La Cruz Perdida de la Pureza



 

CAPÍTULO X

[En los días de Penn, el uso de thee y thou [en inglés, que significan usted] era enseñado en las escuelas como formas singulares apropiadas de dirigirse a los demás. Las personas de las clases más bajas eran referidos con la forma singular, thee y thou. La gente de clase alta quería que se les dirigiera con la forma plural, you, la cual era un honor para ellos. El honrar a las personas "importantes" con la referencia plural es lo que Dios a "echado al polvo." Hoy en día, you es enseñado como singular en todos sus usos. You en vez de thou también está en la mayoría de las traducciones bíblicas disponibles en inglés hoy en día, incluyendo la versión Nueva King James.

Aquellos que continúan usando thee y thou, pensando que así agradan a Dios, sólo provocan su condenación por su muestra de "piedad". Guardaos de los escribas, a quienes les gusta andar con ropas largas, que aman las salutaciones en las plazas... recibirán mayor condenación. (Lucas 20:46-50). Más bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Ellos ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. (Mat 23:5). En vez de vestimentas peculiares, palabras peculiares, o cruces externas, todas muestras externas, como testimonio de su religión, deje que su amabilidad, junto con moderación en su vestimenta y su conversación, sean su "emblema" de religión.

En este capítulo, secciones 1 a 7, más porciones de la 9 y 10, hacen referencia al uso de thee y thou y están omitidas de la traducción.]

8. Yo no dudo para nada que algo tan singular atendió el discurso de Cristo y sus discípulos, porque yo recuerdo que se le instó a Pedro en el palacio del sumo sacerdote, como prueba de que él pertenecía a Jesús, cuando él negó a su Señor: "Verdaderamente," dijeron ellos, "tú también eres de ellos, porque aun tu modo de hablar te descubre" (Mat 26:73). Ellos habían supuesto por su apariencia, pero justo antes de esto él había estado con Jesús; sin embargo, cuando ellos dialogaron con él, su lenguaje los sacó a todos de duda; de seguro entonces que él era uno de ellos, y él había estado con Jesús. Algo era lo que él había aprendido en su compañía que era extraño y observable; sin lugar a dudas, no del comportamiento del mundo. Sin duda, el atuendo, la manera de caminar y de hablar de sus seguidores discrepaba, como también su doctrina, del mundo; porque era parte de su doctrina el que fueran diferentes. Era muy fácil ver que eran más claros, serios y precisos, lo cual es más creíble por la manera en que el pobre, confiado y temeroso Pedro escondió el asunto; porque él cayó al decir maldiciones y malas palabras, lo cual fue un triste cambio. Pero él pensó que la manera más posible de quitar la sospecha de que él era más diferente a Cristo. Y la estrategia funcionó; porque silenció las objeciones de ellos, y pensaron que Pedro era tan ortodoxo como ellos. Pero aunque ellos no lo descubrieron, el canto del gallo sí lo hizo; lo cual hizo que Pedro recordara las palabras de su amado y sufriente Señor: y él salió y lloró amargamente porque había negado a su Maestro, quien después fue entregado para morir por él.

9. Pero que esta vana generación es culpable de usar "honores", para gratificar una mente vana, es muy palpable. ¡De qué palabras limitantes, qué encogedoras, qué rasguñosas, qué vanas e involuntarias, expresiones lo menos sinceras, lisonjas, adulaciones grotescas, y simples mentiras, bajo el nombre de cortesías, son culpables los hombres y mujeres en conducta! ¡Ah, mis amigos! ¿de dónde obtienen estos ejemplos? ¿Qué parte de todos los escritos de los hombres santos de Dios garantiza estas cosas? Pero yendo más cerca de su propia confesión, ¿es Cristo su ejemplo aquí, cuyo nombre ustedes pretenden llevar? ¿o aquellos santos de antes que vivían en lugares desolados, de quienes el mundo no era digno (Heb 11:38)? ¿o piensan ustedes que siguen la práctica de aquellos cristianos que, en obediencia a la vida y doctrina de su Maestro, abandonaron la distinción de las personas, y renunciaron a las modas, los honores, y la gloria de este mundo pasajero; cuyas calificaciones no estaban en gestos externos, distinciones ni lisonjas, sino en un espíritu manso y tranquilo (1 Pedro 3:4), adornado con temperancia, virtud, modestia, seriedad, paciencia, y amabilidad fraternal; los cuales eran señales de verdadero honor, y los únicos emblemas de respeto y nobilidad en aquellos tiempos cristianos? ¡Oh no! ¿Pero acaso no es exponernos a nosotros mismos tanto a su desprecio como su furia, que nosotros los imitamos a ellos, y no ustedes? Y dígannos, les ruego: ¿acaso no son los romances, las obras de teatro, las máscaras, los juegos, los violinistas, etc., los entretenimientos que más los deleitan? Si de verdad tuvieron el Espíritu de Cristo, ¿podrían consumir su tiempo más precioso y limitado en tantas visitas, juegos, y pasatiempos innecesarios; en sus vanas lisonjas, cortejos, historias fingidas, adulaciones, y novedades infructíferas, y cosas así; inventadas y usadas para su diversión, para hacerle más fácil su olvido de Dios; lo cual nunca fue el estilo de vida del cristiano, sino más bien fue el entretenimiento de los paganos quienes no conocían a Dios? ¡Oh! si ustedes verdaderamente fueran tocados con un sentido de sus pecados, y en alguna medida nacidos otra vez; si ustedes tomaran la cruz de Jesús y vivieran según ella, estas cosas, que tanto agradaron a su naturaleza inmoral y sensual, no encontrarían lugar en ustedes. Esto no es buscar las cosas que están arriba (Col 3:1), tener el corazón así establecido en cosas que son de abajo; ni pasar sus días en vanidad obrando su propia salvación con temor y temblor. Esto no es clamar con Eliú, "nunca he sabido adular; mi Hacedor me llevaría en breve." Esto no es negar el yo, ni establecer una sustancia más escondida y duradera, una heredad eterna en los cielos, que no pasará. Bueno, mis amigos, no importa lo que ustedes piensen, su afirmación de que todos lo hacen, no encontrará lugar en el tribunal de Dios. La luz de Cristo en sus propios corazones la desautorizará; y este Espíritu, en contra del cual testificamos, parecerá entonces ser lo que decimos que es. No digan que soy serio acerca de cosas ligeras; sino que ustedes deberían tener cuidado con la ligereza en las cosas serias.

[Con respecto a títulos y a cómo dirigirse a otras personas: En el tiempo de Penn, fuertes lineas de demarcación separaban las diferentes clases sociales. La nobilidad miraba en menos a los mercaderes, y ellos a su vez despreciaban a los artesanos. La manera de dirigirse a ellos era diferente. Sólo un gran mercader era digno del prefijo Maestro o Sr. ante su nombre, y la adición de Don hubiera echado a la corte en un tumulto. El juez debían ser llamado más adorable, el ministro reverendo, y todo el estilo de conversación estaba lleno de adulaciones lisonjas dichas sin propósito. Entre la gente del campo y la clase trabajadora, los pronombres thee y thou se usaban siempre, pero era considerado un gran insulto dirigirse a una persona de rango más alto de esta manera. Se suponía que él debía encarnar en su persona una consecuencia igual a dos o más individuos ordinarios. Por lo tanto él demandó que se le dijera you, y se volvía violento si no se le saludaba así. Es triste considerar que hoy en día la palabra reverendo es sólo causa de bromas de parte de los comentaristas más astutos, en vez de la población completa. En cuanto a mí, nunca me dirigiré a un profeta falso, ni siquiera un profeta verdadero, como reverendo; y un juez no es digno que se le llame su señoría, mucho menos el ridículo título más adorable; simplemente se le debe llamar Juez. No debemos buscar la aprobación de los hombres, sólo de Dios; y dirigirnos a los hombres con títulos aduladores es buscar su aprobación.

Afortunadamente, en el mundo occidental de hoy no tenemos la costumbre de inclinarnos y hacer reverencias como prevalecía en los tiempos de Penn. Y para que no se preocupe, he recibido instrucción del Señor que podemos usar libremente las formas comunes de saludo y conclusión de cartas, incluyendo Estimado señor, Estimada señora, Sr. (señor), Atentamente, Respetuosamente, etc. No hay distinciones de clases hoy en día en el uso de estas palabras, por lo tanto no se da honor al usarlas. En los tiempos de Penn, estas palabras sugerían un tratamiento preferencial, y por lo tanto estaban prohibidas por el Señor.

10.Dios nos ha convencido por su luz y Espíritu en nuestros corazones de la locura y la maldad de tales caminos, y nos ha traído a un discernimiento espiritual de la naturaleza y el fundamento de las modas del mundo, ellas parecen ser frutos del orgullo y la adulación: y nosotros no nos atrevemos a continuar en tales conformidades a las mentes terrenales, por temor a ofender a Dios, y poner una carga sobre nuestras consciencias. Pero al ser sinceramente afectados con los reproches de la instrucción, y al ser llevados nuestros corazones a un sometimiento vigilante a la ley justa de Jesús, para llevar nuestras obras a la luz (Juan 3:19-21), para ver en quién han obrado, si en Dios o no; no podemos, no nos atrevemos a conformarnos a las modas del mundo que pasan; sabiendo seguramente que "en el día del juicio los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa [no edificante] que hablen" (Mat 12:36).

11. Por lo tanto, lector, ya sea que usted es un Nicodemo que camina en la noche, o un escriba burlesco; una persona que quiere visitar al bendito Mesías, pero en las costumbres oscuras del mundo, que usted pueda aceptar sin discernimiento, por temor de llevar su cruz reprochable; o si no un favorecedor del orgullo de Amán, y cuente estos testimonios como una peculiaridad necia; yo debo decir que el amor divino me ordena a ser un mensajero de la verdad para usted, y un fiel testigo en contra del mal de este mundo degenerado. Un mundo en el cual el espíritu de vanidad y lujuria ha llegado a ser tan prevaleciente, y ha vivido descontrolado por tanto tiempo, que tiene suficiente impudicia para llamarle a su oscuridad luz, y llamar a los hijos malos de la oscuridad con nombres [cristianos] reservados para una mejor naturaleza, y más fácilmente engañar al pueblo a practicar la lujuria y la vanidad. La mayoría de la gente es tan ciega e insensible al espíritu que poseen, y tan ignorante de la vida mansa y abnegada del santo Jesús, cuyo nombre ellos profesan, que se llaman Rabí los unos a los otros, es decir, maestro; que se inclinan ante los hombres (lo cual yo llamo adoración); y se saludan los unos a los otros con títulos aduladores, y honran a otras criaturas; y gastan su tiempo y posesiones gratificando sus mentes no restringidas; todas estas costumbres de los gentiles, que no conocen a Dios, son aceptadas por ellos como cortesía, buena crianza, decencia, recreación, logros, etc. [modales]. ¡Oh que el hombre considerara, que debido a que sólo hay dos espíritus, uno bueno y el otro malo, cuál de ellos es el que inclina al mundo a estas cosas; y si es que está Nicodemo o Mardoqueo en usted, que se hace amigo de estos cristianos menospreciados, y qué espíritu lo avergüenza de admitir en una conversación con el mundo, lo que la luz verdadera le ha mostrado que es vanidad y pecado en secreto! Oh, si usted es un despreciador, dígame, yo le ruego, ¿a qué piensa usted que se parece más su burla, ira o desprecio, al orgulloso Amán o el buen Mardoqueo? Amigo mío, sepa que no hay ningún hombre que sea halla deleitado más, o haya sido más profuso en esas vanidades llamadas cortesías que yo mismo; y si yo hubiera podido cubrir mi consciencia bajo las modas del mundo, verdaderamente habría encontrado un refugio de las lluvias de reproches que han caído muy frecuente y pesadamente sobre mí; pero si yo me hubiera, como José, conformado a las modas de Egipto, hubiera pecado en contra de mi Dios y hubiera perdido mi paz. Pero no quisiera que ustedes pensaran que es un mero "usted" o simplemente un título, o manifiestamente en sí mismos que nos deja atónitos, o que quisiéramos crear o establecer cualquier forma inconsistente con la sinceridad o la verdadera cortesía, porque ya hay demasiado de eso. Sino la estima y el valor que las mentes vanas de los hombres les atribuyen, que debería ser cruzada y desligada de sus deleites, nos dictan la necesidad de testificar tan constantemente en contra de ellas. Sepan esto, del sentido que el Espíritu Santo de Dios ha producido en nosotros, ese espíritu que exige estas costumbres, y produce temor de dejarlas, y ruega por ellas, y se desagrada si no son usadas o pagadas, está basado en el espíritu del orgullo y adulación; aunque la frecuencia, uso o generosidad pueda haber disminuido su fuerza en algunos. Esto es descubierto por la luz que ahora brilla desde el cielo en los corazones de los cristianos menospreciados con los cuales tengo comunión, los hace que necesiten este testimonio; y yo mismo, como uno de ellos y por ellos, en un reproche de los infieles que quieren caminar sin discernimiento, aunque ellos son creyentes; y por reprobación de un aliado de los orgullosos despreciadores, quienes nos menosprecian como pueblo culpable de afectación y singularidad. Porque el Dios eterno, quien es grande entre nosotros, y está yendo a la tierra para dar a conocer su poder, erradicará toda planta que su mano derecha no haya plantado. Por lo tanto permítame implorarle, lector, que considere las razones anteriores, las cuales me fueron dadas mayormente por el Señor, en este tiempo cuando mi aceptación de esas modas hubiera sido comprada por casi cualquier precio; pero el cierto sentido que yo tenía de su violación de la vida mansa y abnegada del santo Jesús, me exigió que no las usara, y que tuviera un fuerte testimonio en contra de ellas. Yo hablo la verdad en Cristo; no miento. Yo no me hubiera puesto bajo censura y desdén de ellos, si pudiera tener paz de consciencia y mantener mi creencia bajo un comportamiento mundano. Fue extremadamente irritante para mí el rehusar su uso, y exponerme a mí mismo; pero habiendo tenido un sentido asegurado y repetido de la original de estas costumbres vanas, que ellas surgen del orgullo, amor propio, y adulación, no me atreví a gratificar esa mente en mí mismo o en otros. Es por esta razón que soy serio con mis lectores para que tengan cuidado de cómo ellos nos reprenden en esta ocasión; y una vez más les suplico a ellos que seriamente consideren en sí mismos si es el espíritu del mundo o el del Padre que está tan enojado con nuestro uso honesto, claro y inofensivo de thee y thou [usted]; para que así toda planta que Dios nuestro Padre no ha plantado en los hijos e hijas de los hombres pueda ser erradicada.

[Penn habla como el hijo de un almirante inglés de clase alta, pero también como alguien que pasó dos años en la corte de Luis IV, donde su padre lo envió para escapar la influencia que los cuáqueros en Inglaterra podrían tener sobre él, y esperaba que él llegara a ser un aristócrata "normal". La decadencia de la corte francesa sobrepasó la de Inglaterra en gran manera, y a su regreso a Inglaterra, él fue descrito como un caballero francés en su manera de vestir y su conducta. Sin embargo, Penn llegó a negar la vida de un hombre de alta clase, para adoptar una vida simple. Mientras estaba en la cárcel (donde él escribió este libro) en la torre de Londres, Sir John Robinson, el teniente de la torre le preguntó: "¿Por qué te haces a ti mismo infeliz al asociarte con personas tan simples?" "Confieso," respondió Penn francamente, "que he hecho mi decisión de renunciar a la compañía de aquellos que son ingeniosamente malvados, para conversar con aquellos que son más honestamente simples."]

CAPÍTULO XI

Pero el orgullo no termina allí, al excitar a la gente a un valor excesivo y cuidado de sus personas. Ellos deben tener muchos finos siervos, muebles majestuosos, vestimenta sofisticada y correcta. Todo lo cual ayuda a formar ese orgullo de vida que Juan nos dice que no es del Padre, sino del mundo (1 Juan 2:16). Un pecado del cual Dios culpó a las hijas altivas de Sión (Isa 3:16), y al príncipe orgulloso y al pueblo de Tiro. Lean estos capítulos, y midan esta época por sus pecados, y lo que viene sobre estas naciones por sus juicios. Pero en este momento yo sólo hablaré de lo primero, es decir, el valor excesivo que la gente tiene de sus personas; y dejo el resto para ser considerado bajo el último encabezado de este discurso, lo cual es el lujo, donde ellos puede que no sean puestos inapropiadamente.

2. Que la gente es generalmente orgullosa de sus personas es muy visible y problemático; especialmente si ellos tienen cualquier pretensión ya sea de sangre o de belleza; la primera ha provocado mucha riñas entre los hombres, y la segunda entre las mujeres, y los hombres muy a menudo por causa de ellas por su provocación. Pero a lo primero: ¡qué tumulto ha hecho esta sangre noble en el mundo!: - antigüedad de nombre o familia, cuyo padre o madre, bisabuelo, o bisabuela era de mejor descendencia o alianza; de qué linaje o de qué clan vinieron - qué escudo de armas ellos dieron - ¡lo cual tenía, por derecho, la primacía! Pero yo no pienso nada acerca de la locura de los hombres, que tiene menos muestra de razón para disminuirla.

[Por lo menos en Norteamérica, tal orgullo por el nombre o la sangre es raro. Para aquellos que tienen tal orgullo, estas siguientes secciones les aplican. Para el resto de nosotros gente común, las secciones 3 al 6 pueden ser ignoradas.]

3. Porque, primeramente, ¿qué importa de quién uno desciende que no sea de mala fama, ya que es la virtud propia la que debe ser levantada, o el vicio lo que lo hunda? El carácter de un antepasado no es excusa para las acciones equivocadas de un hombre, sino una agravación de su degeneración; y debido a que la virtud no viene por generación, yo no soy mejor ni peor por mi antepasados; sin lugar a dudas, ni ante Dios, ni debería ser ante los hombres. Nadie soportaría daños más fácilmente, o rechazaría más un favor, por venir de la mano de un hombre que tenga buena o mala descendencia. Yo confieso que sería más honor el no tener manchas, y con un estado hereditario, haber tenido una línea de descendencia o dignidad; pero eso nunca ha sido hallado; no, ni siquiera en la familia más bendecida sobre la tierra, es decir la de Abraham. Haber descendido de riquezas y títulos no llena la cabeza de ningún hombre con cerebro o corazón con verdad: esas cualidades vienen de una causa más alta. Es vanidad entonces y orgullo más condenable para un hombre de volumen y carácter despreciar a otro de menos tamaño en el mundo y de alianza más pobre por falta de ellos; porque el postrero puede tener el mérito, mientras que el primero tiene sólo los efectos de eso en un ancestro; y aunque el primero sea grande por medio de un antepasado, el otro lo es también, pero por su propia cuenta; entonces, les pido, ¿cuál es el hombre más valiente de los dos?

4. ¡Oh, dice la persona orgullosa de su sangre, nunca fue un mundo bueno ya que hemos tenido tantos caballeros advenedizos! Pero ¿qué habrían dicho los otros del antepasado de ese hombre, cuando él comenzó en el conocimiento del mundo? Porque él y todos los hombres y familias, sí, y todos los estados y los reinos también, han tenido sus advenedizos, esto es, sus comienzos. Esto es ser como la verdadera iglesia, por lo antiguo, no por lo bueno: por las familias que son nobles por ser antiguas, no por ser virtuosas. No hay tal cosa; debe ser edad en virtud, o si no virtud antes de la edad; porque de otra manera el hombre sería noble por medio de su antepasado, y sin embargo el antepasado menos noble que él, porque él era el adquiriente: lo cual es una paradoja que confundirá toda su heráldica cuando lo expliquen. ¡Extraño! ¡el que ellos sean más nobles que sus antepasados que obtuvieron la nobleza por ellos! Pero si esto es absurdo, así como está, entonces el advenedizo es el hombre noble: el hombre que la obtuvo por su virtud; y sólo tienen derecho a su honor los que son imitadores de su virtud; el resto puede llevar su nombre por sangre, pero eso es todo. Entonces, si la virtud proporciona nobleza, con lo cual hasta los paganos concuerdan, entonces las familias ya no son verdaderamente más nobles de lo que son virtuosas. Y si la virtud no viene por la sangre, sino por las calificaciones de los descendientes, se deduce que la sangre es excluida; de otra manera la sangre excluiría la virtud; y ningún hombre que quisiera la una podría obtener el beneficio de la otra; lo cual escatimaría y ataría a la nobleza por falta de antigüedad, y haría que la virtud fuera inútil.

No, que la sangre y el nombre vayan juntos; pero dejen que la nobleza y la virtud tengan compañía, porque son los familiares más cercanos. Así es aprovechada por Dios mismo, que conoce mejor cómo distribuir las cosas con una mano equitativa y justa. Él no gusta o deja de gustar por causa de la descendencia; ni él considera lo que las personas eran, sino lo que son. Él no se acuerda de la justicia de ningún hombre que abandone su justicia (Eze 18:26); mucho menos cualquier hombre injusto por la justicia de sus antepasados.

5. Pero si a estos hombres de sangre noble les agrada pensar que ellos mismos se preocupan de creer y reverenciar a Dios en sus santas escrituras, ellos pueden aprender que "al principio él hizo de una sangre todas las naciones de los hombres que habitan sobre la tierra" (Hechos 17:26); y que todos descendimos de un padre y una madre. Un original más certero que lo mejor de nosotros pudiera asignar. Desde allí a Noé, quien fue el segundo sembrador de la raza humana, y tenemos algo de certeza de nuestros antepasados. Qué violencia ha cosechado o virtudes ha merecido desde entonces, y qué tan lejos nosotros los que estamos vivos estamos preocupados de ellos, será difícil de determinar para nosotros aparte de unas pocas generaciones apartadas de nosotros.

6. Pero yo pienso que debería ser suficiente decir que nuestros propios ojos ven que los hombres de sangre noble, fuera de su armadura y adornos, sin sus plumas y ropas finas, no tienen más marcas de honor estampadas en ellos por naturaleza, que sus prójimos inferiores. No, al ser ellos mismos jueces, nos dirán francamente que ellos sienten todas esas pasiones en su sangre, que los hacen como otros hombres, si no hasta más alejados de la virtud que realmente dignifica. La lamentable ignorancia y libertinaje que ahora arrasan entre muchos de nuestro pueblo es muy clara y muestra una evidencia en el punto; y lo les pido que me digan ¿de qué sangre vienen ellos?

7. Sin embargo, cuando yo haya dicho todo esto, no tengo la intención, al degradar una cualidad falsa, de hacer insolente a otro que no es verdad. Yo no pensaría establecer la iglesia en los hombros del caballero del día de hoy; de ninguna manera; su rudeza no arreglaría el asunto. Pero lo que he escrito es para dirigir a todos hacia donde reside la verdadera nobleza, para que todos puedan llegar a ella por medio de la virtud y la bondad. Pero por todo esto yo debo permitirle una ventaja más grande al caballero, y por lo tanto preferir su estado; así como el apóstol Pablo, quien después que él había humillado a los judíos, que insultaron a los cristianos con sus leyes y ritos, les dio la ventaja sobre todas las otras naciones en estatutos y juicios. Yo debo admitir que la condición de nuestros grandes hombres se debe preferir mucho más a las filas de personas inferiores. Porque, primero, ellos tienen más poder para hacer el bien; y si sus corazones son iguales a su habilidad, ellos son una bendición para la gente de cualquier país. Segundo, los ojos del pueblo están generalmente puestos sobre ellos; y si ellos son amables, justos y prometedores, ellos tendrán sus afectos y servicios. Tercero, ellos no están bajo los mismos aprietos que los que son inferiores; y consecuentemente tienen más ayuda, tiempo libre, y ocasión para pulir sus pasiones y temperamentos con libros y conversaciones. Cuarto, ellos tienen más tiempo para observar las acciones de otras naciones: para viajar y ver las leyes, costumbres, e intereses de otros países, y traer a casa cualquier cosa que sea digna o imitable. Y entonces una manera más fácil está abierta para que los hombres grandes obtengan honor; y los que aman la verdadera reputación acogerán los mejores medios para ello. Pero debido a que muy a menudo sucede que los grandes hombres se preocupan poco de dar a Dios la gloria por su prosperidad, y de vivir de manera responsable a sus misericordias; sino al contrario, viven sin Dios en el mundo, satisfaciendo sus deseos, su mano se ve a menudo, ya sea en empobrecerlos o extinguirlos, y levantar al hombre de más virtud y humildad ante sus propiedades y su dignidad. Sin embargo, debo admitir que entre la gente de este rango han habido algunos de ellos de virtud más que ordinaria, cuyos ejemplos le han dado luz a sus familias. Y ha sido algo natural para algunos de sus descendientes esforzarse para mantener el crédito de sus hogares en proporción al mérito de su fundador. Y para decir la verdad, si hay alguna ventaja en tal ascendencia, no proviene de la sangre, sino la educación; porque la sangre no tiene inteligencia en ella, y es a menudo espuria e incierta; pero la educación tiene una gran influencia y parcialidad sobre los afectos y acciones de los hombres. En esto los nobles antiguos y la aristocracia de este reino sobresalió; y era de desear que nuestro gran pueblo trataría de recuperar la economía antigua de sus hogares, la disciplina estricta y virtuosa de sus antepasados, cuando los hombres eran honrados por sus logros, y cuando nada más exponía al hombre a la vergüenza que ser nacido en una nobleza que él no tenía virtud para apoyar.

8. ¡Oh! Pero tengo un motivo más alto. El glorioso evangelio de Jesucristo, habiendo sido enseñado en esta isla del norte, y todos los que profesan creer en él, permítanme prevalecer sobre ustedes en buscar el honor que este ha traído del cielo, a todos los verdaderos discípulos de él, quienes son de verdad seguidores del cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Reciban con mansedumbre su palabra de gracia en sus corazones, que subyuga los deseos del mundo, y lleva en el camino santo a la bendición. Allí hay encantos que ningún ojo carnal ha visto, ni oído a escuchado, ni corazón ha percibido, sino que son revelados a esos humildes conversos por su Espíritu. Recuerden que ustedes no son más que criaturas, y que deben morir, después que todos sean juzgados.

9. Pero el orgullo personal no termina en nobilidad de sangre; lleva a la gente a un valor interesado en su propia persona, ya sean nobles o innobles; especialmente si ellos tienen alguna pretensión de forma o belleza. Es admirable ver cómo algunos son arrebatados por sí mismos, como si nada más mereciera su consideración, o la buena opinión de otros. Reduciría su locura si pudieran encontrar en sus corazones el escatimar sólo la mitad del tiempo para pensar acerca de Dios y su último fin, el cual ellos gastan prodigiosamente en lavar, perfumar, pintar, vendar, atuendar y vestir. En estas cosas ellos son precisos, y muy artificiales; y por costos ellos no escatiman. Pero lo que empeora el mal que es el orgullo de uno puede cómodamente suplir la necesidad de diez. ¡La impiedad grosera que es, que el orgullo de una nación no deberían ser escatimadas a una nación pobre! ¿Pero para qué es esto al final? Sólo para ser admirado, para tener reverencia, atraer amor, y mandar los ojos y los afectos de los que los contemplan. Y son tan fantásticos en ello, que raramente son agradados también. Nada es bueno, o fino, o suficientemente moderno para ellos: el sol mismo, la bendición del cielo, y comodidad de la tierra, no debe brillar sobre ellos, para que no los broncee; ni que el viento sople, por temor de que los desordene. ¡Oh finura impía! Sin embargo mientras ellos se valoran a sí mismos más que ninguna otra cosa, ellos se hacen a sí mismos los vasallos de su propio orgullo; adorando su forma, característica o complexión, cualquiera sea su excelencia. El fin de todo lo cual es muy a menudo excitar amor ilícito, el cual yo llamo lujuria, y se llevan los unos a los otros a circunstancias tan miserables como malignas: en personas individuales es de malignas consecuencias; porque si no despiertan deseos impuros, no establece un fundamento para una unión sólida y duradera: la falta de lo cual ayuda a crear tantos matrimonios infelices en el mundo: pero en las personas casadas el pecado es agravado; porque ellos no tienen el derecho a agradar sino los unos a los otros; y a afectar la alegría y vanidad de la juventud es una señal malvada de amar y vivir bien en casa: se ve más bien como vestirse para un mercado. Tiene efectos tristes en familias: descontentos, separaciones, duelos, envenenamientos, y otros asesinatos infames. Ninguna edad puede decirnos mejor los tristes efectos de este tipo de orgullo que este en el que vivimos; como, cuán excesivamente lascivo, así como cuán fatal ha sido para la sobriedad, virtud, paz y salud de las familias en este reino.

10. Pero yo debo decir que de todas las criaturas, este tipo de orgullo es el que menos se convierte en lo antiguo y casero [no atractivo], si yo puedo llamarle así a lo mal favorecido y deforme; porque los viejos están orgullosos sólo de lo que tenían, lo cual se ve, a sus reproches, su orgullo sobrevivió su belleza, y, cuando ellos se arrepientan, ellos están haciendo la obra para el arrepentimiento [avanzando el pecado]. Pero los caseros son todavía peor, ellos están orgullosos de lo que nunca tuvieron, ni pueden nunca tener: no, sus personas parecen como si ellos hubieran sido dados para una humillación perpetua de sus mentes; y para estar orgullosos de ellos es amar el orgullo por causa del orgullo, y estar orgullosos, sin una tentación para ser orgullosos. Y sin embargo en toda mi vida yo no he observado nada que se adore más a sí mismo: ¡un enamoramiento y encantamiento extraño del orgullo! ¡Qué! ¿No para ver bien con sus ojos, debido a la parcialidad de sus mentes? Este amor propio en realidad es ciego. Pero para añadir gasto a la vanidad, y para ser costoso sobre lo que no puede ser arreglado, una persona podría pensar que ellos deberían estar claramente enojados; especialmente si ellos consideran que se ven más caseros por las cosas que se consideran magníficas, y ellos así atraen su deformidad más para ser notada, por aquello que es tan poco propio de ellos.

Pero en la locura de tales personas tenemos un espécimen de hombre; qué criatura él es en su lapso de su imagen primitiva. Todo esto, como dijo Jesús del pecado antiguo, viene de adentro (Mat 15:11-20); esta es la indiferencia que los hombres y mujeres tienen para la palabra de su Creador en sus corazones (Deut. 30:14; Rom 10:8); lo cual muestra orgullo y enseña humildad, y auto-humillación, y dirige la mente al verdadero objeto de honor y adoración; y eso con un asombro y reverencia adecuada para su soberanía y majestad. ¡Pobres mortales! ¡Nada más que polvo viviente! Hechos con aquello sobre lo cual pisan; quienes, con todo su orgullo, no pueden asegurarse a sí mismos del botín de la enfermedad, mucho menos del golpe de la muerte! ¡Oh! acaso la gente consideró la inconstancia de todas las cosas visibles, la cruz y ocurrencias adversas de la vida del hombre, la certeza de su salida y juicio eterno, se debe esperar que ellos lleven sus obras a la luz de Cristo en sus corazones (Juan 3:20-21), y ellos verían si ellas fueron obradas en Dios, o no, como el amado discípulo nos dice de la boca de su querido Maestro.

¿Es usted bien formado, atractivo, hermoso - el borrador exacto de una criatura humana? Admire ese Poder que lo hizo así. Viva una vida en armonía con la forma curiosa y el cuadro de su creación; y permita que la belleza de su cuerpo le enseñe a embellecer su mente con santidad, el ornamento del amado Dios. ¿Es usted casero o deforme? Magnifique esa bondad que no lo hizo como una bestia; y con la gracia que le es dada a usted, porque ha aparecido a todos; aprenda a adornar su alma con belleza duradera. Recuerde que la hija del Rey del cielo, la iglesia, de la cual son miembros los verdaderos cristianos, es toda gloriosa en su interior. Y si su alma sobresale, su cuerpo sólo encenderá los deseos de su mente. Nada es casero ante la vista de Dios sino el pecado; y ese hombre y mujer que contempla su propio corazón y no peca; quien, en la luz del santo Jesús, vigilan los movimientos e inclinaciones de sus propias almas, y que suprimen todo mal en su concepción, ellos aman el yugo y la cruz de Cristo, y son diariamente crucificados por ella al mundo, pero viven para Dios en esa vida que sobrevive más que las satisfacciones de él que se desvanecen.

[Tenemos que recordar que todos somos seres creados. La buena apariencia puede ser una maldición, que nos tienta a tener orgullo de algo que no tuvimos parte en crear; más bien deberíamos enfocarnos en "la belleza es lo que la belleza hace." ¿Somos amables? ¿Somos gentiles? ¿O llegamos fácilmente a estar enojados, a ser bulliciosos o exigentes?

El orgullo no sólo resulta de la buena apariencia sino también de la destreza atlética, la capacidad o la inteligencia. Si podemos correr más rápido que un hombre en una silla de ruedas, ¿es eso algo para orgullecerse? ¿Deberíamos competir con otros seres creados para ver quién puede correr más rápido, o puede cantar más bonito, o es el más inteligente? ¿O deberíamos más bien darnos cuenta que todo eso sólo produce orgullo que debe ser quitado en esta vida por la cruz interna de la negación propia o en la próxima vida de la manera más difícil?

Un ser creado no debería tener orgullo; no hay verdadera gloria posible para un ser creado. Todo lo que tenemos se lo debemos a nuestro creador. Aprenda en la tierra cómo mantener esto en mente de la manera fácil, o apréndalo en la siguiente vida de la manera difícil.]

CAPÍTULO XII

PARA concluir esta gran introducción del orgullo, veamos brevemente, sobre todo el asunto, cuál es el carácter de un hombre orgulloso de sí mismo, y en varias relaciones y capacidades. Un hombre orgulloso es entonces un tipo de glotón de sí mismo; porque él nunca está satisfecho con amarse y admirarse a sí mismo; mientras que nada más en él es digno de amor o cuidado; si es suficientemente bueno para ser un siervo de su voluntad, es todo lo que puede permitir en su corazón; como si él hubiera sido hecho sólo para sí mismo, o más bien que él se hubiera hecho a sí mismo. Porque así como él desprecia al hombre, porque no puede soportar uno igual a él, así él no ama a Dios, porque no quiere tener un superior. Él no puede soportar deberle su ser a otro, temiendo que así pueda reconocer a uno que está por encima de él. Él es una persona que es muy grande con el honor de sus ancestros, pero no de la virtud que los llevó a eso; mucho menos se tomará la molestia de imitarlos. Él les puede hablar de su linaje, su antigüedad, qué propiedades, qué partidos; pero olvida que esas cosas son eliminadas, y que él debe morir también.

2. ¡Pero qué acompañante problemático es un hombre orgulloso! Siempre positivo y controlador; y si usted no se quiere rendir a él, él se pone insolente y beligerante. Sin embargo, en la conclusión del asunto, cobardemente; pero si es más fuerte, de manera cruel. Él no siente más las miserias de otros hombres que si no fuera un hombre, o como si fuera un pecado ser sensible. Porque al sentirse desinteresado, él ya no busca; él no molestará sus pensamientos con la infelicidad de otro hombre. Él está contento con creer que ellos merecen sus circunstancias; y él prefiere reprenderlos groseramente como responsables de sus problemas, que estar listo a simpatizar con ellos o aliviarlos. Por lo tanto esa compasión y caridad son para él tan inútiles como la humildad y la mansedumbre son odiosas.

3. Un hombre orgulloso es un niño malo, un empleado malo, y un ciudadano malo; él le falta el respeto a sus padres, a su supervisor, y a su gobierno; no quiere ser súbdito. Él piensa que es demasiado sabio o demasiado viejo para recibir órdenes; como si obedecer fuera algo servil; y que todos están libres para hacer lo que ellos quieran; lo cual tira el deber por la ventana y degrada la autoridad. Por otro lado, si él es esposo, o padre, o amo, tiene escasamente alguna tolerancia. Él es tan insufriblemente difícil de complacer e irritable que es una aflicción vivir con él; porque ningún servicio es suficiente para agradarle. Algún pequeño problema con respecto a su ropa, su dieta, su alojamiento, o el servicio de otros lo perturba grandemente; especialmente si él se siente privado del estado y el respeto que él busca. Así el orgullo destruye la naturaleza de las relaciones. Él aprende a evitar sus responsabilidades a sus relaciones; y su orgullo vuelve el amor en temor, y convierte a la esposa en una sirvienta, y los hijos y siervos en esclavos.

4. Pero el hombre orgulloso también es un mal prójimo, porque es enemigo de la hospitalidad. Detesta recibir amabilidad porque él no la muestra, ni se piensa que la necesita. Además, la amabilidad del prójimo aparece como un reclamo de igualdad y familiaridad de parte del dador, lo cual es una carga para la disposición altiva e irritable del hombre orgulloso. La contienda y la detracción son sus elementos; porque él está celoso de atribuir cualquier alabanza a otros, aun cuando es justificada; porque teme que eso lo nuble o lo disminuya a él, lo cual es imposible de justificar. Él es el hombre que teme desear, a saber, que a otros les vaya bien. Pero eso no es todo; él maliciosamente niega sus actos de virtud, los cuales su corrupción no le permiten imitar, para que ellos no obtengan crédito por ellos. Si él carece de alguna excusa para dañar a otros, las puede inventar: ya sea que ellos lo usan equivocadamente, o que ellos tienen algún plan en contra de él; como por ejemplo, el otro día ellos no se quitaron el sombrero ni inclinaron la rodilla como cortesía; la distancia y el respeto que él piensa que su calidad, sus partes o sus méritos requieren. Una cosa pequeña es excusa para que el hombre orgulloso comience una riña; de todas las criaturas él es el más celoso, taciturno, malicioso y vengativo; él no puede perdonar un daño más de lo que puede restringirse a sí mismo para no crear una herida.

5. Ni tampoco es esto todo: un hombre orgulloso nunca puede ser amigo de ninguno. Porque aparte de eso su ambición siempre puede ser sobornada con honor y promoción para traicionar cualquier amistad, él es incomunicable; él no debe ser enseñado ni aconsejado, mucho menos reprobado o contradecido; no, él es muy codicioso de sí mismo para dejar que otro hombre tenga su parte, y muy altanero, rígido y sensible. Él no sacrificará las libertades impías que una amistad real requiere. Él verdaderamente desprecia el carácter de la amistad. Es demasiado familiar y humilde para él. Su poderosa alma no quiere saber nada aparte de sí mismo y de vasallos que abastecen su mundo. Él valora a otros hombres, como nosotros valoramos el ganado, sólo por su servicio; y si él pudiera, los usaría también; pero da la casualidad, su número y fuerza previenen su deseo.

6. Pero un hombre orgulloso en poder es muy malo; porque su orgullo es más peligroso debido a su grandeza, ya que la ambición en los hombres privados, con poder ésta crece para convertirse en tiranía en él. Reinaría solo, y prefiere morir que tener competidores: Aut Caesar aut nullus. (El César no puede hacer ningún mal.) La razón no debe controlarlo, ni las reglas de la ley permitirle; y ninguna de las dos cosas puede hacer ningún mal, o es sedición quejarse del mal que hacen. Los hombres de este temperamento no quieren que nada que ellos hacen se piense que es malo; por lo menos, ellos lo cuentan como peligroso permitir tal pensamiento. Porque eso implicaría que ellos han errado, lo cual siempre debe ser negado. Ellos prefieren perecer obstinadamente que, al reconocer, deferir el juicio a sus inferiores, si fuera prudente hacerlo. En realidad, es toda la satisfacción que grandes hombres orgullosos le dan al mundo por las miserias que ellos a menudo traen sobre ellos, que, primero o último, cuando hay una división, ellos dejan su verdadero interés para seguir a alguien excepcionalmente engañoso, y casi siempre son destruidos por eso. Este es el fin que el orgullo le da a los hombres orgullosos, y la ruina que les trae, después que ha castigado a otros por ellos.

7. Pero sobre todas las cosas, el orgullo es intolerable en los hombres que pretenden ser religiosos, y aquellos que son ministros; porque son nombres de la contradicción más grande. Yo hablo sin distinción ni ira hacia personas o grupos; porque yo sólo hablo de lo malo que está en todos. ¿Qué lugar tiene el orgullo en una religión que lo reprende? ¿O la ambición en los ministros, cuyo oficio mismo se supone que es humildad? Y sin embargo hay muchos de ellos, que, aparte de una culpa igual a otros en el orgullo carnal del mundo, son incluso orgullosos de ese nombre y oficio que debe siempre recordarles de la negación propia. Sí, ellos la usan como los mendigos usan el nombre de Dios y de Cristo, sólo para pasar a su lado; poniendo en su propia cuenta las ventajas de esa reverenda profesión, y así haciendo su función no más que un nombre ingenioso para elevarse a sí mismos a una posición alta en el mundo. Pero ¡oh entonces! ¿cómo pueden ser ministros de Cristo quien dijo: "Mi reino no es de este mundo"? (Juan 18:36). ¿Quién, de la humanidad, es más engreído que estos ministros? Si son contradecidos, ellos se hacen tan arrogantes y airados, como si fuera su derecho ser así. Aconsejen a uno de ellos, y él los despreciará; repréndanlo, y él estará casi listo para excomulgarlos; "Soy un ministro y un anciano;" escapando de allí para defenderse a sí mismo del alcance de la justa censura, a la cual realmente al huir él sólo se expone a sí mismo aun más; y por lo tanto su culpa no puede ser menos, porque es peor que un ministro haga el mal, y rechace el reproche, que un hombre ordinario.

8. ¡Oh! Pero él ruega por una excepción por causa de su oficio. ¡Qué! ¿Criará él gallinas para que le saquen sus propios ojos? ¡Será reprendido o instruido por un hombre laico o parroquiano? ¿Por un hombre de menos edad, educación o habilidad? Por ningún motivo; él prefiere hacernos creer que su prerrogativa ministerial lo ha puesto fuera del alcance de la crítica. Él no está sujeto a los juicios vulgares. Incluso preguntas acerca de la religión son divisivas. Crean como él dice; no es lugar de ustedes el husmear tan curiosamente en los misterios de la religión. Nunca ha habido un buen día desde que los laicos se entrometieron tanto con el oficio del ministro. No considerando, pobre hombre, que lo contrario es más verdad; no ha habido muchos días buenos desde que los ministros se entrometieron tanto en los asuntos de los hombres laicos. Aunque tal vez hay poca razón para esta distinción, excepto los dones espirituales, y el mejoramiento de ellos por medio de su uso diligente para el bien de otros.

Tales buenos dichos como estos: Prepárate para aprender; responde con mansedumbre; que cada hombre hable acerca del don de Dios que está en él; si alguna cosa es revelada a aquel que está sentado, que el primero calle; no sean señores sobre la herencia de Dios, sino mansos y humildes; lavando los pies del pueblo, como Jesús lo hizo con sus pobres discípulos; - son instrucciones inaceptables y anticuadas para algunos clérigos, y es un poco menos que herejía recordarles de estas cosas; una marca de gran deslealtad a la iglesia en la opinión de ellos. Porque para este tiempo su orgullo los ha hecho la iglesia, y el pueblo es sólo la terraza [fuera del templo, segunda clase] en el mejor de los casos; un nombre que no significa nada, a menos que ellos se pongan a sí mismos en la cabeza de ellos. Así se olvidan que si ellos fueran tan buenos como deberían ser, no serían más que ministros, mayordomos, y sub-pastores; es decir, siervos de la iglesia, familia, rebaño y herencia de Dios; y no que ellos son esa iglesia, familia, rebaño y herencia, de los cuales ellos son sólo siervos. Recuerden las palabras de Cristo: "cualquiera que anhele ser grande entre vosotros será vuestro servidor" (Mat 20:26).

9. Hay sólo un lugar para ser hallado en la Santa Escritura, donde la palabra Clerus [como en el caso de clérigo] puede ser apropiadamente aplicada a la iglesia, y ellos la han usurpado para sí mismos; en que ellos se llaman a sí mismos el clérigo, es decir, la herencia o heredad de Dios. Mientras que Pedro exhorta a los ministros del evangelio a no ser señores sobre la herencia de Dios, ni ha alimentarlos por ganancias deshonestas (1 Pedro 5:2-3). Pedro, de la misma manera, predijo el orgullo y la avaricia que serían las tentaciones de los ministros; y en verdad ellos han probado ser a menudo su caída; y verdaderamente, ellos pueden difícilmente caer por otro método peor. Ni hay ninguna excusa que se puede hacer por ellos en estos dos asuntos, [enseñorearse del rebaño y trasquilar al rebaño] lo cual no es peor que su pecado. Porque si ellos piensan que no han sido señores sobre la herencia de Dios, es porque ellos se han hecho a sí mismos el pueblo, y han desheredado al pueblo; de modo que ahora ellos pueden ser los señores del pueblo, con una arremetida en contra de la exhortación del buen Pedro.

Y por el otro pecado de la avaricia, ellos sólo pueden evitarla, al decir que debido a que ellos nunca verdaderamente alimentan al rebaño, no se puede decir que ellos los alimentan para obtener lucro [dinero]: es decir que ellos obtienen el dinero del pueblo por nada. Un ejemplo de lo cual se nos da por la queja de Dios mismo, de la práctica de los orgullosos, codiciosos, falsos profetas del tiempo antiguo, que el pueblo les dio su dinero por aquello que no era pan, y su labor por aquello que no les aprovechaba (Isa 55:2). ¿Y por qué? Porque entonces el sacerdote no tenía visión; y demasiados ahora desprecian la verdadera visión y la profecía.

10. ¡Pero ay! Al final de todo, ¡qué locura, como también la falta de religión, se encuentra en el orgullo! No le puede añadir ni un codo a la estatura del hombre: ¿qué cruces puede entorpecer? ¿Qué desilusiones puede ayudar, o dañar, o frustrar? No nos libra de los males comunes; enfermedades, desfiguraciones, deformidades dolorosas, y la muerte acaban con la fábrica del hombre orgulloso. Seis pies [dos metros] de tierra fría atan sus grandes pensamientos; y su persona, que era demasiado buena para estar cualquier lugar, debe al final alojarse dentro de los límites de una cueva tan pequeña y oscura; y aquel que no pensó suficientemente bien para sí mismo es rápidamente la entretención de los animales más bajos, incluso de los mismos gusanos. Así el orgullo y la pompa llegan al fin común; pero con esta diferencia: menos lástima para los vivos, y más dolor para los que están muriendo. La edad del hombre orgulloso no puede asegurarle de la muerte, ni puede su prestigio social alejarlo del juicio. Los títulos de honor se desvanecen en este extremo; y ningún poder ni riqueza, ni distancia ni respeto, puede rescatarlos o asegurarlos. Como el árbol cae, así se queda tirado; y como la muerte deja a los hombres, así el juicio los encuentra.

11. ¡Oh! ¿Qué puede prevenir este triste fin? ¿Y qué puede remediar esta lamentable declinación de la antigua mansedumbre, humildad, y piedad, y esa vida piadosa y poder que eran tan evidentes en la autoridad de las predicaciones y ejemplos de los vivientes de la primera y más pura época del cristianismo? Verdaderamente, nada sino un análisis interno y sincero, por el testimonio de la santa luz y espíritu de Jesús, de la condición de sus almas y mentes hacia Cristo, y una mejor investigación acerca del asunto y ejemplos del santo registro. Era su queja en el tiempo antiguo: "que la luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas" (Juan 3:19). Si usted quiere ser un hijo de Dios, y un creyente de Cristo, usted debe ser un hijo de la Luz. O hombre, tú debes llevar tus obras a ella y examinarlas con esa santa lámpara en tu alma, la cual es la vela del Señor, que te muestra tu orgullo y arrogancia, y reprende tu deleite en las modas vanas de este mundo. La religión es una negación del yo; sí, de la auto religión también. Es una atadura firma o lazo sobre el alma con la santidad, cuyo fin es la felicidad; porque por ella los hombres llegan a ver al Señor. Los puros de corazón, dice Jesús, ven a Dios (Mat 5:8). Aquel que una vez llega a llevar el yugo de Cristo no es desviado por las atracciones del diablo; él encuentra excelentes gozos en su vigilancia y obediencia. Si los hombres amaran la Cruz de Cristo, sus preceptos y doctrina, ellos negarían su propia voluntad que los llevó a quebrantar la voluntad santa de Cristo y a perder sus propias almas al hacer la voluntad del diablo. Si Adán hubiera hecho caso a esa santa luz en el paraíso más que el anzuelo de la serpiente, y hubiera mantenido su mente en el Creador, el recompensador de la fidelidad, él habría visto la trampa del enemigo, y lo hubiera resistido. ¡Oh! No se deleiten en lo que está prohibido. No lo miren, si ustedes no quieren ser cautivados por ello. No traigan la culpa de sus pecados de conocimiento sobre sus propias almas. ¿Acaso Cristo no sometió su voluntad a la del Padre, y por el gozo que fue puesto ante Él, soportó la cruz y despreció la vergüenza (Heb 12:2) de un nuevo camino sin pisar hacia la gloria? Ustedes también deben someter su voluntad a la ley santa de Cristo y su luz en su corazón, y por la recompensa que él pone ante ustedes, a saber, la vida eterna, soporten su cruz, y desprecien la vergüenza de ella. Todos desean regocijarse con Él, pero pocos quieren sufrir con Él, o por Él. Muchos son los compañeros de su mesa; no muchos de su abstinencia. Ellos siguen los panes, pero la copa de su agonía ellos dejan: es muy amarga, a ellos no les gusta beber de ella. Y varios testificarán de sus milagros, que están ofendidos con la vergüenza de su cruz. Pero, Oh hombre, así como Él, por tu salvación, así tú, por amor a Él, debes humillarte a ti mismo (Fil 2:7), y estar contento de no tener reputación, para que lo puedas seguir a Él, no en el camino carnal y formal, de la tradición vana del hombre y su prescripción, sino como el Espíritu Santo, por el apóstol, lo expresa, en un camino nuevo y vivo (Heb 10:19-20), que Jesús había consagrado, que lleva a todos los que caminan en él al eterno reposo de Dios; donde Él mismo ha entrado, quien es el santo y único bendito Redentor.

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