CAPÍTULO III

Camino del Norte hacia Swarthmoor 1651-1652


Seguí de un lado a otro por los pueblos, celebrando reuniones en muchos sitios entre personas simpatizantes, pero mis parientes estaban ofendidos conmigo. Algún tiempo después volví a Nottinghamshire, a Mansfleld, y fui por Derbyshire visitando a los Amigos; y pasando después a Yorkshire, prediqué el arrepentimiento por Doncaster y otros lugares, yendo luego a Balby, donde Richard Farnsworth y otros más se convencieron; y de este modo viajando por varios sitios, predicando a la gente el arrepentimiento y la palabra de vida, llegué hasta por Wakefleld donde vivía James Nayler, que junto con Thomas Goodyear vinieron a mí, y convenciéndose los dos recibieron la verdad, igual que William Dewsbury y su mujer junto con otros muchos. De aquí, pasando a través del país, fui a casa del capitán Pursloe, por Selby, y visité a John Leek que había venido a verme a la prisión en Derby, habiéndose convencido. Tenía yo un caballo, del que hubiera querido deshacerme de buena gana por no saber que hacer con él, pues me sentía impulsado a ir por las grandes casas amonestando y exhortando a la gente a que se volvieran al Señor. Así viajando, fue la voluntad del Señor de que fuera a la iglesia de Beverley, que era entonces lugar de gran importancia religiosa; mas como estaba empapado por la lluvia, me fui antes a una posada y así que llegué a la puerta, me abrió una mujer joven, de la casa, que me dijo, ¡Cómo! ¿Es usted ?, pase, pase," como si me hubiera conocido de antes, porque el poder del Señor había llenado de humildad sus corazones. Luego que me hube reposado, me acosté y a la mañana siguiente, con todo y que mis ropas aun estaban mojadas, me vestí; y pagando el gasto hecho en la posada me fui a la iglesia, donde un hombre estaba hablando.

Cuando hubo terminado me sentí inspirado a hablarles, así como a la gente, en el gran poder de Dios, encaminándolos a su Maestro, Jesucristo; y fue tan fuerte el poder del Señor, que les causó gran temor. El alcalde vino a mí, y tomándome de la mano, me dijo unas palabras; mas nadie tuvo poder de meterse conmigo. Por la tarde salí de la ciudad y fui a otra iglesia que estaba a dos millas de camino. Cuando terminó el sacerdote, sentí la inspiración de hablar muy largamente, así a él como al pueblo, mostrándoles la senda de vida y verdad, y en que se basan la elección y la reprobación. El sacerdote dijo que él no era más que un niño y que no podía discutir conmigo; y yo le respondí que no había ido allí a discutir sino a proclamarles la palabra de vida y verdad, de que todos ellos podían conocer su propia semilla, que por promesa de Dios, era así en el hombre como en la mujer. En este lugar, la gente fue muy afable y hubieran querido que volviera a predicar entre ellos un día de la semana; mas yo los dirigí a su Maestro, Jesucristo; y seguí mi camino hasta llegar a una posada, donde no me querían recibir de no presentarme antes al guardia, como era costumbre en el lugar. Mas como yo no me sentí libre de hacerlo, les dije que siendo un hombre inocente antes mejor dormiría fuera; pero como al fin me recibieron, pasé allí la noche. Al día siguiente fui a Cranswick, a casa del capitán Pursloe que me acompañó a donde vivía el juez Hotham. Era este juez Hotham un hombre encantador y piadoso, cuyo corazón tenía alguna experiencia de la obra del Señor. Después de tener con él algunas razones sobre las cosas del Señor, me llevó a su gabinete particular, donde, allí sentados, me dijo que este principio lo había conocido en aquellos últimos diez años, y que estaba muy contento de que el Señor no lo hubiera divulgado por todas partes. Poco después vino un sacerdote a visitarlo, con el que también tuve algunas razones concernientes a la verdad; pero pronto se cerró su boca, pues no tenía más que nociones, sin poseer lo que estaba hablando.

Mientras yo estaba allí, vino una ilustre señora de Beverley para hablar con el juez Hotham sobre cuestiones de negocios, y en el curso de la conversación, le explicó como el último día del Sábado (según lo llamaba ella) entró en la iglesia un ángel o espíritu que habló de Dios cosas extrañas y maravillosas, para asombro de los que allí estaban; y como terminado que hubo se marchó, sin que nadie supiera ni como había venido, ni como se había ido; habiendo causado el asombro de todos, así sacerdotes como eclesiásticos y magistrados de la ciudad. Cuando más tarde el juez Hotham me repitió este relato, le conté como fue que ese día había yo estado en la iglesia de Beverley declarando la verdad al sacerdote y a la gente.

Había por aquel lugar algunos sacerdotes y doctores de importancia con los cuales el juez Hotham estaba en relación, el cual con el deseo de que hablaran conmigo, ofreció que los mandaría a buscar bajo pretexto de que había en su casa un paciente que necesitaba medicamento, mas yo preferí que no lo hiciese.

Cuando llegó el primer día de la semana, el juez Hotham salió conmigo a pasear por el campo, y viniendo después el capitán Pursloe, me dejó con éste volviéndose a su casa, mas el capitán Pursloe fue conmigo a la iglesia. Cuando el sacerdote terminó, hablé yo, declarando la palabra de vida y verdad, y encaminándolos a donde podrían encontrar a su Maestro, el Señor Jesucristo. Algunos se convencieron recibiendo la verdad, y manteniéndose firmemente en ella, celebran bellas reuniones, desde entonces hasta el día de hoy.

Por la tarde, fui a otra iglesia situada a unas tres millas de la ciudad, donde predicaba un sacerdote muy ilustre que ostentaba el título de Doctor, y que era uno de los que el juez Hotham quería haber mandado a buscar para que hablara conmigo. Llegué a la iglesia, y me senté hasta que el sacerdote acabara de hablar. Las palabras que había tomado como texto de su sermón eran éstas de Isaías. "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y comed. Venid, comprad, sin dinero y sin precio, vino y leche." Y entonces, por voluntad del Señor, le dije. "Baja de ahí tú, impostor; tú amonestas a la gente a que venga sin pagar, y a que tome de balde el agua de vida y, sin embargo, les sacas trescientas libras al año, por predicarles las Escrituras, ¡No te sonrojas de vergüenza! ¿Es que el profeta Isaías y Cristo, que hablaron las palabras, hicieron lo mismo, cuando las dieron gratuitamente? ¿No dijo Cristo a sus ministros, cuando los mandó a predicar, "De gracia recibisteis, dad de gracia?" El sacerdote salió escapado como un hombre fuera de sí, y después que se hubo ido dejando su rebaño, tuve yo tanto tiempo como hubiera podido desear para hablarles y encaminarlos, de la oscuridad a la luz, y a la gracia de Dios, que les enseñara y les diera la salvación, y al espíritu de Dios en su interior, que será su Maestro de balde.

Una vez me hube así manifestado a la gente, volví, aquella misma noche, a casa del juez Hotham; el cual así que entré me tomó en sus brazos diciendo que su casa era mi casa, pues estaba contentísimo de la obra del Señor, y de que su poder fuera revelado; y entonces me explicó porque no había ido conmigo a la iglesia aquella mañana, y qué razones se había dado a sí mismo para ello; pensó él, que de haber ido a la iglesia conmigo, los oficiales me hubiesen entregado a él que se hubiera encontrado en situación tal, que no hubiera sabido qué hacer, y por esto me dijo que tuvo gran alegría cuando vino el capitán Pursloe para ir conmigo; por más que ninguno de los dos iba adecuadamente vestido ni llevaban la gola al cuello, siendo entonces una cosa muy extraña el que un hombre entrara en la iglesia sin gola; sin embargo, el capitán Pursloe entró sin ella, pues tanto le había afectado el poder y la verdad del Señor que no se preocupó de tal cosa.

De aquí, seguí andando por el país hasta llegar, ya de noche, a una posada donde había una gente grosera. Pregunté a la posadera si tendría alguna vianda que me diera; mas como le hablé de tú me miró sorprendida; entonces le pregunté si tendría un poco de leche, y me respondió "No." Comprendí que decía mentira y dispuesto a probarla una vez más, le pregunté si tendría un poco de crema, y también me negó que la tuviera. Había en su casa una descremadora y, un niño pequeño que estaba jugando por allí cerca, agarrándose a ella con las manitas, la volcó y toda la crema corrió por el suelo, ante mis ojos, poniendo de manifiesto como aquella mujer era una embustera, la cual asustada y clamando a Dios, cogió al chiquillo y le pegó causándole gran dolor; yo le reprendí su mentira y engaño y después que el Señor hubo así descubierto su embustería y su perversidad, salí de aquella casa y andando me fui hasta que llegué a un montón de heno hacinado sobre el que me acosté, pasando la noche bajo la lluvia y la nieve, pues esto era tres días antes de la llamada Navidad.

Al siguiente día fui a York donde había varias personas muy piadosas; y cuando llegó el Primer día de la semana me mandó el Señor que fuera a la gran catedral, y que hablara al sacerdote Bowles y a sus feligreses en aquel gran recinto. De acuerdo con ello fui, y cuando el sacerdote hubo concluido, les dije que tenía algo del Señor que hablarles, y un eclesiástico que estaba entre el gentío, dijo, "Entonces dígalo rápidamente", por razón de que estaba helando y nevaba y hacía mucho frío. En esto les dije que la palabra del Señor para ellos era que vivían solo de palabras, y que el Señor Todopoderoso quería frutos de ellos. Así que estas palabras salieron de mi boca, me echaron fuera atropellándome y me tiraron por las escaleras; mas yo me levanté sin daño y me volví a mi albergue. Varios se convencieron, porque los gemidos que salieron por causa del peso y opresión que fue sobre el Espíritu del Señor en mí, abrieron su comprensión y los despertaron y los hicieron confesar que los lamentos que de mí irrumpieron habían llegado hasta ellos, ya que mi vida estaba oprimida por su profesar sin poseer, y por sus palabras sin fruto.

Después que hube cumplido este servicio en York, siendo convencidos varios que recibieron la Verdad del Señor, volviéndose de las tinieblas a la luz, salí de allí, y mirando hacia Cleveland, vi que había allá personas que probaron ya el poder del Señor, y viendo que había semilla por aquel lado, vi que el Señor tenía allí un pueblo humilde. Pasando más adelante esa noche, un papista me sorprendió, y me habló de su religión, y de sus reuniones; y yo dejé que hablara todo lo que estaba en su mente. Esa noche me quedé en una taberna. La siguiente mañana fui inspirado a hablar la palabra del Señor al papista. De manera que fui a su casa, y le hablé en contra de todos sus caminos supersticiosos; y le dije que Dios había venido a enseñar a su pueblo él mismo. Esto hizo que se pusiera tan furioso, que él no pudo soportar estar en su propia casa.

Al otro día fui a Burraby, donde un sacerdote y varios personas amigables estaban reunidas. Muchas de las personas fueron convencidas, y han continuado siendo fieles desde entonces. Hay una gran reunión de Amigos en esa ciudad. El sacerdote también fue forzado a confesar la verdad, aunque él no llegó a ella.

Y al día siguiente fui a Cleveland, junto a aquella gente que probara ya el poder del Señor, habiendo tenido anteriormente grandes reuniones, pero, cuando llegué encontré que todos estaban divididos y que sus jefes se habían vuelto Ranters. Les dije que después de haber tenido aquellas reuniones no esperaron, en el Señor, hasta sentir Su poder, recogiendo interiormente sus mentes, de manera que pudiesen sentir Su presencia y Su poder entre ellos, cuando en las reuniones estaban sentados esperando por Él, y esto fue porque se hablaron secamente después que gastaron cuanto se les había asignado, y que por no vivir en aquello de que hablaban, ahora se habían secado. Sin embargo, continuaban teniendo una especie de reuniones, en las que tomaban tabaco y bebían cerveza, volviéndose cada vez más ligeros y disolutos. Pero el mensaje que para ellos tenía yo del Señor, era de que debían de volver a reunirse y esperar a que sintieran en sí mismos el poder y espíritu del Señor, para que reuniéndolos en Cristo, pudiesen ser enseñados por El, que dice, "Aprended de mí"; para que así cuando hubieren declarado lo que el Señor les había revelado, la gente lo recibiere; por donde, así los que hablaren como los que oyeren, viviesen en ello por sí mismos. Mas cuando aquellos que hablaren no tuvieren más que decir, y fueren entonces en busca de formas sin vida, que los volvieren secos y yermos, también esto acontecería a los otros; y he aquí su perdición; porque el Señor renueva Sus misericordias y Su fuerza a los que esperan en El. Los principales de esta gente vinieron a nada, pero la mayoría se convencieron, y recibiendo la Verdad infinita del Señor, continuaron reuniéndose hasta este día sentándose bajo las enseñanzas del Señor Jesucristo, su Salvador.

El Primer día de la semana siguiente, la palabra del Señor vino a mí, de que fuera a la iglesia de aquella ciudad, lo cual hice. Cuando acabó el sacerdote, hablé yo la Verdad, a él y al pueblo, encaminándolos a su Maestro interno, Jesucristo, su Maestro gratuito, que los había comprado. El sacerdote vino a mí y tuvimos algunas razones; mas pronto se calló. Habiendo hecho mi servicio en este sitio, seguí mi camino después de haber celebrado varios reuniones con aquella gente.

A pesar de que en aquella época del año la nieve era muy alta, continué viajando, y, yendo por el país, llegué a una ciudad con mercado, donde encontré muchos eclesiásticos, con los cuales tuve gran discusión haciéndoles muchas preguntas a las que no les fue posible responder, pues, dijeron que, en toda su vida, nunca les habían hecho semejantes preguntas tan profundas.

Después que los hube dejado, fui a Staithes, donde también me encontré con muchos eclesiásticos y con algunos Ranters. Tuve grandes reuniones con ellos, y hubo muchos convencidos que recibieron la verdad; entre ellos un hombre que tenía cien años de edad, y otro que era el jefe de guardia, y un tercero, sacerdote, cuyo nombre era Felipe Scafe que más tarde, el Señor, por su Espíritu de gracia, lo hizo un buen ministro de su evangelio libremente.

El sacerdote de esta ciudad era un hombre envanecido que oprimía mucho al pueblo por causa de los diezmos. Si iban a pescar, les hacía pagar el diezmo, en moneda, de cuanto sacaban del pescado, a pesar de que tenían que ir a pescarlo muy lejos y que llevarlo a vender a Yarmouth, que también está a gran distancia. Sentí la inspiración de ir a la iglesia a declarar la verdad y a poner de manifiesto al sacerdote, y cuando le hube hablado y le hube acusado de la opresión que ejercía sobre el pueblo, salió huido. Los jefes de la parroquia eran ligeros y vanos; por donde luego que les hube hablado la palabra de Vida, me fui de ellos porque no recibiéndola, los dejé. Mas la palabra del Señor, que yo hablo declarado, fue recibida por algunos, por lo que en la noche vinieron a encontrarme algunos de los jefes de la parroquia, de los cuales muchos se convencieron y satisfechos se confesaron en la Verdad. Y así empezó a difundirse la verdad por aquel país, teniendo grandes reuniones, ante lo cual los sacerdotes empezaron a ponerse furiosos y los Ranters a agitarse; y me mandaron unas palabras de que querían discutir conmigo, el sacerdote codicioso y el que guiaba a los Ranters. Y fijado el día, vino el Ranter con su grupo y otro sacerdote escocés llamado Levens, mas no se presentó el codicioso de Staithes. Felipe Scafe, el sacerdote convencido, estaba conmigo, encontrándose allí gran cantidad de gente. Una vez acomodados, el Ranter, cuyo nombre era T. Bushel, me dijo que había tenido una visión de mí; que estando yo sentado en una gran silla, él había venido y, quitándose el sombrero, había hecho ante mí profunda reverencia hasta el suelo; y así lo hizo; y añadió muchas palabras aduladoras. A todo esto le repuse que era su propia persona la que había visto, y le dije. "Arrepiéntete, tú bestia." Y entonces dijo él que eran los celos los que así me hacían hablar. En esto le pregunté cual era la base de los celos y como se originaban en el hombre, y cual la naturaleza de la bestia, que es lo que la produce y como se forma en el hombre. Porque yo vi desde el primer momento que este hombre estaba en la naturaleza de la bestia, y, en consecuencia, deseaba saber, por el mismo, como se había formado en él tal naturaleza. Y le dije también que debía él darme cuenta de las cosas que acontecían en el cuerpo, antes de que llagásemos a discutir las que acontecían fuera del cuerpo. Y así cerré su boca, quedando también en silencio sus compañeros Ranters, porque él era su jefe. Entonces llamé al sacerdote opresor, pero solamente vino el sacerdote escocés, la boca del cual pronto fue acallada, con muy pocas palabras, estando él fuera de la vida de lo que él profesaba. Entonces tuve una buena oportunidad con el pueblo. Puse en descubierto a los Ranters, clasificándolos con los antiguos Ranters en Sodoma. Los sacerdotes a los cuales manifesté como siendo de la misma clase con sus compañeros asalariados, los antiguos profetas falsos, y los sacerdotes que entonces gobernaban sobre la gente por sus propios medios, buscando sus ganancias de sus dependencias, adivinando por dinero, y enseñando por obtener ganancias sucias. Puse a todos los profetas, Cristo y los apóstoles, sobre las cabezas de los sacerdotes, mostrándoles cómo los profetas, Cristo, y los apóstoles los habían descubierto hacía mucho tiempo por sus marcas y sus frutos. Entonces dirigí al pueblo al maestro interior, Cristo Jesús, su salvador; y prediqué de Cristo en los corazones de su pueblo, cuando todas estas montañas fueron derrumbadas. La gente estaba en silencio, y las bocas de los oponentes fueron cerradas; porque aunque estaban hirviendo por dentro, el poder divino los ató de tal manera, que ellos no pudieron soltarse.

Después de la reunión, el sacerdote escocés quiso que fuese paseando con él hasta la cima de las rocas; por lo cual llamé a Guillermo Ratcliffe, cuñado suyo, el cual estaba hasta cierto punto convencido, para que viniese con nosotros, pues, como a él mismo le dije, quería que alguna persona amiga estuviera cerca que oyera cuanto dijésemos, por temor de que el sacerdote no fuese a referir, luego que yo me marchara, algo que yo no había dicho. De este modo nos fuimos juntos, y, conforme andábamos, el sacerdote me preguntaba muchas cosas concernientes a la luz y también al alma, contestándole yo plenamente a todas ellas. Cuando terminó de preguntar, nos separamos siguiendo él su camino, y aconteció que encontrándose con el otro sacerdote, Felipe Scafe, que estaba convencido, en plena locura rompió su bastón contra el suelo diciendo que si jamás volvía a encontrarme me quitaría la vida, o yo le quitaría la suya, añadiendo que se apostaba la cabeza de que antes de un mes me habrían deshecho a golpes. Por todo esto, los Amigos sospecharon que éste era su intento cuando quiso que me paseara con él, ya de arrojarme desde lo alto de las rocas, ya de darme de puñaladas, siendo esta la razón porque cuando vio frustrado su plan por llevar yo otra persona, lo poseyó la rabia. Mas ya antes de que esto ocurriera, había yo visto en él la naturaleza de un perro, un día que estaba en su casa y que sentí en mí el decirle que era un perro, como luego ello mismo se demostró. Yo no temía ni sus profecías ni sus amenazas por temer a Dios Todopoderoso; mas muchos Amigos débiles, por su afección hacia mí, tenían gran temor de que este sacerdote me hiciera alguna mala acción o de que mandara a otros que me la hicieran. Y, a pesar de todo esto, algunos años más tarde, este mismo sacerdote escocés y también su mujer, se convencieron de la Verdad; y cerca de doce años después yo estuve en su casa.

Después de esto, vino a una reunión donde yo estaba, otro sacerdote cuya reputación lo situaba por encima de los otros sacerdotes del país. Estaba yo hablando de que el evangelio era el poder de Dios, y de como iluminaba en el hombre vida e inmortalidad, volviéndolo de las tinieblas a la luz, cuando este sacerdote dijo que el evangelio era mortal. A esto le repuse que el verdadero ministro había dicho que el evangelio era el poder de Dios y, ¿Quería él que el poder de Dios fuera mortal? En esto, Felipe Scafe, el sacerdote convencido, que había sentido en sí mismo el poder inmortal de Dios, lo tomó por su cuenta y lo reprendió; por donde gran discusión se armó entre los dos; éste que el evangelio era inmortal, el otro que era mortal; mas el poder de Dios era demasiado para este sacerdote rebelde, y cerró su boca; y muchos se convencieron al ver las tinieblas que eran en aquel gran sacerdote y la luz que era en el sacerdote convencido. Pero la gente, en general, estaba esperando ver el cumplimiento de la profecía del sacerdote escocés de que antes de un mes me habrían deshecho a golpes, de lo cual algunos estaban asustados, mas yo los amonesté a que temiesen a Dios y no al hombre, porque yo no le temía.

Entonces sucedió, que otro sacerdote me mandó a buscar con objeto de tener una discusión, y algunos Amigos me acompañaron a la casa donde estaba; mas así que supo que habíamos llegado, salió huido de la casa y se escondió bajo un seto, y a pesar de que lo fueron a buscar y lo encontraron no consiguieron que viniera a donde estábamos. Me fui, luego de esto, a una iglesia de allí cerca, donde tanto el sacerdote como la gente estaban muy exaltados, habiendo aquél amenazado a los Amigos con lo que pensaba hacerme; mas cuando llegué, no pudiendo permanecer allí se escapó, porque el poder del Señor vino sobre todos ellos. Y el infinito poder de Dios se cernía sobre el mundo y llegaba a los corazones y hacía temblar a sacerdotes y eclesiásticos, y sacudía de tal modo el espíritu terreno y vacío en el cual se apoyaba su profesión religiosa y su culto, que era una cosa terrible para ellos el decirles, "Ahí viene el hombre de los calzones de cuero," pues solo de oírlo, ya se quitaban de en medio los sacerdotes en muchos sitios; tanto los anonadaba el temor del eterno poder de Dios; y el espanto sorprendió a los hipócritas.

De aquí pasamos a Whitby y a Scarborough, donde tuvimos algunos servicios para el Señor, quedando allí establecidas desde entonces reuniones de Amigos. De estos lugares pasando por Welds fui a Malton donde tuvimos grandes reuniones, como también en las ciudades de alrededor. En una ciudad, el sacerdote me desafió a que discutiera con él, pero como cuando fui, no se presentó, tuve una gran oportunidad de estar solo con el pueblo, que fue asido por el poder del Señor. A uno, que era hombre brutal y borracho, le llegó tan profundamente, que vino a mí humilde cual cordero, con todo y que antes, él y los suyos, habían mandado por bebida con el propósito de emborrachar a la gente grosera para que nos ultrajara. Cuando vi que el sacerdote no se presentaba, sentí la inspiración de ir a la iglesia, y allí él fue confundido y el poder del Señor fue sobre todos.

El Primer día siguiente, vino una mujer que era una de las más ilustres profesoras en religión, independiente, la cual se había dejado llevar por tales prejuicios en contra mía, que hasta llegó al extremo de haber dicho, antes de venir, que de buena gana iría a ver como me ahorcaban; mas luego que estuvo allí quedó confundida y se convenció, permaneciendo Amiga hasta el día de hoy.

Entonces me volví a Maltón, y grandes reuniones allí celebramos, a las cuales, bastante más gente hubiera asistido de no haber sido por temor a sus parientes, porque, entonces, era visto como una cosa extraña el que se predicase en las casas sin ir a las iglesias (como ellos las llaman), de modo que por esto yo tenía grandes deseos de ir y hablar en las iglesias. Uno de los sacerdotes me escribió y llamándome hermano me invitó a que fuera a predicar a la iglesia donde también otro sacerdote importante iba a dar una plática. Me había mostrado el Señor, mientras estaba en la prisión de Derby, que debía de hablar en las iglesias para de allí, reunir a la gente; y más de una vez venía a mi mente una aprensión concerniente a los púlpitos desde donde predicaban los sacerdotes. Me ofendía la idea de las iglesias, y de los púlpitos, porque tanto los sacerdotes como los laicos las llaman la casa de Dios y las idolatran, y andan contando que Dios mora externamente en una casa, mientras que debieran buscar a Dios y a Cristo para que more en sus corazones haciendo de sus cuerpos el templo de Dios, pues el Apóstol dice: "Dios no habita en templos hechos de manos"; y por idolatrar la gente tales recintos les era odioso que se declarase en contra de ellos. Cuando llegué a la iglesia no habría más de once personas a las cuales hablaba el sacerdote, mas cuando se supo en la ciudad que yo estaba allí, se llenó al momento. Cuando el sacerdote que predicaba este día hubo terminado, mandó al que me había invitado a que me viniese a buscar para llevarme al púlpito: pero yo le mandé decir que no necesitaba ir al púlpito. Entonces me mandó a buscar otra vez, insistiendo en que fuera, pues decía que era mejor sitio y que de allí podía ser visto de todo el mundo Y yo le mandé a decir otra vez, que podía ser suficientemente visto y oído en donde estaba, y que no había ido allí con la idea de justificar tales sitios con mi presencia, ni tampoco su sustento y comercio. Al decir yo esto empezaron a molestarse y dijeron: "Estos falsos profetas que han de venir en los últimos tiempos," lo cual ofendió a muchos de los allí reunidos que empezaron a murmurar de ello. En vista de todo esto, me subí a una silla y grité que me escuchasen; y entonces les denuncié las marcas de los falsos profetas, mostrándoles como habían ya venido, y puse sobre ellos a los verdaderos profetas, a Cristo, a sus apóstoles, y manifesté que aquellos estaban fuera de la senda de los verdaderos profetas, de Cristo, de sus apóstoles; y los encaminé a su Maestro que está en ellos, a Jesucristo, el cual los volvería de la oscuridad a la luz. Y habiéndoles revelado diversos pasajes de las Escrituras, los dirigí al espíritu de Dios en sí mismos por el cual podrían llegar a El, y por el cual podrían también llegar a conocer quienes eran los falsos profetas. Y habiendo tenido la oportunidad de estar tanto tiempo entre ellos, me fui después en paz.

Pasado algún tiempo fui a Pickering, donde los jueces celebraban en la iglesia sus sesiones, que presidía el juez Robinson. Al mismo tiempo celebraba yo una reunión en la escuela, a la que asistían abundancia de sacerdotes y eclesiásticos, los cuales hicieron preguntas que les fueron contestadas a su satisfacción. Cuatro jefes de guardia y mucha otra gente se convencieron aquel día; y en esto le fue llevado recado al juez Robinson de que su sacerdote, al cual él amaba más que a ningún otro sacerdote, se había trastornado y convencido. Después de la reunión fuimos a una posada, y el sacerdote del juez Robinson fue tan humilde y amable, que hubiera querido pagar mi comida y hasta limpiar mis zapatos de no haberlo impedido yo por todos los medios. Entonces me ofreció su iglesia para que predicara en ella, a lo cual me negué, diciéndole, así como a la gente, que yo había venido a sacarlos de tales cosas, para llevarlos a Cristo.

A la mañana siguiente fui, junto con los jefes de guardia y otros, a visitar al juez Robinson que me estaba esperando a la puerta de su cámara; le dije que no podía yo honrarlo con honores de hombre, a lo cual respondió que tampoco era esto lo que él quería. Y entré en su cámara, y le revelé la condición de los falsos profetas, y la de los verdaderos profetas, y ensalcé a los verdaderos profetas, a Cristo, y a Sus apóstoles sobre los otros; y encaminé sus pensamientos a Cristo, su Maestro. Le revelé también las parábolas, y como era la elección y la reprobación; que la reprobación era en el primer nacimiento y la elección en el segundo nacimiento. Y le mostré para qué era la promesa de Dios y contra qué era el juicio de Dios. Confesó todo ello, y de tal modo se le reveló la Verdad, que, cuando otro juez allí presente intentó oponerse, él lo informó. Cuando ya nos separábamos, dijo que era gran bien el que yo ejerciera este don que Dios me había dado, y tomando aparte a los jefes de guardia les quiso dar algún dinero para mí, diciendo que no quería que mientras yo estuviera en su país pagara nada; mas le dijeron que no podrían persuadirme a que tomara nada, y de este modo rehusando de su dinero, aceptaron de su amor y bondad.

De aquí me interné por el país, y el sacerdote que me había llamado hermano (en cuya escuela había tenido la reunión en Pickering) vino conmigo. Entrábamos en una ciudad para comer, cuando sonaron las campanas. Pregunté porqué tocaban, y me dijeron, para que yo fuera a predicar a la iglesia; y poco después, sentí impulsos de hacerlo, y conforme me encaminaba a la iglesia, vi que la gente estaba reunida en el patio. El viejo sacerdote, quería que entrase en la iglesia, mas yo le dije que ello no tenía importancia, y el pueblo estaba algo extrañado de que yo no quisiera ir a la que ellos llamaban casa de Dios. Me quedé en pié en el patio de la iglesia, y declaré a la gente que no había ido a defender sus templos-ídolos, ni sus sacerdotes, ni sus primicias, ni sus salarios de los sacerdotes, ni sus ceremonias y tradiciones judías y paganas (pues yo las negaba todas), y les dije que aquel pedazo de tierra no era más sagrado que cualquier otro pedazo de tierra. Yo les mostré que cuando los apóstoles fueron a las sinagogas y los templos judíos, lo cual Dios les había mandado, era para sacar a la gente de esos templos y de esas sinagogas, y de las ofrendas, diezmos, y los sacerdotes codiciosos de ese tiempo. Para enseñarles que aquellos que llegaron a estar convencidos de la verdad, y se convirtieron a ella, y creyeron en Jesucristo, de quien predicaron los apóstoles, se reunieron en casas; y que todos los que predican de Cristo, la palabra de vida, deben predicar libremente, como lo hicieron los apóstoles, como él mandó. Así que yo fui enviado por el Señor Dios del cielo y la tierra a predicar libremente, y a sacar a la gente de estos templos externos hechos con manos humanas, en los cuales Dios no mora; para que ellos puedan saber que sus cuerpos llegan a ser templos de Dios y de Cristo; y para sacar a la gente de sus ceremonias supersticiosas, costumbres judías y paganas, tradiciones, y doctrinas de hombres; y de todos los maestros asalariados del mundo, que toman los diezmos, y los grandes salarios, predicando por paga, y adivinando por dinero; a quien Dios y Cristo nunca envió, como ellos mismos confiesan, cuando ellos dicen que ellos nunca han oído la voz de Dios ni de Cristo. En consecuencia exhorté al pueblo, a que se evadiese de todas esas cosas, y se encaminase al espíritu y gracia de Dios, en sí mismos, y a la luz de Jesús en sus propios corazones, que así pudieren llegar a conocer a Cristo, su Maestro de balde, que les daría la salvación y les revelaría las Escrituras. Y, de este modo, el Señor me dio una buena oportunidad de que largamente pudiese hacerles revelaciones. Todo estaba en calma, y muchos se convencieron; ¡Bendito sea el Señor!

En compañía del viejo sacerdote, antes mencionado, pasé a otra ciudad donde también se celebraba una gran reunión, y allá vinieron eclesiásticos de diversas ideas, con el propósito de discutir. Estaba yo sentado sobre un montón de heno, y nada dije por algunas horas, pues los quería hambrientos de palabras. Los eclesiásticos entre tanto iban a menudo a hablar al viejo sacerdote, preguntándole cuando iba yo a empezar y a hablar, a lo cual él les respondía que el hombre esperaba largo rato en Cristo antes de que El hablase. Al fin, hablé, por voluntad del Señor; y el poder del Señor, los llenó de asombro; la palabra de vida llegó a ellos, y fue un convencimiento general.

De aquí seguí mi camino, y el viejo sacerdote siempre conmigo, junto con otros varios; e íbamos andando cuando algunas personas lo llamaron, diciéndole. "Señor Boys, le debemos algún dinero de los diezmos, venga a tomarlo." Mas él, retirando las manos, decía que ya tenía bastante; que no quería ningún dinero de los diezmos, que podían guardárselo; y ensalzó al Señor de que él ya tuviese bastante.

Finalmente, fuimos a la iglesia de este viejo sacerdote, en Moors, y cuando entramos él pasó delante para tenerme abierta la puerta del púlpito, mas le dije que no quería entrar en él. Esta iglesia estaba muy llena de pinturas, y yo dije, a él y a la gente, que la bestia pintada tenía una casa pintada. Yo les revelé a ellos el surgimiento de todas esas casas; y de sus caminos supersticiosos, mostrándoles que así como el propósito de que los apóstoles fueran al templo y a las sinagogas, lo cual Dios mandó, no era para defenderlos, sino para llevar a la gente a Cristo, la sustancia; así también el propósito de mi venida a este lugar no era para defender estos templos, sacerdotes, y diezmos, los cuales Dios nunca ordenó, sino que para sacarlos de todas estas cosas y llevarlos a Cristo, la sustancia. Yo les mostré que la adoración verdadera, la cual Cristo estableció, y que distingue a Cristo, el camino verdadero, de todos los caminos falsos, abriéndoles las parábolas, y llevándolos de la oscuridad a la luz verdadera, para que por medio de ella ellos se puedan ver a sí mismos, sus pecados, y a Cristo su salvador; para que al creer en él puedan ser salvos de sus pecados.

Después de esto fuimos a casa de un tal Birdet, donde celebré una gran reunión; y este viejo sacerdote continuó conmigo, dejando su iglesia, porque él había sido considerado como un gran e ilustre sacerdote, por encima de los episcopales, presbiterianos, y también de los independientes; y antes de que se convenciera, había ido más de una vez a predicar por sus iglesias; ya que a su manera estaba lleno de celo. Y cuando iban al juez Hotham para quejarse de él, les decía éste que le quitasen el caballo por viajar en el día del Señor (come él lo llamaba); pero Hotham decía esto solo para quitárselos de delante, pues bien sabía que el sacerdote no viajaba a caballo, sino a pie.

En esto fui hacia Cranswick, a casa del capitán Pursloe y del juez Hotham, que me recibió con gran cariño, pues estaba muy contento de que el poder del Señor se hubiese así aparecido, de que le verdad se difundiese, de que tantos la hubiesen recibido, y de que el juez Robinson se hubiese comportado tan cortésmente. Y dijo el juez Hotham, que de no haber Dios levantado este principio de luz y de vida que yo predicaba, la nación se hubiera inundado de ranterismo, de tal modo, que todos los jueces de la nación no hubieren podido impedirlo con todas sus leyes; "porque" siguió diciendo "ellos hubieren dicho lo mismo que nosotros dijéremos, y hecho como les mandásemos y, sin embargo, hubieron continuado con sus mismos principios. Mas este principio de Verdad" continuó "destruye el suyo hasta la raíz, y también la base sobre que se funda"; y, por todo esto, estaba muy contento de que el Señor hubiese levantado este principio de vida y Verdad.

De este lugar seguí viajando hasta Holderness, y fui a casa de un juez llamado Pearson, donde había una mujer muy piadosa, que creyendo en la verdad había sido tan afectada por ella, que dijo que bien lo dejaría todo por seguirme.

De allí me fui a Oram, a casa de un tal George Hartis, donde muchos de esta ciudad se convencieron. El Primer día, sentí la inspiración de ir a la iglesia, cuyo sacerdote se había procurado otro que le ayudara; y había allí gran asamblea de eclesiásticos y contendientes. Mas el poder del Señor fue sobre todos; los sacerdotes salieron huidos, e hice muy buen servicio para el Señor, en aquella gente. Y algunos de aquellos grandes eclesiásticos se convencieron, volviéndose Amigos honestos y fieles, siendo hombres muy estimados en el lugar.

Al siguiente día, habiéndome dejado los Amigos y las personas simpatizantes, seguí yo solo mi camino declarando, en los ciudades por donde pasaba, el día del Señor, y también, algunas veces, a orillas del mar, advirtiéndoles de que se arrepintiesen. Era ya casi de noche, cuando un día, entré en una ciudad llamada Patrington; y conforme andaba por la ciudad advertía así a la gente como el sacerdote (éste iba por la calle) de que se arrepintiesen volviendo al Señor. En esto, se hizo del todo oscuro antes de que llegase al otro extremo de la ciudad, y gran multitud de gente estaba reunida a mi alrededor, declarándoles yo la palabra de vida.

Cuando me hube así manifestado, me fui a una posada con el deseo de que me diesen albergue, mas no quisieron. Entonces pedí que me diesen un poco de vianda y de leche, que yo pagaría por ello, mas tampoco quisieron, y en vista de esto me salí de la ciudad; y un grupo de muchachos que venían tras de mí, me preguntaron ¿Qué hay de nuevo? y yo los amonesté a que se arrepintieran y a que temiesen al Señor. Había andado largo trecho fuera de la ciudad, cuando me dirigí a otra casa con la intención de que me diesen, por mi dinero, un poco de comer, algo que beber, y en donde pasar la noche, pero me lo negaron. Entonces fui a otra casa con el mismo propósito, y también rehusaron dármelo. En esto se había hecho tan oscuro que no podía ver el camino real, mas divisando una zanja conseguí un poco de agua con que refrescarme, y pasando luego por encima de la zanja, como estaba tan débil de tanto andar, me senté sobre unas matorrales de hojas siempre verde hasta que llegó el día. Cerca del alba me puse en pié y seguí andando campo a través, y un hombre que venía tras de mí llevando una gran pica, se me acercó yendo conmigo hasta una ciudad; y así que llegamos despertó a todo el mundo, por mí causa, con el guardia y el jefe de guardia, antes de que el sol estuviera en lo alto. Y yo les declaré la verdad infinita de Dios, previniéndoles del día del Señor que vendría a cernirse sobre todo pecado y maldad, y exhortándoles al arrepentimiento. Mas ellos apoderándose de mí, me llevaron otra vez a Patrington, a unas tres millas, guardándome con palos, picas, estacas y alabardas. Cuando llegué de vuelta a Patrington, toda la ciudad estaba en tumulto, y el sacerdote y los guardias en consejo; por donde tuve otra oportunidad de declararles la palabra de vida, avisándoles de que se arrepintiesen. Finalmente, un eclesiástico, hombre piadoso, me llamó que entrara en su casa, y allí tomé un poco de carne y de pan después de no haber comido desde varios días; y luego me custodiaron por nueve millas, hasta la casa de un juez. Cuando ya casi llegábamos, un hombre montado a caballo vino tras de mí, y me preguntó si era yo el hombre que habían aprehendido, y al interrogarle yo porqué lo preguntaba, respondió, "para nada malo," y le dije que yo era. Entonces siguió adelante a casa del juez, antes de nosotros. En esto el hombre que me custodiaba dijo que todo iría bien si el juez no estaba borracho cuando llegásemos, pues acostumbraba a emborracharse desde muy temprano. Y sucedió que como al introducirme ante él, no me quité el sombrero y lo tuteé, preguntó al hombre que había llegado a caballo antes que yo, si es que no estaba yo confuso o loco, mas el de a caballo le dijo que no, que ello era en mí un principio. Entonces le advertí de que se arrepintiera, y de que viniese a la luz con que Cristo lo había iluminado, que en ella pudiere ver todas sus malas palabras y acciones, y por ella volver a Jesucristo mientras aun era tiempo, y que mientras tuviere tiempo que lo apreciara. "Ya, ya," dijo, "la luz de que habla Juan en el tercer capítulo de su evangelio." Y yo hubiera querido que pensase en ello y que lo obedeciere. Lo estaba amonestando cuando puse mi mano sobre él, y se desplomó por el poder del Señor, y los guardias se quedaron atónitos. Entonces llevándome a una pequeña sala, junto con el otro hombre, quiso ver que llevaba en mis bolsillos de papeles y correspondencia, y tirando yo de mi ropa le mostré que no llevaba cartas ningunas, y entonces el dijo, "Por su ropa no es un vagabundo." Y poniéndome en libertad, me volví a Patrington con el hombre de a caballo que vivía allí. Cuando llegamos quiso que celebrase una reunión en la Cruz, mas le dije que no había por qué, pues su casa serviría para ello. Entonces quiso que fuera a su casa y que me echara sobre una cama, o que me acostara en una cama, que así él y su mujer pudiesen decir que me habían visto en una cama o sobre una cama; pues había corrido la voz de que yo no me acostaría en cama alguna, a causa de que, en aquellos días, había dormido muchas veces a descubierto. Cuando llegó el Primer día de la semana fui a la iglesia y declaré la verdad al sacerdote y a la gente, que no me molestó en lo más mínimo, pues el poder del Señor era sobre todos ellos. Y entonces, luego que hube celebrado grandes reuniones en casa de este hombre, donde posaba, habiéndose convencido muchos de la infinita verdad del Señor, de lo cual han sido testigos fieles hasta este día, estaban apenadísimos de no haberme recibido ni dado albergue cuando estuve allí la otra vez.

De allí viajé a través del país a las partes más lejanas, advirtiendo a la gente en las ciudades y las aldeas a que se arrepintieran, y llevándolos a Cristo Jesús, su maestro.

En el Primer Día vine a la casa del coronel Overton, y tuve una gran reunión con los principales de la gente de ese lugar, donde muchas cosas fueron reveladas de las escrituras, las cuales ellos nunca habían oído antes. Muchos fueron convencidos, y recibieron la palabra de vida, y fueron establecidos en la verdad de Dios.

Volví a Patrington otra vez, y visité a aquellos Amigos que se habían convencido, y por ellos supe que un sastre junto con algunos jovenzuelos de aquella localidad, habían presentado la denuncia que me llevó ante el juez. El sastre vino a pedirme que lo perdonara, temiendo que me quejase de él; y también los guardias estaban asustados, por temor de que no les causara algún disgusto. Mas yo los perdoné a todos, advirtiéndoles de que se volviesen al Señor enmendando sus vidas. Pero lo que más los atemorizó fue lo siguiente. Estaba yo en la iglesia de Oram, poco antes de que esto ocurriera, cuando se presentó en ella un eclesiástico que dándome un manotazo en el pecho, me exigió que saliese de la iglesia. "¡Ay de ti, pobre hombre," le dije, "¿Llamas tú iglesia a una casa con campanario? La iglesia es la gente que Cristo rescató con Su sangre, mas no la casa." Y en esto sucedió que habiéndose enterado el juez Hotham del comportamiento de este hombre, dio su autorización para que lo fuesen a buscar, y lo obligó a que se presentase en la casa de sesiones, de tan afectado como estaba por la Verdad, y de tanto celo como tenía por mantener la paz. Además, este juez Hotham, me había preguntado antes, si alguien se había metido conmigo o me había ultrajado; pero yo nada tenía que decirle, sino antes bien perdonarlos a todos.

De Patrington me fui a la casa de varios hombres importantes, advirtiéndoles que se arrepintieran. Algunos me recibieron con amor, y algunos me desairaron. En la noche llegué a otra ciudad, donde tuve el deseo de alojarme y comer, por lo cual yo estaba dispuesto a pagar; pero ellos no quisieron alojarme, a menos que fuera con el guardia, lo cual era la costumbre (dijeron ellos) de todos los que se quedan en posadas, si son forasteros. Yo les dije que yo no iría; porque esa costumbre era para personas sospechosas, pero yo era un hombre inocente. Después de advertirles que se arrepintieran, de declararles el día de su visitación, y de dirigirles hacia la luz de Cristo y el espíritu de Dios, para que ellos llegaran a conocer la salvación, me fui; y la gente estuvieron algo sensibles y agitados después. Cuando se hizo más oscuro, divisé un pajar, y fui y me senté allí hasta la mañana.

Al día siguiente pasé por Hull, amonestando y advirtiendo a la gente a que se acercaran a Cristo Jesús, para que ellos puedan recibir salvación. Esa noche conseguí alojamiento; pero estaba muy adolorido por viajar a pie tan lejos.

Después llegué a Balby, visitando Amigos por todas esas partes, y entonces me fui a la orilla de Nottinghamshire, visitando a los Amigos que estaban allí; y así me fui hacia Lincolnshire, y visité a los Amigos allí. En el Primer Día me fui a la iglesia en este lado de Trent, y en la tarde a otra que estaba en el otro lado de Trent, declarando la palabra de vida a la gente, y encaminándoles a su maestro Cristo Jesús, quien murió por ellos, para que ellos puedan oírle y recibir la salvación por él. Después me fui más adentro en esa zona, y tuve varias reuniones. A una de las reuniones vino un gran hombre, un sacerdote, y muchos profesantes; pero el poder del Señor vino sobre todos ellos, y se fueron cada uno por su camino en paz. Vino un hombre a esa reunión, que había estado en otra antes, y había levantado una acusación falsa en contra de mí, e hizo ruido por toda esa zona, denunciando que yo había dicho que era Cristo; lo cual era completamente falso. Cuando llegué a Gainsborough, donde un Amigo había estado declarando la verdad en el mercado, la ciudad y la gente en el mercado estaban todos alborotados. Me fui a la casa de un hombre amigable, y la gente se apresuró para entrar detrás de mí; por lo cual la casa estaba llena de profesantes, personas que disputaban, y gente grosera. Este acusador falso entró y me acusó abiertamente ante la gente de que yo había dicho que era Cristo, y él tenía testigos para probarlo. Lo cual enfureció tanto a la gente, que ellos apenas podían mantener sus manos apartadas de mí. Entonces fui inspirado por el Señor Dios a ponerme de pie sobre la mesa, en el poder eterno de Dios, y decirle a la gente, ‘que Cristo estaba en ellos, excepto por aquellos que eran réprobos; y que era Cristo, el poder eterno de Dios, que hablaba en mí en ese momento hacia ellos; NO que yo era CRISTO'. Y la gente en general estuvo satisfecha, menos el acusador falso, un profesante, y sus propios testigos falsos. Yo le llamé Judas al acusador, y fui inspirado a decirle que el fin de Judas sería el suyo; y que esa era la palabra del Señor y de Cristo por medio de mí hacia él. [De Mateo 27:5, Entonces, arrojando las piezas de plata en el templo, [Judas] salió, y fue y se ahorcó.] El poder del Señor sobrevino sobre todos, y silenció las mentes de las personas, y ellos se fueron en paz. Pero este Judas poco después se ahorcó, y su tumba fue atravesada por una estaca. Después de esto los sacerdotes impíos levantaron un escándalo acerca de nosotros, y declararon que un cuáquero se había ahorcado en Lincolnshire, y que una estaca lo había atravesado. Ellos imprimieron esta falsedad a la nación, añadiendo pecado sobre pecado; de lo cual nosotros y la verdad estábamos absueltos: porque él no era más cuáquero que el sacerdote que lo había imprimido, sino que era uno de los de su pueblo. A pesar de este impía calumnia por la cual el enemigo trató de difamarnos, y de llevar las mentes de las personas en contra de nosotros, nos mantuvimos fuertes. Muchos en Linconshire recibieron el evangelio, siendo convencidos de la verdad eterna del Señor, y se sentaron en ella bajo su enseñanza celestial.

Después de esto pasé a Yorkshire, en el poder del Señor, y fui a Warmsworth donde, antes del mediodía, me encaminé a la iglesia; pero cuando llegué, me dieron con la puerta en la cara; sin embargo, al poco rato dejaron entrar a Thomas Aldam que se dirigió a su sitio, y volvieron a cerrar la puerta; el sacerdote se abalanzó sobre él haciéndole preguntas, y finalmente abrieron la puerta, y yo entré; así que el sacerdote me percibió de lejos, dejó de predicar, a pesar de que yo nada le había dicho, y me preguntó, "¿Qué es lo que tenéis que decir?" y en el mismo momento, se puso a gritar, "venid, venid, que yo les probaré los falsos profetas en Mateo," pero estaba confundido de tal modo, que no pudo encontrar el capítulo. Entonces cayó sobre mí, haciéndome cantidad de preguntas, estándome yo quieto todo este tiempo, sin decir palabra. Al fin, dije. "Viendo que se me han hecho tantas preguntas, tal vez las contestaré." Mas apenas hube empezado a hablar, la gente se precipitó violentamente sobre mí, y echándome fuera de la iglesia me volvieron a cerrar la puerta; y tan pronto como salieron, luego de acabado el servicio, echaron a correr hacia mí y me pegaron, y me tiraron terrones, y me apalearon con sus tablillas; y también el sacerdote poseído de gran furia puso violentamente sus manos sobre mí. Mas no por esto dejé yo de advertirles del terrible día del Señor, exhortándoles al arrepentimiento y a que se volviesen a Cristo. Y por estar yo henchido del poder vivificante del Señor, no me percaté del dolor que sus muchos golpes me había causado, y por la tarde me fui a otra iglesia; pero cuando llegué, el sacerdote ya había hablado, por donde prediqué el arrepentimiento a las pocas personas que aun quedaban, encaminándolas a su Maestro interno, Jesucristo.

De este lugar fui a Balby y también a Doncaster donde había ya predicado el arrepentimiento, un día de mercado, lo cual dio lugar a que se produjera en el país gran alboroto y temor. El Primer día fui a la iglesia y terminado que hubo el sacerdote, hablé, así a él como al pueblo, cuanto el Señor me había ordenado que hablase; pero como estaban furiosos se apresuraron a sacarme, me tiraron por el suelo, y me llevaron ante los magistrados que me interrogaron largamente, y tuve con ellos gran discusión, amenazándome de muerte si alguna vez volvía por allí, y diciéndome que me dejarían a merced del pueblo. Pero esto no impidió que les declarase la Verdad y que los dirigiese a la luz de Cristo en sí mismos, dándoles testimonio de que Dios venía a enseñar a su pueblo, tanto si querían escucharle como si no querían. Al poco tiempo nos sacaron a la calle, (algunos Amigos estaban conmigo) dejándonos entre una multitud brutal, que nos apedreó por las calles hasta que vino un posadero, que era alguacil, y nos metió en su casa, y aquella gente brutal con las piedras que nos tiraban le abrieron la cabeza corriéndole la sangre por el rostro. En su casa nos quedamos unos momentos, poniendo en evidencia a las personas más serenas los frutos de los sacerdotes, y luego nos fuimos a Balby, a una milla de distancia, donde la gente que nos estaba esperando nos apedreó todo a lo largo de una callejuela; mas, bendito sea el Señor, no sufrimos mucho daño.

El Primer día siguiente, fui a Tickhill donde se reunían los Amigos de por aquel lado. Cuando los Amigos estuvieron reunidos, en calma y llenos de la vida y poder de Dios, yo sentí la inspiración de dejar la reunión e irme a la iglesia, y, cuando llegué, encontré al sacerdote y a la mayor parte de los jefes de la parroquia reunidos en el presbiterio, y entonces acercándome a ellos empecé a hablar; pero inmediatamente cayeron sobre mí, y el sacristán levantando su biblia, mientras yo hablaba, me dio con ella en el rostro de tal forma que, brotando la sangre, sangré abundantemente en la iglesia, y la gente comenzó a gritar. "Dejen que lo tengamos fuera de la iglesia," y cuando me cogieron en la calle, me pegaron causándome gran dolor y también a puñetazos, y con palos, y tirándome por el suelo me echaron a un cercado, por encima de un seto, y allí me pegaron y luego me volvieron a sacar, y arrastrándome después por una casa hasta la calle, me apedrearon y me pegaron conforme me arrastraban, de tal manera, que estaba cubierto de sangre y de lodo, y me quitaron el sombrero que no volví a recuperar. No obstante, así que me pude volver a poner en pie, les declaré la palabra de vida, les mostré cuales eran los frutos de sus maestros, y como estaban deshonrando la cristiandad. Poco después volví a la reunión, junto a los Amigos; y como el sacerdote y la gente se dirigían a la casa donde estábamos, yo salí al patio con los Amigos y allí hablé a la gente y al sacerdote, el cual mofándose de nosotros nos llamó cuáqueros. Mas el poder del Señor fue de tal modo sobre ellos, y la palabra de vida fue declarada con tal autoridad y en tal temor, que el mismo sacerdote comenzó a temblar, y dijo uno de los que allí estaban, "Miren como tiembla y se agita el sacerdote, también él se ha vuelto cuáquero." Cuando terminó la reunión, los Amigos se separaron, y, sin sombrero, me fui a Balby que estaba a unas siete u ocho millas de camino. Aquel día, el sacerdote y los suyos, ultrajaron mucho a los Amigos; tanto, que habiendo llegado a oídos de algunos jueces moderados, vinieron a la ciudad dos o tres de ellos para oír en consejo lo ocurrido y examinar la cuestión. Y aquel que había vertido mi sangre, tuvo gran temor de que le cortasen las manos, por haberme golpeado en la iglesia; mas yo, habiéndole perdonado, no comparecí en contra suya.

A comienzos del año de 1652, se levantó gran furor en contra de la Verdad y de los Amigos, así en sacerdotes y laicos, como también en algunos magistrados, en la comarca del Oeste de Yorkshire, de tal manera, que el sacerdote de Warmsworth se procuró de los jueces un decreto en contra mía y de Tomás Aldam, que debía de llevarse a la práctica en cualquier parte de la comarca del Oeste de Yorkshire. Al mismo tiempo, yo tuve la visión de un hombre que estaba con dos perros mastines y un oso, y que pasando por su lado, me sonrieron sin hacerme daño alguno; y así fue, porque arrestando el guardia a Thomas Aldam lo llevó a York y, yendo yo con Tomás Aldam por veinte millas de camino hacia York, a pesar de que el guardia también tenía un decreto contra mí, dijo que me había visto pero que no le gustaba causar daño alguno a los forasteros, mientras que Tomás Aldam, en cambio, era vecino suyo. Y de este modo el poder del Señor lo contuvo, que no pudo hacerme ningún daño. Fuimos a casa del teniente Roper, donde celebramos una gran reunión a la que asistieron muchos hombres de importancia. La verdad fue declarada poderosamente entre ellos, las escrituras fueron abiertas maravillosamente, las palabras y dichos de Cristo fueron expuestos, el estado de la iglesia en los días de los apóstoles presentado claramente, y la apostasía de ese estado que ocurrió desde ese entonces fue descubierta. La verdad dominó en gran manera ese día, de manera que esos grandes hombres en general la confesaron, diciendo que ellos creyeron que este principio debe pasar por todo el mundo. En esta reunión estaban Jaime Naylor, Tomás Goodyear, y William Dewsbury,* quien se había convencido el año anterior, y también Ricardo Farnsworth. El guardia se quedó con Tomás Aldam hasta que la reunión se había acabado, y después fueron hacia la cárcel de York; pero no interfirieron conmigo.

*William Dewsbury había sido convencido y fue crucificado mucho tiempo atrás, antes de haber conocido a Fox. Él es uno de los pocos cuáqueros a quien Cristo desarrolló de manera independiente de las predicaciones de Fox.

De aquí fui a Wakefleld, y el Primer día siguiente fui a una iglesia donde James Neyler había sido miembro de una secta independiente, pero fue luego excomulgado por haber recibido la Verdad. Cuando entré, y el sacerdote hubo concluido, la gente me llamó que subiera a donde el sacerdote; pero cuando empecé a declarar la palabra de vida, y a exponerles abiertamente la impostura de los sacerdotes, se abalanzaron de repente sobre mí, y me empujaron para afuera por la otra puerta a puñetazos y pegándome, gritaron "Pongámoslo en el cepo." Mas el poder del Señor los contuvo, que no se atrevieron a ponerme en el cepo, y pude irme a la reunión, donde estaban muchos eclesiásticos ilustres, y simpatizantes. Y muchas conversiones se hicieron aquel día, pues se sintieron todos muy felices de que se les hubiese encaminado a las enseñanzas del Señor en sí mismos. Allá conseguimos alojamiento, ya que cuatro de los nuestros habían pasado la noche debajo de un seto, a causa de que entonces eran pocos los Amigos que había en aquel lugar.

El mismo día Richard Farnsworth había ido a otra iglesia que pertenecía a un alto sacerdote, y allí declaró a la gente la palabra de Verdad consiguiendo entre ellos tan gran predicamento, que decían que armábamos nosotros más ruido que la llegada del ejército escocés, tan fuerte era sobre ellos el temor y el poder del Señor.

El sacerdote de esta iglesia de la cual Jaime Naylor había sido miembro, y cuyo nombre era Marshall, propagó muchas e infames calumnias de mí, tales, como que andaba yo dando de beber a la gente, de unas botellas que llevaba siempre conmigo, para que así me siguieran, y de que iba montado en un gran caballo negro, sobre el cual me veían en un lugar a una hora, y a la misma hora me veían en otro a sesenta millas de distancia, y de que cuando iba sobre mi caballo negro iba dando dinero a la gente para que me siguieran; e hizo que sus feligreses se tragasen todas estas mentiras diabólicas, para que dudasen de la Verdad que yo les había declarado. Mas por causa de estas mismas mentiras se separaron de él muchos de los suyos, porque en general todo el mundo sabía que yo viajaba a pie por no tener caballo en aquella época. No mucho después, el Señor destrozó a este sacerdote envidioso en su propia maldad.

Después de esto fui a High-Town, donde vivía una mujer que se había convertido desde hacía poco tiempo. Fuimos a su casa y en ella celebramos una reunión, declarando la verdad a la gente que allí estaba, y habiendo hecho entre ellos algunos servicios para el Señor, se marcharon después pacíficamente. Pero había allí una viuda, llamada Green, que llena de envidia fue a uno, que en la ciudad era tenido por caballero, (y del que se decía que había matado a dos hombres y a una mujer) y le dio informaciones en contra nuestra a pesar de que él no tenía autoridad alguna. A la mañana siguiente seleccionamos algunas preguntas que mandar al sacerdote, y, habiendo concluido íbamos a marcharnos cuando llegaron corriendo a la casa donde estábamos algunas de las personas que simpatizaban con nosotros, para decirnos que este hombre asesino había afilado una pica para atravesarnos con ella, y que en aquel mismo instante venía con la espada al cinto; pero como nosotros nos íbamos en aquel preciso momento así fue que lo evitamos. Mas apenas idos, llegó a la casa donde habíamos estado, y toda la gente fue de opinión de que hubiera asesinado a alguno de nosotros. Aquella noche la pasamos en un bosque y nos mojamos muchísimo porque llovió copiosamente. Por la mañana sentí la necesidad de volver a la ciudad, cuando nos dieron una información detallada de este hombre malvado.

De allí pasamos a Bradford donde nos encontramos otra vez con Richard Farnsworth, del que nos habíamos separado poco antes. Cuando llegamos nos prepararon viandas que comiésemos, mas cuando iba ya a tomar unos sorbos de su leche, vino a mí la palabra del Señor, diciendo, "No comas tu pan con tales gentes que tienen mala mirada," e inmediatamente me levanté de la mesa sin comer nada. La mujer de la casa era bautista; luego que hube exhortado a la familia, para que volviendo al Señor Jesucristo prestasen atención a Sus enseñanzas en sus propios corazones, nos fuimos de allí.

Conforme viajábamos a través de la zona, predicando el arrepentimiento a la gente, llegamos a un mercado en un pueblo, donde se estaba dando un sermón ese día. Yo fui a la iglesia, donde había muchos sacerdotes, profesantes y gente. El sacerdote que predicó tomó como su texto esas palabras de Jer 5:31, 'Mi pueblo así lo quiso:' dejando fuera las palabras anteriores, 'Los profetas profetizaron con mentira, y los sacerdotes gobiernan por su propia cuenta.' Yo le mostré a la gente el engaño de él; y los encaminé a Cristo, su verdadero maestro interior: declarándoles a ellos que Dios había venido a enseñar a su pueblo él mismo, y a alejarlos de los maestros del mundo y los asalariados; para que ellos puedan recibir libremente de él. Entonces, advirtiéndoles que el día del Señor estaba por venir sobre toda carne, me fui de allí sin mucha oposición.

Durante la noche llegamos a un lugar en el campo, donde no había una casa pública cerca. La gente de ese lugar quería que nos quedáramos allí en la noche; lo cual hicimos y tuvimos un buen servicio para el Señor, declarando su verdad entre ellos.

El Señor me dijo, 'Si solamente un hombre o mujer fuera levantado por su poder, para permanecer y vivir en el mismo espíritu en el que estaban los profetas y los apóstoles, quienes nos dieron las escrituras, ese hombre o mujer debería sacudir a toda la gente de esa área en su profesión por diez millas a la redonda.' Porque la gente tenía las escrituras, pero no estaban en la misma luz, poder y espíritu que estaban en aquellos que nos dieron las escrituras: por lo tanto ellos ni conocían a Dios, ni conocían bien las escrituras; ni tenían unidad los unos con los otros, estando fuera del poder y el espíritu de Dios. Por lo tanto, a medida que pasamos por allí le advertimos a todos, donde fuera que los encontráramos, que el día del Señor vendría sobre ellos.

Conforme íbamos viajando por el país, predicando el arrepentimiento, me dijo el Señor, que sólo con que inculcara a una persona el mismo espíritu en que estaban los apóstoles y profetas que habían hablado las Escrituras, él o ella, ejerciendo su misión, harían temblar todo el país por diez millas a la redonda. Y si las otras personas poseían a Dios y a Cristo y a Sus apóstoles y profetas, deberían también de poseer a él o a ella. Porque la gente tenía las Escrituras, mas no estaban en la misma luz y poder y espíritu en que estuvieron los que las produjeron, y por esta razón, ni conocían bien a Dios, ni a Cristo, ni las Escrituras, ni estaban unidos, por estar fuera del poder y espíritu de Dios. En consecuencia, así como íbamos viajando, advertíamos a todo el mundo, donde quiera que los encontrásemos, del día del Señor que iba a venir sobre ellos.

Íbamos andando, cuando llegamos cerca de una montaña muy alta llamada Pendlehill, y, por voluntad del Señor, subí a su cima, lo que hice con gran dificultad, tan alta y escarpada era. Cuando ya llegaba a la cima, vi el mar que bordeaba por Lancashire, y allá, en lo alto, me sentí inspirado de celebrar el día del Señor, y El me dejó ver en qué lugares tenía un gran pueblo que reunir. Cuando descendía, encontré un manantial y allí me refresqué habiendo comido y bebido muy poco, por varios días.

Por la noche fuimos a una posada, y declaré la Verdad al posadero, y escribí a los sacerdotes y eclesiásticos, declarando 'el día del Señor, y que Cristo había venido a enseñar a su pueblo él mismo, por su poder y espíritu en sus corazones, y para sacar a la gente de todos los caminos y los maestros del mundo, hacia sus propias enseñanzas que son gratuitas, quien los ha comprado, y era el salvador de todos los hombres que creyeron en él'. El hombre de la casa difundió mi escrito por el extranjero, quien fue afectado poderosamente por la verdad. El Señor me reveló y me dejó ver que cerca de un río que partía dos condados, había un gran pueblo que, en vestiduras blancas, iba al Señor; y el lugar en que los vi era cerca del de Juan Blaykling, donde vivía Ricardo Robinson.

Al siguiente día, seguimos viajando, y por la noche nos procuramos unos helechos sobre que nos tendemos, durmiendo todos en una tierra comunal. La mañana siguiente nosotros llegamos a una ciudad donde Richard Farnsworth se marchó; y entonces viajé solo otra vez. Llegué a Wenizerdale, en ese valle en la ciudad del mercado estaban predicando un sermón en el mercado ese día. Fui a la iglesia; y después que el sacerdote terminó de predicar, yo proclamé el día del Señor a los sacerdotes y a la gente; advirtiéndoles que se alejaran de la oscuridad hacia la luz, y del poder de Satanás hacia Dios, para que ellos puedan llegar a conocer a Dios y a Cristo correctamente, y para que reciban sus enseñanzas, porque él enseña gratuitamente. Les declaré de gran manera y libremente la palabra de vida, y no sufrí mucha persecución en ese lugar. Después me fui a los valles, advirtiendo a la gente a que teman a Dios; y predicando el evangelio eterno. Yendo de camino hacia Wensleydale, me detuve en una gran casa donde vivía un maestro de escuela; me hicieron pasar, y, luego que les hube hecho preguntas sobre su religión y culto, les declaré la Verdad. Estábamos en esto en un salón, y en él me encerraron, con la pretensión de que yo era un joven perturbado que me había escapado de mis parientes, y de que allí me tendrían hasta que pudieran mandarme a ellos. Pero en seguida los convencí de su error, y soltándome hubieran querido que me quedara; mas como yo no tenía la intención de quedarme allí, luego que les hube exhortado al arrepentimiento y que los hube encaminado a la luz de Jesucristo, que por ella pudiesen llegar a El y salvarse, me marché, y llegué por la noche a una pequeña cervecería que estaba en una tierra comunal donde había una gente grosera que estaba allí bebiendo; y sucedió que como no quise beber con ellos, cogieron sus garrotes y me golpearon llenos de rabia,

Mas yo los reprendí consiguiendo que se comportaron con un poco más de serenidad, y me salí de allí en plena noche. Al poco rato, uno de aquellos borrachos salió también y se me quería acercar pretendiendo que tenía que decirme algo al oído; mas viendo yo que tenía un cuchillo, me aparté amonestándolo al arrepentimiento y a que temiese al Señor, el cual por su poder me guardó de este mal hombre, que se entró en la casa otra vez. A la mañana siguiente me fui por otros valles, advirtiendo y exhortando a la gente, por donde quiera que pasaba, de que se arrepintieran y volviesen al Señor; y varios se convencieron. En una casa donde también entré, el dueño de la casa (que después supe que era pariente de Juan Blaklings) me quiso dar dinero, mas yo no lo tomé.

Iba viajando por los valles, cuando fui a casa de un hombre, llamado Tennant, y sentí la inspiración de hablar a la familia, declarando la verdad infinita; y cuando me había ya marchado, sentí el impuso de volver para hablar con él; y se convenció, y también su familia, y vivieron y murieron en la verdad.

De este lugar me fui a casa del mayor Bousfield, que me recibió, como también varios otros; y algunos de los que entonces se convencieron, continúan fieles desde entonces. Pasé también por Griesdale y otros varios de aquellos valles, consiguiendo la conversión de algunas personas. Y fui a Dent, donde también muchos se convencieron. De la casa del mayor Bousfield fui a la de Ricardo Robinson, y mientras iba de camino le pregunté a un hombre donde estaba la casa de Ricardo Robinson, y él me preguntó a su vez que de donde venía yo, a lo que respondí. "Del Señor," y cuando llegué a casa de Ricardo Robinson, le declaré la infinita verdad, mas esto no impidió que los celos se levantaran en él, y luego que yo me hube acostado, pensando que podía ser yo un ladrón que venía a robar a su casa, cerró todas las puertas bien seguras.

Al día siguiente, fui a una reunión en casa del juez Gervasio Benson donde me encontré con unas personas que se habían separado de la iglesia episcopal. Éste era el lugar que había ya visto, donde la gente andaba con vestiduras blancas. Fue una larga reunión y en general todos se convencieron, y todavía continúan teniendo una gran reunión de Amigos cerca de Sedberg, que en ese entonces se reunió por medio de mi ministerio en el nombre de Jesús.

En la misma semana había gran feria en Sedbergh, en la que se acostumbraba a contratar a los sirvientes, y declaré el día del Señor por la feria; y luego que así lo hube hecho, fui al patio de la iglesia donde me subí a un árbol, y muchos de los que estaban en la feria allí vinieron, y también abundancia de sacerdotes y eclesiásticos. Por varias horas declaré allí la infinita verdad del Señor y la palabra de vida, demostrando como el Señor mismo venía a enseñar a su pueblo, y a sacarlos de todas sus enseñanzas y sendas mundanas, para llevarlos a Cristo, el verdadero Maestro, y verdadero camino hacia Dios, y les puse en evidencia sus maestros, demostrándoles como eran iguales que aquéllos que antiguamente fueron condenados por los profetas, y por Cristo, y por los apóstoles, y los exhorté a que se saliesen de los templos hechos con las manos; y a que esperasen a recibir el espíritu del Señor, pudiendo ser así ellos mismos los templos de Dios. Ninguno de los sacerdotes tuvo poder de abrir la boca en contra de lo que yo reclamé; mas al fin, dijo un capitán, "¿Por qué no quieren ir a la iglesia? éste no es lugar adecuado para predicar." y le respondí, que yo negaba su iglesia, y en esto salió un predicador independiente, un tal Francisco Hogwill, que a pesar de que nunca me había visto antes de aquel día, tomó por su cuenta el responder al capitán, al que pronto redujo al silencio; y entonces Francisco Hogwill, dijo de mí, "Este hombre habla con autoridad, y no como los escribas" Después de esto, revelé a la gente que aquel lugar no era más sagrado que otro, y que aquella casa no era la iglesia, sino que la gente era el templo del cual Cristo era la cabeza. Poco después los sacerdotes se acercaron a mí y yo les advertí de que se arrepintieran. Uno dijo que yo estaba loco, y en esto se marcharon. Pero muchos se convencieron aquel día, con alegría de oír declarar la verdad que recibieron con júbilo. Y marchándome fui a una casa, y allá vino un tal capitán Ward, el cual dijo que mis ojos lo penetraban, y recibiendo la verdad en el amor de ella, en ella vivió y murió.

El Primer día siguiente fui a la capilla Firbank, en Westmorland, donde Francisco Hogwill, antes nombrado, y Juan Audland habían predicado por la mañana. La capilla estaba llena de tal modo que muchos se quedaron sin entrar, y Francisco Hogwill dijo que creyó que yo estaba mirando al interior de la capilla, y que de tanto como le sorprendió el poder del Señor, lo hubiese podido matar con una manzana; mas yo no había mirado. Se dieron gran prisa y acabando enseguida, ellos y algunos de los oyentes se fueron a comer; mas abundancia de gente quedó hasta que volviesen. En esto Juan Blaykling junto con otros se acercaron a mí, con el deseo de que no les reprendiera públicamente, porque ellos no eran maestros con parroquia sino hombres buenos y piadosos; yo no pude decirles si lo haría o no (a pesar de que en aquel momento no sentía ningún impulso de declarar públicamente en contra de ellos), mas les dije que me tenían que dejar a la voluntad del Señor. Mientras los demás estaban comiendo fui a un arroyo y bebí un poco de agua, y entonces fui y me senté en lo alto de una roca, porque la palabra del Señor vino a mí de que yo tenía que ir y sentarme sobre la roca en la montaña como antes Cristo lo había hecho. Por la tarde, la gente se reunió a mi alrededor, entre ellos varios sacerdotes independientes, calculándose que habría allí más de mil personas a las que declaré la verdad infinita de Dios y la palabra de vida, gratuitamente y por cerca de tres horas, encaminándolos al Espíritu de Dios en sí mismos, que pudiesen volver de la oscuridad a la luz, y que al creer en ella pudiesen convertirse en los hijos de la luz y que pudiesen volver del poder de Satanás, bajo el cual habían estado, a Dios, y que por el espíritu de la verdad pudiesen ser guiados a toda verdad y comprender bien las palabras de los profetas, de Cristo, de los apóstoles; y que todos pudiesen llegar a conocer en Cristo el maestro que los instruyese, el consejero que los dirigiese, el pastor que los alimentase, el obispo que los gobernase, y el profeta que les revelase divinos misterios; y que todos pudiesen saber que sus cuerpos fueran preparados, santificados, y hechos templos en que Dios y Cristo morasen. En las revelaciones de la vida celestial, yo les revelé a ellos acerca de los profetas, y las figuras y sombras, y los dirigí hacia Cristo, la sustancia. Entonces les abrí las parábolas y los dichos de Cristo, y cosas que habían estado ocultas por mucho tiempo; mostrándoles la intención y el alcance de los escritos de los apóstoles, y que sus epístolas habían sido escritas a los escogidos. Cuando les había revelado el estado de los apóstoles, también les mostré el estado de apostasía que ha existido desde los días de los apóstoles. Que sus sacerdotes han tomado las escrituras, pero no en el espíritu que nos las dio; y las han puesto en capítulos y versículos, para comerciar con las palabras de los hombres santos; que los maestros y los sacerdotes ahora se encuentran en los pasos de los falsos profetas, los sacerdotes principales, los escribas, y los fariseos de antiguo, y son como los que los profetas verdaderos, Cristo y los apóstoles denunciaron, y son juzgados y condenados así por el espíritu de los verdaderos profetas, de Cristo y de sus apóstoles: y que nadie que esté en ese espíritu y sea guiado por él los puede poseer ahora. En esto, había mucha gente, ya vieja, que habiendo ido a la capilla miraba por las ventanas, viendo extrañados como un hombre predicaba en una montaña, y no en sus iglesias, como ellos las llaman, con lo cual fui inspirado a informarle a la gente 'que la iglesia, y el terreno donde ésta se encontraba, no eran más santos que esa montaña; y que esos templos, los cuales ellos llamaban las casas formidables de Dios, no fueron establecidos por el mandato de Dios y de Cristo; ni sus sacerdotes fueron llamados, como el sacerdocio de Aarón lo fue; ni sus diezmos eran designados por Dios, como lo fueron los de los judíos; sino que Cristo había venido, quien acabó tanto con el templo como con su adoración, y los sacerdotes y sus diezmos; y ahora todos debían escucharle a él: porque él dijo, "Aprended de mí;" y Dios dijo de él, "Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia. A él oíd." Yo declaré que el Señor Dios me había enviado a predicar el evangelio eterno y la palabra de vida entre ellos; y a sacarlos de todos esos templos, diezmos, sacerdotes, y rudimentos del mundo, los cuales habían aparecido desde los días de los apóstoles, y habían sido establecido por aquellos que habían errado del espíritu y el poder en el que estaban los apóstoles. Muy extensamente me manifesté en esta plática, y el poder convincente del Señor me acompañó en mi ministerio, y llegó a los corazones de la gente, por lo que tantos se convencieron, y todos los predicadores Independientes se convencieron también de la infinita verdad del Señor.

Acabada la reunión, fui a casa de Juan Audland y allá se me acercó Juan Story, encendiendo su pipa de tabaco, y me dijo. "¿Quiere una pipa de tabaco?" añadiendo, "venga, todo es nuestro." Y me pareció ver en él un mozo imprudente y presumido; y no tomé tabaco, mas vino a mi mente el pensamiento de que el mozo, quizás creería que yo no estaba unido con la creación, por razón de que comprendí que tenía una noción de la religión superficial y vacía. Así que tomando su pipa, me la llevé a la boca, y se la devolví, para con esto impedir que su mala lengua dijera que yo no estaba unido con la creación.

De este lugar fui a la capilla de Preston-Patrick donde se iba a celebrar una gran reunión, a la cual asistí teniendo gran oportunidad de predicar el evangelio infinito, revelándoles (como a otros en ocasión semejante) que la finalidad de ir yo a tal sitio, no era la de defenderlo más de lo que defendieron los apóstoles las sinagogas judías y los templos en que ellos predicaban, sino de sacarlos de semejantes cosas, como los apóstoles sacaron a los santos de antaño del templo judío, y del sacerdocio de Aarón (para ir después a reunirse por las casas), que pudiesen ellos testificar que sus cuerpos eran los templos de Dios, y de que Cristo, en ellos, era su Maestro.

Entonces fui a Kendal donde iba a celebrarse una reunión en el ayuntamiento, en la que declaré a la gente la palabra de vida, mostrándoles como podían llegar al conocimiento salvador de Cristo, y a una justa comprensión de las sagradas Escrituras; revelándoles que era lo que les guiaría al camino de la reconciliación con Dios, y lo que sería su condenación. Después de la reunión, me detuve unas momentos en la ciudad, donde varios se convencieron y muchos se mostraron llenos de amor. Uno llamado Cock, me encontró en la calle y quiso darme un rollo de tabaco, porque en aquel entonces la gente era muy dada a fumar; yo acepté su amor, mas no admití el tabaco.

De aquí me fui a Underbarrow, a casa de un tal Miles Bateman, y mientras iba de camino, en compañía de otros varios, tuve con ellos grandes razones, especialmente con Eduardo Burrough. Por la noche, el sacerdote y muchos eclesiásticos vinieron a la casa, y tuve con ellos gran discusión. Estando puesta la cena, para el sacerdote y el resto de la compañía, yo no me sentí libre de comer con ellos, mas les dije que si querían fijar una reunión para el día siguiente en la iglesia, y darlo a conocer a la gente, yo podría encontrarme allí con ellos. Tuvieron sobre esto grandes razones, unos en favor y otros en contra. Por la mañana salí, luego que les hube hablado concerniente a la reunión, e iba paseando por el acantilado cuando vi que había allí varios pobres, y viajeros, pidiendo limosna, los cuales comprendí que estaban en necesidad, y nada les dieron diciendo que eran unos impostores. Me ofendió el ver tal dureza de corazón en los eclesiásticos, de modo que cuando se marcharon a desayunar, corrí cerca de un cuarto de milla, hasta donde estaba aquella pobre gente y les di algún dinero. Mientras tanto uno de los que estaban en la casa volvió a salir, y al verme a tal distancia dijo que solo teniendo alas pude haber ido tan lejos en tan poco tiempo. En esto pareció como si se hubiese desechado lo de la reunión, pues pensaban de mí cosas tan extrañas, que muchos de ellos eran contrarios a celebrar una reunión conmigo. Yo les dije que había corrido a dar algún dinero a aquellos pobres, herido ante su corazón empedernido que no les dejó darles algo. Entonces vinieron Miles y Esteban Hubbersty, que más simples de corazón querían que la reunión se celebrase, por donde me fui a la capilla, y también el sacerdote. Hubo gran reunión, y fue abierto el camino de vida y salvación; al poco rato el sacerdote salió escapado. Muchos de Crook y de Underbarrow se convencieron aquel día, recibiendo la palabra de vida, y se mantuvieron con firmeza, bajo las enseñanzas de Jesucristo. Después que les hube declarado la verdad, por varias horas, una vez terminada la reunión, el jefe de la guardia y algunos otros eclesiásticos vinieron a razonar conmigo, en el patio de la capilla; y yo tomando la Biblia y revelándoles las Escrituras les mostré capítulo y versículo tratándolos tiernamente como se haría con un niño. Los que estaban en la luz de Cristo, y espíritu de Dios, sabían cuando hablaba yo de las Escrituras, a pesar de que no les mencionaba el capítulo ni el versículo, a la manera como lo hacen sus sacerdotes.

De aquí me fui, junto con un hombre de alguna edad, cuyo corazón el Señor había abierto, y me invitó a su casa; su nombre era Jaime Dickinson, y se convenció aquel día recibiendo la verdad, en la cual vivió y murió.

Al día siguiente fui a casa de Jaime Taylor, de Newton en Cartmel, Lancashire. Y el primer día de la semana fui a la capilla donde un sacerdote llamado Camelford acostumbraba a predicar, y cuando él hubo concluido, yo empecé a predicar al pueblo la palabra de vida. Mas este sacerdote estaba poseído de tal rabia, y fue tan impertinente, que no teniendo paciencia de oír, se puso a agitar a la multitud brutal que cogiéndome por el aire me golpeó y me dio de puñetazos y me tiró de cabeza por un muro de piedra; mas a pesar de esto, bendito sea el Señor, Su poder me guardó. El que me trató con tal violencia, fue un hombre malvado, llamado Juan Knipe, que fue después destrozado por el Señor. Había en la capilla un joven que escribía para el sacerdote; sentí la inspiración de hablarle, y se convenció, convirtiéndose en un buen ministro del evangelio. Su nombre era Juan Braithwaite.

Entonces fui a una cervecería, que era frecuentada por mucha gente durante el tiempo que iba de sus predicaciones de la mañana a las de la tarde, y tuve allí muchas razones con ellos declarándoles que Dios venía El a enseñar a su gente, y a sacarla de todos sus falsos maestros, tales como aquellos contra los cuales clamaron los profetas, Cristo, y los apóstoles; muchos recibieron la palabra de vida, en aquellos días, y en ella vivieron.

Por la tarde anduve dos o tres millas, hasta otra iglesia o capilla, llamada Lyndal. Cuando el sacerdote concluyó, le hablé, así como al pueblo, lo que el Señor me había ordenado que hablase; y los hubo que hicieron gran oposición, mas luego se convencieron. Después de esto, fui a un tal capitán Sands, que junto con su mujer parecían haber sido algo afectados por la Verdad, y que de haber podido mantenerse a la vez en el mundo y en la Verdad, la hubiesen recibido; pero eran hipócritas, y él era muy ligero y banal, siendo la senda demasiada estrecha para ellos. Por donde le reprendí por su ligereza y por sus burlas, y le dije que no era propio de un gran eclesiástico, como él era. Me dijo él entonces, que había tenido un hijo que en su lecho de muerte, le había también reprendido por lo mismo, advirtiéndole de ello. Mas él nunca había dado importancia, ni a las amonestaciones de su hijo moribundo, ni a los reproches del espíritu de Dios, en sí mismo.

Entonces fui a Ulverston, y también a Swarthmoor, a casa del juez Fell, donde vino un tal Lampitt, sacerdote, lleno de nociones y Ranter, en su fuero interno. Con él tuve muchas razones, porque hablaba de altas nociones y perfecciones, por donde engañaba a la gente. Quería él haberse adueñado de mí, mas yo no pude ni ceder ni unirme a él, tan lleno de inmundicia estaba. Dijo él que estaba por encima de Juan, y actuaba como si lo supiera todo. Mas le dije yo que la muerte reinó de Adán a Moisés, y que él estaba bajo la muerte por no conocer a Moisés, pues Moisés había visto el paraíso de Dios, y el no conocía ni a Moisés, ni a los profetas, ni a Juan. Porque era en él aquella naturaleza brutal y pervertida y la montaña de pecado y corrupción; no habiendo el Señor preparado en él la vía. Confesó que en algunas cosas se había sentido cohibido, pero que ahora podía cantar salmos y hacer lo que fuere. Y entonces le dije, que si encontraba un ladrón podía irse de la mano con él, pero que no podía predicar sobre Moisés, ni sobre los profetas, ni sobre Juan, ni sobre Cristo, mas que en el caso de que estuviere en el mismo espíritu en que ellos estaban. Margarita Fell, había estado ausente durante el día, y cuando por la noche volvió, sus hijos le dijeron que el sacerdote Lampitt y yo no habíamos estado de acuerdo, lo cual la turbó, porque él era su director espiritual, ocultándoles sus sucias acciones. Por la noche, tuvimos muchas razones, y yo le declaré la Verdad a ella y a su familia. A la mañana siguiente, Lampitt volvió y tuve gran discusión con él, delante de Margarita Fell, que entonces pudo discernir como era este sacerdote. Y el convencimiento de la Verdad del Señor vino a ella y a su familia. Poco después llegó el día de observar la humillación, y Margarita Fell me pidió que fuera con ella a la iglesia, en Ulverston, pues todavía no se había librado del todo de los sacerdotes [La secta a la cual asistía Fell era una secta puritana calvinista], y yo le repliqué, "Yo haré lo que me mande el Señor," y dejándola, me fui a pasear por el campo, y entonces la palabra del Señor vino a mí, diciendo, "Ve tras ellos a la iglesia." Cuando llegué, Lampitt estaba cantando con sus feligreses, mas su espíritu era tan impuro, y lo que cantaban tan poco apropiado al estado de espíritu de todos ellos, que, luego que hubieron concluido sus cantos, el Señor me impulsó a que les hablara, y la palabra del Señor a ellos, fue, "No es judío él que lo es en lo visible, sino más bien, es judío el que lo es en lo interior. La alabanza del tal no proviene de los hombres, sino de Dios." Entonces, al recibir más revelaciones del Señor, les mostré que Dios venía a enseñar a su pueblo, por su Espíritu, y a sacarlo de sus antiguos senderos, religiones, iglesias y cultos, pues todas sus religiones, cultos y sendas no eran más que hablar con palabras ajenas; mas ellos estaban fuera de la vida y espíritu de aquellos que las habían proferido. En esto, un tal llamado Juan Sawrey se puso a gritar, "Échenlo fuera"; pero la mujer del juez Fell, dijo a los oficiales, "Déjenlo en paz; ¿Por qué no ha de poder hablar él, igual que otro cualquiera?" Lampitt, el sacerdote, dijo también, mintiendo, "Dejen que hable." Finalmente, cuando hube hablado durante algún tiempo, el juez Sawrey, eclesiástico corrompido, lleno de hipocresía, de impostura y de envidia, hizo que el guardia me echara fuera, y entonces hablé a la gente en el cementerio y después me marché a Swarthmoor Hall. El Primer día siguiente, sentí el impulso de ir a la iglesia de Albingham, y cuando el sacerdote hubo terminado, empecé a hablarle, mas él se marchó, y declaré entonces la palabra de vida a la gente, y los amonesté para que volviesen al Señor.

Swarthmore Hall

Nota de Valiente por la verdad: El Swarthmore Hall era un salón majestuoso en Lancashire, la casa patrimonial de Tomás Fell, un célebre abogado de la corte de Oliverio Cromwell. Habiendo subido rápidamente en lugar e influencia, el juez Fell al final llegó a estar descontento con la administración política, y había vuelto a practicar su profesión en su residencia, Swarthmore Hall. Esta casa amplia y hermosa estaba hecha en el estilo que prevalecía durante el reinado de Elizabeth, con una sala espaciosa con ricas ensambladuras de robles. Ricos en bienes terrenales, tanto Tomás Fell como su amable esposa gozaban de practicar la hospitalidad, y tenían su puerta abierta para todos, especialmente los ministros del evangelio. Margarita Fell aun no había hallado paz para su alma aunque ella misma nos dice que la había buscado por más de veinte años.

El primer día después de eso fui inspirado a ir a la iglesia de Aldenham, y cuando el sacerdote había terminado, yo hablé con él; pero él se fue. Entonces le declaré la palabra de vida al pueblo, y les advertí que se acercaran al Señor.

De este lugar pasé a Rampside donde había una capilla en la que acostumbraba a predicar Thomas Lawson, ilustre sacerdote. Con mucha amabilidad, comunicó por la mañana a sus feligreses que yo vendría a predicar por la tarde, por lo cual, toda la gente de aquellos lugares se hallaba allí reunida. Cuando llegué, vi que no había sitio más conveniente que la capilla, y entré en ella, y todo estaba en calma. Tomas Lawson no subió a su púlpito cediéndome así todo su tiempo. El infinito día de Dios eterno fue proclamado aquel día, y la infinita verdad fue tan largamente declarada, que llegando y penetrando en los corazones, muchos recibieron la verdad en el amor de ella. Este sacerdote vino a convencerse, y dejando su capilla, abandonó sus predicaciones por paga, para predicar a Jesucristo y Su reino gratuitamente. Después de esto, algunas personas groseras lo acusaron de escándalos, creyendo que así le harían algún daño; pero él fue elevado sobre todo, y creciendo en sabiduría de Dios, en gran manera, demostró ser muy servicial en su lugar.

Volví a Swarthmoor, y el Primer día siguiente, fui a la iglesia de Dalton, donde, luego que el sacerdote hubo terminado, declaré la palabra de vida, para que así pudieran volver de la oscuridad a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y que pudiesen evadirse de sus sendas de superstición y de sus maestros formados por el hombre, para ir a Cristo, senda viviente de verdad, y ser por El enseñados.

De allí fui a la isla de Walney, y después que el sacerdote hubo concluido, le hablé, mas el se marchó; entonces declaré la Verdad a la gente, mas ellos se comportaron de manera grosera. Fui entonces a casa del sacerdote para hablar con él, pero no se dejó ver, y como dijeron que se había escondido en el granero, fueron allá a buscarlo, mas no lo pudieron encontrar. Entonces dijeron que se había escondido en un campo de maíz, mas allí tampoco lo encontraron. En vista de esto, me marché a casa de Jaime Lancaster que fue de los convencidos en la isla, y de allí me volví a Swarthmoor donde el poder del Señor descendió sobre Margarita Fell, su hija Sara, así como sobre otros varios.

Entonces fui a Bayeliff, donde Leonardo Fell se convenció, convirtiéndose en ministro del evangelio eterno, y también se convencieron varios otros, que prestaron obediencia a la verdad. En este lugar, la gente dijo que, no pudiendo discutir conmigo, hubieran querido de buena gana haber puesto a alguien que sostuviera una controversia conmigo; mas yo los amonesté a que temiesen al Señor, y a que no hablasen de un modo ligero de las palabras del Señor, sino que las pusieran en práctica. Yo los encaminé a la divina luz de Cristo, y a Su espíritu en sus propios corazones, que les descubriría todos los malos pensamientos, palabras y acciones, que habían pensado, hablado, y hecho; en cuya luz pudiesen ver su pecado y también su Salvador, Jesucristo, que los salvaría de todos sus pecados. Esto, les dije, era su primer paso hacia la paz, aunque esta luz iluminase sus pecados y transgresiones; por la cual luz podrían ver como estaban sumidos en la caída de Adán, en oscuridad y muerte, extraños al pacto de promisión, y en un mundo sin Dios; y por la misma luz podrían ver a Cristo que murió, por ellos, para ser su Redentor y Salvador, y su camino hacia Dios.

Después de esto fui a una capilla más allá de Gleaston que había sido edificada pero en la que ningún sacerdote había predicado. Allá fue la gente del país, y fue una reunión tranquila y apacible en la que la palabra de vida fue declarada, y muchos de por Gleaston se convencieron de la verdad.

De este lugar, me volví a Swarthmoor, y luego que hube pasado unos días, habiéndose convencido la mayor parte de la familia, fui otra vez a Westmorland, donde el sacerdote Lampitt había estado entre los profesantes del lado de Kendal provocándolos en contra mía y diciéndoles que yo sostenía muchas cosas extrañas. Encontré a los que habían sido así incitados y pasé con ellos toda la noche, sentados en casa de Jaime Dickinson, allanando todas sus objeciones. Quedaron ellos enteramente satisfechos con la Verdad que yo les había declarado y muy descontentos de Lampitt y de sus mentiras, por lo que él perdió lo mejor de sus oyentes y seguidores, que viendo su engaño lo abandonaron.

Pasé de camino por casa de Juan Audland y de Gervasio Benson celebrando grandes reuniones con aquellos que antes se habían convertido; después fui a casa de Juan Blaykling y de Ricardo Robinson, celebrando en ellas importantes reuniones, y luego proseguí para Grisedale.

Poco después, habiendo regresado el juez Fell a su casa, su mujer, Margarita Fell, me mandó a buscar para que volviera allá, y sintiendo que el Señor me daba libertad de hacerlo volví a Swarthmoor. Encontré allí a sacerdotes y profesantes, y que aquel envidioso de juez había incitado en gran manera al juez Fell y al capitán Sands, en contra de la verdad, con sus mentiras; mas cuando fue que hablé con él, le allané todas sus objeciones y tan completamente lo satisfice con las Escrituras que se convenció en sus juicios. Me preguntó si era yo aquel Jorge Fox de quien tanto hablaba el juez Robinson a los miembros del parlamento, en términos elogiosos. Le dije yo que había estado con el juez Robinson y con el juez Hotham, en Yorkshire, los cuales fueron muy corteses y amables conmigo, habiéndose convencido, en sus juicios, de que el principio, del cual daba yo testimonio, era la Verdad; y viendo ellos por encima y más allá de las sacerdotes de la nación, resultaba que ellos junto con otros muchos iban a ser ahora más sabios que sus maestros. Luego que hubimos conversado por algún tiempo, el juez Fell también se satisfizo y llegó a ver, por revelaciones del Espíritu de Dios en su corazón, más allá que todos los sacerdotes y maestros mundanos, no yendo más a oírlos durante los últimos años de su vida, pues el comprendió que yo había declarado la verdad, y que Cristo era el Maestro de Su pueblo, y su Salvador. Mas de una vez, Fell quiso que yo pasara un rato con el juez Bradshaw, para razonar con él. El capitán Sands, antes mencionado, vino a casa del juez Fell con la intención de irritarlo en contra mía, porque era un mal intencionado, lleno de envidia de mí y, sin embargo, hablaba de altas cosas y, usando las palabras de las Escrituras, decía. "Mirad, que yo todo lo renuevo." Mas yo le dije que, entonces, también tenía que tener un Dios nuevo, ya que su Dios era su vientre. Además de este capitán, vino también aquel envidioso de juez, Juan Sawrey, y le dije que su corazón estaba corrompido y él lleno de hipocresía a rebosar. También vinieron otros varios, y dándome el Señor poder de comprender sus respectivos estados, les hablé como convenía en sus condiciones. Mientras andaba por aquellos lugares, Ricardo Farnsworth y Jaime Nayler, vinieron a verme y también a la familia, habiendo Jaime Nayler ayunado por catorce días; y satisfecho el juez Fell de lo que era el camino de la verdad, a pesar de toda la oposición, consintió en que la reunión se celebrase en su casa, y organizaron allí, en el poder del Señor, para el tormento de los sacerdotes y los profesantes; lo cual continuó por cerca de cuarenta años, hasta el año 1690, cuando una nueva casa de reuniones fue erigida allí cerca.

Luego que me hube detenido allí unos días, y que las reuniones quedaron bien establecidas, fui a Kellet y tuve una gran reunión en casa de Roberto Widders, a la cual vinieron varios de Lancaster y algunos de York, y muchos allí se convencieron.

Había un capitán que se puso de pie después de la reunión y me preguntó dónde estaban mis pantalones de cuero. Lo dejé hablar por un rato, y al final me levanté la chaqueta, y le dije: aquí están mis pantalones de cuero, lo cual atemoriza a todos los sacerdotes y profesantes.

Y Margaret Fell tuvo una visión de un hombre con sombrero blanco que había de venir y confundir a los sacerdotes antes de que yo llegara; y hubo un gran terror entre los sacerdotes y profesantes con respecto al hombre con los pantalones de cuero.

Otro hombre también había recibido previamente una visión que un hombre vendría y confundiría a los sacerdotes; y el mismo sacerdote de este hombre sería el primero en ser confundido y convencido.

En el día que se hacía el mercado fui a Lancaster, y hablé en el mercado por medio del tremendo poder de Dios; declarando el día del Señor a la gente, y clamando en contra de todas sus mercancías engañosas. Les prediqué acerca de la justicia y la verdad, la cual todos deben seguir, caminar y vivir en ella; dirigiéndolos acerca de cómo y dónde ellos podían encontrar y recibir el espíritu de Dios para guiarles allí hacia la verdad y la justicia. Después que hube aclarado las cosas en el mercado, me fui a mi posada, donde llegaron varias personas; y muchos llegaron a estar convencidos, quienes han permanecido fieles a la verdad.

En el siguiente Primer-Día, ya avanzada la mañana, tuve una gran reunión en las calles de Lancaster, entre los soldados y la gente, a los cuales les declaré la palabra de vida, y la verdad eterna. Yo les revelé que todas las tradiciones en las cuales habían vivido, todas sus adoraciones y religiones, y la profesión que ellos hacían de las escrituras, no eran buenas para nada, mientras que ellos vivieran fuera de la vida y del poder en los cuales estaban los que nos dieron las escrituras. Y yo los dirigí a la luz de Cristo, el hombre celestial, y al espíritu de Dios en sus propios corazones, para que ellos puedan estar familiarizados con Dios y con Cristo, lo puedan recibir como su maestro, y conocer que su reino está en ellos.

En la tarde me fui a la iglesia en Lancaster, y declaré la verdad al sacerdote y a la gente; abriendo ante ellos el engaño en el cual ellos vivían, y los encaminé hacia el poder y el espíritu de Dios, lo cual ellos querían. Pero ellos me arrastraron hacia afuera, y me apedrearon por la calle hasta que llegué a la casa de Juan Lawson.

En otro Primer-día me fui a la iglesia a un lado de un lago, donde un tal Whitehead era sacerdote; al él y la gente les declaré la verdad en el gran poder de Dios. Vino a mí un doctor, tan lleno de envidia, que él dijo 'que él podría encontrar en su corazón el atravesarme con su estoque, aunque él fuera ahorcado por eso al siguiente día'; sin embargo este hombre después llegó a estar convencido de la verdad, de tal manera que llegó a ser cariñoso con los Amigos. Algunos fueron convencidos en el área, los cuales se sentaron voluntariamente bajo el ministerio de Cristo, su maestro; y allí se estableció una reunión en el poder de Dios, la cual continúa hasta este día.

Después de esto regresé a Westmoreland, y hablé por medio de Kendal en el día del mercado. Y tan tremendo era el poder de Dios que estaba sobre mí, que la gente voló como la paja ante mí hacia sus casas. Yo les advertí acerca del día poderoso del Señor, y los exhorté a oír la voz de Dios en sus propios corazones, quien había venido a enseñar a su pueblo él mismo. Aunque algunos se opusieron a mí, muchos otros me apoyaron. Al final algunos llegaron a pelear acerca de mí; pero yo fui y hablé con ellos, y ellos se separaron otra vez. Muchos fueron convencidos.

Al siguiente Primer-Día yo tuve una reunión muy grande en Under-barrow en la casa de Miles Bateman, donde fui inspirado a declarar que toda la gente en la caída se habían alejado de la imagen de Dios, la justicia y la santidad, y eran como pozos sin el agua de vida, como nubes sin la lluvia celestial, como árboles sin el fruto celestial; y fueron degenerados hacia la naturaleza de las bestias, de serpientes, de altos cedros, de robles, de toros y de terneras: para que ellos puedan leer la naturaleza de estas criaturas que están en el interior, como los profetas lo describieron a la gente en el tiempo antiguo, que estaban fuera de la verdad. Yo les revelé a ellos cómo algunos estaban en la naturaleza de los perros y los puercos, mordiendo y desgarrando; algunos en la naturaleza de las zarzas, cardos y espinas; algunos como los búhos y los dragones en la noche; algunos como los asnos salvajes y los caballos, cortando el viento; y algunos como las montañas y las rocas, y como caminos torcidos y escabrosos. Por esta razón los exhorté a leer estas cosas dentro de sus propias naturalezas, como también en el exterior: y que, cuando ellos leyeran acerca de las estrellas errantes, ellos deberían mirar hacia su interior, y ver cómo ellos han errado de la estrella brillante de la mañana. Y ellos deben considerar, que así como el terreno no labrado de sus corazones debe ser arado antes que pueda darles semilla, también debe el terreno no labrado de sus corazones ser arado antes que ellos puedan llevar semillas para Dios. Todos estos nombres y cosas que les hablé fueron dichas a hombres y mujeres, desde que ellos habían caído de la imagen de Dios; pero a medida que ellos llegaron a ser renovados otra vez en la imagen de Dios, ellos se salen de la naturaleza de estas cosas, y así de los nombres de éstas. Muchas más cosas así fueron declaradas a ellos, y fueron llevados a la luz de Cristo, por lo cual ellos pueden llegar a conocer y a recibirle, y pueden testificar que él es su sustancia, su camino, su salvación y verdadero maestro. Muchos fueron convencidos durante ese tiempo.

Después que hube viajado de un lado para otro, por aquellos lugares, y hube celebrado grandes reuniones, fui otra vez a Swarthmoor, y cuando hube visitado algunos Amigos mientras estaba en esas partes, escuché de una gran reunión que iban a tener los sacerdotes en Ulverstone en un día de sermón. Me fui a esa reunión, y a la iglesia en el temor y el poder del Señor. Cuando el sacerdote había acabado, yo hablé entre ellos la palabra del Señor, la cual era como un martillo y como un fuego entre ellos. Y aunque Lampitt, el sacerdote del lugar, había discrepado con la mayoría de los sacerdotes anteriormente, aun así todos se unieron en contra de la verdad. Pero el gran poder del Señor estaba sobre todos; y tan maravillosa fue la manifestación de ese poder, que el sacerdote Bennet dijo: 'La iglesia se estremeció'; de tal manera que él estaba asustado y temblaba. Y después que él hubo hablado unas pocas palabras confusas, se apuró para salir por miedo que la iglesia se fuera a caer sobre su cabeza.

Habían muchos sacerdotes reunidos, pero hasta ahora no tenían poder para perseguir.

Después que hube aclarado mi conciencia entre ellos, me fui a Swarthmore otra vez, adonde vinieron cuatro o cinco sacerdotes. Estábamos discutiendo, y les pregunté si alguno de ellos podía afirmar que hubiese recibido palabra del Señor para que fuese y hablase a tal o cual persona; y ninguno se atrevió a afirmarlo. Mas uno, estallando en cólera, dijo, que él podía hablar de sus experiencias tan bien como yo, y yo le respondí que la experiencia era una cosa, pero que recibir e ir con un mensaje y poseer una palabra del Señor, como los profetas y apóstoles recibieron e hicieron, y como había hecho yo con ellos, esto, era otra cosa. Y, por consiguiente, repetí la pregunta de si podía alguno de ellos decir que jamás hubiese recibido alguna orden o palabra del Señor, de un modo imperioso y en un momento dado. Mas ninguno pudo afirmarlo. Entonces les dije que los falsos profetas, los falsos apóstoles, y los anticristos, podían usar las palabras de los verdaderos profetas, los verdaderos apóstoles y de Cristo, y podían hablar de las experiencias de otros hombres, aunque ellos mismos nunca escucharon la voz de Dios o de Cristo, de tal manera que ellos pudieran obtener las buenas palabras y las experiencias de otros. Esto los dejó muy perplejos, y los dejó expuestos. En otra ocasión estaba discutiendo con varios sacerdotes en casa del juez Fell, quien estaba presente, y les hice la misma pregunta, de si alguien entre ellos había jamás oído la voz de Dios o de Cristo, amonestándolo a que fuese a tal o cual persona para declararle Su palabra o mensaje. Porque, les dije, cualquiera que sepa leer puede declarar las experiencias de los profetas y apóstoles, que están archivadas en las Escrituras. Sobre esto, uno de ellos, antiguo sacerdote, llamado Tomás Taylor, confesó ingenuamente delante del juez Fell, que nunca había oído ni la voz de Dios ni la de Cristo, encaminándole a determinada persona, pero que él hablaba de sus experiencias y de las experiencias de los santos de hace tiempo, siendo esto lo que predicaba. Esto, en gran manera afirmó al juez Fell en su creencia de que los sacerdotes estaban en el error, porque el creía anteriormente, al igual que la mayoría de las gentes, que los sacerdotes eran enviados de Dios.

Tomás Taylor, se convenció en esta ocasión, y viajó conmigo a Westmoreland. Llegando a la iglesia de Crosland, encontramos a la gente reunida: y el Señor abrió la boca de Tomás Taylor, (aunque él sólo había sido convencido el día anterior), de manera que él declaró entre ellos cómo había sido él antes de ser convencido y, así como el buen escriba que se convirtió al reino, el habló de cosas nuevas y antiguas a la gente, y les mostró cómo los sacerdotes estaban fuera del camino, lo cual inquietó a los sacerdotes. Yo tuve una discusión corta pero muy buena con ellos, pero ellos se fueron; y una reunión preciosa se llevó a cabo, en la cual el poder del Señor estaba sobre todo. La gente fue encaminada hacia el espíritu de Dios, por medio del cual ellos pueden llegar a conocer a Dios y a Cristo, y a entender las escrituras correctamente. Después de esta reunión yo seguí mi camino, visitando Amigos, y tuve grandes reuniones en Westmoreland.

Ahora los sacerdotes comenzaron a airarse más y más, y ellos incitaron a la persecución lo más que pudieron. Jaime Naylor y Francis Howgill fueron echados en la cárcel de Appleby, a causa de la instigación de los sacerdotes maliciosos. Algunos de los sacerdotes profesaron que dentro de un mes todos nosotros seríamos desparramados otra vez, y llegaríamos a ser nada. Pero, bendito sea para siempre el digno nombre del Señor, porque su obra continuó y prosperó; y cerca de este tiempo John Audland, Francis Howgill, John Camm, Edward Burrough, Richard Hubberthorn, Miles Hubbersty, y Miles Halhead, con varios otros, estando dotados con el poder de lo alto, salieron adelante en la obra del ministerio y probaron ser fieles obreros para él. Ellos viajaron de allá para acá y predicaron el evangelio gratuitamente; por lo cual multitudes fueron convencidas, y muchos efectivamente se acercaron al Señor. Entre éstos que se acercaron estaba Christopher Taylor, hermano de Tomás Taylor que fue mencionado anteriormente, quien había sido un predicador a la gente, al igual que su hermano. Poco después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ellos llegaron a ser obedientes a ella, y dejaron su predicación por salario o paga; y habiendo recibido una parte del ministerio del evangelio, ellos predicaron a Cristo gratuitamente, siendo a menudo enviados por el Señor a declarar su palabra en las iglesias y los mercados; y ellos sufrieron de gran persecución.

Después de haber visitado Amigos en Westmoreland, regresé a Lancashire, y fui a Ulverstone, donde Lampitt era el sacerdote. Aunque él había predicado de un pueblo que se apropiaría de las enseñanzas de Dios, y él dijo que los hombres y mujeres vendrían y declararían el evangelio; sin embargo cuando esto llegó a cumplirse, él persiguió tanto a éste como a ellos. Me fui a la casa del sacerdote, donde un gran número de sacerdotes y profesantes se habían reunido después de su discurso. Tuve grandes disputas con ellos acerca de Cristo y de las escrituras; porque ellos estaban muy reacios a abandonar sus ganancias, las cuales obtenían al predicar las palabras de Cristo, de los apóstoles y los profetas. Pero el poder del Señor estuvo sobre las cabezas de todos ellos, y su palabra de vida fue sostenida entre ellos; aunque muchos de ellos eran extremadamente envidiosos y diabólicos. Sin embargo, después de esto, muchos sacerdotes y profesantes vinieron a mí de lugares lejanos y cercanos. Aquellos que eran inocentes y sencillos estuvieron satisfechos y se fueron refrescados; pero los gruesos y saciados fueron alimentados con juicio, y despedidos mientras estaban vacíos: porque ésa era la palabra del Señor que debía ser dividida entre ellos.

Cuando se establecieron las reuniones, y nosotros nos reunimos en casas privadas, Lampitt comenzó a ponerse furioso. Él dijo: 'abandonamos el templo, y nos fuimos a las casas de las terneras de Jeroboam'. De modo que muchos profesantes comenzaron a ver cómo él había decaído de lo que él había antes sostenido y predicado. Durante este tiempo el caso de las terneras de Jeroboam fue revelado a los profesantes, los sacerdotes y la gente. Fue manifestado a ellos que sus casas (llamadas iglesias) eran más como las casas de las terneras de Jeroboam que las mismas antiguas casas de misas, las cuales fueron establecidas en la oscuridad de la supremacía del papado. Aquellos que se llaman a sí mismos Protestantes, y profesan ser más iluminados que los papistas, todavía defienden estas cosas, aunque Dios nunca se los había mandado. De hecho ese templo, el cual Dios había mandado en Jerusalén, Cristo vino a ponerle fin a su servicio; y aquellos que le recibieron y creyeron en él, sus cuerpos llegaron a ser templos de Dios, de Cristo, y del espíritu Santo, para morar en ellos, para caminar en ellos. Y ellos fueron reunidos en el nombre de Jesús, el nombre de quien está sobre todo nombre, y no hay salvación por medio de ningún otro nombre bajo todo el cielo, sino sólo en el nombre de Jesús. Y aquellos que estaban así reunidos se juntaron en varias casas, las cuales no fueron llamadas el templo o la iglesia; sino que sus cuerpos eran los templos de Dios, y los creyentes eran la iglesia de la cual Cristo era la cabeza. De manera que Cristo no fue llamado la cabeza de una casa vieja, la cual era edificada con manos humanas, ni tampoco él vino a comprar, santificar, y redimir por su sangre a una casa vieja, la cual ellos llamaban su iglesia; sino su pueblo, del cual él era la cabeza. Tuve mucho trabajo en esos días con los sacerdotes y la gente con respecto a sus viejas casas de misa llamadas iglesias; porque los sacerdotes persuadieron a la gente a que esas eran las casas de Dios; mientras que el apóstol dice: 'esta casa suya somos nosotros.' Heb 3:6 El pueblo en el cual él mora son la casa de Dios. El apóstol dijo: 'Cristo adquirió su iglesia mediante su propia sangre'; y Cristo llama a su iglesia su esposa, su novia, la esposa del Cordero: de manera que este título, iglesia y esposa, no fue dado a una casa vieja, sino a su pueblo, los verdaderos creyentes.

Después de esto, sentí el impulso de ir a la iglesia, en Ulverston, un día de sermón, habiéndose congregado abundancia de eclesiásticos, sacerdotes y seglares. Me llegué cerca del sacerdote Lampitt, el cual estaba vociferando su sermón, y después que el Señor hubo abierto mi boca, para que hablara, el juez Juan Sawrey se acercó a mí, y me dijo que si iba a hablar de acuerdo con las Escrituras, podía hacerlo. Me maravillé de que me hablase de tal modo ya que siempre hablaba yo de acuerdo con las Escrituras, que citaría para probar lo que dijere, pues algo tenía que decir a Lampitt y al resto. Entonces, contradiciendo lo antes dicho, de que podía hablar si lo hacía de acuerdo con las Escrituras, me dijo que no podía hablar. La gente estaba sosegada, escuchándome con placer, hasta que este juez Sawrey (que fue el primer instigador de la primer persecución en el Norte) la incitó en contra mía, para que me arrastrasen, me pegasen y me magullasen. De repente, la gente se enfureció y cayendo sobre mí, en la iglesia, ante sus ojos, me tiraron por el suelo, me patearon y me pisotearon, lo cual estaba él contemplando; y tan grande fue el tumulto, que algunos, de tanto pánico, cayeron de sus asientos. Se acercó Sawrey, finalmente, y sacándome de las manos de la gente, me sacó de la iglesia y me entregó a los alguaciles y otros oficiales, amonestándolos a que me azotasen y me echasen de la ciudad. Me condujeron como un cuarto de milla, unos agarrándome por el cuello, otros de los brazos y hombros, sacudiéndome y arrastrándome. Muchas personas de bien, habían venido al mercado y algunas a la iglesia para oírme, y a varias de ellas también las tiraron por el suelo abriéndoseles la cabeza, de tal modo, que la sangre corría como nunca lo había visto en mi vida. Al hijo del juez Fell, que vino corriendo para ver que iban a hacerme, lo tiraron a una zanja llena de agua, mientras algunos gritaban. "Denle un golpe que le salten los dientes." Después me arrastraron hasta el lado umbrío del prado comunal, seguidos de una multitud, y los guardias y otros oficiales me dieron en la espalda con sus ramos de sauce, y me entregaron a la multitud brutal que habiéndose provisto, unos de tablillas de barril, otros de estacas de seto y otros de ramas de maleza, cayeron sobre mí y me pegaron en la cabeza, en los brazos y en la espalda hasta que sin sentido caí en el suelo mojado. Cuando recobré el sentido, y me vi echado sobre el pantano comunal y rodeado de gente, permanecí inmóvil unos momentos; y el poder del Señor se difundió por mí, y el eterno vivificador me vivificó, de modo que levantándome otra vez en el poder de Dios eterno, les extendí los brazos, diciéndoles en alta voz. "Vuelvan a pegarme, he aquí mis brazos, mi cabeza, mis mejillas." Estaba entre el gentío un albañil, profesante y hombre brutal, el cual con su bastón de medir me dio un golpe, con toda su fuerza, en el dorso de la mano que tenía extendida, y quedó mi mano tan magullada y mi brazo tan entorpecido, que no podía retirarlo; algunos gritaron: "Le ha estropeado la mano, que nunca podrá ya servirse de ella." Mas yo mirándolos en el amor de Dios (puesto que yo estaba en el amor de Dios para ellos, así como para todos los que me perseguían) al poco rato el poder del Señor se difundió por mí otra vez, y por mi mano, y por mi brazo, de tal modo, que en un minuto recobraron la fuerza, a la vista de todos ellos. Entonces comenzaron a disentir entre ellos, y acercándoseme algunos me dijeron que si les daba dinero, me salvarían del resto. Mas yo impulsado por el Señor, les declaré la palabra de vida, y les demostré lo falso de su cristianismo, y los frutos del ministerio de sus sacerdotes, diciéndoles, que más se comportaban como paganos y judíos que como cristianos.

Entonces me impulsó el Señor, a que pasando de nuevo por entre el gentío, volviese al mercado de Ulverston. Y mientras iba, encontré a un soldado con su espada al cinto. "Señor," me dijo. "Veo que usted es un hombre y me siento avergonzado y afligido de que haya sido maltratado en esta forma." Y se ofreció a ayudarme en todo lo que pudiese. Mas yo le dije que el poder del Señor estaba sobre todo, y seguí andando por entre el gentío, en el mercado, sin que nadie tuviese entonces fuerzas para ponerme la mano encima. Pero algunos de los mercaderes, estaban maltratando a unos Amigos en el mercado, y dándome vuelta vi al soldado entre ellos con la espada desenvainada, en vista de lo cual, corrí para allá, y agarrándole la mano en que tenía la espada, le amonesté a que la envainase si quería seguir conmigo; pues yo quería separarlo del grupo, no fuese que ocurriese alguna desgracia. Mas pocos días después, siete hombres cayeron sobre este soldado pegándole cruelmente por haberse puesto de parte de los Amigos y mía; ya que era costumbre en este país, que cayeran sobre una sola persona veinte o cuarenta de los que la perseguían. Y así se echaron sobre los Amigos en muchos sitios, apedreándoles, pegándoles y abriéndoles la cabeza, de modo que apenas si podían transitar por los caminos reales. Cuando llegué a Swarthmoor encontré a los Amigos, vendando las cabezas y manos de los Amigos y simpatizantes que habían sido magullados o heridos aquel día, por los profesantes y oyentes del cura Lampitt. Mi cuerpo y mis brazos estaban amarillos, negros y azules, de los golpes y magulladuras que aquel día había recibido. Y los sacerdotes comenzaron otra vez a profetizar que antes de medio año seríamos todos aniquilados desapareciendo.

Cerca de dos semanas después de esto, fui a la isla de Walney y Jaime Nayler se vino conmigo. Pasamos la noche en un pequeño lugar del país llamado Cockan, y celebramos allí una reunión donde uno se convirtió. Al poco rato, vino un hombre con una pistola, ante lo cual la gente se salió escapada por las puertas; preguntó por mí, y cuando salí me disparó la pistola, mas no salió el tiro. Esto hizo que la gente se alborotase en contra de él, y algunos lo sujetaron para evitar que hiciese algún daño; mas yo fui impulsado, por el poder del Señor, a hablarle, y tan anonadado quedó del poder del Señor, que, temblando de temor, se fue a esconder en un sótano. De este modo, fue el poder del Señor sobre todos, a pesar de que había gran ira en el país.

A la mañana siguiente, fui en un bote a casa de Jaime Lancaster y así que desembarqué, surgieron cerca de cuarenta hombres, armados con tablillas de barril, bastones y cañas de pescar, que cayendo sobre mí me pegaron y me dieron de puñetazos, intentando tirarme al mar. Cuando ya me habían arrastrado casi a la orilla del mar y vi que iban a tirarme, me levanté, mas volviendo a echarse sobre mí, me tiraron por el suelo perdiendo yo el sentido. Cuando volví en mí, abrí los ojos y vi a la mujer de Jaime Lancaster tirándome piedras a la cara, y a su marido, Jaime Lancaster, echado sobre mí para protegerme de los golpes y las piedras. Y esto aconteció, porque las gentes habían persuadido a la mujer de Jaime Lancaster, de que había embrujado a su marido, y le habían prometido que si ella les hacía saber mi llegada, me matarían. Y sabiendo que yo llegaba, muchos de los habitantes de la ciudad se levantaron con tablillas y palos, para matarme, pero el poder del Señor me preservó de modo que no pudieron quitarme la vida. Finalmente, me puse en pie, mas volvieron a pegarme haciéndome caer dentro del bote, lo cual visto por Jaime Lancaster, vino hacia nosotros y me hizo entrar en el agua para huir de ellos, mas cuando estábamos en el agua, a su alcance, nos golpearon con sus cañas y nos tiraron piedras. Cuando llegamos al otro lado, vimos que estaban pegando a Jaime Nayler, pues mientras me pegaban había echado a andar por un campo y no se fijaron en él hasta que yo me hube marchado; entonces cayeron sobre él al grito de, "Mátenlo, mátenlo."

Cuando llegué otra vez a la ciudad, al otro lado del agua, surgieron unos hombres con horcas, mimbres y tablillas de barril, para echarme de la ciudad, gritando, "Mátenlo, dénle en la cabeza, traigan el carro y llévenlo al patio de la iglesia." Y cuando así me hubieron ultrajado, me llevaron a un trecho fuera de la ciudad y allí me dejaron. Entonces Jaime Lancaster, se volvió en busca de Jaime Nayler y, estando yo solo, me fui a una acequia y después de haberme lavado (pues mi cara, mis manos, y mis ropas estaban cubiertas de mugre cenagosa) anduve cerca de tres millas, hasta la casa de Tomás Hutton, donde se hospedaba Tomás Lawson, el sacerdote que se había convertido. Cuando entré, apenas podía hablar, de tan magullado como estaba, y solo les dije en donde había dejado a Jaime Nayler y tomando cada uno su caballo fueron y lo trajeron aquella misma noche. Al día siguiente, Margarita Fell, enterada de lo ocurrido, mandó un caballo para mí, pero estaba tan dolorido de las magulladuras, que no pude soportar el traqueteo del caballo, sin gran dolor. Cuando hube llegado a Swarthmoor, el Juez Sawrey y otro juez, llamado Thompson, de Lancaster, dictaron una orden contra mí, mas habiendo ya regresado el juez Fell, no se cumplió la orden en contra mía; ya que el juez Fell había estado ausente del país todo este tiempo en que yo había sido víctima de tan malos tratos. Así que volvió, mandó decretos de prisión a la isla de Walney, para prender a todas aquellas personas, causantes del tumulto, por lo que muchos se escaparon del país. La mujer de Jaime Lancaster, se convenció más tarde a la verdad, y se arrepintió del mal que me había hecho; y así también hicieron muchos de los que tan cruelmente me persiguieron; mas el juicio de Dios cayó sobre algunos de ellos. Sawrey, que tanto me había perseguido, acabó por ahogarse, y la venganza de Dios alcanzó al juez Thompson, dándole un ataque de parálisis, estando en su sitial, y, luego que lo sacaron de allí, murió. El juez Fell me pidió que le hiciese una relación detallada de la persecución de que fui víctima; mas yo le dije que aquella gente no podía comportarse de otra manera, debido al espíritu en que estaba, no haciendo más que poner de manifiesto los frutos del ministerio de sus sacerdotes, y lo equivocado de su profesión y religión; por lo que dijo a su mujer, que yo hablaba ligeramente de la cuestión, como si no me preocupase, porque, en verdad, el poder del Señor me había otra vez curado.

Después que me hube recuperado, me fui a Yelland, dónde había una gran reunión. Por la tarde un sacerdote vino a la casa con una pistola en su mano bajo la pretensión de que era para encender una pipa de tabaco. La criada de la casa, al ver la pistola, le dijo a su señor; quien, al oír eso, apretó con sus manos ambos dinteles de la puerta y le dijo al sacerdote que no podía entrar en la casa. Mientras él estuvo allí, bloqueando la entrada, miró hacia arriba y notó al mirar sobre la muralla, que venía una gran compañía de hombres; algunos estaban armados con tablillas, y todos ellos tenían un mosquete. Pero el Señor no permitió que sus sangrientos planes se llevaran a cabo; porque cuando ello vieron que habían sido descubiertos, se fueron por su camino y no le hicieron daño a nadie.

 

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