las palabras de la sabiduría del hombre, sino en el poder de Dios. Él dijo que él "no conocería las palabras de ellos, sino su poder, porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” 1 Cor 4:19-20. Así debe ser ahora. La fe de cada uno debe permanecer en el poder de Dios, y no en los hombres, ni en sus discursos con buenas palabras. Porque hemos visto por experiencia lo que sucede cuando la gente comienza a seguir a los hombres, y su fe permanece en ellos. Aquellos que quieren que la fe de la gente permanezca en ellos aman la popularidad, y no hacen que la fe de la gente permanezca en el poder de Dios. Los tales no pueden exaltar a Cristo; y cuando ellos caen, se llevan a un gran grupo con ellos. Por lo tanto el apóstol no quiso conocer a nadie según la carne, sino aquellos que estaban en el poder y el espíritu; y derribó la fe de cualquiera que permaneciera en las palabras de la sabiduría del hombre, para que ellos puedan permanecer en el poder de Dios. Así debe ser ahora. Aquellos, cuya fe no permanece en el poder, no pueden exaltar su reino que permanece en poder. Por lo tanto la fe de todos debe permanecer en el poder de Dios.

El apóstol negó la popularidad, cuando juzgó a los corintios (por mirar a Pablo y a Apolos) como carnales; quienes todavía son carnales. Por lo tanto todos deberían conocerse los unos a los otros en el espíritu, la vida, y el poder, y mirar a Cristo; esto mantiene a todos en la humildad. Aquellos cuya fe permanece en los hombres formarán sectas; como en los días de Jaime Naylor, Juan Perrot y otros. Cristo no es el autor de la fe de los tales; o si lo ha sido, ellos han errado de ella, y la han hecho un desastre. Todos los que están en la fe verdadera que permanece en el poder de Dios los juzgarán como carnales, y juzgarán esa parte carnal en ellos que clama a Pablo o a Apolos; para que su fe pueda permanecer en el poder de Dios, y que ellos puedan exaltar a Cristo, el autor de ella. Porque los ojos de todos deben estar en Jesús, y todo hombre y mujer puede vivir por su fe, cuyo autor y consumador es Cristo. Por medio de esta fe todo hombre puede ver a Dios, quien es invisible; cuya fe nos da la victoria, y así él tiene acceso a Dios. De modo que la fe y la esperanza de todos permanece en el poder de Dios, y todos tienen unidad, victoria, y acceso al trono de gracia de Dios; en cuya fe ellos agradan a Dios. Por esta fe ellos son salvos, obtienen el buen reporte, y dominan a todas las montañas que están entre ellos y Dios.

Este poder a guardado a los Amigos sobre sus persecuciones, sobre la ira de los hombres, sobre la toma de sus propiedades, y el encarcelamiento; como si vieran a Dios que "creó todo, que nos da el aumento de todo, y sostiene todo por su palabra y poder." Por lo tanto, que la fe de todos esté en su poder. En esto no puede haber cisma o secta, porque está sobre ellas, antes que ellas fueran, y estará cuando ellas se hayan ido. Pero la unidad perfecta está en la verdad, en el espíritu, que circuncida al cuerpo de muerte, quita los pecados de la carne, y los sumerge con el espíritu. En el espíritu de Dios hay perfecta comunión; y Cristo es el ministro de la circuncisión y el bautismo.

Esto está sobre mí de parte del Señor para escribirles a ustedes, que cada uno de ustedes, de cuya fe Jesús es el autor, pueda permanecer en el poder de Dios. Les advierto de parte del Señor, y a todos en todas partes de lo mismo; porque si cae una estrella, que ha sido una luz, ya sea la tierra o el mar la recibe: es decir, la mente terrenal, o la gente airada que echa espuma. Aunque ni la semilla, ni la luz, ni el poder, ni la verdad cayeron, ni la fe misma, que es el don de Dios; pero los hombres que se alejan de ella se hacen desagradables.

Adán, mientras se mantuvo en la verdad y obedeció el mandamiento de Dios, estuvo feliz; pero cuando él desobedeció al Señor, cayó bajo el poder de Satanás, y llegó a ser infeliz. Aunque él pueda hablar de su experiencia en el paraíso; él había perdido su imagen, y su poder y dominio en el que Dios lo creó.

Los judíos, después de recibir la ley, mientras guardaron la ley de Dios, que era justa, santa, buena y perfecta, está los mantuvo bien, justos, santos y agradables; pero cuando le dieron la espalda al Señor, y abandonaron su ley, ellos llegaron a estar bajo el poder de la oscuridad, bajo los poderes de la tierra, y pisoteados bajo los pies como desagradables.

Los cristianos fueron llamados una "ciudad sobre un monte, la luz del mundo, y la sal de la tierra;" pero cuando ellos abandonaron el poder de Dios, y su fe permaneció en las palabras y en los hombres, y no en el poder; entonces sus murallas se cayeron, aunque el poder mismo permaneció; y ellos perdieron su monte, su sal, y su brillo. Y como confiesa ahora el cristianismo, ellos no están en el mismo poder ni el mismo espíritu en el que estaban los apóstoles, por lo tanto no están en la misma sal, ni sobre el mismo monte. Entonces ellos llegaron a estar pisoteados, y la bestia, la ramera, y el falso profeta son más que nada los desagradables. Su fe muerta está en los hombres, y en las palabras; por lo tanto ellos están llenos de sectas, y uno en contra del otro.

Y ahora el evangelio eterno, el poder de Dios, es predicado otra vez, que existía antes que existiera el diablo, quien oscureció al hombre. Y por este poder de Dios, la vida y la inmortalidad ha venido a la luz otra vez; por lo tanto, la fe de todos es permanecer en este poder que ha traído la vida y la inmortalidad a la luz en ellos, y así ser herederos del poder de Dios, el evangelio. En esto todos tienen un derecho al poder de Dios, que es la autoridad de las reuniones de las mujeres y de los hombres, y de todas las otras reuniones establecidas por el poder de Dios.

A medida que el evangelio es predicado otra vez, si su fe no permanece en el poder, sino en los hombres, y en la sabiduría de las palabras, usted llegará a ser carnal; y ellos están para el juicio, quienes claman a Pablo o a Apolos, y no a Cristo, el autor de su fe. Aquellos que aman ser populares quisieran que la fe de la gente permaneciera en ellos; los tales no predican a Cristo, sino a sí mismos. Pero aquellos que predican a Cristo y su evangelio quisieran que cada hombre y mujer estuviera en posesión de él. Y la fe de cada hombre y de cada mujer permanecen en Cristo, el autor de ella. Y el poder de Dios, en el cual, como su fe permanece, nada puede estar entre ellos y Dios. Porque si alguno cae entre ustedes, como muchos han caído, esto lleva a sus seguidores ya sea a las aguas o a la tierra.

Si alguno se aleja del espíritu de profecía, que les inspiró las cosas, y del poder, que puede hablar de esas experiencias el poder que les fue dado anteriormente. Así pueda Adán y Eva hablar de lo que vieron y disfrutaron en el paraíso; así también podrían Caín y Balaam, de lo que ellos vieron; y también los judíos, Coré, y Datán, quienes adoraron a Dios en las orillas, vieron la victoria sobre el faraón, comieron maná, bebieron de la roca, vinieron al monte Sinaí, y vieron la gloria del Señor. Así podrían los apóstoles falsos hablar de sus experiencias, y todos esos cristianos falsos que se alejaron de los apóstoles y de Cristo. Así puedan hacer los tales ahora, que se alejan del espíritu, que han salido del Egipto espiritual y de Sodoma, y hemos conocido la ira de los sodomitas, como lo hizo Lot en lo exterior; y la persecución de los egipcios espirituales, como lo hicieron los judíos externos con los egipcios externos. Sin embargo si no caminan en el espíritu de Dios, en la luz, y en la gracia, que mantiene sus corazones establecidos, sus palabras sazonadas, y su fe en el poder de Dios, en el cual permanece el reino, ellos pueden salir como los cristianos falsos, como los judíos, como Adán y Eva, Caín, Coré, y Balaam, y ser estrellas ambulantes, árboles sin fruto, pozos sin agua, y nubes sin lluvia; y así llegar a ser desagradables, pisoteados, y como Adán que perdió el paraíso, y los judíos que perdieron la tierra santa, no caminando en la ley, y guardando el mandamiento de Dios; y como los cristianos que perdieron la ciudad, el monte, la sal, y la luz, desde los días de los apóstoles, y llegaron a ser desagradables, y a ser pisoteados bajo los pies de los hombres.

Por lo tanto, que la fe de cada uno permanezca en el poder del Señor, que está sobre todo, por medio del cual ellos pueden ser edificados sobre la roca, el fundamento de Dios, la semilla que es Jesucristo. Por lo tanto todos en Cristo pueden estar siempre frescos y verdes; porque él es el verde árbol que nunca se marchita, todos son frescos y verdes los que están injertados en él, moran en él, y producen frutos celestiales frescos para alabar a Dios. Y aunque Adán y Eva cayeron del paraíso, los judíos cayeron de la ley de Dios, muchos de los cristianos cayeron de sus profecías, erraron de la fe, el espíritu y la gracia; y las estrellas han caído, como fue dicho en el Apocalipsis; sin embargo el espíritu, la gracia, la fe y el poder de Dios permanecen.

He visto muchos estados así en estos últimos veintiocho años; aunque hay un estado que nunca caerá, ni nunca será engañado, en los elegidos antes de la fundación del mundo, quienes han llegado al fin de las profecías, y están en él, donde ellas terminan, renovados a la imagen de Dios (por Cristo), en la cual estaba el hombre antes de la caída, en ese poder, donde tenía dominio sobre todo lo que Dios hizo. Y no sólo así, sino "alcanzar el varón perfecto, hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo," quien nunca cayó. En él está el sentarse en la vida eterna, donde sus pies permanecen seguros y plantados en el evangelio, que es su poder. Aquí su pan está seguro; y aquel que come este pan vive para siempre.

Y todos los amigos y hermanos, que declaran la verdad eterna de Dios y la palabra de vida, viven en ella, son sazonados con la gracia y salados con la sal celestial, para que sus vidas y conversaciones puedan predicar donde sea que ustedes vayan; para que no haya ninguna injusticia, ni se apague al espíritu, ni se desprecie la profecía en el hombre o en la mujer. Porque todos se reunirán en la fe cuyo autor es Jesús, en la luz que viene de él, y así sean injertados en la vida, para que ustedes puedan tener conocimiento los unos de los otros en Cristo. Y que ninguno sea haragán, ni se siente en cosas terrenales, pensando en ellas, como Demas en la antigüedad, de manera que ustedes no se vistan con otra ropa aparte de la que tenían primero; pero todos manténganse castos, porque los castos siguen al Cordero.

Y Amigos que están en el ministerio, posean como si no poseyeran; estén casados como sino lo estuvieran; suéltense del mundo en el poder del Señor; porque el aceite de Dios estará encima de todas las cosas visibles, que hacen que sus lámparas estén encendidas, y que den luz desde lejos. Que nadie se esfuerce ni codicie ser rico en este mundo, en estas cosas que cambian, las cuales pasarán; sino que su fe permanezca en el Señor Dios, que no cambia, que creó todo, y nos da aumento en todo.

Ahora, Amigos, con respecto a las reuniones de los hombres y mujeres fieles, que están establecidas en el consejo de Dios. Aquellos que se oponen a ellas, se oponen al poder de Dios, que es la autoridad de ellas. Ellos no son ministros del evangelio, ni de Cristo, que se oponen a su poder, que todos deben poseer. Porque los ministros verdaderos de Cristo, que predican su evangelio (que debe ser predicado a todas las naciones) a medida que el engaño ha ido a todas las naciones, y todas las naciones han bebido de la copa de la ramera, y ella las tiene en su jaula, su poder inmundo de la bestia y el dragón, fuera del poder de Dios, y fuera de la verdad y del espíritu de Dios, en el cual estaban los apóstoles; el poder de Dios debe venir sobre todas estas cosas otra vez; y todos los ministros verdaderos, que predican el evangelio, deben llevar a la gente a la posesión de él otra vez. Yo digo, quien quiera que predique el evangelio de Cristo y a Él, a la gente y las naciones, y esas personas y esas naciones reciben el evangelio, ellos reciben el poder de Dios, que trae vida e inmortalidad a la luz en ellos; y ellos ven al diablo que los ha oscurecido, y la bestia, la ramera, y su jaula. Por lo tanto, por el poder de Dios, la vida y la inmortalidad son llevadas a la luz en ellos; entonces estos hombres y mujeres, son herederos de su poder, el evangelio, y herederos de la autoridad y el poder sobre el diablo, la bestia, la ramera y el dragón.

Es su posesión y porción, y ellos deben trabajar en su posesión y porción, para hacer los negocios y el servicio del Dios Todopoderoso en la posesión del poder de Dios, el evangelio, que es un orden gozoso, glorioso y eterno. Esta es la autoridad de nuestras reuniones de hombres y mujeres, y otras reuniones en el nombre de Jesús, el evangelio de Cristo, el poder de Dios, que no es del hombre, ni por el hombre. En esto todos deben reunirse y adorar a Dios. Por esto todos deben actuar, y en esto todos tienen comunión, una comunión gozosa, una asamblea gozosa y cómoda. Todos los hombres y mujeres fieles en cada país, ciudad, y nación, cuya fe permanece en el poder de Dios, el evangelio de Cristo, que han recibido el evangelio, y están en posesión de él, tienen el derecho al poder en estas reuniones, porque son herederos del poder, que es la autoridad de las reuniones de los hombres y las mujeres.

De modo que esta es la elección de Dios (y no del hombre) por su poder, de sus herederos; y ellos tienen toda la libertad de ir a las reuniones, los hombres a las de los hombres, y las mujeres a las de las mujeres, porque son herederos del poder, que es recibido en el espíritu santo; y ellos ven sobre la enemistad, y antes de que existiera, por la luz, la vida, y la inmortalidad, que es llevada a la luz en ellos.

El diablo, el autor de la enemistad, no puede entrar en esta autoridad, poder, orden, o comunión del evangelio, ni la vida, ni la luz, ni la unidad de la fe, que da victoria sobre aquel que ha separado al hombre de Dios. La serpiente no puede venir a la unidad de esta fe, ni el diablo puede venir a la adoración de Dios en espíritu y verdad, ni ninguna enemistad. Y aquellos que están en esto están en unidad sobre él. Por lo tanto, que la fe de cada uno permanezca en el poder de Dios, el evangelio glorioso; todos caminan como corresponde al evangelio y su orden. Así como todos han recibido a Cristo Jesús, el Señor, así caminen en él, y dejen que él sea su Señor y ordenador. Porque la predicación del evangelio de Cristo Jesús es dado con la intención de que todos puedan llegar a ser herederos del evangelio, a la posesión de él, para ser herederos de Cristo y de su gobierno, para aumentar aquello que no tiene fin. Quien está sobre todo en su justicia, y sobre todo en su luz, vida, poder y dominio. Por lo tanto conózcanse los unos a los otros en su poder, su evangelio; conózcanse los unos a los otros en Cristo Jesús, quien puede restaurar al hombre fuera del estado de la caída hacia la imagen de Dios, y hacia el poder y el dominio que el hombre tenía antes de la caída, y hacia aquel que nunca cayó, donde ellos no irán más. Esta es la roca y el fundamento de Dios que permanece seguro.

Y, Amigos, sean sensibles al principio sensible de Dios en todo. Rechacen la ocasión de disputas vanas y argumentos, tanto entre ustedes como con otros; porque muchas veces eso es como un viento furioso, que hiere y daña las plantas y capullos tiernos. Porque el mundo, aunque tengan las palabras, están fuera de la vida; y las disputas del apóstol con ellos fue para llevarles a la vida. Y aquellos que disputan entre los cristianos acerca de genealogías, circuncisión, la ley, carnes, bebidas y días, llegaron a ser la peor clase de argumentadores, a quienes los discípulos juzgaron; porque los tales destruyeron a la gente para alejarlas de la fe. Por lo tanto los apóstoles exhortaron a las iglesias para que la fe de todos permanezca en el poder de Dios, y a mirar a Jesús, que es su autor. Allí cada injerto permanece en Cristo, que es la vid; en silencio, donde ninguna tormenta furiosa los puede dañar; allí hay seguridad. Allí todos son de una mente, una fe, un alma, un espíritu, bautizados en un cuerpo con el único espíritu, y él hizo a todos beber de un espíritu, una iglesia, una cabeza, que es celestial y espiritual. Y una fe en esta cabeza, Cristo, quien es el autor de ella, y tiene la gloria de ella; un Señor para ordenarlo todo, quien es el que bautiza en este cuerpo. Por lo tanto Cristo tiene la gloria de su fe fuera de cada hombre y cada mujer; y el Padre a través de él tiene su gloria, el Creador de todo en su poder, el evangelio que ha traído la vida y la inmortalidad a la luz en ellos. Y ya que su fe permanece en ella, ellos conocen al Dios inmortal, le sirven y le adoran en su espíritu y en su verdad; por la cual ellos son hechos hombres y mujeres libres de Dios, de aquel que está fuera de la verdad.

Ahora, Amigos, ustedes han sido obreros antiguos, y han conocido los negocios del Señor estos veinte años, (más o menos), como muchas veces yo les he dicho, pongan en orden todo aquello que puedan de lo que el Señor los ha llevado por medio de su poder, los pasajes y sufrimientos, y cómo por el Señor ustedes han sido apoyados desde el principio; para que él pueda ser exaltado por su poder ahora, y en las edades por venir. Quien ha sido el único apoyo, defensa, y estancia de todo su pueblo en todo este tiempo, sobre todo para sí mismo; para quien sea toda la gloria y adoración por siempre y para siempre. Amén. Él lo merece en su iglesia a través de todas las edades, de sus miembros vivos, quienes regresan la adoración al Dios viviente, que vive y reina sobre todo, bendito sea para siempre; quien es la vida, fortaleza, salud, y largura de días de su pueblo. Por lo tanto que no haya jactancia, sino en el Señor, en su poder y su reino; que guarda a todos en la humildad.

Y, Amigos, en el poder y la verdad del Señor, qué bien pueden hacer por los Amigos en la cárcel, o los que sufren, al informarles o ayudarles, inclínense todos hacia el poder y el espíritu del Señor, para hacer su voluntad y sus negocios; y en eso todos tendrán un sentimiento de compañerismo con la condición de otros en cadenas, o en cualquier prueba o tribulación. Ustedes tendrán un sentido de compañerismo con otros, teniendo una cabeza, un Señor, y siendo un cuerpo con él. Porque la vara celestial para trillar de Dios ha sacado su semilla, su arado celestial ha removido el barbecho, su semilla celestial es sembrada por un hombre celestial, que produce frutos para el sembrador celestial, en algunos cincuenta, sesenta, y cien veces más en su vida; y los tales en el mundo sin fin tendrán vida eterna. ¡Oh! Por lo tanto manténganse en el interior; dejen que brille su luz, y sus lámparas estén encendidas, para que ustedes puedan ser pozos llenos de agua viviente, y árboles llenos del fruto viviente que Dios plantó, cuyos frutos son para santidad, y cuyo fin es la vida eterna.

El Señor Dios de poder los guarde a todos en su poder. Dejen que su fe permanezca en eso, para que ustedes puedan tener unidad en la fe, y en el poder; y por esta fe y creencia ustedes puedan ser injertados en Cristo, la raíz segura y la roca de la eternidad, donde brilla el Sol eterno de justicia, en el día celestial y eterno, sobre sus plantas e injertos. Este Sol nunca se pone, y los manantiales celestiales de vida, y las lloviznas riegan y nutren los injertos, plantas y capullos, para que siempre puedan estar frescos y verdes, y nunca se marchiten. Producen frutos frescos, verdes, y vivientes, que son ofrecidos al Dios viviente; quien es glorificado, cuando usted lleva mucho fruto. El Señor Dios Todopoderoso los guarde, y los mantenga en todo su poder, luz, y vida, sobre la muerte y la oscuridad; para que ustedes puedan esparcir su verdad en el exterior, y sean valientes por ella sobre la tierra, respondiendo a aquello de Dios en todos. Para que con eso las mentes de la gente puedan ser llevadas a Dios, para que con eso ellos puedan llegar a conocer a Cristo Jesús en el nuevo pacto, en el cual el conocimiento del Señor cubrirá la tierra, como las aguas cubren el mar. Su vida debe pasar sobre la tierra, su luz debe pasar sobre la oscuridad, y el poder de Dios debe pasar sobre el poder de Satanás.

De modo que todos ustedes que están en la luz, la vida y el poder, mantengan la comunión celestial en el poder celestial, la unidad celestial en la fe celestial divina, y la unidad del espíritu, que es el vínculo de paz del Príncipe de príncipes; quien hiere la cabeza del enemigo, el adversario, y reconcilia al hombre con Dios, y todas las cosas en el cielo y la tierra. ¡Una reconciliación bendita! Que la fe de todos permanezca en el poder de Dios, cuyo autor es Jesucristo; para que todos puedan conocer su corona de vida. Porque todas las cosas externas, sin la sustancia, la vida, y el poder, son la cáscara sin el grano, y no nutren el alma inmortal, ni al bebé recién nacido. Pero lo que nutre es la leche de la palabra, donde todos crecen en la vida, la fortaleza y la sabiduría celestial. El evangelio no es del hombre, ni por el hombre, sino que es el poder de Dios, y responde a la verdad en todo. Todos los que lo poseen deben asegurarse que todos caminen de acuerdo a él; y este orden eterno ya es ordenado por Dios, y todos los que lo poseen tienen posesión de su gozo, su comodidad, y su salvación. Mi amor sea con todos ustedes, con aquel que reina, y que está sobre todo, por siempre y para siempre.

Moren en el amor de Dios, que sobrepasa el conocimiento, y edifica a los miembros vivientes del cuerpo de Cristo; y en este amor de Dios ustedes llegan a estar edificados, y en la fe santa. Este amor de Dios los lleva a "llevar todas las cosas, soportar todas las cosas, y esperar todas las cosas." De este amor, que ustedes tienen en Cristo Jesús, nada podrá separarlos, ni los poderes ni principados, ni las alturas ni las profundidades, ni cosas presentas ni cosas por venir, ni prisiones ni tomas de propiedades, ni la muerte ni la vida. El amor de Dios se mantiene sobre todo lo que nos separara de Dios, y los hace más que vencedores en Cristo Jesús. Por lo tanto moren en esto, para que con el mismo amor ustedes puedan amarse los unos a los otros, y toda la hechura de Dios; para que ustedes puedan glorificar a Dios con sus cuerpos, almas, y espíritus, que son del Señor. Amén.

Jorge Fox

Amigos todos, siéntense con humildad en la vida, el poder del Señor. Mantengan su lugar en ella, hasta que el Señor y maestro del festín celestial le diga que "se sienten más arriba;" para que no tomen el lugar más alto, y sean humillados con vergüenza. Aquel que tiene oído, que oiga.

Jorge Fox

Epílogo.

Amigos, tengan cuidado de hablar las cosas de Dios en las palabras que la sabiduría de los hombres nos ha enseñado; porque esas palabras elevarán a los necios que se alejan del espíritu de Dios. Estas palabras y sabiduría de los hombres son para condenación, junto con aquello que es elevado por ellos, y aquellos que hablan las cosas de Dios en ellos. De modo que esa vieja casa, con sus bienes, debe ser tirada debajo del pie del nuevo nacimiento.

Y Amigos, les pido que todos ustedes se puedan mantener en el orden santo, que es el evangelio, el orden glorioso en el poder de Dios, del cual el diablo está afuera; que existía antes que todas sus órdenes, y antes que cualquier orden del mundo.

Este orden gozoso mantiene todos los corazones puros para Dios en la paz eterna, la unidad y el orden. Siéntanlo, y guárdenlo, tanto hombres como mujeres, y lleguen a ser herederos del reino, que trae la vida y la inmortalidad a la luz, y para ver por encima del poder de la oscuridad, por aquel que existía antes que el poder de la muerte. En esto está el orden santo en amor y paz. Por lo tanto manténganse en esto que siempre los mantiene puros; cualquier cosa que los hombres y mujeres hagan en esto, ellos lo hacen en aquello que permanece cuando el mundo ya no esté.

Ha habido algo de inquietud con respecto a las reuniones de hombres y mujeres. Los hombres y mujeres en el evangelio son herederos del poder, que existía antes que existiera el diablo; herederos de esto, entran entonces en su posesión, y allí hacen los asuntos del Señor. Todos cuiden el honor de Dios, y guarden todas las cosas en justicia y santidad, que viene de la casa de Dios. Cuando esas reuniones fueron establecidas para los hombres y las mujeres, quienes son herederos del evangelio, y tienen derecho al orden del evangelio, me confortó porque su justicia y santidad honró a Dios. Entonces tomen sus posesiones, practiquen en ellas, no sean solamente de los que toman, sino vivan y caminen en el evangelio, el poder de Dios que es la autoridad de sus reuniones.

Jorge Fox

Swarthmore, el día 28 del segundo mes, del año 1676.

Leída en la Reunión Anual en Londres, el día 17 del tercer mes, del año 1676.

De Valientes por la Verdad: Hubiera estado bien para la iglesia que él ama tanto si su consejo ferviente y amante hubiera sido escuchado. En los doscientos años desde que esto fue escrito, han habido disputas acerca de puntos análogo a las comidas y las bebidas, y los días y los tiempos, lo cual molestó a los primeros cristianos; disputas, también, llevadas a cabo sin el espíritu amante que él recomienda, que han llevado la confusión a sus límites, y la han hecho inútil.

< Capítulo siguiente >

El propósito de este sitio es enseñar cómo vivir
libre de pecado
al beneficiarse de poder de Dios que produce cambio por medio de la cruz
que lleva a la unión con Dios en su Reino.